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JORGE MANRIQUE / ALFONSINA STORNI / PEDRO GARFIAS 
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
ISBN- 84-9714-11-5 
 

JORGE MANRIQUE (1440-1479)

“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando 
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando.”
Jorge Manrique.

LA VOZ DE LAS COPLAS POÉTICAS

Este poeta cortesano tuvo un momento de intensa inspiración al ocurrir la muerte de su padre, a quien dedicó una soberbia elegía en la que se aúnan las piedad filial, la fe religiosa, el sentido de la vanidad y brevedad de las cosas humanas y el temor a la muerte. Estos temas habían sido tratados por otros poetas, eran un lugar común del siglo: Jorge Manrique debe su fama inmarcesible a la expresión de estos tópicos en forma sencilla, sincera, profunda y majestuosa como el tema. Sus cuarenta coplas de pie quebrado están inundadas por un caudal poético de gran riqueza. 

Nacido hacia 1440 en Paredes de Nava, Palencia, Miembro de una de las familias más poderosas de la corte castellana, se hallaba emparentado con Santillana, los Lara e incluso con la casa reinante. Hijo del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique y sobrino de Gómez Manrique, es un ejemplo de noble que participa en las luchas de la época, y compone poemas artificiosos de amor cortesano y logra en un momento de inspiración la mejor elegía con que cuenta nuestra literatura. Se casó con doña Guiomar de Castañeda. Fue el 11de noviembre de 1476 cuando murió don Rodrigo, a causa de esta muerte surgen las Coplas. Este guerrero de profesión que luchó en las banderías de Fernando e Isabel contra los partidarios de doña Juana la Beltraneja, murió en su juventud peleando contra el rebelde marqués de Villena, ante el castillo de Garcimuñoz, Cuenca, en 1479, en que le es encontrado en su pecho ensangrentado, entre sus ropas, el poema moral ¡Oh mundo!, pues que no matas..., que dejó inconcluso y que seguramente componía por aquellos días, alternando el ejercicio de la guerra con el de la poesía. El poeta llevaba sobre su pecho la banda en que con letras de oro estaba bordada su famosa divisa “Ni miento ni me arrepiento”. Y así lo cumplió siempre.

Los poemas menores de Jorge Manrique son de elegante factura, “más que a la historia de la poesía -escribía Menéndez Pelayo- interesan a la de las costumbres y del trato cortesano”. Ente ellos destacan: Castillo de amor, Escala de amor, canciones como Es una muerte escondida, Sin Dios y sin Vos y mí, Quien no estuviera en presencia, Porque estando él durmiendo le besó su amiga, No tardes, Muerte, que muero, y las composiciones burlescas Un convite que hizo a su madrastra y A una beoda que empeñó el brial en la taberna.  A raíz del fallecimiento de su padre compuso la famosa elegía conocida como Coplas por la muerte de su padre, publicada por primera vez en Sevilla en 1494. Están compuestas en estrofas llamadas de pie quebrado o manriqueñas, metro que se consideraba muy adecuado para la expresión de un sentimiento profundo. Pocas veces un ritmo métrico se ha ceñido con tanta precisión al espíritu de la poesía. 

Manrique vivió inmerso en la plena tradición poética de su tiempo y en un ambiente favorable para la carrera de las armas y de las letras. Considera el amor un dios y hace profesión en la orden del amor, detallando sus promesas de pobreza, obediencia y ser subiecto / al amor y a su servicio... La doctrina amorosa medieval se ha construido con materiales tomados de la religión y ese origen se transparenta en las formas y en el lenguaje. Las expresiones de la poesía erótica están muy cerca de las de la poesía mística, y sus razonamientos son también cercanos a los del proceso ascético. Jorge Manrique  permanece fiel a los cánones de la Edad Media y nos dará una visión compendiadora de los estados de amor con locuras, enojos, placeres, tristuras y dolencias mortales.

La celebridad de las Coplas por la muerte de su padre, don Rodrigo Manrique, Maestre de Santiago es justa y por derecho propio figura entre las obras eternas. La naturalidad y la sencillez de este poema son encantadoras, su arte es elemental sin perder en profundidad y trascendencia y su forma poética es de una expresión pocas veces igualadas -nunca superada- en cuanto a pureza y eficacia estéticas. La fama y el éxito de tal composición poética provocó el interés de traductores y glosadores, constituyendo una de las obras poéticas más importante de la literatura universal. 

