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 LAS PRETENSIONES DE ALFONSO X A LA CORONA IMPERIAL 2/5
por Arantxa Serantes
ISBN- 84-9714-095-8
 

La elección imperial.

Mientras Jaime I se encontraba todavía en Soria, llegó a esta ciudad una embajada de la república de Pisa, que presidía Bandino di Guido Lanzia, para ofrecer a Alfonso X la sumisión de esta ciudad, su ayuda para la persecución de los derechos que le correspondían como heredero de la Casa de Suabia y, en nombre de los ghibelinos de Toscana, la jefatura sobre el partido. Conviene no desorbitar las cosas; aunque hicieran reconocimiento a Alfonso como el único emperador que estaban dispuestos a aceptar, los pisanos sabían muy bien que no tenían poder para otorgar la corona. Lo que a Pisa, última de las leales a Federico II, preocupaba grandemente era el crecimiento del poder güelfo, que tenía en Genova su gran potencia marinera, y la rivalidad que, inspirada por los Anjou, pudiera ejercer Marsella. Precisamente Alfonso X acababa de confirmar la singular posición que los genoveses desempeñaban en Sevilla, y tenía relaciones muy importantes con Marsella.

Se dibujaba en la mente de Alfonso X como un gran proyecto mediterráneo. No en balde, siendo príncipe, y ahora, en los primeros años de su reinado, había prestado muy especial atención al reino de Murcia y a la ciudad de Alicante, la amplia fachada por donde Castilla se asomaba al mar azul de las velas latinas. En los últimos meses de 1255, un embajador suyo. García Pérez, arcediano de Marruecos, había estado en Provenza para tantear las posibilidades de resistencia frente a Carlos de Anjou, y había conseguido firmar una alianza con Marsella (17 de enero de 1256). El pretexto —o la realidad— era una cruzada que el rey de Castilla proyectaba contra África. García Pérez estuvo presente a la recepción de los pisanos en Soria.

El 18 de marzo de 1256 tuvieron lugar en Soria algunos actos importantes. Los embajadores de Pisa prestaron acatamiento a Alfonso como emperador. Este prometió enviar quinientos jinetes antes del 1 de mayo próximo a Italia, así como ciertas ayudas contra posibles enemigos. 

Numerosas concesiones fueron prometidas para cuando el monarca lograra obtener la corona imperial o el reino de Sicilia. De momento, ciertos privilegios fueron otorgados a Pisa (15 de abril), que equilibraban la posición de sus naturales en los dominios de Alfonso en relación con los genoveses. Pisa prometía colocar sus fuerzas navales al servicio de éste para sus empresas de África o de Italia.

El rey se presentaba como su mediador cerca de Marsella—en efecto, una paz entre ambas ciudades fue firmada el 12 de septiembre, como consecuencia de los buenos oficios castellanos— y también cerca del Papa. Es más que probable que, en aquellos momentos, los ghibelinos de Italia viesen en Alfonso X tan solo un pretendiente a la corona de Sicilia, única que era hereditaria, entre los antiguos dominios de Federico y Conrado.

Pero el soberano no pensaba así, o cambió de orientación de modo inmediato. El 5 de mayo. García Pérez era enviado a Alemania, con plenos poderes y créditos financieros, a fin de negociar con los electores y comprar sus votos. Arnaldo de Isenburg, arzobispo de Tréveris, patrocinó abiertamente la candidatura de Alfonso, encargándose de ganar voluntades para su causa. Era uno de los siete electores. Otros tres, el conde palatino del Rhin, y los arzobispos de Coloma y de Maguncia, se habían declarado ya por Ricardo de Cornwall, hermano de Enrique III de Inglaterra. Se luchó ferozmente, con promesas de dinero, para asegurarse la mayoría de votos. El 13 de enero de 1257 Arnaldo de Tréveris se encontraba en Frankfurt, la ciudad en donde tradicionalmente se hacía la elección, en compañía de Alberto, duque de Sajonia, que también votaba por Alfonso; el arzobispo tenía plenos poderes por escrito del rey Ottakar de Bohemia y del elector de Brandeburgo, de modo que contaba con los cuatro votos que daban la mayoría. Fuera de la ciudad, el arzobispo de Colonia y el conde palatino se adelantaron a proclamar emperador electo a Ricardo porque tenían poderes escritos del arzobispo de Maguncia y del rey de Bohemia, cosa que él no desmintió.

