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RELATOS CORTOS

por Juan Oliver, Barcelona.

juanglot@hotmail.com

 


 

RELATO

Buenos días, buenas tardes o buenas noches según sea el caso señorita Igierne de Valtrap. 

En vista de la constante insidia que se respira en la corte he decidido ahuyentar a todas las conspiraciones de un solo golpe de viento. Sin mas dilaciones le tengo que confesar que he decidido medrar todas mis tribulaciones emprendiendo un peregrinaje espiritual. No hay manera de subsanar la perfidia que se pasea como un caballero apocalíptico cada mañana en mis almenas, parece que lo hace por escarnio. Viste una armadura de la sagrada orden de los templarios, pues luce una insignia tenebrosa y anacrónica, se trata de una cruz que se ha convertido en el legado de todas las barbaries de las cruzadas. Su corcel relincha con tal vivacidad que retumban todos mis aposentos y hasta los pasadizos subterráneos pues es su maldición tal perjura que todos los ritos eclesiásticos de mi señorío son interrumpidos ante el constante renegar de esos espíritus. Todo son confabulaciones anárquicas y exabruptas, las dueñas son demasiado liberales ante las doncellas a las que custodian, los trovadores ya no rinden pleitesía en sus glosas a la nobleza sino que se burlan de su condición, los mesnaderos solo rinden tributo ante los dineros y no son hombres de raigambre sino que perpetran constantemente un magnicidio, los adivinos ya no saben interpretar el oráculo de los astros sino que no son mas que creadores de herejías, el pueblo llano se queja constantemente de los impuestos, el rey es objeto de mofa, burla y escarnio. Es tanta la traición que se extiende como una mancha de sangre heliófila en el mar que he decidido partir en secreto de mi señorío. No me llevare ni armadura, ni escudo, ni espada, ni caballo, ni séquito. Me mezclare entre la plebe y vestiré sus harapientos atuendos. Me refugiare en cualquier mesón ante las inclemencias del tiempo y dormiré al raso a salvo de villanos y ladrones del monte. Siento como un sudor frío se reencarna lúgubremente en cualquiera de mis entrañas, Es un dolor misterioso, inefable, inescrutable, y he decidido purgar la impureza de mi sangre con el ungüento de la oración, ofrendas de palabra y obra al hacedor y con el misterio de mi éxtasis místico. Señora, yo soy una persona solemne y ceremoniosa tanto de palabra como de obra, tanto en paz como en guerra, tanto en vigilia como cuando duermo placidamente en mi alcoba. Últimamente percibo como sigilosamente un penar extraordinario se pasea en mis sueños como un doncel pálido y tembloroso invoca mientras saca a relucir su espada a la alborada de una batalla a su amada que yace en el lecho del enemigo, también sentí en un sueño como en un duelo infame un doncel me arrancaba con un cuchillo fino y bien templado el dedo en donde en principio debería guardar mi anillo de nupcias. Cuando el mar enrojece es indicio y preámbulo de una nueva era, de una nueva regencia en los condados, de un nuevo mito en los labios de los actores callejeros, de un distinto tono de voz en el animo antes entusiasta y veraz de los pregoneros, de un enmudecido suspiro en el espíritu de estas tierras. La máxima sagrada impresa en mi espíritu parece que se desvanece, es como si las columnas de mis templos se dejasen conquistar por las huestes profanas e infieles. No temo al mañana porque se que no hay futuro, no temo al ayer porque se que pronto enmudecerá ese infame concierto de citaras, trompetas y tambores, sólo veo un remolino negro que absorbe todas mis palabras para que se vuelvan a reencarnar en las velas de los pasadizos subterráneos, en las inexplicables sombras de los árboles, en los rayos y centellas que perpetuamente divulgan el ansia y el quebranto del alma cautiva, en las nubes que pasean ingrávidas en el cielo atraídas por un himno ancestral. Nada me hará callar, ni la vida, ni la muerte, ni el placer, ni el dolor, ni siquiera esa colosal ola que se acerca en el horizonte con su siniestro conjuro de voluptuosidad, pues no es mas que una inflamadora de lenguas. Si alguien en la corte pregunta los motivos de la deserción a mis compromisos bélicos, la deserción a la lealtad a mi rey, la deserción al altivo nombre de mi patria, la deserción de la regencia de mis huestes, la deserción de los feudos conquistados. Decid que un dolor se pasea por mis entrañas, es como si cada noche recibiese flechazos, navajazos y estacazos. Es un mal invisible que nada de este mundo lo puede sanar, es como una plaga oculta, como una maldición silenciosa, como una sedición infame, como un tormento sin verdugo ni instrumentos de tortura, ya nada es ya nada importa, cubrid mi rostro con un velo de seda de oriente para que nadie sea testimonio de la vergüenza y escarnio que tiene que sentir un caballero deshonrado y mancillado. Me refugiare en una gruta y allí tomare algún brebaje monástico que enmudezca el fluir de mis sentidos y el discurrir de mi razón, para que una vez exhausto y malherido pronuncie estas palabras antes de cerrar los ojos por ultima vez: nada, yo te invoco, apiádate de mí, porque yo no soy nada...aunque tengo que confesar que esta no es una muerte digna. me gustaría cabalgar con mi corcel, mientras me acerco a ese incendio en el que arden sin causa aparente cualquier sortilegio de llamas y espíritus agonizantes.  

P.d.esta historia es pura invención, todos los personajes son inventados, cualquier parecido con la realidad es pura
coincidencia. ¿o no?


EL ENFERMO

Una serenidad inverosímil se esbozaba en aquel rostro aforístico, su semblante era como un microcosmos en vías de extinción. Los ojos eran como el suspiro errante del panacronismo, eran como dos cometas que peregrinan
> desde las atalayas del vacío para aniquilar con su fuego arcaico todas las cosechas del hado de lo impersonal. Sus oídos eran como una misteriosa gruta en la que se refugiaban todos los símbolos acústicos, eran como ondas de distintas frecuencias y de distintos colores relampagueantes que vagaban exhaustos en aquellos pasadizos oscuros sin ningún destello ni ninguna señal de transito trascendente que indicará el fin de aquellas cuevas. Eran como la concha de un caracol que se halla ahogada en las inmensidades de los mares del lenguaje incoloro; como sus aguas. Sus cabellos se hallaban indecisos y no se decantaban por ninguna doctrina artística, era su emanar como un baile en el que se mezclan gestos y posturas de todas las culturas, era como el barro virgen de conocimiento en el que el artista todavía no ha plasmado una escultura inmortal. Era su frente como una hoja de papel arrugada después de haber pasado por tantas manos, como unas paredes desgastadas después de haberlas pintado y borrado en tantas ocasiones. El enfermo yacía convaleciente en aquel improvisado sepulcro, con un respirar que tenia el mismo color inánime de la noche, pues su soplo era tan aterrador que hablaba el mismo lenguaje que los espíritus que le aguardaban en aquellos parajes. El sol como un huevo reventado esparcía
frustradamente su cólera en las ultimas claras del día, eran el epilogo de muchas vanas emanaciones. Era su lecho como un liviano pájaro que levita en los cielos mientras las nubes no dejan de recitar himnos ancestrales en su honor. Sus brazos se alzaban de una manera procaz como el mástil de un barco en la tempestad, parecía que imploraran a los cielos en una actitud bastante pordiosera. Era como si buscaran algún misterioso templo al que orar, era como si su introspección en aquel extraordinario momento le hiciese vivir en todos los tiempos y lugares. De repente oyó como alguien había entrado en su casa sin llamar , pues eran tantas las trompetas, eran tantas las danzas, eran tantos los truenos que se manifestaban con estruendo en los adentros de su alma que hubiera podido haber una batalla campal en aquellas calles sin que lo hubiesen percibido los ojos de su espíritu. Aquel huésped amado y odiado entro en su casa. No tenia rostro y llevaba un extravagante vestido hecho con matorrales espinosos que no podían dañar a su piel porque era inmenso en sus adentros. Entonces me hablo con unas palabras que se congelaban antes de llegar a mis oídos pero no obstante las entendía porque quedaban suspendidas en el aire en forma de hielo cortante. El sermón del monte de los desamparados platicaba en estos términos:- no sientas miedo porque me has visto, no sabias que el abismo al que estas a punto de precipitarte es esencialmente indoloro, crees que puedes sentir vértigo de algo que no existe, porque yo no existo sino que me has inventado en tu infructuosa búsqueda de sentido, nunca hubiese podido decir que algo que no existe pueda causar tanto pánico y estupor, cada vez que te veo me avergüenzo de ti porque confundes la oscuridad de un pozo con mi nombre, confundes la desnudez de la noche con mi nombre, confundes tus pensamientos que se han caído del eterno ciclo con mi nombre, confundes la voz apagada del horizonte con mi nombre. Mira mi conjuro esta empezando a surtir efecto una palabra mía se ha descongelado y esta vaciando todas tus entrañas espirituales. 

- y,¿ cuando te llame ahora que tanto te necesito como sabré si acierto?.-llámame simplemente promesa incumplida. Cierra los ojos y tranquilízate que estas a punto de recorrer un camino muy largo sin moverte de tu sitio.


