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RELATOS CORTOS

Juan Bogado

walterdifelice@hotmail.com



 

CÓMPLICE Y AUTORA

Ella les dijo a los policías que era la mujer que buscaban. Los uniformados no hicieron otra cosa que esposarla y meterla dentro del patrullero. Por el vidrio trasero vio alejarse su casa. La sonrisa inmune de una niña. Un perro. Otras casas vecinas. Otros perros. La plaza donde hacía apenas unos minutos se había encontrado con él. Otros perros. Sin mostrar resistencia entró al calabozo de la derecha, en el del medio unos travestis festejaban su ingreso, el de la izquierda estaba reservado. Uno de los policías, el más amable, liberó sus manos, la sentó en el catre, y cerró las rejas. Ella sabía que pronto la interrogarían, y fue por un cigarro al bolsillo de su campera. Entre los gritos de la muchedumbre transvestida fumó y fumó hasta que volvieron a buscarla, la llevaron ante el Juez de turno, pero esta vez no la esposaron.

- Sabes que andamos buscando otra cosa – mostró una sonrisa socarrona su señoría.

- Lo único que usted y sus secuaces están buscando lo tiene ante su nariz – desafiante era el tono de voz de la prisionera.

- ¿A quién estás encubriendo, te parece que se va a salir con la suya? Si no  sos vos, será cualquiera de sus amantes, de sus amigotes; si no sos vos... – hizo una ligera pausa – pero es mejor que colabores, podes conseguir hasta una amorigeración de la pena, yo mismo puedo hacer que te lo den en pocas horas – volvió a mostrar la misma sonrisa socarrona. 

- Le vuelvo a repetir que no sé de qué me está hablando, yo misma planifiqué el robo, compré el arma, y por esas idas del destino me cargué con la muerte de ese infeliz, pero de eso prefiero no hablar ahora -

- El que decide cuando se habla o cuando no, soy yo, me entendés? –

La prisionera asintió con la cabeza. El interrogatorio duró más de dos horas. A su término la volvieron a encerrar en el calabozo, pero ahora en el de la izquierda. Será que a un criminal confeso le corresponde compartir el baño y gozar de un ambiente más nauseabundo.

El primer día lo vivió con angustia, al tercero su madre la visitó pero ella se rehusó a verla, al quinto le nombraron defensor, pero ella se rehusó a entrevistarse con él, a los diez días le anunciaron que afuera estaba su hermana, la menor de las tres, que quería verla. Al policía, al de gestos amables, le pidió si podía tomarse unos minutos antes de ver a su hermana, para reponerse de tantos días de encierro, lavarse la cara, lucir más fresca, no quería causarle una mala imagen que despierte su preocupación. El policía accedió. A los quince minutos la hermana, la menor de las tres, entrenzado su cabello hacia arriba, la abrazó como nunca nadie la había abrazado. Hablaron poco, la vigilancia de una uniformada las incomodaba. En un descuido del personal, la menor le entregó una carta, se la guardó entre sus tetas, la visita duró menos de lo que ambas esperaban, se abrazaron otra vez, y otra, y otra, hasta que la uniformada tuvo que despegarlas.

Volvió a su encierro que parecía ya cotidiano. A los veinte días pidió verse con su defensor, a los veinticinco el defensor pidió una entrevista con el juez, al mes el juez accedió, al otro día la trasladaron nuevamente ante su señoría.

- ¿Sigue en pie la oferta? –

- Puedo entender su actitud, pero no su irreverencia – la sonrisa socarrona de siempre se le borró al juez de la cara.

- Es cierto que estoy encubriendo a alguien, su nombre es Octavio Reyes, de treinta años de edad, poco importa como lo conocí, aunque le aseguro que lo amé con locura, pero mi cuerpo y mente tienen un límite, y aunque hubiera resistido las penurias y la soledad que me esperan en la cárcel, no tengo fuerzas para resistir otras cosas que poco le sirven a usted –

El Juez le hace un guiñe al defensor, el defensor sale del despacho, ella se siente más segura con el decrépito magistrado.

- ¡Pero que cambio de actitud! ¡Asombroso!... ¿Y a qué se debe?

- No viene al caso, ya consiguió lo que quería, el nombre, él fue quien planificó el asalto, él fue el que disparó contra el guardia de seguridad hiriéndolo de muerte, fue él quien ocultó el botín en mi casa y escapó -

- ¿Dónde está la plata?

-  Apenas unos minutos antes que me arrestaran se la entregué – contestó resignada

-  ¿Y dónde se esconde? – suspicaz, como una víbora ahora se arrastraba el decrépito.

La prisionera terminó su confesión: se ocultaba en la casa del Tomba, un amigo de hace años, a pocas cuadras de su casa, en Triunvirato 786, departamento 5. Esas últimas palabras le cortaron la respiración, no había forma de tirarse atrás, de detener esas palabras antes que ingresaran al consciente del Juez, del decrépito Juez.

Al otro día el policía, no el amable sino el otro, la sacó del calabozo, la trasladó a uno oficina en donde le devolvieron sus pertenencias y le hicieron firmar un papel que no leyó. Ya te podés ir, y era verdad, ya se podía ir.

Al regresar, su hermana, la menor la esperaba. Se abrazaron, se abrazaron no con la misma fuerza que se abrazaron aquella tarde en la comisaría.

-  Perdóname, perdóname, amenazaron en llevarme a mí también, perdóname –

La carta había sido una emboscada, una perfecta emboscada en donde su hombre le declaraba que se iba del país con otra, que haga lo que quisiera ya que no creía que pudieran encontrarlo. Precisamente en ese momento la sirena de un patrullero la hizo salir a la calle, por el vidrio trasero otros ojos que no eran los de ella pedían perdón.


INDIECITOS DESCABEZADOS

Violeta tuvo un sueño. Una brisa liviana, procedente del Noroeste, maquillaba su piel de trigo. No llevaba puesto más que una enagua blanca; de los bordes, una guarda  de encaje bordada con hilos de plata, colgaba en forma de enredadera. Esa seda traslucía un par de pechos erectos, puntiagudos, excitados por el frío glacial de la montaña. Sentada de rodillas sobre una roca, sobre una roca que sobresalía de otras enfiladas prolijamente, refrescaba sus pies y manos en el espejo del río. La frescura del agua penetraba los poros; húmeda estaba la dermis que servía de envoltorio.

Montada en espuma, emergía sublime, casi mitológica. Venían a adorarla hasta la orilla, desde lugares añorados, exóticas aves, un bifronte huemul, peces aterciopelados, serpientes. Una divinidad mapuche, apostada en su trono estéril de poder, le guiñaba un ojo. Violeta oye el canto de las almas que buscan el puente entre este mundo y el reino de los espíritus, el pasaje secreto al descanso eterno, oye ese canto pasar por encima suyo, lo oye perderse en el bosque, repiquetear, menguando su fuerza frente a una quietud que impide, inexorablemente, su continuidad.    

Súbitamente, aquella sobriedad en el paisaje y en el tiempo, fue interrumpida. Una nube compacta de polvo pardo la cegó. El polvo trepó por su nariz hasta obstruirle respirar. Una lanza, una lanza esculpida con diamantes y arrojada desde un refugio en la cima, la hirió de muerte. La herida la atravesó desde la vagina hasta el cráneo.

A través de una oscura geografía de planicies y ciénagas, bajaron de la ladera que marca la frontera entre el más allá y el más acá, una manada de demonios decapitados, montados en camellos parlantes, atraídos por el perfume sanguíneo que brotaba de la mujer. La rodearon en círculo. Sin dar muestras de desfallecimiento, estaqueada, casi entera, luchó cuerpo a cuerpo con los temerarios, avivando la chispa del triunfo, alcanzando la gloria de los domadores del dolor, de los que no entienden de peligros. 

Finalmente cayó, cayó triunfante de derrota, y antes de caer consiguió dar muerte a una de esas corrosivas criaturas con un resto de lanza que pudo desclavarse de su costado. Cayó y la tierra tembló, los ríos se desbordaron, cientos de alimañas viscosas se reproducían, los frutos se contaminaron de plagas, especies de insectos, del tamaño de una naranja y cubiertos por caparazones brillantes sobrevolaron el aire, de los volcanes lombrices encendidas asomaban sus retorcidas cabezas, la alegoría de la miseria, personificada, tomó cuerpo y alma eterna.

Pronto y aprovechando ese descuido del destino, los acéfalos demonios extirparon la lengua de Violeta. Insaciables, devoraron sus ojos, su hígado, amputaron sus dos brazos, ardieron sus entrañas. Florecían de su ano tallos de espinas sin rosas, perros mutilados, semi-lunas que desataron diluvios con su llanto. Un hilo de sangre se escurrió entre la zanja de sus pechos, luego se coaguló en una negra y espesa jalea.

El Apocalipsis prolongaba así la agonía de ese cuerpo ya sin vida, elevando su brazo en señal de victoria.    

Se comentaba que descendía en línea directa del gran cacique Calfukurá, el mismo que al morir, cuentan que hallaron en él "dos corazones que seguían latiendo alegremente, que no podían morir". La muerte no lo alcanzó como al resto de los humanos. Y realmente esa apariencia y aquella mirada que parecía gobernar a las fuerzas de la naturaleza a su antojo, daban asidero a esos dichos: una envergadura poderosa sostenida por un par de pilares infranqueables como el acero; dos escarabajos negros, gigantes, de los cuales se filtraba la luz en el rostro; una boca multiforme, que tanto a Violeta enloquecía, se parapetaba entre pómulos perfectamente geométricos que remataban en labios como océanos.

Antes de cumplir los ocho años, quedó huérfano de padre y madre. Ambos murieron calcinados, dentro de su propia casa, por resistirse a ser desalojados de sus campos. Fue criado desde ese entonces por su abuela y sus ochenta años, junto a una tía viuda joven y dos primos. Correteaba por el valle con la desmesurada libertad del bárbaro que desconoce la compostura, de quien es libre por ímpetu, por convicción. Cazaba guanacos y liebres que su anciana abuela asaba bien adobados, conocía los nombres de los ríos como nadie, sus nacientes y sus desembocaduras, conversaba con ellos por las noches, les confiaban sus secretos, les revelaban sus misterios.

