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ANÍBAL 1/3
ISBN-84-9714-105-9
Arantxa Serantes
Universidad A Coruña
 

Ambos contendientes salieron maltrechos de aquel cuarto de siglo de lucha, pero las consecuencias fueron más graves para Cartago que para Roma. No sólo tuvo que ceder toda Sicilia, comprometerse al pago de una crecida indemnización y aceptar la competencia del comercio romano en todo el Mediterráneo, sino que cayó en la anarquía, por el desencade-namiento de los conflictos internos.

Su Gobierno se negó a pagar los «atrasos» a los mercenarios que habían servido bajo las banderas de Amílcar. Éstos se Sublevaron bajo la guía de Magón -un cabo que se las sabía todas-, encontraron en-seguida apoyo en los pueblos sometidos y especialmente en los libios, que se insurreccionaron, y forma-ron un ejército bajo el mando de Espendio, que era un esclavo napolitano. Y todos juntos pusieron sitio a la ciudad.

Los ricos mercaderes de Cartago se echaron a temblar y solicitaron de Amílcar que les librase de aquella amenaza. Amílcar vaciló: le disgustaba combatir contra sus antiguos soldados. Mas cuando éstos hubieron cortado las manos y despedazado las piernas a su colega Cesco y enterrado vivos a setecientos cartagineses, se decidió a actuar. Llamó a las armas a todos los jóvenes que halló dentro de los muros de la ciudad asediada y les sometió a un duro y sintético adiestramiento militar. Atacó con diez mil hombres al enemigo, que contaba con cincuenta mil, rompió su asedio, lo alcanzó en un angosto valle, cuyas dos salidas obstruyó, y se puso a aguardar su muerte por hambre.

Aquellos se comieron primeramente los caballos; luego, los prisioneros y después los esclavos. Y, finalmente, desesperados, mandaron a Espendio en demanda de paz. Por toda respuesta, Amílcar le hizo crucificar. Los mercenarios intentaron una salida y fueron degollados. Magón, hecho prisionero, fue matado a lentos zurriagazos. Fue -dice Polibio- la más sangrienta y despiadada guerra de la Historia. Duró más de tres años. Y cuando terminó, Cartago supo que Roma había ocupado también Cerdeña. Protestó, y Roma, sabiendo en qué condiciones se hallaba el adversario, respondió con una declaración de guerra. Para evitarla, Cartago aceptó la pérdida de Cerdeña, añadió la de Córcega y se resignó a pagar otros mil doscientos talentos. Es decir, que para evitar la guerra aceptó, sin más, la derrota. Mas esa vez no protestó. 

Mientras tanto, también Roma estaba lamiéndose las heridas. El Ejército casi carecía de efectivos y la moneda había sido desvalorizada en un ochenta y tres por ciento. La política unitaria inaugurada en la península había dado, en conjunto, buenos frutos, porque ninguno de los pueblos sometidos se había aprovechado de las desgracias de la Urbe para rebelarse. Pero la frontera del Norte no estaba segura. Los ligures, incapaces de fundar un Estado, habían sido, empero, capaces de hacer cabotaje con sus embarcaciones a lo largo del mar Tirreno, impidiendo el tráfico en él y saqueando sus costas, especialmente las toscanas. En el norte del Adriático, los ilirios, agazapados en los arrecifes de la Dalmacia, hacían otro tanto. Y desde Bolonia a los Alpes, en toda la llanura del Po, los galos se estaban reforzando ante la llegada de improviso de sus hermanos de Francia que, no conociendo todavía a los romanos, no les temían. De dejarles crecer, cabía el riesgo de que cayeran otra vez encima, como ya había ocurrido cuando Brenno.

Rastrillada Sicilia de los restos de cartagineses y ocupada con guarniciones y «colomas», menos el reino de Siracusa que fue dejado al fiel Hieren, los romanos la proclamaron «provincia». Fue la primera de las muchas que más tarde formaron el Imperio. La segunda consistió en Cerdeña y Córcega unidas. Después, habiendo instaurado así un cierto orden administrativo, la Urbe decidió extenderlo más allá de los Apeninos, que constituían su confín septentrional.

Comenzó con los ligures, que eran los más aislados y los menos peligrosos, Y tal vez tampoco se trató de una guerra verdadera, sino de una serie de operaciones «anfibias», es decir, llevadas a cabo simultáneamente por tierra y por mar. Duraron cinco años, desde 238 a 233, y no tuvieron necesidad de los habituales episodios heroicos. Cuando terminaron, los ligures se habían convertido en vasallos y no disponían siquiera de una embarcación con la que perturbar el tráfico entre Cerdeña y Córcega.