El acierto de este poema que coloca en la cúspide a la expresión lírica de Medievo español no lo es de motivo, ni de interpretación, sino que dicho acierto estriba en el logro de la expresión equilibrada del dolor sereno. Los lugares comunes -que realmente existen- tornan a su hondura poética original y las expresiones manriqueñas vienen, como lluvia primaveral, a reverdecer un brío oculto que yace inerte en el virtuosismo literario. 

¿Cómo puede ser antológico un poema tan elemental y sencillo? Precisamente ahí radica lo grandioso de las Coplas en que Jorge Manrique -usando un lenguaje claro y sencillo para cualquier lector de entonces y de hoy- ha sabido subyugarnos con elementos (lenguaje, pensamiento, métrica) tan elementales. Ese es el secreto de que algo tan añejo como son estas Coplas no envejezcan nunca: su sobriedad y esencial profundidad castellana. 

Jorge Manrique en las Coplas perfila primeramente el marco filosófico donde ha de desarrollarse la elegía, sin enunciados completos asumidos de la filosofía perenne o de la teología (la poesía no se hace con ideas, según dijo Malllarmé), pero no se puede decir que las Coplas carecen de filosofía (la poesía no se hace sin ideas). El didactismo ético del poema de Manrique toca con equilibrio reflexiones profundas sin caer en la prosaica moralidad de la hoja de calendario. Manrique canta en sus inmortales versos lo que siempre pasó y pasará y está pasando ahora mismo. Por eso consigue darnos no una visión histórica y añorante de lo que fue, sino el tremendo escalofrío del fluir permanente y del tiempo que camina sin detenerse. El genio manriqueño dirá para la Historia: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir...”


ALFONSINA STORNI
(1892-1938)

“Soy un alma desnuda en estos versos,
alma desnuda que angustiada y sola
va dejando sus pétalos dispersos.”
Alfonsina Storni.

LA VOZ DE UN ALMA DESNUDA

La aparición en las letras del Continente americano a principios de siglo de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Dulce María Loynaz, constituye uno de los hechos más notables de toda la historia de la cultura hispánica.

Alfonsina Storni Martignoni nace en Sala Capriasca (Suiza italiana), el 29 de mayo de 1892. Trasladada muy niña a la Argentina, vive y se educa en San Juan y en Coronda (Santa Fe). Muy joven Alfonsina se vio obligada a abandonar sus estudios y tuvo que trabajar en una fábrica para ayudar en su casa. Cuando tenía catorce años, murió su padre. En su adolescencia ingresó en una compañía de teatro. Más tarde cursó estudios de magisterio, como la Mistral. Pasa a Buenos Aires con un hijito en brazos. Da lecciones de primera y segunda enseñanza y luego entra como empleada en una oficina comercial. En 1921, ya es conocida como poetisa, se crea para ella una cátedra en el Teatro Municipal Lavardén. En 1928 y 1931 viaja por Europa. Y el 25 de octubre de 1938 se arroja al mar en la playa de Mar de Plata. Un mes más tarde la Cámara de los Diputados acordaba erigir un mausoleo en su memoria en el lugar mismo en que apareció el cadáver. Alfonsina Storni quedaba de este modo incorporada a las glorias nacionales argentinas como lo que es: una de las más inspiradas poetisas de lengua española, y la mejor sin duda de su país. 

Su poesía es personalísima, casi salvaje. “Soy un alma desnuda en estos versos”, confiesa refiriéndose a los que integran el libro que lleva por título Irremediablemente. Y esta confesión podría extenderse a todos sus poemas, que son simple y exacta traducción , sin veladuras ni disfraces, de su lucha interior, de sus esperanzas, de sus fracasos, de sus pequeños triunfos y desaliento. Pocas veces un alma se nos ha dado tan brutalmente desnuda. En pugna con las convenciones sociales, ella no quiere ocultarnos nada. Hay ocasiones en que habla la razón, es cierto; pero hay otras, muchas más, en que habla sólo el instinto. Espíritu rebelde y en estado semisalvaje, choca contra todo. Una rosa que pide campo abierto, que en la ciudad se muere lenta, “irremediablemente”. “Hazme tener la cólera sin nombre: / ya me fatiga esta misión de rosa”. Nos lo dice una vez y otra en todos sus libros y con mayor insistencia en La inquietud del rosal y en Mundo de siete pozos. 