Para subsistir en ese terreno desolado y olvidado por la civilización que se autodenominó triunfante, trabajó de domador, aprendió a esquilar, fue puestero de campo, cuidó animales, trabajó en la estancia del terrateniente que había usurpado el patrimonio de sus padres, el mismo que estampó la orden de desalojar a toda costa, sin importar nada, el responsable de la cruel matanza. El nunca pudo explicarse semejante paradoja. Pareciera no tener más que indignación y recuerdos anidados en la mirada. Estaban todavía las paredes de su antigua casa, y el galpón del ganado donde guardaban los caballos, los restos de las tierras de su abuelo y de su padre, el lugar donde fue nacido y criado. Como tantos otros, pasó de ser propietario a peón de su propia tierra.

Desde los dieciséis y con el solo objeto de calmar las penurias de su familia mediante un salario estable, Guillermo terminó trabajando como obrero en los yacimientos de hidrocarburos de Loma de la Lata, cercanos a Cutral-Co.

Su casa quedaba a dos cuadras de la de Violeta y a pesar de esa virtual cercanía geográfica, ésta desconocía por completo la existencia de aquel joven monarca, de aquel huésped de la tierra. Diferente era el caso de Guillermo, obsesionado por esa figura delicada, proporcionada de pies a cabeza, por ese azabache que usurpaba su cabello, por esa piel barnizada de miel, reflexionaba en la injusticia que representaba tanta hermosura condensada en una sola mujer, en una sola niña india.

Un poco gracias al bendito azar y otro poco a la insistencia hormonal del propio Guillermo, un amigo en común los presentó en vísperas del Nguillatún. 

Año tras año, en los primeros días de febrero se lleva a cabo el Nguillatún, o rogativa. Es una súplica dirigida a Nguenechén con el principal objetivo de obtener de él buenos augurios y prosperidad para el pueblo. Desde su comienzo, pueden transcurrir tres o cuatro días hasta la culminación del ceremonial; abundan los sacrificios, las invocaciones, los ruegos, los cantos y ritos de fertilidad: "Este día, arrodillado en la tierra, Dios te pido que me des buen cielo. Este día, arrodillado en la tierra, Dios te pido que me des buena cosecha. Dame fuerza. Dame buen pasto. Dame buenos pensamientos. Dame vida con toda mi familia. Dame un buen trabajo. Dame larga vida".

Después todo se vuelve festín humano, expresión de gozo. A elección del más anciano, las niñas decoran una calle con guirnaldas y flores frescas. Los mocitos se preparan para el mudai y el baile, las señoritas para los besos y las caricias. Se canta, se bebe, se baila, los más chicos juguetean, la atmósfera es la propicia para los enamoramientos.

A diferencia de Guillermo, Violeta terminó sus estudios secundarios en Neuquén, y a causa de una decisión arbitraria de su padre (las mujeres fueron hechas para fecundar), que aún no comprende, su sueño de convertirse en geóloga se frustró. Ni bien terminó los estudios en la ciudad capital de la provincia, y gracias a las relaciones con la intendencia que ostentaba un tío por parte de madre, entró a trabajar en la salita médica de Loma de la Lata, como enfermera. La paga era mala mas el trabajo de enfermera despertó en ella un espíritu de solidaridad ajeno hasta ese entonces. Horas y horas velando por los enfermos. El encuentro con la muerte ya no la tomaba por sorpresa: chagas, tos convulsa, neumonías crónicas; el catálogo entero de enfermedades de la OMS pasaba cotidianamente antes sus ojos y alguna se ligaba de vez en cuando. Guillermo adoraba precisamente eso en ella: su coraje, intacto como el de todo su pueblo. Una niña india colmada de bravura, y a la vez volátil como arcilla en agua.

A los diecinueve de ella y a los veintitrés de él se casaron bajo los augurios de sus mayores. Hubo fiesta en el pueblo. Las luces, los rituales, el sabroso cordero al asador, los bailes, la primera vez de traje de Guillermo, el susurro de las comadres, el viva los novios, la envidia de las niñas; todo irremediablemente eclipsado por el destello que escoltaba a Violeta. 

Una noche en que soplaba el viento del sur y las estrellas tejían ajuares en el cielo, el joven monarca, empujado por la fortuna y la ambición, escaló la torre de la fertilidad, custodiada desde hace milenios por alfiles asexuados. Un cuervo ciego lo guió hasta las compuertas de oro que amurallaban el interior, aceitó las bisagras con su saliva para poder introducirse con facilidad.  Aferrada al extremo de una vara niquelada, Violeta rompía nueces. La contuvo a su pecho, la recostó en toda su inmensidad. Mientras la lucha de abrazos proseguía, ella garabateaba entre sus dedos signos oníricos, su respiración aceleraba el ritmo de los planetas, la luna alcanzó una velocidad ultrasónica, Venus y Marte terminaron por colapsar. Los amantes, recostados en una recámara circular, amasaban mazapán de barro, moldeaban figuras amorfas. Una corona de fresas enrollaba el pelo de Violeta, el cacique se perdía en esa selva de ungüentos. Un gemido, un gemido mudo que atravesó ríos y mesetas de piedras, que trepó montañas y acantilados, desfloró a las vírgenes europeas, un gemido que duró menos que una eternidad, liberó aturdida su garganta. De un hachazo, Guillermo atravesó su cicatriz; esa cicatriz jamás infectada. Sangró, sangró sin que le importara, sangró y se echó a reír de placer, embriagada de sudor, enloquecida por la mezcla acuosa que derretía sus vísceras, ya nada volvería a ser igual. De la virgen india nació otra india, otro ser diferente, una india loca que lamía la sal del lomo de las iguanas. A los pocos segundos de la concepción de esa india nueva, los cuerpos de los amantes, emplumados, retomaron la velocidad anterior. La virgen india, aún no se marchaba, iba y venía aguardando el crucial entierro. El primer puñado de tierra se desprendió de la mano de su gemela, luego una catarata de lodo la cubrió, sepultándola para siempre cerca del sueño inocente de las niñas.

Aquella niña que soñaba con ser geóloga, la niña india educada por el hombre blanco, la india civilizada, la excitada, la de ojos de india, encontró su muerte esa noche en que soplaba el viento del sur y las estrellas tejían ajuares en el cielo.     

Verónica tuvo otro sueño. Atada de pies y manos a cuatro mojones que formaban un perfecto equilátero, asistía involuntariamente a una ceremonia pagana. Se adoraba a una esfinge de dos colas, dorada, con zafiros encastrados encima de cada maxilar. La muda estatua le abría los brazos con intenciones antropófagas. Su visión era parcial, clavada en cruz sobre los cuatro mojones, de reojo sólo advertía que sucedía a su alrededor. Cientos de ojos la miraban con asombro, la misma mirada que descubrieron sus antepasados ante la presencia del conquistador blanco. Supuso que el jefe de aquella tribu era el de colmillos que tocaban el suelo, un ser espantoso, no había ningún rastro humano que en él se apiadara. Se sacudió el trasero y ligero de ropas impuso una danza que fue seguida por los demás, una danza que imitaba los movimientos del avestruz. Tamborines de hojalata forrados de piel humana y cuernos huesudos con amalgamas de vidrio, eran los ansiados instrumentos que orquestaban aquella danza que estremecía a la prisionera.

En pocos instantes la música finalizó, o a Violeta le pareció no escucharla más, un gnomo pequeño se le acercó y pasó por su boca una hoja de higuera empapada con un líquido negruzco. A los pocos minutos un sueño alucinógeno ganó su intento de mantenerse con cordura. Al despertar los raptores se habían marchado, el lugar en donde yacía presa se esfumó, un paisaje desértico, ahora, se le presentaba. Sus miembros recuperaron la movilidad y de un salto se incorporó, el paisaje estaba desolado, o pareció estarlo en un primer momento. Resentidos sus pies por las sogas que cortaban la circulación sanguínea, dio los primeros pasos, inestable enderezó la columna y recuperó, poco a poco, su andar habitual. Aún le dolían las ataduras en sus muñecas y tobillos. Por el dolor que experimentaba pensó que no estaba siendo víctima de otro sueño, y que en realidad había sido apresada por aquella tribu que se marchó sin hacerle ningún daño físico. Reflexionó sobre el porqué de la captura, que causas movieron a esos primitivos a tomarla prisionera para luego soltarla sin más. Emprendió camino, pues hubiera sido cobarde cualquier otra decisión. El desierto era una interminable meseta de arena, ni una sola especie animal ni vegetal, solo médanos, médanos que se transmutaban de un lugar a otro, rajando el relieve con insistencia. 

Al pie de un médano vio muros, una ciudad levantada sobre la meseta, una ciudad amurallada. que carecía de puertas y ventanas; la única abertura, un ventanal a unos veinte metros de la superficie. Recorrió por completa esa fortaleza, la bordeó fatigada, el sol ardía en su cara. Por una esquina del gran murallón, se precipitaba un arroyo de aguas impuras, bebió para contrarrestar la sed de cientos de noches o de un enorme día multiplicado por el sol. Comenzó a rascar la impenetrable roca que servía de dique, tardó noches, ensangrentándose sus manos en abrir un boquete conductor que le permitiera introducirse en aquella ciudad de torres y arcos.

Por fin pudo acceder. La ciudad estaba vacía, todas sus calles conducían a una galería de glicinas que desembocaba en un sótano. Una escalera había en aquel sótano que falazmente conducía a otra idéntica galería de glicinas que desembocaba en un segundo sótano y así infinitamente. Una construcción inútil para el confort humano, esta ciudad ha sido fabricada por Dioses, pensó.

Se recostó bajo una de las glicinas, el viaje la había saturado. Un silencio eterno pesaban en sus párpados. Cerró los ojos y aguardó (sin dormir) que abrazara el día. Aquel lugar no la tranquilizaba. Un zumbido constante despejaba la idea de la soledad, el rumor se agudizaba violento, cada segundo confirmaba que la sed y el hambre no la habían enloquecido. De pronto, desde una puerta que ella nunca avistó y que juraría que no estaba en ese lugar desde donde se desplegó, una tribu de jíbaros entró al castillo, a la gran muralla, a la ciudad fabricada por dioses, al asilo de los jíbaros.  

