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RELATOS CORTOS

por Marcos Manuel Sánchez

mafiroco@hotmail.com

 


CARLO Y LA MUERTE

A las cinco en punto de la tarde, Carlo subía al asiento de conductor de "la máquina".  Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de inmediato.

Fue como  si se sumergiera en otra dimensión. Todavía resonaban en su mente las palabras de Sara:

 

–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete con ruedas...

–No exageres. Lo probaré por la carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.

–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.

–¿Y por qué no vienes? El coche admite dos plazas...

–No me apetece, de veras.

–Vale. No le des más vueltas, cariño. Estaré de regreso antes de las seis.

Él la besó en los labios, un gesto que martillearía la memoria de ella durante mucho tiempo.

 

El último beso. Durante años, Sara se repetiría multitud de veces las mismas preguntas ¿Por qué no le retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor durante horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya no volverían a compartir. Si ella hubiese insistido un poco más. Lo suficiente para que él abandonara la idea de subirse a esa máquina.

 

–Dios, ¿por qué no le quitaste de la cabeza esa locura? –se torturaba interiormente.

–“Ve con prudencia, cariño..."–. Las palabras se desvanecieron en sus pensamientos cuando Carlo giró la llave de contacto.

 

El bólido rugió anunciando su afán de conquista del asfalto. Quinientos cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes posibilidades al afortunado conductor que quiera experimentar nuevas sensaciones.

 

Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó el pie sobre el acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500 vueltas y salió disparado hacia la Avenida de América. Al principio le costó trabajo dominar los envites de la "macchina" a cada presión sobre el pedal. Después comenzó a sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía soltar enseguida el embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así consiguió una respuesta dócil del vehículo.

Únicamente cada vez que había de parar ante un semáforo y aminoraba la marcha, le parecía que al accionar el freno debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.

 

Tomó el desvío hacia la Nacional Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca antes vividas pasaban por su mente. La excitación de la velocidad. La brutal aceleración al cambiar de marcha.

 

Un gozo indefinible le mantenía eufórico.

 

A su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando se escapaba con la moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía San Giovanni, de su querido San Gimignano. A pesar del traqueteo producido al rodar por la irregular superficie, aquel niño disfrutaba como nadie de la experiencia. El cosquilleo que le subía por los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros por hora, llegaba a erizarle el cabello.

 

Una excitación similar embargaba sus sentidos al volante de la máquina. Pero esta vez se desplazaba por una autovía recién asfaltada a ciento noventa kilómetros por hora, con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.

 

Carlo dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar las obras del Polideportivo que dos meses antes comenzó a construir Fakirsa.

 

Le pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros más.

 

El color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el sol de la tarde como un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel proyectil con ruedas. En su muñeca, las manecillas del reloj Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba más tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado al sencillo manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un buen rato domar a este pura sangre.

 

Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás el casco urbano. La retención del motor al levantar el pie del acelerador resultaba más que suficiente para adaptar la velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico a esas horas.

 

La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más altos no se elevaban mucho más allá de los dos mil metros, los barrancos y despeñaderos que jalonaban la carretera imponían respeto a cualquier viajero.

A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar, maravillado, la fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era capaz de impulsar aquel ingenio mecánico, fruto de la más avanzada tecnología.

 

El velocímetro marcaba doscientos diez kilómetros por hora.

¿Qué pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir riesgos inútiles, a correr disparado a los mandos de un bólido?

 

Sensaciones, quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez conduciendo la Benelli verde y plata) había llegado a experimentar.

 –Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba su conciencia. Total, por una vez que juegues a ser chico malo no has de sentirte culpable–. ¿Quien no ha sido atraído por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería la papeleta. Cuantos favores intercambiados. Una sólida amistad. Buen elemento ese Pablo.

 

Las curvas iban haciéndose más cerradas a medida que Carlo avanzaba por la pista hacia la cadena montañosa.

Pisó el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba  por Madrid, notó que debía apretar a fondo el pedal. Pero ahora apenas podía percibirse el efecto de la frenada. Cambió a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció su frente y sus manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron paso a una rigidez que le atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero indicaba en negro sobre blanco la leyenda " Robregordo, 10 Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari sobregirara de la parte trasera. Casi fuera del arcén, el conductor consiguió enderezar la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha. Dominado por la desesperación del momento, a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por salvar la vida y para ello había de frenar. Frenar como fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad, Carlo decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada por la carretera en varias zonas.

 

Se hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida por la Nacional–I como si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo formidable.

 

–¡Dios, ayúdame! ¡ Dios, ayúdame! –repetía para sí.

 

Pretendía rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir la velocidad. Entró en una curva pronunciada, en forma de horquilla. Salir de ella a ciento ochenta kilómetros por hora, resultó ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a la memoria la imagen de Sara.

 

– “Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre”.

 

Esas palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil. El coche rebotó contra la roca y salió despedido hacia el lado opuesto de la calzada girando sobre sí mismo. Rebasó el borde del precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos metros sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el aire en un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra las grandes rocas del fondo.


EL VAGÓN DE COLA

Salgo pitando hacia la parada del metro. La tengo a veinte minutos de casa, así que, por la hora que es debo apretar el paso. Mi jefe desea con fervor atrapar a alguno de sus subordinados en un apuro de estos para caer sobre él o ella como una bola de derribo. El otro día vi por la tele cómo echaban abajo una casa antiquísima golpeando la fachada a la vieja usanza, con el bolón macizo machacando la ruinosa pared. A la ruina moral quiere llevar mi jefe a todo aquel que le dé un motivo, aunque sea aparente, de desacato o inobservancia del procedimiento. Todo atisbo de iniciativa o creatividad queda mutilado al instante, sin conceder una burbuja de oxígeno al desgraciado aspirante a nada. Porque nadie puede pretender auparse en el escalafón corporativo. Eso queda reservado para los tocados por la divinidad.

 

Hoy es una de esas mañanas en que mi mente se manifiesta filosófica (o cree que lo hace) y me siento impulsado por una inquietud picante. He decidido saltar la norma desde el primer al último párrafo y plantar cara a la penosa realidad: Me enfrentaré a Ismael, mi jefe, pero nada de escenas subidas de tono. Me acercaré a él y le diré: “querido, ya está bien de reprimir tu homosexualidad, siempre he sabido que mi persona provocaba furor en tus carnes”. A continuación le daré un beso de tornillo que le dejará sin respiración durante medio minuto. El paso siguiente será agarrarle de sus partes pudendas y hacerle creer que voy a estrujar su bultito, como hace él cada vez que amaga mediante una amenaza para terminar riéndose de tu cara de susto:

 

–¿Sabes que el informe que me has pasado es una auténtica basura? –me ha dicho en ocasiones. A las pocas horas lo ha olvidado y da su visto bueno como si la fina observación hubiese tenido como finalidad solamente recrearse en mi miedo. Cuando sea yo el que le esté tocando las pelotas, más bien creo que le daré unas palmaditas en la entrepierna, como si estuviera reconociéndole un trabajo bien hecho. Me conformaría con que la sangre le comenzara a bullir a alta presión en su cabeza cuadrada ya de por sí congestionada por el Riberita del Duero cosecha del noventa y cuatro o el Rioja Alta, acompañados de ciervo en salsa de arándanos, su debilidad. 

 

Le veo acercarse con su lengua presta a expulsar un veneno ácido y cáustico a la vez, como corresponde a su naturaleza bipolar. Pero, ¡qué veo!... me he despistado de nuevo con mis fantasías. Esta imaginación... Uf, ya está. He podido encajarme en el vagón de cola.

 

Que el metro a las ocho de la mañana resulta algo claustrofóbico no es más que un burdo comentario de alguien que no tiene dificultad en permanecer en un espacio cerrado, pero si pudiéramos ver el interior de los viajeros que nos rodean en un momento dado contemplaríamos a alguno sintiendo una auténtica agonía. Como tendría ocasión de comprobar en pocos minutos. Esa mañana, el destino me tenía reservado algo especial.

 

El metro arrancó y dejó atrás la estación de Pacífico. Volví a verme ante Ismael. Mi despreciado jefe había tenido el honor de ser bautizado con el nombre de quien el propio Mahoma, al colocarlo a la cabeza de su genealogía, había considerado padre del pueblo árabe.

 

El elemento que yo conozco no podría ser padre de nada. Su concepto de la vida y de los que le rodean se basa en principios difusos que él desea transformar en confusos, para coger desprevenido a todo aquel que pretenda conocerle.

 

Vaya, otra estación. Estamos ya en Diego de León, no me lo puedo creer. Es que divago de una forma... ¿Qué es esto? Un pedigüeño con su acordeón. Hala, a aguantar la perorata. Y yo que pensaba que ya no se veía gente así por el metro. Aunque hace la tira que no subo a este cacharro, ¿cómo voy a saber lo que pasa? El caso es que no tiene pinta de ser el típico corre andenes... mira, hasta suena armonioso. Sí, toca bien. Pues vaya suerte que ha tenido el pobre hombre. Igual en su día fue miembro de una afamada orquesta o trabajaba como ejecutivo en alguna multinacional. Quizá diseñaba campañas políticas para algún conocido mandamás. Quien sabe.

La vida nos hace jirones y el que no es capaz de recomponerse queda expuesto al vacío, a la negrura más absoluta. No conozco a nadie que en tiempos de crisis se haya arriesgado a facilitar las cosas al prójimo. ¡Hay que ver cómo lucha la gente por defender su terruño! Unos suben y suben y allá arriba quedan, contemplando ufanos al infeliz que debe someterse a las normas, pagar el precio de su mediocridad, el diezmo de su condición débil.

 

Los más fuertes sobreviven, sí, pero hay que saber sobrevivir en todas las situaciones. Basta que se vivan circunstancias extremas para que, en ocasiones, se incline la balanza. Quiero decir que cuando vienen mal dadas, el que está acostumbrado a sufrir consigue recomponerse y salir a flote mientras que el depredador nato que flota entre bambalinas puede acabar hundiéndose. Quien acapara el éxito en un terreno, sólo ahí es capaz de sacar ventaja y atacar.  Es lo que Ismael ejecuta a la perfección. El ataque con mordida al cuello. Muerde y remuerde hasta notar que la yugular sangra y desparrama su espeso borboteo por todas partes.

Sí, el que lleva el nombre del séptimo imán de los ismaelitas es capaz de desgarrar a su contrincante aunque este nunca pretendiera constituir un rival.”Oye, Ismael, si yo solo te preguntaba la hora... ¿por qué me has fulminado como una pavesa?”.

 

Hoy me encontraba con ganas, le tenía ganas, vaya. Me veía capaz de irritarle adrede solo para disfrutar con la detonación de su carga explosiva.

