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Friedrich Christian Delius
Der Sonntag, an dem ich Weltmeister wurde.
El domingo en que me convertí en campeón mundial. 
Copyright © bei: Rowohlt Verlag Gmbh, Reinbeck bei Hamburg. 1994.
Traducción: Diana Garcia Simon
 

Aquel domingo en que me convertí en campeón del mundo comenzó como un domingo cualquiera:  me despertó el tañido de las campanas despedazando las imágenes de mi sueño, mientras me castigaba ambos tímpanos, martilleaba en el interior de mi cabeza y repercutía a lo largo de todo el cuerpo, que se volvió hacia la pared sin ofrecer ninguna resistencia. El campanario de la iglesia se encontraba separado de mi cama por unos escasos metros, así que no había manta ni almohada que valga: los tañidos penetraban através de las puertas y ventanas, de las vigas y paredes, llenaban la habitación, hacían vibrar las lámparas, los vidrios y espejos, y a pesar de que invadían todo el pueblo, el valle y los bosques, parecían no tener otro destino que mis oídos ni otra finalidad que la de destruir todo sonido y volver escombros todo pensamiento. Desde allá arriba enviaban agitados y enérgicos golpes contra mí, desgarraban el pálido rostro que yo veía flotando en un paisaje de colinas y con su ruido lo transformaban despiadadamente en jirones, como si con tal violencia quisieran arrancar de mi cabeza algo tierno pero prohibido. 

Los domingos las campanas comenzaban a sonar a las siete en punto y durante quince largos minutos estaba sometido a su tiranía. Sin embargo, no quería resignarme a ellas e intentaba fijar las imágenes flotantes, y con esto quiero decir el rostro etéreo, y junto a él quizás una niña, el abuelo parado al lado del mar sin su submarino, el brazo al aire. Yo no sabía si el anciano estaba en peligro o pedía ayuda, la película estaba desgarrada, las secuencias en completo desorden, yo estaba en tierra firme y estaba al fin despierto.

Me agazapaba bajo el fragor acostumbrado mientras intentaba soportar lo inevitable e ir convenciéndome golpe tras golpe de que el estruendo era de mi completo agrado, de que descubría algo así como una música, una melodía o al menos un ritmo en aquellos sonidos metálicos. La campana mayor emitía una voz de bajo en lentos compases, la pequeña se entrometía con luminosos repiqueteos y la mediana ofrecía el preciso y equilibrado sonido de fondo; tres sonidos sin pausa, consecutivos y simultáneos en secuencias cambiantes pero fáciles de predecir. 

Yo quería ensordecer y dejarme llevar, nadar en las ondas sonoras, persiguiendo a la niña, la que se sumergía en el paisaje lleno de verdor; perseguir al abuelo, cuyo uniforme se mantenía seco a pesar de estar en alta mar. A pesar del sumergirme en las imágenes mientras me dejaba llevar por el ritmo de las campanadas, no lograba volver a entrar en el sueño para reparar la destrucción provocada: la desaparición del rostro en el paisaje y el salvataje de mi abuelo.

Sólo me quedaba la posibilidad de adaptarme a aquello que yo consideraba una agresión. Yo deseaba estar allá arriba, en la torre, donde muchachos robustos - dos o tres años mayores que yo y por lo tanto inalcanzables en su condición de confirmantes- tiraban de los badajos en el campanario encima de la nave de la iglesia y del altar, despertaban al pueblo, hacían temblar las ventanas, y enviaban las ondas sonoras en un radio de varios kilómetros; allí arriba me hubiera gustado estar, donde el viento se colaba entre los arcos y las troneras, y donde es preferible provocar el ruido a tener que sufrirlo. Dejando atrás peligrosas armazones del techo y escaleras diversas, me veía tirando de la cuerda unida al badajo, tal como había intentado cuando sonaban los sábados por la noche, por las bodas o por los entierros, saltando sobre los inseguros tablones sobre el polvo del techo, mirando entre las rústicas piedras del muro hacia los techos de las cabañas y las tejas de un rojo pálido de las viviendas, hacia los muros encalados entre vigas de madera gris o marrón; flotando en mi almohada sobre fincas y jardines y tañendo al mismo tiempo con todas mis fuerzas, una vez ésta, otra vez aquella, como si quisiera hermanarme con esos ímpetus sonoros, como si las campanas fueran un instrumento que yo pudiera ejecutar.