La albahaca le proporciona un sabor especial al guiso de liebre. La receta provenía de su madre, le fue legada por su abuela y a ésta por la madre de su abuela. Una receta que sedujo las muelas de los caciques más respetados de la comunidad, hasta el mismo Caupolican regocijaba con aquella preparación; una receta que viajó a través de los tiempos, incólume, sagrada, que alimentó tanto a indios como a colonizadores, que en el fondo era un grito de guerra, un llamado a la libertad de los pueblos, a la dignidad mapuche, un estandarte culinario, un botín, un metal precioso más que el oro y la plata.

El rancho es pequeño, en menos de seis meses el propio Guillermo lo levantó, siendo las tormentas estivales la única amenaza para esas enclenques paredes. A pesar de esas adversidades, la vida de casada le sienta de maravillas, el salario de la planta no alcanza para mucho más que el guiso ancestral, acompañado por patatas, vino patero y el kofkekura de Doña Chacha. Cómo ese pan no hay otro, elaborado con harina de piñones, salpicado por la sal de las canteras de Zapala y amasado sobre piedra por ese par de manos de Pachamama, el kofkekura de Doña Chacha alimenta al pueblo entero, se multiplica como en el milagro de las Santas Escrituras, se deshace apenas uno lo saborea. Todo se habían llevado, exclamaba la mujer, salimos perdiendo, salimos ganando, se llevaron el oro y nos dejaron el oro, se lo llevaron todo y nos dejaron todo, nos dejaron la memoria. Eran las palomas, expertas en descifrar la hora del horneado, las encargadas de limpiar los rincones del horno una vez terminada la cocción. Toda una fiesta era ver a aquella mujer, turbante en la cabeza y vendas en las rodillas, ir de casa en casa ofreciendo su más preciado tesoro, del que no la pudieron despojar. Nos dejaron todo, nos dejaron la memoria, repetía.

El salario de enfermera tampoco es gran cosa, así que domingo por medio, Violeta carga todos los cachivaches hasta la feria y sobre una manta tendida ofrece sus obras de arte trabajadas en plata. Su arte está ligado a las profundas creencias de su pueblo: una simbología de serpientes, flores, orantes arrodillados, cruces, escaleras sagradas, aves míticas, responden a la peculiar manera de ver el mundo y estar en él, un mundo en el que todo parece posible. Violeta es una experta hacedora de colgantes, collares, brazaletes atiborrados de piedras, sandalias de cuero. Violeta practica el arte de la orfebrería cordillerana como ninguno y al mismo tiempo las ventas ayudan a resistir hasta fin de mes.

En el hospital ocupa toda la mañana y las tardes se las dedica a la Agrupación “11 de Octubre”, de la cual es miembro activa desde que volvió de Neuquén. Como nadie Violeta entiende la encrucijada de su pueblo, comprende el dolor de la marginación, es una ferviente luchadora por los derechos de los suyos, por la recuperación de las tierras confiscadas, por los deberes del estado con relación al cuidado de la niñez y de la ancianidad, por la  preservación de los recursos naturales. Los dioses están de su lado pero los demonios también. Violeta es dueña de una voz agraciada, tanto a la hora del canto como de la oratoria, y ésa es una de sus funciones más importantes dentro de la Agrupación, ser la voz de los que la perdieron, de los que enmudecieron, de aquellos que se niegan a hablar ante el hombre blanco, de aquellos que sienten la angustia de no ser tomados en cuenta jamás; consciente que los suyos son un buen caldo de cultivo para los gobernantes en épocas de elecciones, Violeta les aconseja no votar, no votar por nadie hasta tanto aparezca quien reúna las cualidades para ser un fiel representante de su cultura, de sentir el dolor del despojo a flor de piel, quien por su sangre circule la muerte y los incendios, y los desalojos, las mentiras y los engaños, la discriminación padecida por siglos. 

Durante uno de los encuentros organizados por la Agrupación, Violeta tomó la palabra. Sentado en la primera fila, orgulloso estaba Guillermo. Sus ojos dispararon una lágrima de plata que al caer punzó de agua el pavimento; su india amada, su resguardo y su sosiego, emprendía el camino a las cuatro almas:

“Y ustedes, mi pueblo, se preguntarán hasta cuando? Hemos sufrido siglos y siglos la terrible sensación de sentirnos ajenos en nuestras propia tierras. Nosotros no somos los extraños, no vinimos del extranjero, nosotros no descendemos de aquellos conquistadores torvos que buscaban oro, plata, patatas, tabaco negro, y que arrasaban con todo lo que se les presentaba bajo su mirada. Nosotros no somos indios, como el huinca nos llama. Somos un pueblo, aunque este estado, racista y autoritario, nos niegue ese derecho, nos considere nada. Nosotros somos los guardianes del secreto de estas montañas, somos los hijos de Lautaro, somos la lanza que venció en Tucapel, somos los que desciframos el destino, los poseedores del misterio de las almas. ¿Hasta cuando soportaremos las humillaciones? Que la paz ramifique en cada uno de ustedes, que Pillán nos otorgue las fuerzas para soportar el desprecio sufrido por más de cinco siglos del hombre blanco, hasta poder ver con nuestros propios ojos que nuestros hijos reciben una educación fiel a la idiosincrasia de sus mayores, nuestros ancianos salud y cuidados, que nuestros hombres y mujeres el trabajo digno que merecen, que la tierra retorne a sus verdaderos dueños, a los únicos, que los ríos vuelvan a cantar canciones de cuna, que las aves trepen a lo más alto.

¿Por qué nos hablan de integración? Si mientras nosotros nos hemos integrado al hombre blanco, los huincas no se han integrado a nosotros. Mientras nosotros debimos convertirnos en bilingües, nuestro mapudungún no se enseña en los colegios.

¿Saben cuántas veces me pregunto, para qué quieren tanto? Tienen empresas, negocios, mucha plata; lo único que pedimos es un pedacito de campo para poder comer. Fuimos desalojados por los grandes acaparadores blancos, quemaron nuestras casas, robaron nuestro ganado, nos exigieron abandonar nuestra tierra, primero, en nombre de Dios Nuestro Señor; luego, en el del Rey; por último, en el de la patria.

Por ello seguiremos honrando a nuestros caciques, a nuestros dioses, a la madre de los mapuches, la tierra, a la plata y al cobre, en la lucha por la dignidad. Aquí estamos, somos el pueblo mapuche, el que espera un tiempo en que otra vez todo vuelva a ser posible, y en el que, todo nos suceda como en la felicidad de un sueño”.

Luego de esas palabras cayó redonda sobre una tarima cubierta de banderas argentinas. 

Después de examinar yo mismo su cuerpo, les di la noticia: estaba de dos meses. La presión y los nervios por el discurso habían causado una descompensación. Se trató solo de un susto, nada más que un susto.

Violeta parecía que iba a salirse de ella misma, no articulaba palabra, la garganta se le cerró. A su lado, petrificado, Guillermo no dejaba quietas las manos, las alzaba al cielo en señal de agradecimiento, las frotaba entre sí, vociferaba su alegría, daba brincos, reía. Se abrazaron. Finalmente los dos fueron un mismo ser que la luz dicroica se empecinaba en corregir.

-   Lo antes posible hay que hacer los estudios de rutina, para estar más seguros y tranquilos – El que está por venir deberá subir los siete peldaños del canelo y se detendrá para venerar en su camino a la Luna y al Sol y también dormirá un largo sueño en sus ramas, como huevo empollado por el ave sagrada, hasta que esté formado y listo para la misión Divina.

Cantata de pastos áridos como la muerte del cóndor, terremotos de lenguas ardiendo en un círculo íntimo entre el hombre blanco y el indio. El desprecio del nativo era el peor castigo, su indiferencia, su sentimiento de superioridad por ser conocedor del ritmo natural de los planetas, conocer el calendario perfecto sin necesidad de recurrir a la falsedad del bisiesto, el poder para curar, para adivinar el destino de las aves, el comienzo de la primavera. El hombre blanco impuso su propia lengua, sus palabras, su dios y sus santos, su historia de arrebato y conquista. El hombre araucano lloró sobre esa historia por los muertos del hombre blanco que también eran sus propios muertos. El hombre indio perdonó pero no olvidó. El hombre blanco no entiende cuando le hablan de perdón.

Me aterroricé. Violeta sostenía la mano de Guillermo sobre su pecho, sobre el pecho que pronto daría de comer. En ninguno de los tantos libros que me tragué en la facultad hallaba una explicación al horror a que asistían mis ojos. Los futuros padres muy ocupados en acariciarse no captaron nada, tampoco quería alarmarlos antes de tener un diagnóstico acertado, las hipótesis más increíbles podían ser confirmadas. ¿Se trataba de una falla técnica en el monitor del ecógrafo? ¿Mis ojos estarían desvirtuando la imagen? ¿Un feto malformado? ¿Un feto? ¿Un monstruo?

Violeta mostró preocupación cuando le anuncie que era necesario realizar segundos análisis, no pude ocultar mi propia preocupación, el panorama no era halagador, las interconsultas no fueron fructíferas, todos coincidían en lo mismo. Más preocupada se mostró cuando le comuniqué que consideraba necesario que se traslade a Buenos Aires para realizar otros estudios. Me rogaba que le dijera lo que estaba ocurriendo, quería saber la verdad, pero tampoco yo la tenía.

Me contacté con un viejo amigo de la Facultad que estaba trabajando en el Durand, le comenté el caso y le pedí que recibiera a Violeta.

Violeta partió un dos de agosto hacia Buenos Aires, su cara de terror fue lo último que vi, la acompañó Guillermo, solos aquellos dos seres que jamás se habían alejado de su casa, estaban a punto de volar hacia el caos capitalino. Cuando llegaron dieron enseguida con Roberto, ahora el Doctor Roberto Giménez. Roberto conversó largo rato con la pareja, los tranquilizó ya que el terror no se apartó de sus caras desde que abordaron el avión. Fueron cinco días de intensos estudios, ecografías tridimensionales, estudios de ADN, se les extrajeron a ambos muestras de sangre para estudiarlas genéticamente. La Agrupación los apoyó económicamente, se hicieron colectas para recaudar fondos, las filiales residentes en la Capital también aportaron para la causa.