 

Ah, Ismael, qué bonitos ojos tienes, cómo me conforta tu papada temblorosa, tu sudor grasiento deslizándose por los mofletes de ese rostro lobuno de mirada audaz. Porque, Ismael, has de reconocer que si algo hay que resaltar de tu innoble persona es tu osadía sin límite, de horizonte tan amplio como la cancha que tu superior jerárquico te permite, es decir, un vasto terreno. Ahí es donde te ves seguro. En ese vasto terreno, Ismael. Quisiera estar a tu lado ahora mismo, en lugar de soportar el traqueteo de este vagón de metro y así poder decirte: ¿Es tu mirada felina lo que me subyuga ahora que te tengo tan cerca? ¿O quizá mi furor por tu repelente imagen se deba a un desequilibrio en mi interior? Por el momento, creo que dispongo de suficiente glucosa en el cerebro para asegurarte que no sufro ningún shock.

 

Ah, si pudiera... qué ganas tengo de llegar a su despacho... si pudiera tenerle delante le arrojaría dardos como:

 

“Ante todo quiero manifestarte algo, Ismael, y ese algo es... mi más profundo pésame”.

 

“Te anuncio que para mí terminaste como opresor y acongojador de oficio, tío”.

 

Pero la realidad me devuelve a los empujones en este vagón repleto de personas sencillas. Vienen de la calle, luego son sencillos. Es lo que decimos ¿no? Es uno cualquiera, uno de la calle... Ya está, la etiqueta lo explica. Y son sencillos porque los que viajan en jet privado o público no son los más corrientes. Bien es cierto que con esta crisis económica o eco lo que sea, venimos arrastrando desde hace años una carga que hasta a los tocados por la divinidad les resulta difícil acarrear. Tienen otras espaldas sobre las que apoyarla, claro, pero también les fastidia no poder seguir comiendo a diario en los templos del jalar más selectos del país o resignarse a viajar en clase turista; no digo nada de renunciar al cochazo de lujo de la empresa y conformarse con un cochazo de empresa a secas.

 

A todo esto, andamos ya por O´Donell. Bien, voy a llegar a mi hora y... ¡no, no caigas! No desees el camino fácil, qué caramba; se trataba de plantarle cara a ese vómito de hombre que me antecede en el escalafón. Bueno, sé que no debo verlo como una obsesión. Reconozco que me dejo llevar y no pienso en otra cosa que en devolverle los cinco años de malos tragos que me ha deparado mi vida laboral a su lado. Casi nada. Pienso confesarle que tantos momentos de tensiones y fracasos, tanta alarma sin motivo, esos engaños recurrentes a que me ha sometido para mantenerse al margen o llevarse laureles, nada de eso quedará en mi memoria a partir del momento en que cumpla mi promesa.

 

He notado que vamos bastante despacio por este tramo. Es que, desde luego, estos del metro no pueden cumplir con... ¿qué hace el del acordeón? ¿acaso no existe otra canción en su repertorio? Ya está bien de repetir el mismo soniquete:

 

–“Si tú me dises ven, lo dejo todo...” Pues si me lío la manta a la cabeza te dejo en la próxima estación, macho. Prefiero ir andando que aguantar la serenata. Total, para una estación que queda… no, nada de eso. Perdería tiempo para..

.

Y dale. Es que no consigo hacerme a la idea. No debo ir como siempre, acogotado y sumiso porque voy a llegar tarde. Que le den por saco al sodomita ese... Me va a salir el nuevo trabajo de entrenador de baloncesto. Eso sí que va a ser vida. Hombre, esa chica del fondo del vagón me recuerda a la capitana del equipo. Tengo suerte de haber encontrado ese Colegio Mayor que necesitaba desesperado un entrenador para sus chicas. Es curioso que en este mundillo no se encuentren apenas entrenadoras. Por lo que a mi respecta ha sido la oportunidad que estaba buscando. Suena convencional pero es la verdad. He andado buscando esa oportunidad desde hace un año más o menos, cuando el innombrable jefe que tengo me jugó la peor pasada de la historia. Pues sí, ese que bautizaron unos padres amorosos con el mismo nombre del noveno rey nazarí de Granada, intentó cargarme un muerto. El marrón era de órdago. Producto fuera de especificaciones. Y mi firma era la única que iba a figurar en el documento oficial. Así que dije que no, que mis principios éticos me impedían hacer eso.

 

–¿Te das cuenta del error que estás cometiendo? –silbó entre dientes mi superior jerárquico.

–No, señor. No hay error en negarse a cometer un error –repuse.

 

Me miró con insanas intenciones, puedo jurarlo. Pero decidí no apearme del burro. “Así te duela como a la zorra los perdigones, charrán” –pensaba yo mientras lo tenía a él delante, sin despegar de mí esa mirada de verdugo que está maquinando alguna tortura de interés para su mente torturada.

 

–Has de saber –intentaba advertirme titubeando–... que tu bravuconería no va a pasar de ésta. Si es tu última palabra puedes estar seguro de que daré parte.

¡Oh, vaya! Dará parte... qué expresión tan poco usada.

 

“Eres un original pedazo de mierdecita anfibia, informe montón de grasa”, era lo que me pasaba por la mente en la siguiente entrega de la colección de fotogramas que había atesorado en mi cerebro.

 

Cuando me encuentre frente a frente con el tipo, no voy a saber por dónde empezar. Creo que lo mejor será ir al grano y resultar lo más desagradable posible. Y lo mejor vendrá cuando haya conseguido convocar a todo el departamento. Será un momento épico que no olvidarán los demás acogotados que, como me ha sucedido a mí hasta esta crucial mañana en que he decidido pasar a la acción, han sufrido al insigne Ismael.

 

Bueno, y ahora ¿qué? Este tren se ha detenido completamente. Aquí pasa algo. Nos faltan aún unos centenares de metros para llegar a Nuevos Ministerios. Será que hay otro tren retrasado al que hay que dar paso.

Es curioso comprobar que cuando fijas un poco tu atención en la gente que te rodea en un vagón de metro, puedes imaginar todo tipo de historias. No sabes con certeza si serán gente corriente como aparentan, como parecemos la mayoría de los que utilizamos este medio, o si ocultan algo. ¿Qué podría ocultar este señor de la boina sentado a mi derecha? Podría ser un obseso, un enterrador, un adicto a la lectura, a las películas de terror, a los cuentos infantiles, un sacerdote de paisano o un sencillo padre de familia. Claro que el sencillo padre puede esconder una relación extramatrimonial o una perversión inconfensable. ¿Y si fuera un ladrón de guante blanco o negro? ¿Y un espía? Bueno, esa palabra ya no se lleva. Pero hay agentes al servicio de la  inteligencia de los gobiernos con el aspecto de un hombre de la calle.

 

Qué fácil es caer en el tópico: hombre corriente, de la calle. Y es que lo mejor es pasar desapercibido. Es estupendo que te tomen por lo que creen que eres, porque lo más probable es que nadie se haga cábalas acerca de ti. Pero en cuanto despiertes la menor sospecha te echarán el ojo, pasarás a ser la diana del vejatorio club de vilipendiadores. Aquello que se imaginan que eres puede alcanzar límites insospechados. Y más si te rodean carnívoros de la peor especie, como ocurre en la empresa donde trabajo. Esperan sentados cómodamente a que des un traspié o te despeñes por un escarpado desnivel.

 

Nadie dará su apoyo a alguien que está cayendo, como a nadie que carezca de padrino interno. La figura del padrino interno cobró auge en la segunda mitad de la última década, en un momento en que la multinacional llegó a atender un considerable número de demandas de empleo. Estas llegaban de todas partes: de empleados de filiales europeas sobre todo, espantados ante la debacle de despidos masivos de los últimos tiempos.

 

Algunas corporaciones han decidido dejar en la calle a mucha gente. –“Vamos, qué falta de delicadeza” –suele decir mi jefe con absoluto cinismo. Para Ismael supone una coyuntura extraordinaria para repartir inseguridad y... miedo. Nada más fácil para su dudosa integridad que mantener insegura el alma del subordinado, que como candidato a sufrir las consecuencias de una regularización podría estar dispuesto a firmar un contrato de compra-venta con el diablo. Algunos piensan que Ismael y los de más arriba realizan verdaderos pactos con el Maligno. ¿Habrá vendido Ismael su propia alma en pena? Siempre pensé que eso de vender el alma estaba reservado a historias de moda en otra época. Viejos relatos de gran tirada en su día.

 

No es posible, llevamos un buen rato parados y no hay rastro de otro tren ni han usado el altavoz para informar de lo que pasa. Sea cual sea el motivo de esta inmovilidad resulta cabreante. El día que decido plantar cara a Ismael me veo embutido en esta caja de sardinas. Menos mal que hay aire acondicionado. Si no, iríamos camino de la deshidratación.

 

Aquella pareja de allá al fondo... Han dejado de besarse por primera vez desde que me metí en el vagón. El de la boina les mira descaradamente. No sé si por lo que dije sobre los obsesos pero me da la sensación de que les mira envidiando al chico. O quizá sea a la chica. Imposible distinguir.

¿Qué pasa? ¡Todo está a oscuras! No veo absolutamente nada. ¡Eh, conductor! No sé por qué chillo, el maquinista o como se llame está justo en la otra punta del tren. No puedo creer lo que está pasando. Alguien a mi lado me empuja: Eh, oiga, no atropelle...

–¡Qué gentuza! No pueden dejarnos aquí en medio –voceó otro al fondo–. ¿Es que no van a hacer nada?

 

Veo una luz tenue a lo lejos. Es una de esas de emergencia, pegada a la pared del túnel. Ni un sonido. Estamos en la penumbra y no se oye más que el roce de nuestras ropas. La respiración... En el vagón siguiente hay sombras que se mueven de un lado a otro. La mayoría permanece de pie. En este vagón debemos ser muy formales. Alguno golpea de forma ocasional la ventana, pero no dice nada.

 

–Oiga, señor, ¿usted ve algo? –me pregunta una voz que surge a mi derecha.

–Nada en absoluto. Los del vagón siguiente deben guiarse por alguna luz de penumbra, porque van de un lado a otro. Si se pega a la puerta que nos separa de ellos lo verá, pero no le aconsejo moverse. Yo lo hice hace un momento y me he golpeado con una barra. Todavía me duele.

 

–¡Que nos saque alguien de aquí! –ruge una voz grave rasgando la negrura. Por algún motivo desconocido, algunos viajeros creen que deben intervenir también: “Es que no hay derecho”– “Estos inútiles del metro no se han enterado de que estamos aquí.”–“No funciona el aire acondicionado. Nos vamos a asar.”

–¿Y si a alguno de nosotros le da un ataque?  –protestó ofuscada una señora–. No pueden mantener el tren aquí más tiempo. Me voy fuera. –La mujer intenta apearse del vagón pero parece que la puerta no se abre.

–Están selladas –dice la voz que está a mi lado. Creo que es el de la boina. Estoy a punto de preguntárselo: ¿Es usted el obseso de la boina? La situación me está poniendo nervioso y no sé qué debería hacer. Busco en mi mente las normas aprendidas en tantos cursos para ejecutivos: “Respira hondo y retén el aire tres segundos. Después lo sueltas lentamente”.