Una serie de estados contradictorios -depresión y optimismo, esperanza y desasosiego- se va apoderando sucesivamente de Alfonsina Storni, y la domina hasta que se libera de ellos, volcándose en sus libros: El dulce daño, Languidez, Ocre, Mascarilla y trébol. Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura.

Alfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y participó intensamente en el gremialismo literario. En 1928 viaja a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931,. en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas. 

En la Peña del café Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta en Buenos Aires. Alfonsina le dedicó un poema, “Retrato de García Lorca”: “Irrumpe un griego / por sus ojos distantes (...) Salta su garganta / hacia fuera / pidiendo / la navaja lunada / aguas filosas...”

El 20 de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama. Al año siguiente se suicida su amigo Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema conmovedor: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales / y así como en tus cuentos, no está mal / una rayo a tiempo y se acabó la feria ... / Allá dirán”. 

(c) Monumento a Alfonsina StorniUn día, no pudiendo ya con la carga de su vida llena de contradicciones y desencantos, Alfonsina se fue al mar y se arrojó a las olas. Su cadáver apareció flotando frente a la playa en Mar del Plata. La ardiente defensora del feminismo había soñado muchas veces, y así lo había dicho en sus versos, con una sepultura marina. Pocos días antes de tomar su fatal decisión había escrito un soneto: “Voy a dormir”, que termina así: “Déjame sola: oyes romper los brotes, / te acuna un pie celeste desde arriba / y un pájaro te traza unos compases / para que olvides... Gracias... Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido...” Y mucho antes había compuesto para la tumba su propio Epitafio: “Aquí descanso yo. dice “Alfonsina” / el epitafio claro al que se inclina. / Aquí descanso yo, y en este pozo, / pues que no siento, me solazo y gozo”. 


PEDRO GARFIAS (1901-1967)

“Libertad para el preso, 
justicia para el pobre, 
respeto para el loco, 
para el gobernador honrado, ínsulas, 
y palabras de miel y aro de sol
para la dulce, dulce Dulcinea”.
Pedro Garfias.

LA VOZ DE LAS TABERNAS ENAMORADAS

La voz de Pedro Garfias es una de las más originales e importantes que ofrece la poesía española contemporánea. Pedro Garfias no era otra cosa que poeta; pobre equipaje para desenvolverse en un mundo metalizado, donde la ambición, la codicia, el “rastreo” tras las prebendas ha sido y es como una norma para vivir, o quizás, para malvivir. A Garfias , nadie, jamás, pudo comprarle la palabra. Como nos dijo el poeta: “El iba solo, / tambaleándose. / Borracho de amor, / borracho de hambre / borracho de alcohol, / quién sabe”. Murió en el exilio, en la pobreza, a golpes con el hambre, buscando en el alcohol la única compensación a su desventura.

Garfias es uno de los mejores ultraístas españoles. “Se pretende que el ultraísmo -nos dejó dicho el poeta- sea un episodio sin continuidad en nuestra historia literaria. Se lo silencia y se le niega. Y eso es falso e injusto. El ultraísmo fue una realidad positiva y eficaz en una época de anquilosamiento en las letras españolas. Abrió horizonte y marcó rutas. Creó la revista total y puramente literaria, antecesora inmediata de las de hoy. Se batió en las calles y en los Ateneos. Puso a España al día con las corrientes literarias de Europa”. Con Larrea y Gerardo Diego, forman la triada creacionista del vanguardismo español. Autor formado en Andalucía, de donde tomará la cosmovisión del paisaje y ese “lastre sentimental” (Bécquer, la copla) que le reprochara Guillermo de Torre.

Pedro Garfias nació en Salamanca el 27 de mayo de 1901, aunque por linaje, arraigo y vocación se le puede considerar andaluz. Ama y siente a Andalucía. “Algún día / Andalucía será / nuestra, como nuestra es / y ya nada importará / el ahora y el después”, nos dijo el poeta.