LA MANZANA Y EL GUSANO

Quisiera que mi pensamiento fluyera como el aroma hostil de un pescado podrido, quisiera que fuera una canción olvidada que compone el viento en cada crepúsculo  mediante su alma veraz y evanescente. Quisiera que los lamentos de los cautivos en el infame vidrio de sus ojos, enmudecieran con la insoportable tempestad, que se percibe en un horizonte, donde solo se respira el compasivo y armónico sollozar inconsciente de lo idéntico. Desearía que la agónica leyenda de la existencia mansa como un mar en calma devolviese mis lúgubres sentidos a la abominable claridad intranscendente de los cielos. La insania de los extraviados versos de la naturaleza
insurrecta encuentra su improvisada sepultura cuando se congela con verbos plateados y grises el agua de la conciencia. Aquel día en que el viento solipsista de mi espíritu no se puede oír a si mismo, y las ruinas de mi ciudad espiritual destierren a todos los cuervos que moran en ella, una estrella inmaculada y virgen de conocimiento brillara sin saberlo en la reconciliadora y voluptuosa ingravidez del vacío. ¡ honda tribulación quiero que desfiles ante mi tal y como eres!, como una naturaleza sin lenguaje, como el pesado sueño de la música nihilista del alma, como la plática de un monólogo que se enfrenta a la podredumbre de las sanguijuelas del alma, que se manifiestan en forma de memoria aforística. Las sombras de la conciencia son como un silencioso estigma, en donde las palabras más etéreas y con más resplandor terrenal quedan ensombrecidas, por la descomunal atracción de un camino que deja de ofrecernos árboles y cielos para mostrarnos al final del sendero
el autentico espejo de la existencia. Los cielos de la conciencia se vuelven grises e intempestivos, como sus raíces mismas, y ya no queda ningún ave que vuele en aquellos parajes. El alma no puede con el insoportable peso de la  totalidad y a pesar de habitar en una celda que parece todo el mundo, tan solo puede escuchar a la tierra y a los cielos mediante una lengua obscena y perversa, que se esboza en los albores del trágico conocimiento. Tras esta sucesión de sentencias malditas que halle impresas en lo más subterráneo de mi solipsismo, una entidad invisible, tuvo una inspiración invisible en una naturaleza invisible, pues pude ver para daño y vergüenza de mis ojos, una manzana podrida que se había caído al suelo. Sentí tristeza y  aversión por
> aquel fruto tan maloliente y olvidado. En una peregrinación introspectiva de difícil retorno, tan callados habían quedado los antiguos rumores de la plebe, el sinsentido de la esperanza de la redención del lenguaje, que no
me quedaba vedado ninguna palabra ni ningún símbolo de la naturaleza. Ante mi estupor tenia la potestad para inteligir la angustiosa conversación que estaba teniendo la manzana con su homologo el gusano. Así rezaba el gusano:"- se que no me estoy portando bien contigo, se que te estoy devorando tus entrañas, se que manejo tus pensamientos a mi antojo, se que te duele mi presencia en tu presencia, pero has de tener en cuenta que yo soy la presencia, sabes que soy un dios olvidadizo con sus promesas y contundente con sus castigos, sabes que me encanta verte buscando el sentido en todas las atalayas de mi conciencia y que piensas que lo he guardado en algún sitio cuando en realidad desconozco absolutamente su existencia. se que el dolor que te estoy causando es absolutamente innecesario pero ten la bondad de no gritar tanto cuando veas que he llegado al corazón." Ante
tanta insolencia paternalista la manzana le contesto al gusano: -si me haces feliz te dejo que me comas las entrañas, pero no creo que sea necesario de la misma manera que tu envenenas mi sentido yo puedo envenenarte a ti, no soy yo quien se va sino tu, no soy yo quien ha perdido sino tu que me has decepcionado.


LA PIEZA INSURRECTA DEL PUZZLE

Un puzzle de regencia indeterminada y con armonía arquetípica y de jerarquía eternamente insidiosa, esparció todas sus piezas sin que ellas supieran cual era la marca trascendental de su devenir. En un espacio amorfo y con un oscuro color luminoso para disimular su nacimiento ilusorio, se hallan envueltas con un aura incandescente e insensible al instinto para que nadie pueda ver la atormentadora cicatriz de su hado. De pensamiento necesariamente contradictorio y con una celeridad extraordinaria, dispersa su corrupto símbolo por doquier creyendo que se halla más allá de las fronteras de lo inteligible y lo sensible. El puzzle mira todas sus piezas perdidas a la vez sin saber nunca que se ha fragmentado. De sueños áureos y de abstracción opaca y vacía se mueve alrededor de si mismo de la misma manera y con el mismo impulso vital que todos los microcosmos. El puzzle es de pasión misántropa y estalla su ira en eternos siglos relampagueantes, pues amo y esclavo de si mismo tiene que seguir sus dictados apodícticos. De ética eludida en el sujeto, en el predicado de su acción tiñe los cristales de la existencia con la niebla de su ignorancia y con la polvareda del desierto que se esboza en su pensamiento. El puzzle nunca se atrevió, nunca se percató, jamás vio, jamás entendió que aquello subsistente explotó y se disperso en lo infinito, y que nunca más volverá a esbozarse la belleza,ni en la inmanencia de su pensamiento, ni más allá de él. El puzzle es como un alma perdida en el vacío, como un mar eternamente embravecido en el que todas las gotas suplican con agonizante voz su justa trascendencia en la insania de la sempiterna emanación de la totalidad. De idiosincrasia extraviada, escribe números, figuras geométricas, poemas que nunca acaban en ellos mismos, pero todos esos símbolos rebotan en los muros del fin del mundo y vuelven a él causando la muerte de varios de sus trozos, naciendo en su lugar trozos más oscuros y hondos en sus tribulaciones. El puzzle es un sujeto irresponsable en sus pensamientos, pues deja que vaguen errantes en su intempestiva pasión y que se aniquilen entre ellos mismos sin redención posible, es como una mente que se olvida de sus errores y los condena al olvido. El puzzle nunca puede respirar y en su eterno contener la respiración, todos sus órganos se hallan en un reposo desconcertante que causa un dolor cosmológico irreparable. Es como unos ojos que miran desde la última esfera de un mundo monádico todos los trozos de su carne esparcidos por doquier. En un instante de su aburrida y triste intelección de los sucesivos miembros de un conjunto que no puede y nunca quiere acabarse, vio a un desconcertante ente que no quería que se escribiese su nombre en el vestido que ornamenta la totalidad. Apretaba fuerte con su pluma pero tan solo le salían garabatos ininteligibles. Intentaba ficticiamente creer que encajaba simbólicamente el trozo del puzzle en su conjunto pero sorprendentemente ni siquiera logro imaginar que lo hacía. Sabía que existía pero no le supo dar un nombre puesto que un embrujo cosmológico había causado que existencia y esencia fueran ininteligibles, merodeaba por la existencia pero nadie le conocía, ni siquiera la totalidad. Ante su impotencia no le quedo otro remedio que inscribirlo en el registro civil
de la totalidad bajo el nombre de conjunto vacío. Pero afortunadamente se le manifestó aunque quiso permanecer en el anonimato. Esto fue lo que le divulgó desde su naturaleza invisible: " - no quiero que me mires porque
me avergüenzo del mundo al que pertenezco, no quiero que me mires porque no quiero vivir ahogado como tú, no quiero que me mires porque siempre has intentado ser un dios sin serlo, no quiero que me mires porque tu
apodíctica presencia me ha dotado de una naturaleza a la cual no pertenezco, no quiero que me mires porque tú eres lo único que puedo temer, no quiero que mires porque siempre que intento simbolizarte me alejo de ti, no quiero que me mires porque solo tú dices lo que esta bien o lo que esta mal, no quiero que me mires porque ya estoy harto que me mires desnudo, no quiero que me mires puesto que solo en la praxis de una teoría se pueden ver sus absurdos y mezquindades, no quiero que me mires porque no quiero ser nada ". A pesar de las hondas entrañas de mi pasión aquel dios antiguo ni se inmutó y me respondió de una manera impersonal a través de la fugacidad de los susurros del viento como siempre ha hecho: " - por mucho que intentes escapar
siempre te perseguiré allá donde vayas, reconozco que no te conozco y que mis leyes arbitrarias las he hecho sin pensar en los intereses de nadie, pero lo único que necesitas saber es que yo soy la única verdad, el único imperio, el único modo que hay para no pasar desapercibido ". Entonces yo dije mis últimas palabras antes de que me encontrara para castigarme para siempre. - nunca te molestaré, nunca prometeré, nunca te perseguiré, pero por favor déjame que me engulla la sombra del sinsentido y que se desvanezcan todas mis quimeras.


EL ELOGIO Y EL TRUENO

Aquel elogio decadente y con profundas capas en la esfera de lo simbólico, emerge a la superficie disfrazado de un arco iris, en el cual se plagian discretamente los colores nihilistas de la conciencia. De génesis amorfa y de manifestación indeterminada, conquista las tierras de las emanaciones de las eternas formas de la naturaleza, injuriando, blasfemando y burlándose armónicamente de la síntesis de la monadología unidimensional e
inalienable de la totalidad. El elogio levanta el muro de la abstracción y cava en sus claustrofóbicas tierras un túnel cada vez más hondo y acorde con el proyecto vital, para distanciarse cada vez más del cielo que les dio impulso
anímico, pero del cual reniegan constantemente de su paternidad. De deseo ciego e imprevisible y con una demente inmanencia al sujeto, se reencarna en el instinto metafórico de aquello aparentemente subsistente. La conciencia es como un profundo agujero de tenebrosas sombras en el desierto de la existencia. El elogio hurtó una sola de las piezas de la maquinaria del reloj de la naturaleza y por este motivo ya se cree inmortal, el resto de las piezas tuvo que imaginárselas puesto que tienen ausencia fenomenológica.

El elogio se tragó los vómitos de la nada y con esos desperdicios existenciales; construyo una línea mareada y de caminos irregulares, que en su ignorancia piensa que es paralela hasta el infinito con la única línea existencial, aunque en realidad ni siquiera es un hecho tan solo se trata de una existencia tránsfuga. El elogio secuestra a la vida y crea una ciencia genealógica, con eslabones torcidos y esquizofrénicos y de delirante panorámica autárquica. Se apodera del tiempo y se encadena a él con cadenas de papel, a la espera y al olvido, con aquella fábula que narraba aquella visión de unos ojos que miraban sin luz, que viajaba en los laberintos de sombras conociendo sus melancólicos senderos, que podía atravesar la niebla y trascenderla, de aquellos ojos que eran los pintores de la realidad y que creaban a partir de sus colores. El elogio siempre se halla cara a cara consigo mismo en un mundo que no es suyo, en una naturaleza que no lo crea pero que lo expulsa de ella a pesar de que se encuentra más allá de su eterno ciclo de barbarie y desolación. De presencia inmutable aunque con distintas mascaras, el elogio nunca nació sino que apareció espontáneamente en el río de la conciencia tiñendo su sangre por la de la transparencia de la realidad, hundiendo en lo más profundo de sus aguas la maldición de los cielos grises y de las nubes moribundas que reflejan su mártir pasión en la claridad de sus aguas, así como su inminente caída en el inmenso agujero en el que todo desaparece. El elogio es aquel orador que con su retórica de dudosas referencias bibliográficas, platica desde lo alto de aquella montaña teñida de oro, convocando a todos los presentes para que se unan contra un enemigo inexistente. De repente algo distrajo la atención del presidente
de aquella multitudinaria asamblea. Vio un trueno que cayo en la cumbre de aquella montaña en la que tenía simbólicamente representados en sus pliegues los cánones de la lógica mística. El trueno dijo ser la reencarnación de aquel aire que se expande intempestivamente en todas las conciencias. Cuando el orador desveló aunque solo fuera por un instante la entidad del ser, enmudeció y enrojeció al saber que no estaba diciendo lo que se le había asignado, y que se hallaba en presencia del único que conocía su mentira y también ante el único ante el que era responsable. Pero a pesar del inminente estruendo del trueno le dijo: - "perjura maldita, solo tú has sido la que hace nacer la mentira de mis labios, perjura maldita, yo no puedo ser nada más que un embustero, perjura maldita pues siempre me has hecho vivir en la eterna soledad de mi mentira, perjura maldita pues el rebaño nunca se podrá conformar con lo que digo, perjura maldita pues siempre he sido el emisario de la muerte vestido con los lujosos atuendos de tus engañosos y sublimes destellos, perjura maldita, eres de la nada la cómplice y la concubina y tu la exaltas y por ella suspiras, lo se desventurada con buen conocimiento de causa, tú eres mi padre y mi madre, responde a esta pregunta, ¿Quién soy yo?.". Entonces antes de que el trueno estallará para conjurar su maldición le dijo al orador: - en ningún momento he dicho que se tenga que mentir y me has defraudado. No eres más que un cobarde, pero también eres mi instrumento para que puedas continuar sufriendo y yo prosiga mi colosal obra con impunidad, de todas formas no te mortifiques tanto puesto que nunca te voy a desterrar pues siempre quedan gentes a las que agraviar, tú eres mi único aliado y no se puede prescindir de ti con tanta facilidad, no te preocupes los que viven en el llano tienen la tierra lo suficientemente honda para que las muertes sean olvidadas con facilidad, no he venido a destruirte ese no ha sido el motivo de mi imperial visita, tan solo he venido a decorar estos parajes con mi solemne presencia para que mis testimonios sean capaces de vanagloriarse de su dolor y su sufrimiento innecesarios, para que continúen sufriendo. Tú eres el contramaestre del barco de la existencia y yo soy su tirano capitán.


