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EL SARGENTO
por Carlos Amérigo Alonso
ISBN-84-9714-071-0
 

Seis años llevaba yo a las órdenes del sargento Gutiérrez y tras tanto tiempo en el frente creía haber experimentado las escenas más escalofriantes de la vida. Pero, lo que vi aquella tarde se quedó grabado en mi memoria y, aún hoy, trece años después, sigue atormentándome algunas noches:
El sargento Gutiérrez, que además de mi superior era mi mejor amigo, dejó su fusil de asalto a un lado y, con lágrimas en los ojos, dirigió sus pasos temblorosos hacia las trincheras nazis. No hacía nada por esquivar las balas que silbaban a su oído hasta que una se ellas atravesó su costado y le hizo caer al suelo.

Fui corriendo a socorrerle, pero llegué tarde, demasiado tarde para hacer algo útil. En el suelo descansaba el cuerpo sin vida de mi sargento y en su mano sostenía una carta que, por miedo o por respeto no me atreví a abrir.

Al caer la noche sobre el campo de batalla, regresamos al campamento. Una vez allí, logré colarme en la cabaña de Gutiérrez, y empecé a buscar, desesperado, algo que explicase el comportamiento de mi amigo. La respuesta la hallé encima de su mesa: encontré un papel amarillento mojado por las lágrimas. Lo leí.

A Luis Gutiérrez

(Pude distinguir la letra. Era la de aquella persona que le escribía esas cartas de amor de las que tanto presumía en la cantina. Era la letra de su mujer. Continué)

Querido Luis:
Son muy malas las noticias que me obligan a escribirte. Mi corazón está inundado por la tristeza y sé que el tuyo también lo estará. Anoche, un bombardero alemán pasó por nuestro pequeño pueblecito y muchas fueron las vidas que se llevó con él. Nuestro pequeño Juan había bajado a la calle, y...

Dejé de leer. Muchas veces había oído hablar a Luis de lo orgulloso que estaba de su hijo y comprendí lo que había ocurrido. En ese momento, recordé la carta que el sargento tenía en la mano en la hora de su muerte y, queriendo saber a quien estaba dirigida para poder mandarla y satisfacer, así, el último deseo de un difunto, la abrí y leí. Una lágrima brotó de mis ojos al ver que la carta estaba dirigida a mí:

          Mi buen Ricardo:
Estoy seguro de que tú serás el primero en socorrerme cuando muera y de que te habrás enterado de la muerte de mi hijo antes de leer esta carta. Pues bien, mi objetivo es el de despedirme de ti y el de pedirte que me perdones por mi actuación.

Antes de venir aquí pensaba que la vida no estaba hecha para matar y ver morir, pero tras estos seis años, sé que prefiero morir antes de matar otra vez porque ahora sé lo que sentirá el padre de la pobre criatura a la que mate.

Por eso te pido que te largues de aquí, que te vayas lejos, muy lejos de aquí, antes de que la locura (o quizás la falta de ella) te haga hacer lo que he hecho yo ya.
Recuérdame:
                                          Luis

Tarde, muy tarde me llegaron estas palabras de sabiduría porque aún ahora, trece años después me sigo arrepintiendo de no haber tirado mi fusil aquel día.

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