CARLO
Y LA MUERTE
A
las cinco en punto de la tarde, Carlo subía al asiento de conductor de "la
máquina". Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de
inmediato.
Fue
como si se sumergiera en otra dimensión. Todavía resonaban en su mente
las palabras de Sara:
–Ve
con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete con ruedas...
–No
exageres. Lo probaré por la carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.
–No
dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y
por qué no vienes? El coche admite dos plazas...
–No
me apetece, de veras.
–Vale.
No le des más vueltas, cariño. Estaré de regreso antes de las seis.
Él
la besó en los labios, un gesto que martillearía la memoria de ella durante
mucho tiempo.
El
último beso. Durante años, Sara se repetiría multitud de veces las mismas
preguntas ¿Por qué no le retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor
durante horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya no volverían
a compartir. Si ella hubiese insistido un poco más. Lo suficiente para que él
abandonara la idea de subirse a esa máquina.
–Dios,
¿por qué no le quitaste de la cabeza esa locura? –se torturaba
interiormente.
–“Ve
con prudencia, cariño..."–. Las palabras se desvanecieron en sus
pensamientos cuando Carlo giró la llave de contacto.
El
bólido rugió anunciando su afán de conquista del asfalto. Quinientos
cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes posibilidades al afortunado
conductor que quiera experimentar nuevas sensaciones.
Con
tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó el pie sobre el
acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500 vueltas y salió disparado
hacia la Avenida de América. Al principio le costó trabajo dominar los envites
de la "macchina" a cada presión sobre el pedal. Después comenzó a
sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía soltar enseguida el
embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así consiguió una respuesta dócil
del vehículo.
Únicamente
cada vez que había de parar ante un semáforo y aminoraba la marcha, le parecía
que al accionar el freno debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió
un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.
Tomó
el desvío hacia la Nacional Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca antes
vividas pasaban por su mente. La excitación de la velocidad. La brutal
aceleración al cambiar de marcha.
Un
gozo indefinible le mantenía eufórico.
A
su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando se escapaba con la
moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía San Giovanni, de su querido
San Gimignano. A pesar del traqueteo producido al rodar por la irregular
superficie, aquel niño disfrutaba como nadie de la experiencia. El cosquilleo
que le subía por los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros
por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una
excitación similar embargaba sus sentidos al volante de la máquina. Pero esta
vez se desplazaba por una autovía recién asfaltada a ciento noventa kilómetros
por hora, con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable
aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.
Carlo
dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar las
obras del Polideportivo que dos meses antes comenzó a construir Fakirsa.
Le
pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros más.
El
color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el sol de la tarde como un
diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel proyectil con ruedas. En su muñeca,
las manecillas del reloj Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba
más tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado al sencillo
manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un buen rato domar a este pura
sangre.
Carlo
no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás el casco urbano. La
retención del motor al levantar el pie del acelerador resultaba más que
suficiente para adaptar la velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico
a esas horas.
La
ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más altos no se
elevaban mucho más allá de los dos mil metros, los barrancos y despeñaderos
que jalonaban la carretera imponían respeto a cualquier viajero.
A
la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar, maravillado, la
fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era capaz de impulsar aquel
ingenio mecánico, fruto de la más avanzada tecnología.
El
velocímetro marcaba doscientos diez kilómetros por hora.
¿Qué
pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir
riesgos inútiles, a correr disparado a los mandos de un bólido?
Sensaciones,
quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez
conduciendo la Benelli verde y plata) había llegado a experimentar.
–Es
Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba su conciencia. Total, por una vez
que juegues a ser chico malo no has de sentirte culpable–. ¿Quien no ha sido
atraído por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir
una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería la
papeleta. Cuantos favores intercambiados. Una sólida amistad. Buen elemento ese
Pablo.
Las
curvas iban haciéndose más cerradas a medida que Carlo avanzaba por la pista
hacia la cadena montañosa.
Pisó
el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba por Madrid, notó que
debía apretar a fondo el pedal. Pero ahora apenas podía percibirse el efecto
de la frenada. Cambió a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo
escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció su frente y sus
manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron paso a una rigidez que le
atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero indicaba en negro sobre blanco la
leyenda " Robregordo, 10 Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari
sobregirara de la parte trasera. Casi fuera del arcén, el conductor consiguió
enderezar la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la
subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha. Dominado por la
desesperación del momento, a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo
de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por salvar la vida y para ello había
de frenar. Frenar como fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad,
Carlo decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada por la
carretera en varias zonas.
Se
hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida por la
Nacional–I como si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo formidable.
–¡Dios,
ayúdame! ¡ Dios, ayúdame! –repetía para sí.
Pretendía
rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir la velocidad. Entró en
una curva pronunciada, en forma de horquilla. Salir de ella a ciento ochenta kilómetros
por hora, resultó ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a
la memoria la imagen de Sara.
–
“Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre”.
Esas
palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil. El coche
rebotó contra la roca y salió despedido hacia el lado opuesto de la calzada
girando sobre sí mismo. Rebasó el borde del precipicio llamado Barranca del
Toro, a trescientos metros sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el
aire en un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra las grandes rocas
del fondo.
EL
VAGÓN DE COLA
Salgo
pitando hacia la parada del metro. La tengo a veinte minutos de casa, así que,
por la hora que es debo apretar el paso. Mi jefe desea con fervor atrapar a
alguno de sus subordinados en un apuro de estos para caer sobre él o ella como
una bola de derribo. El otro día vi por la tele cómo echaban abajo una casa
antiquísima golpeando la fachada a la vieja usanza, con el bolón macizo
machacando la ruinosa pared. A la ruina moral quiere llevar mi jefe a todo aquel
que le dé un motivo, aunque sea aparente, de desacato o inobservancia del
procedimiento. Todo atisbo de iniciativa o creatividad queda mutilado al
instante, sin conceder una burbuja de oxígeno al desgraciado aspirante a nada.
Porque nadie puede pretender auparse en el escalafón corporativo. Eso queda
reservado para los tocados por la divinidad.
Hoy
es una de esas mañanas en que mi mente se manifiesta filosófica (o cree que lo
hace) y me siento impulsado por una inquietud picante. He decidido saltar la
norma desde el primer al último párrafo y plantar cara a la penosa realidad:
Me enfrentaré a Ismael, mi jefe, pero nada de escenas subidas de tono. Me
acercaré a él y le diré: “querido, ya está bien de reprimir tu
homosexualidad, siempre he sabido que mi persona provocaba furor en tus
carnes”. A continuación le daré un beso de tornillo que le dejará sin
respiración durante medio minuto. El paso siguiente será agarrarle de sus
partes pudendas y hacerle creer que voy a estrujar su bultito, como hace él
cada vez que amaga mediante una amenaza para terminar riéndose de tu cara de
susto:
–¿Sabes
que el informe que me has pasado es una auténtica basura? –me ha dicho en
ocasiones. A las pocas horas lo ha olvidado y da su visto bueno como si la fina
observación hubiese tenido como finalidad solamente recrearse en mi miedo.
Cuando sea yo el que le esté tocando las pelotas, más bien creo que le daré
unas palmaditas en la entrepierna, como si estuviera reconociéndole un trabajo
bien hecho. Me conformaría con que la sangre le comenzara a bullir a alta presión
en su cabeza cuadrada ya de por sí congestionada por el Riberita del Duero
cosecha del noventa y cuatro o el Rioja Alta, acompañados de ciervo en salsa de
arándanos, su debilidad.
Le
veo acercarse con su lengua presta a expulsar un veneno ácido y cáustico a la
vez, como corresponde a su naturaleza bipolar. Pero, ¡qué veo!... me he
despistado de nuevo con mis fantasías. Esta imaginación... Uf, ya está. He
podido encajarme en el vagón de cola.
Que
el metro a las ocho de la mañana resulta algo claustrofóbico no es más que un
burdo comentario de alguien que no tiene dificultad en permanecer en un espacio
cerrado, pero si pudiéramos ver el interior de los viajeros que nos rodean en
un momento dado contemplaríamos a alguno sintiendo una auténtica agonía. Como
tendría ocasión de comprobar en pocos minutos. Esa mañana, el destino me tenía
reservado algo especial.
El
metro arrancó y dejó atrás la estación de Pacífico. Volví a verme ante
Ismael. Mi despreciado jefe había tenido el honor de ser bautizado con el
nombre de quien el propio Mahoma, al colocarlo a la cabeza de su genealogía,
había considerado padre del pueblo árabe.
El
elemento que yo conozco no podría ser padre de nada. Su concepto de la vida y
de los que le rodean se basa en principios difusos que él desea transformar en
confusos, para coger desprevenido a todo aquel que pretenda conocerle.
Vaya,
otra estación. Estamos ya en Diego de León, no me lo puedo creer. Es que
divago de una forma... ¿Qué es esto? Un pedigüeño con su acordeón. Hala, a
aguantar la perorata. Y yo que pensaba que ya no se veía gente así por el
metro. Aunque hace la tira que no subo a este cacharro, ¿cómo voy a saber lo
que pasa? El caso es que no tiene pinta de ser el típico corre andenes... mira,
hasta suena armonioso. Sí, toca bien. Pues vaya suerte que ha tenido el pobre
hombre. Igual en su día fue miembro de una afamada orquesta o trabajaba como
ejecutivo en alguna multinacional. Quizá diseñaba campañas políticas para
algún conocido mandamás. Quien sabe.
La
vida nos hace jirones y el que no es capaz de recomponerse queda expuesto al vacío,
a la negrura más absoluta. No conozco a nadie que en tiempos de crisis se haya
arriesgado a facilitar las cosas al prójimo. ¡Hay que ver cómo lucha la gente
por defender su terruño! Unos suben y suben y allá arriba quedan, contemplando
ufanos al infeliz que debe someterse a las normas, pagar el precio de su
mediocridad, el diezmo de su condición débil.
Los
más fuertes sobreviven, sí, pero hay que saber sobrevivir en todas las
situaciones. Basta que se vivan circunstancias extremas para que, en ocasiones,
se incline la balanza. Quiero decir que cuando vienen mal dadas, el que está
acostumbrado a sufrir consigue recomponerse y salir a flote mientras que el
depredador nato que flota entre bambalinas puede acabar hundiéndose. Quien
acapara el éxito en un terreno, sólo ahí es capaz de sacar ventaja y atacar.
Es lo que Ismael ejecuta a la perfección. El ataque con mordida al
cuello. Muerde y remuerde hasta notar que la yugular sangra y desparrama su
espeso borboteo por todas partes.
Sí,
el que lleva el nombre del séptimo imán de los ismaelitas es capaz de
desgarrar a su contrincante aunque este nunca pretendiera constituir un
rival.”Oye, Ismael, si yo solo te preguntaba la hora... ¿por qué me has
fulminado como una pavesa?”.
Hoy
me encontraba con ganas, le tenía ganas, vaya. Me veía capaz de irritarle
adrede solo para disfrutar con la detonación de su carga explosiva.
