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RELATOS CORTOS

Javier Torras de Ugarte

torrillas@hotmail.com

 


EL SINDROME DE LA ESPERANZA

Tantos sabios y filósofos han intentado dar respuestas a los misterios mortales que inundan nuestras vidas; algunos utilizaron a los dioses como ejemplos para explicar los misterios del amor, de la meteorología, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos; otros buscaron las explicaciones en nuestro propio ser diferenciando una parte inconsciente que puede llegar a dominarnos. Todas las explicaciones son válidas pero la única razón por la que se les puede llamar sabios es porque no sabían nada. ¿Cómo explicar lo inexplicable?¿Por qué buscar explicaciones a cosas que no se pueden cambiar? Los misterios del amor no se pueden explicar, no elegimos de quién nos enamoramos y mucho menos quién se enamora de nosotros y es por eso que nuestra vida se puede convertir en un camino lleno de trampas y se puede llegar a complicar sobre manera alcanzando límites insospechados.¿Quién nos pone esas trampas?¿Tal vez Cupido, Apolo, Venus o Afrodita, según preferencias?¿O es ese subconsciente el que logra engañarnos y nos vuelve paranoicos? Yo no lo sé y no pretendo que nadie me responda a estas preguntas porque nadie sabrá explicar de manera alguna lo que pueda llegar a sentir, porque los sentimientos no se pueden escribir, ni pintar, ni escuchar; los sentimientos se sienten y por eso no se pueden evitar, en cambio  el pop, la televisión o la prensa del corazón se pueden dar de lado. Si alguien es capaz de dar de lado al amor, me diga cómo, aunque seguramente no sepa explicarlo.

Me encontraba yo meditando sobre todas estas cosas por las  que alguna vez nos preguntamos todas las personas, sobre todo, y normalmente cuando nuestro ego se ve resentido por algún mal de amores. Es entonces cuando todo se vuelve negro y perdemos la percepción de los demás colores que conforman la realidad; porque cuesta vivir cuando lo que se ama se llena de ceniza. Siempre he sido de los que piensan que deprimirse no sirve para nada y que es solo una forma de compadecerse de sí mismo por los errores que se han cometido y ya no tienen solución; y si no tienen solución ¿Por qué preocuparse? Pero ahí volvemos a lo mismo, y ahora me doy cuenta de ello, no se puede dar las espalda a lo que se siente, y si es necesario compadecerse de sí mismo habrá que hacerlo, además es la mejor manera de darse cuenta que no siempre uno comete errores irreparables, y que incluso a veces uno ni si quiera ha cometido todos esos errores. La mejor manera de resolverse uno el futuro es solucionar primero el pasado, no se puede buscar un buen futuro con problemas en el pasado. Todos estos pensamientos me ayudan a salir de ese estado de desidia que te ataca en estas situaciones, pero no es tan fácil, es sencillo tener un pico de alegría en un estado de depresión pero la caída es rápida y severa. Y es que la vida no es justa, y menos para uno mismo, da igual que millones de personas mueran de hambre diariamente pero es completamente injusto que nos deje la novia ¡Qué preocupación tan grande! Tampoco es justo desviar nuestros pequeños problemas a las grandes injusticias de la humanidad; claro que es injusto que me dejase la novia y es lo que más cerca me queda, así que por qué no molestarme por ello. Todos estos pensamientos golpeaban mi cabeza una y otra vez y es que la vida no es justa....   pero casi, quiero decir que normalmente casi todo nos sale bien: casi nos toca la lotería, casi aprobamos el examen, nuestra salud esta casi bien, casi llegamos a fin de mes... Pero este casi, casi nunca, o casi siempre, según se mire, evita que sigamos adelante porque la esperanza de que algún día la Tierra sea redonda, y no casi redonda, y todo nos salga bien es lo que nos da vida para continuar ese camino lleno de trampas.

 

Como una fuente de pueblo estas ideas iban empapando mi cabeza y tenía la necesidad de escribirlas, puesto que sé que alguna vez podrán ayudar a alguien como me pueden ayudar a mí en cualquier momento. Acto seguido me dispuse a comenzar otra dura jornada de trabajo, cogí mis herramientas e intenté dejar la tristeza en la taza del váter, pero pese a estar un poco suelto del estómago decidió que me acompañaría.

