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ANÍBAL 3/3
ISBN-84-9714-105-9
Arantxa Serantes
Universidad A Coruña
 

RÉGULO.

El pacto estipulado con Cártago en 508 antes de Jesucristo, cuando se encontraban presos entre la revolución, en el interior, y la guerra con etruscos, latinos y sabinos en el exterior, comprometía a los romanos a no avanzar nunca sus naves, por ninguna razón, más allá del estrecho de Sicilia y a no desembarcar en Cerdeña y en Córcega más que en caso de «fuerza mayor», es decir, para abastecerse o para efectuar alguna reparación en los astilleros.

(c)http://legionescesar.tripod.com/leg_cart_01035_gp2.htmEran, ciertamente, limitaciones graves, pero Roma no había sufrido mucho por ellas pues su flota, que apenas podía llamarse tal, estaba totalmente en manos de los armadores etruscos, que, con la constitución de la República, habían perdido dinero e influencia política. En el mar, del que los senadores latino-sabinos, todos «rurales», se les daba un ardite y no comprendían nada. Roma contaba bien poco en aquel tiempo y, por tanto, había renunciado a lo que no tenía. Tal vez incluso ignoraba los grandes cambios que precisamente en aquellos años se habían producido en el llamado «equilibrio de las potencias navales» del Mediterráneo. Veámoslo a grandes rasgos.

En la cuenca oriental, al este del estrecho de Sicilia, se había sostenido, durante siglos, una guerra entre las flotas fenicia y griega que ahora se estaba resolviendo a favor de la segunda. Primero el Egeo y después el Jónico habían caído en manos helénicas, de lo cual Italia sé dio cuenta cuando los vencedores, cada vez en mayor número, comenzaron a desembarcar en las costas meridionales y sicilianas, donde fundaron colomas que más tarde se convirtieron en un verdadero imperio: la Magna Grecia, Catania, Siracusa, Heracles, Cretona, Mesina, Síbari, Reggio, Naxos, fueron en sus tiempos, flor de metrópolis. Desgraciadamente, junto con sus dioses, su filosofía, su teatro y su cultura, aquellos pioneros se llevaron consigo de la madre patria también el vicio de litigar. Vicio que debería perderles en la lucha contra Roma. Pero, de momento, eran los dueños de la zona.

En la cuenca occidental, en cambio, los fenicios ha-bían vencido por obra y gracia de la más joven de sus colonias: Cartago, que, a su vez, había fundado numerosísimas colonias, mas no solamente en la costa norteafricana, sino también en las portuguesas, francesas, corsas y sardas, de tal modo que todo el Mediterráneo quedó convertido en un lago cartaginés.

Cuando Roma, bajo los reyes, había sido dueña de Etruria y, por tanto, también de su flota, estuvo varias veces en contacto con Cartago, contactos que probablemente no siempre fueron de los más corteses. En aquellos tiempos la «guerra en corso» era corriente y no comprometía más que a los capitanes y a las tripulaciones que la hacían. Una nave abordaba a otra, aun de compatriotas, la despojaba, echaba al mar los marineros, y ahí terminaba todo.

Después, Roma desapareció como potencia mediterránea. No quedaban frente a frente más que los griegos de la Magna Grecia y los tenidos de Cartago: unos al este y otros al oeste de Sicilia, cuyas costas se habían repartido; las orientales eran griegas y las occidentales cartaginesas. Se miraban entre sí de reojo y vivían en perpetuo estado de «guerra fría», con episodios de guerra caliente, seguidos por armisticios y «distensiones». Unos y otros estaban convencidos de que tarde o temprano tendrían que llegar a un ajuste de cuentas, pero no se imaginaban que éste acabaría en beneficio de un tercero.

Nadie puede decir con certeza si Roma sabía lo que se hacía y si midió las consecuencias de su gesto cuando decidió aceptar las ofertas de los mamertinos.

