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 LAS PRETENSIONES DE ALFONSO X A LA CORONA IMPERIAL 1/5
por Arantxa Serantes
ISBN- 84-9714-095-8
 

Herencia ghibelina en España
En 1254, cuatro años después de su padre, el emperador Federico, había muerto el último vástago legítimo de los Hohenstaufen, Conrado; daba comienzo ese largo período de vacante en el Imperio que hemos dado en llamar Gran Interregno. La jefatura de la Casa de Suabia recaía, por impensado azar, en la viuda de Fernando III, Beatriz, hija de Felipe de Suabia, el excomulgado por Inocencio III, y en los hijos de ésta, que eran siete varones y tres hembras. El mayor de estos infantes reinaba en Castilla desde 1252, con el nombre de Alfonso X. Si la Corona de Alemania se hubiera regido por los mismos criterios de sucesión qué las de Francia, Inglaterra o España, las aspiraciones del monarca castellano a ceñirla habrían estado plenamente justificadas. Pero el Imperio era electivo, y la corona, sujeta a la congoja de luchas de partido; la herencia de Federico II incluía la jefatura del ghibelinismo. Alfonso X tuvo que moderar sus ambiciones. No sabemos si antes de 1256 abrigó alguna seria intención de presentar sus derechos, pero es difícil admitir que hubiera mostrado tan gran entusiasmo si no hubieran existido por su parte ciertas ideas previas.

Por otra parte, el matrimonio de Carlos de Anjou con Beatriz de Provenza, heredera del marquesado, seguido de su instalación en la amplia fachada mediterránea que va desde Niza a las inmediaciones de Montpellier, creaba graves problemas al rey de Aragón. No sólo se había perdido el Imperio occitánico: un poderoso rival se erigía en Marsella contra Barcelona, decidido a disputar a ésta el disfrute del comercio mediterráneo. Las turbias aguas de la política internacional, removidas por la caída del sistema de Federico II, eran propicias a cualquier aventura. Los catalanes querían aprovecharlas: hacía tiempo que sus comerciantes se estaban infiltrando en Cerdeña y que tenían fuertes intereses en Sicilia. Entre Carlos de Anjou y el infante Pedro, heredero de Cataluña, existió una violenta rivalidad, que muy a duras penas conseguía frenar Jaime I, deseoso de conservar la paz. El infante daba aliento a los ghibelinos de Italia, en especial a Manfredo de Sicilia, hijo bastardo de Federico II; con una hija de éste se casará en 1262.

De esta forma Castilla y Aragón coincidían en su postura inicial respecto a los grandes problemas europeos: ambas eran contrarias a la hegemonía francesa. Con una diferencia: el ghibelinismo del futuro Pedro III será radical, empleándose a fondo, mientras que el de Alfonso X, de pura circunstancia, buscará únicamente vías diplomáticas y de acomodo. Sin embargo, en 1254, con sólo treinta y tres años de edad, dos de reinado y una larga experiencia de gobierno, como colaborador activo de su padre. Alfonso era quien mejor podía justificar las esperanzas. La reforma monetaria que acometió en las Cortes de Sevilla —consistente en sustituir los pepiones de Fernando III, de 180 dineros el maravedí, por los burgaleses, de noventa— evidencia, en opinión de Vives y de Ballesteros, la potencialidad económica de Castilla, debida a la corriente de oro africano. La dobla castellana, que Alfonso refuerza, figura entre las monedas europeas más solicitadas. Contra Francia, Castilla parecía el único adversario digno de consideración.

Sin embargo, la Crónica del rey afirma que el cambio en la moneda trajo consigo carestía y escasez; el tributo granadino fue teóricamente aumentado a 250.000 maravedíes de la nueva moneda, pero en la práctica se percibió ya mal. Los Cuadernos de las Cortes de Sevilla de 1252 tampoco dejan lugar a dudas: se describe un panorama depresivo, y se adoptan las primeras medidas, que luego veremos repetirse, para corregir la mala situación. Se establecen tasas, se trata de frenar el lujo, se pretende estimular el ahorro en aquellos productos, como los paños, que se importan; se prohíbe toda clase de ligas. Los musulmanes son tratados como población vencida. Es sintomática la frecuente referencia a la época de Alfonso VIII como aquella que debería servir de norma.

