- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
 
 
TRADUCCIÓN
Übersetzung.Jan Peter Bremer
Por Dr. Diana García Simon, Frankfurt
 

Jan Peter Bremer nació en 1965 (Berlin) en el seno de una familia de artistas. El padre es un conocido artista plástico. Vive y trabaja en Berlin. Ganador del premio Ingeborg Bachmann de Klagenfurt (uno de los más renombrado y  con seguridad más discutido premio de las literaturas en lengua alemana) de 1999, por lo tanto ganador de la beca que ofrece la Fundación Bertelsmann. 

Jan Peter Bremer
Einer der einzog das Leben zu ordnen
Fischer Taschenbuch Verlag
Frankfurt am Main, 1994
© bei Jan Peter Bremer

Traducción: Diana Garcia Simon

A partir de ese día, él empezó a limpiar. Ahora llevaba en su mano un par de gafas de sol. Su mirada recorría la estantería, en la cual él hacía lugar para pasar el trapo humedecido. Luego colocaba las gafas delante de la colección de diccionarios, retrocedía, controlaba desde la mitad de la habitación el nuevo orden de los estantes, se iba al pasillo, cerraba los ojos, volvía a la habitación con pasos enérgicos, se acercaba a la estantería y cogía las gafas.

El lugar era el conveniente y entonces él abría los ojos.

Se paraba ante la estantería, al costado de la mesa, se volvía sobre sus pasos y llevaba una cuchara en la mano. Con la cuchara se iba a la cocina.

El apartamento era pequeño. El joven vivía en un único cuarto. Delante del cuarto había un pasillo corto, que conducía a la escalera de la casa. Saliendo de la habitación hacia el pasillo, y tomando a la izquierda, éste conducía a la cocina. Todas las ventanas estaban orientadas hacia el sol de la mañana. 

El joven nunca estaba contento con los arreglos que realizaba. Siempre todo se le derrumbaba de tal manera que él cedía, se atrincheraba tras una lámpara de pie o una silla, para de repente, en la noche o tras largas cavilaciones lanzarse a destruir el más imponente de los órdenes. Incluso los muebles más pesados cambiaban de lugar.

La estantería pasaba a ocupar la pared de enfrente, la cómoda se mudaba del pasillo a la habitación principal para finalmente volver al pasillo, el armario se afirmaba en su lugar, por consiguiente la silla se encontraba ahora a su lado, aunque en realidad estaba pronta para escaparse en cualquier momento.

El trabajoso orden de los libros, mecheros y lápices se convertía de pronto en confusión.

Con los ojos abiertos o cerrados, el joven se movía a tientas por la habitación y era tal su desamparo, que por momentos olvidaba el objeto de su búsqueda. Todo estaba por aquí y por allá y él ni siquiera sabía que hacer con aquello que su mano nerviosa tropezaba. En ella se encontraba un peine. El joven utilizaba sólo cepillos, ya que los peines se quebraban a causa de sus espesos rizos. Él estaba en la calle. Una joven se dirigió a él y le preguntó: ¿Me permites? El joven le dió el peine y ella le ofreció unos libros voluminosos. Él acomodó los libros en las estanterías. „Incluso estando ciego encontraría a cada uno de ellos“ dijo. La joven pasó el peine por los espesos cabellos rubios. „El mismo pelo que mi madre“, dijo ella. „Todas las madres tienen el mismo pelo“, dijo él, „los padres los cuentan cada mañana en la mesa del desayuno“. La muchacha tenía frio. Muy a menudo le pasaba de tener frio. Él cargó carbón en la estufa, que no estaba encendida. Las mejillas de la joven estaban rojas. Él deseaba apoyar su cabeza en su pelo, pero el peine se lo impedía con sus pinchazos. Él se dirigió a la cocina, en la cocina estaba todo lleno. El fregadero estaba taponado de pelos. De regreso en la habitación principal, escondió el peine debajo del armario. Apenas después de un momento para respirar, ya estaba él otra vez en el pasillo, cerraba los ojos, volvía a entrar, se arrodillaba al lado del armario, tanteaba buscando el peine, pero no llegaba a tocarlo. El armario estaba seguro ahí. Él tenía calor. Abrió los brazos, acción que podía permitirse al ubicarse en medio de la habitación. Tenía, sin embargo, que darse prisa. Cerca de la cama, había un tubo que deseaba ser retirado lo antes posible.

De noche el trabajo se hacía sin sentir. De noche había tranquilidad. Sólo esporádicamente se escuchaban los pasos de un vecino que atravesaba el patio y golpeaba la puerta de entrada. Se trataba de un patio corriente, con casas de cuatro pisos en cada una de sus cuatro caras. En el medio, un gran árbol plantado en un pequeño jardín se elevaba hacia los techos de las casas. El joven vivía en el ático. 

