Se trata de un melodrama, de un folletón diríamos que desmesurado si no fuera por la desnuda y natural descripción de las peripecias amorosas y por el raro humor que la autora despliega, desde la distancia temporal, sobre los desgraciados avatares que narra. Desgraciados avatares amorosos y sexuales de ella, una mujer soltera, abogada ejerciente y brillante triunfadora en la Administración del Estado; él, también brillante profesor, técnico del Ministerio de Trabajo en los últimos años del franquismo y diputado por el PSOE en la Transición, casado y, según afirma, profundamente enamorado de su esposa. La historia de un triángulo amoroso contado desde el vértice del perdedor, consciente del único y oscuro destino que le aguarda tras la pasión del sexo mantenida a lo largo de una veintena de años: sobrevivir al dolor de la frustración de no haber sido otra cosa que el objeto del adulterio que garantiza la solidez del matrimonio de su amado.
Narración en primera persona. Escritura sencilla y precisa, coloquial y fluida, sin florituras y con gran personalidad, salpicada a menudo de un saludable e interesante clasicismo en los giros sintácticos. Una turbadora tensión mantenida con buen pulso de principio a fin. Estas son las herramientas con las que la autora nos brinda la oportunidad de asomarnos a algunas instancias femeninas –y masculinas- que hacen que el mecanismo de la atracción puramente sexual funcione como único motor amoroso.
Largas e interesantísimas notas tras cada capítulo, que se van acortando a medida que la narración avanza; no sólo complementan la narración principal sino que proporcionan la necesaria explicación de los antecedentes vitales de la protagonista: una familia numerosarepresaliada tras la Guerra Civil, un padre abogado a quien no se le permite ejercer su profesión y que se ve obligado a sacar adelante a su prole mediante titánicos esfuerzos en diversas localidades asturianas, mientras la protagonista consigue terminar la carrera de Derecho y encontrar un trabajo, primero en una empresa y más tarde en la Administración.
Y ahí surge el amor, el enamoramiento del amor, mejor dicho: amar a alguien que no te ama, no ya creyendo que puede llegar a amarte sino sabiendo a ciencia cierta que nunca será así. El último párrafo de la novela: Y así aceptaré aquella respuesta que, en un lenguaje literario, expresara que estuve enamorada del amor; o quizá mejor aquella otra que, en un lenguaje coloquial, dijera que estuve colgada de un hombre, y del sexo, y hasta de un pene; o mucho mejor tal vez aquella otra que, en un lenguaje deslenguado, soltara que estuve encoñada con una polla, y hasta que tenía el coño empollado; o sencillamente, hablando como en La Arena y en su lenguaje metafórico que participa de todos ellos, pensaré que “la Luna se enamoró de un cagayón y lo estuvo alumbrando toda la noche”. Pero sea lo que fuere lo que a mí me sucedió, lo que sí aprendí, con todo ello, es que he tenido mucha suerte de haber podido contarlo. Ciertamente espeluznante; como la vida misma.