- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
 
 

MIGUEL DE CERVANTES 

(1547-1616)

 

"Yo que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo."


Miguel de Cervantes.

LA POESÍA DE CERVANTES.

Nadie que haya leído a Cervantes duda de que fuera poeta, porque no cabe duda de que lo era, y de lo más alto que hemos tenido. Sin embargo, Cervantes llega a dudar de su capacidad poética, escribiendo como escribe antes de su muerte en el Viaje al Parnaso. "Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo".

Cervantes era poeta. Un poeta más original y valioso de lo que se cree, tanto como poeta lírico que como poeta dramático. De Cervantes puede afirmarse, que maneja ambas formas de versos, lírico y dramático, con no inferior destreza ni menor saber técnico que aquellos con que los maneja, digamos, un Lope.

Cervantes quiso indudablemente mostrar que disponía de la gracia del poeta. La Galatea, su libro primero, es todo él libro de poeta. Las obras dramáticas en versos de Cervantes nos muestran que dispone de toda la gama y variedad de versificación que era posible entonces emplearse; sólo con ellas queda patente, basta leerlas, la capacidad poética del autor. 

Se ha dicho que la prueba de un poeta, una de las pruebas del poeta, es la capacidad para cantar. Y en las seguidillas de Rinconete y Cortadillo, Cervantes nos muestra que es un poeta nato. "Riñen dos amantes, hácese la paz; / si el enojo es grande, es el gusto más". O bien esta otra seguidilla no menos bella que la anterior: "Detente, enojado, no me azotes más; / que
si bien lo miras , a tus carnes das".

Cervantes nos dijo el orgullo que sentía ser el autor del soneto "Vive Dios que me espanta esta grandeza". Este soneto del que tan ufano estaba Cervantes nos habla de otra cualidad suya: lo que en él se destaca no es tanto la retórica de la composición, sino su humanidad. Cervantes nos ha dejado varios sonetos excelentes, como aquel "Cuando Preciosa el panderete toca" o aquel Don Diego Rosal, con su hermoso verso final: "Sólo ésta rosa vaya eternizado".

Si es manifiesto que en Don Quijote, las Novelas ejemplares, el Persiles y la Galatea es el mayor poeta de nuestra lengua, supone falta considerable de respeto y de atención a quien es él, no considerar su magnífica poesía en verso. A Cervantes no le faltan soltura, fluidez, dominio del verso. Los versos de Cervantes arrancan a cantar con gracia e ironía, dos cualidades del
poeta. "Suelen la fuerzas de amor / sacar de quicio las almas".

Léanse o reléanse sus versos todos, dramáticos y líricos, y los inclusos en su obra en prosa, no sólo los "sueltos" pues en todos ellos se encuentra el encanto de la poesía cervantina. Leamos sus versos con menos telarañas en los ojos, porque muchos dones líricos y saber de poeta hay en ellos. Que no se pueda decir de nosotros, lo mismo que Cervantes dijo de los Argensola: "Que tienes para mí a lo que imagino / la voluntad, como la vista, corta".


UN SILENCIO ELOCUENTE



"Respóndate retórico el silencio; 

cuando tan torpe la razón se halla, 

mejor habla, señor, quien mejor calla".


Calderón de la Barca.

LOS SILENCIOS MUDOS

Si hay un silencio elocuente y hasta retórico, como nos dijo Calderón, nos cabe hablar de un silencio mudo, como aquel de que nos hablaba Cervantes en el Quijote cuando escribía: "en aquel sitio el mismo silencio guardaba silencio a sí mismo". ¿Un silencio que calla para sí, que se guarda silencio a sí mismo, no puede decirse, como a veces suele decirse, un silencio mudo? En Cervantes, especialista, diríamos, en silencios, en "maravillosos silencios" -de que sus páginas mejores nos hablan mudamente, como entre paréntesis o a intervalos de sus palabras-, esos silencios mudos son tan frecuentes como elocuentes, a fuerza de serlo, tan
silenciosos que sólo podemos encontrar parecidos en los lienzos mudos de Velázquez. Que los lienzos no son tampoco mudos, como los libros. Cuando grita en ellos la verdad. Silencios de verdad los de las páginas cervantinas, los de los lienzos velazqueños. Que si en los lienzos de Velázquez habla, nos habla, mudamente el silencio de la pintura, en las páginas de Cervantes, (en el Quijote, en las Ejemplares, en el Persiles...) también nos habla, mudamente, el silencio de la poesía.

El "milagro" de Velázquez fue -milagro torero- el estarse quieto: quieto y callado. En los vivos lienzos velazqueños "el mismo silencio se guarda silencio a sí mismo", como diría Cervantes. Y no en balde tanta maravillosa quietud silenciosa de quien tuvo por sueño el vano título de "aposentador regio". ¡Qué extraña verificación anecdótica ésta de que veamos a un Velázquez identificarse socialmente a sí mismo con este tan honorífico rango, de "aposentador real"! El, que aposentaba, como en la palabra Cervantes, en la pincelada luminosa sombría, la realidad del ser, de lo que son las cosas de verdad: la realidad de verdad del hombre. Y esto es lo que nos dicen sus lienzos, como los que nos dicen las figuraciones poéticas de Cervantes con sus "silencios mudos".

Repitamos el verso maravilloso de Lope: "la música en el aire se aposenta", la pintura en la luz. Y una y otra, palabra verdadera, palabra viva, lenguaje significativo para el alma -para el hombre- ¿qué son, en definitiva por el hombre, sino creación, poesía? El ser se aposenta en la palabra humana, nos dice Heidegger. Y lenguaje, palabra humana, aún silencio y, mejor aún, por el silencio -por el silencio mudo- en la ficción poética, pictórica, musical... Que hay un charlatanismo de la pintura y de la música, como de la poesía que mata los silencios por miedo a la verdad. A esa profundísima verdad viva que tal vez solamente en silencio, por silencios -y
silencios mudos- se nos comunica.

Un arte sin silencios mudos sin esos profundos silencios que en sus ficciones novelescas como en sus lienzos noveleros nos descubren Cervantes y Velázquez, es un arte retórico, elocuente o grandilocuente, si de muy viva voz, de muy muerta, esquelética, poesía.

Los silencios mudos de Cervantes, de Velázquez, en sus figuraciones novelescas o noveleras, nos abren ese mundo invisible, al parecer -aunque transparente de visibilidad luminosa-, en los que se aposenta el ser: un ser de las cosas que decimos el más verdadero porque nos verifican a nosotros mismos con su presencia, por su presencia. Presencia de espíritu. Valerosa y pura. Presencia sobrenatural de la que parece alejarse precisamente cualquier sonoridad sensible, como cualquier sensible luminosidad.

Como si tuvieran al servicio de ese silencio mudo, las cosas, los seres, como fantasmas callan, callan singularmente: llaman a nuestro entendimiento al sumirnos en una especie de perplejidad de ese modo, mudamente, silenciosamente... Y como dijo el poeta:

"No sé si el alma debe; / sintiendo esta quietud, maravillada, / quedarse en su silencio, renunciando / al don de la palabra"

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias