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 RELATOS CORTOS

de Félix Martín Arencibia

felix194@hotmail.com


 

CRÓNICA DE UNA VENGANZA BAJO EL CERNÍCALO AZUL 

 

Chago El Trinque pasó la noche en vela, no pudo pegar ojo. Un barrenillo le taladraba la cabeza y le metía la jiribilla en el cuerpo, obligándole a levantarse de la cama. Caminó por la habitación como perro enjaulado, con la vista perdida en las vigas de madera del techo. Las horas fueron eternas y desesperantes. Era ajeno al latido de la noche que acechaba fuera, con miles de ojos parpadeando en la oscuridad. Un ventanillo le comunicaba con el exterior, y al que miraba de vez en cuando, deseando atrapar las primeras pinceladas de luz. Al fin éstas llegaron tenues; pero de un color anaranjado que le produjo una repentina tranquilidad. Despacito se puso los pantalones manchados de platanera; la camisa llena de lamparones oscuros; el ceñidor y el cuchillo. Éste último lo colocó al golpito dentro de la vaina, lo volvió a sacar, y pasó los dedos por el filo, -acariciándolo con cierto mimo-. Una vez fuera, lo primero que hizo fue afilarlo en una piedra, -quería que cortara finito-. Se trataba de un cuchillo canario con mango de cuerno de carnero.  Era una verdadera obra de arte, por sus variadas formas y colores.

 

Se lavó la cara en una palangana que estaba a la intemperie, y cuya agua estaba muy fría. Esto le reconfortó, y le dio más claridad para ver lo que quería ejecutar. Fue a ordeñar su cabra rusia, que tenía en un chupenco saliendo a la derecha. Le amorosó las tetas, recreándose luego en la espuma, que se formaba en la escudilla con gofio. Acarició al animal, y despacito se metió en la cocina, donde la bebió saboreándola, a la vez que llenándose el cuerpo de un valor sereno. ¡Estaba decidido, ya no había vuelta atrás! Mientras, su madre trasteaba en el patio, barriendo con una escoba que ni levantaba polvo debido a la tarosá de la noche, que había atravesado hasta las planchas de la cocina, goteando sobre el poyo de cemento.

 

Cogió la boina y la comida que le había preparado su madre, y salió ladera abajo. La cabeza le seguía bullendo. La muerte de su padre le venía a la mente una y otra vez. Los últimos días de suplicio, allí en la cama sufriendo como un perro. Sí, la culpa de todo la tenía Pepe, El Azulino. Él fue el responsable del desenlace trágico de aquella larga enfermedad de su padre.

 

No se pudo ir a Madrid para tratarse de aquel cáncer maligno. El Azulino no le había pagado el sueldo mientras estuvo enfermo. Tampoco le había adelantado el dinero, para hacer el ya mencionado viaje, y llevar el tratamiento que pudiera salvar su vida. El cáncer era algo que le carcomía y desangraba el estómago. Chago era pequeño, y recordaba como si lo estuviera viendo, como se desfondaba y se le iba la vida por debajo. Tampoco olvidaría los vomitajos sangrientos, que hacían que la vida también se le fuera por arriba.

 

Todo esto lo pensaba mientras caminaba entre las plataneras. Arriba se adivinaba un día limpio y soleado, vigilándole cual cernícalo planeador. Estaba más convencido que nunca: ¡Lo haría! Se acercaba a la finca de El Azulino. No habría más de cien metros para llegar. Atravesó un claro y llenó su pecho de aire con cierto placer. Al fin se iba liberar del peso que venía soportando desde hacía tantos años. Parecía que había nacido con dicha carga.

 

Él sabía por donde iba a pasar. Siempre hacía el mismo recorrido desde su chalé cercano a la finca. Se adelantaba a veces, para vigilar a los peones, y ver si pegaban a trabajar a la hora. Lo de Azulino le venía por unas manchas azules en la cara con las que había nacido y le habían crecido conforme se hizo un hombre. Chago quería llegar antes a las plataneras para esperarlo. Pasó debajo de la higuera, que aún destilaba la relentá de la noche. A pesar de ello no tenía frío e iba en manga de camisa. Ya estaba a punto de llegar al lugar indicado. Pasó de la luz del claro a la sombra del platanar. Allí le dio un poco de escalofrío.