Eran éstos una banda de mercenarios, enrolados en todas partes de Italia por Agatocles de Siracusa para combatir a los cartagineses. En el momento de licenciarse, en 289, en vez de regresar a sus casas, donde acaso les aguardaba una orden de detención, formaron una banda, asaltaron Mesina, la saquearon, exterminaron su población y se establecieron como dueños, arrogándose aquel bufo y presuntuoso nombre de «mamertinos» que quería decir nada menos que «hijos de Marte».

Durante una veintena de años las hicieron de todos los colores. Cruzaban el estrecho para incendiar y destruir las poblaciones de la costa calabresa de enfrente. Habían causado molestias a Pirro, habían causado molestias a los romanos. Y ahora, a fines del 270, se encontraban sitiados por Hieren, que quería acabar con ellos de una vez para siempre.

Para, sustraerse al castigo que sin duda hubiera sido ejemplar, los mamertinos pidieron ayuda a los cartagineses, quienes mandaron un ejército y ocuparon la ciudad. Visto que la regla «un clavo saca otro clavo» había funcionado, los mamertinos pensaron aplicarla una vez más y poco después llamaron a los romanos para que acudiesen a liberarles de los «libertadores» cartagineses. Corría el año 264. Y habían transcurrido dos siglos y medio desde que Roma y Cartago concluyeran aquel solemne pacto de alianza que, en fin de cuentas, funcionaba bien y que había sido confirmado veinte años antes, cuando Cartago acudió en ayuda de Roma en su lucha contra Pirro.

Pero Sicilia, donde querían poner pie, era para los romanos el Eldorado. Los que habían estado allí no hacían sino alabar sus riquezas y bellezas. La invitación de los mamertinos era de las que cuesta rehusar.

Tal vez, sin embargo, habría sido declinada, si los senadores hubiesen tenido la libertad de decidir por sí mismos: sabían adonde había de conducirles aquella intervención. Pero, ya entonces, ciertas elecciones tenían que estar reservadas a la Asamblea Centuriada, en la cual predominaban las clases burguesas-industriales y mercantiles que en las guerras habían mojado siempre el pan y que, precisamente por eso, eran nacionalistas y patrioteras a ultranza. Quien nada tenía esperaba obtener algo, acaso una granja en alguna nueva colonia; quien poseía esperaba multiplicarlo. Y es difícil poner objeciones contra quien habla, o dice hablar, en nombre de la patria y de los Destinos Infalibles.

La Asamblea Centuriada decidió aceptar la oferta y encomendó la ejecución de la empresa al cónsul Apio Claudio. En la primavera de 264, tras algunas tentativas infructuosas, una pequeña escuadra romana a las órdenes del tribuno Cayo Claudio, logró cruzar el estrecho y entró por sorpresa, con la ayuda de los mamertinos, en Mesina, donde hizo prisionero al general cartaginés Annón, dándole a elegir: la cárcel, o la retirada de sus hombres de la ciudad.

Annón debía de ser un hombre acomodaticio. Pocos meses antes había devuelto a Apio Claudio unas trirremes romanas que a causa de una tempestad naufragaron en las costas sicilianas, como queriéndole decir: «¡Cuidado, no hagáis tonterías!» Ahora, frente a aquella amenazadora alternativa, no vaciló, y a la cabeza de su pequeño ejército volvió a casa, donde, como recompensa, le crucificaron. Cartago no estaba evidentemente dispuesta en absoluto a tragar aquello, y, en efecto, enseguida puso en campana otro Annón al frente de otro ejército. El nuevo general desem-barcó en Sicilia y como primera medida se propuso llegar a un acuerdo con los griegos. Enseguida se entendió con los de Agrigento e inmediatamente después, en Selinonte, recibió una embajada de Hieren de Siracusa que aceptaba una alianza con él. Estaba claro que los griegos preferían el viejo enemigo al nuevo.

