Apenas 200 páginas mas otras 50 de anexos documentales, algunos de los cuales pueden consultarse en Internet, incluso escuchar la voz de los infames en conversaciones telefónicas. Probablemente no son necesarias más páginas para contar hechos precisos. El libro es un compendio de novela negra, de novela histórica, autobiografía, documento acusatorio y novela de aventuras; con un héroe protagonista de nombre LydiaCacho, la autora. Lo aterrador de la lectura es que todo lo narrado está ocurriendo, ahora, ayer y hoy en México (seguro que también en otros muchos lugares del planeta), en Puebla, en Cancún (lugar ideal de vacaciones, ya saben); lo aterrador de toda esa infamia es que casi todos los infames continúan viviendo en la más absoluta impunidad; lo aterrador de estas memorias es que la que corre peligro cierto es Lydia Cacho, la periodista que destapó la alcantarilla.
Infamia: Maldad, vileza. Jean Succar Kuri, por ejemplo (hay otros). Es el nombre de un individuo que se jactaba de gozar cuando veía que una niña de cinco años sangraba mientras la penetraba. Jean Succar Kuri es su nombre. Lo contaba satisfecho en un video que millones de mexicanos vieron en televisión. Jean Succar Kuri está ahora en prisión acusado de pederastia. Esto y muchas otras cosas de este calibre es lo que Lydia Cacho se atrevió a denunciar; por hacerlo, ha pagado una factura de amenazas, acosos, detenciones y juicio; de momento, ha salido relativamente indemne de la batalla contra la infamia; es decir, conserva la vida frente a las amenazas de enemigos poderosos, una trama de crimen, soborno y corrupción que campa en la impunidad de negocios de millones de dólares en la tierra de Emiliano Zapata. Políticos, jueces, abogados, policías...Todos sacan tajada del negocio de la violación de niñas.
Es un libro hermoso, sin embargo; porque además de darnos noticia detallada de la infamia –de la que hay que saber porque, simplemente, existe-, nos habla también de la emocionante belleza del compromiso de unos seres humanos con el dolor inmenso, indescriptible de otros seres humanos, niñas impúberes en este caso. La valentía y, sobre todo, la honestidad de Lydia Cacho (hay otros casos, como la periodista rusa AnnaPolitkovskaya, asesinada en octubre de 2006 mientras investigaba sobre posibles torturas infligidas por miembros de la policía, o como el recientemente desaparecido RyszardKapuscinski, ¿recuerdan “Ébano”?) nos hace pensar que tal vez, todavía hoy, el periodismo puede servir para algo más que servir a los poderosos (a los de turno y a los perennes, que de ambos hay en esta viña).
Lydia Cacho finaliza su libro: “creo en el periodismo como linterna del mundo, como un derecho de la sociedad para saber y entender; creo que los derechos humanos no se negocian. Aunque se diluyan nuestras historias individuales, los pequeños avances no desaparecerán. Mi caso no es el de una mujer, es el de un país. Y México es mucho más que un puñado de gobernantes corruptos, de empresarios ambiciosos y de criminales organizados. Borrarme de los medios, sí pueden, eliminarme físicamente también. Lo que no podrán es negar la existencia de esta historia, arrebatarme la voz y la palabra. Mientras viva seguiré escribiendo, y con lo escrito, seguiré viviendo”.