LA RATA

Una rata mareada y con su obsceno olfato atrofiado, mendigaba sin aparente hostilidad en el cementerio de las ideas vagabundas, con una pierna gangrenada y con un ojo que daba tantas vueltas inconscientes que parecía que pretendía salirse de si mismo. La lujuriosa luna le daba de beber su néctar ansiolítico, con una lealtad áspera y sucia en el arte de iluminar el escenario, para que esta pueda hacer rimbombantes cabriolas, con el consentimiento de los espíritus dementes, que no cesan de reencarnarse en el viento para que este acaricie obscenamente las hojas de los árboles. La rata tenía hambre de sufrimiento y miraba las sombras nocturnas como alguien que goza con el caos de los orígenes dispersos por doquier. Ella era la vil funcionaria de la naturaleza que tenia el caníbal deber de alimentarse de las palabras muertas que yacían exhaustas en aquellas lapidas que carecían de nombres antiguos o aforismos desgastados. La rata se hallaba en el resplandeciente umbral de la miseria y la muerte, por este motivo siempre que inhalaba aire tránsfugo para buscar víveres insólitos nunca supo comprender la diferencia entre lo animado y lo inanimado. La rata no sabia que toda su vida era un espejismo, y este representaba un símbolo indecente, era una vigilia irritante que no cesaba de dar interpretaciones inverosímiles y harapientas de las cosas y los pensamientos que se cruzaban en su noctámbulo caminar. La rata miraba las inquietantes luces parpadeantes del firmamento y creía que se hallaban más olvidadas que todas sus delirantes vivencias pero eran lo único que podían ver sus atormentados ojos. La rata sufría tremendas convulsiones en su estomago de acero y violentas vomiteras cada vez que tenia que digerir los signos  más puros
de la naturaleza, pero ya había aprendido que tan solo lo que quemase o lo que fuese demasiado frío podía mantenerla con vida. Si veía una hoguera se acercaba a ella pues podía ver como se consumían lentamente todos los estadios de conciencia de una vida, y si  nadaba en las congeladas aguas del río sentía la soledad de todo lo que se desvanece en el dormido presente, que parece que sea eterno. La rata era ingenuamente servil, y se dejaba llevar por todo aquello que pareciese vacío o de forma indefinida, pero nunca hubiese podido sospechar que si se intenta conquistar la nada lo que se llena no es mas que ella misma en su nauseabundo olor. Allá donde caminase la tullida rata se celebraban irónicas ceremonias en su honor, pues a veces desaparecía parcial o totalmente su visión real, substituyéndola total o parcialmente por el de personajes inexistentes pero temibles que la observaban con una mirada cruelmente acusadora. O bien los ruidos de aquel lugar se mezclaban de una manera anacrónica, los buhos cantaban al revés, se oía el aire antes de que acariciara la superficie del río, o bien, el aire hacia el sonido del agua y el agua hacia el sonido del aire. La rata estaba condenada a permanecer el resto de su existencia en vigilia, para no confundir a la naturaleza acerca de su vulnerabilidad, por esta razón la rata siempre confundió entre el sueño y lo real, entre la felicidad y el purgante dolor. La rata era constantemente castigada y humillada por el alma del cementerio, pues mediante sus inescrutables medios se servia para que la rata hiciese absurdos malabarismos para no caer en una piedra, que bailase con el tesón de un artista a pesar de tener la pata gangrenada, que cantase con una voz que ni siquiera era consciente que salía de las puertas de su alma, que compusiese poemas de su voluptuosa enfermedad de percepción, que se inventase otros mundos posibles y que intentase armonizarlos con el real sin el agravio de comparación, que vomitase las palabras muertas para después volver a comérselas, con la intención de que cuando vuelvan a sus entrañas antes habrán sido absolutamente desquiciadas por la realidad en el momento en que se hallaban fuera, y entonces serán mucho mas indigestas. La rata ya no tiene dientes pues los que se hallan desamparados y no quieren percatarse de su vigente situación se les quita todos los medios para defenderse. La rata se hallaba en un estado tan lamentable, que deseaba dormir, pero no podía porque en el momento en que lo hiciera, la naturaleza le borraría todos sus recuerdos y le haría soñar y vivir todo lo que ella anhela. La rata se halla tan débil que ya solo puede nutrirse con lo inmaterial, pero es tan escaso como una simple migaja de pan podrido. La rata ya no podía sentir euforia melancólica pues ya no se sentía abducida por el surrealista sueño de la noche, sino por el elogio de lo imposible que quiere poner cadenas puntiagudas en su martirizado cuerpo. La rata en un momento de debilidad que jamás antes había concedido a ninguna de sus impresiones sensibles, quiso mantener una turbia conversación con el noctámbulo espíritu que la había abducido y hecho padecer desde los primeros días de su pasión:
- ¿por qué tengo que continuar bailando para ti sino soy yo quien tendría que bailar?¿por qué quieres que vea lo que ni siquiera es mío? ¿por qué tengo que ser el absurdo si esto sólo esta destinado a lo que no puede existir o lo que quiere ser lo que no es? ¿ porque no me dejas dormir nunca y siempre tengo que fingir que mi espíritu se encuentra vivo?,¿por qué siempre tengo que ser yo el protagonista del espectáculo y no puede serlo el olvido de vuestras desgracias?,¿por qué tengo que purgar con la culpa colectiva y tengo que comerme las palabras muertas cuando podría hacerlo el olvido?,¿por qué alteráis lo más intimo que tengo, mi percepción sensible, sino es porque también quisierais alterar la vuestra y solo os conformáis con alterar las de los demás?,¿por qué tengo que ser vuestra marioneta si en realidad no tendría que ser más que una piedra en un escenario?


 


LA MOSCA Y LA MESA

Una mosca solitaria revoloteaba con el instinto de muerte indisciplinado, en una mesa de suave porcelana que se hallaba dispuesta a mancillar el alma de su arte, para que la mosca descansase en ella, junto a todas sus máximas sagradas. Era una noche templada de espíritu y con todo sortilegio de emanaciones psíquicas que fluían separadas unas de otras, y con el animo ensombrecido, tras averiguar que hacia tiempo, que tenían la forma definida y que no paraban de girar alrededor de ellas mismas. La mosca veía tanto por dentro como por fuera, puesto que gradualmente se iba cerrando el túnel de sus sentidos externos, y sólo podía sentir el torpe y mezquino fluctuar de sus patas, que se movían con un caos predeterminado y con una descoordinación entre sus peludas extremidades que dañaba a la vista. Solo sentía su cuerpo y se había olvidado que alguna vez el mundo existió. Sus alas eran leves péndulos púrpuras, que ya no se esforzaban en volar sino en imitar la más loca de las danzas de aquella sórdida noche. Brillaban con el intranquilo resplandor de la luna en su fase menos apoteósica, hubiera sido mejor que hubieran intentado imitar la sabiduría solipsista de una sombra que no se inspira en ninguna forma de la naturaleza, pero preferían manifestarse con el color del dolor antes que con el color de la nada. La mesa quisiera hundirse en las profundidades antes que tener que aceptar a aquel huésped que apestaba a soledad y con pasiones anti-cíclicas, pues ya eran suficientes inquilinos en un vaso sucio y con las huellas de algunos labios necios y compulsivos y un plato lleno de espinas de sardina. La mosca no podía ver la lejana montaña que se esbozaba antes en el horizonte de sus ojos, ni los restos vivénciales de aquella callejuela abandonada, solo veía el espacio puro a intervalos de tiempo y movimiento, en otras regiones de su visión podía mirar el vacío corrompido por los restos lumínicos de la podrida luz de la calumnia existencial. Sus ojos tenían la potestad para ver lo mismo de muchas maneras diferentes, pues cuando veía las patas de la mesa tenia la simultanea impresión de sentir que eran las patas de un congénere y que por tanto tenía que hallarse en su lomo, también creía que eran las repugnantes raíces de la materia y que por tanto ahora ella se hallaba en lo mas sublime que era el espíritu sin la mezcla del concepto. Sus ojos eran como una sala de espejos polvorientos, que se ciegan unos a otros con su negro resplandor, como muchos huevos de pez que nacen en un espacio muy reducido y que se importunan los unos a los otros en el momento en el cual deben nacer.

El mapa del cielo lo veía sin fronteras ni limites, era como si moribunda espiritualidad hubiera encontrado la sagrada unidad de la naturaleza. Antes hablaba mediante el burocrático y pesado revolotear de sus alas, comunicando las distintas interpretaciones de la estética que le producían el distinto olor de todos los seres y podía sentir y entender a la vez lo más intimo de ellos. Sin embargo ahora las alas le pesan demasiado y su vida que es su volar ha enmudecido. Tan solo hablan los ojos en Morse, como si fueran un faro que anuncian al mar las vicisitudes de la tierra, como si la tierra fuera donde nacen las penas y el cielo fueran donde se escuchasen, es como un segundo mar pero de una naturaleza mucho mas solitaria y salvaje. Es imperceptible su nueva lengua para la mayoría de las criaturas, solo los espíritus más sutiles pueden entenderlo pero no lo escuchan porque lo consideran irrelevante. A pesar de que el peso de la mosca es insignificante, la mesa siente que pesa como si tuviese cinco mesas encima de ella, y se tambalea para que la mosca caiga al suelo pero con mesura
para no dañar el noble material del cual esta hecho, pero sus esfuerzos son inútiles porque la mosca se halla pegada como un sello a su carta, debido a que la superficie tiene restos de pegamento de un crío que hizo trabajos manuales en ella. La mosca se halla absolutamente adherida a su superficie. La mosca se marea como si estuviese en alta mar, pero no le importa porque fue a la mesa a morir y esa debe ser su sepultura. En tanto vaivén el vaso se derrama y unas gotas de agua desnaturalizadas, debido al calor veraniego caen en su gelatinoso cuerpo, esto hace que muchos de sus órganos internos estallen ya que su cuerpo es excesivamente permeable.

