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CONCEPCION ARENAL (1820-1893).
 

¿Piensas que han de nombrarte suicida?
Tienes horrible y más exacto nombre; 
teniendo madre, y madre buena, un hombre
que a la tumba se lanza, es parricida.”
Concepción Arenal.

LA VOZ DE UNA ROMANTICA PROGRESISTA.

Concepción Arenal tuvo un alto sentido de la libertad personal, un deseo absolutamente conmovedor de ayudar a que la sociedad a la que perteneció fuera más justa, más generosa, más retributiva que el mundo que le había precedido. Nacida en 1820, moriría a los setenta y tres años, en 1893, cuando su siglo estaba a punto de expirar. Tan larga existencia fue, sin duda, una vida ejemplar. Llegó a ser la mujer más popular del siglo XIX. Encarnó las ideas filantrópicas cristianas y las rebeldías liberales. 

Concepción Arenal nació en el Ferrol el 31 de enero de 1820. Quedó huérfana de padre a los ocho años de edad. El padre, Angel Arenal, fue un militar de brillante expediente en la Guerra de la Independencia, pero debido a su ideología liberal, Fernando VII y su gente le hizo sufrir penosos contratiempos, sufrió meses y meses de prisión militar. Aquellas prisiones le hicieron caer enfermo y la familia sospechó siempre que aquel encarcelamiento sería la causa de su muerte. La madre con tres hijas pequeñas viven en el pueblo de Armaño en la montaña de Santander. En 1834, marchan a Madrid, Concepción ingresa en un colegio. Siete años más tarde, Concepción Arenal se viste de hombre para asistir a clase en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. En 1848 contrae matrimonio con el abogado y periodista Fernando García Carrasco. El matrimonio proporcionará a Concha la oportunidad de escribir, publicar, de conocer un círculo de románticos progresistas. 

De 1850 a 1860, Concepción Arenal escribe de todo: poesías, una novela, Historia de un corazón. También escribió el libreto para una zarzuela -Los hijos de Pelayo- y algunas obras de teatro -Un poeta, La medalla de oro, Dolor y misterio- y muchas poesías. En cuanto su vena poética lo más curioso, lo que manifiesta mejor su vocación didáctica es un tomito de poesías titulado Fábulas en verso, que publicado en 1854, fue de inmediato declarado texto oficial en las escuelas de primera enseñanza. Como sucede desde tiempo inmemorial, las fábulas se han ofrecido siempre con un sentido utilitario, fácil de comprender y asimilar su mensaje, siempre sencillo y aplicable a la vida diaria. Su oda La Esclavitud recibió el primer premio en el certamen convocado por la Sociedad Abolicionista de España en 1866. 

Concepción Arenal dedicará su pluma a la reivindicación de las situaciones marginadas; es en semejante tarea a la que aplica su inteligencia, escribiendo libro tras libro, artículo tras artículo. En La mujer del porvenir, uno de sus libros más interesantes, dice cosas como ésta: “Si la ley civil mira a la mujer como ser inferior al hombre, moral e intelectualmente considerada, ¿por qué la ley criminal la impone iguales penas cuando delinque?”

      Uno de los aspectos más progresistas -más modernos, diríamos hoy- de Concepción Arenal es su consideración de la mujer como ser humano marginado a quien hay que ayudar, estimular y respetar, no en rendiciones galantes, no en modales encantadores y protectores, sino educándola en la dignidad de su propia condición.

Poco menos de un año antes de su muerte, en 1892, viejecita y enferma enviaba al Congreso Pedagógico una ponencia titulada La Educación de la Mujer; en ese escrito se formulan juicios y se hacen comentarios que incluso hoy, casi un siglo después, son dignos de tenerse en cuenta, porque continúan vigentes y son necesarios: “No creemos que puedan fijarse límites a la aptitud de la mujer, ni excluir a priori de ninguna profesión, como no sea la de las armas [...] Es un error grave, y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de esposa y madre”. El otro gran cuidado de Concepción Arenal fueron las cárceles -de hombres y mujeres- y los hospicios e inclusas. La mendicidad, la vejez abandonada y los manicomios reciben también su atención y sobre todos esos temas penosísimos escribe artículos inmejorables; no podría olvidar, y no lo olvidó, el espectáculo de las ejecuciones públicas, con el reo condenado a garrote vil, ofrecido como espectáculo en plazas ciudadanas o en el patio de la cárcel o el penal. De todas esas desdichas se hace eco Concepción Arenal, no solo para lamentarlas, sino, y sobre todo, para intentar paliarlas o suprimirlas.

