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REFLEXIONES /Pedro Donaire Jiménez
 

ANDAR 
Andar entre aledaños
por matorrales sin esperanza.
Con la sed del vino
 y el color de las rosas
ando solitario,
por el desierto de las masas.

Doquiera que vas hay afanes,
 recuerdos de ilusiones y anhelos;
 mas, sin esperar nada,
aquí me encuentro.

De un lado a otro,
azotado por la polvareda del viento,
camino siempre al alba
junto a rutilantes luceros.

SERENA NATURALEZA

Ahí,
desde un viejo muro derruido
de agostada tierra,
miro despacio.
Protegido bajo el eucalipto,
sombra y lugar de descanso.

Por aquí,
donde el conocimiento no hace presa
( aquello que de nada sirve
a la altanera experiencia ),
un perro, muy ocupado,
olfatea las raíces de las hierbas.

Miro allí,
donde el sol es ocaso
y entre perfiles de nubes
la luz reposa,
un guiño cómplice,
de jovial y eviterno detalle,
se mece en las olas.

SIN CONDICIONES

Súbitamente,
una mañana nada acontece.
El mundo como un surtido
de imágenes presentes.

Mi cerebro hueco,
desposeído de ideas continuas,
sin conexión ...
Las formas se recrean en sí mismas.

Mi cuerpo, sereno,
estalla de vida.
¿ Dónde estoy ? No, no estoy,
no soy presente.
No dirijo sonidos,
colores y sensaciones,
como siempre.

Un vivir me abraza
en una cascada de ritmos.
Mi ser agoniza sin tiempo,
y percibo la fluidez de un equilibrio.

La inefable armonía se apodera
de la situación:
No hay prisa ni sosiego,
no hay verbo, enigma,
ni tan siquiera un concepto.

Sólo veo un paisaje,
sinfonía de estaciones,
no más que una canción a cielo abierto.

LA META

Existe una meta,
sé como alcanzarla,
pero no sé llegar.

Cuando logro asirla,
encuentro que ya se me ha escapado.
Cuándo sé que he llegado,
atónito descubro
que voy tras sus pasos.

Conozco el mecanismo
de su huida:
Sé que no hay metas,
sé que no hay nada que alcanzar.
Sin embargo,
si no lo intento me adolezco de ella,
y cuando la persigo,
como al horizonte
la he de mirar.

Tengo una meta
( se trata de no tener metas ),
pero no sé llegar.

Y es que no hay modo de obtener
lo que, sin darse cuenta,
uno mismo
ya es.

LA NADA ABIERTA EN MI

A nada aspiro,
no tengo doctrina.
Donde se desdoblan los pedregales
sigo mi camino.

Allano mi paso
o torpemente tropiezo.
Atrapo el ansiado pináculo
o lo aborrezco.
¿ Qué importancia tiene todo eso ?

Ando y respiro.
Y la muerte, consejera,
sigue a mi lado.

La nada,
para siempre abierta en mi,
como el cielo a la tierra,
 me pide su abrazo.