Guillermo se transformó en la sombra de Violeta, la abrazaba, le regalaba palabras de aliento, palabras que no alcanzaban pero que el solo gesto era conmovedor, Guillermo entendía poco lo que sucedía, Violeta era plenamente consciente. Al finalizar la larga procesión de inyecciones, pasillos infectados, análisis de todo tipo, doctores gordos, enfermeras malhumoradas, después de una larga epopeya por la Gran Ciudad, la misma con la que soñaban desde Cutral-Co, regresaron a su pequeño trozo de mundo con una certeza bajo el brazo. El contenido del sobre lo decía todo, la sospecha no era desgraciadamente infundada, miré la protuberancia que comenzaba a sobresalir del vientre de Violeta, miré los ojos asustados de Guillermo y la verdad se chorreó desde mis labios.

¿Cuántas eran las esperanzas, cuántas las probabilidades, que tan peligroso era llevar el embarazo adelante? ¿Tenía las respuestas a todas esas preguntas? ¿Mis libros, acaso? ¿Las universidades de medicina? ¿El doctor más experimentado podía asegurarle a aquella mujer, la misma que se desgarraba desde su interior, que su vida y la del ser que llevaba no corrían peligro?

La verdad es dolorosa, pero no tiene excusas: lo cierto es que el niño no se llegó a formar por completo, tiene graves problemas de desarrollo, sufre de una malformación denominada anacefalía, es decir, ausencia de cerebro y cráneo por alguna causa aún desconocida, su evolución prenatal no ha sido natural, en definitiva no tiene desarrollada su cabeza. Nadie en la sala podía comprender el sentido de mis palabras. ¿Un niño descabezado? ¿Qué demonio se había encaprichado con aquel inofensivo ser que crecía en retazos?

-     ¿Qué es lo que podemos hacer entonces? – preguntó Guillermo temiendo la respuesta. Y la respuesta era obvia, se caía de mi boca y de las suyas: interrumpir el embarazo. Un silencio de catedral se produjo entre los tres. Los profesionales de la salud debemos mantener un criterio objetivo, depurado de sentimentalismos, mas no era posible en ese momento evitar conmoverme.

A los diecisiete días llegaron desde Buenos Aires los resultados de los análisis efectuados a los padres. Guillermo poseía un alto grado, muy superiores a los normales, de metales pesados en su sangre, como el plomo, cadmio, arsénico, debido quizás al manipuleo con sustancias hidrocarburíferas, capaces de concebir y engendrar el tipo de malformación que sufría el feto. Al día siguiente, Violeta se sometió al aborto. Hubo un pedido especial, algo de lo que preferí acceder sin indagar: unas muestras de sangre extraídas del feto. Violeta agradeció con una austera sonrisa.

(Hay una creencia mapuche que consiste en morder, frotar o quemar un lugar de la piel hasta que brote sangre. Entonces se echa unas gotas de sangre del hijo en la herida. De esta manera en caso de extraviarse el niño, la sangre responde al llamado materno).


LA MARCA EN LA CARA

Hace siete años que lo conozco, desde que decidí afiliarme al Socialismo, eran los meses previos a las últimas elecciones presidenciales, y a pesar de no haber tenido nunca convicciones fuertes, políticamente hablando, sentí la necesidad de definirme en el campo ideológico, se despertó dentro mío un sentido de pertenencia, pertenecer desde la no pertenencia quizás. Hoy, por suerte, ya no soy tan inocente para creer el cuento del mundo mejor. Ya tampoco soy la misma persona, el adolescente verborrágico que marchaba en el vigésimo aniversario de la dictadura por las calles de una ciudad oculta, levantada sobre la piedra angular del autoritarismo y el clero; no soy el mismo que presidía las reuniones del centro de estudiantes en donde nuestras voces, opositoras a la reforma educativa, se alzaban por la democratización de la enseñanza; al que se le cortó la respiración con la noche de los lápices; el amante de La Maga; el espía, el bufón. Es que mucha agua corrió debajo del puente, mi puente. Lejos de convertirme en un fiel devoto de las políticas neoliberales, la evolución, si se me permite ése término para definir mi estado actual, apunta a lograr una visión del mundo real, del palpable, del que se nos pega como ventosa y nos traga, una visión pura, carente de aforismos, que nos permita reflexionar sin estimularnos con objetivos inmediatos. ¿La Revolución es un sueño eterno?.  No creo tener la respuesta a este tipo de interrogantes inmunes a la incorruptibilidad del hombre y de su salud. Quien sí parecía tener ese tipo de infamias era Hidalgo Díaz Gutiérrez. Sentado al final del pasillo, después de un minúsculo hall embadurnado de tulipas, después de dos escalones y una puerta fuelle, después de un conglomerado de libros que simulaban una biblioteca, recibía las fichas de afiliación estampándoles un sello sediento de azul. A esas alturas le endilgaba unos cuarenta años, aunque a los pocos meses festejó, después del triunfo arrollador del menemismo, sus cincuenta. Los ánimos no eran los propicios para ninguna algarabía, a pesar del medio siglo recién inaugurado y que nos convocaba, el país no nos daba tregua.

Menem había sido reelegido obteniendo prácticamente la mitad de los votos. La campaña electoral sembró la opción entre Menem y el caos, la estabilidad versus la hecatombe financiera. Desde principios del noventa y cuatro se divisaba ya el fin de la bonanza menemista, el frenético retiro de los capitales extranjeros que ilusionaron a los más crédulos, la desocupación cavando la fosa de la marginalidad, una fisonomía polarizada y segmentada rompía con la tradicional clase media. No solo perdimos en las urnas (el FREPASO emergió para terminar con el cómplice bipartidismo, aunque no pudo fortalecerse a nivel nacional) sino que también perdimos la oportunidad de debatir sobre el modelo de país a seguir, nos arrolló el temor de perder la videocassettera, el televisor de pantalla plana, el departamentito que pudimos comprarle a la nena; todo ello gracias a la hipoteca que pesó y sigue pesando sobre estas tierras.  Junto a esa oportunidad, se filtraba el vino esa noche entre tanta perorata  discursiva. Definitivamente la resistencia se ejerce de otra forma, ni a irse ni a quedarse, a resistir, aunque es seguro que habrá más penas y olvido. Resistir fuera o dentro, con la punta de la palabra en la boca, resistir agitados, de todas las maneras, vapuleados, optimistas, nostálgicos por lo que perdimos o en realidad nunca tuvimos. Y en casa de Hidalgo era cosa fácil eso de resistir: ambientaba un Caetano que jamás había escuchado sonar de ese modo, boleros, tangos, una versión de Vete de mí que eclipsaba a la entrañable de Bola de Nieve y hasta Un vestido y un amor del Fito; además, se disfrutaba del buen vino y de hermosas mujeres que no las hacía amigas de Hidalgo hasta ese momento. Poco sabía de él, soltero o casado, quizá viudo. Poco me ayudó la inspección exhaustiva de las instantáneas enfiladas sobre el hogar, ausencia de toda foto familiar, algunos paisajes, la infaltable graduación, demasiadas junto a gente amiga. Fue grande la sorpresa al descubrirme en ese altar revelado como consecuencia de un encuentro sobre los Efectos Psicológicos del Neoliberalismo, realizado en San Telmo, unos años antes, jornadas que sirvieron para acentuar, aún más, nuestro gusto al Valmont y a la marihuana.

Pasé de conversar sobre la urgente necesidad de latinoamericanizar nuestro país a estar abrazado al cuello de una rubia que se despidió con la excusa que la esperaba su marido, justo en el preciso instante en que le proponía encamarnos. Ya sin la rubia, era tarde intentar remar con otra, me dediqué a vaciar las últimas copas, a cantar por décima tercera vez el cumpleaños feliz, a escuchar chistes de gallegos y judíos. El alcohol no a mí solo me había tragado. Hidalgo, en pie todavía (se decía que era difícil verlo borracho), habano al costado del labio inferior, ofreció como última ratio una ronda de café. Los pocos que quedamos asentimos, el vino nos robó las palabras de cortesía que un sobrio pronunciaría en esos casos.

¡Qué los cumplas feliz, qué los cumplas feliz, que los cumplas, que los cumplas, que los cumplas feliz! 

Hidalgo querido, arrímate, hablemos de los tiempos pasados,  – Fernando sopló antes de acurrucarse a la mesa, luego su cabeza se desplomó.

- Uno menos, a éste me parece que le vas a tener que hacer un lugar arriba – sentencié en un frustrado intento por diferenciarme.

En equilátero la mesa quedó conformada, Fernando no contaba, el tercero era Omar Acuña, un prominente abogado laborista, amigo de Hidalgo de la Facultad, cuando ambos estudiaban leyes. Después a éste último le pasó por arriba la política, y a Omar el dinero. Quizá por ser el menor de los tres, mis opiniones no eran muy tomadas en cuenta. Ahora que lo pienso no sé bien si la desconsideración sufrida era por mi juventud o por el estado etílico que ardía en mi interior. Traté de llamar la atención, traté de mostrarme interesado con la conversación que poco a poco se transformaba en un monólogo a cargo del homenajeado. 

- ¿De  qué es la marca  que tienes en la  cara? –  pregunté y  mi pregunta pareció incomodarlo. Omar no debía saber tampoco la causa de aquella cicatriz que cruzaba verticalmente el rostro de Hidalgo, su cara no se mostró tan absorta. Contrariamente, la de Hidalgo huyó de la serenidad que mostraba apenas unos segundos antes, sus ojos se enrojecieron, los pómulos se levantaron deformando el perfecto trazo de aquella herida incógnita, la respiración se aceleró y mientras yo trataba de redimirme sin razón aparente, parecía disputarse a duelo con sus manos. 