Ah,
Ismael, qué bonitos ojos tienes, cómo me conforta tu papada temblorosa, tu
sudor grasiento deslizándose por los mofletes de ese rostro lobuno de mirada
audaz. Porque, Ismael, has de reconocer que si algo hay que resaltar de tu
innoble persona es tu osadía sin límite, de horizonte tan amplio como la
cancha que tu superior jerárquico te permite, es decir, un vasto terreno. Ahí
es donde te ves seguro. En ese vasto terreno, Ismael. Quisiera estar a tu lado
ahora mismo, en lugar de soportar el traqueteo de este vagón de metro y así
poder decirte: ¿Es tu mirada felina lo que me subyuga ahora que te tengo tan
cerca? ¿O quizá mi furor por tu repelente imagen se deba a un desequilibrio en
mi interior? Por el momento, creo que dispongo de suficiente glucosa en el
cerebro para asegurarte que no sufro ningún shock.
Ah,
si pudiera... qué ganas tengo de llegar a su despacho... si pudiera tenerle
delante le arrojaría dardos como:
“Ante
todo quiero manifestarte algo, Ismael, y ese algo es... mi más profundo pésame”.
“Te
anuncio que para mí terminaste como opresor y acongojador de oficio, tío”.
Pero
la realidad me devuelve a los empujones en este vagón repleto de personas
sencillas. Vienen de la calle, luego son sencillos. Es lo que decimos ¿no? Es
uno cualquiera, uno de la calle... Ya está, la etiqueta lo explica. Y son
sencillos porque los que viajan en jet privado o público no son los más
corrientes. Bien es cierto que con esta crisis económica o eco lo que sea,
venimos arrastrando desde hace años una carga que hasta a los tocados por la
divinidad les resulta difícil acarrear. Tienen otras espaldas sobre las que
apoyarla, claro, pero también les fastidia no poder seguir comiendo a diario en
los templos del jalar más selectos del país o resignarse a viajar en clase
turista; no digo nada de renunciar al cochazo de lujo de la empresa y
conformarse con un cochazo de empresa a secas.
A
todo esto, andamos ya por O´Donell. Bien, voy a llegar a mi hora y... ¡no, no
caigas! No desees el camino fácil, qué caramba; se trataba de plantarle cara a
ese vómito de hombre que me antecede en el escalafón. Bueno, sé que no debo
verlo como una obsesión. Reconozco que me dejo llevar y no pienso en otra cosa
que en devolverle los cinco años de malos tragos que me ha deparado mi vida
laboral a su lado. Casi nada. Pienso confesarle que tantos momentos de tensiones
y fracasos, tanta alarma sin motivo, esos engaños recurrentes a que me ha
sometido para mantenerse al margen o llevarse laureles, nada de eso quedará en
mi memoria a partir del momento en que cumpla mi promesa.
He
notado que vamos bastante despacio por este tramo. Es que, desde luego, estos
del metro no pueden cumplir con... ¿qué hace el del acordeón? ¿acaso no
existe otra canción en su repertorio? Ya está bien de repetir el mismo
soniquete:
–“Si
tú me dises ven, lo dejo todo...” Pues si me lío la manta a la cabeza te
dejo en la próxima estación, macho. Prefiero ir andando que aguantar la
serenata. Total, para una estación que queda… no, nada de eso. Perdería
tiempo para..
.
Y
dale. Es que no consigo hacerme a la idea. No debo ir como siempre, acogotado y
sumiso porque voy a llegar tarde. Que le den por saco al sodomita ese... Me va a
salir el nuevo trabajo de entrenador de baloncesto. Eso sí que va a ser vida.
Hombre, esa chica del fondo del vagón me recuerda a la capitana del equipo.
Tengo suerte de haber encontrado ese Colegio Mayor que necesitaba desesperado un
entrenador para sus chicas. Es curioso que en este mundillo no se encuentren
apenas entrenadoras. Por lo que a mi respecta ha sido la oportunidad que estaba
buscando. Suena convencional pero es la verdad. He andado buscando esa
oportunidad desde hace un año más o menos, cuando el innombrable jefe que
tengo me jugó la peor pasada de la historia. Pues sí, ese que bautizaron unos
padres amorosos con el mismo nombre del noveno rey nazarí de Granada, intentó
cargarme un muerto. El marrón era de órdago. Producto fuera de
especificaciones. Y mi firma era la única que iba a figurar en el documento
oficial. Así que dije que no, que mis principios éticos me impedían hacer
eso.
–¿Te
das cuenta del error que estás cometiendo? –silbó entre dientes mi superior
jerárquico.
–No,
señor. No hay error en negarse a cometer un error –repuse.
Me
miró con insanas intenciones, puedo jurarlo. Pero decidí no apearme del burro.
“Así te duela como a la zorra los perdigones, charrán” –pensaba yo
mientras lo tenía a él delante, sin despegar de mí esa mirada de verdugo que
está maquinando alguna tortura de interés para su mente torturada.
–Has
de saber –intentaba advertirme titubeando–... que tu bravuconería no va a
pasar de ésta. Si es tu última palabra puedes estar seguro de que daré parte.
¡Oh,
vaya! Dará parte... qué expresión tan poco usada.
“Eres
un original pedazo de mierdecita anfibia, informe montón de grasa”, era lo
que me pasaba por la mente en la siguiente entrega de la colección de
fotogramas que había atesorado en mi cerebro.
Cuando
me encuentre frente a frente con el tipo, no voy a saber por dónde empezar.
Creo que lo mejor será ir al grano y resultar lo más desagradable posible. Y
lo mejor vendrá cuando haya conseguido convocar a todo el departamento. Será
un momento épico que no olvidarán los demás acogotados que, como me ha
sucedido a mí hasta esta crucial mañana en que he decidido pasar a la acción,
han sufrido al insigne Ismael.
Bueno,
y ahora ¿qué? Este tren se ha detenido completamente. Aquí pasa algo. Nos
faltan aún unos centenares de metros para llegar a Nuevos Ministerios. Será
que hay otro tren retrasado al que hay que dar paso.
Es
curioso comprobar que cuando fijas un poco tu atención en la gente que te rodea
en un vagón de metro, puedes imaginar todo tipo de historias. No sabes con
certeza si serán gente corriente como aparentan, como parecemos la mayoría de
los que utilizamos este medio, o si ocultan algo. ¿Qué podría ocultar este señor
de la boina sentado a mi derecha? Podría ser un obseso, un enterrador, un
adicto a la lectura, a las películas de terror, a los cuentos infantiles, un
sacerdote de paisano o un sencillo padre de familia. Claro que el sencillo padre
puede esconder una relación extramatrimonial o una perversión inconfensable.
¿Y si fuera un ladrón de guante blanco o negro? ¿Y un espía? Bueno, esa
palabra ya no se lleva. Pero hay agentes al servicio de la inteligencia de
los gobiernos con el aspecto de un hombre de la calle.
Qué
fácil es caer en el tópico: hombre corriente, de la calle. Y es que lo mejor
es pasar desapercibido. Es estupendo que te tomen por lo que creen que eres,
porque lo más probable es que nadie se haga cábalas acerca de ti. Pero en
cuanto despiertes la menor sospecha te echarán el ojo, pasarás a ser la diana
del vejatorio club de vilipendiadores. Aquello que se imaginan que eres puede
alcanzar límites insospechados. Y más si te rodean carnívoros de la peor
especie, como ocurre en la empresa donde trabajo. Esperan sentados cómodamente
a que des un traspié o te despeñes por un escarpado desnivel.
Nadie
dará su apoyo a alguien que está cayendo, como a nadie que carezca de padrino
interno. La figura del padrino interno cobró auge en la segunda mitad de la última
década, en un momento en que la multinacional llegó a atender un considerable
número de demandas de empleo. Estas llegaban de todas partes: de empleados de
filiales europeas sobre todo, espantados ante la debacle de despidos masivos de
los últimos tiempos.
Algunas
corporaciones han decidido dejar en la calle a mucha gente. –“Vamos, qué
falta de delicadeza” –suele decir mi jefe con absoluto cinismo. Para Ismael
supone una coyuntura extraordinaria para repartir inseguridad y... miedo. Nada más
fácil para su dudosa integridad que mantener insegura el alma del subordinado,
que como candidato a sufrir las consecuencias de una regularización podría
estar dispuesto a firmar un contrato de compra-venta con el diablo. Algunos
piensan que Ismael y los de más arriba realizan verdaderos pactos con el
Maligno. ¿Habrá vendido Ismael su propia alma en pena? Siempre pensé que eso
de vender el alma estaba reservado a historias de moda en otra época. Viejos
relatos de gran tirada en su día.
No
es posible, llevamos un buen rato parados y no hay rastro de otro tren ni han
usado el altavoz para informar de lo que pasa. Sea cual sea el motivo de esta
inmovilidad resulta cabreante. El día que decido plantar cara a Ismael me veo
embutido en esta caja de sardinas. Menos mal que hay aire acondicionado. Si no,
iríamos camino de la deshidratación.
Aquella
pareja de allá al fondo... Han dejado de besarse por primera vez desde que me
metí en el vagón. El de la boina les mira descaradamente. No sé si por lo que
dije sobre los obsesos pero me da la sensación de que les mira envidiando al
chico. O quizá sea a la chica. Imposible distinguir.
¿Qué
pasa? ¡Todo está a oscuras! No veo absolutamente nada. ¡Eh, conductor! No sé
por qué chillo, el maquinista o como se llame está justo en la otra punta del
tren. No puedo creer lo que está pasando. Alguien a mi lado me empuja: Eh,
oiga, no atropelle...
–¡Qué
gentuza! No pueden dejarnos aquí en medio –voceó otro al fondo–. ¿Es que
no van a hacer nada?
Veo
una luz tenue a lo lejos. Es una de esas de emergencia, pegada a la pared del túnel.
Ni un sonido. Estamos en la penumbra y no se oye más que el roce de nuestras
ropas. La respiración... En el vagón siguiente hay sombras que se mueven de un
lado a otro. La mayoría permanece de pie. En este vagón debemos ser muy
formales. Alguno golpea de forma ocasional la ventana, pero no dice nada.
–Oiga,
señor, ¿usted ve algo? –me pregunta una voz que surge a mi derecha.
–Nada
en absoluto. Los del vagón siguiente deben guiarse por alguna luz de penumbra,
porque van de un lado a otro. Si se pega a la puerta que nos separa de ellos lo
verá, pero no le aconsejo moverse. Yo lo hice hace un momento y me he golpeado
con una barra. Todavía me duele.
–¡Que
nos saque alguien de aquí! –ruge una voz grave rasgando la negrura. Por algún
motivo desconocido, algunos viajeros creen que deben intervenir también: “Es
que no hay derecho”– “Estos inútiles del metro no se han enterado de que
estamos aquí.”–“No funciona el aire acondicionado. Nos vamos a asar.”
–¿Y
si a alguno de nosotros le da un ataque? –protestó ofuscada una señora–.
No pueden mantener el tren aquí más tiempo. Me voy fuera. –La mujer intenta
apearse del vagón pero parece que la puerta no se abre.
–Están
selladas –dice la voz que está a mi lado. Creo que es el de la boina. Estoy a
punto de preguntárselo: ¿Es usted el obseso de la boina? La situación me está
poniendo nervioso y no sé qué debería hacer. Busco en mi mente las normas
aprendidas en tantos cursos para ejecutivos: “Respira hondo y retén el aire
tres segundos. Después lo sueltas lentamente”.
Inútil.