Sus patas no dejan de moverse, representan la anárquica materia en vías de extinción que actúa con una doble finalidad contradictoria: no parar de patalear para pedir a la muerte que le espere un tiempo indefinido y también cansarse para que sus miembros se puedan disgregar con mayor facilidad. Sin embargo hay otra parte de su cuerpo que mucho más sabia: las alas, que pero solo lo son por necesidad puesto que se encuentran enganchadas a la mesa y no pueden despegarse. La mosca se halla semiinconsciente y todavía tiene fuerzas para llorar. Cuando las primeras lagrimas caen de sus ojos (que más que ojos eran glóbulos peludos), un ácido que no hubiera podido ser creado por el más sabio de los químicos hace que se pueda despegar de la mesa. La mosca intenta torpemente alejarse de la mesa pero solo puede emitir una trayectoria sin sentido alrededor de la misma,
debido a que sus patas están controladas solamente por las leyes de la mecánica y no por las de su decaido instinto. La mesa en aparente complicidad da pequeños saltos para dar impulso aéreo a la mosca, pero esta no tiene suficientes fuerzas para emprender el vuelo. La mosca tiene mucha hambre, a pesar de que hacia mucho tiempo que se alimentaba del agua espiritual del cielo, aquella noche extraños astros que habían aparecido espontáneamente y con un origen inexplicable habían corrompido el aura del cielo, y no podía contaminarse puesto que era como si bebiera agua pura mezclada con barro. La mosca sabe que iba a morir en pocas horas porque su ciclo vital se está eclipsando por otras criaturas que habían de nacer. No obstante no quiere morir de hambre, y a su vez con dolor espiritual, por lo que intenta trepar por otro vaso para beber la cristalina agua, como en un sacramento sagrado de aquellos insectos que creen en el áureo entendimiento de las estrellas.

La mosca no puede subir por si sola para lograr la expiación, y la mesa la ayuda inclinando el vaso para que pueda darse su ultimo baño. Entonces la mosca nota que no solo se está ahogando, y que aquello no es agua sino jugo de limón, y todo tipo de tumores nacen en sus entrañas. Antes de ahogarse en aquel vaso, la mesa intenta darle
un último consuelo espiritual mediante estas palabras: " yo no soy una simple mesa, yo soy el improvisado sepulcro de todas aquellas criaturas que son las mas ínfimas en el orden natural, y que nada ni nadie las quiere, pero nunca me había encontrado con alguien tan miserable como tu por esta razón intente expulsarte de mi congregación funeraria. He visto pasar por mis dominios todo tipo de insectos pero nadie como tú, todos los insectos aceptaban estoicamente las visiones que generosamente les ofrecía la naturaleza, pero tu eres un inconformista, las moscas no deben pensar en el arte y en el sentido de la vida y la muerte, pero tu te crees que la verdad esta en ti, pero tu no eres nada porque la verdad esta fuera, lo único que tienes que hacer es mirar, no juzgues si esta bien o esta mal, tu no has venido para sentir placer o dolor, simplemente para mirar. A pesar de todo has tenido suerte en el fin de tu camino, pues el jugo de limón te dará un sacramento que ningún creyente de tu religión posee: la desintegración de tu cuerpo y el olvido de tus memorias heréticas por parte de la naturaleza. De todas formas no te preocupes pues te podrás reencarnar aunque perderás tu aborrecible idiosincrasia, cada vez que alguien mueva el brazo, que de un paso, tu serás esa manifestación mecánica que se necesita para vivir, el razonar porque se mueve algo no sirve para nada, porque lo único que somos es seres que nos movemos, todo esta preestablecido incluso en la vida espiritual."


LA PROMESA. (SÓLO PARA VARONES)

En la mesa se hallaban dispuestos anárquicamente toda clase de discursos inconclusos o exentos de madurez. Eran garabatos escritos de puño y letra de alguien, que era observador de fragmentos de la inteligencia cósmica, y fascinado por las lagunas en blanco del espacio y el tiempo. La brisa nocturna entraba sin el beneplácito de las ideas presas en aquella alcoba. Soplaba amenazante con el auspicio de alguna profecía extinguida en las
vulnerables emociones del escritor. Aquel lugar se hallaba muy cargado de polvo, del nauseabundo humo de su puro, del silencio de la noche y del prófugo conocimiento rapsódico que se exiliaba escapándose por la ventana.
Había dos estanterías repletas de libros que versaban sobre narraciones extraordinarias, crónicas obsoletas y errantes en el olvido de cualquier historiador. En todos los libros había notas a pie de página redactadas por
el mismo, en el cuál manifestaba su disconformidad y su apatía con aquellos artículos que no estaban bien argumentados. De todas formas aquellos libros se hallaban repletos de polvo, señal que hacía tiempo que nuestro escritor hacía tiempo que no se dedicaba a la lectura y al pormenorizado trabajo de crítica. Había dos sillas una cerca de la mesa y otra muy cerca de la ventana. No tenia ningún armario para guardar su ropa por lo que lo hacía  debajo de su cama, envuelto todo en una manta. La ventana no tenía rejas, por lo que el espíritu nocturno penetraba franco y creativo, esparciendo en toda la habitación el insalubre olor de las estrellas. Las paredes se
hallaban llenas de boquetes con distinta profundidad, en parte se debía a su deterioro, en parte a arrebatos violentos del escritor. Las paredes estaban hechas de piedra  que recordaban a las de un castillo. La iluminación era tajantemente simbólica, y no sólo por el gusto estético de su alma, ni por la misteriosa ubicación de aquella estancia, sino por una razón que se evadía de sus sentidos y su imaginación. Desprendía una emoción indescriptible y unos espasmos anímicos inconfundibles. En la mesa una frívola luz desvelaba borrosamente y de una manera casi sarcástica aquellas ideas inconclusas que reposaban de una forma amorfa encima de aquella mesa. A parte de los papeles había un libro muy arcaico y en el que el tiempo había dejado huella. Versaba sobre la interpretación de los sueños místicos de la noche, y la forma de interpretar la psicología de la naturaleza según
el color del cielo, las sombras de los árboles, el murmullo de las aguas del río, el brillo de los ojos de los búhos, y otros indicios inimaginables. El escritor padecía insomnio voluntario, y solo tenía autorizado dormir a partir de las primeras claras del día. Padecía una tribulación de desconocido nacimiento, de insólita manifestación, y de inesperadas sensaciones. Sentía que el tiempo se había congelado entre aquellas cuatro paredes, puesto que sentía que un nuevo universo se había alumbrado en aquella habitación. Su hacienda era incontable, por lo que podía prescindir de compromisos laborales. Su criada le subía la comida, pero no la permitía entrar, porque según él profanaría un recinto sagrado. Solo tenía permitido abrir, y dejar la bandeja, entremedio de la habitación y del pasillo. Hacía mucho tiempo que padecía aquella incomprensible necesidad de soledad, parte de aquel sentimiento le impedía preguntarse por las razones del mismo. Había aprendido a vivir mirando en la eterna contemplación del horizonte, absorto en la ininteligibilidad del mismo. Era su pensamiento como una cadena espinosa y circular, como un dolor cíclico, como un mito inacabado, como un látigo amenazante, en definitiva como una herida abierta que reniega de su cicatriz. Aquella noche parecía un péndulo que se niega a oscilar como siempre hace. Según su extraviada concepción del tiempo tendrían que ser alrededor de las diez de la mañana, pero todavía no había amanecido. A pesar de su desarraigo con el nacimiento y la muerte, y el movimiento de los astros y de la vida, decidió echar un vistazo a la ventana. Todo parecía asfixiantemente costumbrista y paralelo con la única línea del destino. El viento respiraba como siempre, el bosque era el escenario de las acostumbradas ceremonias bucólicas, y las aves volaban con la parsimonia de tiempos inmemoriales. Sin embargo, le extraño el insólito resplandor de la luna y de la curiosa danza de las nubes que la rodeaban protegiéndola. Parecía que retase con irónica vehemencia a todo aquel que osase mirarla. Parecía que quería desnudar con violencia el alma de todo aquel que se atreviese a pensar en ella mientras la miraba. Sin embargo su inalienable corazón de ermitaño aguantó estoicamente, la agresiva embestida de aquel sueño de la naturaleza, que quería despertar pero no podía. Sin darle importancia a los extraños caprichos de la naturaleza, se sentó en la silla y cogiendo un papel en blanco, emprendió la tarea de escribir un poema acerca de un mundo que ha cesado de expandirse en las inescrutables tierras de la nada. En un momento de distracción, una extraña criatura que parecía ser un cruce entre un cuervo y un león, con  cuerpo de cuervo y con una diminuta cara de león cobarde, se posó en su ventana. Parecía que sus alas obedecían a unas esquizofrénicas leyes, puesto que, con su vuelo, dibujó una siniestra trayectoria. A pesar de estar en reposo seguían intentando moverse convulsivamente pero el peso de su cuerpo, era más rígido y
permanecía en la ventana como una estaca. Su mirada de león era muy coqueta y afeminada, y su rugido era ininteligible. El brillo de sus ojos tenían  la intención de seducir y de secuestrar la tranquilidad de la noche, pero no
hubieran podido conquistar ni a la más solitaria de las sombras. El escritor pensaba que se trataba de una alucinación, y no daba crédito a lo que veían sus ojos. Ante su sorpresa el cruce le habló con voz de león y con una lengua universal que pueden entender todas las criaturas, sean vegetales, animales o seres humanos: 

-" perdona por mi descuidado aspecto, pero un bastardo como yo, tiene que esconderse para que nadie perjure contra mí, y para que nadie me ataque, y no tengo tiempo para cuidar de mi apariencia física. Hace mucho tiempo que no he podido peinarme la melena, y los dientes los tengo muy deteriorados y no puedo clavarlos ni a la más débil de las presas. Perdona que no me haya presentado, yo me llamo licargonote, y soy el emisario de la luz de las estrellas. Supongo que habrás percibido que no se hace de día. Eso se debe a que tu alma que reposa en el mundo de los poetas se ha conjurado contra todos los elementos, y ha congelado e inmovilizado la luz de todo el cosmos. A pesar de lo que puedas creer eso sólo puede afectar a tu percepción, puesto que en el mundo real, ya hace 7 horas que ha amanecido. No te preocupes no es ningún castigo, sino que se trata de una metamorfosis en la cadena de acontecimientos de tu existencia. En breve, alguien vendrá y te rebelará un secreto. Es alguien a quien estas buscando desde hace mucho tiempo, pero que se niega a comparecer, porque le has cerrado todas las puertas y las ventanas de tu alma. Por eso la naturaleza esta maquillando el paisaje para que vuestro encuentro sea más idílico, puesto que vuestros lazos serán inquebrantables si os conocéis en el inconfundible momento en el cual el tiempo se congela. Pero ese momento puede venir en una eternidad o antes de que una gota de agua caiga desde el cielo. Solo depende de tu fuerza de voluntad. Mientras tanto hospédame en tu
descuidada pocilga. Porque siempre me persiguen y tengo enemigos por todas partes".  