Apio Claudio, que contaba con la secular discordia grecofenicia, se encontró cogido por sorpresa con el grueso de su ejército todavía en Calabria. Y entonces recurrió a la astucia. Hizo cundir la noticia de que la situación le obligaba a regresar a Roma para recibir órdenes y, en efecto, mandó algunas embarcaciones a navegar rumbo al Norte. Tranquilizados, los cartagineses disminuyeron la vigilancia en el estrecho. Y Apio lo aprovechó para desembarcar sus fuerzas, veinte mil hombres, un poco más al sur de Mesina, a la vista del campamento siracusano, que asaltó.

Hieren salió de apuros bastante bien. Pero la aparición imprevista de aquel ejército le hizo sospechar una traición por parte de Annón, a quien dejó plantado, para volver rápidamente a Siracusa. Aislados así los cartagineses. Apio se les echó enseguida encima, mas esta vez sin triunfar en la empresa. Entonces, dejando un destacamento para rodear Mesina, corrió detrás del otro enemigo por considerarlo más débil. Pero Hieren era un buen capitán e infligió una severa derrota a los romanos. Apio salvó el pellejo de milagro y hubo de darse cuenta de que la empresa era menos fácil de lo qué se había pensado en Roma. Por lo que, dejando parte de sus fuerzas vigilando a Annón, volvió a la Urbe para informar y pedir refuerzos.

Los refuerzos se los dio, sobre todo, la diplomacia que reanudó las relaciones con Hieren, atrayéndoselo nuevamente al campo romano. Era un buen golpe. Pero después de Siracusa, había que conseguir también Agrigento y ahí la diplomacia nada podía porque en Agrigento había una guarnición cartaginesa. Los romanos la sitiaron y al cabo de siete meses obligaron a los ocupantes a intentar una salida desesperada por el hambre, y los derrotaron.

(c) http://www.artehistoria.com/Los cartagineses pusieron inmediatamente un segundo ejército en campana y se lo confiaron a Amílcar (que no tiene nada que ver con su homónimo, padre de Aníbal). Éste comprendió que con los romanos, por tierra, no había nada que hacer y se puso a atacar con la escuadra todas sus plazas fuertes marítimas, alcanzando una victoria tras otra.

Aquí fue donde se vio lo que Roma era. No tenía naves ni marinos. En pocos meses, gracias al esfuerzo común de todos los ciudadanos, botó ciento veinte unidades. Amílcar, que poseía ciento tres, fue a su encuentro sin tomar siquiera las habituales medidas de prudencia. Y se encontró frente a los «cuervos», extraños artilugios que, izados a proa de las naves romanas, impedían maniobrar a las enemigas. Perdió un tercio de sus fuerzas y huyó.

Cuando en Cartago lo supieron se quedaron atónitos, convencidos como estaban de poder dar lecciones a todos en el mar. En Roma se enorgullecieron y decidieron llevar la guerra, a través del Mediterráneo, hasta el corazón del enemigo. A la primera escuadra se sumó otra: en total, trescientos treinta bajeles con ciento cincuenta mil hombres, a las órdenes del cónsul Atilio Régulo. Contra ella, Cartago puso en pie de guerra otra de fuerzas iguales, a las órdenes de Amílcar. El encuentro tuvo lugar en el litoral de Marsala. Los romanos pagaron su incierta victoria con veinticuatro naves, y los cartagineses su derrota, con treinta. Pero Régulo pudo desembarcar en África, en cabo bon.

Ahora le tocaba a Cartago demostrar lo que era. Y lo demostró. Tuvo algunos titubeos ante los primeros éxitos de los romanos que, con la ayuda de los númidas sublevados, habían llegado a treinta kilómetros de su ciudad. Y mandaron una embajada para pedir la paz. Régulo impuso por cuenta propia condiciones inaceptables. Y entonces los cartagineses se dispusie-ron al duelo mortal. Perdida la confianza en sus generales, confiaron el mando a un griego de Esparta, que equivale a, decir lo que hoy un alemán de Prusia: Xantipo. Éste reorganizó con métodos expeditivos y «fusilamientos» sumarios el Ejército, aportando los nuevos criterios sobre el empleo de la caballería y de los elefantes que Aníbal había de aprovechar después admirablemente.

