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VELÁZQUEZ, UN GENIO CLÁSICO

Antonio Martín Jordán

Licenciado en Geografía e Historia. Especialista en Historia del Arte

Universidad Autónoma de Madrid

 

Al evocar su nombre nos viene a la memoria aquel cuadro grabado en nuestras retinas, tal vez no de una manera justa, que preside una de las salas del Museo del Prado y donde se autorretrata el artista, en su aspecto más conocido y popular: La Familia de Felipe IV. Pero, injustamente también, olvidamos pronto el reto de sus obras, así como al autor en su faceta intelectual y de hombre culto donde los haya, procedente de un ambiente erudito y nada determinado por las pésimas condiciones en que pudiera encontrarse la sociedad de la España del siglo XVII.

Pero, ¿quién es verdaderamente este personaje? Nacer y formarse en Sevilla, ha hecho de Velázquez que se convirtiera en un hombre culto con una sabiduría de formación clásica grecolatina, que condicionará toda su obra y su manera de ver cuanto le rodea. Sevilla, en los años de juventud del artista, estaba llena de círculos literarios compuestos de intelectuales que leían, escuchaban y comentaban a los clásicos. Entre estos personajes se encontraba Pacheco, quien, además de ser su suegro, contribuyó de manera "paternal" a convertir a nuestro genio en pintor y hombre culto, incidiendo más, tal vez, en este último aspecto.

La escuela poética sevillana del XVII, las fábulas burlescas, como interpretación popular de la mitología, las Metamorfosis de Ovidio, las obras de Baltasar de Vitoria o Juan Pérez de Moya, así como la escultura clásica albergada en la Casa de Pilatos de Sevilla, donde se reunían los citados círculos literarios con Pacheco, son, entre otros aspectos, los que hicieron de Sevilla la nueva Hispalis y de Velázquez el nuevo Cicerón.

Estos conocimientos, los seguirá desarrollando Velázquez en Madrid y los plasmará en la pintura del Alcázar madrileño, así como en algunas estancias del Palacio del Buen Retiro.

Sus viajes a Roma culminaron esta formación clásica. No obstante, hubo de esperar a que Rubens se los recomendara y el rey se lo pidiera. La obligación, empero, se unía a la "devoción" en este caso. Desde Roma, cuna del Arte por excelencia, trajo a España lo mejor para sí y para la Corte, y ello lo hizo de una manera muy concreta: a través de la importación de copias de esculturas clásicas albergadas en el Vaticano, el capitolio, la Villa Médicis y otros lugares, así como realizando dibujos, que desgraciadamente no han llegado hasta nosotros. Estas obras escultóricas se pueden seguir admirando hoy, gracias al pintor hispalense, en museos, palacios y jardines madrileños.

Qué importante fue en Velázquez la formación a través de los clásicos para dejarnos sus mejores obras; con qué sencillez supo plasmarlos, prescindiendo de la idealización poussaniana, haciendo uso de modelos de su tiempo, con personajes vulgares, en temas tan idealizados como el caso de las mitologías, que hacen de Velázquez el genio clásico por excelencia de la pintura española. Si a todo ello le añadimos esa técnica en la que el pintor sabe representar la atmósfera, el aire, a través de los cuales contemplamos las escenas como a los peces en las aguas cristalinas, surge la obra maestra.

De estos y otros aspectos sobre el pintor y su obra me gustaría hablar con más detalle en artículos posteriores. Valga este como introducción, como "aperitivo intelectual" y no nos quedemos con el morbo de encontrar unos simples restos que ya hablaron y no volverán a hablar, volvamos al Arte, que sigue hablando, aunque esté "muerto" en los museos. Menos podríamos decir si éstos no existieran.