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RELATOS CORTOS

Enrique Forniés

amehania@hotmail.com

 


 

EL DESEO

Ya faltaba poco para que amaneciera. Los primeros cantos de los pájaros comenzaban a flotar por el aire en todas direcciones. Aún podía verse la luna, pero ya empezaba a clarear el horizonte, tomando un tono entre rojizo y amarillento. ¡Qué fresca y agradable es la primera brisa del amanecer!.

 

Allí me encontraba yo; en medio de aquella sinfonía etérea, entre el cielo y la tierra como única unión, recibiendo en mi cara el soplido que anuncia los nuevos días y las nuevas vidas. Y de pronto, con más ganas que nunca, desee estar muerto.

 

Así, sin causa aparente, con lo mejor de la naturaleza recorriendo mi cuerpo y anegando todos mis sentidos, desee morirme en aquel instante, dejar de sentir esto y cualquier otra cosa que pudiese llegar a mi cuerpo.

 

Desee nunca haber existido y, aún más, ya que lo había hecho, desaparecer sin dejar rastro alguno de que una vez estuve aquí, en el mundo. Y me eché a llorar; sabía que no debía hacerlo, pero no pude remediarlo.

 

Dejé resbalar mis lágrimas por mi rostro y, aunque nadie podía verme, ya fuese por vergüenza, o por miedo, o por qué se yo, enterré mi rostro entre mis manos. Los primeros rayos de sol despuntaron en el sangriento horizonte y se filtraron pesarosos entre mi dedos ¡Qué tristes se sintieron cuando no pudieron reflejarse en mis pupilas!. Cuando aparté mis manos ya no se veía la luna.

 

Quise hablar, explicarle al vacío que no quería sentirle, que no quería tener todo para perder más. Pero cuando abrí la boca sentí como si estuviese aún más mudo que antes; como si, en vez de no hablar porque no querer hacerlo, no lo hiciese porque realmente no podía hacerlo. Entonces, los cantos de los pájaros se engrandecieron en mis oídos; fueron subiendo de volumen poco a poco, pero continuadamente, hasta que se transformaron en un constante grito que perforaba mi cerebro de lado a lado como una fina hebra de hielo. Ahora, aunque hubiese podido hablar no hubiera querido hacerlo; y de poder y querer hacerlo, no habría sido capaz ni de escucharme a mí mismo.

 

Ya no lloraba porque de mis ojos ya no salían más lágrimas, así que los abrí y me quedé observando y admirando la naciente esfera de fuego que comenzaba a asomar en el horizonte difuso. Aún sentía la agradable y suave brisa, aunque ya comenzaba a caldearse ligeramente (cosa que en el fondo mis huesos agradecían). Pero no se puede mirar para siempre al fuego; más que nada, porque si entras en contacto con él durante mucho tiempo, aunque sea mediante la mirada, acabas quemándote. Y de igual modo que perdí el habla, anegado por la luz que crecía lenta, pero desenfrenadamente, parecí perder mis párpados para negarla el paso. Sin embargo, mis pupilas se dilataron, se ensancharon cada vez más, ocuparon el iris por completo, como si estuviesen ansiosas por captar el máximo de aquella ceguera, hambrientas por devorar toda la luz que les fuese posible hasta reventar. Entonces, ya no pude ver nada; era todo de una claridad tan cegadora que al final no pude ver más que una infinita negrura que me devoraba. Y nunca pude ver el amanecer ni llorar por esta pérdida.

 

Entonces me quedé completamente quieto, perdido en mi propio cuerpo, sin poder hablar para explicar qué estaba ocurriendo, sin poder verlo para entenderlo e incapaz de expresar el pesar que me provocaba esta existencia incierta. Fue en ese momento cuando la brisa aumentó de intensidad e impulsó sus vientos con mayor velocidad contra mi cuerpo. Me golpeó, hizo que sus lenguas friccionasen contra mis extremidades hasta quemarlas, tiró de mi piel con la intención de arrancarla... Explotaron mis nervios en un incontrolable espasmo de contracción hacia el fondo de mi cuerpo y, acto seguido, reventaron todos a un tiempo dejándolo sin capacidad para saber si ya había pasado el dolor o si seguía quemándose. Finalmente, tras el verbo, la recepción, el sentimiento, y la orientación, perdí mi percepción del exterior.

 

Eché cuentas, y me apercibí de que solo me quedaba una cosa: aquel deseo inamovible, eterno e infinito; aquel único impulso, más fuerte que cualquiera de mis antiguos sentidos, que sentía mi cuerpo y que le empujaba a morir.

 

Giré en torno al deseo, lo observé, lo toqué, lo agarré, lo abracé y lo besé. Lo hice circular para poder admirarlo sin ángulos y lo comparé a la otra esfera; a aquella a la que yo había pertenecido antes. Sí, yo antes pertenecía ella, ahora ella me pertenecía a mí. Y si ahora yo no la sentía en ninguno de sus modos ¿acaso podía ella percibirme a mi? No, no podía, y por lo tanto, yo podía ser cualquier cosa para ella porque yo podía hacer de ella cualquier cosa.

 

Sostuve mi esfera entre mis manos, la acaricié y, sobre ella, comencé a llorar derramando mis lágrimas hasta rellenar sus pequeñas imperfecciones. Satisfecho al verla ahora totalmente redonda, comencé a silbar una canción que aprendí un día incierto en el pasado. Y sus aguas comenzaron a ondearse por el viento procedente de mis labios mientras las alegres notas musicales la rodeaban por completo y generaban una invisible atmósfera a su alrededor.