La batalla decisiva tuvo lugar cerca de Túnez. Del y ejército romano sólo se salvaron dos mil hombres que se encerraron en cabo Bon. Régulo fue hecho prisionero. Era el año 255 antes de Jesucristo. 

Roma necesitó cinco años para rehacerse, material  y moralmente, de aquel desastre, que había vuelto a  llevar la guerra a Sicilia. En aquel lustro, las vicisitudes fueron alternas, pero en general favorables a los cartagineses. Hasta que un día, su general Asdrúbal, en una tentativa para recuperar Palermo, fue derrotado, dejando veinte mil hombres en el campo. Cartago, cansada y pensando que también el adversario lo estaría, liberó de la prisión a Régulo y le mandó a Roma con sus embajadores para fomentar allí proposiciones de paz. De haber sido rechazadas, él se comprometía bajo palabra a volver. El Senado le invitó a expresar su parecer ante los plenipotenciarios enemigos. Régulo sostuvo que era preciso continuar la guerra. Y cuando fue aceptado su parecer, reemprendió el camino de Cartago a pesar de las súplicas de su mujer. Le torturaron a muerte impidiéndole dormir. Sus hijos, en Roma, cogieron dos prisioneros cartagineses de alto rango y les mantuvieron despiertos hasta que a su vez, murieron. Eran las costumbres de la época.

Reanudose la guerra, mas esta vez apareció, por parte cartaginesa, un nuevo protagonista: Amílcar Barca, padre de Aníbal, comandante supremo del Ejército y de la Armada. Fue el inventor de lo que ahora se llama comandos y comenzó a lanzarlos, con efectos devastadores, hasta en las costas de la península, dando a los romanos la impresión de que se avecinaba un desembarco.

El Senado, aterrado, no quería arriesgar otra flota contra él. Las levas militares habían llegado al límite y las cajas del Tesoro estaban vacías. Entonces, los ciudadanos más ricos construyeron de su propio peculio una armada de doscientas naves y las pusieron a disposición del cónsul Lutado Catulo, que bloqueó los puertos de Drepano y Lilibeo. Los cartagineses mandaron por su parte otra, de cuatrocientas unidades, cargada de refuerzos, armas y municiones. Si conseguían desembarcar, ello sería el fin para los romanos en Sicilia. Contra las órdenes del Senado, que le prohibían iniciativas marítimas, Catulo, aunque gravemente herido, mandó atacar a su escuadra. Las naves cartaginesas, entorpecidas por la carga que llevaban, no lograban maniobrar y ciento veinte de ellas fueron hundidas, en tanto que las otras ponían de nuevo rumbo a Cartago. Amílcar quedóse cortado de la madre patria y tras tantos éxitos no le restaba más que la rendición.

Lutacio Catulo no quiso repetir la experiencia de Régulo y enseguida acogió la propuesta concediendo a Amílcar el honor de las armas y la retirada con sus hombres, remitiendo a la competencia del Senado las demás condiciones.

En Roma, algunos reprocharon a Catulo tanta indulgencia y propusieron reemprender las hostilidades hasta lo que hoy se llamaría la «rendición incondicional» del enemigo. Mas las «rendiciones incondicionales» son casi siempre pretextos groseros y el Senado hizo muy bien en rechazar la idea. Exigió a los cartagineses el abandono de Sicilia, la restitución sin rescate de los prisioneros y el pago de tres mil doscientos talentos en diez anos. Eran condiciones razonables, y Cartago se apresuró a aceptarlas.