 

Inútil. Me pongo más nervioso. Es como las técnicas de negociación que intentan embutirte en el cerebro en esos cursos. En la práctica tienen poca aplicación: Que si has de esperar a que el otro diga la última palabra, que no muestres todos tus ases... “Reserva la mejor baza para el final” y cosas así.

 

Algunos encienden sus mecheros para intentar romper el velo opaco que nos rodea. Son sólo tres y no es suficiente. Lamento profundamente que cada vez sean menos los que fuman.

 

Una voz de mujer joven con acento alemán se oye nítidamente en la negrura:

 

–Yo me iba hoy a la Alemania, perro no sé si puedo. Esto que pasa no sé qué es.

 

Alguien próximo a ella intenta seguir una conversación:

 

–¿Y llevas mucho tiempo en España?

–Tres años. Es bastante, sí. Soy estudiante y me voy a mi casa en el verrano. ¿Y usted dónde vive?

–Eh... yo vivo en Madrid. Me cojo vacaciones ahora y marcho al pueblo.

 

En ese instante, un aviso suena a través de los altavoces:

–Señores viajeros, vamos a efectuar un cambio de máquina, Rogamos que permanezcan en sus asientos.

 

Parece que la noticia cae bien entre los presentes. Además, podemos ver un poco mejor con la luz carmesí del anuncio electrónico que, inesperadamente, surge ante nosotros desde su hasta entonces apagada ubicación en el lateral del vagón. No se restablece la iluminación normal pero algo es algo. La parejita que se besaba con pasión momentos antes del apagón se ríe ruidosamente. El chico susurra cosas que resultan la mar de graciosas a los oídos de ella. Estoy apunto de rogarle que me lo cuente a mí. Siento una necesidad de saberlo que ralla en lo inquietante. No acierto a saber qué influye exactamente en mis pensamientos, no consigo ver con claridad, ni dentro ni fuera de mí. Esto último por razones obvias: no hay rastro de un foco de luz que nos aclare de una vez esta noche cerrada que lo envuelve todo.

 

Vaya, ahora se mueve el vagón de enfrente... bueno, lo cierto es que no hay otro. Este es el vagón de cola. Entonces ¿qué significa que estén separando al resto y nosotros estemos aquí, aislados?

 

–¡Era lo que nos faltaba! –protesta una voz aguda, que no sé distinguir si es de hembra o de varón.

–Esto es la leche, ¡se han olvidado de este vagón! –añadió el hombre que hablaba con la mujer alemana.

–Pero, ¿es que no van a sacarnos de aquí? –gritó el chico besucón, que parecía haber perdido enseguida su vis cómica–. Yo me largo ahora mismo... –el intento fracasa al igual que el de la señora de antes.

–La puerta está bloqueada, ya lo advertí –insistió el de la boina.

–Pues la destrozaré –acto seguido, el joven arremetió contra la puerta a golpe de hombro, como en las películas.

–Pedro, que te vas a hacer daño –le avisó la novia. ¡Quédate conmigo! –chilló.

 

Se levantan varios de los ocupantes de esta especie de ataúd colectivo, pretendiendo quizá resolver algo mediante la agitación caótica de sus brazos y el giro de sus cabezas a uno y otro lado. Parece como un hormiguero humano que hubiera sido pisado por un pie gigantesco. Lo que sucede es que la gente tiene aplastada la moral.

Ningún aviso más en los altavoces. El letrero electrónico continúa sin cesar su interminable tira de palabras, vacías de contenido útil: “Temperatura, 34 ºC, hora 13:42. Próxima estación Nuevos Ministerios”.

 

–¡Que alguien nos saque de aquí! –aúlla una voz desesperada. La  temperatura va aumentando al igual que la desesperación de todos nosotros. El resto del tren se ha alejado completamente del vagón de cola, esta tumba de metal donde nos encontramos. Antes me dio tiempo a contar los que somos: cuarenta y ocho. Casi medio centenar de desgraciados abandonados en una vía de metro. Qué ridículo. ¿Cómo no vamos a ser capaces de romper una ventana? Ahora mismo voy y... alguien se me ha adelantado y esta golpeando un cristal con su maletín.

–¡Vaya mierda! Ni se ha arañado. ¿Alguien tiene un martillo?

 

Otro le contesta con sorna:

–No, si te parece saco un destornillador del juego de herramientas del bolsillo y quito la ventana entera. Memo...

–Oye, a mí no me insultes, cara de huevo.

–¿Qué me has llamado? Eso lo será alguno de tus muertos, capullo.

 

Ambos ciudadanos se enzarzan en un intercambio de improperios que pronto da paso a la acción. Debido a una bofetada del contrario, uno de ellos pierde pie y cae sobre otros que están detrás. La que se arma en pocos segundos es monumental. Gritos, palabras malsonantes, empujones, golpes... parece que no quede nadie en este vagón-prisión con suficiente aplomo para estudiar una salida. Pero... claro, eso es, tengo que quitar los tornillos. Uno de esos exaltados lo dijo: los tornillos de la ventana. Tengo un cortaúñas que..., –¡cuidado!–, casi me estrujan contra la pared estos energúmenos. Los chillidos de las mujeres resuenan con una frecuencia agudísima. La cosa empeora a cada momento.

 

El cortaúñas, tengo que sacar como sea el marco de la ventana. Vamos, eso es, así. A medida que progreso en mi esfuerzo de escapar a esta locura, imágenes de todo tipo van pasando por mi cabeza: luchas encarnizadas entre fieras. Sí, los que se golpean a mi alrededor me recuerdan a eso, son peores que eso; una manada de hienas devorándose los unos a los otros.

 

No sé cuánto tiempo llevo quitando tornillos y... ya está, ¡lo conseguí!

Nadie se ha dado cuenta. Claro, se han arremolinado casi todos en el otro extremo y con el tumulto que están armando es imposible que se enteren de lo que estoy haciendo. Bueno, espero que quepa por el hueco de la ventana. Un poco más y... ¡Fuera!,  ¡Estoy fuera del ataúd!. Qué horror. Los de ahí dentro se están machacando. 

 

Debo encontrar ayuda. Ni me atrevo a avisarles. No me oirían siquiera. Allá se las compongan. Tal como están los ánimos es mejor dejar que se den cuenta por sí mismos de que hay una salida. ¿O estarán tan cegados por su odio que no la verán? Avisaré al jefe de estación en cuanto llegue al andén. Gracias a Dios me he librado de ese encierro. Prefiero mil veces enfrentarme a mi jefe. Sí, ese elemento que lleva el mismo nombre que dos Sha de Persia y un sultán alawi de Marruecos. Cuando esté frente a él le diré: “Ismael, he decidido que..., bueno creo que debo decirte... vaya, resulta... pues que... lo he olvidado”.

 

No quiero dejar que el odio me ciegue, no señor. Prefiero pasar por conformista que dejarme llevar por una actitud intolerante. Como esos del vagón. Con su ceguera no se han dado cuenta aún de que hay una esperanza. Y es que muchos permanecen ciegos aunque los rayos del sol les inunden de luz.


PROVEEDOR DE ALMAS

Me miro en el espejo y me detengo a pensar. Ya no recuerdo cuando fue la primera vez que lo hice. Normalmente no tengo tiempo para la reflexión. Y menos cuando me miro en el espejo del baño mientras me arreglo para ir al trabajo. Mi cerebro me atrapa en multitud de pensamientos, mil y un problemas, como ese cliente distribuidor de zumos. Hace cuarenta días que no paga el muy ladino. El seguro del coche vencerá la semana que viene. Comprobaré si hay suficiente saldo en la cuenta. Y el viaje a Bruselas para la reunión de... Si, esta vez parece que esa convocatoria internacional esconde algo bueno. Casi todos los agentes de ventas del departamento de espumosos se darán cita allí. Claro que a todos nos atrae lo mismo: hacerse valer ante la Junta. Sólo espero que no nos devoremos unos a otros; me guardaré bien las espaldas... ¡Vaya!, el teléfono sonando justo ahora! No hay cosa que más me reviente que pegar la cara llena de espuma de afeitar a ese cacharro.

–Sí, diga...

–Hola hijo, ¿Cómo estás?

–Hola, madre. Estaba intentando afeitarme. ¿Qué tal papá?

–Sigue con la pierna fastidiada, pero se encuentra bien. Ya sabes lo exagerado que es...

–Supongo que no le quedarán muchas ganas de volver a hacer senderismo. Al menos, no por los picos de Europa. ¿Qué dice Mayte?

–Tu hermana anda tan preocupada como él. Asegura que a los setenta ya no se tiene edad para ciertas cosas.

–¿Irá a veros a la montaña?

–No va a poder. La tienda no le deja tiempo.

–Vamos, mamá. Empieza el mes de Julio. Hay poco movimiento. La gente desaparece de Madrid. Lo que pasa es que a ella le apetecerá más estar con su Daniel del alma.

–Qué le vamos a hacer... ¿Y tú? ¿Vas a venir?

–Estaré un par de semanas en el extranjero.

–Esta bien, no contaré con vosotros hasta Septiembre. Por cierto, ¿sabes algo de... Yolanda?

–Nada, excepto que debe sentirse muy feliz por haberse librado de mí. O es que hay algo que deba saber...

–No. Pero me parece que no debes darte por vencido, hijo. No es la primera vez que te digo que ella no tiene la culpa.

–¿Culpa de qué?

–De que el trabajo no te haya permitido atenderla como se merece.

–Venga, madre, no me vengas ahora con lo de siempre.

–¿Por qué no pruebas a ser más humilde con ella?

–Reconozco que no he sido la pareja ideal, pero... Yolanda tampoco ha puesto mucho de su parte. Es absurdo volver sobre este asunto.

–Yo sólo deseo vuestro bien.

–Es un camino sin salida.

–Plácido, hijo, te vendría bien intentarlo. Estás encerrándote demasiado en tu mundo y... no dejas que nadie entre allí. Tu padre está preocupado; ve que te alejas de nosotros sin motivo.

–No me pasa nada, madre. ¿Es tan malo desear independencia?

–No creo que te haga ningún bien en estos momentos, Plácido. Precisamente cuando más nos necesitas...

–Vale, madre. No sigas. Mira, ahora he de dejarte o llegaré tarde al trabajo. Da recuerdos a papá. Y a Mayte. Hasta luego.

 

Vaya con la familia, siempre haciéndote sentir culpable. En fin, esto no durará mucho, no. Estoy deseando que llegue el momento de dar el salto y marcharme lejos,  una casita oculta entre montañas... Ellos tienen una. Que les aproveche. Hacen que me sienta enquistado, bajo su atento ojo fiscalizador. ¿Abandonar mis raíces? ¿Y qué? Lejos quedarán las andanadas verbales de mi padre. <<No pusiste interés, Plácido; permitiste que tu matrimonio se fuese por el retrete; pobre Yolanda, convertiste su vida en un pozo vacío. Una vida yerma, sí, Plácido, hijo. Se entregó a ti sin condiciones ¿Y qué le diste tú a cambio? Un día a la semana para re-encontraros tras tus innumerables viajecitos de vendedor de altos vuelos. Que si esta convención en Paris para jóvenes emprendedores; que si ahora has de ir a Barcelona a ese curso sobre comercio exterior... Plácido, hijo. ¿No veías que el matrimonio se deshacía entre tu egoísmo y su vacío?>>.

