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NEUS DESERTA 
por Raquel Bayo
ISBN- 84-9714-079-6
 

Un día te despiertas y todo lo que antes tenía sentido para ti ya no lo tiene, lo peor es que no sabes cómo ha sido y cómo es posible que no te hayas dado cuenta. Entonces, ya no te queda nada, sólo la verdad. Si eres lo suficientemente fuerte y la aceptas, tienes una segunda oportunidad, pero si no,  como le pasó a Neus, pierdes de vista la meta y terminas abandonando la carrera.

Neus se despertó un día sin ganas de seguir, sin motivos para seguir. Abrió los ojos y se encontró con un mundo que ya no tenía sentido y recordó como antes sí que lo tenía. Intentó recorrer mentalmente  los pasos que la habían llevado hasta donde estaba, para encontrar el momento en el que su brújula interior había perdido el norte. No lo encontró, tan sólo pudo recordar aquel tiempo, cuando aún existía un  norte.

 Neus nunca fue una estudiante ejemplar, pasó por sus años de colegio e instituto como una pluma empujada por el viento, llevada por la inercia y sin causar ni ruidos ni huellas allá por donde iba. Un día tal como aquel en el que se despertó por última vez, encontró el peso necesario como para marcar su camino, como un arado marca el surco por el que pasa, encontró la estela a seguir y tomó las riendas de su vida. Fue el mismo día en que las puertas de la Universidad se abrieron ante ella.

 Por primera vez, sintió que estaba donde tenía que estar, sintió una fuerte conexión que le indicaba quien era ella. Iba a cada una de sus clases totalmente entregada a contaminarse de conocimientos, con una extraña inquietud que le pedía cada vez más y más. Creía en lo que estaba haciendo y quizás por eso lo hacía tan bien. Lástima, porque no estaba preparada para las consecuencias que eso trae en el mundo en que vivimos.

 En un mundo idealizado con eso hubiera bastado, pero en el mundo real no, porque aquí tenemos que demostrar al resto lo que valemos, con un examen, con un trabajo, como si esto de verdad nos dijera cuan válidos somos... Ella aprendía por aprender, no aprendía por sentirse valedera, consecuencias de ser una idealista. Nunca se le pasó por la cabeza  el poder ser una competencia, pero lo era cada vez que su nota se reflejaba en una lista, donde las personas que querían demostrarse que eran alguien, la observaban como una amenaza a su autoestima. 


 Estas personas llegaron a convertirse en una presión, en una  opresión, pero desgraciadamente no fueron las únicas que le hicieron entrar en el juego. Su familia también tuvo un papel activo en ello. Es cierto que sus padres la hubieran querido del mismo modo de no haberse convertido en una estudiante brillante, pero, ya que esto había sucedido, inconscientemente la presionaron a seguir. Por fin su padre tenía algo de lo que alardear con sus amigos, por fin llevaba un caballo ganador, qué pena que Neus no fuera un animal, o mejor dicho, sí fuera un animal, pero racional... De escuchar palabras de elogio y felicitaciones, pasó a oír reproches exigiéndole cada vez más y más.

 Pronto se encontró corriendo una carrera que quería ganar para los demás, dejó de creer en lo que estaba haciendo y cayó en un vicioso círculo de alienaciones. Tenía que ser la estudiante perfecta para sus padres, profesores y compañeros. Tenía que ser la hija perfecta, la amiga perfecta, tenía que ascender y ascender hacia arriba, hasta tocar ese norte que todo el mundo y ella misma se imponía.

 El desenlace era inevitable, las leyes de la Física lo predicen, todo lo que sube, tarde o temprano, tiene que caer.

 Esa mañana, Neus abrió los ojos y no vio nada que la empujara a continuar, se había perdido a ella misma y había perdido el respeto por aquellos que la obligaban a seguir, porque ¿qué respeto podía tener a unas personas que la hacían infeliz?. 

Era un mañana fría de Enero, durante la noche un capa de fina nieve se había depositado en los tejados, los coches y las aceras. A pesar de ello, cuando Neus salió a la calle hipnotizada por el deseo, no sintió frío, no sintió nada, sólo sintió una sirena lejana que parecía susurrarle que la clase había terminado para siempre.

 La mañana fue floreciendo y el sol  que Neus había intentado alcanzar, el mismo sol que fundió las alas de Ícaro, se deleitó derritiendo la fina capa de nieve que aún quedaba, con la fría seguridad de que al día siguiente encontraría otra allí donde había extinguido a ésta, y así un día tras otro.