El 1 de abril Arnaldo proclamó a Alfonso X. Los dos candidatos tenían la mayoría necesaria de cuatro votos, conseguida de la misma manera, dos presentes y dos ausentes. Lo sucedido era que Ottakar, interesado en la prolongación de la vacante, había votado dos veces con la mayor desvergüenza y se abstuvo luego de desautorizar a ninguno de los bandos. Alfonso X cayó en la trampa. El 15 de agosto una embajada de sus partidarios llegaba a Burgos y, ante ella, el monarca declaró que aceptaba la designación y que se trasladaría a Alemania en el plazo más breve posible a fin de tomar posesión de su corona. Desde entonces se tituló rey de Romanos. Pero su aspiración era ser coronado emperador por el Papa.

El «fecho» del Imperio.
Hubo derroche de dinero a fin de asegurar la fidelidad de partidarios que sostuviesen la causa de Alfonso en Alemania el obispo Enrique de Spira, el duque Enrique de Brabante, Hugo, duque de Borgoña, y Guido de Dampierre, conde de Flandes, figuraron entre los mas adictos y también entre los más favorecidos. La diplomacia castellana amplió sus fronteras y el 31 de marzo de 1259 el infante Felipe, hermano del rey, abandonó la mitra de Sevilla para casarse con Cristina de Noruega, hija del rey Haakon, que había prometido ayudar a Alfonso; se le otorgaron los señoríos de Valdecorneja y de Valdepurchena, además de crecidas rentas. Pero estos dispendios, y otros que maliciosamente se atribuían, en una época de dificultad creciente, provocaron el malestar. Las Cortes de Valladolid (enero de1258) insistieron en la actitud negativa: las tasas habían fracasado de un modo tal que hubo que suprimirlas, mientras se repetían las inútiles prohibiciones de gastos superfluos. Por otra parte, el Papa Alejandro IV, que acogiera en principio de modo favorable la candidatura de Alfonso, se había tornada contrario al ver que la presencia de los españoles, castellanos o catalanes, servía sólo para un peligroso crecimiento del poder de los ghibelinos.

El «fecho del Imperio», como le llama gráficamente la Crónica, se inició en un ambiente desfavorable. Conforme avanza el tiempo el rey parece, sin embargo, aferrarse a él sin atender a las agrias quejas de sus súbditos ni las malas perspectivas que se presentaban. En los primeros meses del año 1259 Alfonso se decidió a plantear ante las Cortes reunidas en Toledo —una de las más largas sesiones de la Edad Media castellana— el propósito que abrigaba de trasladarse a Roma para ser coronado allí emperador. Para ello necesitaba que sus súbditos le otorgasen una moneda forera con carácter extraordinario. Antes de que acabase este año, una embajada se dirigía a Roma para obtener del Papa Alejandro IV una actitud favorable a las pretensiones del castellano; figuraban en ella el infante don Manuel, hermano del rey, y el arzobispo de Sevilla, don Raimundo.

La coyuntura era buena para las intenciones de Alfonso X, que probablemente pretendía aquietar las suspicacias del Papa acerca de su ghibelinismo, nada extremista. Había muerto Ezzelino da Romano, el terrible príncipe de Verona, y los ghibelinos tendían ahora a unirse en torno a Manfredo, hijo bastardo de Federico II, que había conseguido apoderarse de Nápoles y Sicilia, sin que la Santa Sede, a quien correspondía la soberanía feudal sobre el reino, estuviese dispuesta a reconocerlo. Alfonso podía ser, a los ojos del Papa, una buena solución de recambio. Manfredo era un político muy hábil; en la batalla de Montiaperti (1260) sus partidarios lograron la importante victoria de derribar en Florencia el gobierno de la parte de güelfa, que era precisamente lo que, cuatro años antes, esperaban que hiciese el rey castellano. Ahora los ghibelinos podían aspirar a la hegemonía sobre toda Italia. Cualquier alivio a la terrible presión que éstos ejercían era bien recibido: de ahí, que Alejandro IV acogiese bien a los embajadores, prometiéndoles que en la querella imperial se atendría a la más estricta justicia.