De nuevo en la calle me encontraba como la cosa más pequeña del mundo ¿Por qué toda la gente te mira cuando estás deprimido? ¿Acaso se nos pone un cartel en la frente que diga: la novia me ha dejado por otro? Rápidamente me encaminé hacia el metro donde quizá me encontrase mejor; inocente de mi pensé que me encontraría a gusto en el transporte público de Madrid, en el transporte público de Gallardón, el metro pulcro y puro, donde no se puede fumar y hay ceniceros cada 10 metros, a demás de un kiosco con tabaco, un agente de seguridad que intenta sacudirse el mono tras una esquina un tanto oscura. Pero dejemos de lado la pureza y limpieza de este transporte que si bien no echa el humo de los autobuses atraviesa nuestra ciudad a escondidas acechándote cada vez en una esquina más cercana, o más lejana, incurriendo en zonas antiguamente habitadas por distintas civilizaciones y pobladores que nunca hubiesen cambiado su mula por un monstruo de hierro con un aire acondicionado de no se cuantas mil frigorías que es capaz de helar al más caliente de los amantes. Estos pasillos subterráneos son como hormigueras, pero los humanos no somos como las hormigas, no vivimos en comunidades en las que todos trabajan para que la hormiga reina pueda poner muchos huevos y para que sobrevivan sus hermanas; nuestra sociedad esta compuesta por distintos tipos de hormiga reina, desde la propia Sofía hasta el Corte inglés para los que trabajamos y ellas no solo no ponen huevos sino que a veces se dedican a pateárnoslos. Pero volviendo a las hormigueras del metro, creo que las celdas de los presos están bastante mejor refrigeradas, allí dentro no corre ni la más mínima corriente aire, o por lo menos de aire puro. Es apasionante saber que más de mil cámaras velan por tu seguridad, pero en el metro se cometen una cantidad de atracos increíble, yo creo que usan las cámaras para reírse de los usuarios del transporte público, sudorosos van dónde les obligan a ir, compran lo que les obligan a comprar y leen en las paredes del metro lo que les obligan a leer.

En el metro se encuentran los más dispares tipos de personas, menos los que vemos por la tele ¿Qué diría Beckham si la gorda del metro no le dejase salir? ¿Le haría un caño? No, el metro no puede ser bueno, si lo fuese los ricos irían en él.

El metro está para disminuir el tráfico de la ciudad y así dentro de poco tendremos que fichar a “empujadores” japoneses para entrar todos en el vagón en hora punta... los empujadores solo se dedican a empujar a la gente, en su trabajo no entra nada de carácter sexual, aunque pronto aparecerían los “pornoempujadores”, y llevarían camisetas de empujadores.com, y un trabajo tan noble y humilde como el de empujar a la gente en el metro sería absorbido inmediatamente por la gran masa capitalista que se empeña en vendernos todo lo que no necesitamos.

Sin más reparos, que no son pocos, me meto en la línea 5 del metro, la que me pilla más cerca de casa y va al centro dónde yo desarrollo la mayor parte de mis negocios, en esta línea de metro las características antes mencionadas se multiplican por diez o por veinte. Es imposible mantener una conversación con alguien en un vagón de este tipo, además tienen ventanas abiertas en algunas zonas, porque sino ya su refrigeración sería nula, y un viento caliente, mal oliente y desagradable choca contra tu cara te pongas en la dirección que te pongas, bueno siempre queda la del cerdo que le huelen los sobacos, pero pongamos que esta es la peor elección. Así no se puede empezar el día. Me bajo en Callao y ando por sus hormigueras cuando ¡Zás! De pronto me veo sorprendido por un cantautor de metros ¡Joder! ¡Qué mala suerte tengo! Haciendo una penosa interpretación de “Así estoy yo...” de Joaquín Sabina, lo que irremediablemente me lleva a deprimirme al acordarme de ella, con esa canción logré reconquistarla un par de veces, decía que le hacía gracia lo del pato del Manzanares y tenía razón, nunca fue una lumbrera pero en eso había que quitarse el sombrero, fue el chiste más inteligente del que se rió en su vida.

Aquí llegamos a otro punto de la depresión, en el que uno se dedica a pensar que no era tan bueno lo que tenía antes; pero si se es feliz con algo que no es tan bueno será por algo. Personalmente no creo en el complejo de Teresa de Calcuta, pero el estadio de negación en el que me encontraba me obligaba a ver las cosas de forma pesimista, así aquella chica con la que tantos buenos momentos había pasado se convertía ahora en el Can Cerbero de tres cabezas. Decidí pasar del tío aquel que destrozaba los versos de aquella manera y me encaminé hacia la línea uno. Allí me monté en uno de los vagones intermedios que tenía el metro de Madrid. Por su puesto no había ni un asiento libre, de hecho no creo que ni hubiese oxígeno para todos. Me introduje como pude y guardé mis herramientas entre los pies, ya podía verlos, allí estaban, eran los empujadores... ¡Ah, no! Eran unos turistas con su cámara digital último modelo al cuello, las puertas se abrieron y entraron como peces en el metro de Tokio. En esas situaciones en los que estás tan apretado hay que tener en cuenta varias cosas: en Madrid hay más carteristas que madroños, y en el metro hay más ladrones que cámaras de vigilancia, así que entre las dos de cada andén , las dos de cada escalera, cuatro más en cada pasillo... se puede decir que más de mil cámaras velan por tu seguridad y más de mil chorizos velan por tus bienes; mano al bolsillo y las herramientas bien cogidas entre las piernas, además de carteristas, hay que tener cuidado con los aprovechados que te intentan meter mano en el metro; yo pese a ser hombre, estoy de buen ver, pero las mujeres tienen un 90 por 100 de posibilidades de salir manoseadas por el 100 por 100 del vagón en este tipo de situaciones (y lo que disfrutan viéndolo por las cámaras); culo bien apretado, y sobre todo hay que intentar respirar, se inicia esa dura batalla por el oxígeno que suelen ganar los más altos y fornidos; recordemos que la manada de búfalos va tan rápida como pueda ir el búfalo más lento, y solo los más fuertes y veloces sobreviven a las embestidas de las leonas; pero y si se para el vagón en medio de un túnel, ¿A caso las leonas esperarán a que arranque? Aquí es cuando esas personas que iban ganado la batalla por el oxígeno se ponen nerviosas y se vuelven claustrofóbicas, la chica del asiento se pone roja, la vieja empieza a pegar gritos y los japoneses sacan fotos. (Que ironía, me pregunto si no verán ellos todos los días eso, a lo mejor allí sus búfalos son todos rápidos, o sus trenes no se paran).