Como escritora eligió el género y los medios más accesibles a los lectores: Género epistolar -Cartas a los delincuentes, Cartas a un obrero, Cartas a un señor-; folletos de no muchas páginas como El visitador de presos, El reo, el pueblo y el verdugo, o la ejecución pública de la pena de muerte. Siempre la utilización de la prensa: fundó La Voz de la Caridad, cuyo primer número salió el 15 de marzo de 1870.

Aparte de su actividad de escritora, Concepción Arenal fue activista de las ideas sustentadas en sus artículos y libros: conoció el horror de las cárceles de mujeres y hombres, la inmisericordia y miseria de hospicios y manicomios, y hasta la guerra civil carlista, como una Madre Coraje entró acompañando a las tropas cristianas en Miranda del Ebro y en esa población atendió a los heridos de ambos bandos y dirigió el adecentamiento del hospital de campaña que se montó para atender a tantos hombres moribundos y heridos de diferente consideración. En esa experiencia se inspiró para escribir sus Historias de guerra. En 1863 fue nombrada visitadora de prisiones de mujeres, y en 1868 inspectora de casas de corrección de mujeres. 

La escritora murió el 4 de febrero de 1893 en Vigo, donde fue enterrada. En su tumba se gravó la inscripción que fue el lema de toda su vida: “A la virtud, a una vida, a la ciencia”.

Saber más: http://www.msu.edu/user/floresba/



RAFAEL MARIA BARALT 
(1810-1860).

“Que si la tierra va a su carro uncida,
como esclavo sin alma,
de libertad la palma
quiero en mis manos mantener asida.”
Rafael María Baralt.
 

LA PRIMERA VOZ DE AMERICA 
EN LA ACADEMIA DE LA LENGUA.

El nombre de Baralt, para la mayoría, viene ligado a la memoria de su famoso Diccionario de galicismos, que se sigue reeditando, porque junto a conceptos ya fatigados contiene mucha lección vivaz de un buen decir castellano.

Pero la personalidad de Rafael María Baralt trasciende a su saber filológico, exaltado por Andrés Bello y por Milá y Fontanals. Nieto de un marino catalán oriundo de Arenys de Mar, Maralt había nacido en Maracaibo de Venezuela el 3de julio de 1810. Recibió educación humanística en su ciudad nativa y en Bogotá; militó en el ejército de su país, alcanzado el grado de capitán y se inició en la vida literaria venezolana en el periodismo. A los treinta años, Baralt dio cima a su asombrosa Historia de Venezuela, en tres volúmenes, que imprimió en París (1841), acaso el gran libro “clásico” de la literatura hispanoamericana. Marcol Fidel Suárez apunta: “El que sienta deseos de escribir bien, lea esa Historia. ¡Qué sencillez, qué idioma tan casto, qué elegancia, qué claridad, qué primor!”

Fue precisamente su personalidad de historiador la que calificó a Baralt para ser enviado a España, con objeto de estudiar en los archivos españoles los derechos de Venezuela en la espinosa cuestión de límites con la Guayana británica. Esta circunstancia le avecindó en Sevilla primero y en Madrid después, carrera fulgurante que le llevó en pocos años, al primer plano de la vida intelectual y política de España y le convirtió en el primer escritor de América que alcanzó el honor de ser elegido miembro de número de la Real Academia Española, así como el de ser director de la Imprenta Nacional y poeta laureado en certámenes resonantes. En 1849 obtuvo el primer premio del Liceo de Madrid por su oda a Cristóbal Colón. España lo condecoró como Comendador de la Real Orden de Carlos III.

Para esta época, Rafael Marái Baralt es nombrado ministro plenipotenciario por la República Dominicana para lograr el reconocimiento de esta isla como nación independiente por parte de España. Por circunstancias política España lo desconoce como emabajador, lo priva de sus cargos públicos y lo enjuicia en 1857.

El secreto de esta carrera está en su robusta mente pensadora y en la amplitud de sus horizontes, tales como se evidencian en su discurso académico de ingreso que, a juicio de Menéndez Pelayo: “no cede a ningún otro entre los muchos, algunos excelentes que en aquella ocasión y en acto análogo se han pronunciado”.

Sucedía Baralt en su sillón académico a Donoso Cortés. Y acredita su vigor mental el hecho de que lejos de comentar formulariamente el recuerdo debido a su antecesor, en la plenitud de su meteórico prestigio, dedicó la totalidad de su disertación a un análisis impetuoso del pensamiento donosiano, atacándolo precisamente desde un punto de vista católico. Rafael María Maralt murió en Madrid el 4 de enero de 1860.