Así, tras casi un cuarto de siglo de lucha, acabó la primera guerra púnica, que duró desde el 265 al 241 antes de Jesucristo.

Pero todos sabían, tanto en Roma como en Cartago, que aquella paz era solamente un armisticio.
A la muerte de Asdrúbal, Aníbal fue elegido por aclamación comandante del ejército de Híspanla, y la asamblea del pueblo de Cartago ratificaría el nombramiento. El hijo mayor de Amílcar contaba en aquel entonces con veintiséis años.

En un famoso párrafo que nos permitimos citar textualmente, Tito Livio (XXI, 4) destaca sobre todo el reflejo de la imagen de Aníbal en las miradas de los veteranos del ejército de Hispania:

Era, pensaban los viejos soldados, Amílcar joven redivivo; veían en él el mismo vigor en la expresión, la misma energía en sus ojos, el mismo talante, los mismos rasgos. Luego Aníbal obró enseguida de manera tal que todo cuanto había en él de su padre quedó rápidamente ensombrecido por sus otras muchas cualidades. Jamás un mismo carácter fue más apto para los comportamientos más opuestos, la obediencia y el mando. También resulta difícil calibrar quién le apreciaba más, si el general Asdrúbal o el ejército: de entre todos sus oficiales, Asdrúbal siempre recurría a él para las acciones que requerían mayor intrepidez y energía, y ningún otro jefe despertaba en los soldados el grado de confianza y de admiración que suscitaba Aníbal. Nadie tenía tanta audacia para afrontar el peligro, ni más sangre fría en medio del peligro. Ninguna fatiga podía agotar su cuerpo ni vencer su alma; resistía igual el frío y el calor; en cuanto a la comida y la bebida, se acomodaba a sus necesidades, no a su placer; para vigilar y dormir no hacía ninguna diferencia entre el día y la noche; el tiempo que le dejaban sus obligaciones lo dedicaba al sueño, y ese sueño no lo buscaba en un lecho blando o en el silencio: muchos le vieron muchas veces cubierto con un abrigo de soldado, acostado en el suelo en medio de los centinelas y de los puestos de guardia. Sus ropas no eran en nada distintas a las de los jóvenes de su edad: eran sus armas y sus caballos los que llamaban la atención. De todos los jinetes y de todos los soldados de infantería era, de lejos, el mejor; iba el primero al combate y era el último en retirarse. Pero estas grandes cualidades contrastaban con vicios enormes: una crueldad inhumana, una perfidia más que púnica, ningún anhelo por la verdad, ni sentido de lo sagrado, ni temor de los dioses, ningún respeto por los juramentos ni escrúpulo religioso. Con este carácter, modelado por estas cualidades y estos vicios, sirvió tres años bajo el mando de Asdrúbal, siempre haciendo lo que había que hacer o lo que había de ver para llegar a ser, un día, un gran jefe.

Tapiz de la entrevista de Escipión y AníbalNos parecía necesario citar esta página entera debido a su ejemplaridad. Porque es de una calidad literaria ejemplar, que la traducción no acaba de ocultar del todo. Y es ejemplar también, y quizás sobre todo, en la medida en que nos permite palpar de cerca los problemas que plantea la historiografía romana siempre que se trata de Aníbal, y cuyo intérprete más prestigioso fue sin duda Tito Livio. Este autor realiza del joven capitán un retrato ideal, en el que hay que ver un estereotipo. Pero, aun así, no podemos descartar la posibilidad de que ciertos rasgos concretos -«cosas vistas»- se deban a informaciones procedentes de testigos oculares, como Sosilo o Sueno, ya fuera di-rectamente -veremos que Tito Livio se refiere a veces a este último autor-, ya fuera indirectamente, por mediación de Celio Antípater. Pero es lógicamente el retrato moral del joven Aníbal el que más claramente traiciona la parcialidad del historiador de Padua, aunque sólo sea por los «vicios» que le otorga de entrada al joven cartaginés, vicios que aún no había tenido ocasión de desarrollar. La famosa frase -XXI, 4,10: «Cum hac indole virtutum at que vitiorum triennio sub Hasdrubale meruit»- es, en efecto, una anticipación, o si se prefiere, la conclusión de un «retrato-programa»; a comienzos de aquella tercera década en que la guerra de Aníbal constituía, por así decir, el único tema, el historiador advierte a sus lectores que Roma no tendrá más remedio que luchar contra un jefe de guerra genial, pero también contra un adversario sin fe ni ley. La «inhumana crudelitas», la «perfidia plus quam Púnica» son, pues, unos eslóganes cuya veracidad habrá que verificar, sobre todo confrontándolos con Polibio.