 

Ante aquella visión no pude más que enternecerme por la pura belleza que desprendía mí esfera, mí deseo. Y mi ánimo hizo que mi ojos brillasen con la luz de la plata e iluminasen parcialmente mí creación.

 

Pero, lejos de ser este el final, no fue otra cosa sino el catalizador. Mi cuerpo pasó del mero enternecimiento al más profundo estremecimiento. Y si en algún instante pasado sentí una brutal implosión interna, mi cuerpo comenzó a agitarse incontrolado, deseoso de extenderse más allá de sus propias fronteras y barreras. Mi pecho explotó y emergió una luz infinita, entre rojiza y amarillenta, que derramó su contenido por toda la esfera.

 

Atónito, la observé en su máximo esplendor. ¡Cuán grande podía llegar a ser la belleza de mi esfera, de mi deseo, de mi mundo! ¡Quién fuera otra de mis creaciones para poder habitarlo! ¡Para poder vivir en ella!.

 

Deseoso, ansioso de poder realizar mi voluntad, me dejé envolver por mi canto, por mi viento y por mi luz hasta embriagarme de ellas. Me abandoné a sus designios hasta que se hicieron incontrolables para mí; cerré los ojos y dejé que hicieran de mi cuerpo todo aquello cuanto quisieran. Cuando pude abrirlos ya no era yo quien rodeaba mi deseo, sino al contrario. Sentí sobre mi piel los primeros rayos de sol, el cantar de las aves, la brisa de la mañana...

 

Ya faltaba poco para que amaneciera. Los primeros cantos de los pájaros comenzaban a flotar por el aire en todas direcciones. Aún podía verse la luna, pero ya empezaba a clarear el horizonte, tomando un tono entre rojizo y amarillento. ¡Qué fresca y agradable es la primera brisa del amanecer!...

 

Y de pronto, con más ganas que nunca, desee estar muerto.


VUELTA A CASA

Volvía a casa. Las manos en los bolsillos y la mirada perdida, la cabeza vacía y la última copa ardiendo todavía en la garganta. ¡Que frío! la barbilla oculta en la bufanda y el cigarro asomando entre mis labios a medio consumir.

 

Recto, anda recto, al menos procúralo, no estoy tan borracho como para no poder hacerlo. No es eso, ¿no lo ves? eres tu mismo y no el alcohol el que te marea, el que evita la línea recta como camino más corto entre dos puntos... recto, anda recto.

 

Las frías madrugadas de invierno son las ideales para caminar solo, para pensar acerca de nada mientras vuelves a casa, para recordar nada que merezca la pena recuperar, para observar el vaho escapar de tu boca en cada aliento. A veces se te ocurren cosas brillantes (y a veces no) que te gustaría comentar con alguien, pero estas solo, y mañana ya se te habrán olvidado o estarán fuera de lugar, ¡qué lástima!. Otras veces, el mundo entero parece una madrugada de invierno.

 

¡Que ganas de llegar a mi habitación! desnudarme, meterme en la cama, cerrar los ojos y respirar hondo mientras me relajo y el calor me sube desde los pies hasta la cabeza. De todas formas, si sigo caminando en zigzag voy a tardar bastante en conseguirlo; aún queda un trecho hasta llegar a mi puerta y desde luego esta no es la mejor forma de ahorrar tiempo... ¡Ojalá se pudiese ahorrar tiempo! que cuando terminaras algo antes de lo previsto, pudieses guardar en una cajita todo lo que te ha sobrado para otro momento que estuvieses falto o para uno que quisieses alargar todo lo posible. Sería un buen aliciente para hacer las cosas cuanto antes. Si, desde luego lo sería.

 

¿Y para que querría yo alargar ciertos momentos si no me aportan nada? Si, es cierto que pueden ser agradables o divertidos, pero cuando acaban no dejan nada tras de sí, no siento que haya encontrado el sentido a algo que no entendía o que haya sentido una sensación nueva que hasta el momento desconocía. Creo que ya conozco todo lo que puede aportarme el ambiente que me rodea, y reconocerlo es lo más triste que me podía pasar porque nadie tiene la culpa, ya que todos, en realidad, están tan atrapados como yo. Solo puedo culparme a mi mismo por ser incapaz de disfrutar de lo que tengo no por desear mas, si no por desear algo distinto sin llegar a perder lo primero (a veces pienso que no me explico nada bien), ir sumando sensaciones, experiencias... todas ellas irrepetibles y que merezca la pena recordar porque no podré vivirlas una segunda vez; pequeñas vidas de tiempo limitado (ni yo mismo acabo de entender mis explicaciones).

 

El entorno... ¿Será realmente culpa del entorno?¿Me habrá aportado ya todo lo que puede? Respiro hondo y la respuesta me sabe a nicotina.

 

De pronto me doy cuenta, estoy frente a la puerta de mi casa. ¿Las llaves? aquí están. Jugueteo con ellas sin sacarlas del bolsillo. ¿Culpa del entorno?¿Se puede cambiar el entorno? Dejo las llaves quietas y tiro el cigarrillo. Creo que ya es hora (por una vez en la vida) de ser consecuente con mis pensamientos. Estoy contento, me sonrío para mis adentros; encontrar la solución para tus problemas siempre es un motivo por el que alegrarse. Creo que por primera vez, en una madrugada de invierno, alguien me ha escuchado. Gracias.

 

Doy media vuelta y sigo mi camino calle arriba. No creo que vuelva nunca más a pasar por aquí. A veces, hay momentos en la vida, pequeñas vidas, que merecen ser alargados tanto como se pueda.

             

(Dedicado a todas aquellas personas que me han proporcionado “pequeñas vidas”)