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EL CALEIDOSCOPIO

por Emilio Lahera

CRITICA LITERARIA
CULTIVOS

Título: Cultivos
Autor: Julián Rodríguez
Editorial: Mondadori
Precio: 15,90 €

Se trata de la segunda entrega de lo que Julián Rodríguez llama “Piezas de resistencia”. Con la primera –“Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás”, título estrambótico y divertido- nos produjo una incitante sacudida de neuronas y la sensación de algo así como una oxigenación literariopulmonar harto agradables. Con “Cultivos”, las sensaciones permanecen y aún se multiplican hasta la emoción, sentimiento para el que no es fácil encontrar estímulos en los escaparates de las tiendas de libros llamadas librerías.

Rodríguez es natural de Ceclavín, provincia de Cáceres y se encuentra compartiendo con nosotros las lágrimas de este valle desde 1968. Es hijo de campesinos y nos cuenta cosas desde la perspectiva de un hijo de campesinos emigrado a la ciudad, del labrantío a la urbe; perspectiva desde la que pretende entender todo ese proceso, desde las raíces al hoy, que constituye nuestra identidad. O parte. Y nos trae y nos lleva; y nos vuelve a llevar y a traer de un lado a otro de su geografía vital y de su mapamundi literario. Y es un zarandeo viajero de lo más interesante, emocionante a veces, ya digo. Texto de difícil clasificación –empeño innecesario por cierto-, importa poco el género al que este libro pueda pertenecer; lo destacable, lo que celebramos es que alguien, Julián Rodríguez en este caso, lo haya escrito.

Comienza el texto: “He pasado por el lugar que odio y que me odia. Aquel donde ya no soy feliz, aquel que me hizo feliz”. Odiados lugares llenos, sin embargo, de recuerdos felices. Así que desde la primera línea nos muestra el autor el horizonte de su relato: mundos que desaparecen sustituidos por otros bien distintos aunque no siempre y necesariamente mejores. No hay nostalgia en el reconocimiento de la pérdida; si acaso una cierta dosis de vértigo, de espanto ante la rememoración de lo que ya nunca podrá ser. Al fin y al cabo, el toque sabio –y amargo, claro- del tiempo inexorable. ¿Hay tanta diferencia entre podar rosales, dar de comer a las gallinas, cultivar tomates o patatas y cultivar palabras? Innumerables preguntas que suelen evitarse; por pudor, por vergüenza, por negación automática; preguntas cuyas respuestas, sin embargo, dotan de identidad. Pero tampoco se trata de una reivindicación, una añoranza de lo rural, ni mucho menos; el relato nos lleva a recorrer un camino de lucidez donde la mirada hacia lo propio desemboca en la posibilidad de reflexión sobre sí mismo del lector.

Más adelante, nos traslada de las riberas del río Ladrillar a Estambul en una sola línea, sencilla, austera, audaz y despojada de todo aditamento que no sea su sentido neto, con sólo la imagen desnuda. Un punto y aparte y, ya en el Bósforo, nos habla de los paisajes perdidos de su infancia -no tan perdida al invocarla-, de las raíces de sí mismo: de un avellano, de un nogal y de media docena de cerezos; de gallinas mutiladas que llevan apelativos como la Coja y la Tuerta; de ropas tendidas a secar sobre la hierba. Mundos cercanos -los años setenta, tan próximos aunque parezca lo contrario- que tantos quieren olvidar y que el autor recuerda para recolocarlos en su peripecia vital.

Escritura sin ampulosidad, sin alardes; herramienta elemental para el cultivo antiguo del texto; tan ajustada en su uso que la armonía que posee convierte en música e imágenes un párrafo sí y otro también. Todo ello, para mostrarnos la mirada hacia lo heredado, un pasado cierto, y lo adquirido, un presente difuminado, impreciso, reforzado a duras penas con algún que otro chafarrinón.

Hace casi cuatro años, con motivo de la publicación de “Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás” en la editorial Caballo de Troya que dirige Constantino Bértolo (...por los libros de los libros, amén) decíamos que Julián Rodríguez“escribe lo esencial, con escasísimos adjetivos, sin afanes descriptivos, sin un solo engolamiento; es la escritura de lo necesario, de lo imprescindible para que el lector ponga el resto, si es que lo tiene y quiere. Sin aparentes pretensiones y manoseados esquemas narrativos”. Ha pasado el tiempo y Julián Rodríguez ha escrito otro libro excelente, sin trampas, sin nada que no sea buena literatura, lleno de significados que permanecen con frecuencia anestesiados en la memoria de lo que somos.


FORO DE POSTGRADO 2012 ARTEZBLAI
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