Entonces el escritor le respondió:

- "entra fugitivo trotaconventos, y esperemos a que el sol se asome en el horizonte, a que alguien cante en donde alcanza la vista desde mi ventana, a que se exilien todas las ideas encerradas en esta habitación y se vayan a conquistar mundo, a que el grito de algún perturbado se oiga desde la entrada de todas las cavernas, a que la sangre del sol se vuelva dulce y espesa en los claros del río, a que dos estrellas lejanas se vuelvan una sola en el infinito mapa del firmamento, a que todo el mundo venga aquí, a cuantas cosas inimaginables restan por recitar".

Entonces el cruce voló como un borracho hasta mi mesa y me dijo que matará el tiempo, mientras me recitaba poemas solipsistas, mientras aguardaba a que aconteciese la promesa. Yo entablé amistad con aquel cruce y pasé varios años con él sin que me diese cuenta. No noté que estaba encerrado en la eternidad. El tiempo pasaba en vano y nunca quería amanecer. Él siempre me recomendaba ser paciente y que algún día se me juzgaría en la tierra y el cielo. Todo permanecía idéntico y siempre me despertaba de noche. El cruce me instruía sin que me diese cuenta, y me hacía creer que la eternidad era un solo día y que esperar un día es una corta espera. Pasaron cinco años y un día el cruce me dijo: 

-"supongo que te sabrás de memoria el poder espiritual de todas las estrellas en el cielo".
-"por supuesto, hace mucho tiempo que las contemplo".

- " pues tendrás que aprender el significado de cada una de ellas, yo ya te he dado los cimientos de tu casa espiritual, a partir de ahora tendrás que enseñarte a ti mismo porque debo de partir a otros derroteros. Me marcho, algún día vendrá aquello que aguardas, de aquí a muy poco amanecerá, pero no te olvides nunca de mirar el cielo por la noche." 

Entonces indignado contesto a aquel cruce:

- "eres un mentiroso, yo no he esperado en esta noche eterna para nada, eres un mentiroso, pues eres tan mezquino como un cuervo y tan cobarde como un león espantadizo, prefiero no desenmascararte para no ver tu horrible gesto, vete de aquí antes de que te estampe en la cara todos los estúpidos libros que me has hecho escribir, no eres más que un parásito del deseo, eres un abominable, tu no eres un emisario de las estrellas como dices, tú no eres la eternidad, tú no eres lo que anhela el sol y las nubes, tú no representas ni a la vida ni al arte, tú no eres el perdido canto que se escucha de una manera entrecortada en el horizonte, tú no eres el pañuelo que seca mi sudor, tú no eres el consuelo del sabio y el mezquino placer del ignorante, tú no eres el misterioso concierto que se escucha en la cumbre de una montaña, me da mucha vergüenza decir tú nombre, pero lo diré muy alto para que todo el mundo lo oiga, tú eres la mujer".


O.T. Y LA HOJA DE PAPEL

Algo turbaba sin avisar en el escueto y reservado pensamiento de o.t. No era tan puntual como pretendía manifestarse, ni tan disperso como lo analizaba pormenorizadamente su delicada introspección. Carecía de una naturaleza definida y comparecía en  las espásticas entrañas del espíritu, bajo la apariencia de un deseo calumniado. Conquistaba las claustrofóbicas regiones de su alma aumentando su espacio pero no su connatural anhelo de expansión.

Era una reflexión que parecía que se hallaba exhausta después de un largo viaje, aunque francamente, nació en aquel mismísimo instante dorado. Era como el cansado doblar de unas campanas oxidadas, en el campanario
psíquico que anuncia la celebración de ceremonias olvidadas. Tal era el proceso de sus divagaciones, así se lo recriminaba constantemente a sí mismo. se hallaba con un ojo despierto y el otro dormido, en la inquietante espera a que cesase aquella tormenta ácida. Deseaba entrar compulsivamente en la oscura y vacía dimensión de la inconsciencia, pero un  poderoso peso lo mantenía despierto. Se hallaba tumbado en la cama con el cuerpo sedado por el cansancio y con la mente insistiendo en inútiles esfuerzos. A su alrededor  todo eran ruidos monótonos y silenciosos, pero no tenían la suficiente regularidad para poder concentrarse en ellos. El  insensible rumor de una noche callada, el auspicio de un viento que tartamudea, las gotas de agua del grifo que caen a intervalos irregulares, el penetrante ladrido de un perro vagabundo, la incognoscible música de las estrellas, y otros sucesos que acontecían sin que o.t. pudiera apreciar la magnitud de su naturaleza. El mundo se había cerrado y  o.t. se encontraba dentro. Su habitación era desgarradora pero grandilocuente en su sentimiento. Las paredes no estaban pintadas, y daban el lamentable aspecto de que uno se encontraba en una cueva. El techo era muy irregular, pues en ciertos lugares o.t. tenía que agacharse y en otros no. Pero no era gradual el ascenso o descenso de la pared según se acercase uno a la puerta o al límite de la habitación. El polvo volaba en la habitación como un conjuro que nunca se atreve a pronunciarse con precisión. La puerta era de latón y tenía
grabado en ella triángulos isósceles de distintos colores. Tenía una mesa de cartón en la que guardaba tres jarrones de porcelana. El resto de la habitación no era nada más que suelo sucio. En el suelo yacía un papel amarillento y arrugado, que nunca había sido utilizado. Había envejecido olvidado en el suelo. Nunca se había desembarazado de él. No se atrevía a pisarlo porque sospechaba que pudiera tener vida. No obstante dejaba que el viento se lo llevará de un extremo a otro a la habitación. Aquel papel era lo único que no había podido madurar en su naturaleza, en aquella habitación. o.t. tenía el instinto despierto aunque el mismo lo ignorará. Aunque intentará cerrar los ojos, una copia idéntica de la realidad, sin sombras, ni claros, formas o cosas amorfas, luz o oscuridad, cuerpos o espacios vacíos, comparecía ante o.t.  estaba encerrado tanto en su interioridad como en su más intimo
cruce con el mundo. Se hallaba prisionero de las dos dimensiones en la misma medida. La amenaza no era conspiradora, puesto que no disponía de elementos inteligibles o sensibles para acusar. Supuestamente porque pertenece a la invisible y necesaria línea que ata y desata todo en la realidad. Es como el hilo a partir del cual se puede tejer toda la realidad. No lo puede conocer o.t. porque es de una naturaleza mucho más sutil que sus ideas geométricas más elementales del espacio y del lenguaje. Intentaba descomponer de una manera fractal aquella habitación desde un punto de vista emocional pero no podía capturar a su enemigo invisible. Su sudor caía de sus mejillas, como un esfuerzo que huye asustado y humillado de las entrañas de su progenitor.

Una tenue luz nacía en el ínfimo espacio que separa la parte inferior de la puerta con el suelo. Parecía como si no fuese alumbrada por aquello que oculta recelosamente la puerta más allá de ella misma. Parecía como la sombra del agua del río que se agita de una manera templada y suave. 

Aquello no era nada nuevo pero en aquel mismo instante había aprendido a tener una nueva apreciación o consideración de aquel fenómeno. Los tres jarrones guardaban dentro de sí las cenizas de tres reyes, el del norte, el del sur y el del oeste. Aquello era un conjuro para que la máquina de la naturaleza no trajera maldiciones de ninguna de las direcciones mencionadas. Aquella noche, era la noche perfecta en un sentido cósmico, puesto que el tiempo se había congelado para todas las almas errantes, y todas yacían como unas estatuas levitando en el aire. Nadie podía percibirlo excepto el animal salvaje con el instinto más despierto o el mayor de los sabios. En
aquellas noches de más tranquilidad era cuando o.t. se hallaba más inquieto. Algún milagro había de acontecer aprovechando el carácter de aquella flemática noche. Algún ser  tenia que despertarse de su letargo, algún poder arcaico debía de renacer, alguna narración olvidada debía de relatarse, algún muerto debía de resucitar, alguna promesa incumplida debía de cumplirse. Ese tipo de hechos se daban constantemente en la eternidad inmóvil, pero en aquella perdida dimensión se daba de una manera regular cada siglo.  Todos eran sospechosos, la puerta, la luz que nacía en ella, los tres jarrones, la misma cama en donde yacía, la mesa de cartón. Por esta misma razón miraba todo con mucho detenimiento a la espera de un inminente milagro o manifestación. Nada provechoso había de pasar, puesto que las leyes más elementales de la naturaleza de aquella dimensión, son prácticamente idénticas a la nuestra. O.t. lo sabía y por esta razón respiraba constantemente con una creciente desconfianza. El tiempo parecía que pasase en balde, pues todavía no había ningún elemento que pareciese dispuesto a revelarse. Interrogaba con tesón a todo lo que le rodeaba pero siempre recibía un aterrador silencio como respuesta. El espacio y la materia compartían el mismo lenguaje que o.t pero estos se hallaban o bien dormidos, o bien procedían de una manera procaz ocultando secretos a o.t. por fin se movió uno de los elementos de aquella aparatosa máquina. La hoja que estaba en el suelo, se despertó de su exánime sueño y empezó a doblegarse
imitando las formas de todo lo que le rodeaba. Pero esto lo hizo desde el aire, puesto que el viento que provenía del este entró por la ventana y con su aliento le dio una fingida vida. O.t. miraba aquello como alguien que va
al teatro por primera vez y ve actuar a los actores en una primera ocasión. En ocasiones el trozo de papel se rompía a si mismo para poder imitar a más objetos. Pero después volvía a unirse. A pesar de su nueva condición de existente, continuaba igual de viejo y amarillento, ello revelaba que su sabiduría le había enseñado a ser austero. No le gustaba presumir de ser un papel nuevo. La manera de danzar y de doblegarse en aquel ritual extraordinario, revelaba una tristeza extraordinaria que posteriormente confesaría a o.t. el papel era un inteligente aprendiz del ininteligible murmullo de la naturaleza.  Era un esclavo de aquella escena a pesar del protagonismo del cual era objeto. Tan extraordinaria era su experiencia como el asombro que causaba a o.t. el papel no se atrevía a hacer uso del verbo porque se creía que se hallaba en la eternidad, y en la eternidad nunca se puede dejar de actuar. Además era un papel fino, y tenía que contorsionarse todo su cuerpo de una forma inverosímil y extravagante para poder emitir algún sonido, por lo que temía rasgarse en exceso. Su voz era tan peculiar como irrisoria, pues ella misma se parecía a un eco desgastado,  a pesar de que no hubiera ningún eco. Le avergonzaba mucho ser alguien tan importante, y al mismo tiempo expresarse con una voz  tan poco franca a sus interlocutores. El papel sudaba un material muy parecido a la resina Y había dejado la habitación muy resbaladiza. O.t lo contemplaba con los ojos centelleantes, de la misma manera que el ojo divino del cielo mira a la tierra. Se había levantado de la cama y se había sentado en ella, con las manos firmemente agarradas a las rodillas, y con los pies temblorosos como las patas de una cucaracha, cuando esta bocabajo. O.t en aquel momento creía firmemente que todo había desaparecido paulatinamente, y que solo quedaban en aquella dimensión él y el papel. De hecho, había borrado todos sus recuerdos anteriores, y creía que solo había vivido en aquel instante.