“Próxima estación: Tirso de Molina” Aquí me bajo. Ando unos metros hacia la salida y una especie de punky aporrea una guitarra eléctrica sin amplificador mientras canta canciones de Manolo Kabezabolo. Media vuelta y de nuevo hacia el centro. Tirso de Molina, Sol, Gran vía, Tribunal. De nuevo se repiten las jugadas, pero esta vez los japoneses vuelven a su hotel derrotados porque se han “extraviado” sus cámaras en el follón anterior. Así me sentía yo aquel día, como un japo sin cámara. Cuando iba por los pasillos se me acerca un tío alto, moreno y fuerte- ¿Tienes fuego, chaval?- Pero ¿Quién se ha creído este? Que manía tiene la gente con llamarme chaval, solo le faltó pegarme una collejilla de agradecimiento, no hay cosa que más me moleste, una colleja, y todo el mundo se cree muy simpático, “Gracias chaval” ¡Zas! Collejón, en el trabajo, en casa, los amigos... todo el mundo se cree que por el hecho de que les hagas un favor te pueden dar una colleja, ¿No debería ser al revés?

De todas formas, y volviendo a lo de los tipos de gente que hay en el metro, hay que decir que la gente allí dentro es anónima, son seres aborregados, que van todos al mismo lado, con las mismas prisas, a hacer lo mismo; pero ellos no son conscientes y no hay una solo gota de humanidad, te pisan, te empujan, te impiden salir, pasan por encima de ti, te insultan y no se dan cuenta de que todos hacemos lo mismo. Es un lugar dónde se desatan las peores sensaciones de uno mismo.

Ya estoy en la línea 10 a punto de estrenar uno de esos vagones último modelo, supersónicos; un aire acondicionado a unos 8 grados, cámaras por todos los lados, no hay separación entre vagones, no hay mejicanos tocando “Canta y no llores”, eso sí que es increíble. En Alonso Martínez bajo y voy al pasillo del trasbordo donde puedo echar un cigarro con mi amigo Willie, que estaba tocando “Wonderful world”. Con su torpe español se interesa por mi estado de ánimo y yo intento explicarle mi triste situación. Que si yo no tuve la culpa, que si yo la quería, que si yo estaba enamorado, que si yo patatín, que si yo patatán... Me dijo que si sólo pensaba en mí nunca conseguiría entender lo que pasaba, pero yo no quería entenderlo, no podía entenderlo, además me di cuenta de que por primera vez en mucho tiempo podía hablar de mí, ella no se preocupaba de mi, nunca me preguntó que tal un examen, ni como me había ido el trabajo, en sus conversaciones solo existía la primera persona, y cuando yo la hablaba de lo que me gustaba o de lo que quería hacer nunca me escuchaba, ella no me conocía ¿Cómo podía quererme sin conocerme? Me preguntaba esto mientras apuraba el cigarro cuando dos luceros verdes se posaron en mí atravesando mi maltrecho corazón; ese es otro tipo de personas que hay en el metro, las chicas guapas, van solas y suelen tener prisa, nunca se sabe donde van. Me levanté como un resorte entrando de repente en una nueva etapa de mi depresión, la de la superación. Deseaba hablar con aquella chica sus ojos me habían dicho que la siguiese y eso hice. Ella subía las escaleras mecánicas y yo las no mecánicas de dos en dos, parecía que nunca la alcanzaría. Se dirigía hacia la línea 4, y justo cuando yo llegué al andén se me cerraron las puertas en las narices, yo la miré con esperanza, ella a mí con compasión, deseaba que se abrieran las puertas y ella también, pero no lo hicieron y caí fuertemente en una nueva etapa, la desesperación. No podía quitarme de la cabeza que todo me salía mal, que nunca conseguiría lo que quería, aunque una vez más casi llego al tren. Esperé al siguiente y cogí la línea 4 rumbo a la Avenida de América. Esta estación es un auténtico caos, entre un montón de líneas y la estación de autobuses. En cada esquina un cantor con su guitarra, la mayoría de ellos viejos decrépitos que necesitan cantar para comer, pero esa misma necesidad les da un talante de melancolía que puede llegar a ser asfixiante. En todos los pasillos había alguien cantando, además de una decena de negros y moros vendiendo gafas de sol, discos, películas...

