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Título: El juego del ahorcado
Autora: Inma Turbau
Editorial: Mondadori
Precio: 14 €
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Mientras la primavera se muestra ya, impúdica e inconsciente, cual si fuera a perdurar más allá de su triste destino escrito en los calendarios, libros para enfrentar los cambios, si los hubiere, siempre peligrosos por aquello de que la sangre altera; y, por lo tanto, que el autoengaño impera. Los libros, como las botellas, incitan al bienestar con uno mismo y con los otros encerrados en papel o en cristal. Inma Turbau nos invita a un trepidante entretenimiento en El juego del ahorcado, editado por Mondadori. |
Ignoramos el interés que pueda tener para el lector de este libro el insólito dato que se incluye en la biografía de la autora estampada en la solapa del volumen y que nos informa de que “es incapaz de comer pescado en los días de lluvia, por que le deprime”; dato en cierta medida frustrante por incompleto ya que nos quedamos con los irrefrenables deseos de saber si esa incapacidad se refiere sólo al pescado fresco o si incluye al congelado y, ya puestos a desvariar, al riquísimo pescado en conserva. En fin, al margen de las insondables razones últimas del marketing empresarial, nos encontramos ante una novela que despierta el interés desde la primera página y, lo que es más importante, lo mantiene hasta la última; con lo cual habría que decir que es una gran novela. Pero no lo decimos porque no es así exactamente. Veamos.
El interés del relato (breve, apenas 130 páginas) se cimenta en varios ejes. Uno de ellos es la utilización de algunas claves de la novela negra, o de intriga más bien: hay ciertamente, un asesinato, además de un suicidio, declarados ambos ya en la primera página. Y ese eje de intriga, bien manejado por la autora, impide toda posibilidad de aburrimiento. Otro eje que sustenta el interés es que se trata de una novela sobre la infancia y la adolescencia, narrada desde la edad adulta en primera persona; y el mundo de esas edades siempre da buenos resultados si se saben manejar las herramientas apropiadas. Inma Turbau usa esos útiles con medida renuencia para que la repercusión en el relato suponga la creación de un sustrato de inquietud permanente en el desarrollo de la historia, aún sabiendo desde el principio cómo finaliza.
Por otro lado, la escritura no escamotea el verismo de determinadas escenas o reflexiones de la protagonista narradora, sin por ello caer en ningún momento en el exceso gratuito, con lo que consigue el efecto justo, exacto. La crueldad, la inconsciencia, un punto de la perversión, la competitividad y el desesperado afán de los personajes por encontrar su propia identidad, su lugar en el mundo se muestran abierta y coherentemente, de una manera verosímil, manejando un lenguaje fácilmente identificable con las edades de los protagonistas, niños y adolescentes de una ciudad catalana de provincias en los años de la Transición y la Democracia; a lo que hay que añadir la interesante introspección que nos muestra sobre el universo femenino, con el punto de vista situado en la infancia y adolescencia. En definitiva, buen pulso narrativo, aunque con una prosa demasiado simple, sin apenas ropajes, tal vez herencia de su profesión periodística. Sobre esto dice la autora que inicialmente el libro era doble de largo, pero fui cortando, dejándolo casi en los huesos, porque no quería que otros personajes o historias distrajeran al lector de la trama principal. Libre ha sido, como madre de la novela, de hacerlo; pero nos hubiera gustado que el corte no fuera tan extenso y poder asistir al desarrollo de algunas historias que se intuyen como muy interesantes, tales, por ejemplo, como las de los padres de los dos protagonistas, apenas esbozadas y, pese a ello, encajadas en la historia general; aquel pueblo castellano al que va y viene David en momentos clave del relato.
Decíamos al principio que no es una gran novela; pero podría haberlo sido. Puede ser que la siguiente lo sea; pero ésta, que es la primera de Inma Turbau es una novela interesante, cuyas bondades no parecen banales ni fortuitas; no deben serlo. Esperemos porque talento hay. Mientras tanto, leamos ésta, aunque sea comiendo pescado en un día de lluvia a riesgo de deprimirnos. |