Me pongo más nervioso. Es como las técnicas de negociación que intentan
embutirte en el cerebro en esos cursos. En la práctica tienen poca aplicación:
Que si has de esperar a que el otro diga la última palabra, que no muestres
todos tus ases... “Reserva la mejor baza para el final” y cosas así.
Algunos
encienden sus mecheros para intentar romper el velo opaco que nos rodea. Son sólo
tres y no es suficiente. Lamento profundamente que cada vez sean menos los que
fuman.
Una
voz de mujer joven con acento alemán se oye nítidamente en la negrura:
–Yo
me iba hoy a la Alemania, perro no sé si puedo. Esto que pasa no sé qué es.
Alguien
próximo a ella intenta seguir una conversación:
–¿Y
llevas mucho tiempo en España?
–Tres
años. Es bastante, sí. Soy estudiante y me voy a mi casa en el verrano. ¿Y
usted dónde vive?
–Eh...
yo vivo en Madrid. Me cojo vacaciones ahora y marcho al pueblo.
En
ese instante, un aviso suena a través de los altavoces:
–Señores
viajeros, vamos a efectuar un cambio de máquina, Rogamos que permanezcan en sus
asientos.
Parece
que la noticia cae bien entre los presentes. Además, podemos ver un poco mejor
con la luz carmesí del anuncio electrónico que, inesperadamente, surge ante
nosotros desde su hasta entonces apagada ubicación en el lateral del vagón. No
se restablece la iluminación normal pero algo es algo. La parejita que se
besaba con pasión momentos antes del apagón se ríe ruidosamente. El chico
susurra cosas que resultan la mar de graciosas a los oídos de ella. Estoy
apunto de rogarle que me lo cuente a mí. Siento una necesidad de saberlo que
ralla en lo inquietante. No acierto a saber qué influye exactamente en mis
pensamientos, no consigo ver con claridad, ni dentro ni fuera de mí. Esto último
por razones obvias: no hay rastro de un foco de luz que nos aclare de una vez
esta noche cerrada que lo envuelve todo.
Vaya,
ahora se mueve el vagón de enfrente... bueno, lo cierto es que no hay otro.
Este es el vagón de cola. Entonces ¿qué significa que estén separando al
resto y nosotros estemos aquí, aislados?
–¡Era
lo que nos faltaba! –protesta una voz aguda, que no sé distinguir si es de
hembra o de varón.
–Esto
es la leche, ¡se han olvidado de este vagón! –añadió el hombre que hablaba
con la mujer alemana.
–Pero,
¿es que no van a sacarnos de aquí? –gritó el chico besucón, que parecía
haber perdido enseguida su vis cómica–. Yo me largo ahora mismo... –el
intento fracasa al igual que el de la señora de antes.
–La
puerta está bloqueada, ya lo advertí –insistió el de la boina.
–Pues
la destrozaré –acto seguido, el joven arremetió contra la puerta a golpe de
hombro, como en las películas.
–Pedro,
que te vas a hacer daño –le avisó la novia. ¡Quédate conmigo! –chilló.
Se
levantan varios de los ocupantes de esta especie de ataúd colectivo,
pretendiendo quizá resolver algo mediante la agitación caótica de sus brazos
y el giro de sus cabezas a uno y otro lado. Parece como un hormiguero humano que
hubiera sido pisado por un pie gigantesco. Lo que sucede es que la gente tiene
aplastada la moral.
Ningún
aviso más en los altavoces. El letrero electrónico continúa sin cesar su
interminable tira de palabras, vacías de contenido útil: “Temperatura, 34 ºC,
hora 13:42. Próxima estación Nuevos Ministerios”.
–¡Que
alguien nos saque de aquí! –aúlla una voz desesperada. La temperatura
va aumentando al igual que la desesperación de todos nosotros. El resto del
tren se ha alejado completamente del vagón de cola, esta tumba de metal donde
nos encontramos. Antes me dio tiempo a contar los que somos: cuarenta y ocho.
Casi medio centenar de desgraciados abandonados en una vía de metro. Qué ridículo.
¿Cómo no vamos a ser capaces de romper una ventana? Ahora mismo voy y...
alguien se me ha adelantado y esta golpeando un cristal con su maletín.
–¡Vaya
mierda! Ni se ha arañado. ¿Alguien tiene un martillo?
Otro
le contesta con sorna:
–No,
si te parece saco un destornillador del juego de herramientas del bolsillo y
quito la ventana entera. Memo...
–Oye,
a mí no me insultes, cara de huevo.
–¿Qué
me has llamado? Eso lo será alguno de tus muertos, capullo.
Ambos
ciudadanos se enzarzan en un intercambio de improperios que pronto da paso a la
acción. Debido a una bofetada del contrario, uno de ellos pierde pie y cae
sobre otros que están detrás. La que se arma en pocos segundos es monumental.
Gritos, palabras malsonantes, empujones, golpes... parece que no quede nadie en
este vagón-prisión con suficiente aplomo para estudiar una salida. Pero...
claro, eso es, tengo que quitar los tornillos. Uno de esos exaltados lo dijo:
los tornillos de la ventana. Tengo un cortaúñas que..., –¡cuidado!–, casi
me estrujan contra la pared estos energúmenos. Los chillidos de las mujeres
resuenan con una frecuencia agudísima. La cosa empeora a cada momento.
El
cortaúñas, tengo que sacar como sea el marco de la ventana. Vamos, eso es, así.
A medida que progreso en mi esfuerzo de escapar a esta locura, imágenes de todo
tipo van pasando por mi cabeza: luchas encarnizadas entre fieras. Sí, los que
se golpean a mi alrededor me recuerdan a eso, son peores que eso; una manada de
hienas devorándose los unos a los otros.
No
sé cuánto tiempo llevo quitando tornillos y... ya está, ¡lo conseguí!
Nadie
se ha dado cuenta. Claro, se han arremolinado casi todos en el otro extremo y
con el tumulto que están armando es imposible que se enteren de lo que estoy
haciendo. Bueno, espero que quepa por el hueco de la ventana. Un poco más y...
¡Fuera!, ¡Estoy fuera del ataúd!. Qué horror. Los de ahí dentro se
están machacando.
Debo
encontrar ayuda. Ni me atrevo a avisarles. No me oirían siquiera. Allá se las
compongan. Tal como están los ánimos es mejor dejar que se den cuenta por sí
mismos de que hay una salida. ¿O estarán tan cegados por su odio que no la verán?
Avisaré al jefe de estación en cuanto llegue al andén. Gracias a Dios me he
librado de ese encierro. Prefiero mil veces enfrentarme a mi jefe. Sí, ese
elemento que lleva el mismo nombre que dos Sha de Persia y un sultán alawi de
Marruecos. Cuando esté frente a él le diré: “Ismael, he decidido que...,
bueno creo que debo decirte... vaya, resulta... pues que... lo he olvidado”.
No
quiero dejar que el odio me ciegue, no señor. Prefiero pasar por conformista
que dejarme llevar por una actitud intolerante. Como esos del vagón. Con su
ceguera no se han dado cuenta aún de que hay una esperanza. Y es que muchos
permanecen ciegos aunque los rayos del sol les inunden de luz.
PROVEEDOR
DE ALMAS
Me
miro en el espejo y me detengo a pensar. Ya no recuerdo cuando fue la primera
vez que lo hice. Normalmente no tengo tiempo para la reflexión. Y menos cuando
me miro en el espejo del baño mientras me arreglo para ir al trabajo. Mi
cerebro me atrapa en multitud de pensamientos, mil y un problemas, como ese
cliente distribuidor de zumos. Hace cuarenta días que no paga el muy ladino. El
seguro del coche vencerá la semana que viene. Comprobaré si hay suficiente
saldo en la cuenta. Y el viaje a Bruselas para la reunión de... Si, esta vez
parece que esa convocatoria internacional esconde algo bueno. Casi todos los
agentes de ventas del departamento de espumosos se darán cita allí. Claro que
a todos nos atrae lo mismo: hacerse valer ante la Junta. Sólo espero que no nos
devoremos unos a otros; me guardaré bien las espaldas... ¡Vaya!, el teléfono
sonando justo ahora! No hay cosa que más me reviente que pegar la cara llena de
espuma de afeitar a ese cacharro.
–Sí,
diga...
–Hola
hijo, ¿Cómo estás?
–Hola,
madre. Estaba intentando afeitarme. ¿Qué tal papá?
–Sigue
con la pierna fastidiada, pero se encuentra bien. Ya sabes lo exagerado que
es...
–Supongo
que no le quedarán muchas ganas de volver a hacer senderismo. Al menos, no por
los picos de Europa. ¿Qué dice Mayte?
–Tu
hermana anda tan preocupada como él. Asegura que a los setenta ya no se tiene
edad para ciertas cosas.
–¿Irá
a veros a la montaña?
–No
va a poder. La tienda no le deja tiempo.
–Vamos,
mamá. Empieza el mes de Julio. Hay poco movimiento. La gente desaparece de
Madrid. Lo que pasa es que a ella le apetecerá más estar con su Daniel del
alma.
–Qué
le vamos a hacer... ¿Y tú? ¿Vas a venir?
–Estaré
un par de semanas en el extranjero.
–Esta
bien, no contaré con vosotros hasta Septiembre. Por cierto, ¿sabes algo de...
Yolanda?
–Nada,
excepto que debe sentirse muy feliz por haberse librado de mí. O es que hay
algo que deba saber...
–No.
Pero me parece que no debes darte por vencido, hijo. No es la primera vez que te
digo que ella no tiene la culpa.
–¿Culpa
de qué?
–De
que el trabajo no te haya permitido atenderla como se merece.
–Venga,
madre, no me vengas ahora con lo de siempre.
–¿Por
qué no pruebas a ser más humilde con ella?
–Reconozco
que no he sido la pareja ideal, pero... Yolanda tampoco ha puesto mucho de su
parte. Es absurdo volver sobre este asunto.
–Yo
sólo deseo vuestro bien.
–Es
un camino sin salida.
–Plácido,
hijo, te vendría bien intentarlo. Estás encerrándote demasiado en tu mundo
y... no dejas que nadie entre allí. Tu padre está preocupado; ve que te alejas
de nosotros sin motivo.
–No
me pasa nada, madre. ¿Es tan malo desear independencia?
–No
creo que te haga ningún bien en estos momentos, Plácido. Precisamente cuando más
nos necesitas...
–Vale,
madre. No sigas. Mira, ahora he de dejarte o llegaré tarde al trabajo. Da
recuerdos a papá. Y a Mayte. Hasta luego.
Vaya
con la familia, siempre haciéndote sentir culpable. En fin, esto no durará
mucho, no. Estoy deseando que llegue el momento de dar el salto y marcharme
lejos, una casita oculta entre montañas... Ellos tienen una. Que les
aproveche. Hacen que me sienta enquistado, bajo su atento ojo fiscalizador. ¿Abandonar
mis raíces? ¿Y qué? Lejos quedarán las andanadas verbales de mi padre.
<<No pusiste interés, Plácido; permitiste que tu matrimonio se fuese por
el retrete; pobre Yolanda, convertiste su vida en un pozo vacío. Una vida
yerma, sí, Plácido, hijo. Se entregó a ti sin condiciones ¿Y qué le diste tú
a cambio? Un día a la semana para re-encontraros tras tus innumerables
viajecitos de vendedor de altos vuelos. Que si esta convención en Paris para jóvenes
emprendedores; que si ahora has de ir a Barcelona a ese curso sobre comercio
exterior... Plácido, hijo. ¿No veías que el matrimonio se deshacía entre tu
egoísmo y su vacío?>>.