Paseaba arrastrando mi tristeza cuando me di de bruces con un hombre de gran tamaño- Disculpe,- dije como a una pared. La gente que viaja en metro no tiene ganas de saber quien más coge ese transporte, por eso cuando alguien te atropella en un pasillo y pides disculpas no recibes nada a cambio. Llegué a la línea seis sin levantar los ojos del suelo. ¡Ah! La línea seis que grandes recuerdos me traía. Allí he pesado mucho de los mejores momentos de mi vida, los del instituto; porque yo no iba al instituto sino al metro. Normalmente no aparecía por clase, ni yo, ni mis amigos, entonces cuando llegó el invierno decidimos quedarnos directamente en el metro, República Argentina: salía y encontraba a mis amigas. Allí echábamos normalmente el día, pues hacía demasiado frío en la calle. Solo salíamos para coger provisiones, tabaco y comida. Pasábamos las horas jugando a la carta corrida o al mus, al principio cuando veíamos que pasaban nuestros profesores nos escondíamos hasta que nos dimos cuenta de que ni si quiera nos conocían. ¡Qué tiempos! Los miro y pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor; la única preocupación era no llegar con los ojos demasiado rojos a casa, desayunábamos los besos de amigas a las que no queríamos y que ahora no podemos olvidar, esos besos que no atan a la pata de la cama, que no duelen, que no te van agujereando el corazón, besos que das como das la mano, besos que ya no doy... ni me dan.

Normalmente suelo tener una visión positiva de la vida, por eso quiero retractarme y decir que cualquier tiempo pasado no fue mejor, sino diferente.

Recuerdo una chica, Nuria se llamaba, era toda una belleza. La conocí porque era la prima de la amiga del hermano de un amigo que tenía un vecino que era nuevo en la ciudad... en un botellón. Los primeros días parecía hacerme caso y yo pretendía que pareciese que ella no me interesaba. No sé si sabéis que cuando una chica se da cuenta de que te interesa se acabó lo que se daba, sólo les gustas mientras no las haces caso, por eso he terminado por entender que la mayoría de mis novias me terminasen dejando por un capullo que solo quería putearlas, yo siempre he sido incapaz de poner los cuernos y  decir mentiras, las mujeres solo quieren a tíos que hagan esas cosas, o que por lo menos aparenten que pueden hacerlas, a mí se me ve a la legua que sería imposible hacerlas daño adrede, dicen que soy demasiado bueno y por eso no tengo suerte con el sexo femenino, pero no se supone que ellas buscan a una buena persona que las trate bien, pues aquí estoy yo, todo un caballero. Volviendo a lo de esa chica, la cosa iba bien día tras día, era la primera vez que seguía una estrategia para ligar y estaba funcionando, no me lo podía creer, todo iba a pedir de boca hasta que mis amigos se metieron por medio. Captaron de lo que iba y se dispusieron a joderlo todo,- bueno que más da, son colegas, todo se perdona a un amigo,- pero cuando hay mujeres por medio, al amigo ni agua; y eso justamente hicieron, ni agua, solo alcohol en cantidades industriales y consiguieron emborracharme destapando yo mismo mi estrategia en un sinfín de babeos de borracho de bar de Argüelles. La nueva estrategia para que yo ligase con aquella chica la llevaron a cabo mis amigos, era el babeo. Lógicamente perdí demasiados puntos. He de reconocer que me gustaba de verdad, no fue de las que se olvidan fácilmente (Si lees esto: ¡Por favor lo siento!)No sería justo echarles la culpa a mis amigos pues realmente nunca vi una pistola ni un cuchillo en mi garganta obligándome a beber, esas cosas las hacemos  nosotros mismos, no soporto a las madres que dicen que a sus hijos les obligan tomar drogas, esas marujas que salen en televisión en los programas de por la tarde hablando sobre la juventud y las drogas, esos programas son auténticos pozos de sabiduría y ciencia, suelen llevar a expertas en tema: “una señora cuyo hijo murió en una fiesta porque había consumido éxtasis, la famosa de turno que tiene un nuevo programa para dar publicidad y el cantante de moda salido de Operación Insulto 3 que nos va a cantar su nueva canción que es igual que las siete primeras pero cambia una palabra del estribillo”. La señora pretende ilustrarnos sobre la experiencia de su hijo:”Mi hijo era un gran estudiante y tenía mucho amigos, era estupendísimo en casa y adoraba a los animales, fue a una fiesta de esas que hay ahora porque le obligaron unos chicos que yo no conocía y le metieron pastillas en la bebida” Yo no digo que su hijo fuese ideal de la muerte y le doy el pésame, pobre de mi el día que me lleguen los elogios, pero dudo mucho que a su hijo le obligasen a consumir nada. La juventud no es, desde luego, el sector más astuto de la sociedad, pero normalmente sabemos lo que hacemos y donde nos metemos, seguramente el hijo de esa señora sabía lo que eran las pastillas, y seguramente también sabía que las drogas son una lotería. Quizá algunos padres deberían escuchar más a su hijo y no ver tanto médico de familia.

