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Ogni Pensier Vola

Julio Daniel Rodríguez Bernedo

 

BERNEDO

 

 

En la hora en que los objetos adquieren soledad humana un silencio de ascensor se cierne sobre las profundidades abismales del alma.

Ese vacío que lo llena todo en el crepúsculo de la desilusión sin poder asumir el significado profundo de las cosas, esa nada que lo es todo cuando el hombre sueña la aurora ansiosa de vida.

La vida pasa a través de las sombras en la hora huidiza de indiferencia cubriendo con un soplo de blanca nube todo inicio involuntario e inconsciente donde todo se imagina, pues nada se sabe cuando una brisa incierta trae consigo el desaliño de las sensaciones tristes

Amarga noche, profundo abismo de un sueño inerte. Vana ensoñación recorriendo sucesivos momentos sin relación. Pensamientos y emociones que han dejado de existir en ese intermedio del alma en que no apetece la vida.

Espejo insondable de soledad, ansia distante que llora el reflejo y la dolencia del alma mientras la mañana descansa sobre la ciudad en el reflejo difuso de los cristales cuando un silencio oscuro que ignora las formas soñadas se cierne sobre el intervalo de dos colinas carentes de una aureola de vida.

El saber es la inconsciencia de ignorar el inmenso vacío de sombra y silencio en eternos mundos perdidos donde el misterio lo es todo y el valor incalculable de lo superfluo rasga el velo impenetrable de la realidad mientras la mañana de nubes escasa se desliza sobre la ciudad.

Una niebla incierta descansa en el camino tranquilo de los sentidos.

Lo que ahora es real, antes sólo fue soñado por un saber ver sin pensar.

Ciegos momentos sin horas donde la memoria no distingue tristezas en esos instantes perdidos de desmayados encuentros cubriendo de pasos lo que podría ser un deseo de indiferencia en la sentencia grabada del destino donde el pasado es presente en el recuerdo huidizo del sueño.

Eterno desasosiego que el ayer torna tiniebla en el ocaso pleno de eternidad, en la aurora helada de olvido cuando las formas eternas se reflejan en un ciego espejo de incesante tiempo.

Una manera figurada de vivirse cuando todo es silencio en el crepúsculo vacío del alma dispersa de humanidad sucesiva, ante la única realidad que es el misterio de existir.

Corrientes de aire frío recorren la ausencia que conmueve el susurro sombrío anterior a todos los significados.

Ansia insatisfecha de caricias que mide con pasos secretos el tiempo cautivo donde dos sombras peregrinas se persiguen sin encontrarse en el umbral desierto del universo.

Luz de luces encendidas en el eco mudo de profundas lejanías.

Esquinas de profunda inquietud dibujan formas eternas de ajena angustia cubriendo el páramo de un indefinido rumor de nubladas estrellas

El latido de una vena abandonada atraviesa la eternidad constante del recuerdo a la sombra de un sol difuso de otoño cuando el tiempo sucesivo de plenitud busca el destino inevitable del mármol mientras las sombras crecientes de la pasión tejen laberintos de lejanos ayeres hechos con las cenizas del olvido y una tristeza hecha de silencio se extiende por el salón desnudo en la hora incierta del crepúsculo.

El espejo no refleja las angustias del anhelo, ni el asombro en la encrucijada desierta del ocaso de ser cada instante del ayer.

Espacio sin tiempo que la penumbra esconde tras un trémulo humo peregrino de hojas secas impregnadas de hierba dejando tras de sí una monótona sucesión de días antes de sentir la angustia de la partida verdadera hacia un puerto infinito.

Vacío consuelo es ceder a la melancolía de los espejismos del alma cuando la tarde muere tristemente en los cristales difusos de ayeres dispersos.

Perfil de nebulosa distancia es el destino sutil de sufrir las saudades de la infancia perdida mientras entre la aurora y el ocaso un sueño sucesivo de sentimientos se desvanece a cada instante.

Nada puede agotar la variedad sin fin de la que están hechos los sueños en la encrucijada oscura de estrellas cuando un gesto de pesar en el contraído corazón de gracias escaso cree anhelar la noche sin aurora mientras una sombra se desliza furtiva por las calles carentes de pasos ajenos de angustia.

Hábito mecido por la pena despertando a un arcano arrabal de silencio en la incertidumbre cotidiana de una perpetua zozobra desbordando el inevitable tiempo que habita los espejos carentes de réplica en la soledad de las piscinas cubiertas de otoño.

Adversa felicidad de existir cuando la noche inmortal atraviesa la calle inmóvil de horas vacías en la lejanía intima de los recuerdos.

Cuando el sentimiento de rechazo se refleja en el espejo mudo de los charcos, un escalofrío de eternidad recorre los sombríos laberintos del existir con una voz trémula de palabras íntimas de perenne belleza.

Aliento de un anhelo marchito donde palpita la congoja de la nostalgia que producen los recuerdos, cuando en la hora vana de ausencia, el engaño de la lejanía proyecta amaneceres sobre el intacto crepúsculo de un horizonte baldío de mañanas. Abismada mirada de tristeza ajena de plenitud sintiendo la inquietud del reproche en un alma deseada.

Dolor oscuro de soledad sobre un desvelado lecho de tranquila melancolía.

En el arrabal efímero de la indiferente madrugada una angustia ignorada de inquietud susurra sobre el oído sordo de la noche la intimidad borrosa de la añoranza.

