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Sierva. Amante. Madre.
Modelos femeninos en la representación de la oligarquía argentina según Manuel Mujica Lainez. 1/2
Diana Garcia Simon
Frankfurt
 

0. Algunos datos sobre el autor

Manuel Mujica Lainez nació en Buenos Aires en 1910, es decir que aplicando el sistema de generaciones de Anderson Imbert- organizadas en períodos de quince años-, pertenecería a la generación de que alberga tanto a Carpentier ( 1904); Onetti (1909); Cortázar (1914) y Sábato (1914), quedando fuera del esquema Borges y Asturias por haber nacido en 1899. A pesar de esta separación cronológica, no cabe dudas que Mujica Lainez pertenece más a la tendencia literaria de Borges y Bioy Casares a la de Cortázar, con quien compartió el Premio Kennedy (Fueron premiadas conjuntamente las novelas Rayuela y Bomarzo) y la fecha de defunción, 1984. 

Estando en vida, el „personaje“ Mujica Lainez fue más festejado por sus excentricidades, su sentido del humor y su participación en la vida social de la capital argentina, que por su producción literaria, a pesar de contar ésta con más de una veintena de obras de ficción, más ensayos, catálogos, trabajos periodísticos y un libro de poesía.

En los años ochenta al ser llevados al cine tres de sus cuentos, la crítica comenzó a tratarlo más seriamente, e incluso se lo utilizó como texto oficial en las escuelas secundarias, lo que significó contraproducentemente el olvido del resto de los potenciales lectores.

En 1994, décimo aniversario de su muerte y fecha clave para el renacimiento de un escritor, se decretó en Argentina el "año cortaziano“, y la oportunidad de rescatar a Mujica Lainez del parcial olvido naufragó. Al elegirlo yo como tema de mi Magisterarbeit y posteriormente de mi Dissertation, su viuda se mostró interesada en colaborar con mi proyecto, y lo hizo, a pesar de la distancia, las malas comunicaciones, sus problemas de salud, las dificultades financieras de mantener en pié la Fundación Mujica Lainez.  

Mujica Lainez se plantea desenredar los hilos de la Argentina oligárquica, de la Argentina de las „cabezas bien hechas“ como muchos críticos literarios, y escritores como Enrique Anderson Imbert la han llamado, pero lo hace desde adentro orientando la mirada hacia el exterior.

 Barbara Röhl- Schulze intenta un emparentamiento (soziologische Einordnung) de los escritores argentinos con la clase media, de lo cual resultaría que sus obras van igualmente dirigidas a un público de clase media. Rodolfo Borello apoya la tesis: "podemos afirmar sin lugar a dudas que la mayoría de los escritores argentinos se reclutan en la clase media, (...), algunos, muy pocos integran la llamada clase alta“.

Formulado así, la pertenecia a una determinada capa social indica por lo tanto, responder a intereses políticos y representaciones morales de la mayoría lectora, quitando la posibilidad de que mediante un conflicto de conciencia (Konfliktbewußtsein) los mismos escritores se erijan en los más representativos (cuando no incómodos) críticos de la clase de la cual provienen. 

En el caso Mujica Lainez, el escritor logra tomar distancia, ironizar, formular preguntas, aunque no juicios. La amargura y el duelo conque describe la decadencia de una época feliz desde el punto de la cultura, no es la queja de un gran burgués ante la pérdida del reino, sino la de un ciudadano atemorizado por el giro que los movimientos políticos van imprimiendo a toda una sociedad. Juan Jose Sebreli describe la transformación social producida por la toma del poder en manos del movimiento peronista de este modo: 
"la repentina aparición del peronismo (1944- 1955) en la apacible vida de la clase media produjo el mismo efecto de una piedra arrojada con fuerza en las aguas estancadas de un charco habitados por ranas dormidas.“

Si nos fiamos de las estadísticas que denuncian que durante el primer período de Juan Domingo Perón no se construyeron prácticamente escuelas, que aumentó el analfabetismo en las provincias del interior, que la llamada inauguración de hospitales sólo fue, por lo general, una ceremonia de cambio de nombres, los miedos de Mujica Lainez, ciudadano y escritor estaban fundamentados, a pesar de que tales atrasos no alcanzaran en forma directa a su clase.