Esa pregunta no tenía antecedentes, no fue pensada, explotó en mitad de la decadencia del último libro de Vargas Llosa, inesperada, como si fuera la repetición de la misma pregunta en otro universo paralelo, a cargo de otro interrogador y destinada a otro interrogado, que volvió a formularse por ella misma y que no dejó nunca de repetirse y que aún la escucho. Escaparse de ella no servía, escabullirse invitando otra ronda de café tampoco, la pregunta en sí misma era inocente y volvería a formularse infinitamente. Qué podría haberle ocurrido, un esposo celoso, una gatita mimosa y lujuriosa, adepta a los gustos más benditos del sexo, una alambre de púa que dejó su rastro por unos pocos centímetros mal calculados, qué gravedad podría haber en la respuesta, de seguro era corta, muy corta, o llena de anécdotas conexas que nos harían reír hasta la incipiente madrugada.

- En verdad nunca conté el porqué de esta cicatriz, dueña de mi costado facial izquierdo, aunque creo que a los cincuenta años pocas cosas hay de que arrepentirse – La profundidad en esas palabras apuñaló nuestras sonrisas baratas, mis suposiciones de la frivolidad de la causa o causas se esfumaron, traté de conectarlas con mis propias obsesiones, la muerte, la vida, el amor, qué más, qué más podía ocasionar la fortaleza de esas palabras, de la necesidad del arrepentimiento en una mente como la de Hidalgo, qué podría torcer la integridad de ese ser al que todos respetábamos dentro y fuera del partido, y que su amistad era considerada como el maná arrojado desde los cielos.

- Cuando los ideales eran más fuertes en mi vida que otra cosa – se introdujo resignado en una historia que continuó sin mirarnos a los ojos – cuando leía soñando con la revolución, cuando comía soñando con la revolución, cuando cogía soñando con la revolución, dejé gran parte de las cosas a las que estaba predeterminado: los estudios en la Facultad de Derecho, formar una familia, tener dos hijos como mis padres, hacerme de un buen nombre y de una cuantiosa caja de ahorro en algún banco extranjero y morir tranquilo, con los que me quisieron y no tanto, llorándome durante los dos días de luto, otorgados por ley. Pero no fue así, nada de lo que mis antepasados pensaron y diseñaron lo llevé a cabo, necesitaba un palo en el culo que me motive, algo que me sacuda desde las entrañas hasta las pupilas, que me parta en dos. Con el golpe de Onganía, del sesenta y seis, la atmósfera pesaba y lejos de ser unos más de los que confiaban en las capacidades del nuevo presidente para realizar los cambios que a todos parecían urgentes, supe que ése era el momento. La gota que colmó el vaso fue la bala mortal a la autonomía de las universidades, qué gran quilombo se armó aquella vez. Fue allí donde decidí afiliarme como vos pero buscando algo más que vos a la Juventud. Además de leer, comer y coger soñando con la revolución, soñábamos con el regreso de nuestro líder, y no nos sirvió de mucho, fue una patada en los huevos lo de la plaza. La Patria con Perón ya era una realidad, pero en esa Patria dejábamos, poco a poco de confiar, como en el mismo Perón y su comitiva. El viejo estaba loco, andaba loco y caliente con esa puta que lo engatusó, y para colmo se vino a morir en el peor momento. Ya para ese entonces mi nombre figuraba entre los más buscados, así que me obligaron en el movimiento a cambiármelo, a darme unos añitos más, a afeitarme la tan querida barba y bigotes y pasar desapercibido durante un largo rato. Para ello me enviaron a Pinamar, a una casa cerca de la playa, me dijeron que allí me esperaba un camarada, que ya estaba todo preparado, unos pocos meses haciendo el aguante en la costa y regresar a la ciudad, a la acción, no sólo con una identidad nueva sino con una misión nueva de la que no me dieron demasiados detalles. Las órdenes son órdenes, y lo que prevalecía en el movimiento era la verticalidad, el acatamiento a la voluntad, real o supuesta, del líder, de la misma forma que lo era en el otro bando, la organización de los subordinados fue similar de un costado como en el otro. Desobedecer una orden podía significar con suerte el exilio, amén del alejamiento forzado del partido, cuando no la muerte.

Los primeros días en Pinamar fueron tranquilos, el anfitrión era un muchacho joven, muy joven, rubio, de unos veinte años de edad, parecía ser un tipo preparado a saber por los tomos de la Enciclopedia Universal de Sociología que reinaba triunfante en una biblioteca de metal, le pregunté su nombre pero con seguridad también el de él debía ser falso, todos nos nombrábamos con nombres que no eran los nuestros, para no caer en la tentación de delatarnos ante el primer golpe de electricidad en los huevos en caso que lograran chuparnos. La casa era suya, me contó que sus padres se la habían prestado por unos meses con la excusa de preparar unos finales que tenía atrasado, se tomó un año sabático en la Facultad, y fue en ese año también que comenzó a vincularse con la Juventud. Estudiaba derecho también y fue el derecho el tema de conversación durante los primeros días. Luego pasamos a la compleja situación de Cuba bloqueada por el Imperialismo, a lo poco aliados que se mostraban los rusos con ese tema, al negocio del petróleo en América Latina y los intereses yanquis en ese recurso, a las mujeres, a lo bellas que son las estudiantes de derecho, con esos jeans gastados que a más de uno nos provocaba una erección en mitad de una clase sobre la Teoría Pura de Kelsen. Esos y muchos otros temas traspasaron la barrera de la confianza, entre ambos emergió un territorio de cosas en común, pero sabíamos que ante todo estábamos allí cumpliendo una orden y a la semana y media de mi estadía vino una específica: entregar un sobre que nos llegaría por correo la mañana siguiente a un tal Turco que vivía en Aguas del Mar al 525 de Pinamar. No tenía idea de dónde quedaba aquella dirección, más que para comprar el pan no salía de la casa, no era conveniente, pero si mi compañero era oriundo de la ciudad no podía desconocer la exacta ubicación de aquel lugar. Finalmente quedaba a diez cuadras y una vez que llegó el sobre lo invité a que me acompañara, supuse que la orden tenía a ambos como destinatarios; sin embargo, una congestión repentina hizo que yo solo me encargara de aquella, diría tierna, misión.

Yo estaba destinado para cosas más grandes, cuánto más tendría que soportar la reclusión que atravesaba, sin diarios, sin televisión, sin saber de mi familia, de mis compañeros. En las noches me despertaba afiebrado, colmado de sudor, ansioso por saber de la vida de los más cercanos, me sentía un egoísta mientras disfrutaba de un rissotto con pescado en ese apacible lugar, y los otros, mis hermanos, mis otros pedazos, podían haber sido chupados y en este mismo instante tener las bolas bajo hielo y la garganta expropiada por el dolor.

La segunda orden vino a las dos semanas exactas, como si Dios hubiera escuchado mis ruegos y mis ganas de entrar nuevamente en acción, sin embargo, la orden no era lo que aguardaba. Por un lado debíamos reventar el casino de oficiales de Pinamar, pero por el otro no hablaba de mi vuelta. Por suerte los preparativos para cumplir aquel objetivo me hicieron olvidar mi ansiado retorno, como no era precisamente lo que se llama un experto en explosivos y mi compañero parecía estar más al tanto sobre esos menesteres, me subordiné ante él. Mientras él se ocupaba de la confección del explosivo, yo me encargué de la inteligencia, ubiqué primero el casino (el objetivo), lo resalté en un mapa de la ciudad, le eché varias miradas, pululé por los alrededores, evitando levantar sospechas, observé cuáles eran las horas pico de más concurrencia, quiénes asistían, averigüé si contaban con vigilancia y con cuánta durante la noche y el día, cuántos eran los accesos, no dejé detalle librado al azar. Finalmente, los cabos se ataron herméticamente, la molotov estaba lista, muy sofisticada, capaz de llevarse una pared consigo. Fijé la fecha para el veinte de abril a la noche, se lo anuncie al experto en polvorines y no mostró objeción, restaban solo cuatro días y mi espíritu se fortalecía excitado porque nuevamente iba a gozar del misterio y la incertidumbre de deslizarme en la noche y temblar de miedo al mismo tiempo que endurecerme por la cercanía con la muerte. La violencia era el único camino hacia la libertad, afirmaba.

El día fijado amaneció nublado, por lo tanto podíamos adelantar la hora del asalto. Tranquilo estuve toda la tarde, aproveché para terminar la novela que estaba leyendo; “el nerviosismo es para los novatos”, pensaba mientras observaba a mi delfín jugar un solitario. Luego me bañé, me rasuré, me puse la ropa de cábala, y al bajar a la sala donde me aguardaría mi socio, su voz me sorprendió. El tono era bajo, de arriba no conseguía escuchar así que traté de acercarme sigiloso y más cerca le escuché mi nombre pronunciar, mi verdadero nombre salía de la boca de ese extraño, estaba delatándome, estaba hablando por teléfono vaya a saber con quien, y pronunciaba mi nombre una y otra vez seguido por la hora y el lugar en donde me encontrarían (dentro de media hora en el casino de oficiales), es un pobre tipo dijo y colgó. La furia me rebalsaba, mi racionalidad no sirvió de mucho, quería matarlo; me enfrenté a ese hombre que ya no era un hombre, sino un deleznable traidor y a un traidor no se le pide explicaciones sobre sus actos, a un traidor se lo extermina. Lo insulté, maldije a su descendencia entera, mientras mudo su mirada apoyaba en el suelo, lo provoqué, lo empujé para que reaccionara pero era demasiado cobarde, lo escupí en la cara, me arrebaté encima de él, en el cinto llevaba siempre una navaja para urgencias y ésta si lo era. Trepado sobre el cuero del cobarde oí el motor de un auto que se acercaba, de seguro venían a buscarme, me atraparon por culpa de esta lombriz nauseabunda, cuatro puertas se abrieron y como se abrieron, se cerraron, una voz de mando me advirtió que me rindiera y así lo hice, pero antes, antes que me encerraran en ese Falcon verde y me trasladen al centro de detención más cercano, antes que me golpearan hasta abrirme las sienes, que me cortaran en pedazos la lengua, que me picanearan hasta que el corazón no pudiera dar batalla, antes que me pisotearan y mearan, y me taparan los ojos y me volvieran a picanear y hacer sangrar los poros, antes de morir mil veces por fusilamientos en broma, sobre el cuero del marrano que no merecía morir como yo, le levanté la piel desde el pómulo izquierdo hasta la pera, en señal de desprecio. Lo marqué con la señal de la infamia para toda su miserable vida, no podrá olvidarse de mí y ser el tranquilo joven que parecía ser, tendrá irremediablemente que rendir cuentas a alguien sobre esa marca de violencia que dibujé con odio y resentimiento, ese tajo abierto como un tercer ojo, una zanja en sus músculos siniestros, su propio infierno, su eternidad.

