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POEMAS DE DIEGO YANDIEK

yandaka@terra.es


I, II, III, IV, V

 

I

 

Ruido diurno

clavando sus lanzas

en mi mente.

Ciudad despierta

atenazadora,

movimiento incesante

de personas, de cosas.

Jaula de cristal y acero

jauría estridente

de sonidos.

Imposible libertad

mientras Febo

tome su reinado,

mientras su sacro carro

recorra la bóveda celeste.

Soledad, ruidosa soledad

en el infierno de asfalto

que mis pies hollan.

Anhelo de libertad

y de silencio, de ruidoso silencio

nocturno.

 

II

 

Dejan mis pies

el desierto sonoro

tras de sí.

Caminan calmados

hacia el nocturno

mar, buscando

paz.

Los lobos heliófilos [1]

callan a mis espaldas

dejando escuchar

el canto del nocturno

lar.

Sirenas, mágicas, nocturnas,

obligando a escuchar

el silencio, la oscuridad.

La urbe amordazada

por Selene.

En el misterio,

la soledad, mi soledad

halla compañeros

nocturnos compañeros

bajo la ansiada nocturnidad.

La libertad encontrada

bajo los ojos de Dios,

miles, blancos ojos

apenas visibles en el mar

de neón.

 

III

Ojos estelares,

mancillados, cegados

por luz artificial.

Yo los busco y se ocultan

yo, sólo, vislumbro la neblina

de metal.

Ojos ocultados

os busco y no os encuentro

en el mar de mi ciudad.

El bosque tapado por los

árboles, cúpula sedienta

de dejarse ver.

Huyo buscando veros,

pero la ciudad me persigue.

Sodoma pecadora que

no quiere a Dios, que

no deja ver

sus múltiples miradas,

que las oculta con asfalto,

hierro, granito, cristal.

 

IV

Al fin ansiada, nocturna

libertad, oscura vista

de la cúpula negra,

de la espesa Selene,

de su reino negro.

Ya libre donde

se escucha el silencio,

donde Febo es imposible,

donde sólo

Orión y sus perseguidas

allí sólo

la osa y su cachorro.

Libertad, nocturna libertad,

maravilla de silencio,

huída de la ciudad,

mar de silencio sonoro,

de silencio, sólo silencio

roto por el canto de la noche.

 

 

 

V

Noche, sólo noche,

bosque de vida,

mar de salud

para el alma enferma.

Insana por verse secuestrada,

por ser un quiste, innecesario

en el mar urbano.

Sanadora noche

donde se escucha

a Dios, donde le vemos

nosotros.

Vuelo del corazón libre.

Vida recuperada.

Muerte resucitada,

donde creía vencer.

Muerte vencida en

su reino, en la noche.

Su oscuridad mortal,

su silencio eternal,

de vida nueva, de fuerza

dota al alma

ahogada, silenciada,

anquilosada

en el mar de asfalto

y cristal

en el agua de ruido

de una ciudad sin fin.

 

26 de mayo de 2003

 

Yandiek



[1] Amigos del sol.