Aquel extraordinario hecho no había pasado desapercibido por ninguna criatura. Todas las criaturas de la naturaleza habían quedado inmóviles, y se había vaciado su instinto. Lo único que quería ver aquel inesperado evento era el agua del río. Se había salido de su recipiente, con la misma prudencia que si un molusco hubiera abandonado su concha. Volaba en el aire y cuando llegó cerca de la casa, se volvió frío y una espesa capa de hielo rodeó toda aquella inmensa mansión. El hielo engendró soldados de hielo y armados con espadas de hielo intentaron saquear la mansión. Todos los soldados de hielo eran idénticos y además tenían idénticas voces por  lo que se prestaba mucho a confusión en el momento de distinguirlos. Aunque entraron muchos en la casa y otros se quedaron de centinelas, nadie se atrevió a profanar aquella ceremonia y se turnaban en la puerta para escuchar lo que acontecía. O.t se hallaba tan absorto que no se percató de su presencia. Entonces el papel amarillento ante la estupefacción de o.t. dejo de bailar y se arrinconó en la pared. Entonces muy a pesar suyo dijo: 

-Hola o.t., ahora que he recobrado la conciencia y sé quién soy, puedo platicar contigo. He venido de tus recuerdos para que me preguntes lo que quieras, no soy tan importante como tú creías puesto que no tengo tanta entidad como tú. - Cuando pudo reaccionar o.t. le preguntó: 

- ¿Cómo puedes hablar tan bien, si nunca he escrito nada en ti, y no te he contado nunca nada?. - El papel le respondió con un suspiro:

 - Debido a que el silencio es lo que más enseña, como has callado te conozco mejor que tú te conoces. Soy el más inteligente de los racionales porque nunca he tenido ninguna experiencia, y por esta razón he alcanzado la omniscencia. El mundo es como un inmenso espejo para mí. De todas maneras tienes que pensar que todo lo que esta pasando lo adivinaste hace mucho tiempo, conoces con detalle cada palabra, cada gesto y cada posterior interpretación tuya. Sin embargo, esto no me parece razón suficiente para callarme. Lo único que tendrás que hacer será recordar y entonces todo se acabará y podré volver a ti. Te aconsejo que vayas a dar un paseo y cuando hallas recobrado la memoria, vuelve .

Entonces o.t salió de su habitación para salir a tomar aire fresco. Cuando abrió la puerta se encontró cara a cara a los soldados de hielo y les recriminó su injustificado allanamiento de morada. Como en aquella dimensión la
justicia funciona sin juicio, juez, fiscal ni abogado los soldados de hielo comprendieron cual era su destino. Se fueron al río y se tiraron uno a uno.

Al caer al fondo se hicieron todos añicos. Todos gritaban en la agonía hasta instantes después de haberse precipitado. A pesar de que fueran muchos gritos, parecía una sola voz que gemía desde sitios diferentes. El primero en caer fue el general de los soldados de hielo, y cayeron posteriormente todos en orden de jerarquía hasta llegar al último soldado raso. Sus gritos de agonía debido al silencio de la noche se podían escuchar en algunos valles y montañas lejanos. Cuando todos los soldados murieron o.t. se quedó más tranquilo. Se quedó en su inmenso jardín desde donde podía ver todas las montañas que lo rodeaban. Su jardín era inmenso, pero solo crecían flores exóticas de muchas especies, pues no había ninguna flor que no fuera de una especie diferente. Había de todos los colores, tamaños y formas. Había algunas tan grandes como un árbol y otras ni siquiera las podía percibir la vista. El tenía el camino bien marcado para no pisar a ninguna y siempre caminaba una curiosa trayectoria desde el portal de su casa hasta los distintos confines del jardín. Sorprendentemente las flores se morían cuando él se dormía, y cuando se despertaba otro tipo de flores habían nacido.

O.t. miró a la noche, y descubrió que callaba porque no estaba viva. Tenía la tormentosa labor de resucitarla y se esforzó en recordar. No obstante era muy difícil porque lo único que quedaba vivo era él mismo. El lenguaje de
la naturaleza se había extinguido momentáneamente. Entonces descubrió que era lógico que todo enmudeciese puesto que había olvidado dar cuerda a su reloj de pared. Tal era su éxtasis que fue directamente hasta la puerta de su casa pisando todas las flores que se le cruzaban por su camino. Abrió la puerta y se fue al sótano, en donde se encontraba su reloj de pared. En el sótano habían muchos relojes, tantos como criaturas había en aquella dimensión.

Unos iban más deprisa que otros, pero todos dependían de un único reloj. Fue a dar cuerda al reloj más inmenso de todos, que ocupaba casi la mitad de la habitación, y tras hacerlo, salió del reloj un pájaro dándole las gracias
y se fue a volar el cielo. De hecho cada vez que iba a dar cuerda un pájaro  distinto salía del reloj. Depende cómo hubiese sido el día eran hermosos o abominables. El de aquel día era el más abominable que hubiese visto nunca.
Entonces todo volvió a la calma, los grillos empezaron a cantar, las nubes continuaron con su camino, el sol que se hallaba atrapado en el mar huyó de su cautiverio, las bestias salvajes volvieron a cazar indiscriminadamente,
y las olas del mar se agitaron como no lo hubieran hecho nunca. El eterno verso volvía a recitarse. Subió las escaleras y se fue a su habitación.

Cual fue su esperada sorpresa, al ver que encima de la mesa de cartón estaba el papel. Ya no estaba en blanco sino que estaba escrito por delante y por detrás. Hubiera podido leerlo pero no lo necesitaba porque sabía lo que
estaba escrito. Entonces durmió hasta el día siguiente.