1. El papel de las criadas.

Hoy un anacronismo en Europa Central, la servidumbre en Argentina fue y es en algunas regiones aún hoy un eslabón fundamental en la estructura de la familia. En sus relatos de viajes, Mujica Lainez cuenta cómo a su paso por Francia a principios de los años setenta, fue invitado por unos allegados a cenar en casa de una pareja dueña de un castillo medieval. La magnificencia de los platos, las cerámicas, los tapices no pudieron superar sin embargo la admiración del escritor invitado al exclamar: ¡Y ningún criado a la vista!  Una compatriota suya, escritora también, (me refiero a Silvina Bullrich), escribe en sus memorias, las dificultades económicas a las que se vió sometida al divorciarse y asumir la tutela de su único hijo. Cuenta ella la cantidad de trabajo a desempeñar, las obligaciones, los horarios estrictos, en fin. Tener una criada en casa, pero, que se ocupa de las labores hogareñas, cocina y educa a su hijo, encuentra la escritora sin embargo lo más normal. 

En los cuadros familiares de la literatura argentina desde la generación del ochenta hasta los sesenta, se habla de criados (así en plural), de servidumbre, de las muchachas, seres que por lo general han nacido en el seno de la familia, muchos de ellos reposan incluso en el panteón familiar, pero de los cuales ignoramos su edad, sus relaciones afectivas o familiares, las más de las veces su nombre. En Mujica Lainez nos serán presentados criados- protagonistas, en cambio, a la manera de las descripciones proustianas, donde la aparición de una lechera en una estación de ferrocarril de provincias se describe con todo detalle, mientras que Proust no desperdicia ni una frase para pintarnos las habitaciones en que viven personajes de destacada influencia social. (M. de Norpois)

La gran diferencia entre Mujica Lainez con respecto a la obra del escritor francés, radica en la ausencia de figuras familiares que cumplan una función de servicio, aunque estuviese éste limitado a la íntima esfera familiar, tal como lo hace la abuela de Marcel al dedicarse al nieto enfermo y llegar incluso a vestir un delantal como si fuese una criada.  

El ámbito de la casa ocupado por la servidumbre aúna a su calidez, a su olor a cocciones, a su atmósfera de trabajo y diversión, un aire de ilegalidad. Allí se suavizan las reglas sociales que rigen la familia en los pisos superiores donde las señoras se refieren a sus criados usando el  pronombre posesivo, es decir ubicándolos en la misma categoría de "mi collar de perlas“, "mis mármoles de Carrara“.

Mujica Lainez va todavía más allá, al mostrar una versión incluso humorística del motivo, presentándonos a una dama que exagera su asombro al descubrir que la "orina“ no es sólo cosa de indios (y de criados) como ella hubiera creído. 

En la novela corta El retrato amarillo, la oposición aquí- allí, Europa- América, criados - señores,  puesta simétricamente de relieve al comienzo, se subleva sin embargo hasta invertir los términos. 

El joven Miguel es retratado en la quietud de la quinta del Tigre donde vive con su madre y la servidumbre y donde espaciadamente recibe la visita de su abuelo. El anciano, que ha vivido y gozado veinte años en Paris, vegeta ahora en un hotel de lujo de la ciudad de Buenos Aires, lamentándose de la expulsión de su paraíso europeo. De visita en la quinta, donde pretende instaurar una falsa sucursal del modo de vida parisino, el anciano no traspasa los límites del salón, santuario de antigüedades europeas y lugar donde el nieto se halla incómodo: "como si fuese un extranjero y estuviese en la sala de un país cuyo idioma ignoraba“ (p. 30).

Asomarse a la cocina hubiera representado, para el abuelo, la confrontación con el mundo autóctono: la cocinera criolla con su charla plagada de argentinismos, la preparación de los manjares que nada en común tienen con la cocina francesa, la presencia de los animales domésticos, la rudeza del cochero, la simplicidad del resto de las criadas. Éste es, en definitiva, el territorio adoptado por el nieto: "Allí se sentía seguro, en el resto de la casa andaba perdido...“ (p. 20). 

