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ANÍBAL 2/3
ISBN-84-9714-105-9
Arantxa Serantes
Universidad A Coruña
 

CARTAGO.

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.». Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fun-dado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Útica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales. Y así como hoy está de moda refugiarse en Tánger, entonces lo era refugiarse en Cartago.

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena, formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigüedad.

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba l as mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sáhara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma habías comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco: unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos a año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, lo más pobres; y en palacios con jardín y piscina, loa más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, más superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón.

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides púnica, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre la cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos todo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria, Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal-MoIoch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal-Haman y Tanit. Debajo de éstos estaban Mellcart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun, señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal-Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos. Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados. 

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigüedad. 

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros, vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hun-dida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

Pero, fíjaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las re-partió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentamos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia él Oeste, donde se alzaba la ciudad.

En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo qué, al parecer, fue el orgullo de Cártago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.