Los pasos del vecino desconocido repercutían brevemente contra su ventana. Luego corrían hasta la puerta del patio y volvían otra vez, y todo esto ocurría repetidamente. De noche había tranquilidad. No bien encendía las luces, todo se aplicaba a ocupar sin ayuda el lugar que le pertenecía. Él no alcanzaba a tener un objeto en la mano, que ya sabía cuál sería el lugar apropiado. Entonces se permitía largas pausas, que las tenía muy bien ganadas.

Se iba a la ventana, la abría y sumergía la cabeza en el aire fresco. A sus espaldas lo aguardaba la habitación iluminada.

Con intensidad se ocupaba se perseguir la sombra de su cabeza, que se tendía indiferentemente en las débiles luces de las ventanas vecinas. Luego recorría con la mirada el muro del edificio, atrapando, con fuertes pestañeos, la sombra que descendía junto con su cabeza, recorriendo la pared, escurriéndose por las estrechas ventanas y que finalmente se apoderaban de los apartamentos ajenos.

Allí reinaba la tranquilidad, y todo se reunía a su alrededor de pronto con aplicación, otras veces con excitación, siempre de la manera que él lo deseara, ya que él era el amo del patio, y sólo los vecinos de la casa, a quienes él saludaba con cortesía amistosa, sólo ellos no lo tenían en cuenta ni dirigían sus miradas hacia los altos, sino que se escondían cobardemente en sus sucios apartamentos.

Adentro, en la habitación iluminada, aguardaba el trabajo. 

Todavía peor que el desorden es el polvo.

Sobre la mesa había un cubo con agua templada. Los muebles habían sido retirados de la pared.

El joven se arrodillaba y pasaba el trapo a lo largo del zócalo. Comenzaba detrás de la puerta, se deslizaba através de la habitación hasta rodearla y llegar nuevamente al punto de partida, ya que para entonces el polvo había vuelto a acumularse en la hendidura entre el suelo y el zócalo. El polvo no tenía fin.

El resto del apartamento estaba sistemáticamente descuidado.

Mientras el joven estaba arrodillado, el polvo se depositaba cómodamente detrás de los libros, fluía a través de los marcos de los cuadros. Sólo el techo estaba libre de polvo.

La blancura del techo relucía en toda la habitación.

Vivir en el techo sería como alcanzar el cielo con las manos: pasearse recién acicalado por su superficie, aspirando el aire fresco, tenderse en el lecho con un libro impecable, besarlo antes de dormir, sin tener acto seguido que limpiarse la boca para retirar el polvo.

El trabajo era por demás exigente. El joven intentaba dar un rodeo para no fijar la mirada en los zócalos, pero finalmente éstos agrupaban todo el campo visual, incluso el techo, y él cerraba los ojos, limpiaba con aire circunspecto la habitación y trasladaba el polvo de un lugar a otro.

El cubo sobre la mesa llegó a molestar. El joven lo colocó debajo de la mesa. En definitiva, el cubo no hallaba su lugar en la habitación.

Para él era un acertijo cómo se podían mantener limpios los apartamentos que sin lugar a dudas eran más grandes que el suyo. Claro está que existen apartamentos sin pizca de polvo. Con una determinada habilidad sería posible refrenar la corriente de polvo bajo los zócalos. Lo que a él le faltaba era la experiencia. Cometía demasiados errores. El personal doméstico de las magníficas residencias se matarían de risa, de verlo en ese estado, sudoroso y cansado al pie del zócalo. Por empezar, los criados encuentran el lugar correcto para el cubo. Ellos desempeñan las tareas de una forma muy distinta, desconocen el miedo al mirar en dirección al polvo sino más bien se dedican a pensar en su tiempo libre. Un sirviente toma un trapo, limpia el polvo y luego se informa de la próxima tarea. A todo esto, su traje permanece impecablemente negro. Donde hay un sirviente, reina la limpieza. Antes de despedirse, vuelca el agua tibia del cubo en el fregadero. Por las noches los sirvientes se sientan juntos y conversan en una atmósfera acogedora. Comienzan por contarse los acontecimientos vividos en la casa, luego las conversaciones se vuelven confidenciales, se hacen guiños, cambian de tema cautelosamente y entonces se cuentan hechos ya pasados. Durante el día, cada uno hace su vida. En silencio se preparan para la noche. En caso de compartir también el día, pueden llegar sin tardanza a matarse con la mirada. Pero de todos modos hay suficiente trabajo en las amplias residencias. Mientras el sirviente se ocupa de la habitación principal, él se sienta en la cocina. En caso de que el sirviente considere necesario limpiar la cocina, él pasaría a la habitación principal. Mientras el sirviente se encarga de de la compra, él se pasea por el apartamento o mira por la ventana. En caso de estar ausente de la casa, el sirviente haría su trabajo sin especial cuidado.