No menos emblemático y útil en esta dramaturgia es la insistencia, ya desde la primera línea, en el asombroso parecido entre padre e hijo. Constituye la parte física de una identificación que, en el plano moral, había sancionado para siempre el niño al pronunciar su famoso «juramento». Pero no nos está vedado pensar que esta afirmación pudo basarse en un parecido real, un parecido que ni siquiera podemos imaginar dado que desconocemos los rasgos del padre. Aprovechamos la ocasión de plantear el problema del retrato de Aníbal en su juventud. Desde las primeras páginas de este libro hemos lamentado la ausencia de una iconografía real, que contrasta con el riquísimo conjunto de imágenes que de él existen. Y debemos confesar que no ha sido nada fácil resignamos a esta carencia.

Los fondos de nuestros museos rebosan de efigies, en mármol o en bronce, y el ingenio de los especialistas intenta, mediante sabias comparaciones, luchar contra el anonimato. Así, una determinada atribución puede descartar otra anterior. Es lo que ha pasado con un hermoso bronce descubierto hace medio siglo en Volubilis, Marruecos, y actualmente conservado en el museo de Rabat. Se ha reconocido en él, sucesivamente, a Hierón II de Siracusa, a Cleomenes III, luego a Átalo, hasta que la comparación con unas estatuas de mármol conservadas una en Copenhague, la otra en Madrid, consideradas ambas efigies de Juba II, permitieron identificarlo con el pequeño rey mauritano filoheleno y erudito, protegido de Au-gusto, casado por éste con una princesa asimismo bajo su tutela -la hija de Antonio y Cleopatra-, y que, de hecho, tenía una de sus residencias reales en Volubilis. Pero, cuando se confrontan estas imágenes con otros bustos que se consideran, sin asomo de duda, retratos del rey mauritano -como los mármoles de Cherchell, en Argelia, la antigua Cesárea, otra de sus residen-cias, o un mármol del Museo del Louvre-, aparece de nuevo la duda. De esta duda ha nacido otra hipótesis, razonada con brillantez, según la cual el bronce de Volubilis -y las efigies que tanto se le parecen de Copenhague y de Madrid- serían en realidad retratos de Aníbal joven (G. Picard, 1965, pp. 31-34; 1967, pp. 104-108). Idea seductora que nos sentimos tentados de abra-zar, tan grande es el deseo de asociar el nombre del joven jefe púnico a esa bella imagen «alejandrina». Lo que, de todos modos, debilita la hipótesis es el hecho de que se fundamenta, a su vez, en el reconocimiento, realizado hace tiempo por un numismático británico, E. S. G. Robinson, de ese mismo Aníbal en el anverso de un sido de plata de hermosa factura de acuñación bárdda. ¡Ay! A propósito de Asdrúbal, se diría que los especialistas tienden actualmente a ver en estos tipos mo-netarios efigies divinas. Y hay que confesar, además, que el perfil con diade-ma de esta moneda, en el estado actual de cosas, sólo guarda un parecido lejano con el joven adonis de Volubilis. Pero consolémonos de todas estas incertidumbres: estas esculturas tienen al menos el mérito de hacer que nues-tra imaginación vuele libremente.

