Si toda literatura es autobiográfica, en Alejandra Pizarnik la literatura es la propia vida; más aún, es el único lugar en que la vida es posible; el resto de espacios se convierten en salas de tortura, en senderos al borde del abismo que producen el dolor y la angustia necesarios para nutrir la palabra, la escritura, aquello que constituye el auténtico motivo final que justifica el respirar, el mirar, el sentir, el morir. Treinta y seis años de vida fueron suficientes para que esta mujer trazara un recorrido propio en el que lo literario y lo vital se superpusieron hasta la insoportable frontera de lo imposible, tras la que sólo queda el suicidio.
En 1972, Alejandra Pizarnik se suicidó en su casa de Buenos Aires ingiriendo, al parecer, cincuenta pastillas de barbitúricos. Hija de emigrantes rusos y judíos, había nacido en aquella ciudad en 1936. Quienes encontraron su cadáver, pudieron leer un poema escrito con tiza en una pizarra: Criatura en plegaria / rabia contra la niebla / escrito en el crepúsculo / contra la opacidad / no quiero ir nada más que hasta el fondo / oh vida / oh lenguaje / oh Isidoro. Diversas y complejas son las razones por las que Alejandra Pizarnik eligió, a lo largo de su vida ir hasta el fondo desde el filo del límite; pero lo cierto es que ello fue la línea de coherencia por la que se guió durante su breve estancia en este mundo. No menos cierto es que su poesía y su prosa –sobre todo su poesía- se ha ido convirtiendo en una literatura de culto, lo que en este caso plantea algunas cuestiones: ¿Hasta qué punto es el personaje, el autor, el objeto de culto? ¿Hasta dónde es posible separar –si es que hay que hacerlo- en Pizarnik su escritura y su vida, su propio ser?. Porque suele ocurrir que cuando a un autor se le introduce en ese peligroso apartado de autores de culto se exagera la valoración de su obra, lo que en el caso de nuestra autora se llevaría a cabo en función de los más o menos –depende para quién- atractivos tonos de tragedia que, sin duda, rodearon su vida.
Todo ello, sin menoscabo de que estos muy interesantes escritos que comentamos ayuden a entender mejor la excelente poesía de la escritora y su amargo y sobresaltado periplo vital. Su obsesión por el propio cuerpo, su absoluto desacuerdo con su físico en el espejo, su dificultad para establecer relaciones no sólo sexuales sino también afectivas, la llevó a encastrarse en un círculo restringido de autores coetáneos con algunos de los cuales mantuvo amistad pero, sobre todo, correspondencia intelectual y literaria. Tanto en Buenos Aires como en París, donde vivió cuatro años y donde se relacionó, entre otros, con Julio Cortázar, Octavio Paz, Rosa Chacel y André Pieyre de Mandiargues, el lugar en que finalmente Pizarnik se encuentra a sí misma es en la soledad de su habitación de trabajo, en la madrugada abierta a todas las ensoñaciones y también a todas las neurosis, consciente por un lado de su talento literario y entreviendo también la tremenda frustración que como ser humano el destino la ha asignado, en una interpretación romántica de la propia vida que tiene su origen en su vocación de entrar a formar parte del Olimpo de los escritores malditos en la línea de Rimbaud, Artaud o Gerard de Nerval.
Leyendo su poesía, su prosa y ahora estos diarios, lo que uno lamenta es precisamente esa tendencia al malditismo y ese dejarse ir por la torrentera hacia su muerte que nos privó de todos aquellos textos que hubiera podido escribir si no hubiese decidido poner término a su vida. Claro que siempre queda la duda de si Alejandra Pizarnik hubiera dado esos excelentes frutos literarios sin su tragedia personal, su enfermedad, sus hospitales psiquiátricos, sin las anfetaminas, el alcohol, sus carencias, sus frustraciones...
Diez años antes de su muerte, en 1962, durante su estancia en París, escribe: Mi deseo de morir deriva de mi no estar en mí. No pudiendo respirar, asfixiándome en mi yo, imagino la muerte como un lugar en donde no necesite hacer tan horrorosos esfuerzos, en esforzarse. La voluntad no sirve en mi caso. Tiene que haber un querer. Para ello tengo que dejarme no querer. Tengo que dejarme tranquila. Ésta debiera ser mi consigna, echarme a patadas como si yo fuera un perrito que me jode. Y en verdad sólo soy eso (para mí).
Con la aparición ahora de sus Diarios viene a completarse la publicación de la obra de esta notable escritora argentina, junto a los dos tomos de Poesía completa y Prosa completa editados por Lumen. La edición ha corrido a cargo de Ana Becciu, amiga de Alejandra, quien escribe en el prólogo: De esto tratarán sus diarios hasta el final de su vida: de amor y de sexo, de angustia, de elegir: o captar al mundo o rechazarlo. Habla del deseo, de las formas del deseo en ella, analizándolas y nombrándolas con tanta lucidez y claridad que la convierten innegablemente en nuestra contemporánea.