La situación Internacional tendía a complicarse. Ante el avance arrollador de los ghibelinos, el Papa no tuvo otro remedio que ponerse en manos de Francia, ofreciendo a Carlos de Anjou la corona de Nápoles. San Luis se opuso porque la aventura le parecía poco prometedora. Además, frente a las aspiraciones angevinas, que constituían para ellos una amenaza terrible, los catalanes mostraban intención de lanzarse a la lucha: el 28 de julio de 1260 se pactaba el matrimonio de una hija de Manfredo, Constanza; con el infante Pedro, que por muerte de su hermano se había convertido en primogénito. Tan sólo la prudencia del viejo rey Jaime I contenía a sus súbditos. Muchos consideraron aquella boda como un mal negocio. Alfonso X protestó con energía: Sicilia formaba parte de la herencia Hohenstaufen y el ghibelinismo declarado de su cuñado perjudicaba su buena reputación. Otros infantes castellanos, Enrique y Fadrique, hacían acto de presencia en Italia y mostraban más directa actividad perturbadora como amigos del infante aragonés, y como Staufen. La divergencia entre las dos políticas, castellana y catalana —aunque Jaime I estuviese dispuesto a compartir las líneas de prudencia de su yerno— se acentuó en los meses siguientes. Los mercaderes catalanes apoyaban en todo a su príncipe; estaban buscando nuevos mercados en una línea de expansión mediterránea que llevaba a Alejandría.

Mientras sus partidarios en Alemania comenzaban a desanimarse —habían transcurrido casi cuatro años sin que se apreciasen síntomas de que Alfonso X estaba dispuesto a cumplir sus promesas— el rey desplegaba una creciente hostilidad contra Manfredo. Quería cambiar de bandera, atrayéndose la buena voluntad de los güelfos, sin pensar que difícilmente podían aceptar éstos sincera amistad de un Hohenstaufen, Este es, probablemente, el aspecto más dramático del «fecho» del Imperio: Urbano IV, Papa francés, elegido este mismo año de 1261 para suceder a Alejandro IV, se prestó al juego, mostrando un espíritu conciliador que nada tenía que ver con su conducta real, e hizo creer a Alfonso, al menos, en su neutralidad.

Para el Pontífice el gran problema no era la corona imperial, sino Italia; tenía que conseguir a todo trance el triunfo de los ghibelinos, que algunas veces acariciaban la idea de hacer de Italia un reino como los demás. Por consiguiente necesitaba impedir que Inglaterra o Castilla sumasen sus fuerzas a las de sus enemigos. Por eso cuidaba, con sus acciones, no mostrar un favor especial, ni a Alfonso ni a Ricardo, dejando que el problema del Imperio se demorase en su solución; con lo cual satisfacía indirectamente a sectores muy importantes de la nobleza alemana que, en su fuero interno, pensaban que ninguna necesidad tenían de rey. Urbano, por tanto, recogió o inventó la tesis de resolver la querella entre los dos emperadores electos por medio de un arbitraje. Ambos aceptaron. El Papa ganaba un tiempo decisivo: la recogida de informes y de alegatos de cada parte le permitía demorar su sentencia cuando fuese necesario. El 1 de febrero de 1263 Alfonso X otorgó poderes a sus embajadores ante la Santa Sede, y se dispuso a esperar, con paciencia.