Pretendían
que las cosas siguieran su curso apaciblemente, que nada perturbara sus
armoniosas vidas. Nada de eso, padre –pienso yo–. Mi realidad no coincide
con la tuya. Afortunadamente, me siento libre. Ahora sí. Nada me retiene ya en
esta etapa errónea de mi vida. ¿Qué hay de malo en querer hacerse un buen
sitio en la sociedad? Seguiré adelante con familia o sin ella.
No
he conocido grandes obstáculos en mi trayectoria como vendedor técnico de
Molfruit Limited. Soy responsable de cuentas importantes para el negocio que
mantiene la multinacional americana en España.
Atiendo
la distribución de bebidas refrescantes a cadenas hoteleras, grandes
superficies y centros de ocio. No se puede decir que esté a disgusto con mi
trabajo. Percibo un sueldo que la Compañía ingresa en mi cuenta con
puntualidad todos los meses. Con él puedo pagar la hipoteca de la casa. Es un
acuerdo al que llegué con Yolanda cuando decidimos romper hace unos pocos meses.
Le he pagado la mitad del valor que tenía el piso cuando lo compramos el año
pasado y sigo pagando las letras a cambio de ser el único propietario. Me he
empeñado en otro crédito para poder acarrear con todo ello, pero creo que ha
merecido la pena. Cuando llegue el momento venderé la casa seguramente por el
triple de lo que nos costó. Pero no caeré en la trampa de adquirir otra en una
zona donde el metro cuadrado de suelo se haya triplicado también. Me apartaré
todo lo que pueda de lo convencional. Nada de urbanizaciones con enormes zonas
comunes, piscinas de adultos y niños, “paddle”, tenis y unidades familiares
de dos sueldos que aunque no les llegue para acabar el mes con la despensa
suficientemente abastecida, son capaces de mantener impecables sus todo-terreno
y coches de marca, a los que se les ve subir o de los que se les ve bajar
perfectamente vestidos con su ropa también de marca, en muchos casos adquirida
en esas tiendas que rebajan el precio por tener el género algún defecto.
Seguramente,
con mi nómina segura y las responsabilidades de mi puesto en Molfruit, muchos
aceptarían llegar a jubilarse en esas mismas condiciones sin mayor problema. En
mi caso, sin embargo, observo que mis jefes me alientan con palabras de apoyo a
mi labor y todo eso, pero esas buenas intenciones no llegan a materializarse en
recompensa alguna. Ni promociones, ni incremento salarial que no sea el
estipulado en uno o dos puntos por encima de la inflacción.
–<<Estimado
Plácido, vas por la senda apropiada; en poco tiempo conseguirás situarte entre
los mejor clasificados dentro del ranking anual. Ya verás como eso acaba siendo
bueno para ti. >> Es lo que suele decir Benito Hidalgo, mi superior
inmediato, poniéndome una mano sobre el hombro y sonriendo desde un rostro
carnoso en el que dos ojos como dos trozos de carbón se hunden en sus cuencas
atrapadas entre tanta masa facial. Créanme si les digo que, a veces, da la
sensación de que sus rasgos cambian por momentos, como una gran bola de
plastilina que unas manos invisibles deformaran a su antojo.
En
Molfruit, las carreras profesionales se desarrollan con extraña lentitud. Somos
un total de doscientos empleados entre los que hay muy pocos que no tengan un
master o galardones así. Personalmente estoy convencido de que para triunfar en
la vida no hay que tener más que talento. Nada más y nada menos. Llega un
momento en que es inútil atesorar títulos. En Molfruit seleccionan a la gente
mediante criterios tan aleatorios que no sabes si la capacidad de hablar
correctamente tres idiomas y haber realizado no sé cuántos cursos de
postgrado, significa lo mismo a efectos de contrato y promoción que haber
sacado a duras penas la carrera y chapurrear el inglés, como les ocurre a la
mayoría de los directivos de la filial española. A ellos no les hacen falta
esas herramientas.
Aquella
mañana, la de aquel día en que empezó todo, miré el reloj con los ojos
entrecerrados por el aturdimiento de haber dormido poco. Al comprobar que habían
dado las ocho y media decidí poner rumbo a la oficina sin tomarme un segundo
vaso de café, aunque eso habría contribuido a resucitarme del todo.
Debía
asistir a una reunión a primera hora con mi superior Benito Hidalgo. Me tenía
intrigado con el secretismo que impuso sobre ello, pues no me adelantó ni una
palabra al respecto. De cualquier manera, yo intuía que se trataba de algo
bueno.
Mis
jefes han intentado siempre convencerme de que Molfruit Limited aporta una
seguridad y estabilidad en el puesto de trabajo que no se encuentran en ningún
otro sitio. Claro que, corres el riesgo de empeñar tu vida en ello y al final
encuentras que te has estancado, como si hubieras permanecido todo ese tiempo en
medio de una ciénaga intentando salir a flote, persiguiendo un objetivo que está
ahí delante, retándote. Siempre a la misma distancia, es decir, inalcanzable.
A
veces pienso que mi hermana Mayte ha sabido dar con algo mucho más tangible. La
tienda de deportes de la calle Ayala le está reportando un jugoso beneficio.
Ella no fue a la Universidad. Es un ejemplo de aquellos que no han necesitado
una preparación especial para ganarse bien la vida. Siempre la he admirado por
la facilidad con que parece resolver sus problemas. Espero que le vaya lo mejor
posible con Daniel.
En
fin, en esa mañana de finales del mes de Junio llegué hasta mi mesa dispuesto
a iniciar una nueva jornada; eso lo hago todos los días con buen ánimo.
Encendí el ordenador y antes de que pudiera sentarme, observé la breve figura
de Benito quien, situado bajo el marco de la puerta de su despacho, se dirigió
a mí con un gesto indicando que le acompañara.
–Hola
Plácido– me saluda con su sonrisa irregular–. Pasa y cierra la puerta, por
favor.
Me
invita asentarme y me hace entrega de un memorando escrito en inglés.
–Ten,
léelo –indica escuetamente. Yo obedezco sin pestañear y a los dos minutos le
miro con expresión de sorpresa:
–Parece
que la central quiere lanzar un nuevo producto a escala internacional y que
seremos el primer país en ponerlo a prueba ¿no es cierto?
–En
efecto. El Jefe de Ventas para Europa, Marvin Dumas, nos lo ha asignado como
prioridad. Ha establecido como plazo de inicio de campaña el primer día de
Agosto.
–¿Tan
pronto? –me oigo decir. Al instante siguiente quiero rectificar
prudentemente–. Es que me parece poco tiempo para emprender algo así. Los
estudios de mercado, las pruebas de paladar... y poner a punto la línea de
producción, ¿Crees que los de la factoría de Hamburgo la tendrán lista?
–Ya
hemos avanzado ese paso. Durante todo este mes he estado haciendo gestiones con
los alemanes y la línea de espumosos tendrá habilitado un tren para embotellar
la nueva bebida a finales de la próxima semana.
–Un
batido “revitalizante”. Parece interesante... innovador, sí.
–Sobre
todo en verano, una estación en la que tenemos puntas de ventas del treinta por
ciento sobre el resto del año. Piensa en eso, Plácido.
–Desde
luego, Benito. Es solo que... los grandes clientes demandan más atención en
esta época y la gente de nuestro departamento se va de vacaciones –reflexiono
un momento antes de continuar–, pero ¡qué caray! Es una buena oportunidad
para aumentar la cifra de negocio.
–Bien,
Plácido, bien. A partir de ahora te responsabilizarás de preparar la campaña
–afirmó, rotundo, sin dejar un resquicio para la duda o la objeción. Pese a
ello consigo reunir la entereza suficiente para decir:
–Ehh,
sólo una cosa más, Benito. ¿Quién colaborará conmigo?
Al
oír esto, los dos tizones que son sus ojos me miran de arriba abajo:
–Pues
nadie, Plácido. ¿Acaso necesitas a alguien? –detecto un reflejo de cinismo
en el comentario.
–No.
Olvídalo –titubeo–. Esto... Supongo que nadie en el departamento sabe nada
aún.
–¿De
qué? –inquiere con sequedad.
–Sobre
la campaña.
–Mira,
desde este momento te harás cargo de todo lo referente a este asunto. Haz lo
que estimes oportuno. Me mantendrás informado cada día de tus progresos y nada
más.
–Bien,
así lo haré, Benito.
–Adiós
Plácido –dice. Se levanta de su sillón giratorio y me acompaña hasta
la puerta.
–Que
tengas suerte –concluyó.
Francamente,
si yo no hubiera deseado cubrirme de gloria ante aquella oportunidad, la nueva
responsabilidad que Molfruit quería depositar sobre mis espaldas me habría
llenado de temores. He de reconocer que mi ambición por escalar posiciones en
la jerarquía empresarial me motivaba sobremanera. Como también he de aclarar
que, al contrario que los tiburones que pululaban por el departamento, yo me
conducía con excesiva dosis de un entusiasmo puro que rallaba en la inocencia.
Nunca había concedido importancia al hecho de emplear la cantidad de tiempo que
hiciese falta para contentar adecuadamente a mis jefes. Y eso me obligaba tanto
a desplazarme durante días al extranjero como a asistir a reuniones que se
prolongaban hasta la noche. Esto pasó factura a mi matrimonio. Mi relación con
Yolanda fue deteriorándose progresivamente hasta que la cosa no tuvo remedio.
Quizás ha sido demasiado ingenuo por mi parte haberme entregado ciegamente a mi
trabajo, confiando en llegar a consolidar una posición respetada en Molfruit,
creyendo que mi mujer aguantaría aquello estoicamente. Ni siquiera pensaba en
que podría llegar a hacerle daño. Es la misma ingenuidad que me animaba a
ofrecer mi ayuda incondicional a mis compañeros cuando les veía apurados de
tiempo o a hacer favores a quienes me lo solicitasen. No me consideren un
bendito. Nada de eso. Lo que creo es que me dejo llevar por el impulso, sin
reflexionar mucho en la conveniencia o no de tomar una decisión u otra. Si
puedo echar una mano a quien lo pide, sigo adelante. Probablemente doy la
sensación de ser conformista, como un soldado que acata todas las órdenes. Si
intento cuestionar algo que me proponen, como ocurrió en el caso de la campaña
de lanzamiento del batido energético, no tardo mucho en mostrarme sumiso. Quizá
sea por instinto de conservación, en lo que al trabajo se refiere. No
contrariar a los jefes suele ser una actitud prudente. Lo mismo puede
trasladarse a una conversación con familiares o conocidos; basta que muestre
disconformidad para que de inmediato el otro se abalance sobre mí intentando
imponer su criterio como sea, lo cual puede que me indigne, pero no deseo echar
leña al fuego y prefiero no ser beligerante. Al final, el que pretende
avasallar con razones o sin ellas se calma y se vanagloria de su supuesto
triunfo. La fiera se muestra mansa. En realidad me importa un rábano si el
interfecto se siente ufano a mi costa. Cada cual es libre de continuar por lo
que cree es camino seguro aunque conduzca a un despeñadero
¿Qué
más da? Nadie gana.