Paré en Manuel Becerra y salí del gran gusano para desayunar un perrito en el David. Iba a ese sitio desde pequeño, era el más barato y donde mejor hacían los perritos. Volví a la gran manzana podrida para buscar algo de trabajo. Cogí la línea dos en dirección centro. El vagón estaba mucho más desahogado después de la hora punta y pude sentarme con mis bártulos al lado. “Próxima estación: Retiro”. Muy rara esa parada de metro. Tenía una especie de sala de exposiciones, y la salida daba directamente al parque del retiro. Allí también he pasado bueno momentos, salías y te asaltaban un montón de moros para venderte su hachís, normalmente te intentaban estafar, había que tener un poco de sangre fría y esperar el momento. Hacía mucho que no iba por allí. Seguí más paradas con el vagón medio vacío. Llegué por fin a San Bernardo y salí del tren. Llevaba un buen rato tratando de pensar en cosas de mi pasado para no pensar en el presente, porqué estaba allí, y cómo estaba aquel día. De nuevo agaché la cabeza y empecé a darle miles de vueltas al mismo tema, solo quería olvidar y lo único que podía hacer era pensar en ello; me odiaba a mi mismo, cómo podía haber llegado a aquella situación, yo con mi cabeza de hielo y mi corazón de fresa. Unos metros más adelante, un vagabundo desafinaba una especia de armónica entre unas palabras tristes y desesperadas. Pobre aprendiz de la desesperación me dije a mi mismo con una sonrisa en la boca; aquel infeliz pareció entender lo que quería decir y me miró sonriente con la mirada de alguien que nunca tuvo nada que perder y por eso nunca perdió nada, el hombre más rico de la tierra no tiene con que lavarse los dientes, pero sus dientes no lo necesitan, pueden ser los más feos del mundo y no saber que acaso de alguna otra manera pudieran haber sido mejores, no necesitan ser mejores, nunca lo fueron, el que más tiene es el que menos necesita. Yo en cambio llevaba tres horas dejando pedazos de mi corazón en la estación, yo que lo había tenido todo deambulaba en la sombra de esta pútrida ciudad con mi podrido corazón en la mochila.- Pobre aprendiz de la desesperación repitieron sus ojos. Pero aquel hombre parecía querer decirme algo más, le miré mientras él me observaba con una estúpida sonrisa. Poco a poco iba comprendiendo el significado de aquella escena, cualquier persona puede ser feliz por el sólo hecho de creer que lo es, solo se necesita saber que se puede ser feliz, y yo lo sabía porque lo había sido, así que si lo había sido podría volver a serlo.

Fui a la línea cuatro y allí me embarqué en un nuevo viaje, esta vez con un nuevo destino: la esperanza. Y no era broma, la última parada se llamaba así. Quise que ese fuera mi nuevo destino al comprobar que aún me quedaba cosas que perder. Necesitaba algo de esperanza para recuperar ciertos pedazos del alma que siempre es necesario llevar con uno mismo para poder aprender de tus propios errores. Esperando en el andén se me acercó un peruano o ecuatoriano, o algo de eso, la verdad es que no los diferencio. - ¿Quieres una cámara digital?- Me preguntó. Curioso de mí le acompañé a un pasillo mientras perdía un tren. Me enseñó una cámara superúltimo modelo impresionante, la cogí y pude ver en la pantallita una foto muy curiosa de una señora sentada en un vagón con la cara roja, un hombre alto con una cara un tanto desencajada, dos españolitos sobándole el culo a una señorita sudamericana, y sorprendido me vi a mí mismo, ¡Era la cámara de los japoneses! ¡Que casualidad! El segundo tren no podía perderlo así que salí corriendo y me metí en el vagón. Me había echo gracia la foto aquella y me gustaría haberla podido adquirir pero fue imposible pagar aquel precio.

El camino a esperanza no era precisamente de rosas pues me esperaba toda la línea de metro. Como seguía medio vacío, pude sentarme cómodamente y me apoyé en mi propio brazo dejando las herramientas enredadas en mis piernas.

Las puertas se abrieron en la siguiente parada, no me molesté en levantar la mirada, gente entró y gente salió. Una sombra se dirigió hasta el asiento de al lado mío que estaba libre y se sentó, no la sombra claro sino la persona que proyectaba la sombra. Miré de reojo y no alcancé a ver nada, seguí absorto por unos momentos en mis pensamientos hasta que me incorporé un poco por la incomodidad que me producía sentir la mirada de la persona de al lado, así que la mire y no pude contener un suspiro o un sollozo o algo parecido. No podía creerlo, era ella, me había encontrado y ahora me sonreía, era imposible, llevaría toda la mañana buscándome. No podía ser una casualidad, ella me había buscado y me había encontrado, me miró y me besó.

¡Despierta chico, despierta!- El camino hacia la esperanza es un sueño.