En el campo puramente literario, aparte del Diccionario de galicismos mencionado y el Proyecto de Diccionario matriz, agrupado por raíces semánticas, que asombró y le abrió las puertas de la Academia, debemos a Baralt una producción poética que, si se estudia dentro de los supuestos retóricos en que se mueve, formando parte de la reacción formalista que sucedió al desbordado romanticismo esproncediano, suscita la mejor consideración por parte de un lector de hoy.

EN EL DÍA DE LOS ENAMORADOS.

“No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.”
Luis Cernuda.

LOCOS AMORES.

También los enamorados tienen su penitencia: la confusión, el desconcierto. Como se refleja en esta copla andaluza: “Quisiera verte y no verte, / quisiera hablarte y no hablarte; / quisiera encontrarte a solas / y no quisiera encontrarte”.

Esa confusión, ese desconcierto empieza en las primeras muestras literarias del país. En el antiguo romance ya se comienza a perder la cabeza. Y el marqués de Santillana escribirá: “...vencido del sueño / por tierra fragosa / perdí la carrera, / do vi la vaquera /de la Finojosa”.

A partir de ahí el desorden se instala definitivamente en nuestras letras. Jorge Manrique dice del amor: “Es un modo de locura”. Oigamos al amante más famoso de la época; Calixto, el protagonista de La Celestina, confesar una enfermedad que le perturba el equilibrio hasta el punto de no poder ni siquiera templar su laúd; porque. “¿cómo templará el destemplado?” Confesión y confusión lo mismo que siente Melibea por la misma causa: “Mi mal es de corazón... no pensé jamás que podía dolor quitarme el seso como éste hace”.

Pasan los tiempos, y Cervantes se pregunta: “¿Quién me causa este dolor? / ¡Amor!” Para concluir. “De ese modo no es cordura / querer curar la pasión / cuando los remedios son / muerte, mudanza y locura”. 

Posteriormente Quevedo, en un famoso soneto de un amante agradecido de las lisonjas mentirosas de un sueño, escribirá: “Mas desperté del dulce desconcierto; / y vi que estuve vivo con la muerte, / y vi que con la vida estaba muerto”.

Años más tarde, todos los escritores aceptarán que el Amor galopa como un potro desbocado, porque ha llegado el romanticismo, y Larra nos dirá: “El amor es la suprema ley del universo, ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige...”

Para los románticos el amor puede llegar a todo incluso a la muerte. Diego, el protagonista de Los amantes de Teruel, muere al pie del altar donde su amada iba a desposarse con otro. Isabel, su antigua novia; exclama: “Mi desgraciado amor es quien le mata./ Delirante le dije te aborrezco. / El creyó la fatídica palabra / y expiró de dolor...” Continúa Isabel: “Tuya fui, tuya soy. / En pos del tuyo / mi enamorado espíritu se lanza...”, y se desploma sin vida junto a Diego. A raíz del estreno de la obra teatral de Hartzenbusch, Larra escribe: “Las pasiones y las penas han llenado más cementerios que los médicos y los necios”.

En el Don Juan Tenorio de Zorrilla, Doña Inés exclama: “¡Ah! Callad, por compasión / que oyendoos, me parece / que mi cerebro enloquece / y se arde mi corazón”. Y no es menor la confusión de Don Juan al gritar. “¡Doña Inés! Sombra querida / alma de mi corazón, / ¡no me quites la razón / si me has de dejar la vida!”

Bécquer, eleva aún más el desconcierto. “¡Todo sucederá! Podrá la muerte / cubrirme con su fúnebre crespón, / pero jamás en mi podrá apagarse / la llama de tu amor”. Y cuando cae en el desengaño, grita: “¡Qué felices son los muertos!”

Amor, dolor, vida, muerte: Incluso escritores realistas sentirán de pronto la cercanía de conceptos, al parecer tan antagónicos. Miguel Hernández, en una canción tan bella como patética, escribió: “Llegó con tres heridas: / la del amor / la de la muerte / y la de la vida”. En Bodas de sangre; magnífica obra teatral de García Lorca, Leonardo, abrazado a la novia grita: “Si nos separan será / porque esté muerto”. “Y yo muerta”, contesta la novia.

Una vez más el amor le ha podido al sentido de conservación, el corazón al cerebro, una vez más la razón ha dado paso a la locura. Así, una y otra vez Ya lo había escrito, Antonio Machado: “¿Qué es amor?, me preguntaba / una niña. Contesté: / “Verte una vez y pensar / haberte visto otra vez”. Y Alberti pregona: “¡Ay, quien pudiera llevarte! / ¡En esta cárcel metida, / -¡qué lástima!-, prisionera, / ya para toda la vida!” No en vano, Juan Ramón Jiménez, había dicho: “¡Eres eterno, amor, / como la primavera!”

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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