 

Pretendían que las cosas siguieran su curso apaciblemente, que nada perturbara sus armoniosas vidas. Nada de eso, padre –pienso yo–. Mi realidad no coincide con la tuya. Afortunadamente, me siento libre. Ahora sí. Nada me retiene ya en esta etapa errónea de mi vida. ¿Qué hay de malo en querer hacerse un buen sitio en la sociedad? Seguiré adelante con familia o sin ella.

 

No he conocido grandes obstáculos en mi trayectoria como vendedor técnico de Molfruit Limited. Soy responsable de cuentas importantes para el negocio que mantiene la multinacional americana en España.

 

Atiendo la distribución de bebidas refrescantes a cadenas hoteleras, grandes superficies y centros de ocio. No se puede decir que esté a disgusto con mi trabajo. Percibo un sueldo que la Compañía ingresa en mi cuenta con puntualidad todos los meses. Con él puedo pagar la hipoteca de la casa. Es un acuerdo al que llegué con Yolanda cuando decidimos romper hace unos pocos meses. Le he pagado la mitad del valor que tenía el piso cuando lo compramos el año pasado y sigo pagando las letras a cambio de ser el único propietario. Me he empeñado en otro crédito para poder acarrear con todo ello, pero creo que ha merecido la pena. Cuando llegue el momento venderé la casa seguramente por el triple de lo que nos costó. Pero no caeré en la trampa de adquirir otra en una zona donde el metro cuadrado de suelo se haya triplicado también. Me apartaré todo lo que pueda de lo convencional. Nada de urbanizaciones con enormes zonas comunes, piscinas de adultos y niños, “paddle”, tenis y unidades familiares de dos sueldos que aunque no les llegue para acabar el mes con la despensa suficientemente abastecida, son capaces de mantener impecables sus todo-terreno y coches de marca, a los que se les ve subir o de los que se les ve bajar perfectamente vestidos con su ropa también de marca, en muchos casos adquirida en esas tiendas que rebajan el precio por tener el género algún defecto.

 

Seguramente, con mi nómina segura y las responsabilidades de mi puesto en Molfruit, muchos aceptarían llegar a jubilarse en esas mismas condiciones sin mayor problema. En mi caso, sin embargo, observo que mis jefes me alientan con palabras de apoyo a mi labor y todo eso, pero esas buenas intenciones no llegan a materializarse en recompensa alguna. Ni promociones, ni incremento salarial que no sea el estipulado en uno o dos puntos por encima de la inflacción.

 

–<<Estimado Plácido, vas por la senda apropiada; en poco tiempo conseguirás situarte entre los mejor clasificados dentro del ranking anual. Ya verás como eso acaba siendo bueno para ti. >> Es lo que suele decir Benito Hidalgo, mi superior inmediato, poniéndome una mano sobre el hombro y sonriendo desde un rostro carnoso en el que dos ojos como dos trozos de carbón se hunden en sus cuencas atrapadas entre tanta masa facial. Créanme si les digo que, a veces, da la sensación de que sus rasgos cambian por momentos, como una gran bola de plastilina que unas manos invisibles deformaran a su antojo.

 

En Molfruit, las carreras profesionales se desarrollan con extraña lentitud. Somos un total de doscientos empleados entre los que hay muy pocos que no tengan un master o galardones así. Personalmente estoy convencido de que para triunfar en la vida no hay que tener más que talento. Nada más y nada menos. Llega un momento en que es inútil atesorar títulos. En Molfruit seleccionan a la gente  mediante criterios tan aleatorios que no sabes si la capacidad de hablar correctamente tres idiomas y haber realizado no sé cuántos cursos de postgrado, significa lo mismo a efectos de contrato y promoción que haber sacado a duras penas la carrera y chapurrear el inglés, como les ocurre a la mayoría de los directivos de la filial española. A ellos no les hacen falta esas herramientas.

 

Aquella mañana, la de aquel día en que empezó todo, miré el reloj con los ojos entrecerrados por el aturdimiento de haber dormido poco. Al comprobar que habían dado las ocho y media decidí poner rumbo a la oficina sin tomarme un segundo vaso de café, aunque eso habría contribuido a resucitarme del todo.

 

Debía asistir a una reunión a primera hora con mi superior Benito Hidalgo. Me tenía intrigado con el secretismo que impuso sobre ello, pues no me adelantó ni una palabra al respecto. De cualquier manera, yo intuía que se trataba de algo bueno.

 

Mis jefes han intentado siempre convencerme de que Molfruit Limited aporta una seguridad y estabilidad en el puesto de trabajo que no se encuentran en ningún otro sitio. Claro que, corres el riesgo de empeñar tu vida en ello y al final encuentras que te has estancado, como si hubieras permanecido todo ese tiempo en medio de una ciénaga intentando salir a flote, persiguiendo un objetivo que está ahí delante, retándote. Siempre a la misma distancia, es decir, inalcanzable.

 

A veces pienso que mi hermana Mayte ha sabido dar con algo mucho más tangible. La tienda de deportes de la calle Ayala le está reportando un jugoso beneficio. Ella no fue a la Universidad. Es un ejemplo de aquellos que no han necesitado una preparación especial para ganarse bien la vida. Siempre la he admirado por la facilidad con que parece resolver sus problemas. Espero que le vaya lo mejor posible con Daniel.

 

En fin, en esa mañana de finales del mes de Junio llegué hasta mi mesa dispuesto a iniciar  una nueva jornada; eso lo hago todos los días con buen ánimo. Encendí el ordenador y antes de que pudiera sentarme, observé la breve figura de Benito quien, situado bajo el marco de la puerta de su despacho, se dirigió a mí con un gesto indicando que le acompañara.

 

–Hola Plácido– me saluda con su sonrisa irregular–. Pasa y cierra la puerta, por favor.

Me invita asentarme y me hace entrega de un memorando escrito en inglés.

–Ten, léelo –indica escuetamente. Yo obedezco sin pestañear y a los dos minutos le miro con expresión de sorpresa:

–Parece que la central quiere lanzar un nuevo producto a escala internacional y que seremos el primer país en ponerlo a prueba ¿no es cierto?

–En efecto. El Jefe de Ventas para Europa, Marvin Dumas, nos lo ha asignado como prioridad. Ha establecido como plazo de inicio de campaña el primer día de Agosto.

–¿Tan pronto? –me oigo decir. Al instante siguiente quiero rectificar prudentemente–. Es que me parece poco tiempo para emprender algo así. Los estudios de mercado, las pruebas de paladar... y poner a punto la línea de producción, ¿Crees que los de la factoría de Hamburgo la tendrán lista?

–Ya hemos avanzado ese paso. Durante todo este mes he estado haciendo gestiones con los alemanes y la línea de espumosos tendrá habilitado un tren para embotellar la nueva bebida a finales de la próxima semana.

–Un batido “revitalizante”. Parece interesante... innovador, sí.

–Sobre todo en verano, una estación en la que tenemos puntas de ventas del treinta por ciento sobre el resto del año. Piensa en eso, Plácido.

–Desde luego, Benito. Es solo que... los grandes clientes demandan más atención en esta época y la gente de nuestro departamento se va de vacaciones –reflexiono un momento antes de continuar–, pero ¡qué caray! Es una buena oportunidad para aumentar la cifra de negocio.

–Bien, Plácido, bien. A partir de ahora te responsabilizarás de preparar la campaña –afirmó, rotundo, sin dejar un resquicio para la duda o la objeción. Pese a ello consigo reunir la entereza suficiente para decir:

–Ehh, sólo una cosa más, Benito. ¿Quién colaborará conmigo?

 

Al oír esto, los dos tizones que son sus ojos me miran de arriba abajo:

 

–Pues nadie, Plácido. ¿Acaso necesitas a alguien? –detecto un reflejo de cinismo en el comentario.

–No. Olvídalo –titubeo–. Esto... Supongo que nadie en el departamento sabe nada aún.

–¿De qué? –inquiere con sequedad.

–Sobre la campaña.

–Mira, desde este momento te harás cargo de todo lo referente a este asunto. Haz lo que estimes oportuno. Me mantendrás informado cada día de tus progresos y nada más.

–Bien, así lo haré, Benito.

–Adiós Plácido –dice. Se  levanta de su sillón giratorio y me acompaña hasta la puerta.

–Que tengas suerte –concluyó.

 

Francamente, si yo no hubiera deseado cubrirme de gloria ante aquella oportunidad, la nueva responsabilidad que Molfruit quería depositar sobre mis espaldas me habría llenado de temores. He de reconocer que mi ambición por escalar posiciones en la jerarquía empresarial me motivaba sobremanera. Como también he de aclarar que, al contrario que los tiburones que pululaban por el departamento, yo me conducía con excesiva dosis de un entusiasmo puro que rallaba en la inocencia. Nunca había concedido importancia al hecho de emplear la cantidad de tiempo que hiciese falta para contentar adecuadamente a mis jefes. Y eso me obligaba tanto a desplazarme durante días al extranjero como a asistir a reuniones que se prolongaban hasta la noche. Esto pasó factura a mi matrimonio. Mi relación con Yolanda fue deteriorándose progresivamente hasta que la cosa no tuvo remedio. Quizás ha sido demasiado ingenuo por mi parte haberme entregado ciegamente a mi trabajo, confiando en llegar a consolidar una posición respetada en Molfruit, creyendo que mi mujer aguantaría aquello estoicamente. Ni siquiera pensaba en que podría llegar a hacerle daño. Es la misma ingenuidad que me animaba a ofrecer mi ayuda incondicional a mis compañeros cuando les veía apurados de tiempo o a hacer favores a quienes me lo solicitasen. No me consideren un bendito. Nada de eso. Lo que creo es que me dejo llevar por el impulso, sin reflexionar mucho en la conveniencia o no de tomar una decisión u otra. Si puedo echar una mano a quien lo pide, sigo adelante. Probablemente doy la sensación de ser conformista, como un soldado que acata todas las órdenes. Si intento cuestionar algo que me proponen, como ocurrió en el caso de la campaña de lanzamiento del batido energético, no tardo mucho en mostrarme sumiso. Quizá sea por instinto de conservación, en lo que al trabajo se refiere. No contrariar a los jefes suele ser una actitud prudente. Lo mismo puede trasladarse a una conversación con familiares o conocidos; basta que muestre disconformidad para que de inmediato el otro se abalance sobre mí intentando imponer su criterio como sea, lo cual puede que me indigne, pero no deseo echar leña al fuego y prefiero no ser beligerante. Al final, el que pretende avasallar con razones o sin ellas se calma y se vanagloria de su supuesto triunfo. La fiera se muestra mansa. En realidad me importa un rábano si el interfecto se siente ufano a mi costa. Cada cual es libre de continuar por lo que cree es camino seguro aunque conduzca a un despeñadero 

 

¿Qué más da? Nadie gana.

