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EL CALEIDOSCOPIO

por Emilio Lahera

CRITICA LITERARIA
VENTANAS DE MANHATTAN

Título: Ventanas de Manhattan
Autor: Antonio Muñoz Molina
Editorial: Seix Barral
Precio: 19 €

Días largos azotados por el sol y el viento, noches breves pobladas de sonidos, de voces de quienes se resisten a dormir por miedo a que se les pase la esperada oportunidad de que cualquier deseo se realice; tiempos de viajes hacia cualquier sitio, de huidas hacia algún lugar en que el decorado cambia pero no la mirada que devuelve en el espejo la amargura de volver a ver la imagen desfigurada de los sueños del nómada anegados por las arenas de un infinito desierto en el que no se avistan fronteras. El cenit del verano; quizá sea buen momento para un libro como Ventanas de Manhattan, de Antonio Muñoz Molina.

Es difícil sustraerse a la belleza de la escritura de Antonio Muñoz Molina, en el caso de que esa fuese nuestra intención, que no lo es. De tal manera, uno se ha dejado llevar en ese viaje por el universo de ventanas a las que el autor se ha asomado, a las que ha mirado desde la intimidad de su apartamento, o desde abajo, desde la misma acera por la que camina, nómada, extranjero en busca de señas de identidad que no le pertenecen, pero que, sin embargo, le definen en cuanto ciudadano del mundo. Libro de viajero en mil viajes a lo largo y ancho de una sola ciudad que contiene tantas ciudades como uno desee, Muñoz Molina, observador incansable y certero, nos cuenta sencillamente lo que ve con los ojos, sobre todo, del alma; y lo que ve le retrotrae una y otra vez a sí mismo, un ser cuya entidad, como la de todos nosotros, se encuentra difuminada en la brumosa soledad de la historia propia.

Cualquier ciudad sólo se puede conocer andando; pero quien conozca Nueva York, la isla de Manhattan, sabe que en ella esa verdad se hace indiscutible: sólo caminando se la puede vivir; y eso es lo que ha hecho el autor, andar, andar, caminar para ver y entender. Una estancia de nueve meses como profesor de literatura española de la que ha surgido este hermoso texto de viajero urbano en el que el autor se implica en un ejercicio de sinceridad consigo mismo y con el lector. Una vida sencilla, elemental como la de todo viajero es la que nos muestra Muñoz Molina; aparentemente, simples recorridos por las calles, plazas, museos, galerías, salas de conciertos, librerías, esquinas que delimitan edificios como no los hay en ningún otro lugar, bancos en los que recupera fuerzas, cafés donde, en la tarde anochecida, lee el periódico o mira la lluvia helada caer sobre la acera, sobre los cuerpos que se desplazan con celeridad en todas direcciones. De todo cuanto ve obtiene material para reflexionar y contarlo en un ejercicio narrativo pleno de madurez literaria y personal.

Lo primero que se percibe, porque él mismo lo dice, es que Muñoz Molina está enamorado de la ciudad, y es comprensible: es verdad que uno se puede enamorar fácilmente de Nueva York, de hecho es prácticamente inevitable; por sus grandezas y por sus miserias; Manhattan reúne en su seno toda la grandeza y toda la miseria del capitalismo; sus magníficos, maravillosos edificios son a manera de catedrales erigidas como consecuencia del culto al dinero, a la acumulación de la riqueza del mundo en las manos de los más hábiles, de los más preparados y también de los más despiadados, duros e insolidarios del planeta. Alrededor de esos templos personales del dinero, la miseria más extrema se extiende tras las innumerables fronteras invisibles en que la ciudad se encuentra dividida, a veces en el breve espacio de dos o tres manzanas; el último escalón de la categoría humana se muestra descarnada y putrefacta como en cualquiera de tantos países en los que la absoluta indigencia de la mayoría de sus habitantes hacen posible la riqueza ostensible y desvergonzada de Manhattan.

Pero Muñoz Molina es un viajero enamorado para quien el amor no es obstáculo que dificulte la introducción de la crítica en su discurso; así, entre los fogonazos de amoroso deslumbramiento percibe lo que no se dice, lo que apenas se ve; y lo escribe en su cuaderno de viaje: “(...)hoy descubre uno, hostigado por la lluvia, que ésta es una ciudad en la que no hay tregua ni misericordia en el trabajo y en la búsqueda del dinero y del éxito, o de la más cruda supervivencia, y que fue la codicia, el empuje de la industria, la riqueza del comercio, y no el romanticismo, lo que levantó esas torres cuyos pisos más altos quedan hoy borrados por las nubes, la fuerza propulsora que mantiene en movimiento una vasta maquinaria que tantas veces parece a punto de colapsar en el desastre, en la duración del diluvio terrenal”.

La codicia y no el romanticismo es lo que convirtió Manhattan en la capital del imperio del dinero en la que hombres poderosos mandaron levantar edificios -el Empire State, el Chrysler, el Rockfeller Center, entre otros muchos, muchísimos- a la medida de sueños supuestamente románticos como el “new deal” roosveltiano y colocaron en sus frontispicios frases que podrían haber sido dichas por predicadores del reparto social de la riqueza, cantos al esfuerzo común, a la libertad individual, a la gran empresa de construir un mundo mejor entre todos y para todos. Era la codicia, ciertamente, y los edificios permanecen como monumentales signos de ello; a su alrededor, la miseria escandalosa bajo la lluvia helada o el calor asfixiante. También la belleza distribuida de manera inesperada y que atrapa de manera irresistible; como atrapa el hermoso relato de Muñoz Molina, que sube a la gloria y desciende a los infiernos de una ciudad múltiple y antagónica, una y otra vez, en cada paso, en cada personaje, en cada reflexión suscitada por una mirada sincera a cualquiera de los miles y miles de anónimas ventanas de esa “lejanía de lugar soñado” en que acaba convirtiéndose Manhattan.


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