Luego, fue la vez de los galos, que, en realidad, habían tomado ya la iniciativa, organizando con la ayuda francesa un ejército de cincuenta mil infantes y veinte mil jinetes. A los romanos nunca les habían gustado aquellos soldados que Polibio nos describe como altos y bellos siempre deseosos de guerras que hacían desnudos, salvo algún collar o amuleto. El Senado se quedó tan aterrado ante el nuevo ataque que, volviendo a una costumbre que ya estaba en desuso, decidió congraciarse a los dioses con un sacrificio humano, enterrando vivas a dos víctimas. Pero las escogió entre los galos. De todos modos, se ve que los dioses estuvieron contentos, pues, en Telamón, las legiones lograron cercar al enemigo y prácticamente lo destruyeron de una vez para siempre. Cuarenta mil galos se quedaron en el campo de batalla y diez mil fueron hechos prisioneros. Toda Italia, hasta los Alpes, estaba a merced de Roma. Ésta llamó Galia Cisalpina a la nueva y riquísima provincia, ocupó la capital, Mediolanum, y fundó dos importantes colonias: Cremona y Placencia.

Después, se volvió hacia el Este y en pocos años, con expediciones similares a las que había organizado contra los ligures, redujo a pueblo tributario a la Iliria de la reina Teuta. Y con esto puso pie por primera vez en la otra orilla del Adriático, la cual sirvió de trampolín para lanzarse a sucesivas conquistas en Oriente.

Mientras Roma completaba así la ocupación de la península y se ponía en seguridad al Este y al Norte, Amílcar sometía a sangre y fuego Cartago para preparar el desquite. Inmediatamente después de haber dominado la revuelta pidió a su Gobierno que le proporcionase un ejército para restablecer al vacilante prestigio fenicio en España y construir allí una base de operaciones contra Italia. Tuvo de su parte a las clases medias, que querían reconquistar en el Mediterráneo un monopolio comercial del que dependía su futuro, y en contra, a la aristocracia agraria, que no quería arriesgarse de nuevo a perder sus privilegios en aventuras peligrosas.

Finalmente, se llega a un compromiso; en vez de un cuerpo de ejército, sólo se concedió a Amílcar una división. Pero le bastó. Amílcar era, sin duda, un gran general y no sin motivo le habían dado el sobrenombre de «Barca», que en lengua fenicia significa «fulgor». Antes de partir al frente de aquellos pocos hombres, condujo al templo a sus «leoncillos», como lla-maba a su yerno Asdrúbal y a sus tres hijos: Aníbal, Asdrúbal y Magón. Y allí les hizo jurar, ante el altar de Baal-Haman, que un día vengarían a Cartago. Después de lo cual les embarcó con las tropas y se los llevó consigo.

En pocos meses redujo a la obediencia las ciudades españolas que se le habían rebelado y se puso a reclutar indígenas para formar un verdadero ejército. La madre patria no movió ni un dedo para ayudarle, pero Amílcar lo hizo todo solo. Excavó minas, extrajo el hierro, lo labró para fabricar armas y monopolizó el comercio para obtener recursos. Desgraciadamente, la muerte le sorprendió, todavía joven, durante un combate con las tribus rebeldes. Al expirar, recomendó como sucesor a su yerno Asdrúbal, que ejerció el mando durante ocho años sin que nadie echara de menos al suegro, y construyó de nueva planta una ciudad nueva, la que hoy se llama Cartagena, en el distrito minero. Cuando a su vez murió, bajo el puñal de un asesino, los soldados aclamaron como general en jefe a Aníbal, el mayor de los tres hijos de Amílcar. Contaba entonces veintisiete años y había pasado ya diecisiete bajo la tienda, con los soldados. Pero, recordaba muy bien el juramento que su padre le había hecho prestar.