EL GUSANO

En medio de aquella calle, azotada por una reciente tormenta, reposaba placidamente el cuerpo moribundo de un gusano. Todavía tenía fuerzas para arrastrarse por el suelo, pero a pesar de su vergüenza y de sus esfuerzos para permanecer inadvertido, el implacable suelo guardaba recelosamente las pringosas manchas rojas de su dolor. Muchos de sus anillos se hallaban desguarnecidos de su babosa piel, y sus desnudas entrañas pedían clemencia a aquel mezquino arrastrarse, para poder mantenerse con vida. Había nacido agonizando y estaba escrito que había de morir de la misma absurda manera. Sin embargo el mismo ignoraba, que era todo su ser, desde el primer al ultimo de sus anillos, la reencarnación de un misterioso instinto. No se puede aprehender con la razón, pero si se hospedara de manera fragmentaria en algún ser vivo, solo se podría apreciar debido a su nebulosa estética. Sería como la mezcla de un perfume de una concubina anciana y de vino peleón mustió olvidado en una bodega. Su desagradable manifestación seduce a todas las criaturas, desde la más villana a la más virtuosa. Por esta razón su deseo ciego no encuentra oposición dialéctica en todos los alimentos que engulle, desde la más carnosa de las manzanas a la más mustia de las hojas de un árbol. No se sabe donde nació su dolor tan solo se puede ver el resplandor de su sumergida semilla, en el abismo desde donde ilumina. Toda su vida se la ha pasado arrastrándose, pero no siente remordimientos por ello, puesto que conoce el hado de la interminable procesión del dolor. El gusano siempre que caminaba lo hacía acercándose a las sombras, puesto que quedaba absorto en la contemplación de la desnudez del alma y de la imperfección de aquello que queda reflejado. Ningún pájaro se había atrevido a comérselo puesto que sabía que el siniestro brillo de su vida era sagrado. Cuando se arrastraba entre la hojarasca su arrogante baba, que era algo parecido a sus impúdicas eternas lágrimas, se quedaban allí en una recelosa espera, aguardando que el voluptuoso sol evaporara aquel dolor tan nauseabundo y ultrajante, mezclándose disimuladamente con la pureza de los cielos. Siempre que se cruzaba con cualquier criatura, fuese insignificante como una hormiga o majestuosa como un lobo, se arrodillaban ante él. Pero no lo hacían por devoción a lo mezquino, sino por una apreciación intempestiva que estaba muy por encima de su ralea. Siempre le pedían que se arrastrara en sus cuerpos, para que en actitud pordiosera, les impregnará de aquel insigne sudor. Es asombroso concebir que el más insalubre de los espíritus, era también el más sagrado. El gusano era muy vanidoso y a veces cuando se arrastraba en el suelo, se creía que su baile era tan lozano como él de una serpiente. Aunque causaba lástima ver los círculos, que describía en el suelo, el gusano las atribuía, a un ritual divino en el cual se representaba el inmutable viaje de los astros. El gusano había llorado desde el primer día en que nació por una causa de indescifrable naturaleza, que estaba muy por encima de su miserable condición de gusano. A pesar de que le causaba pavor su innoble linaje, había un elemento de caótico devenir que siempre se manifestaba de manera diferente sin rebelar su causa primera. En aquellos momentos en que se sentía desfallecer, debido a una inquietante curiosidad decidió mirar hacía atrás. Sabía que tenía que volver hacía atrás puesto que se había olvidado algo, y también sabía que las manchas de su propia sangre habían de guiarlo en el camino. Lo intentó pero fue en vano, se impulsó hacía adelante, pero sabía que no podía llegar y que su muerte era inminente. Cabizbajo y compungido, decidió seguir la extraña marca del destino que había de llevarlo hacía su sepulcro. Expuesto a que cualquier viandante lo atropellase, el gusano se situó en el medio de aquel camino de asfalto. La razón por tal temeraria decisión, era muy sencilla: el sol le estaba mostrando en aquella soberbia iluminación un decreto que estaba reservado exclusivamente para él. El gusano seguía aquella inhóspita luz, como un ojo herido intenta distinguir entre las nieblas la imagen sagrada de sus deseos. De repente un hombre con sombrero de paja y con aspecto de campesino se cruzo en su camino. Estuvo a punto de pisarlo por descuido, y cuando percibió la desidia de su inconsciente acto, un relámpago mucho más cargado de electricidad que los del firmamento estalló en su cerebro. No sabía el motivo, pero en el mismo momento en que vio al gusano, un ciego e inquietante sentimiento de culpabilidad se despertó en su interior. Sabía que tenía que seguir el tormentoso camino de aquel gusano, pues había quedado poseído por aquella angustiosa sensación. El abismo de sus pensamientos se había vaciado en un instante, y se podría decir que ese fue el único momento de su vida en que su instinto fue puro. Mantenía clavada su mirada en el gusano como un alfiler a un trozo de fina seda. Todavía no había tocado al gusano, pero su sudor se volvió tan repugnante como la baba del gusano. Entonces su razón se volvió absolutamente agnóstica en el trágico momento, en el cuál el gusano empezó a escribir en el suelo con su propia sangre. Escribió en unos ininteligibles rasgos de escritura una palabra tan sutil como inexpresiva a un mismo tiempo: - "sígueme". Hubiera escrito más pero tendría que pedir la sangre a algún dios pero se negó a ello. El hombre rezaba por que el gusano no se muriera, pues sabía que cuanto más lejos lo llevará en aquel camino, más lejos lo llevaría en las emociones y en el tiempo. El hombre quería hablar con el gusano pero no podía por razones físicas evidentes y autosuficientes. El gusano caminaba muy lentamente debido a su agonía que ya empezaba a manifestarse con toda su plenitud, y el hombre daba un paso cada dos minutos pero había de esperar puesto que su vida dependía de aquella aparente menudencia. El hombre hubiera cogido el gusano con sus manos y le hubiera intentado curar sus heridas, pero sentía un respeto incomprensible por aquel gusano. Tan impío era dejarlo morir como tocar al sufrimiento de la humanidad. Aquel gusano era más poderoso que cualquier dios que pudiese concebir la mente humana, entre otras razones porque era el dolor puro exento de cualquier mito o tergiversación. El gusano llevaba dentro tantas lágrimas como mares existen en el inconsistente manto de la existencia racional. A veces se cruzaban otras personas, unas pasaban de largo, y otras le preguntaban en donde se perdía su mirada tan extraviada. Él ni siquiera respondía pues sabía que se le había rebelado un secreto que era inconfesable, además de muy vergonzoso por sí mismo. No obstante, estaba muy sorprendido de que nadie se diera cuenta de la majestuosidad de aquel gusano. Además, para más INRI nadie le prestaba atención a un hecho que tenía una muy difícil explicación: ¿como era posible que un solo gusano pudiera almacenar en su diminuto y repugnante cuerpo tanta sangre y además tan asquerosa?. El gusano sentía la necesidad de que su humilde verbo naciese, pero aquello era tan imposible como el conocer la inquietante naturaleza de su dolor. Entonces, cuando se presentó un desconocido indicio, de que era inminente el último suspiro del gusano, se arrodilló ante él y se puso a llorar, como lo hacen los niños desconociendo las razones últimas de sus pesares. Aquello le oprimía en un grado sumo, pero había perdido todo el sentido del ridículo y de la decencia, para cualquier espectador ajeno a las penetrantes emociones de aquella insólita y a la vez redentora escena. Entonces el gusano sintió en todas sus entrañas, el inminente y descarriado azote de la muerte. Empezó a temblar alzándose del suelo unos cuantos centímetros, de la misma manera que si hubiera un terremoto. A pesar de que el dolor que había absorbido durante toda su vida en una unidad compacta e inalienable, se intentaba dispersar como una tormenta de arena, el soplaba con fuerza para que volviese a aquella dura y rígida roca. Sabía que sí el dolor se dispersaba se desvanecería de una manera fugaz. Hizo un esfuerzo encomiable y escribió con las últimas gotas de sangre que le quedaban en su demacrado cuerpo:- mira. Tras haber cumplido con su última y más ardua de las tareas falleció. Instantáneamente y ante el estupefacto semblante  de aquel hombre el cuerpo del gusano y toda la sangre que había dejado en el camino se volatilizaron como una bocanada de aire. La muerte del gusano se había consumado definitivamente. Entonces cuando el hombre recuperó la razón y los sentidos más internos, procedió a reflexionar un interminable monologo, que parte a partir de estas palabras: - "sin lugar a dudas, todos tenemos un gusano dentro, este era el mío. Ahora vive dentro de mí. El gusano no es nada más que un mártir de la verdad y del sinsentido, mucho más profundo que cualquier creencia sobrenatural. El gusano es lo inmediato, es la resistencia a la realidad, son todos los deseos desvanecidos en un instante, el eterno despertar de un amargo sueño, la vida que se consume por momentos. El gusano nos baña con su baba el cerebro, y ensucia nuestros pensamientos, pero es la condición de que estos puedan fluir en cualquiera de los sentidos. El gusano es un parásito de la existencia, porque no hace distinciones entre vida y existencia, porque la vida no sabe que es existencia, y la existencia ignora que ella misma es existencia. El gusano siempre esta sangrando pero se cree feliz cuando ignora este hecho. La existencia es una sangrante oposición a la realidad; una lucha del absurdo por demostrar que existe. El dolor es la verdad porque es el horizonte de todo proceso vital, pero este se reencarna en el caos de la no- existencia. El arrastrarse del gusano es gratuito, él lo sabe pero no le importa, porque lo único que tiene que hacer es arrastrarse, así pues no tengas miedo gusano, te dejo que me comas las raíces más profundas de mis pensamientos, con tu baba infecta, llena el instante de sandeces, hazme sentir el dolor con todas sus dimensiones autenticas, porque el dolor es lo único que puede embriagar a la existencia. Y ahora dime la verdad gusano: ¿Eres tan empalagoso porque naciste así o porque tu infame proceso vital te volvió así? 

EL DESIERTO

La luz de un amanecer dispar y retorcidamente caprichoso penetraba en mi ventana, como un universo en llamas en un insignificante lugar. Percibían mis sentidos recién reanimados tras la suspensión etérea de la noche, el suave y quebrantador reflejo de una inmensa espiritualidad que se había despertado, matando el incorruptible instinto de toda una persistente y arrolladora inteligencia cósmica. No me había atrevido a mirar a la ventana, pues todavía no quería conocer, la insigne obra del aliento de la nada, que se había extendido en todos los confines del mundo. No conocía todavía el sino, de aquel conocimiento atemporal que estaba creciendo dentro de mí, como una ola crece en un mar que nunca anuncia la presencia de tierra. Mis ojos y mis oídos se estaban hundiendo dentro de mí, porque no querían ni ver ni escuchar, aquella crónica tan austera y delirante. Todo era muy indeterminado y confuso, y aunque intentara buscar refugio en recuerdos perdidos y cadavéricos, aquel siniestro acontecimiento me venía a buscar, sin señales y sin pregones, con un abismal trasfondo caótico. Sabía que hacía tiempo que una araña tejía telarañas, en mis pensamientos, donde se incubaban huevos, de donde habían de nacer la pobredumbre y las más asquerosas inquietudes existenciales. 

Aquel amanecer era tan angustioso para quien lo viese, como en el interior de sus entrañas. Todavía no había mirado a la ventana, tan solo miraba un débil reflejo de lo que era aquel nuevo destino, en las paredes de mi habitación, en aquel inconfundible murmullo lumínico que se reflejaba prácticamente como un símbolo. Mis piernas estaban inmovilizadas en la cama como el mástil de un barco en una invisible tormenta. Ningún emisario había venido de tierras lejanas bajo ninguna forma natural conocida. Lo más angustiante de aquel pesado respirar del destino, era que todas sus preguntas y respuestas que estaban enterradas en mí, estaban causando un terremoto en mis emociones. En aquellos instantes sentía el dolor, de una estatua que esta siendo esculpida por un artista para toda la eternidad.

Sabía que la existencia había crecido, pues el arco del instante, se había tensado como nunca, y la flecha cayó recientemente, pero sabía que había de pasar toda una eternidad antes de encontrarla. El mundo me había venido a buscar, y yo no podía hacer más que patalear en la cama como un recién nacido. Fue entonces cuando se apagaron todas las luces de mi ciudad espiritual y nació un silencio hambriento de sí mismo. Pues solo cuando se calla con autentica solemnidad se puede percibir con claridad lo que acontece. Entonces concedí como ofrenda al nuevo destino que había nacido todo el sudor de mi frente. Estaba atrapado en una jaula tan sofisticada como inmensa, con un complejo entramado que crece en dirección a sí mismo. El silencio me llevaba con su soplo tacaño a dar vueltas, en la irrevocable decisión de la tierra y los cielos. De un brinco me levante de la cama y con una mirada tan osada como profana, decidí ver materializada aquella insidiosa conspiración de la naturaleza, que ya hacía mucho tiempo que se estaba incubando en mi interior. 

Ante mi asombro vi como la naturaleza se había simplificado. Solo permanecía idéntico el sol, aunque sin ánimos de moverse, tal y como lo estaría la idea de círculo en el pensamiento. Estaba rojo como un tomate, y no de vergüenza precisamente, sino con el temple de un guardián de algo sagrado, y que te quema en los ojos si piensas tanto en él como en su secreto que al fin y al cabo son lo mismo. El sol no estaba en el horizonte como cuando se va a morir al mar para resucitar al día siguiente, sino que estaba presente, como una aguja en un vestido, cosiendo con su luz, un vestido fúnebre con un siniestro color, mezcla de negro y de rojo. El escenario que doraba tan solo era un inmenso camino de arena grisácea, pues parecía que cada uno de los granos de arena era el mismo aunque repetido hasta la saciedad del infinito. El antiguo mundo había desaparecido y ante mi desolada vista, aparecía un enorme camino a imagen y semejanza de mí mismo. Era un camino sano y tan sublimemente vacío que el instinto ciego de la soledad estaba a salvo de sí mismo. Parecía un camino que la naturaleza había engendrado según mi perspectiva existencial, no podría haber sido de otra manera. Hasta ahora no me había enterado que el desierto y yo éramos una única persona. 

Aquello era un desierto que mirando un solo grano de arena ya se podía adivinar que era infinito. El desierto era tanto el destierro como la libertad, como un refugio que parece que tiene que sobrevivir a la muerte. Es la mayor de las vergüenzas y el mayor de los honores, que te ciegan, con un mismo sol, con un mismo pensamiento, con una idéntica quimera.  El desierto es todo lo que existe, porque no hay nada más grande que pueda ser pensado. Dentro no hay apariciones espectrales, ni encarnizadas guerras, ni ningún ruido adulador con oscuras tintas de lo prosaico y lo obsceno, tan solo se oyen los cansados pasos del peregrino que viaja alrededor de lo mismo. a veces el mundo viene sin que halla sido invitado, pero el silencio con que se encuentra le hace callar a pesar suyo, y tarda mucho en volver. Todavía no había empezado a caminar, pero leyendo el código de la línea del horizonte había podido hacer estas observaciones. 

Sabía que cuando saliese de mi casa nunca más podría volver, porque el desierto no acepta deserciones. Además cubre todas las otras dimensiones existenciales, con su implacable manto de verdad y dolor. El desierto es como una biblioteca sin libros, como un silencio que debe aprenderse a sentirse a sí mismo. En el desierto nunca pasa nada, el peregrino puede estar quieto o moverse porque el resultado siempre es él mismo. Pero a pesar de lo inútil que pueda parecer el peregrino prefiere caminar, aunque a ojos de alguien que lo viera todo con una bola de cristal, siempre estaría quieto como una estaca. Me disponía a partir y en un principio pensé que necesitaría de muchos víveres y fotos en color, que por el camino se volverían en blanco y negro. 