 

El caso es que, tras conocer mi nueva misión de llevar a buen puerto lo del batido, me puse manos a la obra de inmediato. En menos de una semana logré recopilar las estadísticas del mercado de bebidas refrescantes que me resultaban necesarias: El número de personas que consumen tal o cual brebaje, estimado según las encuestas más recientes echas en la calle o en el domicilio de los encuestados por entidades especializadas y cosas así. Incluso distribuí un cuestionario por Internet para tener mi propia visión sobre el asunto. El resultado lo resumí en la reunión de departamento del diez de Agosto, ante un auditorio compuesto por Benito Hidalgo y una treintena de compañeros, algunos de ellos ávidos por descubrir algún punto débil en mi exposición:

 

–Los casi cincuenta millones de litros de este tipo de bebidas consumidos en nuestro país –decía yo–, suponen casi el doble de lo consumido en el período anterior. Teniendo en cuenta que los medios especializados anuncian que en nuestro país aún está en pleno crecimiento ese sector del negocio, el futuro a corto y medio plazo es más que prometedor. Puede que encontremos una mina en nuestro nuevo producto.

 

Una voz familiar intervino para poner en duda lo anterior:

 

–Sí, pero la competencia tiene copado el ochenta por ciento del mercado y tendremos que luchar contra esa realidad. La mina puede convertirse en explosiva y estallar en nuestras manos– se atrevió a afirmar Javier Gómiz, el principal candidato a supervisor de zona –¿Cuánto crees que nos costará poner en marcha el proyecto hasta hacerlo rentable?

 

El ladino de mi jefe podría haber informado a los allí presentes que la idea procedía de la Central en Estados Unidos y que yo era un simple empleado con la única responsabilidad de cumplir órdenes, pero, como descubrí más tarde, se lo guardó a buen recaudo con una doble intención: que yo demostrara saber defenderme para no servir de carnaza para los lobos y a la vez permitir que voces imprudentes, excesivamente arrogantes o bien entrenadas para descalificar, dejasen palpable si yo, Plácido Ruán, contaba o no con las simpatías de unos y otros. De ello sacaban provecho los superiores para escoger a las futuras figuras promocionables que resultaran menos conflictivas.

 

–¿Quién formará el equipo y cuánto durará la campaña? –escupió el supervisor Ronaldo Asís, encarnizado oponente de todo aquél que aparentara querer destacar en Molfruit.

 

Contesté sin inmutarme:

 

–Únicamente yo he sido designado para sacar adelante la campaña, que empezará el uno de Agosto –el exagerado gesto de escepticismo con el que Ronaldo reaccionó a mis palabras fue acompañado por un murmullo general.

–¿Tú  ...sólo?– inquirió con tono incrédulo.

 

Media hora más de diatribas con otros que siguieron el ejemplo de Javier Gómiz, permitió por fin desvelar el enigma:

 

–Plácido –dijo Amelia Cifuentes, encargada de publicidad–, ¿has tenido en cuenta que en este país la cantidad de gente que practica deporte no es mayoritaria? Esos cincuenta millones de litros son la suma de un buen número de bebidas que no deberías meter en el mismo saco.

–Nuestro producto cubre ampliamente todo el espectro –repuse sin dudar, aunque cada vez más convencido de que allí en medio crecía la confusión como consecuencia de los manejos de una malintencionada mano invisible.

–El nuevo refresco –continué– es resultado de los estudios de la Central de Atlanta. Allí lo tienen que tener muy claro para haberse decidido a dar este paso, amiga mía.

–Entonces... ¿no se trata del “Action Beverage” que llevan promocionando en Europa desde hace meses?

–No sé por qué pensabas eso.

–Vamos, Plácido. Los que estamos aquí lo sabemos. Y tú el primero –apuntó Javier Gómiz.

–Siento contrariarte, Javier –repuse–, pero el producto es tan nuevo que aún no tiene nombre y España será el primer lugar donde se lanzará, a modo de prueba.

 

Me pareció que todos se miraban unos a otros; algunos se revolvían incómodos en sus asientos. Otros hacían gestos como si aquello hubiese sido un golpe a traición, astutamente urdido por mí para comprometerles ante Benito y los demás. Desde luego, algunos lamentaron sus públicas críticas y miraban al suelo, supongo que buscando la mejor forma de encogerse sobre sí mismos en un desesperado intento por volverse inmateriales.

 

Cuando finalmente Benito Hidalgo dio por concluida la reunión, me sentí aliviado, si bien no podía evitar una extraña sensación de vértigo, como si hubiera estado a punto de precipitarme por el borde del precipicio ante el que alguien me había conducido para ponerme a prueba. Ahora eran otros los que se veían en situación de equilibrio inestable, perdidos en un mar de dudas. “¿Qué habrá pensado Benito cuando cuestioné la capacidad de Plácido para enfrentarse sólo a la campaña?” –se diría Ronaldo Asís. Estoy seguro que notaba un hormigueo que le recorría el estómago de arriba abajo. Amelia Cifuentes se interrogaba sobre consecuencias similares: “No he debido criticar el criterio elegido por ese mamarracho de Plácido para elaborar sus malditas estadísticas, pues es el mismo que ha utilizado la mismísima central de Atlanta. Ahora me he quedado con el culo al aire... ¿Repercutirá esto en mi clasificación en el Ranking?

El único que permanecía sereno tras la reveladora conferencia era Javier Gómiz, a quien puede definirse como una clase de animal omnívoro con la inusitada capacidad para cambiar el color de la piel o incluso mudarla con tal de obtener lo que busca. Abocado a un puesto de cierto privilegio por sus buenas relaciones con Mario Izquierdo, Director General de Molfruit España, S.L., Javier Gómiz sentía sus espaldas bien seguras. Don Mario se graduó en Empresariales en el mismo año que el tío segundo de Gómiz, un preboste miembro del Consejo de Administración de un gran banco, con quien compartió muchas ocasiones de fiesta y desenfreno a lo largo de su carrera universitaria. La insolente actitud ante la vida de Gómiz era consecuencia directa de la facilidad con que habitualmente conseguía superar todos los obstáculos gracias al oportuno respaldo de su tío, quien hacía tiempo que llegó a hartarse de acudir allá donde su sobrinito lo necesitara para sacarle del atolladero al que sus relajadas costumbres solían conducirle. Se lo dijo claramente: “No volveré a mover un dedo por ti, Javierito. ¿Lo has entendido? ”.

 

Fue su andanza más reciente. Y la última. Había contraído deudas de juego por valor de cien mil euros en el Casino de Torrelodones, adonde solía acudir cada dos por tres animado por una racha de buena suerte que le mantendría atrapado entre los verdes paños de las mesas de los crupieres, convirtiéndose aquel centro de ocio y despilfarro en su segunda morada después de la oficina. Apenas aparecía por su casa del barrio de Moratalaz, un destartalado apartamento ubicado en una apartada callejuela próxima al Arroyo de la Media Legua, donde frondosas acacias ocultaban el triste aspecto de unas paredes de ladrillo viejo ajado por el implacable castigo del tiempo. El ejecutivo aspirante a la gloria adquirió el piso hace un par de años, cuando aún no había sucumbido a las tentaciones del bacarrá o la ruleta y se vio beneficiado por un blandísimo crédito hipotecario inferior al tres por ciento. Hasta que fue ascendido a la posición que en pocos años podría conducirle al cargo de supervisor, Javier no había necesitado disponer de casa propia. Vivía en casa de sus padres, un pequeño piso del barrio de Esperanza, a todo tren y cómodamente instalado como una garrapata aferrada al cuello de su can favorito. No había fin de semana que durmiese en casa, por más que su apurada madre insistiera con el ahínco derivado de la ansiedad maternal por conocer el paradero de su retoño.”Javierito, que te pierdes. Cada vez que sales por ahí a esos sitios de copas y música rara me tienes con el alma en vilo. Y tu padre no aguantará mucho más. El otro día me dijo que iba a  hablar contigo en serio. No sé que es lo que le ronda por la cabeza pero... Javierito, que ya no eres un crío.” En efecto, los treinta años recién cumplidos por el hijo de Doña Maria y Don Antonio, tenían crispado a este último ante lo que consideraba una excesiva dosis de caradura del único descendiente que consiguió tener el matrimonio. Los intentos posteriores resultaron completamente vanos, aunque Don Antonio habría sido el hombre más feliz del planeta de haber podido aumentar la prole. Pensaba en ello sobre todo ahora, cuando la falta de responsabilidad de su hijo único le había demostrado en tantas ocasiones que como no sentara la cabeza terminaría por arruinar su vida junto a alguna de las mulatas que frecuentaba en sus salidas nocturnas, por las deudas de juego o por las dos cosas a la vez. “¿Es que no eres capaz de entablar una relación formal con una chica de tu propio país?”, solía cuestionarle Don Antonio, exasperado por aquella debilidad, una más a añadir a la larga lista de lindezas atribuibles al angelito. El rechazo que producía Javier Gómiz en su propio padre se correspondía con el efecto que causaba sobre todo aquel que llegaba a conocer un poco su superficialidad, propia de una manera de ser que eliminaba cualquier intento de profundizar, de interesarse por las inquietudes que pueden atenazar a uno en un determinado momento y que te inducen a buscar ayuda en una voz amiga. Una voz a la que escuchar y que te escuche, alguien a quien confiar miedos y algún secreto de vez en cuando, alguien que te hable con sinceridad para hacerte sentir mejor, aflojando el nudo de las preocupaciones que oprimen el alma. Javier no era una voz amiga. Más bien se trataba de un muro que se interponía entre tú y la realidad impidiéndote ver claro. Quien se acercara a él con intención de obtener respuestas no encontraba nunca una opinión, un comentario que comprometiera a Gómiz en nada en absoluto. Era un hombre vacío de recursos para nadie. Repleto de ideas para ayudarse a sí mismo. Las pocas ocasiones en que hemos coincido y que nos han permitido intercambiar palabras ajenas al ámbito estrictamente laboral han tenido como escenario la barra del Goya, un bar del parque empresarial donde Molfruit tiene instaladas sus oficinas. Ahora que hago memoria sobre aquellos días de relativo acercamiento entre los dos, me sorprendo al descubrir que no conozco prácticamente nada de la vida de este personaje, como de la mayoría de la gente que me rodea.

 

No es que yo sea muy exigente con la vida que me ha tocado vivir... No, lo que sucede es que algo se ha roto en mi interior. Un resorte ha puesto en marcha un maligno mecanismo y he dejado de ser dueño de mí. No encuentro ningún consuelo para mi conciencia y lo necesito. Quiero descargar de mi mente este fardo insoportable que es mi afán de venganza. Por despecho sé que sería capaz de cometer actos de los que me acabaría arrepintiendo. Y ya he empezado. El primero en sufrir las consecuencias de mi desatino ha sido mi jefe. Don Félix no ha podido soportar que hayan vaciado todos los armarios de su despacho y extraído de su PC el disco duro. Qué decepción al comprobar que sus agendas, tanto la electrónica como la de mano han desaparecido sin dejar rastro. El desgraciado notó un agudo dolor en el pecho que se le extendió por los brazos y finalizó en un infarto fulminante. 