Fuera de Paris, topos fantástico aunque se coresponda a un espacio real, el abuelo se siente de igual manera perdido, excluido del festín mundano: ni casa propia, ni idioma propio (se hace entender con una mezcla de castellano y francés), mientras que la vuelta a la Argentina es aceptada como una de las formas de la muerte: "Yo vivo aquí por austeridad. Es mi expiación“ (p. 111)

La contaminación entre una y otra esfera, cocina- salón, es resistida por ambas partes: los señores no permiten la entrada del perro favorito del joven al salón, porque sus movimientos descontrolados se acercan demasiado al primitivismo que suponen en la servidumbre (es decir, tanto uno como otros son incapaces de distinguir entre un objeto valioso y una imitación) , mientras que en la cocina, reino de la criolla a quien Miguel llama "mamá“, está tácitamente prohibido entrar con libros, imposición que a pesar de sus inclinaciones por la literatura, el joven acepta, sometiéndose a la autoridad de sus propia criada. La pintura del adolescente presenta sin embargo variados matices: si bien la cocinera representa el vínculo afectivo que reemplaza el faltante calor familiar, Miguel se cuida muy bien de idealizar al resto del personal, así,  el mozo de caballos, el cochero de su abuelo y  el resto de las criadas no merecen ser expuestos con rasgos definidos.  

Allí, en el rincón de los siervos,  se habla otro lenguaje, otras son las bromas, se ama de otra forma. La zona ocupada por la servidumbre es la trasposición del suburbio, del arrabal portuario al terreno familiar: el circo, la taberna y el prostíbulo. Allí se bailó el tango cuando todavía incluso la sóla mención de la danza manchaba la reputación del hablante. Muchas de esas criadas que aprendieron a bailarlo en los patios alejados de salón,  acabaron enamorándose de los rufianes que lo bailaban,  siguiéndolos hasta acabar - como cuenta Dieter Reichardt- como pupilas en el prostíbulo. Esta fuga del ambiente doméstico, sin duda puede también leerse como un acto emancipatorio, ya que la servidumbre sexual entraba dentro de las obligaciones no explícitas de la criada joven, actividades no explicitadas en contrato alguno y por lo tanto exentas de retribución. 

Por otra parte, la ascención legítima de la categoría de criado a participante de una velada de sociedad, es decir a la aceptación del trabajador dentro de parámetros de igualdad no sólo es imposible sino que se castiga con la humillación. Siguiendo con la novela de Mujica Lainez, por ejemplo, al comprobar la anfitriona que a su mesa se sentarán trece comensales, decide para salvar la situación, unir al grupo a un preceptor de su hijo. El invitado imprevisto, que conoce los grandes círculos sólo por referencias, emplea, en lugar del cotilleo oficializado de los salones, una instancia comunicativa demasiado elevada, es decir, de acuerdo a su idealización. Ignorando la proustiana idea de que toda comunicación es imposible, se complace en exponer su ilustración como si de una tarjeta de visita se tratara. El decimocuarto comensal confunde los códigos, interpreta la invitación como una ascención en su posición social, y es aparatado de la celebración como quien despide a un criado. 
 
Volvamos entonces al territorio de los criados y a la fascinación que emana en los hijos de familia. En principio, la trasgresión, luego la complicidad. A través del contacto con el miembro joven de la familia dominante, es decir de la versión disminuida de la autoridad del amo, el criado cree superar su marginalidad y el amo encuentra el afecto negado por su familia mientras cree sustraerse a las presiones de su clase social. En estas circunstancias puede ser incluso posible que las estructuras de poder se reviertan. Amo y esclavo se igualan por poder de intereses comunes. David Viñas va todavía más allá al agregar: "el pensamiento de la alta burguesía tradicional santifica aquello que se les parece“.

 Las apariencias engañan: al llegar a la pubertad, el compañero de juegos se transforma en amante prepotente, en usuario de bienes para los que no asume responsabilidades. Si de esa unión naciera un hijo, basta en la generalidad de los casos (exceptuando quizás las novelas de Cambaceres) con despedir a la criada trasgresora y emplear una nueva, poseedora de esa „inocencia natural „ una criada más cercana al bon sauvage que todo conquistador espera, es decir, libre de los recuerdos culpabilizantes de una infancia compartida.  