 

Se refugió detrás de una platanera. Le pareció un gigante ligeramente inclinado hacia adelante. No tardaría en pasar. Eran las siete menos cuarto. Las siete era precisamente la hora de comenzar a trabajar. Allá a la altura de la higuera surgió  una sombra. ¡Era El Azulino, seguro! Se acercaba a las plataneras. Le vino a la mente el cadáver aún caliente de su padre sobre la cama: flaquito, consumido, pálido, con la piel arrugada prematuramente. Sin dudarlo: ¡Seguro! No había vuelta atrás. Sacó el cuchillo y palpó su punta. Estaba frío. Pasó El Azulino delante. Chago salió a cumplir con su obligación. Lo vio de espaldas. Decepcionado lo vio encorvado, indefenso, viejo. No pudo levantar la mano, le pesaba toneladas. Imposible. Se quedó paralizado. Un repentino golpe de lucidez le hizo caer en la cuenta, que con la muerte de El Azulino no iba a resucitar a su padre. Con sangre no se iba a solucionar nada. Sería un acto estéril.

 

A partir de aquel preciso instante, se prometió a sí mismo, luchar junto a otros obreros y otras personas solidarias, contra las raíces del egoísmo y el abuso. Sí, ayudaría a crear una sociedad más justa, en la que no se produjeran casos como el de su padre. Las lecturas de las novelas de Galdós le ayudaron a curar aquella emponzoñada herida.

 


 

DESESPERACIONES Y ESPERANZAS DE ELVIRITA SORROBALLO

 

Elvira Sorroballo Vidanueva se mira al espejo. Se da unos retoques de maquillaje en su hermoso rostro de treinta y cinco años. Sus facciones redondas, sus inmensos ojos color de cielo y sus mechas doradas, se dibujan nítidas en él. Su cuerpo de excitantes curvas un poco voluminosas, sus pechos prietos y  abundantes también se trazan rotundos. La verdad es que cada vez se siente más atractiva. Una vida nueva se abría ante ella como una luna llena sonriente.

 

En ese instante, otra película bien distinta se proyecta en la pantalla del espejo de su mente, y le hace perder un poco la sonrisa. Había unos días en que la tristeza de las preñadas nubes y la humedad le habían calado hondo en el alma de Elvira. Tenía treinta años, era joven y bien parecida, pero se sentía cada vez más una piltrafa, basura de la calle, terreno árido y baldío. La desesperación le llenaba progresivamente su cuerpo, cada vez más obeso, y le mordía con sus afilados dientes. Otras veces, sentía un vacío tan inmenso y profundo como las abismales negras simas de la mar. Otras, el miedo recorría su piel, se le agarraba a la garganta, le arañaba el vientre, le taladraba las sienes.

 

Tenía un  hijita, Atindamana, de cinco añitos, le obsesionaba y la mantenía al filo de la hoguera del terror. Temía por ella, por su integridad física; y sobre todo por las huellas indelebles que nunca cicatrizarían, convirtiéndose así en úlceras permanentes.

 

Candelario Poseído llegaría de un momento a otro. Cómo vendría. Seguro que borracho como una cuba. Cuando llegara sabía lo que pasaría. La inquietud no la dejaba conciliar el sueño: el insomnio y el terror eran sus únicos acompañantes en esos instantes. Sonaron las cinco campanadas de la madrugada en la parroquia más cercana. Al poco oyó los temidos golpes en la puerta amenazando con tirarla al suelo. Siguió quietita allí, acurrucada, como si no hubiera oído nada. De repente salta de la cama como un resorte. Unos fuertes goterones suenan en el tragaluz.  Rápidamente llega a la puerta. Si tarda será peor, Poseído se enfurecería más. Se queda paralizada ante el portal, el tiempo se hace eterno. Finalmente se decide a abrir la puerta.