La campaña de Salé y la conquista de Niebla y Cádiz


El «fecho» del Imperio entraba en un forzoso compás de espera. Algunos otros problemas pasaron a primer plano. El dominio del Estrecho, la continuación en África de la guerra contra el Islam, los primeros choques entre la nobleza y la burguesía en Cataluña, y la regulación de la herencia de Jaime I, después de la muerte de su hijo mayor, eran asuntos capaces de absorber la atención de los monarcas peninsulares. Una revuelta de barones catalanes, acaudillada por el vizconde Ramón de Cardona, se produjo en 1259, y, aunque fue pronto aplacada, era síntoma de un resentimiento que se mantenía intacto. En marzo de 1260 Alfonso X y Jaime I celebraron una nueva entrevista en Agreda para confirmar su amistad y el acuerdo de Soria, expresamente recordado. Probablemente se trató entonces de las posibilidades de participación de súbditos de Jaime en una expedición a Marruecos, que los castellanos proyectaban aprovechando la revuelta de un príncipe benimerín, Ya'qub ben 'Abd Allah. Jaime I no puso otro inconveniente que la necesidad de mantener su amistad con el rey de Túnez, Abu Zakariya; en la Corte de éste habían hallado refugio durante cierto tiempo los infantes Fadrique y Enrique, hermanos de Alfonso X. La presencia de un Lorenzo, obispo de Ceuta, en los documentos castellanos era interpretada por Ballesteros como índice de que Alfonso se disponía a organizar una cabeza de puente en África.

La campana de Salé quedó, en todo caso, muy por debajo de estas esperanzas. Es la primera expedición naval castellana. La flota se reunió en la desembocadura del Guadalquivir con el pretexto de prestar auxilio a Ya'qub, que se había apoderado de Rabat y Salé, en la costa occidental de Marruecos. El 10 de septiembre de 1260 el almirante Juan García de Villamayor se apoderó de Salé casi sin resistencia; la guarnición había creído que se trataba de un ejército enviado en auxilio del rebelde. Pero los castellanos habían venido en busca de botín y, tal vez, con la intención de conservar en su poder la plaza. Cuando Ya'qub descubrió el engaño se volvió contra sus falsos auxiliares y emprendió el asedio. Las tropas invasoras resistieron sus ataques durante una semana y reembarcaron en la noche del 21 al 22 de septiembre.

Casi inmediatamente después debieron de comenzar las operaciones contra el reino de Niebla, en donde se sostenía aún un príncipe a quien los cronistas cristianos llamaron Abenmafod. Fue, en verdad, el último taifa. Consta documentalmente que la ciudad de Niebla, fuertemente amurallada, en cuyo ataque se utilizaron por primera vez disparos de pólvora, sucumbió en 1262. También Cádiz, que había sido conquistada por San Femando pero había vuelto a perderse, fue recobrada probablemente dentro del mismo año. Con la desaparición de este último reducto. Granada pasaba a ser el único territorio de predominio musulmán; esta circunstancia contribuyó, probablemente, a fortalecerlo. Alfonso X refleja en sus documentos la conciencia de que la Reconquista estaba concluida.

Por estas fechas (21 de agosto de 1262), Jaime I se veía obligado a rectificar su testamento, habiendo muerto el mayor y el menor de sus hijos. La Corona de Aragón escapó así a los peligros de una dislocación: Aragón, Cataluña y Valencia permanecían unidas como herencia de Pedro III; ya no se volvió a pensar en separarlas. El infante Jaime recibía Mallorca, Menorca e Ibiza, como reino, más los señoríos ultrapirenaicos, estos últimos en vasallaje del conde de Barcelona. El infante Pedro redactó una protesta secreta en presencia de representantes de los estamentos de Cataluña y de Aragón por lo que entendía perjuicio para su reino. La oposición entre los puntos de vista de Jaime I y los de su hijo crecía peligrosamente. A raíz del matrimonio de este último con Constanza de Sicilia, el rey de Aragón había prometido a Carlos de Anjou con cierta solemnidad que no se daría auxilio a Manfredo de Sicilia ni a los provenzales rebeldes; pero esto era, precisamente, lo que, muy voladamente, se estaba haciendo ahora desde Cataluña.