El
caso es que, tras conocer mi nueva misión de llevar a buen puerto lo del
batido, me puse manos a la obra de inmediato. En menos de una semana logré
recopilar las estadísticas del mercado de bebidas refrescantes que me
resultaban necesarias: El número de personas que consumen tal o cual brebaje,
estimado según las encuestas más recientes echas en la calle o en el domicilio
de los encuestados por entidades especializadas y cosas así. Incluso distribuí
un cuestionario por Internet para tener mi propia visión sobre el asunto. El
resultado lo resumí en la reunión de departamento del diez de Agosto, ante un
auditorio compuesto por Benito Hidalgo y una treintena de compañeros, algunos
de ellos ávidos por descubrir algún punto débil en mi exposición:
–Los
casi cincuenta millones de litros de este tipo de bebidas consumidos en nuestro
país –decía yo–, suponen casi el doble de lo consumido en el período
anterior. Teniendo en cuenta que los medios especializados anuncian que en
nuestro país aún está en pleno crecimiento ese sector del negocio, el futuro
a corto y medio plazo es más que prometedor. Puede que encontremos una mina en
nuestro nuevo producto.
Una
voz familiar intervino para poner en duda lo anterior:
–Sí,
pero la competencia tiene copado el ochenta por ciento del mercado y tendremos
que luchar contra esa realidad. La mina puede convertirse en explosiva y
estallar en nuestras manos– se atrevió a afirmar Javier Gómiz, el principal
candidato a supervisor de zona –¿Cuánto crees que nos costará poner en
marcha el proyecto hasta hacerlo rentable?
El
ladino de mi jefe podría haber informado a los allí presentes que la idea
procedía de la Central en Estados Unidos y que yo era un simple empleado con la
única responsabilidad de cumplir órdenes, pero, como descubrí más tarde, se
lo guardó a buen recaudo con una doble intención: que yo demostrara saber
defenderme para no servir de carnaza para los lobos y a la vez permitir que
voces imprudentes, excesivamente arrogantes o bien entrenadas para descalificar,
dejasen palpable si yo, Plácido Ruán, contaba o no con las simpatías de unos
y otros. De ello sacaban provecho los superiores para escoger a las futuras
figuras promocionables que resultaran menos conflictivas.
–¿Quién
formará el equipo y cuánto durará la campaña? –escupió el supervisor
Ronaldo Asís, encarnizado oponente de todo aquél que aparentara querer
destacar en Molfruit.
Contesté
sin inmutarme:
–Únicamente
yo he sido designado para sacar adelante la campaña, que empezará el uno de
Agosto –el exagerado gesto de escepticismo con el que Ronaldo reaccionó a mis
palabras fue acompañado por un murmullo general.
–¿Tú
...sólo?– inquirió con tono incrédulo.
Media
hora más de diatribas con otros que siguieron el ejemplo de Javier Gómiz,
permitió por fin desvelar el enigma:
–Plácido
–dijo Amelia Cifuentes, encargada de publicidad–, ¿has tenido en cuenta que
en este país la cantidad de gente que practica deporte no es mayoritaria? Esos
cincuenta millones de litros son la suma de un buen número de bebidas que no
deberías meter en el mismo saco.
–Nuestro
producto cubre ampliamente todo el espectro –repuse sin dudar, aunque cada vez
más convencido de que allí en medio crecía la confusión como consecuencia de
los manejos de una malintencionada mano invisible.
–El
nuevo refresco –continué– es resultado de los estudios de la Central de
Atlanta. Allí lo tienen que tener muy claro para haberse decidido a dar este
paso, amiga mía.
–Entonces...
¿no se trata del “Action Beverage” que llevan promocionando en Europa desde
hace meses?
–No
sé por qué pensabas eso.
–Vamos,
Plácido. Los que estamos aquí lo sabemos. Y tú el primero –apuntó Javier Gómiz.
–Siento
contrariarte, Javier –repuse–, pero el producto es tan nuevo que aún no
tiene nombre y España será el primer lugar donde se lanzará, a modo de
prueba.
Me
pareció que todos se miraban unos a otros; algunos se revolvían incómodos en
sus asientos. Otros hacían gestos como si aquello hubiese sido un golpe a
traición, astutamente urdido por mí para comprometerles ante Benito y los demás.
Desde luego, algunos lamentaron sus públicas críticas y miraban al suelo,
supongo que buscando la mejor forma de encogerse sobre sí mismos en un
desesperado intento por volverse inmateriales.
Cuando
finalmente Benito Hidalgo dio por concluida la reunión, me sentí aliviado, si
bien no podía evitar una extraña sensación de vértigo, como si hubiera
estado a punto de precipitarme por el borde del precipicio ante el que alguien
me había conducido para ponerme a prueba. Ahora eran otros los que se veían en
situación de equilibrio inestable, perdidos en un mar de dudas. “¿Qué habrá
pensado Benito cuando cuestioné la capacidad de Plácido para enfrentarse sólo
a la campaña?” –se diría Ronaldo Asís. Estoy seguro que notaba un
hormigueo que le recorría el estómago de arriba abajo. Amelia Cifuentes se
interrogaba sobre consecuencias similares: “No he debido criticar el criterio
elegido por ese mamarracho de Plácido para elaborar sus malditas estadísticas,
pues es el mismo que ha utilizado la mismísima central de Atlanta. Ahora me he
quedado con el culo al aire... ¿Repercutirá esto en mi clasificación en el
Ranking?
El
único que permanecía sereno tras la reveladora conferencia era Javier Gómiz,
a quien puede definirse como una clase de animal omnívoro con la inusitada
capacidad para cambiar el color de la piel o incluso mudarla con tal de obtener
lo que busca. Abocado a un puesto de cierto privilegio por sus buenas relaciones
con Mario Izquierdo, Director General de Molfruit España, S.L., Javier Gómiz
sentía sus espaldas bien seguras. Don Mario se graduó en Empresariales en el
mismo año que el tío segundo de Gómiz, un preboste miembro del Consejo de
Administración de un gran banco, con quien compartió muchas ocasiones de
fiesta y desenfreno a lo largo de su carrera universitaria. La insolente actitud
ante la vida de Gómiz era consecuencia directa de la facilidad con que
habitualmente conseguía superar todos los obstáculos gracias al oportuno
respaldo de su tío, quien hacía tiempo que llegó a hartarse de acudir allá
donde su sobrinito lo necesitara para sacarle del atolladero al que sus
relajadas costumbres solían conducirle. Se lo dijo claramente: “No volveré a
mover un dedo por ti, Javierito. ¿Lo has entendido? ”.
Fue
su andanza más reciente. Y la última. Había contraído deudas de juego por
valor de cien mil euros en el Casino de Torrelodones, adonde solía acudir cada
dos por tres animado por una racha de buena suerte que le mantendría atrapado
entre los verdes paños de las mesas de los crupieres, convirtiéndose aquel
centro de ocio y despilfarro en su segunda morada después de la oficina. Apenas
aparecía por su casa del barrio de Moratalaz, un destartalado apartamento
ubicado en una apartada callejuela próxima al Arroyo de la Media Legua, donde
frondosas acacias ocultaban el triste aspecto de unas paredes de ladrillo viejo
ajado por el implacable castigo del tiempo. El ejecutivo aspirante a la gloria
adquirió el piso hace un par de años, cuando aún no había sucumbido a las
tentaciones del bacarrá o la ruleta y se vio beneficiado por un blandísimo crédito
hipotecario inferior al tres por ciento. Hasta que fue ascendido a la posición
que en pocos años podría conducirle al cargo de supervisor, Javier no había
necesitado disponer de casa propia. Vivía en casa de sus padres, un pequeño
piso del barrio de Esperanza, a todo tren y cómodamente instalado como una
garrapata aferrada al cuello de su can favorito. No había fin de semana que
durmiese en casa, por más que su apurada madre insistiera con el ahínco
derivado de la ansiedad maternal por conocer el paradero de su retoño.”Javierito,
que te pierdes. Cada vez que sales por ahí a esos sitios de copas y música
rara me tienes con el alma en vilo. Y tu padre no aguantará mucho más. El otro
día me dijo que iba a hablar contigo en serio. No sé que es lo que le
ronda por la cabeza pero... Javierito, que ya no eres un crío.” En efecto,
los treinta años recién cumplidos por el hijo de Doña Maria y Don Antonio,
tenían crispado a este último ante lo que consideraba una excesiva dosis de
caradura del único descendiente que consiguió tener el matrimonio. Los
intentos posteriores resultaron completamente vanos, aunque Don Antonio habría
sido el hombre más feliz del planeta de haber podido aumentar la prole. Pensaba
en ello sobre todo ahora, cuando la falta de responsabilidad de su hijo único
le había demostrado en tantas ocasiones que como no sentara la cabeza terminaría
por arruinar su vida junto a alguna de las mulatas que frecuentaba en sus
salidas nocturnas, por las deudas de juego o por las dos cosas a la vez. “¿Es
que no eres capaz de entablar una relación formal con una chica de tu propio país?”,
solía cuestionarle Don Antonio, exasperado por aquella debilidad, una más a añadir
a la larga lista de lindezas atribuibles al angelito. El rechazo que producía
Javier Gómiz en su propio padre se correspondía con el efecto que causaba
sobre todo aquel que llegaba a conocer un poco su superficialidad, propia de una
manera de ser que eliminaba cualquier intento de profundizar, de interesarse por
las inquietudes que pueden atenazar a uno en un determinado momento y que te
inducen a buscar ayuda en una voz amiga. Una voz a la que escuchar y que te
escuche, alguien a quien confiar miedos y algún secreto de vez en cuando,
alguien que te hable con sinceridad para hacerte sentir mejor, aflojando el nudo
de las preocupaciones que oprimen el alma. Javier no era una voz amiga. Más
bien se trataba de un muro que se interponía entre tú y la realidad impidiéndote
ver claro. Quien se acercara a él con intención de obtener respuestas no
encontraba nunca una opinión, un comentario que comprometiera a Gómiz en nada
en absoluto. Era un hombre vacío de recursos para nadie. Repleto de ideas para
ayudarse a sí mismo. Las pocas ocasiones en que hemos coincido y que nos han
permitido intercambiar palabras ajenas al ámbito estrictamente laboral han
tenido como escenario la barra del Goya, un bar del parque empresarial donde
Molfruit tiene instaladas sus oficinas. Ahora que hago memoria sobre aquellos días
de relativo acercamiento entre los dos, me sorprendo al descubrir que no conozco
prácticamente nada de la vida de este personaje, como de la mayoría de la
gente que me rodea.
No
es que yo sea muy exigente con la vida que me ha tocado vivir... No, lo que
sucede es que algo se ha roto en mi interior. Un resorte ha puesto en marcha un
maligno mecanismo y he dejado de ser dueño de mí. No encuentro ningún
consuelo para mi conciencia y lo necesito. Quiero descargar de mi mente este
fardo insoportable que es mi afán de venganza. Por despecho sé que sería
capaz de cometer actos de los que me acabaría arrepintiendo. Y ya he empezado.