El joven limpiaba el zócalo en toda su longitud. Detrás de él crujía el polvo. Si miraba hacia la habitación, el zócalo encuadraba la figura del sirviente.: „La mayoría de los días pasan más rápido de lo que uno piensa, mi querido criado, y la mayoría de las noches serán más acogedoras de lo que nosotros nos podemos imaginar“, dijo. Luego se alzó, se dirigió con el cubo a la cocina, retorció el trapo y vertió el agua en la pileta.

Se sentó en la mesa de la cocina, miró hacia el pasillo y volvió a la habitación principal. En los zócalos se acumulaba el polvo. El sirviente lo quitará. El polvo está en todas partes.

No es nada fácil preparar un recibimiento adecuado.

El joven se despertó a la salida del sol. Saltó de la cama y se dedicó a preparar el recibimiento en la cocina. La cocina, el pasillo, la habitación principal y por último, él mismo debían ofrecer a primera vista una impresión agradable. El joven se lavó, pasó el trapo enérgicamente por la mesa de la cocina y acomodó las tazas y los platillos de tal manera que correpondieran entre sí. Arrimó la lata donde guardaba el té al envase del café, el azúcar un poco más allá, y todavía quedaba tantísimo por hacer.

El joven fabricó dos cartelitos de cartón, colocó uno sobre la cómoda del pasillo, el otro en la cocina, atravesó la puerta de entrada, respiró hondo, abrió la puerta todo lo más que era posible, -tal como él se imaginaba que él la abriría cuando lo tuviese enfrente-, hizo lo posible para dirigir sus ojos hacia el interior sin que lo traicionara la curiosidad, como si por primera vez atravesara las puertas del departamento, pero vió de todas formas de reojo el cartelito sobre la cómoda en el que se leía „Bienvenido“, giró hacia la cocina y leyó „Mi cocina es la tuya“. Sopló sobre la vajilla para dos personas que estaba dispuesta sobre la mesa, se dirigió a la habitación principal y se cambió de ropa. Desistió la idea de quitarse las pantuflas para que el criado no propusiese, ni bien llegar, ir a dar un paseo o a un café. La primera obligación del criado era conocer el apartamento.

Por lo general, los que recién llegan lo único que quieren es volver a salir. En caso de quedarse más de lo deseado la cosa se complica todavía más. Se instalan en el rincón más agradable, observan todo de manera insoportable y uno está contento de sacárselos de encima. Otra cosa es con un criado. Un criado está acostumbrado a las viviendas ajenas. Él acompaña a su señor y lo hace con satisfacción.

Era de mañana.

Él escuchó pasos en la escalera, pasos que se iban acercando y que finalmente se detenían en su puerta. El joven puso a calentar el agua mientras escuchaba. El silencio era tal, que parecía que alguien hubiese enrollado la escalera como si fuera una alfombra y la hubiese depositado ante su puerta. El joven se observó en el espejo „una hermosa vivienda con un hermoso habitante“, se dijo.

El agua comenzó a hervir.

Cuando golpearon a la puerta, el café ya estaba listo.

„Bienvenido“ dijo al criado, arrastró una maleta de cuero al pasillo, la colocó de un tirón sobre la cómoda, de tal manera que el cartelito quedó estrujado y se dirigió a la cocina. 
Su mirada se detuvo en el otro cartelito, en el cual se leía „Mi cocina es la tuya“.¿Es ésta la cocina de mi amo?, preguntó con una voz ampulosa que llenaba toda la habitación. El joven se acercó al criado tratando de recomponerse. „Exacto“, dijo, „ésta es la cocina“. Luego le tendió la mano y dijo: „bienvenido, criado“. El criado ignoró la mano tendida. El joven las enfrascó en sus pantalones y se ubicó al lado de su criado. La cocina parecía gustarle. Su mirada se detuvo largo rato en el rincón donde se escontraba la pileta, pero luego se dirigió nuevamente hacia el cartelito . „Tu cocina es la mía“ corrigió. El criado tenía razón. El joven cogió el cartelito y lo desgarró. El joven dió los trozos de cartón a su criado, cuya mano se encontraba justamente sobre el cubo de las basuras. Los trozos de cartón navegaron con ligereza hacia el fondo del cubo. El criado los vio descender. El joven observaba a su criado henchido de felicidad. El criado no es un huésped cualquiera. El criado cumplía sus funciones con agrado. El criado sabe mejor que nadie cómo debe comportarse. El criado se halla en tercer lugar. En primer lugar está el huésped, que aquí no había, luego está el amo, que ahí estaba y en tercer lugar está el criado, y él era el criado. (Páginas. 7 - 19)

Nos gustaría conocer tu opinión sobre esta obra.
Puedes enviárnosla ahora