En 1918, Pedro Garfias se traslada a Madrid, para cursar estudios de Derecho que nunca terminó. Desde esa fecha hasta 1921, formó parte del movimiento poético vanguardista más importante de este siglo, el ultraísmo.

Cuando abandona a los ultraístas, funda la revista Horizonte, que en el año de su fundación conseguía publicar trabajos de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Federico García Lorca entre otros.

Desde 1923 a 1933, vive en distintos pueblos andaluces, Ecija, Osuna, Cabra y La Carolina. En 1933 vuelve a instalarse en Madrid. Cuando estalla la guerra es nombrado comisario político de Pozoblanco (Córdoba). En 1937, cuando estaba en Madrid, recibió la noticia de su destitución. Los dos últimos años de la guerra los pasó Garfias entre Valencia y Barcelona. Durante la guerra publica en el periódico Frente Rojo y en la revista Hora de España.

En 1938 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su libro Poesías de la guerra española. En el tribunal se encontraba don Antonio Machado. En abril de 1939 marcha a Inglaterra donde escribe su libro fundamental Primavera en Eaton Hasting, que según palabras de Dámaso Alonso, es el mejor poema del destierro español. Ese mismo año embarca hacia México. En el barco traba amistad con otro gran poeta español, muerto en el exilio, Juan Rejano.

A su salida de España, Garfias vivió unos meses en 1939 en el pueblecito inglés llamado Eaton Hasting; allí creó los poemas que constituirán su primer libro del exilio. Primavera en Eaton Hasting lleva como subtítulo, entre paréntesis, la siguiente aclaración: “Poema bucólico con intermedios de llanto”. 

El “joven sevillano de Osuna”, como le llamara Alberti, vivió en el castillo de un lord en Eaton Hasting. “Garfias -nos contaba Neruda- iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no le entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza... Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio, sin entender naturalmente una sola palabra... Cuando Garfias hubo de partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía era la separación de sus soledades”.

Pedro Garfias inicia su vida errabunda por todas las ciudades de México. Se sobreponía a su necesidad de alcohol bebiendo más alcohol. Vivía y bebía de sus recitales y conferencias. Sorprendía a todos los auditorios por tan prodigiosa memoria, su forma de recitar, que calaba hasta los huesos, y su bohemia pobreza.

La vanguardia juvenil se convierte en Pedro Garfias en humanísima poesía del hombre desterrado,. del “llanto” del “éxodo” (“Yo he de gritar mi llanto”, anuncia, como León Felipe), de la soledad y el tiempo inexorable. 

El 9 de agosto de 1967, Pedro Garfias murió en Monterrey (México). Tenía sesenta y seis años de edad, pero parecía más viejo, enormemente viejo, con su andar torpe y un cuerpo lleno de dolores. Pero dentro de su cuerpo ruinoso, su voz purísima de juglar errante: “Perdón pedía a la piedra / y a todas partes llegaba”.

Lloró mucho Pedro Garfias. Ríos de aguas amargas, se llamó su último libro, y un río de aguas amargas, fue en verdad, su vivir. Pedro, poeta, mago de los naipes líricos , maestro de otros naipes que abanican madrugadas de azar y lividices recónditas. Un poeta siempre penetrando noches, respirando auroras, con la garganta enroquecida de gritar una poesía, con rumor eterno, forjada en el corazón, clara, pura, humana, de una autenticidad inmarchitable.

¿Quién fue Pedro Garfias? ¿Cómo era Pedro Garfias? ¿Qué buscaba? ¿Qué deseaba, qué esperaba? ¿Qué pensamientos le laceraban, qué recuerdos retornaban más tenazmente a su cabeza? ¿Quién era aquel hombre viejo, corpulento, encorvado, torpe de pies, con una melena gris, musitando cosas en la noche, que se perdió allá a lo lejos, por aquella calle deshabitada? ¿Iba a alguna parte? ¿Buscaba a alguien? De este “borracho de amor”, el poeta cordobés Juan Rejano nos dijo: “Aquí está Pedro. ¡Miradlo! / Aquí está Pedro Garfias. / Aquí está el poeta contra todos. contra él mismo: / ¡Aquí -miradlo- está el poeta!”

Francisco Arias Solis
URL: http://www.arrakis.es/~aarias

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