Aníbal fue, si no el más grande en sentido absoluto, seguramente el más brillante caudillo de la Antigüedad. Muchos le sitúan al mismo nivel que Napoleón. Antes de que su padre le llevase a España había recibido una educación perfecta. Perfecta para aquellos tiempos, se entiende. Sabía Historia, lenguas (griego y latín), y por los relatos de Amílcar sé había hecho una idea bastante clara de Roma, de su fuerza y de sus flaquezas. Estaba convencido, por ejemplo, de que una derrota en Italia separaría de la Urbe a sus aliados, porque esto había sucedido en tiempos de su padre. Ignoraba totalmente que la política romana ya no era federalista. Aníbal era robusto, frugal y de una astucia y un valor sin límites. Tito Livio cuenta que siempre era el primero en entrar en combate y el último en salir de él. Pero acaso tenía una confianza excesiva en su propia capacidad de improvisación. Los historiadores romanos incluyendo a Livio, han insistido mucho sobre su avaricia, crueldad y falta de escrúpulos. En efecto, las trampas que tendió a los romanos fueron muchas y diabólicas. Pero también por esto los soldados le adoraban y creían ciegamente en él. No tenía necesidad de galones para afirmar su prestigio. Vestía como sus soldados y compartía todas sus incomodidades. Además de gran maestro de estrategia, se mostró excelente diplomático y campeón de espionaje.

Desconocido como era de sus compatriotas, entre los cuales no había vuelto a estar desde que tenía nueve años, Aníbal no podía ciertamente aguardar su consentimiento para iniciar las hostilidades. La gue-rra, por lo tanto, en vez de declararla había que hacérsela declarar. Por lo que, en 218, asaltó Sagunto.

Sagunto era una ciudad aliada de Roma, pero que ya en tiempos de Asdrúbal se había comprometido a reconocer como zona de influencia cartaginesa toda la del sur del Ebro. Y dado que la ciudad se encon-traba precisamente en aquella zona, Aníbal pudo fácilmente rechazar la protesta que en términos de ultimátum le llegó de Roma, convencida de que Cartago, seguía siendo la ciudad asustada y trastornada de las revueltas mercenarias. Así comenzó, con mucha habilidad de una parte y mucha ligereza de otra, la segunda campaña.

Aníbal permaneció ocho meses rodeando las mu-rallas de Sagunto antes de expugnarlas. No se fiaba de dejar a las espaldas aquel excelente puerto abierto a la flota romana. Después, dando a su hermano Asdrúbal la orden de vigilar y preparar los refuerzos, cruzó el Ebro con treinta elefantes, cincuenta mil infantes y nueve mil jinetes. Éstos, entre los que no había ningún mercenario, eran casi todos españoles y libios.

Las dificultades comenzaron enseguida allende los Pirineos. Las tribus gálicas aliadas de Marsella, que a su vez era aliada de Roma, le opusieron resistencia, haciendo caso omiso de la suerte que Roma había reservado a sus hermanas padanas. Y tres mil de sus hombres se negaron a seguir a Aníbal cuando supieron que querían cruzar los Alpes. Baña no les obligó. Al contrario, libró de su compromiso a otros siete mil que se mostraron titubeantes y les mandó a sus casas. Aligerado así de la tropa asustada e irresoluta, marchó hacia el Norte, sobre Vienne, e inició la escalada.

No se sabe con precisión por dónde pasó. Hay quien dice que por el San Bernardo y quien por el Monginevro. Los más propenden por el Monginevro. Sea como fuere, a primeros de septiembre de 218 llegó a las cumbres, las halló cubiertas de nieve y concedió dos días de descanso a sus hombres. Había perdido ya algunos miles de ellos, vencidos por el frío y la fatiga, los precipicios y los guerrilleros célticos. Después, tras aquella pausa, emprendió el descenso, que fue aún más difícil, especialmente para los elefantes. En el ánimo de aquellos temerarios hubo horas de crisis y de desesperación. Aníbal las superó, indicándoles, en lontananza, la hermosa llanura padana, y prometiéndosela como presa. Los que llegaron por fin a las estribaciones eran en total veintiséis mil hombres, menos de la mitad de los que partieron. En compensación, los boyanos y demás galos les acogieron amistosamente, les abastecieron de víveres y se aliaron con ellos, destrozando y poniendo en fuga a los romanos de Cremona y Placenda.

Aterrorizado por tanta audacia, el Senado se dio cuenta, súbitamente, de que aquella guerra se anunciaba mucho más peligrosa que la primera. Llamó a las armas a trescientos mil hombres y catorce mil caballos y confió una parte al primero de los muchos Escipiones que habían de hacer célebre el nombre de la familia. Éste se enfrentó con Aníbal en el Tesino, no logró mantener la formación de la caballería númida y perdió la batalla. Gravemente herido, hubiera muerto en ella de no haberle salvado su hijo que, dieciséis años después, habría de vengarle en Zama. Era en octubre de 218 antes de Jesucristo. 