LAS CAMPAÑAS DE ANÍBAL EN HISPANIA.

Llevar la guerra contra Roma a la propia Italia ¿fue una decisión que ya moró en el ánimo de Aníbal desde el día de su acceso al mando supremo del ejército? Tito Livio (XXI, 5,1) así lo cree y afirma que, si no atacó inmedia-tamente Sagunto, fue para no suscitar un inmediato casus belli con los roma-nos. Y más concretamente: interviniendo primero fuera de Italia, podía apa-rentar que se había visto arrastrado a aquella guerra a causa de la propia dinámica de sus campañas contra los celtíberos (XXI, 5, 3). En resumidas cuentas, una de las primeras aplicaciones de la «teoría del dominó». Polibio (III, 14,10) sostiene, en cambio, que si el joven general evitó de entrada un choque frontal contra Sagunto susceptible de movilizar a los romanos, se de-bió menos a una cuestión táctica que al interés estratégico de extender y con-solidar su autoridad en el resto de Hispania. Tal era, añade el historiador griego, la doctrina que le había legado su padre Amílcar. Si, como parece, Aníbal era enteramente consciente de la inminencia del choque frontal con Roma -sobre todo desde la eliminación del peligro galo en el valle del Po por las legiones romanas-, se le imponía la necesidad de disponer en Hispania de bases de retaguardia más amplias y seguras. Veremos más adelante que antes incluso de la decisiva intervención romana en el Metauro, en la propia Italia, aquella guerra ya había empezado a perderse para los cartagi-neses en suelo ibérico con la conquista de Cartago Nova a manos de Escipión en el año 210.

Aníbal tardó algo menos de dos años (221-220) en extender hada el noroeste de la península la esfera de influencia cartaginesa. Su primera campaña lo llevó primero a luchar contra unos pueblos que nues-tros dos historiadores llaman los olcades, cuya capital -Altea según Polibio, Cartala en Tito Livio- conquistó con suma facilidad, lo que precipitó el sometimiento de toda la región, una región difícil de ubicar con exactitud: probablemente se trata de la Mancha actual, entre el alto Guadalquivir y el cur-so medio del Júcar. Luego regresó con su ejército y con el botín de guerra a sus cuarteles de invierno, en Cartago Nova. En la primavera siguiente del 220, emprendió la lucha contra los vacceos, conquistando Hermandica, que suele identificarse con Salamanca. Pero Aníbal se había aventurado lejos de sus bases, en pleno país celtíbero. Restos del ejército vencido, a los que se unieron exiliados oleados, sometidos el ano anterior, incitaron a los carpetanos, en cuyo territorio Aníbal retrocedía, a la rebelión: sin duda se trata de las altas mesetas de Castilla la Nueva, en la región de Toledo. Pese a su mala posición, el general púnico supo romper el contacto y vadear el Tajo para establecer su campamento en la orilla izquierda, procurando dejar entre sus posiciones y la orilla del río espacio suficiente para incitar a sus perseguido-res a cruzarlo. Éstos cayeron en la trampa y la caballería de Aníbal los ahogó en la corriente. Aquellos que pudieron llegar hasta la orilla fueron aplastados por unos cuarenta elefantes que cargaron contra ellos, y Aníbal remataría su victoria volviendo a cruzar el río con su ejército para dispersar a los supervivientes. Tras aquella derrota, que supuso la sumisión de las poblaciones de Castilla la Nueva, ya no quedaba al sur del Ebro, dicen al unísono Polibio (III, 14, 9) y Tito Livio (XXI, 5,17) pueblo capaz de enfrentarse a los cartagineses. Se trata de una afirmación un tanto categórica y geográficamente inexacta, puesto que la actual región de Aragón quedó fuera del ámbito de la esfera de influencia púnica, por no mencionar los finisterres del noroeste de la península.