Durante algunos instantes lograba no escuchar más que armonías y permanecer allá arriba en el fragor de las campanas, volando con sus tañidos. Allá abajo quedaba el cruce de los caminos con la casa de huéspedes de tres plantas, con el cartel de propaganda Con sed es como mejor sabe la cerveza, mientras yo seguía navegando sobre hombres en sus tractores, sobre mujeres con cántaros de leche, sobre arneses, sobre carros y rebaños de vacas, de aquí para allá sobre los bosques, y siempre esos pequeños seres bajo mío, cuyos pasos acompañaba con el compás de las campanadas. Vivía con el sentimiento sublime de verlo todo sin ser visto, y podía durante algunos minutos imitar la invitación del riguroso y rítmico llamado de los golpes de dejar que todo lo bueno continuara, aceptando el ruido de las campanas y el tronante poderío que venía de arriba como una caricia paternal y protectora. Pero luego me arrebataba una rabia sorda por haberme visto alejado de mis propias fantasías y finalmente escuchaba en las campanadas ambas cosas: la calidez y la violencia, el empujón y la cercanía, la bofetada y la música.

Cuando los golpes de los badajos se volvían irregulares, cuando empezaban a calmarse y se perdía en el aire el último sonido profundo tocado con toda ligereza mientras las últimas resonancias rozaban los oídos, entonces renacía finalmente la calma. Me hubiese gustado conservar un poco más el sonido ése con el cual los otros sonidos se retiraban, porque el trueno se disolvía en ternura, el ruido en silencio y ese silencio era tan beneficioso como cuando un dolor nos abandona.

Me estiraba y buscaba una nueva posición para seguir durmiendo. Me intranquilizaba sólo debido a la duda si el abuelo realmente caminaba sobre las aguas como Jesús o esperaba que yo lo salvara. Yo, de once años y sin saber nadar, nunca podría haber salvado al Capitán de Corbeta, a menos que en el sueño me otorgara cualidades hasta la fecha insospechadas. La imagen aquella no se volvía a presentar, las campanadas habían arruinado todo. Me ponía a escuchar en el silencio de la mañana las golondrinas y los gorriones y enseguida me alcanzaban a través de la puerta de la iglesia y el patio de la casa, las voces de los muchachos que habían hecho sonar las campanas y que todavía permanecían juntos un rato. Yo sabía quienes eran sin haberlos visto, sabía aproximadamente cuántos eran, a muchos de ellos los conocía por la voz. Escuché hablar a mi padre y decir una broma sobre la que rieron cansadamente y luego se despidieron.

Me sumergía, buscaba el sueño sin saber qué era lo que buscaba en el sueño que el estar despierto no podía darme; me acurrucaba bajo la manta, a salvo de todos los ruidos, estiraba las piernas, me estrechaba a la almohada. Entonces escuchaba a mi hermano, con el cual yo compartía el cuarto, que se giraba en su cama y pasada la molestia intentaba dormir otra vez. Me desentendía de su presencia, no le hablaba y me sumergía nuevamente en el calorcito, con las campanadas resonando todavía en mis oídos y paulatinamente relajado después de la plaga de quince minutos. Intentaba dormitar otra vez, no porque estuviese cansado, sino por prolongar la felicidad, que se presentaba escasas veces, de estar durante unos minutos sin presiones, sin que se esperara nada de mí, sin sentir la severidad de una mirada dirigiéndose en mi dirección.

Era el único día de la semana en el cual no me despertaban a las seis, el único día en el cual eran las campanas las que me arrancaban del sueño y no la alegre voz de mi madre con su „Buenos días“, con marcado acento en las „e“ y en la „í“ . El único día en el que no pensaba (a más tardar durante el desayuno) en los horrores del latín o las matemáticas y en el cual no se me presentaba el día escolar como un único obstáculo, sea por mi mala memoria para los vocablos, para las fórmulas aprendidas a medias y por mi escasa capacidad de calcular, -bien digna de compasión-, ni que hablar de las trabajosas diferencias entre las diversas especies de musgos y mi terca memoria para la biología. El único día en la semana, en el cual estaba medianamente protegido del descubrimiento de lo malo y débil que era en todo, o de la presión que pronto se convertía en miedo, de responder a todas las preguntas del mundo que eran formuladas por los adultos con autoritarias expectativas, y a las cuales yo respondía cortándome y tartamudeando. Me evadía de la acostumbrada prisión de los días de semana y me alegraba de que fuese domingo, a pesar de que tampoco ese día estaba libre de suaves amenazas y mandamientos, rezos y reglas, que ya empezaban la tarde del sábado, cuando mi hermano y yo teníamos que barrer la calle y el patio para recibir cinco centavos.