Y esa es la historia, la real historia; yo soy el otro, el que nunca me atreví a ser – dijo, y su voz sonó similar a la de un niño.

Omar y yo cargamos lo poco que quedaba de Fernando hacia la puerta. Hidalgo Díaz Gutiérrez nos despidió desde la silla, de espaldas, inmóvil. Tan inmóvil como la vez que soportó el frío sabor del desprecio.


MARGARITO

Setenta y cinco años ya pesaban en su vida, ya no hacía otra cosa que descansar, habían pasado los días en que se largaba al mar en busca de la presa más grande, en busca del tesoro más preciado, los días de carnaval en que se disfrazaba de Colombina, las noches que pasaba tomando caña con marineros extranjeros, rubios, morenos, austríacos, indonesios.

Ahora todo ello es un efímero recuerdo que calla, que no divulga con orgullo ante quienes escuchaban con interés sus odiseas, en épocas pasadas. Margarito es su nombre, o su apodo, nunca supe bien si así sus padres o sus amantes lo bautizaron, pero es un dato menor a esta altura, todo el pueblo lo conoce de esa manera, no hay quien no lo salude con los brazos en alto desde la esquina y vocifere Margarito en forma burlona. Por las tardes, desde las cuatro a las ocho, mas o menos, se sienta en la vereda; toda su enorme y antigua arquitectura sobre una banqueta petisa, las piernas le llegan a la pera, y entre mate y mate intercambia palabras con los que pasan, algunos desconocidos, otros conocidos desde tiempos ancestrales. Hay quienes le tienen temor, generalmente son los más jóvenes, que asesorados por sus inmaculadas madres, mujeres cuya única y sagrada ambición fue llegar virgen al matrimonio, han crecido oyendo historias desvirtuadas de aquél personaje. Pero ese temor se desvanece pronto cuando acontece el primer encuentro, casi inevitable en la vida de los que vivimos cerca; ese temor se sustituye por simpatía primero y luego pasa a convertirse en una especie de idolatría y sumo respeto, igual al que sentimos por aquél grupo de rock que nos perforó la cabeza y los oídos, o por el diez de la selección. Algún paredón, de vez en cuando, amanece pintado con alguna frase ofensiva, homofóbica, pero mágicamente, al otro día y como si duendes trabajaran para él en relación de dependencia, la ofensa desaparece y se hace de cuenta que nunca el maricón precedía al Margarito.

Yo vivía a tres cuadras de su casa, hoy sólo vuelvo al barrio a visitar a mi madre que quedó viuda hace cinco años, me mudé al centro a tres cuadras del trabajo y en todo este tiempo no conocí a persona que se le parezca. La primera vez que lo vi, yo debía tener unos cinco o seis años, envuelto en un batón parecido a los que usaba mi abuela, celeste con florcitas rojas, abotonado adelante, esperaba ser atendido en el almacén de Don Horacio. Unas pocas personas nos separaban, yo no medía más que un metro y unos pocos centímetros y la visión del mundo a esa altura cambia notablemente, los edificios son más altos que en realidad, se está cerca del suelo y el sonido se percibe de manera diferente, como si retumbase en el suelo y volviera a los oídos el mismo sonido pero ahora más grave, intenso, cercano. No advertí nada hasta que lo escuché hablar, estaba muy concentrado apretando fuerte el papelito de los mandados que mi madre me había encomendando luego de un sin fin de consejos. Esa ronca voz, parecía un aullido o un bramido, me hizo saltar de la ligera lectura de dos kilos de papas y tres de cebolla. Me asusté, quería escapar del lugar, pero demasiado era el orgullo por ser la primera vez que me mandaban solo al almacén, así que resistí esa confusión. Recuerdo que ni bien llegué a casa le pregunté a mi madre si papá usaba su ropa, recuerdo lo consternado de su rostro tajeado verticalmente por las risas de mi hermana mayor que se había dado por enterada de la causa de ese comentario. Fue ella misma que se abalanzó al oído de mamá y le murmuró algo que no alcancé a escuchar, después mi madre no trató de explicarme nada, contestó que los hombres no se visten con los trapos de las mujeres, que papá era bien hombre, que eran cosas de gente grande y que me lo explicaría cuando yo lo sea. Nunca me lo explicó, aunque no hizo falta. Los sucesivos encontronazos que tuve con Margarito fueron de la misma calaña, me transpiraba la frente, apretaba más la mano de quien me la sostenía, sea papá, mamá o cualquier extraño que pasara para no levantar sospechas en ese caso de mi soledad. Evitaba pasar por su casa, caminaba tres cuadras más cuando era inevitable ir a lo de Matías que vivía en la esquina de la siniestra cuadra. Fue con él que una tarde, curiosos los dos, después de tomar la leche y jugar al Dynacom visitamos a Carlitos. No sentíamos simpatía por aquél engreído que era el primero de la clase en terminar la tarea de matemática y se ponía el cuaderno abierto en el medio de la cabeza y con el “ Calculín, calculín, calculín, terminé ”, orgulloso, se dirigía hacia la señorita Marta seguro del éxito que no lo sorprendía en absoluto. El caso era que fuimos a lo de Carlitos, no para ponernos hacer la tarea, ni por la rica leche que se tomaba en su casa (nos decía que su mamá se la compraba a otra vaca distinta a la que las nuestras lo hacían, cosa que con los años descubrí que no era cierto gracias a la pasteurización), ni por la colección de Duravit que mostraba también con orgullo, traídos por su tío que nadie, ni el mismo, sabía a que se dedicaba, solo que viajaba a Nueva York, a Disney, a Miami, y nuestra boca se abría más y más en la medida que la lista de ciudades, las pocas conocidas hasta ese momento, aumentaba; esa tarde, junto con Matías, fuimos a la casa de Carlitos por la única razón que nos importaba. Además de tener la suerte de poseer una capacidad más desarrollada para las matemáticas y de tener un tío que viaja por el mundo entero, era vecino de Margarito. Los dos, Matías y yo, sabíamos que si confesábamos cuál era nuestra intención, Carlitos no iba a acceder, tampoco deseábamos herir su orgullo, así que nos subordinamos a los designios de ese pequeño dictador, ocupamos los roles que él quería que ocupemos (ambos de ladrones, solo él policía, protagonista siempre, aunque nadie puede admitir que es una buena partida la de dos ladrones por un solo policía) hasta que se deslizó la pregunta que esperábamos: ¿A qué jugamos ahora?. Mi compañero me miró como si yo tuviera que ser el encargado de barajar las cartas, sin embargo no encontraba las palabras justas y tenía que apresurarme ya que el potente egocéntrico era muy ingenioso a la hora del aburrimiento.

- ¿Sabes algo del que vive al lado? – pregunté como si necesitara un respiro antes de comenzar nuevamente una nueva aventura.

Parecía que le habían prohibido hablar de ello, blanco se puso, miró al muro lindero y luego miró tras el mosquitero que separaba el patio con la cocina y luego se nos quedó mirando absorto.

- Che, no será para tanto – temblando no sé si por la reacción de Carlitos o por estar tan cerca del objetivo a punto de desvanecerse, Matías trató de calmarlo.

Cuando se calmó nuestro compañero, que cada vez era más compinche nuestro, nos contó que la madre le tenía terminantemente prohibido asomarse al paredón. Aquel dato me pareció insignificante, mi madre también, a pesar de no ser devota de la Virgen de la Merced como lo era la del reciente compañero de aventuras, me lo había mencionado en alguna ocasión. Pero hubo algo que sí nos interesó a los dos fundadores de la exploración: era la primera vez que lo vi con tanto pánico a ese ser que minutos antes parecía invulnerable. Lo de la prohibición era solo para introducirnos en el relato, Carlitos escuchaba gritos de pelea que pronto se calmaban, la devota vivía constantemente haciéndose cruces en el pecho, y el esposo de la devota se enfurecía cada vez que cruzaban a su patio palabras cariñosas que Margarito les pronunciaba a sus amantes.

- Pero saben que es lo peor... – Carlitos hizo una pausa en la historia y yo esperaba el esclarecimiento de todas mis dudas – es un hombre, el tipo que se viste de mujer es un hombre - La devota ahora hablaba por la boca del hijo, asombrada, su moral no le permitía concebir tal aberración. Lo extraño fue que ese descubrimiento no nos causó sorpresa ni a mí ni a Matías. Éste haciéndose el superado le contestó que ya lo sabía, que no era ninguna novedad, en algo tenía que sobresalir ante el genio en matemáticas. Pronto nos dimos cuenta que el objetivo se había frustrado, Carlitos se negaría ante cualquier propuesta nuestra de dar un vistazo sobre los casi dos metros de ladrillos, y si no era el mismo Carlitos lo era la devota si nos descubría, era capaz de excomulgarnos, de contárselo a nuestras madres y al cura que todo los domingos nos obligaba a que le alcancemos la sagrada eucaristía. Nos marchamos de aquella casa con la sensación de quien perdió la gran oportunidad de su vida, yo lo dejé a Matías en la puerta y me dirigí a mi casa. Pateando una misma piedra, zigzagueando, derrumbando obstáculos, no pensé que dentro de dos pasos ingresaba a la delgada línea de peligro. En ese momento pensé en retroceder, pero ya era tarde, la puerta se abrió y hubiera alimentado el hambre de la bestia si me observaba escapar corriendo, así que con coraje que saqué del mismo modo que cuando en el patio del colegio el González me hizo frente y como un lord inglés soporté el primer piñazo bien puesto en el ojo izquierdo, continué mi andar, si un poco más rápido desde que dejé a mi compañero de andanzas.