 

El siguiente en caer por su propio peso fue Adámez... Mi viejo Adámez. Ese sí que era un buen fichaje. Trepó al puesto de supervisor en tan poco tiempo que le dieron una mención honorífica... ja, ja. El pobre ingirió una dosis de cianuro como para acabar con un bisonte. Alguien la colocó distraídamente en su plato favorito: setas de cardo. Tampoco resultó falto de interés el cese en este teatro que es la vida, de mi estimada y servicial Irene. Ella sola se forjó el sobrenombre de la comecocos. A todos acababa encandilando. Hasta el día en que dio conmigo y la ayudé a abandonar sus miserias encerrándola en la sauna del gimnasio. Estoy seguro de que me lo agradecerá, aunque ahora esté tan lejos que no pueda oírla.

Pero el que más favorecido ha salido de todo este aprendizaje he sido yo. He conseguido aficionarme a una gratificante actividad: impartir justicia en este mundo pervertido, donde nadie mueve un dedo por otro, ni obra sin buscar el propio interés. Y nadie que no juegue a eso interesa. Ya no me planteo si he de entrar en acción, porque ya lo he hecho. Sólo me preocupa el siguiente paso que voy a dar, a quién he de liberar. Demasiados corazones de piedra. En esta vida prieta de egoístas desalmados... ¡Qué vaguen como almas en pena los desalmados de la tierra!


CUARENTA TONELADAS

Mi jefe lo anunció dejando que sus palabras punzaran mis oídos:

 

–Es una misión hecha a tu medida.

 

Con dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus palabras se agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel de un enfermo.

 

Animado por mi silencio, continuó desgranando lindezas:

 

–Esos dos camiones transportan mercancías muy distintas. El agente de la aduana de Irún confundió los papeles de modo que cada conductor lleva los documentos de carga del otro. Debes presentarte en Aranjuez cuanto antes. Allí te espera uno de ellos. Es de la Compañía Yamas.

–¿Y qué hace en Aranjuez?– conseguí decir con un temblor en la voz. El causante del mismo era un oscuro presagio.

–Cuando los de la aduana cayeron en la cuenta de su error, acordaron con los conductores que coincidiesen en la factoría de pegamento de Aranjuez, que es el punto de entrega de uno de los cargamentos. Entonces intercambiarán los albaranes.

–Así que debo acompañar al otro chofer hasta su destino– comenté con repentina clarividencia. Yo mismo me sorprendí del aplomo que empezaba a sentir a partir de ese momento. Entregado irremediablemente a mi mala suerte, entendí que sería mejor hacerlo desde un punto de vista analítico.

–Supongo que el conductor es extranjero y desconoce Madrid y sus alrededores –añadí con mi recién estrenada perspicacia.

–Lo que tengas que hacer a partir de ahora es cosa tuya. Ten, una copia de la hoja de ruta. Nos la han enviado por fax los de Irún.

 

Francamente, me traía al fresco el origen del terrible papel que mi jefe acababa de encasquetarme por el artículo trece. Mi desolación no iba a disminuir por ello.

 

“Piensa en el Aniversario, Tomás –decía para mis adentros–. Te olvidarás de toda esta bazofia”.

 

Y es que no podía haberme mirado un tuerto otro día más que el de mi Aniversario de boda. Diana y yo habíamos conseguido sobrevivir a cinco años de vida en común, superando nuestras múltiples diferencias. Éramos como un mosaico en el que sólo hubiese piezas de dos colores, enfrentadas y tan sólo unidas por finas hileras de otras tonalidades. Esos elementos comunes contribuían a hacer nuestra existencia más o menos agradable, sin grandes temblores de tierra.

 

Ante lo incierto de lo que iba a depararme ese día, yo no podía hacer menos que esperar un buen final imaginando cómo aprovecharíamos Diana y yo nuestro tiempo.

 

Una última frase de mi jefe echó tierra sobre mi esperanza:

 

–No sé a qué esperas. Yo ya estaría montado en el coche camino de Aranjuez.

–Claro, sólo me preguntaba si ya lo habíamos hablado todo.

–Hasta la vista, Tomás.

 

Salí del edificio con una sensación de náusea que no me abandonaría en las seis horas siguientes. Me encontraba encaramado a la noria del destino y ya no me podía bajar. Lo curioso es que yo no había elegido. Otros me habían colocado allí.

 

Procuré evadirme mientras conducía mi pequeño utilitario. El color verde jade de la tapicería contribuía a relajar un poco la tensión:

 

-Vaya trabajito –pensaba–. Si me descuido hasta me hacen conducir el camión. No había otro más memo que yo para pringarle en esto. Equivoqué la profesión. Debí haberme conformado con aquella plaza de profesor en el Ayuntamiento de mi pueblo.

 

Los carteles indicadores pasaban uno tras otro como anuncios mudos sin interés alguno para mí. Empecé a relajarme pues conozco bien la Nacional IV y sabía que tardaría un buen rato en alcanzar el desvío a Aranjuez. Aquello era simple rutina.

 

En mi despreocupación momentánea me puse a pensar en lo complicado que puede resultar todo por un error humano. En este caso, un simple cambio de papeles entre dos camiones podía arruinar el día de mi aniversario. Aunque, bien mirado, los dos cargamentos tenían como destino la provincia de Madrid. Claro que si cada uno hubiese ido a una punta del país yo no estaría metido en ese fregado:

 

–Le habría tocado a un infeliz de otra delegación –pensé–. Pero no, tenía que repartirse el marrón entre Aranjuez y Humanes. Bueno, mejor será que ponga la radio para ver cómo está el tráfico:

–<<... las retenciones en la nacional IV en sentido Madrid, llegan hasta el desvío a Aranjuez. Se recomienda el acceso a la capital por la nacional 401 entre... >>

–Esto me fastidiará a mi regreso. Que le den morcilla. Puede que para entonces ya no me afecte.

Es curioso, la de gente que nos podemos cruzar en una carretera. Todos parecemos tan... iguales. Nos encerramos en una caja sobre ruedas y salimos zumbando hacia algún lugar. Embarcamos hacia un objetivo pero cada cual persigue uno distinto. Nunca pienso en qué narices le preocupa al que va delante en ese momento de su vida o qué problemas están machacando al que viene de frente.

 

Llegué al desvío. Según el mapa debía coger la comarcal hasta la fábrica de pegamento. Estaba en el kilómetro trece. Buen augurio. Al cabo de media hora vi que no había pasado del kilómetro nueve y no me extrañó. La senda era una sucesión interminable de “eses” y baches. No sé cómo había podido pasar por allí un camión de cuarenta toneladas. Y mucho menos dos.

 

Cuando entré en la fábrica los encontré allí. No había ninguno más, como si esos dos fuesen los únicos dotados con la extraordinaria cualidad de circular sin contratiempos por la infernal carreterita.

 

Nada más abandonar mi coche observé a un tipo con gorra de visera larga que permanecía de pie apoyado en la cabina del trailer rotulado como “Yamas”. Sostenía una pajita de refresco entre los dientes y cuando pasé ante su campo visual esgrimió una sonrisa más bien burlona.

 

–Are you Sam Purvis? –le lancé a bocajarro.

–Sure, man. Who are you? –inquirió a su vez, aunque me daba la sensación de que lo sabía de sobra.

Después de las salutaciones de rigor confirmamos que el destino de la carga era Humanes de Madrid, aunque sin contar con un teléfono de contacto con el lugar de entrega no podíamos confirmar el modo de llegar.

–They’ll wait for us, I guess –dije sin confianza. Y le hice una señal para que me siguiera.

–Please follow the green rat –bromeé señalando a mi cochecito verde jade.

 

La odisea acababa de comenzar.

 

El traqueteo no cesó hasta que alcanzamos la nacional IV. Al lamentable estado del pavimento había que sumar la sensación de que en cualquier momento podías salir disparado por cualquiera de las curvas semiocultas a lo largo del trazado. La abundancia de vegetación a ambos lados de la carreterucha disminuía el campo visual, ya muy reducido por las hileras de árboles que jalonaban el camino. Tan prietas y espesas eran que, probablemente el aire tendría dificultad en traspasarlas.

 

Procuré circular a velocidad prudente, más que nada por la mole motorizada que llevaba detrás de mí.

Miraba frecuentemente por los retrovisores, como si el dejar de hacerlo fuese a traer como consecuencia la repentina desaparición del coloso. La estampa del gran camión articulado reflejada en los espejos del coche impresionaba. El morro alargado exhibía la parrilla niquelada del radiador como el yelmo de un gladiador presto al combate. Dobles hileras de neumáticos unidas por ocho ejes a lo largo del remolque, cuarenta toneladas y novecientos caballos de potencia  perseguían a mi cochecito amenazando con engullirlo de un momento a otro.

 

Abandonamos el camino de cabras y tomamos la autovía en dirección hacia Madrid. Un alivio. Parecía estar surcando un mar en calma. Respiré hondo y me coloqué en el carril derecho. Tráfico fluido, con tiempo de sobra y un sol radiante. La cosa estaba controlada. En la radio anunciaban la próxima visita del Papa con detalles sobre el programa.

 

–Vaya –pensaba–, espero que mi hermanito esté disponible para acercar a mamá a ver a Su Santidad. Detesto esos baños de multitudes.

 

Mi hermano sabe escurrir el bulto con una técnica depurada. Nadie mejor que él para encontrar la coartada perfecta y hacer lo que le place. Y eso que él es el católico practicante. Si practica con el ejemplo alguna vez no le hará daño. Claro que mi madre es culpable por disculparle.

 

Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos. Como esta misión que me ha tocado en el sorteo de marrones de hoy. Cuando acabe me perderé por ahí con Diana el fin de semana para rematar el Aniversario. Bien mirado, eso de perderme se me da de maravilla.

 

Estos pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando me di cuenta que acababa de saltarme el desvío a Fuenlabrada. La primera reacción fue de una mala leche cercana a la ofuscación. Lo que vino después obedeció a un sentido práctico de abandonar cuanto antes la ruta equivocada. Sin embargo, a medida que yo y mi compañero de convoy avanzábamos parecían disminuir las probabilidades de encontrar un escape.

 

Al cabo de un rato vi que lo más seguro era continuar por la M-30 hasta el estadio Vicente Calderón y tomar de nuevo el sentido Sur.

 

–Al menos el irlandés no me pierde de vista –decía para mis adentros–. No quiero imaginar el desastre de tener que buscarle en esta maraña de desvíos engañosos. Sería muy gracioso. A ver, veamos, ahora debemos atravesar el paso subterráneo hacia la cuesta de San Vicente y después ¡zas!, el cambio de sentido.

 

A continuación, algo paralizó de repente el magnífico plan que se debatía en mi cabeza.

 

–¡No! El paso elevado... la altura del camión ¿pasará con ese galibo? Tengo que hacerle parar.