El primero en sufrir las consecuencias de mi desatino ha sido mi jefe. Don Félix
no ha podido soportar que hayan vaciado todos los armarios de su despacho y
extraído de su PC el disco duro. Qué decepción al comprobar que sus agendas,
tanto la electrónica como la de mano han desaparecido sin dejar rastro. El
desgraciado notó un agudo dolor en el pecho que se le extendió por los brazos
y finalizó en un infarto fulminante.
El
siguiente en caer por su propio peso fue Adámez... Mi viejo Adámez. Ese sí
que era un buen fichaje. Trepó al puesto de supervisor en tan poco tiempo que
le dieron una mención honorífica... ja, ja. El pobre ingirió una dosis de
cianuro como para acabar con un bisonte. Alguien la colocó distraídamente en
su plato favorito: setas de cardo. Tampoco resultó falto de interés el cese en
este teatro que es la vida, de mi estimada y servicial Irene. Ella sola se forjó
el sobrenombre de la comecocos. A todos acababa encandilando. Hasta el día en
que dio conmigo y la ayudé a abandonar sus miserias encerrándola en la sauna
del gimnasio. Estoy seguro de que me lo agradecerá, aunque ahora esté tan
lejos que no pueda oírla.
Pero
el que más favorecido ha salido de todo este aprendizaje he sido yo. He
conseguido aficionarme a una gratificante actividad: impartir justicia en este
mundo pervertido, donde nadie mueve un dedo por otro, ni obra sin buscar el
propio interés. Y nadie que no juegue a eso interesa. Ya no me planteo si he de
entrar en acción, porque ya lo he hecho. Sólo me preocupa el siguiente paso
que voy a dar, a quién he de liberar. Demasiados corazones de piedra. En esta
vida prieta de egoístas desalmados... ¡Qué vaguen como almas en pena los
desalmados de la tierra!
CUARENTA
TONELADAS
Mi
jefe lo anunció dejando que sus palabras punzaran mis oídos:
–Es
una misión hecha a tu medida.
Con
dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus palabras se
agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel de un enfermo.
Animado
por mi silencio, continuó desgranando lindezas:
–Esos
dos camiones transportan mercancías muy distintas. El agente de la aduana de Irún
confundió los papeles de modo que cada conductor lleva los documentos de carga
del otro. Debes presentarte en Aranjuez cuanto antes. Allí te espera uno de
ellos. Es de la Compañía Yamas.
–¿Y
qué hace en Aranjuez?– conseguí decir con un temblor en la voz. El causante
del mismo era un oscuro presagio.
–Cuando
los de la aduana cayeron en la cuenta de su error, acordaron con los conductores
que coincidiesen en la factoría de pegamento de Aranjuez, que es el punto de
entrega de uno de los cargamentos. Entonces intercambiarán los albaranes.
–Así
que debo acompañar al otro chofer hasta su destino– comenté con repentina
clarividencia. Yo mismo me sorprendí del aplomo que empezaba a sentir a partir
de ese momento. Entregado irremediablemente a mi mala suerte, entendí que sería
mejor hacerlo desde un punto de vista analítico.
–Supongo
que el conductor es extranjero y desconoce Madrid y sus alrededores –añadí
con mi recién estrenada perspicacia.
–Lo
que tengas que hacer a partir de ahora es cosa tuya. Ten, una copia de la hoja
de ruta. Nos la han enviado por fax los de Irún.
Francamente,
me traía al fresco el origen del terrible papel que mi jefe acababa de
encasquetarme por el artículo trece. Mi desolación no iba a disminuir por
ello.
“Piensa
en el Aniversario, Tomás –decía para mis adentros–. Te olvidarás de toda
esta bazofia”.
Y
es que no podía haberme mirado un tuerto otro día más que el de mi
Aniversario de boda. Diana y yo habíamos conseguido sobrevivir a cinco años de
vida en común, superando nuestras múltiples diferencias. Éramos como un
mosaico en el que sólo hubiese piezas de dos colores, enfrentadas y tan sólo
unidas por finas hileras de otras tonalidades. Esos elementos comunes contribuían
a hacer nuestra existencia más o menos agradable, sin grandes temblores de
tierra.
Ante
lo incierto de lo que iba a depararme ese día, yo no podía hacer menos que
esperar un buen final imaginando cómo aprovecharíamos Diana y yo nuestro
tiempo.
Una
última frase de mi jefe echó tierra sobre mi esperanza:
–No
sé a qué esperas. Yo ya estaría montado en el coche camino de Aranjuez.
–Claro,
sólo me preguntaba si ya lo habíamos hablado todo.
–Hasta
la vista, Tomás.
Salí
del edificio con una sensación de náusea que no me abandonaría en las seis
horas siguientes. Me encontraba encaramado a la noria del destino y ya no me podía
bajar. Lo curioso es que yo no había elegido. Otros me habían colocado allí.
Procuré
evadirme mientras conducía mi pequeño utilitario. El color verde jade de la
tapicería contribuía a relajar un poco la tensión:
-Vaya
trabajito –pensaba–. Si me descuido hasta me hacen conducir el camión. No
había otro más memo que yo para pringarle en esto. Equivoqué la profesión.
Debí haberme conformado con aquella plaza de profesor en el Ayuntamiento de mi
pueblo.
Los
carteles indicadores pasaban uno tras otro como anuncios mudos sin interés
alguno para mí. Empecé a relajarme pues conozco bien la Nacional IV y sabía
que tardaría un buen rato en alcanzar el desvío a Aranjuez. Aquello era simple
rutina.
En
mi despreocupación momentánea me puse a pensar en lo complicado que puede
resultar todo por un error humano. En este caso, un simple cambio de papeles
entre dos camiones podía arruinar el día de mi aniversario. Aunque, bien
mirado, los dos cargamentos tenían como destino la provincia de Madrid. Claro
que si cada uno hubiese ido a una punta del país yo no estaría metido en ese
fregado:
–Le
habría tocado a un infeliz de otra delegación –pensé–. Pero no, tenía
que repartirse el marrón entre Aranjuez y Humanes. Bueno, mejor será que ponga
la radio para ver cómo está el tráfico:
–<<...
las retenciones en la nacional IV en sentido Madrid, llegan hasta el desvío a
Aranjuez. Se recomienda el acceso a la capital por la nacional 401 entre...
>>
–Esto
me fastidiará a mi regreso. Que le den morcilla. Puede que para entonces ya no
me afecte.
Es
curioso, la de gente que nos podemos cruzar en una carretera. Todos parecemos
tan... iguales. Nos encerramos en una caja sobre ruedas y salimos zumbando hacia
algún lugar. Embarcamos hacia un objetivo pero cada cual persigue uno distinto.
Nunca pienso en qué narices le preocupa al que va delante en ese momento de su
vida o qué problemas están machacando al que viene de frente.
Llegué
al desvío. Según el mapa debía coger la comarcal hasta la fábrica de
pegamento. Estaba en el kilómetro trece. Buen augurio. Al cabo de media hora vi
que no había pasado del kilómetro nueve y no me extrañó. La senda era una
sucesión interminable de “eses” y baches. No sé cómo había podido pasar
por allí un camión de cuarenta toneladas. Y mucho menos dos.
Cuando
entré en la fábrica los encontré allí. No había ninguno más, como si esos
dos fuesen los únicos dotados con la extraordinaria cualidad de circular sin
contratiempos por la infernal carreterita.
Nada
más abandonar mi coche observé a un tipo con gorra de visera larga que
permanecía de pie apoyado en la cabina del trailer rotulado como “Yamas”.
Sostenía una pajita de refresco entre los dientes y cuando pasé ante su campo
visual esgrimió una sonrisa más bien burlona.
–Are
you Sam Purvis? –le lancé a bocajarro.
–Sure,
man. Who are you? –inquirió a su vez, aunque me daba la sensación de que lo
sabía de sobra.
Después
de las salutaciones de rigor confirmamos que el destino de la carga era Humanes
de Madrid, aunque sin contar con un teléfono de contacto con el lugar de
entrega no podíamos confirmar el modo de llegar.
–They’ll
wait for us, I guess –dije sin confianza. Y le hice una señal para que me
siguiera.
–Please
follow the green rat –bromeé señalando a mi cochecito verde jade.
La
odisea acababa de comenzar.
El
traqueteo no cesó hasta que alcanzamos la nacional IV. Al lamentable estado del
pavimento había que sumar la sensación de que en cualquier momento podías
salir disparado por cualquiera de las curvas semiocultas a lo largo del trazado.
La abundancia de vegetación a ambos lados de la carreterucha disminuía el
campo visual, ya muy reducido por las hileras de árboles que jalonaban el
camino. Tan prietas y espesas eran que, probablemente el aire tendría
dificultad en traspasarlas.
Procuré
circular a velocidad prudente, más que nada por la mole motorizada que llevaba
detrás de mí.
Miraba
frecuentemente por los retrovisores, como si el dejar de hacerlo fuese a traer
como consecuencia la repentina desaparición del coloso. La estampa del gran
camión articulado reflejada en los espejos del coche impresionaba. El morro
alargado exhibía la parrilla niquelada del radiador como el yelmo de un
gladiador presto al combate. Dobles hileras de neumáticos unidas por ocho ejes
a lo largo del remolque, cuarenta toneladas y novecientos caballos de potencia
perseguían a mi cochecito amenazando con engullirlo de un momento a otro.
Abandonamos
el camino de cabras y tomamos la autovía en dirección hacia Madrid. Un alivio.
Parecía estar surcando un mar en calma. Respiré hondo y me coloqué en el
carril derecho. Tráfico fluido, con tiempo de sobra y un sol radiante. La cosa
estaba controlada. En la radio anunciaban la próxima visita del Papa con
detalles sobre el programa.
–Vaya
–pensaba–, espero que mi hermanito esté disponible para acercar a mamá a
ver a Su Santidad. Detesto esos baños de multitudes.
Mi
hermano sabe escurrir el bulto con una técnica depurada. Nadie mejor que él
para encontrar la coartada perfecta y hacer lo que le place. Y eso que él es el
católico practicante. Si practica con el ejemplo alguna vez no le hará daño.
Claro que mi madre es culpable por disculparle.
Al
que nace para martillo, del cielo le caen los clavos. Como esta misión que me
ha tocado en el sorteo de marrones de hoy. Cuando acabe me perderé por ahí con
Diana el fin de semana para rematar el Aniversario. Bien mirado, eso de perderme
se me da de maravilla.
Estos
pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando me di cuenta que acababa de
saltarme el desvío a Fuenlabrada. La primera reacción fue de una mala leche
cercana a la ofuscación. Lo que vino después obedeció a un sentido práctico
de abandonar cuanto antes la ruta equivocada. Sin embargo, a medida que yo y mi
compañero de convoy avanzábamos parecían disminuir las probabilidades de
encontrar un escape.
Al
cabo de un rato vi que lo más seguro era continuar por la M-30 hasta el estadio
Vicente Calderón y tomar de nuevo el sentido Sur.
–Al
menos el irlandés no me pierde de vista –decía para mis adentros–. No
quiero imaginar el desastre de tener que buscarle en esta maraña de desvíos
engañosos. Sería muy gracioso. A ver, veamos, ahora debemos atravesar el paso
subterráneo hacia la cuesta de San Vicente y después ¡zas!, el cambio de
sentido.
A
continuación, algo paralizó de repente el magnífico plan que se debatía en
mi cabeza.
