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EL CALEIDOSCOPIO

por Emilio Lahera

CRITICA LITERARIA
EL DETECTIVE EN EL SUPERMERCADO

Título: El detective en el supermercado
Autor: Michael Pollan
Editorial: Temas de Hoy
Precio: 17,50 €

 

No es costumbre traer a este rincón libros que no sean estrictamente literatura. Pero como no hay regla sin excepción, hablamos por una vez de un título que no narra ficción, pero que tiene interés; bastante más, por ejemplo, que la inmensa mayoría de tomos con los que determinados periodistas “de opinión” nos bombardean un día sí y otro también referidos a tal o cual político de uno u otro pelaje.

No es costumbre traer a este rincón libros que no sean estrictamente literatura. Pero como no hay regla sin excepción, hablamos por una vez de un título que no narra ficción, pero que tiene interés; bastante más, por ejemplo, que la inmensa mayoría de tomos con los que determinados periodistas “de opinión” nos bombardean un día sí y otro también referidos a tal o cual político de uno u otro pelaje.

Se trata de uno de esos libros que algún espabilado, de quién sabe dónde, decidió llamar de “autoayuda” (me pregunto qué demonios se quiere decir con esa palabreja; uno no puede ayudarse a sí mismo, siempre serán los otros, seres u objetos, los que ayudarán, aunque a veces esas ayudas contribuyan a hundirte más y más en la miseria). Excepcionalmente –y sin que sirva de precedente- te acercas a uno de esos libros; como ahora a éste, quizá por la bellísima lechuga que ocupa la portada; y por el título; y aún más, por el subtítulo: “Come bien sin dejarte engañar por la ciencia y la publicidad”. Caramba. Es sabido que la publicidad engaña (propaganda la llamaba Joseph Goebbels, ¿recuerdan?, aquel hombrecillo con aspecto de botarate y rostro de chupatintas de TBO que fue ministro de Propaganda de Adolf Hitler y capaz de arrastrar a la perversidad a un pueblo tan culto como el alemán); pero lo de la ciencia fue decisivo para adentrarme en el bosque de páginas. Uno siempre creyó –bueno, hasta hace ya bastantes años, la verdad- que la ciencia perseguía e impulsaba el bien de la humanidad en general; uno creyó siempre eso hasta que descubrió que también en la ciencia pululan mangantes de a doblón sin moral y sin escrúpulos.

La publicación de este volumen surge de un hecho lamentable cual es la estulticia, más o menos generalizada, que produce como resultado la absurda situación de no saber alimentarse; o, lo que es lo mismo, alimentarse mal, en contra de tu propia salud y de tus propios placeres. Ya no sólo somos los humanos los únicos animales que optan por ejercer la maldad (que existe, no hay más que leer los cuentos de hadas o echar un vistazo a la historia de la Humanidad) sino también los únicos que no saben alimentarse adecuadamente en respuesta a sus necesidades. Por eso, no hay que criticar al autor, un tal Michael Pollan, por escribir este libro lleno de lo que podrían ser obviedades y que, lamentablemente, no lo son; más bien hay que manifestar nuestra perplejidad ante la multitud de semejantes que necesita la guía de este libro para llenar la cesta de la compra con cosas que introducir por esa cavidad anatómica llamada boca.

Y no es baladí lo que digo: son ya 400.000 ejemplares los que, al parecer, se han vendido en EEUU., ese país exportador de “modus vivendi” que, en mayor o menor medida, van penetrando en parte de nuestra población.

Escrito con afán divulgativo, su lectura está “al alcance de todos los públicos”; y como el objetivo ahora es vender más allá de EEUU, hay un prefacio a esta edición internacional, dirigido sobre todo a los europeos, ante quienes el autor se pregunta “qué puede un estadounidense enseñar a nadie sobre comer bien, cuando fue en Estados Unidos donde se inventó la comida rápida y se abrió el camino a la industrialización de la agricultura y los alimentos”. Y ahí comienza el relato de la perversión, a medida que van apareciendo conceptos como industrialización de la agricultura, industria alimentaria, nutricionismo, alimentos procesados procedentes de animales cebados a su vez con alimentos contra natura, comida basura avalada por científicos al servicio exclusivo de las multinacionales de la alimentación que intentan convencernos de que lo que debemos comer es exactamente lo que ellos fabrican, ya que, de lo contrario, nuestra vida será más corta y plagada de peligrosas y horribles enfermedades. Y todo ello, publicitado por una parte de la prensa y los periodistas-voceros.

A medida que avanzas en la lectura, el tal Pollan se pone más radical; bueno, en realidad no, lo que ocurre es que va mostrando asuntos cada vez más indignantes –por clarificadores- para el lector. A saber: de cómo los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, de uno y otro partido, se han puesto siempre al servicio de los grandes trusts alimentarios (¿de quién si no, al servicio del común?) permitiendo el paulatino cambio de los hábitos nutricionales de los ciudadanos, de malos, a peores, a nefastos a la vista de las estadísticas. Esos mismos trusts son los que nos traen las hamburguesas, las patatas fritas con sabores inauditos, pedazos de petróleo sólido con sabor a gamba, los cereales “enriquecidos” (¿los cereales de espiga son acaso pobres?) y toda una larga serie de basuras comestibles. A propósito de cereales, Kellogg es el rey. Sobre este cretino espabilado, John Harvey de nombre, les recomiendo la lectura de las páginas 77, 78 y 79, en las que se muestran sólo unos apuntes del siniestro quehacer de este individuo que, junto a otro qué tal llamado HoraceFletcher montó un singular sanatorio a principios del siglo XX (sobre este asunto se filmó una película, “El balneario de Battle Creek”, dirigida por Alan Parker en 1994 e interpretada por AnthonyHopkins). Kellogg era miembro de la iglesia adventista del séptimo día y estaba convencido de dos cosas: una, que “El declive de una nación comienza con la complacencia en la comida”; otra, que “el consumo de proteínas fomentaba la masturbación y hacía proliferar las bacterias tóxicas en el colon”; así que, ni corto ni perezoso, y en aras del bien de EEUU, se dedicó a sus prácticas “científicas”, de las cuales quizá la más delirante era la aplicación de enemas de yogur a razón de uno cada hora (se ignora si el amigo tenía una fábrica de yogur). Parece un asunto de locos y a lo mejor lo es, pero lo cierto es que la terapia de lavativas sedujo a personajes tan notables desde el punto de vista histórico como John D. Rockefeller o TheodoreRoosevelt, quienes pagaron fortunas por recibirla.

Pero eso fue sólo el principio del frenopático alimentario en el que hacen su agosto las grandes empresas de la industria de alimentos procesados, hasta el punto de que se ha convertido en un trastorno mental; según cuenta Pollan, “cada vez hay más pacientes que sufren de una obsesión enfermiza por comer de manera saludable. A esto nos ha llevado el que la ciencia, y el cientifismo, se encarguen de la dieta de los norteamericanos: a la preocupación y el desconcierto ante las más básicas cuestiones de alimentación y salud”. O sea, el Estado Sanitario. Hay quienes, sutilmente y sin hacer mucho ruido, pretenden hacer florecer en estos pagos un modelo de ese tipo; y cuando el estado –con la larga mano de las multinacionales- consiga meterse en nuestra cocina y servirnos la mesa, lo único que nos quedará será irnos a un restaurante donde el cocinero sea un amigo. O comprarnos un jamón ibérico de bellota para ir tirando.

Esperemos que la epidemia no se extienda a este lado del Atlántico.


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