Enseguida me di cuenta que no era posible echarse a un lado. Tres hileras de vehículos apretadísimos entre sí desfilaban sin dejar un resquicio para hacerme sitio. Y menos para el que venía detrás de mí.

El subterráneo quedaba ya a menos de cincuenta metros.

 

–Algo tengo que hacer, maldito tráfico...

 

La solución se presentó en forma de otro camión de dimensiones mastodónticas que iba a efectuar su entrada bajo el paso elevado. Parecía que se fuera a dejar la caja de un momento a otro saltando la parte superior en mil pedazos como una nube de astillas. Nada sucedió. Respiré por primera vez en los últimos sesenta segundos. Sin embargo, no quedé tranquilo hasta que no estuvimos al otro lado.

 

Me vi inmerso en el torrente de vehículos que subía en dirección a la plaza de España para darme cuenta del segundo error.

 

–Será posible... He dejado a un lado el cambio de sentido y ahora ¿a dónde llevo a este para dar la vuelta?

 

Quedaba muy poco para coronar la Cuesta de San Vicente. Había que improvisar un cambio de sentido cuanto antes y no había nada mejor que efectuarlo bajo el puente de la calle Bailén. Qué sorpresa comprobar que era imposible llevarlo a cabo. Era dirección obligatoria hacia el parque del Oeste. Precioso entorno atiborrado de verdes y flores; inmejorable paisaje al borde de la masa urbana y los ríos de asfalto. Un respiro de naturaleza sin duda muy útil para quien hubiera terminado una dura jornada. Para mí no había hecho más que empezar la... cornada. Un pitonazo sin orificio de salida, aún.

 

Descubrí que a todo lo largo que era el parque no había un solo palmo libre de vallas, de las más grandes que colocan las constructoras y que tienen la utilidad de desviar el tráfico por tortuosos caminos.

El follón que había en mi cabeza era monumental.

 

–Ahora tendré que guiar al monstruo hacia el casco urbano, pero... no puede ser, cada vez me voy alejando más del maldito objetivo. Hay que dar la vuelta ¡como sea!

 

Seguí avanzando por el tramo vallado con el gigante rodado siguiendo fielmente mi insegura estela. 

 

Repentinamente, una curva entre los improvisados muros que impedían la visibilidad me condujo a través de un pasillo de un solo carril. Me sentía totalmente incapaz de adivinar por donde iba. Miraba por los espejos retrovisores intentando observar la cara del pobre transportista irlandés para comprobar si la desesperación había empezado a hacer mella en él.

 

Un rostro de piedra parecía mirar sin ver a través del cristal que cerraba su habitáculo rodante, aquel al que se subió en el puerto inglés sin tener la menor idea de lo que le esperaba. Aunque no dejaba traslucir sus sentimientos, imagino que por dentro sentiría algo así como un hervor .

 

La pista seguía sin despejarse, lo cual provocaba en mí una angustia creciente. Era como si una mano diabólica hubiera cambiado los carteles indicadores, interponiendo pasos elevados de dudoso franqueo para el camión, colocando vallas para conducir a una celada sin final... ¿Por qué se ponía todo de punta? ¿Qué nueva maquinación me esperaría al terminar el pasillo de vallas? Aquello se había convertido en una inverosímil atracción de feria, un discurrir sin rumbo por un laberinto demencial.

 

Como una respuesta a mi zozobra, algo se despejó a mi alrededor segundos más tarde. La luz aumentó su intensidad al desaparecer las vallas de ambos lados. Habíamos regresado a los bajos del puente sobre la calle Bailén. Casi habíamos completado un cambio de sentido de forma inconsciente, circulando a ciegas por un pasillo absurdo aislados del mundo.

 

–Ahora hay que pasar bajo el puente –me decía a mí mismo consternado–. He de obligarle a parar.

 

Hice aspavientos con la mano a través de la ventanilla y observé que el irlandés accionó las luces dándose por enterado. Di gracias porque el arcén resultó útil para acoger al convoy sin que estorbara al tráfico. Este empezaba a espesarse por momentos.

 

–Is it enough for the size of the track? –dije señalando al puente.

–It is okay young man. Perfect.

–So, we will turn to the right and drive to the national four again. Do you copy?

 

Esto último de si me copiaba me sorprendió a mí mismo. Parece que las circunstancias me enseñaron enseguida a adoptar términos de los que suponía que usaban los camioneros. Lo había oído en alguna película.

 

Tomar dirección hacia la nacional IV resultó aceptablemente fácil, pero antes tuvimos que aguantar el denso torrente de vehículos que chorreaba lentamente en el mismo sentido. A estas alturas, el amigo conductor al que guiaba debía haber hecho acopio de tanta resignación como toneladas transportaba en su camión. Yo dudaba si aquel robusto irlandés respetaría mi integridad física una vez llegados a nuestro esquivo destino. Podía imaginarme el efecto de un golpe a puño cerrado o abierto propinado por una de sus manazas llenas de dedos como morcillas de Burgos y, la verdad, no me emocionaba.

 

–A lo mejor tengo suerte y decide pasar de mí –pensaba–. Estos sajones son muy distintos a nosotros los latinos. O al menos me conviene que lo sean.

 

Salimos del último semáforo de la Estación del Norte y volvimos a enfilar la M-30, seguro esta vez de que no iba a saltarme ninguna salida.

 

Siempre que me relajo al volante pongo la radio. Es un gesto automático, como si mi cabeza tuviera que estar continuamente llena de estímulos externos, absorbiendo información como una esponja insaciable. El horror protagonizaba las noticias:

 

–<<... un ataque de violencia repentino impulsó a su compañero de mesa a agredirle con una silla. Las lesiones producidas por los golpes son de pronóstico reservado>>.

 

Esto es lo que pasa por trabajar en exceso. Forzar tanto la máquina puede acabar en que nos devoremos los unos a los otros. Me refiero al hecho físico, pues verbalmente y con la actitud de algunos depredadores natos, ya lo estamos sufriendo todos los días.

 

–<<... en lo que va de mes han fallecido en soledad en sus domicilios un total de cuatro ancianos en nuestra ciudad, lo que eleva el número de casos a sesenta y dos en lo que va de año.>>

 

O sea, toda la vida sacrificado para que al final te abandonen sin piedad. Me dan ganas de retirarme a un monasterio. Allí te dan comida, cama, un ambiente tranquilo, un huerto que cultivar...

 

Bueno, no nos despistemos, por favor. A ver, M-40  Fuenlabrada ¡Al fin!

 

Me invadió algo así como un hormigueo por todo el cuerpo. No iba a permitir que el asunto se me escapara de nuevo de las manos. Sabía que antes de llegar a Fuenlabrada existía un desvío: Humanes-Moraleja de En medio. Estábamos cerca.

 

A cada minuto que pasaba crecían mis ganas de reunirme con Diana. Lo cierto es que ella pone el punto de equilibrio en la balanza de mi vida. A veces me pregunto qué sería de mí existencia sin su concepto realista de las cosas. Reconozco que muchas veces estoy en las nubes. Mi imaginación se desborda con facilidad y ella consigue que descienda a lo terrenal. Cierto que no le hace mucha gracia eso que digo de que es el contrapeso que necesito para estabilizarme. Debe sonarle algo burdo. Sé que es algo así como compararla con un bulto, pero no hay que sacar las cosas de contexto. Ella sabe que sólo hablo con mala intención cuando discutimos, cosa bastante frecuente por otra parte.

 

–Cuando acabe todo esto reservaré dos billetes de avión para Ginebra y me la llevo a esquiar al Mont-Blanc. Aunque nos quedemos sin un duro. Ya nos recuperaremos con mi paga de beneficios.

 

Pasaba el tiempo y el esperado desvío no llegaba. Caí en la cuenta de que lo que yo recordaba se refería a la carretera antigua pero no a la M-40.

 

–¿Y si han cambiado el nombre? Cualquiera sabe qué indicador han puesto ahora?

 

Con el alma encogida de nuevo, empecé a sospechar que aquello era lo sucedido.

 

Fijaba obsesivamente mi atención en el cetro de la calzada intentando atisbar la menor señal de un desvío.. El primer cartel anunciador lo encontré a los diez minutos de marcha: Móstoles-Alcorcón. Decidí que por ahí se complicaría aún más mi suerte así que continué sin más.. No sabía que la siguiente salida daba directamente a Fuenlabrada así que cuando divisé el indicador tomé esa dirección sin pensarlo mucho. Temía pasar de largo y regresar a la pesadilla del cambio de sentido.

 

Una vez dentro del pueblo pregunté a un ciudadano si sabía cómo llegar a Humanes de Madrid.

 

–¡Oh, sí! Pero tiene usted que coger la M-40 a la salida del pueblo y seguir hasta que encuentre la salida directa.

O sea que debía haber dejado a un lado Fuenlabrada y tener fe en mis recuerdos. Pero mi autoestima no se hallaba fortalecida precisamente por los últimos acontecimientos.

 

Así que me vi por segunda vez guiando al santo irlandés con sus cuarenta toneladas rodantes a través de un núcleo urbano. Volví a sentirme totalmente vendido a mi incierto destino.

 

–Al final –me consolaba– uno empieza a acostumbrarse a esto de ir a ciegas en manos del azar. Veamos cuántos semáforos nos separan de la M-40...

 

Entonces comprobé con cierto alivio la cantidad de glorietas que habían construido por allí al cabo de los años. Fue una alegría efímera. Aprendí, ya tarde, que allí se entra por un sitio y que para regresar a la carretera hay que atravesar buena parte de la geografía urbana.

 

Estaba hasta las cejas de aquel turismo forzado. Los temores sobre el agotamiento de la paciencia del camionero volvieron a mí de modo que cuando paraba ante un semáforo en rojo llegaba a estremecerme solo de mirar por el retrovisor pensando que en cualquier momento le vería descender del camión decidido a vengarse de su desdicha apaleándome.

 

Mi abuela solía decir: “Quien algo teme, algo debe”, pero quisiera que alguien me explicara por qué yo debía responder como un guía profesional por el hecho de que mi jefe me hubiera cargado con ese muerto.

Últimos cien metros de avenida hasta la M-40. Nos hallábamos otra vez en ruta. Mi voluntad de llevar a término ese viaje gafado era tanto mayor cuanto más difícil se ponía aquello.

 

–¿Y ahora qué? –decía para mí–. Igual resulta que las indicaciones del buen ciudadano son pura basura. Mira que no disponer de teléfono de contacto con el almacén de destino...

 

Me pareció divisar a lo lejos un cartel indicador. Cuando pude leerlo me colmé de gozo:

<<Humanes-Moraleja de En medio>>

 

–¡Bravo! Esta es la definitiva– me animé.

 

Nada más abandonar el desvío encontramos una carretera secundaria y un restaurante repleto de vehículos pesados. Hice señas al irlandés levantando el dedo pulgar para que entendiera que estábamos en el camino correcto y que quería parar allí. Llevábamos una eternidad dando vueltas y el calor de aquellas fechas me había recalentado hasta el cerebro. Había conseguido aguantar la sed porque tenía concentrada toda mi atención en encontrar de una vez para siempre la salida del atolladero. En ese momento había recuperado algo de la autoconfianza perdida y mi organismo demandaba una hidratación rápida.