–¡No!
El paso elevado... la altura del camión ¿pasará con ese galibo? Tengo que
hacerle parar.
Enseguida
me di cuenta que no era posible echarse a un lado. Tres hileras de vehículos
apretadísimos entre sí desfilaban sin dejar un resquicio para hacerme sitio. Y
menos para el que venía detrás de mí.
El
subterráneo quedaba ya a menos de cincuenta metros.
–Algo
tengo que hacer, maldito tráfico...
La
solución se presentó en forma de otro camión de dimensiones mastodónticas
que iba a efectuar su entrada bajo el paso elevado. Parecía que se fuera a
dejar la caja de un momento a otro saltando la parte superior en mil pedazos
como una nube de astillas. Nada sucedió. Respiré por primera vez en los últimos
sesenta segundos. Sin embargo, no quedé tranquilo hasta que no estuvimos al
otro lado.
Me
vi inmerso en el torrente de vehículos que subía en dirección a la plaza de
España para darme cuenta del segundo error.
–Será
posible... He dejado a un lado el cambio de sentido y ahora ¿a dónde llevo a
este para dar la vuelta?
Quedaba
muy poco para coronar la Cuesta de San Vicente. Había que improvisar un cambio
de sentido cuanto antes y no había nada mejor que efectuarlo bajo el puente de
la calle Bailén. Qué sorpresa comprobar que era imposible llevarlo a cabo. Era
dirección obligatoria hacia el parque del Oeste. Precioso entorno atiborrado de
verdes y flores; inmejorable paisaje al borde de la masa urbana y los ríos de
asfalto. Un respiro de naturaleza sin duda muy útil para quien hubiera
terminado una dura jornada. Para mí no había hecho más que empezar la...
cornada. Un pitonazo sin orificio de salida, aún.
Descubrí
que a todo lo largo que era el parque no había un solo palmo libre de vallas,
de las más grandes que colocan las constructoras y que tienen la utilidad de
desviar el tráfico por tortuosos caminos.
El
follón que había en mi cabeza era monumental.
–Ahora
tendré que guiar al monstruo hacia el casco urbano, pero... no puede ser, cada
vez me voy alejando más del maldito objetivo. Hay que dar la vuelta ¡como sea!
Seguí
avanzando por el tramo vallado con el gigante rodado siguiendo fielmente mi
insegura estela.
Repentinamente,
una curva entre los improvisados muros que impedían la visibilidad me condujo a
través de un pasillo de un solo carril. Me sentía totalmente incapaz de
adivinar por donde iba. Miraba por los espejos retrovisores intentando observar
la cara del pobre transportista irlandés para comprobar si la desesperación
había empezado a hacer mella en él.
Un
rostro de piedra parecía mirar sin ver a través del cristal que cerraba su
habitáculo rodante, aquel al que se subió en el puerto inglés sin tener la
menor idea de lo que le esperaba. Aunque no dejaba traslucir sus sentimientos,
imagino que por dentro sentiría algo así como un hervor .
La
pista seguía sin despejarse, lo cual provocaba en mí una angustia creciente.
Era como si una mano diabólica hubiera cambiado los carteles indicadores,
interponiendo pasos elevados de dudoso franqueo para el camión, colocando
vallas para conducir a una celada sin final... ¿Por qué se ponía todo de
punta? ¿Qué nueva maquinación me esperaría al terminar el pasillo de vallas?
Aquello se había convertido en una inverosímil atracción de feria, un
discurrir sin rumbo por un laberinto demencial.
Como
una respuesta a mi zozobra, algo se despejó a mi alrededor segundos más tarde.
La luz aumentó su intensidad al desaparecer las vallas de ambos lados. Habíamos
regresado a los bajos del puente sobre la calle Bailén. Casi habíamos
completado un cambio de sentido de forma inconsciente, circulando a ciegas por
un pasillo absurdo aislados del mundo.
–Ahora
hay que pasar bajo el puente –me decía a mí mismo consternado–. He de
obligarle a parar.
Hice
aspavientos con la mano a través de la ventanilla y observé que el irlandés
accionó las luces dándose por enterado. Di gracias porque el arcén resultó
útil para acoger al convoy sin que estorbara al tráfico. Este empezaba a
espesarse por momentos.
–Is
it enough for the size of the track? –dije señalando al puente.
–It
is okay young man. Perfect.
–So,
we will turn to the right and drive to the national four again. Do you copy?
Esto
último de si me copiaba me sorprendió a mí mismo. Parece que las
circunstancias me enseñaron enseguida a adoptar términos de los que suponía
que usaban los camioneros. Lo había oído en alguna película.
Tomar
dirección hacia la nacional IV resultó aceptablemente fácil, pero antes
tuvimos que aguantar el denso torrente de vehículos que chorreaba lentamente en
el mismo sentido. A estas alturas, el amigo conductor al que guiaba debía haber
hecho acopio de tanta resignación como toneladas transportaba en su camión. Yo
dudaba si aquel robusto irlandés respetaría mi integridad física una vez
llegados a nuestro esquivo destino. Podía imaginarme el efecto de un golpe a puño
cerrado o abierto propinado por una de sus manazas llenas de dedos como
morcillas de Burgos y, la verdad, no me emocionaba.
–A
lo mejor tengo suerte y decide pasar de mí –pensaba–. Estos sajones son muy
distintos a nosotros los latinos. O al menos me conviene que lo sean.
Salimos
del último semáforo de la Estación del Norte y volvimos a enfilar la M-30,
seguro esta vez de que no iba a saltarme ninguna salida.
Siempre
que me relajo al volante pongo la radio. Es un gesto automático, como si mi
cabeza tuviera que estar continuamente llena de estímulos externos, absorbiendo
información como una esponja insaciable. El horror protagonizaba las noticias:
–<<...
un ataque de violencia repentino impulsó a su compañero de mesa a agredirle
con una silla. Las lesiones producidas por los golpes son de pronóstico
reservado>>.
Esto
es lo que pasa por trabajar en exceso. Forzar tanto la máquina puede acabar en
que nos devoremos los unos a los otros. Me refiero al hecho físico, pues
verbalmente y con la actitud de algunos depredadores natos, ya lo estamos
sufriendo todos los días.
–<<...
en lo que va de mes han fallecido en soledad en sus domicilios un total de
cuatro ancianos en nuestra ciudad, lo que eleva el número de casos a sesenta y
dos en lo que va de año.>>
O
sea, toda la vida sacrificado para que al final te abandonen sin piedad. Me dan
ganas de retirarme a un monasterio. Allí te dan comida, cama, un ambiente
tranquilo, un huerto que cultivar...
Bueno,
no nos despistemos, por favor. A ver, M-40 Fuenlabrada ¡Al fin!
Me
invadió algo así como un hormigueo por todo el cuerpo. No iba a permitir que
el asunto se me escapara de nuevo de las manos. Sabía que antes de llegar a
Fuenlabrada existía un desvío: Humanes-Moraleja de En medio. Estábamos cerca.
A
cada minuto que pasaba crecían mis ganas de reunirme con Diana. Lo cierto es
que ella pone el punto de equilibrio en la balanza de mi vida. A veces me
pregunto qué sería de mí existencia sin su concepto realista de las cosas.
Reconozco que muchas veces estoy en las nubes. Mi imaginación se desborda con
facilidad y ella consigue que descienda a lo terrenal. Cierto que no le hace
mucha gracia eso que digo de que es el contrapeso que necesito para
estabilizarme. Debe sonarle algo burdo. Sé que es algo así como compararla con
un bulto, pero no hay que sacar las cosas de contexto. Ella sabe que sólo hablo
con mala intención cuando discutimos, cosa bastante frecuente por otra parte.
–Cuando
acabe todo esto reservaré dos billetes de avión para Ginebra y me la llevo a
esquiar al Mont-Blanc. Aunque nos quedemos sin un duro. Ya nos recuperaremos con
mi paga de beneficios.
Pasaba
el tiempo y el esperado desvío no llegaba. Caí en la cuenta de que lo que yo
recordaba se refería a la carretera antigua pero no a la M-40.
–¿Y
si han cambiado el nombre? Cualquiera sabe qué indicador han puesto ahora?
Con
el alma encogida de nuevo, empecé a sospechar que aquello era lo sucedido.
Fijaba
obsesivamente mi atención en el cetro de la calzada intentando atisbar la menor
señal de un desvío.. El primer cartel anunciador lo encontré a los diez
minutos de marcha: Móstoles-Alcorcón. Decidí que por ahí se complicaría aún
más mi suerte así que continué sin más.. No sabía que la siguiente salida
daba directamente a Fuenlabrada así que cuando divisé el indicador tomé esa
dirección sin pensarlo mucho. Temía pasar de largo y regresar a la pesadilla
del cambio de sentido.
Una
vez dentro del pueblo pregunté a un ciudadano si sabía cómo llegar a Humanes
de Madrid.
–¡Oh,
sí! Pero tiene usted que coger la M-40 a la salida del pueblo y seguir hasta
que encuentre la salida directa.
O
sea que debía haber dejado a un lado Fuenlabrada y tener fe en mis recuerdos.
Pero mi autoestima no se hallaba fortalecida precisamente por los últimos
acontecimientos.
Así
que me vi por segunda vez guiando al santo irlandés con sus cuarenta toneladas
rodantes a través de un núcleo urbano. Volví a sentirme totalmente vendido a
mi incierto destino.
–Al
final –me consolaba– uno empieza a acostumbrarse a esto de ir a ciegas en
manos del azar. Veamos cuántos semáforos nos separan de la M-40...
Entonces
comprobé con cierto alivio la cantidad de glorietas que habían construido por
allí al cabo de los años. Fue una alegría efímera. Aprendí, ya tarde, que
allí se entra por un sitio y que para regresar a la carretera hay que atravesar
buena parte de la geografía urbana.
Estaba
hasta las cejas de aquel turismo forzado. Los temores sobre el agotamiento de la
paciencia del camionero volvieron a mí de modo que cuando paraba ante un semáforo
en rojo llegaba a estremecerme solo de mirar por el retrovisor pensando que en
cualquier momento le vería descender del camión decidido a vengarse de su
desdicha apaleándome.
Mi
abuela solía decir: “Quien algo teme, algo debe”, pero quisiera que alguien
me explicara por qué yo debía responder como un guía profesional por el hecho
de que mi jefe me hubiera cargado con ese muerto.
Últimos
cien metros de avenida hasta la M-40. Nos hallábamos otra vez en ruta. Mi
voluntad de llevar a término ese viaje gafado era tanto mayor cuanto más difícil
se ponía aquello.
–¿Y
ahora qué? –decía para mí–. Igual resulta que las indicaciones del buen
ciudadano son pura basura. Mira que no disponer de teléfono de contacto con el
almacén de destino...
Me
pareció divisar a lo lejos un cartel indicador. Cuando pude leerlo me colmé de
gozo:
<<Humanes-Moraleja
de En medio>>
–¡Bravo!
Esta es la definitiva– me animé.
Nada
más abandonar el desvío encontramos una carretera secundaria y un restaurante
repleto de vehículos pesados. Hice señas al irlandés levantando el dedo
pulgar para que entendiera que estábamos en el camino correcto y que quería
parar allí. Llevábamos una eternidad dando vueltas y el calor de aquellas
fechas me había recalentado hasta el cerebro. Había conseguido aguantar la sed
porque tenía concentrada toda mi atención en encontrar de una vez para siempre
la salida del atolladero. En ese momento había recuperado algo de la
autoconfianza perdida y mi organismo demandaba una hidratación rápida.
