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II CENTENARIO DE VÍCTOR HUGO

(1802-1885)

 

II CENTENARIO DE VICTOR HUGO

(1802-1885)

“Dejad amar a la mujer caída,

dejad al polvo su vital calor,

porque todo recobra nueva vida

con la luz y el amor”.

Victor Hugo.

LA VOZ POÉTICA Y PROFÉTICA

Victor Hugo es uno de los poetas más geniales del romanticismo y el mayor genio poético que ha tenido Francia. Esto último lo formulaba André Gide diciendo: “¿Que cuál es el mayor poeta de Francia? Victor Hugo, helás!” Y nuestro Menéndez Pelayo, a principios del siglo XX, al iniciar su magnífico estudio sobre el enorme poeta francés, escribía: “Todo indica que la gloria de Victor Hugo ha de pasar todavía por muchas depuraciones y pruebas antes que resueltamente se le tenga por clásico”.

Victor Hugo nació el 26 de febrero de 1802, en Besançon. Hijo de un general de Napoleón, fue educado tanto con tutores privados como en escuelas públicas de París, desde niño viaja por el centro de Europa; Italia y España (1811-1813). A muy corta edad decidió convertirse en escritor. En 1817 la Academia francesa le premió un poema y, cinco años más tarde, publicó su primer libro de poemas, Odas y baladas de corte clasicista. A los veintiún años escribió su primera novela, Han de Islandia (1823), a la que siguieron los dramas Cromwel (1827), primer drama histórico, cuyo prefacio constituye un manifiesto de la nueva estética romántica, que impugna la regla aristotélica de las tres unidades, respetando solo la de acción, admite lo bufo y lo sublime en una misma obra e insiste en la  presencia del color local, Marion Delorme (1829) y la obra que marcó un hito en la historia literaria por su ruptura con las rígidas normas de la tragedia francesa: Hernani (1830), de ambiente español y cuyo estreno resultó un escándalo por la polémica originada entre sus detractores, últimos partidarios del clasicismo, y los jóvenes románticos. Para el teatro escribió además Lucrecia Borgia (1833) y Ruy Blas (1838). Tal vez, el aspecto más popular de Hugo es el de novelista, género al que aportó su gran imaginación poética: Nuestra señora de París (1830), reconstrucción histórica del París del siglo XV, Los miserables (1862), epopeya humana, Los trabajadores del mar (1866), El hombre que ríe (1869) y El noventa y tres (1874). La excelencia y perfección formal de sus composiciones poéticas se demuestra en libros como Odas y baladas (1822), Nuevas odas y baladas (1826), Las hojas de otoño (1831) y Los cantos del crepúsculo (1835); a estas siguieron: Las contemplaciones (1856); La leyenda de los siglos (1859-1883), extensa reflexión sobre la lucha entre el bien y el mal, y El año terrible (1872), evocación del sitio de París y de la época de la Comuna. Durante el exilio en Bruselas publicó dos libros satíricos contra Napoleón III: Los castigos (1853) y Napoleón el pequeño. Otros dos poemas fueron publicados a título póstumo: Fin de Satán (1886) y Dios (1891).

La familia de Victor Hugo siempre había sido bonapartista, y él mismo, en su juventud, había sido monárquico, pero cuando se produjo la revolución de 1848, Hugo era ya republicano. En 1851, después del fracaso de la revuelta contra el presidente Luis Napoleón, más tarde emperador con el nombre de Napoleón III, Hugo hubo de emigrar a Bélgica. En 1855 dio comienzo su largo exilio de quince años en la isla de Guernsey. Hugo regresó a Francia después de la caída del Segundo Imperio en 1870, y reanudó su carrera política. Fue elegido primero para la Asamblea Nacional y más tarde para el Senado.

Las obras de Victor Hugo marcaron un decisivo hito en el gusto poético y retórico de las jóvenes generaciones de escritores franceses. Después de su muerte, acaecida el 22 de mayo de 1885, en París, su cuerpo permaneció expuesto bajo el Arco del Triunfo y fue traslado, según su deseo, en un mísero coche fúnebre, hasta el Panteón, donde fue enterrado junto a algunos de los más célebres ciudadanos franceses.

A pesar del paso de tiempo, el gran fantasma del poeta francés merodea alrededor de su tumba, cantando, con voz vibrante y profunda, cantando y contando su Leyenda de los Siglos Humanos: su poética y profética visión humana de la Historia: visión iluminada, y ensombrecida, de todos los pueblos de Dios. La visión histórica de Hugo, ¿era, fue, sigue siendo una visión humana y fantasmal, una visión profética? ¿Con su libertad y su justicia, su progreso y su paz? Nuestro Menéndez Pelayo nos afirma, muy retóricamente a su vez, que “el martillo de Victor Hugo es el más formidable que ha caído nunca sobre el yunque de la retórica” ¿De la retórica?

¿Es visión retórica la de Victor Hugo o sencillamente poética como la de Dante o Shakespeare, Cervantes o Goethe? ¿Es visión retórica la de la Historia humana victohuguesca, que levantó en los pueblos esperanzas de paz, de justicia, de progreso, de libertad? Los miserables, Los trabajadores del mar, Los castigos, Las contemplaciones, La leyenda de los siglos con su Fin de Satán, ¿todo eso es visión retórica de la vida y del mundo, retórica del sentimiento, emoción retórica del pensamiento? ¿O de una retórica de verdad? “Respóndate, retórico, el silencio” contestaba la Rosaura de Calderón a su Segismundo. El silencio retórico de la verdad se llama sangre vertida: la voz divina de los pueblos que Hugo escuchó y cantó: “¿Hasta dónde -pregunta, se pregunta a sí mismo Victor Hugo- pertenece el canto a la voz y la voz al poeta?” ¿Por qué, entonces, llamarle retórica y sólo retórico al estilo, al admirable, portentoso estilo poético de Victor Hugo?

Hay una buena y una mala retórica de la poesía: como de la vida; como de la muerte. La retórica, a veces infernal, de Victor Hugo, y precisamente por serlo, nos parece la expresión efectiva -y no expresamente efectista- de la mejor poesía posible.

Victor Hugo, enorme poeta y profeta de nuestro tiempo. “El hombre más dotado -escribe Baudelaire, acaso su mejor discípulo retórico-, más visiblemente elegido, para expresar, por la poesía, el misterio de la vida”. “Ningún artista más universal que él -añade Baudelaire-, más ágil para tomar contacto con las formas universales de la vida”.

Y terminaremos evocando, por siempre actuales cuando se habla de verdadera poesía, como la del mayor genio poético de Francia, estas palabras poéticas que parecen retóricas porque son proféticas: “El hombre que no piensa vive ciego; el que piensa, en la oscuridad. No podemos elegir más que entre negruras”.

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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