Cuando estaba haciendo el equipaje, me fue a visitar un buitre. Fue entonces cuando comprendí el absurdo de mis preparativos. El buitre tenía los ojos del mismo color que el sol. Las plumas eran ásperas y cortaban tanto como un cuchillo. Su pico era muy afilado a pesar de tenerlo muy desgastado después de haber visitado a tantas víctimas. Su mirada y sus gesticulaciones obscenas, parecían las de alguien, que son muy inexpresivos la mayor parte del tiempo, pero que solo viven para expresar su particular interpretación de las leyes del desierto en el momento en que atacan. Parece como si todo él fuese una cuerda que tiene vida y que solo vive para esperar a alguien que se ahorque en ella. El buitre parecía ser el caudillo de todos los buitres que viven en mi desierto. Parecía que había venido en una formal visita de cortesía. Se había posado en la mesa mientras me miraba fijamente, antes de que fuese a buscar mi martirio.

Yo no tenía nada que decirle y tampoco me importaba que me dijese algo o que me asesinase con su indiferente silencio.  Entonces interrumpió aquel silencio aterrador para decir algo todavía más espantoso: -" llévate mucha comida porque quiero que estés muy gordito en el momento en que te ataquemos. Lo haremos cuando empieces a recordar, tarde o temprano lo harás y en ese momento, te picotearemos, y te dejaremos como un adefesio, queremos humillarte, puesto que sabemos que quien recuerda en el desierto, suele morir junto con sus recuerdos en el mismísimo desierto. Se que pasarás mucho miedo porque no sabes cuando vendremos a buscarte. En un desierto se puede ser mucho más decadente que entre la muchedumbre. Cuando el silencio explota, causa mucho vértigo, y se padece una sensación confusa en la cual se cree que no se esta en ningún sitio y a la vez se esta en muchos. El silencio a veces se enreda con palabras que tropiezan contra sí mismas, y se destruyen las unas a las otras, y se crean todo tipo de frases contradictorias y mortíferas. En el desierto nadie te presta su aliento, y los suspiros nacen envenenados en la boca, pues nunca se renuevan con el lenguaje de otros suspiros, y mueren mucho más rápidamente porque siempre son los mismos, es como si respirases en una bolsa de plástico. Cuando estés en el desierto desearás que te hagamos una visita, pero esta visita no será gratuita como la vida misma. Puesto que tu muerte será la único que tendrá un precio a pesar de que tú vida nunca ha tenido ninguno. Se que antes de empezar a caminar, ya tienes el corazón y los huesos rotos, pero cuando delires en el desierto y veas vacas muertas, te reirás de aquellos huesos, pensando en los estúpidos deseos de opulencia, odiándote a ti mismo mientras echas unas carcajadas tan monstruosas como incomprensibles. Nosotros los buitres seremos tan venerados como dioses y odiados como hombres, puesto que esperarás que tu muerte sea divina y a la vez un infame recuerdo de la vida. A pesar de estar en los huesos siempre guardarás una miga de pan, y nos la ofrecerás como un soborno, para que te expliquemos el aire que respira todo aquello que dejaste atrás, pues nosotros no queremos tu pan puesto que te queremos a ti, puesto que el desierto no se alimenta de pan sino de la soledad que vive en él. Y ahora ven rápido porque a la soledad del desierto no le satisface demasiado entretenerse en recuerdos." 

No hubiera pensado nunca que habría de dirigirle a la palabra a la más monstruosa de las formas de mi soledad , pero como me tenía arrinconado me defendí como pude: - " tú buitre eres la poesía de la muerte, eres el eco distorsionado de las palabras podridas, tu buitre eres aquello que esta enterrado bajo tierra y que se presenta después en ella a pesar de tener la más cierta de las apariencias de la muerte y la falsedad, eres un muerto resentido, que se come los insectos en su tumba para sobrevivir, tú buitre eres un pensamiento que ignora que el dolor es la verdad y todavía no lo has aceptado, niegas de la dignidad del dolor, y siempre vas detrás de tus presas. Vete ahora mismo buitre, porque nunca podrás ser mi verdugo, porque no me voy a llevar nada en este camino. En un camino tan largo como el que voy a emprender sería una afrenta llevarse comida, porque la nada ya es alimento suficiente. Lo único que quiero es que el sol me transforme la piel en la de un leproso, que la arena me azote en la cara, que el hambre de soledad me coma las entrañas, y que la verdad me azote con su látigo de macabros colores. Ahora vete buitre, nunca podrás ser mi verdugo, porque si hasta ahora he sido dueño de una vida superficial y corrosiva, ahora lo seré de una vida que nunca puede dejar de insultar a aquello que le azota implacablemente, ahora lo seré de una vida que no se ahoga su grito de rabia ni en el mismísimo horizonte, que acepta su tortura con tanto fervor existencialista, que todavía querría vivir más para sufrir más."

Tras pronunciar estas palabras, ahuyenté a pedradas a aquel pajarraco. Entonces me quité la camisa, para que el sol me comiese más rápido la piel, y para adaptarme más rápidamente al solitario espíritu de aquel desierto. No me lleve ni siquiera agua, porque sabía que en un camino tan largo y tan trascendente, es una obscenidad, llevarse el indigno sustento del espíritu, no podía llevarme las baratas palabras de la mercadería de la vigente sociedad.

ANGUSTIA

Como atizan estas palabras que se pasean en mi corrosiva mente como humo negro, como siento que se me clavan como una aguja despiadada que cose mi cerebro con el mismo arte que un traje de luto. Como me ahogan en mi pensamiento como si fueran agua de pantano. No hacen promesas tan solo me golpean con su bastón, flexible hasta los límites de la razón y el sentimiento. Viaja el pensamiento, como un pez que se ha tragado un anzuelo de oro macizo, y que no puede dejarlo de adorar por su inconmensurable belleza, aunque le haya dejado sin dientes y sin mandíbula. Se arrodilla a angustia ante su imperioso cabalgar en el cielo púrpura, mientras no deja de pisotear las cicatrices del cielo, y la sangre del cielo le cae como un manantial, en el decrepito rostro de la angustia. Con unas tijeras de acero oxidado recortan el tiempo con su sudoroso acero, quedando las imágenes inmortales impregnadas, de una inmundicia de la cual no se puede escapar la agonía existencial, porque aquello que mancha reposa más allá del espacio y del tiempo.

Las palabras desfilan como un escuadrón, y en su torpeza se clavan los soldados las espadas mal desenvainadas, puesto que los soldados ignoran que cada uno es una palabra, y que todas las palabras son la misma. Si la mente fuese una masa informe, las palabras serían como una sucesión de golpes de pico a una roca tan fuerte por fuera como débil por dentro, creando a una estatua abominable, que expresa en su inmutable rostro un dolor que no es mundano, sino eterno. Como granos de arena peregrinando en  una ardiente ventisca del desierto, se encuentran en una inexplicable casualidad, y juntando delirios y esfuerzo, llegan al extravagante consenso, de formar un muñeco de arena, representando una figura con facciones absurdas y de naturaleza desconocida, puesto que el dolor de la soledad no tiene nombre. Como ensombrecen mis intangibles recuerdos, como arañan mis ojos dejándolos como un cristal rallado en una vergonzosa visión que parece querer sobrevivir a todos los presentes de mi existencia. Como hielan mi aliento tras nacer en los glaciares de mis pensamientos, pareciendo que ni el mismísimo mundo, pudiera calentar a aquel sórdido hedor. Como crecen, esos caracoles sin concha, como se apretujan en mi cerebro, como se alimentan de mis esfuerzos por hacerlos desaparecer.

Palabras que os refugiáis en las cavernas de mis galerías subterráneas y que diseñáis la física de la luz de mis emociones, tanto conspiráis en las sombras, que aunque nunca visitaseis el más áureo de los presentes, si se pudiera fotografiar al alma, siempre se vería vuestra luz de carbón. Sois como un cuchillo que se clava en el agua, haciendo temblar los fundamentos ya muy inestables de por sí, y quemándola con su punta asesina presa de una venganza ciega e incomprensible. Sois como el vapor que se escapa de mi colérica pasión, y que vuelve con la impureza del conocimiento del mundo exterior, lloviendo cuando le conviene, infestando de corrupción las aguas de mi conciencia.

Palabras traidoras cómplices de misteriosas secreciones de la mente del mundo, en mis templos os albergáis, en mis templos os alimentáis, en mis templos me asesináis y a vuestro errante y gratificante exilio volvéis. Palabras que me espiáis en la intimidad, y que me acecháis con vuestras arrogantes y paradójicas preguntas, ¿No respetáis el descanso de unas manos repletas de llagas que se hallan escalando la espinosa valla de la existencia?. Me enseñáis muchos rostros, y el inquietante color de muchos velos, me enseñáis el hueco infinito de muchos semblantes y de gestos que nunca adivinan sus emociones, puesto que vosotras palabras sois como los temblores de relámpagos imposibles. Vosotras sois el ingeniero de mis obras, pero siempre murmuráis intranquilas despedazándoos las unas a las otras y solo me dejáis escuchar lo más insignificante y obsceno de vuestras conversaciones. 

Nunca teméis que os destierre, porque os refugiáis en los volcanes ardientes y salados de mis ojos y me amenazáis con enseñar al mundo mis vergüenzas. Salís de vuestras tumbas cuando os apetece y con vuestro halcón esquelético en el hombro, le pedís que me ataque en mis delirios tan pesados como conscientes, para que siempre recuerde que el cementerio de mis recuerdos, esta moviéndose siempre como un terremoto. Os movéis como una brizna de luz en una caja oscura y aprovecháis vuestra fugaz aparición para seducirnos en nuestro mundo negro y abismal. Palabras suspendidas en el aire, no teméis morir en el más vacío de los espacios, porque sabéis que fuisteis alumbradas en unas jaulas colapsadas de símbolos, y que salisteis fuera del espíritu para que no os aplastasen, pero no porque significarais algo trascendente.

Ese silencio tan ruidoso que se puede escuchar desde lo más hondo de mi pozo, no es nada más que un cubo, y ese cubo es la lengua. Es como si el cubo buscase al azar unas gotas de agua en donde se encontrase toda la verdad  del alma. Pero el cubo siempre recoge agua de la superficie y se equivoca siempre. Los pensamientos están llenos de espinas, porque nacieron con la marca de un desafortunado destino, nacieron con una horrible irritación y escozor, y solo podían redimirse si morían creando, es decir si nacían en la muerte como una necedad que nunca merece ser recordada. Estas palabras que viven en mis músculos y mis entrañas; viven encerradas en un cuerpo, pero nunca dicen nada porque la materia esta condenada a ser muda y a callar.¡silencio!