En los pasillos del metro de la esperanza comencé a entonar por primera vez mi triste canción, y ahora me encontraba en el mismo sitio en el que la conocí a ella, con quien había pasado tan fabulosos momentos. Ella que me había hecho sentir vivo y feliz; ya no quería saber que también me había hecho sentir mal, solo quería lo bueno. Cantando una canción desesperada, pero desesperada de amor y alegría, y de esperanza.

LA LEYENDA DEL VALLE DE CASTAÑUELA

Escribía siempre todas sus reflexiones en un diario que consideró como cuaderno de bitácora de su vida. Cualquier persona que osara leer los pensamientos que plasmaba en esas hojas descubriría todo un universo de misteriosas ocurrencias fruto de una mente inconsciente que ha vivido por tres vidas. Difícilmente alguien mejorase las historias por las que ha pasado, los personajes que ha visto, los paisajes que le han guiado o le han perdido y los sucesos con los que se ha encontrado. Y ahora al final de sus días ahí se encuentra, preocupado por el eterno viaje en el que se haya a medio camino, y en el que no puede servirle de guía todo lo recordado, más bien sí lo olvidado por lo que ahora no merece la pena lamentarse. Su vida toca a su fin y aún no he encontrado un futuro para su hija, quizá esto le importe más que todas sus vidas, en cambio permite que viaje sola por estas difíciles tierras en las que vale más una barra de pan que la vida de una hermosa doncella.


Apuró los restos de la pipa en una calada que pareció despertar los mismos fuegos del averno, iluminando el salón del castillo oscurecido por enormes pedazos de tela agujereados por el paso de los años. Antaño fueron capas de príncipes, colchas de princesas, cortinas de palacios, sirvieron de cortina en el harén del propio emir de Córdoba, escondieron a las mujeres del rey, pero ahora solo podían ensombrecer la vida de un triste viajero, en una ruina de castillo simbolizando las fronteras con la muerte misma.


Se encontraba realmente preocupado por su hija a la que no veía hacía mucho tiempo. Sonrió como los inquisidores al recordar la sonrisa de aquella niña que jugó un día a que tenía un padre, pero que nunca hizo uso de él más que para despedirle. Se levantó impaciente y esperanzado a mirar por el hueco de un vano que se encontraba vacío hacía ya décadas. Él no temía al oscuro caballero, hizo frente mil y una veces a personajes de peor estampa que él, pero sabía que su hija se vería indefensa ante un saqueador asesino como aquél, se sentía incapaz de coger ya su vieja espada pero su mirada era de fuego cuando la luna, entre nube y nube, rielaba sobre el decrépito castillo. Sus ojos parecían iluminar el camino por el que debía venir, entre los árboles del frondoso bosque, en el valle de Castañuela. Oyó siempre muchas historias sobre ese bosque, que si los árboles cobraban vida por la noche y se alimentaban de proscritos, que si había almas en pena de antaño que atormentaban a los que allí se atrevían a acampar, que si las antiguas ninfas desterradas habitaban allí, pero él nunca había visto nada de eso pese a ser el primer lugar que exploró en su vida. Siendo aún un crío le gustaba pasear por el valle y más de una vez se le hizo de noche y anduvo errante entre los árboles que si bien no se movían por si solos, cierto es que nunca dejaron entrar la pura luz de la luna entre ellos alimentándose de la oscuridad que producían las sombras de sus copas.


Ahora el crepúsculo silencioso de aquel bosque parecía iluminado a ratos por fuegos fatuos. Aquella tenebrosa noche debía llegar Clara, la hija de un rey sin reino, desterrado de mil lugares, errante en el camino de la vida, un rey sin destino, un hombre sin alma. Dio la espalda a la ventana como quien da la espalda al amor, pero el sonido de cascos le precipitó de nuevo sobre el agujero en la pared. Allí apareció aquella amazona montada sobre una hermosa yegua que parecía ir guiada por las mismas estrellas. La divisó a lo lejos, pero su cansada vista fue capaz de verla a ratos iluminada entre las desnudas copas de los árboles de la linde del bosque. Una lágrima cayó en la mano que tenía apoyada sobre el antiguamente alféizar de la ventana, observó su mano y cuando levantó la vista, nada. El lucero había desaparecido, la luna se había vuelto a esconder entre dos nubes con formas demoníacas, los nervios comenzaron a apoderarse de él. No podía creer que hubiese desaparecido, la última vez que la había visto salía de la zona poblada por los árboles, se encaminaba hacia el camino empedrado que se dirigía al castillo, era imposible, tardó horas en aparecer y solo un segundo en desvanecerse.