Cuando
Sam Purvis, transportista, natural de Cork, Irlanda y sufrido compañero de
infortunio descendió del camión, mi ánimo se dividió en dos estados: uno de
alerta, pendiente de cualquier gesto que tuviera la intención de aplastarme la
cara; el otro respondía a un sentimiento de fraternidad o solidaridad en la
desdicha de haber recorrido cien kilómetros juntos dando tumbos, perdidos en un
mapa hostil que se negaba a mostrar el final de la etapa.
Al
mirarnos el uno al otro se reveló enseguida la naturaleza bonachona de aquel
individuo. Una sonrisa franca cruzaba su rostro colorado cuando puso un brazo
sobre mis hombros y me llevó consigo a la entrada del bar.
Una
vez dentro y ante dos jarras de litro llenas de cerveza helada me confesó que
en su toda vida había sufrido una experiencia semejante. Sus ojos chispeaban de
pura sinceridad, doy fe de ello..
Trasegamos
más de una jarra cada uno, lo confieso, pero es que el espumoso brebaje entraba
por sí solo, sembrando refrescantes sensaciones a su paso. Después de las
penalidades vividas, aquello suponía un premio que había que paladear poquito
a poco, recreándose uno en cada segundo de placer.
El
buen talante de Sam quedó patente no sólo por lo grato de su compañía y el
par de chistes jocosillos con que se desmarcó sino porque incluso pagó las
copas.
Todo
un fenómeno, ese hombre.
Cuando
salimos del santuario cervecero el día parecía tener otro color. Cada uno subió
a su vehículo con inmejorable disposición de ánimo.
Empecé
a acomodarme en el asiento, me coloqué las gafas de sol... y al instante sentí
un aguijonazo en mi interior. Acababa de recordar el detalle de la dirección de
entrega:
<<Carretera
de Humanes a Moraleja de En medio, Km 4,4>>.
El
lugar donde nos encontrábamos se hallaba en esa misma carretera, sí, pero ¿hacia
donde debíamos dirigirnos? ¿a la izquierda o a la derecha? Tendría que
adelantarme con el coche yo sólo para localizar el punto kilométrico y después
guiar a Sam.
–¿Y
si pregunto en el bar? Ellos sabrán en qué dirección se encuentra ese sitio.
Mientras
pensaba en ello salí del coche y me dirigí al borde de la carretera. En su
estrechez se asemejaba a una cinta gris que serpenteaba en medio de un paraje
llano y pelado. No había vestigios de vegetación.
Resultaba
curioso. Hasta ese momento no había tomado conciencia del lugar adonde habíamos
ido a parar. Quizá por el efecto de la cerveza o del fogonazo interior que sentí
al apreciar que la incertidumbre seguía siendo compañera de viaje., el espacio
que me rodeaba se reveló ante mis ojos como una estampa desértica en la que el
restaurante era la única construcción en medio de la desolación. Incluso los
demás camiones aparcados parecían abandonados, sin rastro de vida humana bajo
un sol de justicia.
A
medida que me acercaba a la entrada del bar, percibía un olor característico a
goma de neumático, gasóleo y fritanga, elementos que consiguieron devolverme a
la realidad de mi misión.
Hice
un gesto a Sam, quien me observaba con gesto neutro a través de su ventanilla.
–I
need some information. Wait a minute– aclaré.
Nada
más entrar en el garito elegí a la persona que me debería orientar: un tipo
enjuto, con gafas oscuras que absorbía una gran bocanada de humo de su purito
de hoja tostada. Cuando llegué a su altura había empezado a sorber una taza de
café.
–Disculpe,
¿me podría decir hacia dónde queda el kilómetro cuatro?
Me
miró tras el humeante recipiente como si el resultado del examen de mi rostro
fuese decisivo para que elaborara su respuesta. Un ligero carraspeo y las
palabras salieron de su boca casi susurrando:
–Tendrás
que comprobarlo, amigo. No sé en qué kilómetro estamos. ¿Adónde vas?
–A
un almacén de fibras. Es de la empresa Yamas..
–No
me suena –repuso el hombre delgado. A continuación se dirigió al camarero,
que parecía clavado tras la barra.
–Paco,
¿sabes algo de Yamas?
El
aludido respondió arrugando la frente:
–Ni
idea. Por aquí no hay nada con ese nombre. ¿En qué dirección?
–Eso
quisiera saber –respondí–. Está en el kilómetro 4,4 de esta carretera.
–Umm,
el polígono más cercano está hacia Humanes, a unos tres kilómetros de aquí.
–Y
eso es...
–Saliendo
a mano izquierda –remató el que habitaba tras la barra.
Desdoblé
la arrugada copia del albarán de entrega y la escudriñé centímetro a centímetro.
En letra casi ilegible por lo desvaído de la tinta pude descifrar algo que
hasta entonces me había pasado desapercibido:
–Polígono
Industrial El Lomo –vocalicé lentamente.
–El
Lomo... Es la primera vez que lo oigo –indicó el barman–. Prueba en el polígono
que te digo –añadió–. No hay otro hasta el mismo Humanes.
Di
media vuelta, consciente del todo de que andaba de nuevo por la cuerda floja.
Salí lo más rápido que pude de aquel antro y pasé ante el camión de Sam sin
mirarle, indicando con el brazo que me siguiera.
El
efecto del aire recalentado por el sofocante sol sobre la superficie del
pavimento llenaba el horizonte con una reverberación plateada. No me llevó
mucho tiempo pasar el velocímetro de cero a cien, ofuscado por el cariz de la
situación. Quería vislumbrar cuanto antes cualquier rastro de nave industrial.
No me importaba si Sam quedaba a la zaga o si era engullido por el asfalto
derretido. Necesitaba ver de una maldita vez el lugar del infierno adonde tenía
que llegar. Nada interrumpía el despoblado paisaje más que unos cuantos
pedruscos y una ligera elevación del terreno, responsable del único cambio de
rasante de toda la carretera. Al coronarlo, descubrí una pequeña gasolinera en
la margen izquierda y ni la menor señal de un polígono. Esperé a Sam, que
aproximó el camión en medio de un chirrido de de compresor de frenos y de
motor roncando ruidosamente por la reducción de velocidad.
Pregunté
al empleado de la estación de servicio sin bajar si quiera del coche y acodado
en el borde de la ventanilla. Supongo que estaba ofreciendo una imagen chulesca
pero me daba lo mismo.
–Polígono...
¿qué? –inquirió un hombre de edad indefinida, con un bigote desvaído,
facciones difusas y aspecto indefinible en general ante mi mala leche desbocada.
–¡El
Lomo! –grité una sola vez. Debió de ser suficiente, porque el individuo
asintió y quitándose su gorrito blanco sin visera añadió:
–Si,
de la vuelta y por detrás del cambio de rasante a pocos metros se desvía a la
derecha. Es la entrada al polígono.
–Gracias
–me limité a decir secamente y aceleré poseído aún por un anhelo desmedido
de acabar con todo.
Volvimos
sobre nuestros pasos y fijándome muy bien recorrí el carril derecho a menos de
veinte kilómetros por hora.
No
había ningún desvío.
Ninguna
entrada.
Ni
un cartel indicador.
Decidido
a no dejarme derrotar esa vez por mi diabólica mala suerte, di un volantazo a
mi derecha y entré de lleno en una explanada vacía. Seguí adelante al tiempo
que observaba las cuarenta toneladas del camión de Sam paradas sobre el arcén.
–Mejor
así. Ahora sí que no me la das, destino de mierda.
Grité
la frase casi como una consigna de guerra. Pisé el acelerador consciente de la
enorme columna de polvo que iba arrancando de aquel terreno estéril. A menos de
veinte metros vislumbré un bulto que cuando empezó a cobrar forma se reveló
como un cartel anunciador de tipo publicitario. Estaba orientado
oblicuamente, se ve que pensando en los viajeros que iban en la dirección:
gasolinera-restaurante.
Al
alcanzarlo pude comprobar sus proporciones: un gigantesco cartelón que mostraba
una leyenda en letras desvaídas por el sol:
<<Polígono
Industrial El Lomo. Venta de Naves. Razón, nave A.
Animado
por un presentimiento me metí en el coche y continué mi marcha por el
inexistente camino. Una pequeña cuesta me esperaba a menos de cincuenta metros
de allí. La coroné despacio hasta que apareció ante mí la imagen que estaba
esperando: un par de hileras de naves nuevecitas parecían esperar un visitante,
inmutables en medio de la nada. Me había bajado del coche para contemplar el
espectáculo. Me apoyé en el techo del vehículo y esbocé una sonrisa. Una
carcajada empezó a abrirse paso hasta convertirse en algo parecido a un ataque
de risa. Permanecí un buen rato doblado por la cintura hasta que mi respiración
se normalizó lo suficiente como para introducirme en el coche y regresar a por
Sam.
Este
esperaba fumando un cigarrillo sin bajarse del camión, con la música de Bruce
Springsteen atronando desde la cabina. Un buen modo de evadirse de nuestro común
despropósito.
Buscamos
la nave B1 y esta vez la encontramos a la primera. Me pareció una extraña
recompensa, como un guiño burlesco del destino.
Parecía
como si los operarios del interior de la nave no nos hubieran echado de menos ni
un minuto. Debía ser que nadie se había enterado de nuestra odisea. Vamos,
como si fuera una simpleza encontrar al primer intento aquella frontera con el
fin del mundo.
Sam
descendió del camión con gesto concentrado. Se hallaba en terreno seguro. Ya
podía descargar la mercancía. Daba la impresión de que no le hubiera
importado en absoluto lo accidentado del recorrido. Lo que contaba era estar allí,
con la carga a buen recaudo.
Me
ofrecí a esperarle para acompañarle en su regreso pero se ocupó rápidamente
de denegar mi sugerencia.
–No,
young man. I’m quite sure about the right way. Don’t you worry.
No
insistí pues no había nada más lejos de mi intención que tentar a mi suerte.
Además, era casi seguro que el Irlandés tampoco estaría por la labor.
–Okay,
Sam, good luck.
Me
alejé de allí a grandes pasos, indicio de las ganas que tenía de volver a
casa, ver a Diana, besarla y fundirme con ella en un mar de abrazos y jadeos,
sin un resquicio para el recuerdo de ese infausto día.
Al
subir a mi coche pude ver la mole del gran camión reposando tranquila, como si
recuperara fuerzas preparándose para otra contienda.
Pasé
de nuevo ante el cartelón anunciador. Por más vueltas que le daba no conseguía
adivinar la razón por la que un ser humano puede colocar un indicador por
grande que sea, a casi un kilómetro de la carretera más cercana. ¿Proyección
de futuro? Quizá al cabo del tiempo aquello se transformaba en un doble trébol
de autopistas y el del Lomo en el más célebre de los polígonos.
Desde
luego, en aquel momento no pasaba de la clasificación de oscuro y clandestino.
Respiré
hondo y continué mi marcha hacia la luz.
Puse
tierra de por medio. Mucha tierra. Era lo único que abundaba por aquel páramo.
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