La paz con Portugal e Inglaterra.
El despliegue de las ambiciones de Alfonso se hace muy lentamente. En apariencia, ningún cambio se produce con la muerte de Fernando III. La guerra contra los musulmanes continuaba, porque aún resistía un pequeño contingente de éstos en Niebla; durante la campaña de 1253 serán sometidas Lebrija, Morón y Jerez, que se habían sublevado, y se conquistará Tejada. Pero, como el propio Alfonso explicaba en las Cortes, la reconquista había terminado ya, puesto que el reino de Granada era parte integrante de la Corona de Castilla —Muhammad I figura en las confirmaciones de los privilegios—, a la cual abonaba la mitad de sus rentas estimadas. En las mismas Cortes se había aprobado el «repartimiento» de bienes arrebatados a los musulmanes en Sevilla, y en los primeros años otorgó Alfonso a sus principales nobles y a las Órdenes Militares amplias donaciones, a costa de las ganancias andaluzas, destinadas a enriquecerles. La Crónica, escrita muchos años después, y acaso con el intento de justificar a Sancho IV, censura estas donaciones, como causa de un primer crecimiento de la nobleza. De hecho las ganancias de algunas familias 
—dejando aparte a los vástagos reales—, como los Lara, los Haro, los Girón, los Meneses, los Castro o los Cameros, fueron muy considerables. El libro del repartimiento constituye una especie de catálogo ordenado de la nobleza española al comenzar la segunda mitad del siglo XII.

Muy pronto aparecen tendencias reivindicatorias del monarca castellano, muy poco en consonancia con el pacifismo de su antecesor: reclama el Algarbe, afirmando que le había sido reconocido como propio por Sancho II de Portugal, y reivindica Gascuña, herencia remota de Leonor de Aquitania; también resucitará derechos, todavía más hipotéticos a la Corona de Navarra. Pronto advertimos que tras esta fugaz explosión de imperialismo no hay otra cosa que una base para negociaciones diplomáticas que aseguren sus alianzas. La primera fue con Portugal, en donde, como en otro lugar hemos indicado, Alfonso III casó con la bastarda Beatriz de Castilla (Chaves, mayo de 1253), presente el padre de ésta, que ofreció como dote sus derechos sobre el Algarbe; así quedaba claro que Niebla sería del patrimonio castellano. El mismo procedimiento fue empleado también con Inglaterra en 1254; la infanta Leonor, hija de Femando III y Beatriz de Suabia, aportó los derechos sobre Gascuña a su matrimonio con el heredero de la Corona inglesa, el futuro Eduardo I.

Navarra: la herencia de Teobaldo I
Navarra era para Alfonso X cuestión difícil; el objetivo perseguido no podía ser otro que alejar la influencia francesa, introducida con la Casa de Champagne. Pero las ambiciones castellanas entraban en concurrencia con cuestiones internas del pequeño reino y con las aspiraciones de Jaime I. Ausente de Navarra muchos años, Teobaldo I encontró al regresar a ella en 1243 algunas graves cuestiones, entre otras, la oposición de la nobleza de su propio reino y los ataques continuos que realizaban los fronteros castellanos. La buena voluntad de Fernando III había permitido la firma de un tratado en 1245, que seguía vigente en el momento de su desaparición.
La oposición del estamento nobiliario se enlazaba con el gran problema del obispado de Pamplona, único entonces. El obispo era dueño de la ciudad, hasta tal punto que no había podido establecerse en ella la capital del reino. Este giraba en torno a dos centros: Pamplona y la Corte. 

En el momento de la muerte de Pedro Ramírez de Piedrola en 1238 se produjo un cisma: los más intransigentes eligieron a un clérigo de Pamplona, llamado Lope García, mientras que los amigos del rey pretendían elevar a la sede al arcediano, Guillermo de Oriz. La diócesis estuvo vacante durante cuatro años, hasta que el Papa designó a Pedro Jiménez de Gazólaz, duro e inflexible. En 1248 estalló su querella con el rey, a causa de la jurisdicción del castillo de Monjardín. Era una curiosa querella, en que ambas partes disponían de territorios ajenos a Navarra: la diócesis abarcaba Guipúzcoa y algunas villas aragonesas, como Sos, Sádaba y Uncastillo, pero había dos merindades del reino que se le escapaban: Tudela, que dependía de Tarazona, y San Juan del Pie de Puerto, que era de Bayona. Pedro Jiménez abandonó Pamplona, para instalarse en Navardun, en territorio aragonés, y acusó a Teobaldo de conculcar las libertades de la Iglesia. El rey acabó siendo condenado y excomulgado ante la Corte pontificia. Se sometió.

Esta lucha interior, brecha ofrecida a una penetración castellana, unida a las malas relaciones de Teobaldo con Enrique III de Inglaterra, a causa de ciertos señoríos de Gascuña, dictaron algunos aspectos decisivos de la Casa de Champagne. Teobaldo favoreció al estamento ciudadano continuando la concesión de fueros, de acuerdo con la política de Sancho VII; Amunárriz y Olendain recibieron los suyos ahora. Buscó la amistad con Francia, arrostrando el peligro de un contragolpe castellano. Estrechó sus relaciones con los señores de Abarracín, dando a su hija bastarda Inés en matrimonio a Alvaro Pérez de Azagra. Conservó, desde luego, la amistad del arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada. Pero esta orientación despertaba, lógicamente, los recelos de la nobleza de su reino. Los ricos hombres temían tanto al aumento de influencia francesa como a una posible intervención de Castilla; su problema era conservar la independencia.