Mientras la impaciencia comenzaba a hacer mella en el viejo, varios pensamientos le atormentaban, pero sobre todo uno, el caballero oscuro. Una antigua leyenda, que conocía desde niño. Era contada en los pueblos que colindaban con el valle de Castañuela. Con la llegada de los moros, siglos atrás, se instaló allí un señor con gran fama de sanguinario entre sus compatriotas, que hizo que todos los habitantes de esos pueblos se postrasen ante él. Muchos lo hicieron y algunos se intentaron aprovechar de todo aquel suceso por lo que se cometieron diversas sangrías en un breve espacio de tiempo, familias enteras desaparecieron, otras no tuvieron más remedio que marcharse, otras se unieron y prepararon su cruzada personal contra aquel caballero. Se instaló en un castillo, por lo que cuentan los historiadores, en la parte este del valle, aunque no queda ni una piedra sobre otra en aquella zona. Sus secuaces fueron aniquilando a los que no quisieron obedecer al Señor moro, y los que se unieron para acabar con él, según dice la leyenda, se reunieron en el castillo de un caballero cristiano que habitaba entre las mismas piedras que ahora nuestro anciano. Allí prepararon la sublevación, y un día sorprendieron al señor del este y a todos sus secuaces que se encontraban en el castillo celebrando alguna masacre. El caballero cristiano y los pobladores reunidos mataron uno a uno a todos los sicarios del moro, y finalmente ataron a éste a un poste en uno de los patios del castillo. No supieron muy bien que hacer con él, si bien sabían que querían hacerle pagar por todos sus pecados, temían las represalias de sus compatriotas que ahora dominaban la zona, y aún más todas las maldiciones que dijo a los allí presentes, jurando por Alá que acabaría con las descendencias de todos ellos. Finalmente el caballero cristiano decidió que le meterían en una celda y el fuego se encargaría de acabar con su vida, y así lo hicieron; montaron guardia alrededor del castillo para asegurarse que no saldría. Algunos contaron que al cabo de un rato el humo comenzó a volverse blanquecino y empezó a tomar muchas formas, también dijeron que se oían risas y la maldición del moro repetidas veces. Finalmente destruyeron los restos del castillo que quedaron en pie para que nunca nadie volviese a habitar aquel lugar. A partir de ese momento empezó la leyenda del caballero negro que asaltaba a todos los viajeros que atravesaban el valle y los quemaba vivos, pero esa leyenda llevaba dormida siglos hasta que hace poco se sucedieron varios casos en la zona.

Él siempre creyó haber visto al caballero oscuro cuando era muy pequeño, un día que exploraba el bosque en compañía de un amigo, pero éste nunca afirmó haberle visto pese al convencimiento del ahora anciano de que le miró, se levantó el yelmo, sonrió y desapareció; desde entonces siempre temió que la sombra del caballero le perseguía, si bien es cierto que nunca jamás le volvió a ver. Pero aquella noche de supersticiones creía estar convencido de que el encuentro con el señor oscuro sería una cita a la que no podría faltar. Seguro ya de la desaparición de su hija y en un ataque de ira y rabia se armó como puedo con una espada de una mano y montó su viejo caballo hacia la encrucijada en la que vio a la bella amazona por última vez.
Miró al suelo mientras iba al trote y vio la sombra de un caballero, de un rey montado a caballo, le reconfortó la idea y miró al cielo por si la luna había logrado escabullirse de las infernales manchas de humo convertidas en nube, pero la luna seguí escondida, miró al suelo y ya no había sombra. No tardó mucho en llegar a la linde del bosque, cuando se adentraba entre los árboles desnudos del comienzo del valle el caballo se paró y relinchó. El anciano miró de frente con todo su valor al bosque y le gritó: ¡A por ti voy caballero oscuro! Le hizo falta una mirada de convencimiento con el caballo y se adelantó unos metros hasta el primer cruce de caminos. No podía estar más lejos así que desmontó y decidió mirar alrededor. Ya no se sentía ese decrépito viejo al borde del abismo, tenía aún fuerzas para una aventura más, una aventura que quizá no estuviese escrita en su cuaderno de bitácora ni lo fuese a estar nunca, pero una hazaña necesaria. Anduvo unos metros hasta ver una prenda que yacía en el suelo junto a unas huellas de cascos. Miró hacia atrás y su caballo ya no estaba. De pronto se dio cuenta de que no merecía la pena buscar nada, ya le habían encontrado a él, era cuestión de tiempo que el caballero se mostrara.


No era capaz de darle otra explicación y se percató de que llevaba mucho tiempo esperando aquel encuentro y preparándolo en silencio, inconscientemente. Se incorporó con la prenda en la mano, un fular precioso, lo único que pudo salvar cuando se incendió la casa donde vivía con sus padres, y que regaló a su hija a la vuelta de uno de sus viajes.


De pronto, como si una estrella hubiera caído en medio del bosque, vio como una luz iluminaba una zona libre de árboles, se acercó sigilosamente, la luz parecía estar cerca del camino y podía distinguir fácilmente que se encontraba en un claro, pero caminaba y caminaba y nunca llegaba a aquel lugar. Paró, miró hacia atrás observó que estaba en la misma encrucijada en la que había divisado la luz, miró de nuevo hacia la zona iluminada pero esta ya se hallaba oscura de nuevo. No tenía ganas de jugar, solo quería terminar con todo aquello de una vez por todas, le atormentaba la idea de que su hija estuviera desaparecida en aquel bosque en manos de no se sabe que espíritu, y él no fuese capaz de hacer nada.
Oyó un relincho y vio que su caballo se acercaba a él y venía de uno de los caminos de la encrucijada, traía consigo un yelmo, un yelmo negro atado al lomo. Ya no había dudas, era él, y eso no fue ningún consuelo, el pánico le hacía cada vez respirar más fuerte, miró hacia todos los lados esperando algo, la oscuridad le oprimía los sesos, empezó a sentirse de nuevo como un viejo impotente. Violentamente se dio la vuelta, un grito, un suspiro, un rayo de luna, y cayó inconsciente al suelo.