Cuando declina la arena sobre el curso irrevocable del tiempo una abismada eternidad se detiene en los espejos impenetrables de la memoria.

Cristales ciegos de lluvia que la tarde empaña de horizontes inciertos en el umbral esquivo del destino. Sumido en la penumbra sacra de la soledad, pasa el tiempo sobre la esperanza adormecida del fracaso.

Años postreros de infinitos destinos que la memoria gastada por el mármol incesante del tiempo transforma en olvido.

Soñado sueño que el dialogo ha perdido en las esquinas esquivas de sombra donde acecha el crepúsculo indeciso de la metáfora.

Alma conmovida por el sueño de un frío perfil teñido de color viejo entre cipreses profundos de silencio en el vago atardecer del tiempo cuando se disuelve la noche imprecisa en los ojos extrañados de belleza.

Nubes inmóviles que buscan la nada en la calma silenciosa suspendida en el vago recuerdo del cielo indiferente a las miradas que en la semioscuridad de un sueño no soñado semejan la noche ciega de llanto. Como una muchedumbre de semblante empañado que se pierde bajo la techumbre de armonías efímeras sin poder descifrar el sutil enigma de unos ojos trémulos de ternura en las horas tímidas de una misteriosa profundidad entretejida en una mítica urdimbre aún por separar.

Imágenes eternas en un devenir indefinible de profundidades originarias donde las sombras del crepúsculo se ciernen sobre la profunda verdad que se esconde tras las misteriosas palabras cargadas de presagios con una tenue emoción que día tras día recorre con pasos perdidos los laberintos vacíos de la memoria.

Al otro lado del espejo un declive mundano de domingo oscuro de olvido mira el ocaso amarillo de los periódicos abandonados sobre los mármoles vacíos de destinos infinitos.

En la frescura matinal que el sueño abandona un gran silencio se extiende lentamente sobre el horizonte eterno de los armarios mientras un desesperado anhelo discurre incesante por la añoranza tibia de las sábanas donde el manto de nieve del olvido cubre la intima caricia ajena en la penumbra desierta de los cristales ataviados de ensueño.

Cuando un murmullo de escalera irrumpe en la insomne consciencia que posee los limites del cuerpo en el silencio perpetuo que fluye ante la imposibilidad del abandono sobre un suelo de llanto alfombrado.

En el grave mundo de las formas concretas la claridad de la madrugada rompe el azul sobre los tejados mecidos por el calor de hálitos afectos bajo un lecho helado de soledad sin poder desentrañar las armonías que forman remolinos de espuma en las piscinas llenas de noche.

Olas presurosas de movimiento bajo un arco inmenso de arquitectura.

En las horas ocasionales tibias de mañana cuando el aturdimiento de los sentidos se rebela con un beso de gratitud el sosiego que produce el silencio se desliza como una sombra inquietante de movimiento entre los rincones efímeros de la memoria.

Farolas adormecidas de luz que reflejan en los charcos dispersos sensaciones fugitivas que el alma habita de una difusa humanidad.

En los claros que reconoce la angustia, un refugio soñado falto de gestos precisos se desvanece entre la niebla que rodea las aristas invisibles que hieren la carne postrera de la vida.

Roto silencio suspendido sobre el infinito azul de una vaga esperanza donde el espíritu quimérico de una mirada mortecina se rinde a la belleza de los rostros ajenos en el abismo vaporoso del alma.

Sombrío manto que transciende la apariencia indefinida de los designios cuando un cielo tembloroso de misterio recorre el espejo indefinido del agua esperando la igualdad de los sentimientos mientras la tarde de lluvia lenta cae suavemente sobre los sueños cubiertos de rocío en el amanecer incierto donde la realidad termina.

Una leve tristeza indefinida parecida a un tímido deseo de quieta soledad atraviesa los momentos calmos de la nostalgia en el desierto monótono de una somnolencia sin sueño.

Angustia antigua que a veces rebosa el devenir inexorable del ocaso hacedor de presagios pretéritos de lasciva belleza en el horizonte mundano de totalidad donde una multitud ajena de turbia inquietud ignora la nueva madrugada que ayer fue la vida perdida mientras el rubor de un seno tibio de deseo palpita bajo las sabanas teñidas de sueño en la alcoba vieja de una inocencia perdida cuando una soledad original desprovista de un sentido concreto se hunde borrosa en la luna del espejo.

En la margen escarpada de una fuente circular imprecisa de noche crispada el agua calma viste la luz ignorante de vértigo cuando un respeto mudo recorre las estancias desiertas de belleza con el pulso estremecido por un amargo desdén de designios misteriosos.

Como impedir que el vaho estremecido de un aliento empañe la superficie ilusoria del espejo antes de que el mármol cubra la memoria de un cielo disperso tratando de colmar la distancia insalvable que separa la soledad que produce el sufrimiento ajeno mientras una melancólica bruma ilumina las olas salobres que ignoran el reposo en la noche peregrina carente de identidad.

Al margen del tiempo, cuando la vida es una derrota aceptada, un mar sin marea baña los lugares invisibles del alma con la esperanza de llegar a la mañana crispada de soledad en la recóndita penumbra de un cine solitario donde el sueño de la felicidad es tan inefable como el inconstante vuelo de una mariposa.

La libertad es la soledad cubierta por las densas brumas del pensamiento.