La crisis de 1255
A la muerte de Teobaldo I (8de julio de 1253) recayó su herencia en su hijo Teobaldo II, que por ser menor de edad se hallaba sujeto a tutoría de su madre, Margarita de Borbón. Alfonso X se adelantó a alegar los derechos que decía pertenecerle. Los ricos hombres tomaron entonces la iniciativa de proponer a Jaime I una alianza (Tuleda, 1 de agosto) para que éste defendiese con sus tropas el reino. Luego impusieron a Teobaldo II un doble juramento: de acatamiento a los fueron y de no alterar la moneda en plazo de doce años (27 de noviembre de 1253); eligieron además un Amo, a quien hasta que el soberano llegase a la mayoría completa correspondería usar de las funciones de rey. Alfonso X se preparó para intervenir. Tenía cubierta su retaguardia gracias a la alianza con Portugal, y obtuvo promesas de ayuda de Enrique III de Inglaterra. La cuestión de Navarra desencadenó, probablemente, la crisis de 1255.

Contra Alfonso X jugaban tres factores. En primer término, la enemistad aragonesa –Jaime I llegaba a sospechar que estaban llegando auxilios castellanos a los moros rebeldes del reino de Valencia–, que sirvió para que el Conquistador llegara en Monteagudo a un acuerdo con Teobaldo II (9de abril de 1254), comprometiéndose a defender Navarra mientras el joven soberano iba a tomar posesión de Champagne. En segundo término, la rebelión de una parte de la nobleza castellana, acaudillada por Diego López de Haro y Ramiro Rodríguez. El señor de Vizcaya acudió a Estella para entrevistarse con Jaime I (8 de agosto de 1254). Murió poco después de haber regresado a sus dominios, en Bañares. En tercer lugar, las malas relaciones con su hermano el infante don Enrique, que tenía quejas por la parte de herencia que le correspondiera. Casi al mismo tiempo estallaron revueltas en Andalucía y en Vizcaya, donde López Díaz de Haro sucediera a su padre. Alfonso X aplastó con facilidad ambas revueltas. El infante don Enrique huyó a África, y desde allí acudió a refugiarse en Aragón, en donde también habían hallado acogida los vástagos de la Casa de Haro.

Alfonso detuvo sus preparativos contra Navarra, y buscó en adelante la apertura de negociaciones. ¿Fue esta revuelta la causa, o la presencia de tropas aragonesas, o el apoyo francés que Teobaldo II había ganado en este viaje?. Nada se sabe, pero tampoco hay que descartar la posibilidad de que en diciembre de 1255, mientras dominaba Vizcaya, el rey de Castilla haya tenido ya contactos con los caudillos del ghibelinismo en Italia. Teobaldo, en efecto, se había casado (6 de abril de 1255) con una hija de San Luis, y regresaba con las mejores disposiciones de paz. Para él no constituía Navarra otra cosa que una fuente de aprovisionamiento de dinero. Regresó para reconciliarse con el obispo de Pamplona, mediante un acuerdo de reparto de las rentas de la ciudad; de este acuerdo, que era una concesión por parte de Pedro Jiménez, protestaron los canónigos. Volviendo de Vizcaya, Alfonso X recibió en Vitoria, el 1 de enero de 1256, al rey de Navarra y a su madre; el castellano entregó a Teobaldo el señorío de San Sebastián y Fuenterrabia, con carácter exclusivamente vitalicio, pero recibió a cambio su homenaje, que es la más antigua confesión explícita de sumisión por parte de un soberano navarro a otro de Castilla. La fórmula era confusa, pero dentro del derecho señorial castellano, suficiente.

Teobaldo no volvió a ocuparse prácticamente de Navarra, en donde se hizo representar por lugartenientes: primero, Godofredo de Bourlemont, y luego, Clemente de Launay. La Junta de Obanos cobró un carácter cada vez más nobiliario. Mientras se le enviasen puntualmente las rentas, el rey no iba a causar problemas. De este modo Navarra se convirtió en un extraño ejemplo de reino sin rey. También Jaime I estaba deseando eludir los compromisos bélicos. En marzo de 1256, aceptando la mediación de su hija Violante, Jaime I acudió a Soria, para entrevistarse con su yerno; ambos reyes confirmaron la amistad firmada en tiempos de Fernando III, y el aragonés retiró su ayuda a los rebeldes. De este modo el círculo de alianzas castellanas se cerraba de manera satisfactoria para Alfonso X; pero en la crisis se habían manejado expresiones y argumentos que no anunciaban ningún buen porvenir. Ñuño González de Lara ocupaba un puesto tan eminente que para muchos se había convertido en odioso favorito.