 

Cuando Sam Purvis, transportista, natural de Cork, Irlanda y sufrido compañero de infortunio descendió del camión, mi ánimo se dividió en dos estados: uno de alerta, pendiente de cualquier gesto que tuviera la intención de aplastarme la cara; el otro respondía a un sentimiento de fraternidad o solidaridad en la desdicha de haber recorrido cien kilómetros juntos dando tumbos, perdidos en un mapa hostil que se negaba a mostrar el final de la etapa.

 

Al mirarnos el uno al otro se reveló enseguida la naturaleza bonachona de aquel individuo. Una sonrisa franca cruzaba su rostro colorado cuando puso un brazo sobre mis hombros y me llevó consigo a la entrada del bar.

 

Una vez dentro y ante dos jarras de litro llenas de cerveza helada me confesó que en su toda vida había sufrido una experiencia semejante. Sus ojos chispeaban de pura sinceridad, doy fe de ello..

 

Trasegamos más de una jarra cada uno, lo confieso, pero es que el espumoso brebaje entraba por sí solo, sembrando refrescantes sensaciones a su paso. Después de las penalidades vividas, aquello suponía un premio que había que paladear poquito a poco, recreándose uno en cada segundo de placer.

 

El buen talante de Sam quedó patente no sólo por lo grato de su compañía y el par de chistes jocosillos con que se desmarcó sino porque incluso pagó las copas.

 

Todo un fenómeno, ese hombre.

 

Cuando salimos del santuario cervecero el día parecía tener otro color. Cada uno subió a su vehículo con inmejorable disposición de ánimo.

 

Empecé a acomodarme en el asiento, me coloqué las gafas de sol... y al instante sentí un aguijonazo en mi interior. Acababa de recordar el detalle de la dirección de entrega:

 

<<Carretera de Humanes a Moraleja de En medio, Km 4,4>>.

 

El lugar donde nos encontrábamos se hallaba en esa misma carretera, sí, pero ¿hacia donde debíamos dirigirnos? ¿a la izquierda o a la derecha? Tendría que adelantarme con el coche yo sólo para localizar el punto kilométrico y después guiar a Sam.

 

–¿Y si pregunto en el bar? Ellos sabrán en qué dirección se encuentra ese sitio.

 

Mientras pensaba en ello salí del coche y me dirigí al borde de la carretera. En su estrechez se asemejaba a una cinta gris que serpenteaba en medio de un paraje llano y pelado. No había vestigios de vegetación.

 

Resultaba curioso. Hasta ese momento no había tomado conciencia del lugar adonde habíamos ido a parar. Quizá por el efecto de la cerveza o del fogonazo interior que sentí al apreciar que la incertidumbre seguía siendo compañera de viaje., el espacio que me rodeaba se reveló ante mis ojos como una estampa desértica en la que el restaurante era la única construcción en medio de la desolación. Incluso los demás camiones aparcados parecían abandonados, sin rastro de vida humana bajo un sol de justicia.

 

A medida que me acercaba a la entrada del bar, percibía un olor característico a goma de neumático, gasóleo y fritanga, elementos que consiguieron devolverme a la realidad de mi misión.

 

Hice un gesto a Sam, quien me observaba con gesto neutro a través de su ventanilla.

 

–I need some information. Wait a minute– aclaré.

 

Nada más entrar en el garito elegí a la persona que me debería orientar: un tipo enjuto, con gafas oscuras que absorbía una gran bocanada de humo de su purito de hoja tostada. Cuando llegué a su altura había empezado a sorber una taza de café.

 

–Disculpe, ¿me podría decir hacia dónde queda el kilómetro cuatro?

 

Me miró tras el humeante recipiente como si el resultado del examen de mi rostro fuese decisivo para que elaborara su respuesta. Un ligero carraspeo y las palabras salieron de su boca casi susurrando:

 

–Tendrás que comprobarlo, amigo. No sé en qué kilómetro estamos. ¿Adónde vas?

–A un almacén de fibras. Es de la empresa Yamas..

–No me suena –repuso el hombre delgado. A continuación se dirigió al camarero, que parecía clavado tras la barra.

–Paco, ¿sabes algo de Yamas?

 

El aludido respondió arrugando la frente:

 

–Ni idea. Por aquí no hay nada con ese nombre. ¿En qué dirección?

–Eso quisiera saber –respondí–. Está en el kilómetro 4,4 de esta carretera.

–Umm, el polígono más cercano está hacia Humanes, a unos tres kilómetros de aquí.

–Y eso es...

–Saliendo a mano izquierda –remató el que habitaba tras la barra.

 

Desdoblé la arrugada copia del albarán de entrega y la escudriñé centímetro a centímetro. En letra casi ilegible por lo desvaído de la tinta pude descifrar algo que hasta entonces me había pasado desapercibido:

 

–Polígono Industrial El Lomo –vocalicé lentamente.

–El Lomo... Es la primera vez que lo oigo –indicó el barman–. Prueba en el polígono que te digo –añadió–. No hay otro hasta el mismo Humanes.

 

Di media vuelta, consciente del todo de que andaba de nuevo por la cuerda floja. Salí lo más rápido que pude de aquel antro y pasé ante el camión de Sam sin mirarle, indicando con el brazo que me siguiera.

 

El efecto del aire recalentado por el sofocante sol sobre la superficie del pavimento llenaba el horizonte con una reverberación plateada. No me llevó mucho tiempo pasar el velocímetro de cero a cien, ofuscado por el cariz de la situación. Quería vislumbrar cuanto antes cualquier rastro de nave industrial. No me importaba si Sam quedaba a la zaga o si era engullido por el asfalto derretido. Necesitaba ver de una maldita vez el lugar del infierno adonde tenía que llegar. Nada interrumpía el despoblado paisaje más que unos cuantos pedruscos y una ligera elevación del terreno, responsable del único cambio de rasante de toda la carretera. Al coronarlo, descubrí una pequeña gasolinera en la margen izquierda y ni la menor señal de un polígono. Esperé a Sam, que aproximó el camión en medio de un chirrido de de compresor de frenos y de motor roncando ruidosamente por la reducción de velocidad.

Pregunté al empleado de la estación de servicio sin bajar si quiera del coche y acodado en el borde de la ventanilla. Supongo que estaba ofreciendo una imagen chulesca pero me daba lo mismo.

 

–Polígono... ¿qué? –inquirió un hombre de edad indefinida, con un bigote desvaído, facciones difusas y aspecto indefinible en general ante mi mala leche desbocada.

–¡El Lomo! –grité una sola vez. Debió de ser suficiente, porque el individuo asintió y quitándose su gorrito blanco sin visera añadió:

–Si, de la vuelta y por detrás del cambio de rasante a pocos metros se desvía a la derecha. Es la entrada al polígono.

–Gracias –me limité a decir secamente y aceleré poseído aún por un anhelo desmedido de acabar con todo.

 

Volvimos sobre nuestros pasos y fijándome muy bien recorrí el carril derecho a menos de veinte kilómetros por hora.

 

No había ningún desvío.

Ninguna entrada.

Ni un cartel indicador.

 

Decidido a no dejarme derrotar esa vez por mi diabólica mala suerte, di un volantazo a mi derecha y entré de lleno en una explanada vacía. Seguí adelante al tiempo que observaba las cuarenta toneladas del camión de Sam paradas sobre el arcén.

 

–Mejor así. Ahora sí que no me la das, destino de mierda.

 

Grité la frase casi como una consigna de guerra. Pisé el acelerador consciente de la enorme columna de polvo que iba arrancando de aquel terreno estéril. A menos de veinte metros vislumbré un bulto que cuando empezó a cobrar forma se reveló como un cartel  anunciador de tipo publicitario. Estaba orientado oblicuamente, se ve que pensando en los viajeros que iban en la dirección: gasolinera-restaurante.

 

Al alcanzarlo pude comprobar sus proporciones: un gigantesco cartelón que mostraba una leyenda en letras desvaídas por el sol:

 

<<Polígono Industrial El Lomo. Venta de Naves. Razón, nave A.

 

Animado por un presentimiento me metí en el coche y continué mi marcha por el inexistente camino. Una pequeña cuesta me esperaba a menos de cincuenta metros de allí. La coroné despacio hasta que apareció ante mí la imagen que estaba esperando: un par de hileras de naves nuevecitas parecían esperar un visitante, inmutables en medio de la nada. Me había bajado del coche para contemplar el espectáculo. Me apoyé en el techo del vehículo y esbocé una sonrisa. Una carcajada empezó a abrirse paso hasta convertirse en algo parecido a un ataque de risa. Permanecí un buen rato doblado por la cintura hasta que mi respiración se normalizó lo suficiente como para introducirme en el coche y regresar a por Sam.

 

Este esperaba fumando un cigarrillo sin bajarse del camión, con la música de Bruce Springsteen atronando desde la cabina. Un buen modo de evadirse de nuestro común despropósito.

 

Buscamos la nave B1 y esta vez la encontramos a la primera. Me pareció una extraña recompensa, como un guiño burlesco del destino.

 

Parecía como si los operarios del interior de la nave no nos hubieran echado de menos ni un minuto. Debía ser que nadie se había enterado de nuestra odisea. Vamos, como si fuera una simpleza encontrar al primer intento aquella frontera con el fin del mundo.

 

Sam descendió del camión con gesto concentrado. Se hallaba en terreno seguro. Ya podía descargar la mercancía. Daba la impresión de que no le hubiera importado en absoluto lo accidentado del recorrido. Lo que contaba era estar allí, con la carga a buen recaudo.

 

Me ofrecí a esperarle para acompañarle en su regreso pero se ocupó rápidamente de denegar mi sugerencia.

 

–No, young man. I’m quite sure about the right way. Don’t you worry.

 

No insistí pues no había nada más lejos de mi intención que tentar a mi suerte. Además, era casi seguro que el Irlandés tampoco estaría por la labor.

 

–Okay, Sam, good luck.

 

Me alejé de allí a grandes pasos, indicio de las ganas que tenía de volver a casa, ver a Diana, besarla y fundirme con ella en un mar de abrazos y jadeos, sin un resquicio para el recuerdo de ese infausto día.

 

Al subir a mi coche pude ver la mole del gran camión reposando tranquila, como si recuperara fuerzas preparándose para otra contienda.

 

Pasé de nuevo ante el cartelón anunciador. Por más vueltas que le daba no conseguía adivinar la razón por la que un ser humano puede colocar un indicador por grande que sea, a casi un kilómetro de la carretera más cercana. ¿Proyección de futuro? Quizá al cabo del tiempo aquello se transformaba en un doble trébol de autopistas y el del Lomo en el más célebre de los polígonos.

 

Desde luego, en aquel momento no pasaba de la clasificación de oscuro y clandestino.

 

Respiré hondo y continué mi marcha hacia la luz.

 

Puse tierra de por medio. Mucha tierra. Era lo único que abundaba por aquel páramo.