Una sarta de insultos le cae encima como el chaparrón que caía fuera. Allí estaba Candelario, mirándola con los ojos turbios y la lengua pesada articulando insultos uno tras otro, a punto de caerse hacia adelante. La baba, escurriéndole por la barbilla y posándose en la camisa ya empapada. A continuación lo ya temido: más gritos y golpes. De dónde sacaba aquel endemoniado de Poseído, tanta fuerza con tremenda chispa como tenía. La niña al oír todo aquel escándalo se despertó llorando. Un fogonazo, como el de un rayo de tormenta, prende fuego en la determinación de Elvira Sorroballo.  No habría otra vez, ni vuelta atrás. Se acabó el aguantar. Lo dejaría para siempre.

 

Mientras, Candelarito Poseído estaba allí tirado en el suelo, vencido por el alcohol. En aquel momento Elvirita rebobinó su pasado y recordó a un Candelario soltero, joven, de estatura más bien alta, esbelto, delgado y con músculos endurecidos. Recuerda su mirada tierna, sus caricias, sus abrazos, su pasión al hacerle el amor. A los dos años se casaron enamorados, con iglesia y banquete por medio. Dicho y hecho, aquella bendición del cura había resultado ser un mal augurio. En poco tiempo y casi sin darse cuenta, comenzó a notar que en la mirada de Candelarito se iba mezclando la tristeza y una rabia contenida. Dejó de abrazarla, echó de menos sus suaves caricias, sus besos apasionados; y hacía el amor como una bestia babosa cuando llegaba embriagado.

 

Elvirita Sorroballo se había convertido para él en un objeto de su posesión. Así lo había sido su madre, un dominio del padre en tiempos del franquismo tardío. Los golpes y los gritos se volvían a repetir, como los había presenciado desde muy pequeño. El problema del Poseído no era sólo el alcohol, había algo más. Se sentía por momentos un perrito faldero o su asquerosa caca cuando Elvirita salía a trabajar. Ganaba su dinero, había meses que más que él. ¡La veía tan inteligente cuando hablaba con otras personas, o enfrentándose a las dificultades de la vida! No pudo o no supo adaptarse, superar el machismo social y de su ambiente familiar. Ello le llevó a la destrucción por el wisky; y a la incapacidad para enfrentarse a la vida laboral. Ahí empezó todo lo que vino después.

 

Elvirita Sorroballo se preguntaba entretanto: ¿Qué había quedado de aquel hombre que la encandiló y la enamoró? ¿Qué había ocurrido dentro de su cabeza y su alma para convertirlo en un peligroso enfermo mental? No podía entenderlo. Una muralla de incomprensión, silencio y violencia se había interpuesto entre ellos. No podía reconocer a aquel atractivo muchachote, por la que estaba dispuesta a entregar su corazón y compartir toda su vida con él. Pero ya era imposible. Su relación había pasado entre la indiferencia, la violencia y el ninguneo. Los celos se lo habían comido y no quería ni que saliera ni hablara con nadie. Daría ello paso al pánico. Nacería Antidamana Esperancita, consecuencia de una de su adicción al alcohol, en un clima de terror e impotencia. A estos períodos sucedieron otros de arrepentimientos, promesas de cambio. Nuevas oportunidades y nuevas recaídas. Clima irrespirable e insoportable. Denuncias, nuevos maltratos. Ella tenía que defender a su hija y a ella misma. Su decisión era la correcta, los otros problemas tenía que resolverlos la sociedad entera.

        

Ahora, Elvirita Sorroballo Vidanueva respiraba al fin, y paladeaba la libertad que tanto le costó lograr. Por ahora no quería saber de nuevos compromisos amorosos, pero no perdía esperanza en volver a llevar una vida en pareja con sentimientos compartidos. Atindamana Esperancita ya había cumplido los diez años. Poco a poco una sonrisa de flor de primavera fue asomando a su carita de niña sufrida. Su madre estaría siempre junto ella para ayudarle a cicatrizar la herida que estaba segura no era incurable.