- Eu ..... eu ..... che..... a vos te estoy hablando - Quería que no fuese así, quería  que  no  fuese su voz,  la misma que  me hizo temblar en lo de Don Horacio, pero irremediablemente era Margarito hablándome por primera vez. Yo no sabía si debía tener orgullo por ese desdén suyo, o debía escapar corriendo y ocultarme debajo de la cucheta durante todo el tiempo que alcanzase hasta que no me reconociera más, o escucharlo de espaldas o darme vuelta y mirarlo a la cara o hacerme el descompuesto y desmayármele sobre el encerado piso embaldosado.

- Los escuché murmurar con el hijo de la marrana ésa, bien hijo de marrano es ese antiojudo – Disculpas no venían al caso, en definitiva no tenía porqué pedirle disculpas sobre algo que él no debía haber estado escuchando. Además su tono de voz era diferente a la primera vez, era más ameno, no tan desproporcionado con su figura, se asimilaba mas al de mi abuela que al de mi abuelo.

- Yo te conozco me dijo, sé quienes son tus padres y no creo que tu familia sea igual a la del hijo de la marrana, pero escúchame bien ... que te quede bien clarito... - y ese clarito sonó a advertencia - la próxima vez que quieras saber algo de mí, aquí estoy yo misma para responderte, ¿me entendiste? - Afirme con la cabeza, nada pude decir, el terror a ser encapuchado y llevado adentro y ser víctima de vaya a saber que vejamen me superaba. No le entendí nada de lo que me hablaba, solo creía que su boca se movía como si me estubiera hablando. Al otro día, fui el más buscado en el colegio, el héroe que tiene la verdad sobre la pócima que todos ansían tomar, con lujo de detalle y otros detalles que fui agregando en la medida que contaba la misma historia, una y otra vez, me sentía importante arriba del cantero que rodeaba el mástil. Allí, abajo, en grado de inferioridad, estaba Laura, la rubiecita que nunca me paso bola, Fede, Octavio, las melli Díaz Gutierréz, Carlitos y hasta el mismo Matías que cuando quiso obtener protagonismo de mi historia, lo desprecié contando que el no había tenido tan inmenso coraje como yo y se largó a correr. La popularidad como las primicias duran menos de lo que uno quisiera, se diluyen y se reconstruyen en otra novedad, después de la mía fue el auto descapotable del hermano de Lucía, al cual envidié no tanto por el rojo mustang descapotable de dos puertas sino por ese estilo División Miami que ostentaba. Hace poco me enteré que lo habían detenido por estafa, junto con el tío de Carlitos, y que ambos están en Casero. Parece que a la devota casi le da un infarto y si no fuera por el Padre Emilio que le lavó las culpas se suicidaba, por lo menos eso lo comenta en su círculo íntimo de Caritas.

Otras cosas me fui enterando con los años, que muchos de los que levantaban las banderas de la moral y la hombría ante la impureza hecha carne, tuvieron la primer alegría con el transvestido, hasta el mismo Carlitos me lo confesó durante una borrachera cuando ambos estudiábamos Ciencias Políticas en La Plata, que estuvo desde el setenta y siete al setenta y ocho preso, o mejor dicho chupado y gracias a la seducción ejercida sobre un Capitán de Corbeta se salvó de ser un cadáver más flotando en el Riachuelo, que el Capitán lo dejó porque tuvo que pedir asilo en Ecuador al llegar la democracia y no lo pudo llevar ya que era su propia vida la que estaba en juego y la Marina no toleraría que uno de sus más dignos representantes tenga entre sus vicios uno tan repugnante, que después del Capitán tuvo a un arquitecto muy joven, de unos veintinueve años, del que se enamoró y sufrió cuando por el periódico se enteró de su futuro enlace con una prominente joven, que desde aquél episodio nunca se lo vio con nadie, o por lo menos a plena luz del día, que las arrugas le ganaron la cara, ya no usa shores ajustados, ni remeritas que no ocultan el ombligo, que nunca volví a cruzar palabra aunque paso con frecuencia frente a su casa y desde las cuatro a las ocho se lo ve acurrucado sobre una banqueta petisa, todo encorvado, con la mirada triste y cansada, como si esperaría a que se arrimase alguien a preguntarle algo. En varias ocasiones pensé en arrimarme a saludarlo, creo que me reconoce aunque hayan pasado quince años que me fui del barrio, quince años de esa advertencia que jamás olvidaré, quince años pasaron y si no fuera por los pantalones y la blusa de señora que ahora lleva, el barrio seguiría siendo igual, con Margarito como atracción y punto de encuentro.


LA COMEBARRO

 

Mintió y volvería a mentir cien veces más si se trataba de salvar a Horacio. Sin embargo en aquella ocasión no fue por Horacio sino por un amigo que él conoció la vez que estuvo guardado en Devoto por lo del robo a la armería.

- ¡El Turco Hidalgo, buen tipo y no imaginas el gancho de izquierda que pega el guacho! –comentaba Horacio.

Intentó, en un primer momento, convencerla con promesas, con súplicas que se oían más a órdenes; pero al ser un hombre de poca paciencia, terminó a las piñas hasta conseguir que Amalia accediera finalmente a ser parte en la coartada. Horacio le debía un favor al Turco, desde los tiempos en Devoto, y qué mejor oportunidad como esa para devolvérselo. Al fin y al cabo se trataba de un amigo del Horacio. Favor con favor se paga y fue por ello que no le importó declarar en audiencia pública que había conocido al Turco (José María Hidalgo, como le rectificó el Fiscal con cara de marrano) ni bien le dieron la condicional; que tanto el primero como el dos de febrero, desde la mañana a la noche, se la pasó con él (qué revolcón habrán pensado los del tribunal).

No le importó mentir ante el Fiscal con cara de marrano como tampoco de espaldas a los padres del pibe de quince años muerto de una bala en el cráneo. No le temblaron las piernas ante Dios y estos Santos Evangelios jurar decir toda la verdad y nada más que la verdad.

Horacio la esperaba a la salida del tribunal y esa misma tarde se mudaron a una pocilga a tres cuadras del cementerio.

Tampoco se asombró cuando dio con la novedad que el Turco, gracias a su testimonio, había salido libre de culpa y cargo.

- ¡Me encontré con el Turco, no sabes lo agradecido que está! – Amalia habría logrado olvidarse del hecho si no fuese por ese comentario.

- Lo invité a que venga a comerse con nosotros un asado esta noche –. Bajó la cabeza sin decir palabra. Era tarde y la esperaban en el trabajo. Desde que se fue a vivir con Horacio había dejado la calle y trabajaba como ayudante de cocinera en un comedor municipal. No era mucho, pero para algo alcanzaba. El Duque Carmián, su antiguo chulo, siempre le proponía que volviese al negocio. Una gran máquina de hacer dinero era ese par de piernas bien contorcionadas. Nunca un problema, una llegada tarde, nunca negarse a satisfacer los deseos de un cliente. Una buena piba, un poco callada, pero muy buena piba.

Cuando volvió del comedor el Turco ya había llegado. Afuera los perros ladraban alertados por una sombra humana que poco a poco se fue conviertiendo en una piedra o en algo parecido. El rumor que se esparce en las calles suele alertar hasta al más precavido. Un tenso terror nos agita, volviéndonos  la cabeza hacia atrás en busca de la confirmación de una sospecha infundada. Después nada, el paso va retornando a su ritmo habitual, los habitantes de la noche se cubren nuevamente de sombras y todo vuelve a la normalidad: una calle vacía, las nueve y media de la noche, los televisores encendidos en las casas incendiadas y aromas infinitos que escapan de las llamas. En el comedor, el humo tejía cortinas de tul delante de los ojos.

- Sé que le gusta, Horacio me lo dijo – puso en las manos de Amalia un paquete que traía consigo. Esta cortó con los dientes las tiritas de nylon que anudaban al misterioso paquete y una Milhojas con dulce de leche, su postre favorito, se centró gobernando la escena de pájaros y flores del verde hule que disimulaba la austeridad en la mesa. Mientras tanto Horacio daba un magister de cómo hacer un buen asado. Tácticas en un pizarrón imaginario, fórmulas sospechosas, carbones a la n. Jugoso pero no crudo. El odiaba ver sangre en el plato, el Turco también. La sangre posee un alto valor religioso que sin justicia uno puede hacerle un culto por motivos que no lo merecen.

Entre tinto y tinto, hundiéndose Horacio fue en la conversación; se aplastó contra la mesa e izó un blanco pañuelo ante el elixir del último vaso. Su ausencia no se advirtió. Parece un tipo inteligente, muy correcto, respetuoso, pensaba Amalia mientras el Turco narraba su triste infancia entre el barro y los fierros en Dársena Sur: una madre que se pegó un tiro a sus cuatro años, un padre que nunca conoció, una tía cleptómana que se hizo cargo de él junto a otros ocho hijos propios.

- ¿Y cómo van las cosas? – preguntó el Turco al notar el aburrimiento que comenzaba a padecer Amalia.

- Bien, no nos podemos quejar, mejor nos perjudica –. Levantando los platos de la mesa encontró las manos del Turco que trataban intencionalmente ayudarla. El agua caliente remueve la infectosa grasa. El agua caliente remueve hasta la piel de las iguanas.

- Lo que no me explico es porqué siguen viviendo en esta pocilga – interrogó el Turco con aires de superioridad. 

Amalia quedó herida por el comentario. ¿Acaso le importaba si vivimos en una pocilga? ¿Dónde vive para agredirnos de tal forma? Para su sorpresa se contuvo, llenó sus pulmones de aire, del contaminado aire que se respiraba en la pocilga, y después de una pausa que atemorizó hasta al mismo Turco, respondió con la sutileza propia de una lady:

- Con lo que saco yo en el comedor no nos alcanza para más. Horacio hace tiempo que esta de paro, no consigue nada –.

- Vamos... vamos... no es necesario que me mienta – Amalia no entendía en qué le estaba mintiendo. Resistió aquella mirada acusadora pero entendió que debería estar al tanto de algo que no lo estaba. ¿Qué sabía el Turco que ella no? Podía hacer de cuenta que estaba enterada de lo que le hablaban, haciéndose la boba, pero de esa manera nunca despejaría la duda sobre la acusación que el Turco con total impunidad le infería.