Transcurrieron dos meses y otro ejército fue mandado a enfrentarse con Aníbal en Trebia. Segunda batalla y segunda derrota. Transcurrieron ocho más y al encuentro de Barca, dueño ya de toda la Galia Cisalpina, marchó Cayo Flaminio, al frente de treinta mil hombres. Estaba tan seguro de vencer que se había traído consigo un cargamento de cadenas para poner en los pies de los prisioneros. Aníbal pareció eludir la batalla campal. En realidad, con un hábil despliegue de patrullas y de escaramuzas, atrajo al enemigo a una llanura a orillas del Trasimeno, rodeado de colinas y de bosques donde había ocultado su caballería. Los romanos quedaron envueltos y casi nadie salvó la vida, ni siquiera FIaminio.

Tito Livio cuenta que la noticia sumió a Roma en el pánico. Sin embargo, el Senado afrontó la situación con viril firmeza. El pretor Marco Pomponio no trató de quitarle dramatismo al leer, desde la rostra el comunicado que informaba del desastre. «Hemos sido vencidos en una gran batalla -dijo-. El peligro es grave.»

Pero tampoco todo eran rosas para Aníbal. A medida que se acercaba a Roma, se daba cuenta de que la esperanza de separarle de sus aliados era infundada. En Toscana y en Umbría las ciudades se cerraron ante su ejército, que no sabía cómo abastecerse. En vano mandó a sus casas, libres, a los prisioneros, no romanos. Desde los Apeninos al Samnio, Italia formaba un bloque con la Urbe. Y a Aníbal no le cupo más que desviarse hacia el Adriático en busca de tierras más hospitalarias. Después de tres batallas consecutivas sus soldados estaban cansados y él mismo sufría un agudo tracoma. Los aliados galos, que no veían más allá de las narices, ahora que él se alejaba de sus regiones comenzaron a desertar. Aníbal mandó mensajes a Cartago pidiendo refuerzos: se los negaron. Se los mandó a Asdrúbal; pero éste estaba clavado en España por los romanos, que mien-tras tanto habían desembarcado allí. Reanudó su marcha hacia el Sur, pero se encontró frente a un nuevo y embarazoso estratega.

Quinto Fabio Máximo había sido nombrado «dictador» e inaugurado aquella «magistral inacción» por la que pasó a la Historia con el nombre de «Temporizador». Emprendía escaramuzas, tendía emboscadas, pero no se dejaba atraer a una batalla. Esperaba que las dificultades, el hambre y el cansancio cumpliesen su obra entre los soldados enemigos, que en efecto estaban al borde de la desesperación. 

Desgraciadamente, antes que ellos se cansaron los romanos, que querían una victoria rápida, y que prestaron oídos a las malignidades de Minucio Rufo, lugarteniente y detractor de Fabio. Éste se vio desposeído del cargo, y su mando repartido entre dos cónsules recién nombrados: Terencio Varrón y Emilio Paulo. Éste era un aristócrata de mesurado juicio, perfectamente consciente de que contra la estrategia de Aníbal la romana no había elaborado aún criterios adecuados. Varrón era plebeyo, mejor patriota que general, y quería lo que sus electores querían: un éxito inmediato. Hablando en nombre del orgullo y del nacionalismo, tuvo, como de costumbre, razón. Y condujo sus ochenta mil infantes y seis mil jinetes contra Aníbal que, pese a contar tan sólo con veinte mil veteranos, quince mil dudosos y diez mil jinetes, exhaló un suspiro de alivio. Él temía solamente a Fabio Máximo.

La batalla, que fue la más gigantesca de la Antigüedad, tuvo lugar en Cannas, a orillas del Ofanto. Barca, como de costumbre, atrajo al enemigo a un terreno llano, adecuado para la acción de la caballería. Luego puso sus fuerzas en línea, colocando en el centro a los galos, pues estaba seguro de que éstos cederían. Así lo hicieron, en efecto. Varrón se introdujo en la brecha y las alas de Aníbal se cerraron sobre él. Emilio Paulo, que no había querido el encuentro, combatió valerosamente y cayó con otros cuarenta mil romanos, entre ellos ochenta senadores. Varrón logró salvarse en compañía de Escipión que ya había salido bien librado en el Tesino, escapó a Chiusi y de allí volvió a Roma.

El pueblo le aguardaba, enlutado, a las puertas de la ciudad. Cuando le vieron aparecer, fueron todos a su encuentro, con los magistrados en cabeza, y le dieron las gracias por no haber dudado de la patria. Así respondió la Urbe a la catástrofe.