Se despertó completamente perdido y confuso. No sabía dónde se encontraba hasta que intentó moverse y fue cuando se cercioró de que estaba atado a una especie de mástil. Le dolía la cabeza y un olor familiar le inundaba toda la cara, era el olor a sangre, su propia sangre seguramente brotada durante un buen rato de alguna herida de su cabeza producida por algún golpe. Estaba muy débil pero con las suficientes fuerzas como para saber que necesitaba ver a su hija. Levantando la cabeza pudo ver que estaba en un lugar cerrado en los cuatro puntos pero abierto por el techo, pronto lo reconoció como el antiguo patio de armas del ruinoso castillo. De pronto, como un rayo que parte un árbol se iluminó frente a él a pocos metros un fogonazo, el fuego empezaba a quemar desde un montículo en el que se erguía una cruz en la que estaba atada su hija. ¡No! Gritó al verla, pero ella no parecía escuchar.- ¡Clara!- Nada. Estuvo gritando hasta que el humo se tornó negro como el tizón y tomó una forma similar a la de un humano de gran estatura.

Estaba aturdido por la pérdida de sangre y la inhalación de humo, pero distinguía aún que la forma se acerca hacia él. Miró tras el humo como el fuego nunca alcanzaba a su hija pese a llevar ya un buen rato prendiendo. El humo ya se había vuelto de la forma de un caballero sin yelmo cuando volvió la mirada. El señor oscuro le miraba sonriente a veces, frío otras cambiando como el viento de dirección. Solo le miraba, no hablaba, o al menos no movía la boca porque el anciano creyó oír ciertas palabras muy confusas: "rey sobre ti mi maldición" parecía decir, pero eran como distintas voces, como si a la vez hablase todos los hombres que fueron atormentados durante siglos por el caballero oscuro: "tu hija y tú y descansaré en paz", parecían decir las voces ahora sin que se moviese la boca del hombre de humo. De pronto todo parecía aclararse en su cabeza, la maldición terminaría con ellos dos. Se acordó de sus padres que murieron siendo él muy pequeño; mientras un día estaba en el bosque, hubo un incendio que los convirtió en ceniza. Él mismo debía ser descendiente de aquel caballero cristiano, y muerta ya toda su familia solo quedaba él y el último resquicio de la maldición, su hija, que seguía resistiéndose a las llamas pese a estar aún dormida sobre la cruz. El caballero de humo se transformó de pronto en fuego junto a él y poco a poco pretendió apoderarse de él. Comenzó a quemarle por los pies arrastrándose como el mismo diablo en una llama de fuego intensamente rojo que se reflejaba en sus ojos. Cada vez estaba más cerca y pese a los esfuerzos del anciano por salvar la vida parecía que esta tocaba ya a su fin cuando sintió una corriente de aire como un frío abrazo que retiró al fuego de sus pies por un instante permitiéndole ver la cruz en llamas, "un último hálito de vida", pensó, pero el fuego ya no podía acercarse, el aire le retenía, miró al cielo como quien mira el camino que va a tomar antes de emprender un largo viaje y vio la luna deshaciéndose de las nubes negras lo que le dio un soplo de esperanza, sintió que las manos se le soltaban y se echó a un lado cuando la llama de humo conseguía vencer al viento y se abalanzaba sobre él quemando el mástil, vacío ya, al que se encontraba atado. Era su hija la que le había salvado, por alguna extraña razón no había ardido en la cruz y le había salvado. Corrieron tan veloces como pudieron alejándose del castillo; a mitad del camino las nubes comenzaron a descargar como si la luna las hubiese agrietado y pudieron ver como el fuego desaparecía, el rielar de una estrella sobre la luna les indicó el camino hasta un pueblo cercano donde pudieron descansar.


El anciano contó a su hija toda la leyenda del caballero oscuro y la pidió que huyera de aquellas tierras y no volviera jamás, y así fue como sucedió. El viejo por su lado volvió al bosque y nunca más se supo de él, algunos dicen que se enfrentó al caballero y le derrotó y desde entonces una estrella ilumina su castillo en ruinas todas las noches. Clara se casó con un noble y vivió fuera del país donde tuvo mucho hijos y éstos muchos otros, creando así un linaje rico, fuerte y numeroso, pero hace bien poco oí que uno de los nietos de sus nietos había regresado al valle de Castañuela y había muerto porque un rayo cayó sobre su carro. ¿Fruto de la casualidad o de algo más?