- Con lo de la armería ustedes ya están salvados – el Turco le guiñó un ojo de manera cómplice. Amalia ahora algo comenzaba a entender. El robo a la armería, por el cual Horacio estuvo en Devoto durante tres largos años, se trató de una emboscada armada por la policía. El Horacio no tuvo nada que ver, pero como contaba con antecedentes y a algún gil había que tirarle el muerto, lo arrestaron en las cercanías del lugar del hecho, se lo llevaron sin dar aviso a la familia, y recién a los tres meses, más o menos, recibieron las primeras noticias de dónde y cómo estaba. Eso fue todo o por lo menos fue el montaje que editó Horacio haciéndose acreedor de su confianza y del irrenunciable pacto que le juraría, tiempo después, de hacerse suya por siempre.

Movió la cabeza en señal de negación, Horacio seguía acurrucado sobre la mesa destilando alcohol. La luz se reflejaba en el hilo de baba que entraba y salía de su boca. El Turco, desconfiando en la supuesta ignorancia de Amalia pinceló una versión desconocida para ella hasta ese momento. Demasiada plata para un solo cristiano. Horacio tuvo suerte en zafar con lo de la muerte del Chúcaro. El mismo lo mató para no repartir la guita. Cerró todo herméticamente con el enfrentamiento policial. Aprovechó los disparos para matarlo y después entregarse. Le dieron por robo simple y lo del Chúcaro no pasó a más.

¿En cuánto más le había mentido ese hombre que ahora se ahogaba acodado por el vino y la soledad? Porqué a ella, preguntaba a la Virgen Desatanudos atornillada al aparador. Ella que dio todo para salvar el amor que sentía por él. Ella que lo esperó cuando estuvo en Devoto y que juró que nada malo dejaría que le vuelva a ocurrir si estaba dentro de sus posibilidades evitarlo.

No sólo mintió por él, sino por cuanto amigo y amigote le pidiese, como era el caso del hombre que tenía enfrente burlándose ahora de su ingenuidad. Ella, trabajando por un sueldo de negro, mientras él, patinándose la guita con toda puta que anduviese dando vuelta. Seguro, seguro que debe tener otra, afirmaba para sí. Turro, turro de mierda.

El Turco, clavándole la mirada al escote de Amalia balbuceó - ¿Puedo proponerle algo? -.

- ¿Qué cosa? –.

- Yo sé donde está guardada la guita, y bueno...usted es una hermosa mujer, yo soy un hombre que está solo hace tiempo, usted sabe... –

- ¿Qué? –.

- Digo...si hubiere alguna forma...alguna forma de deshacernos de... – no se atrevió a completar la frase, sólo cabeceó señalando lo poco que quedaba de Horacio a esa hora.

Algo había en aquellas palabras que enfadaban a Amalia. Cada una de ellas eran capaces de arrancarle de sus entrañas, trozo a trozo, el asado recién digerido. Repulsivas, nauseabundas. Sintió pena por Horacio. Aquél hombre que decía ser su amigo y que recobró la libertad gracias a él, le estaba proponiendo a su mujer “ deshacerse de él ”, traicionándolo, una brusca burla del destino.

- ¿Y de cuánto dinero está usted hablando?- los ojos de Amalia, súbitamente, se rellenaron del brillo propio de la avaricia. Al fin de cuentas el Horacio no había hecho demasiado por el Turco, ella misma fue la que mintió ante el Fiscal con cara de marrano, arriesgándose a quedar pegada por falso testimonio.

- Mucho, mucho dinero – Judas levantó los dedos de la derecha y los llevó al cieloraso – de cinco ceros le estoy hablando -.   

- No sé, me parece una locura –.

El Turco se levantó, le arrebató un beso de la boca, pasó su mano por la cabeza de Horacio como sentenciándolo y antes de irse la tranquilizó – Tómese todo el tiempo del mundo para pensarlo, lo que nos sobra en esta vida precisamente es tiempo –.

Aunque le sobrase todo el tiempo del mundo no estaba dispuesta a pasarlo sola o encerrada. Mientras el ronquido de Horacio la desesperaba, retumbaban desesperándola aún más, las palabras del Turco en toda su cabeza. Era paradójico, no había visto al Turco más que dos o tres veces en la vida, y le creía. No necesitaba explicaciones de su amante, le bastaba con lo que escuchó esa noche. No se explicaba porqué creía tanto en los dichos de un desconocido. Estaba defraudada, se sentía violada en sus más escuetos rincones, pero por lo que quedaba de la noche lo mejor era acostarse para quitarse el bagaje de asombro extra. Por el momento no le diría nada al Horacio, que siga pensando que ella no sabe nada; que sigue siendo la misma tonta que se aguantó los golpes de aquella navidad; la misma que tomaba dos micros para llevarle el guiso calentito todos los días a prisión; que se aguantaba las miradas y las manos obscenas de los guardacárceles; la misma que se salpicó de sus desdichas; la que las vecinas catalogaban de cornuda; la misma que en más de una ocasión cerró los ojos para no enloquecer de furia por el rouge de otra, agazapado en las camisas de su hombre; la misma que soportaba las miraditas, los excesos, los insultos frente a cualquiera, el silencio, el peor de los silencios, el de la vergüenza. No era tan solo su hombre sino la existencia sobre la cual reivindicaba la suya propia. Era el interregno sin explorar, su actividad más placentera y vital, su primera letra. Hasta llegó a pensar que era demasiado hombre para ella; que no merecía tanto, que los esporádicos golpes que recibía eran producto del fuerte carácter, que la infidelidad es inherente a todo hombre, “lo hacen para excitarse más cuando están con una“, justificaba su madre toda vez que Amalia le pedía asilo en su casa.

El espejo le devolvía otra mirada, una mirada que jamás había tenido de ella, otro rostro exigía ser visto, otro rostro contenido dentro del antiguo desde tiempos ancestrales. Algo cambió aquella noche que hizo que nada pudiese continuar de la misma forma. Hueco el interior de sus ojos miraban a un cuerpo ajeno, a un par de manos que no le pertenecía. Su vacía anatomía se quebraba dejando paso a una alienígena de repugnante belleza. No solo descubrió una mentira esa noche, descubrió la historia real de su vida, la melodía de su banda sonora, el mapa de sus laberintos, el mechero desde donde se evaporaba su lenta peregrinación. Tomó conciencia de su transformación:  nunca más volvería a ser la comebarro de ayer, la rehén de la ropa sucia, la sacerdotisa del faraón.

Luego durmió.

Durmió de todas las formas posibles. Durmió boca arriba como tragándose a la Osa Mayor. Durmió boca abajo, enharinándose de miel los labios. Haciendo muecas. Dibujando nubes. Durmió vestida y durmió desnuda. Durmió con Horacio y con otros hombres a los que no les vió las caras. Durmió con reyes, dandys, con sultanes enrollados. Durmió con ella y con otra que se le parecía; y durmió sin ella, desenfundada. Donde está prohibido dormir también durmió.

Cuando despertó de sus mil y una noches, Horacio aún colgaba del borde de la mesa, apoyando su cabeza en la cruz de brazos, se lo veía borracho, también acalambrado.

El odio fermenta de manera rápida por efecto del descanso. De un salto Amalia se impuso detrás del ebrio vencido. El alma se le salía por la boca, un huracán la penetró por el ano sacudiéndola. Se abalanzó, cuchillo en mano, y partió en dos el lomo de su presa salvaje. Toda la púrpura hidrografía brotó por la herida, desde el cuello hasta el coxis; las costillas brillaban blancas, enormes, agradecidas por haber sido liberadas. Los pedazos de Horacio se desplomaron en el último intento de atraerse a fin de reconstruirse nuevamente. Un ángel con alas de algas sobrevolaba el cuadro de situación. Dios cegó los ojos del mundo. Una estampida de dragones derrumbó los muros. Fuego y cenit. Mujeres afiebradas cargaron el ataúd adornado de guirnaldas. Dios cegó sus propios ojos para no ser testigo del crimen. Un silencio sonó a trompetas. Amalia aniquiló los últimos nervios que permanecían con vida. Desquiciada en sus movimientos, se montó a ese cuerpo ajeno con furia, insistiendo en las heridas más profundas. Indiferente bebió agua o no se qué para aceitar la boca y buscó. Buscó en todos los rincones de aquélla pocilga; debajo de la cama buscó; en los cajones de la comoda buscó; en el barro de los canteros también buscó; revisó más de una vez, olfateó cada baldosa; por momentos se detenía a pensar dónde ella hubiera escondido el botín. Buscó dentro de su piel que olía a muerte y buscó entre los senos de la señorita Abril 2001 de Goodyear Neumáticos. En poco menos de veinte minutos todos los muebles habían sido cuidadosamente inventariados.

Cuando la derrota comenzaba a filtrarse junto a los rayos de un nuevo día, los dichos del Turco se confirmaron en un bolso misteriosamente no explorado todavía. Su arácnida dermis se pegaba en los dedos de Amalia, de la misma forma cuando de niña se encolaba las manos para deshacerse, lámina a lámina, de esa segunda piel artificial. El mártir resucitó en el rostro del manipulador. Ante el altar de los eunucos, se inmoló dando de ofrenda su alma.

Ni dos de su miserable vida eran suficiente para todo ese dinero, toda la patria de próceres, algunos olvidados, otros exiliados, centellaban en su antigua gloria. La mujer, consternada por el descubrimiento, se arrojó a un banquete especulativo, hasta que un sobre, perdiéndose irreverente en esa obscenidad la inquietó. Se trataba de una carta, la letra pertenecía al hombre que se revolcaba en el silencio eterno del rigor mortis. En ella Horacio le pedía que en caso que algo le ocurriera guardase el dinero, nadie estaba enterado de su existencia, y si ella tampoco lo estaba era por su seguridad. A renglón seguido le aconsejaba no comentar nada, no confiar en nadie. Finalmente le rogaba que lo esperase, que pronto regresaría para irse los dos muy lejos, donde nadie supiera de ellos, que la amaba y que era capaz de matarla antes que olvidarla.