Por otra parte, la humilde muchacha que  desde la cuna está condena a una vida de servidumbre, adquiere por medio de la pertenencia al amo la continuidad biológica y  una "eventual y precaria significación“ para citar nuevamente a David Viñas. 

¿Hasta qué punto los personajes de Mujica Lainez se someten al esquema? Resumiendo brevemente el argumento de La casa:
La casa es la biografía contada en primera persona de una mansión porteña desde su construcción, en una de las calles más mundanas de Buenos Aires hasta su demolición a golpes de piqueta. La historia del monumento arquitectónico se mimetiza y ensambla con el apogeo y derrumbe de la oligarquía argentina ante la toma del poder por medio de un gobierno popular.La casa sirve de metáfora entonces, de la escisión de una sociedad en elementos irreconciliables y la posterior descomposición de los elementos que sostienen una forma de vida. 

A diferencia de los textos proustianos, el rescate de la historia por medio de la escritura le está vedado, porque La casa tiene el don de hablar pero no de escribir, por lo tanto su monólogo se diluye al derrumbarse las paredes. Escribir o recitar las memorias, tiene bastante que ver con la pérdida de las ilusiones, dice un escritor al prologar la versión española de la obra proustiana.

El texto de La casa es recitado para y hacia ella misma, por lo tanto el receptor desaparece junto con el emisor. La lucha contra el invasor es larga, a través de ella, la casa va cediendo terreno a la cada vez más amenazante horda de siervos. La primera pérdida es la de sus espacios vitales al trasformarse la biblioteca en aguantadero de un rufián. Más tarde pierde a sus habitantes legítimos, que mueren, enloquecen o huyen como María Luisa la refinada esposa del hijo mayor, quien incapaz de soportar una lucha desigual contra la servidumbre con pretenciones de propietaria, se marcha a Europa para no volver, es decir, retorna a la utopía de la clase pudiente argentina. 
Finalmente la casa pierde el testimonio de su propia historia incripta en un pergamino que la criada resentida arroja al fuego. La casa, madre y amante ella también, ha asistido al sacrificio de sus hijos a manos de la servidumbre.  

El único hijo restante se alía a las criadas usurpadoras para poder  sobrevivir y termina convirtiéndose en un traidor de su estirpe. Traidor es el que vive desgarrado entre dos lealdades, en la tierra baldía de la perfidia, dice Graciela Scheines .

Ya no la querida traída de París ni la legítima esposa con maneras de condesa, sino el sometimiento a una criada, Rosa, que lo seduce, lo engaña y lo degrada a convivir con ella en el cuarto de servicio. (Wohl bemerkt: Rosa es el nombre de una doncella de la novela proustiana y de la criada kafkiana de Ein Landarzt).

El rol de querida difiere sin embargo de la tradicional amante extranjera: la criada es criada y es amante, no ya contra su voluntad, sino como un eslabón más en su ejercicio de poder. Es ella quien dicta las pautas de la relación, y ni siquiera presiona al hijo de la familia con un matrimonio. Él, por su parte, juega con la idea de un matrimonio para atar a su amante de forma duradera; idea que desecha temiendo que ocurra el efecto contrario. 

El hijo de la casa ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y nuevas costumbres, ha sido asimilado por ellas y a su muerte, sólo un coro de criados y malevos le ofrece el último adiós. El último señor es despedido como si de un siervo se tratase. 

Cada habitación que se clausura es un capítulo de la oligarquía argentina que se cierra. Por eso, los ambientes clausurados adquieren una categoría sacral: si la casa representa en su unidad la psiquis, la conciencia del individuo y la clase, es natural que las criadas, ahora dueñas, teman acercarse a estas regiones desconocidas, poseídas sólo formalmente, pero aún habitadas por los espíritus del pasado. "Hier treten die Kollektivsymbole, daß heißt, die Verankerung komplexer, ikonischer, motivierter Zeichen, im Konflikt auf. (Jürgen Link)“ (tema de la lámpara de la entrada principal de la casa, antes y después de la decadencia). Um nochmals Link zu zitieren, der in seinen Schriften mehrmals zum metaphorischen "Anzünden neuer Lämpchen“  kommt: "Das elektrische Licht als Papst der Fortschrittsreligion“ mit dem evidenten Begriff "Beleuchtung“ bietet eine metonymische Nähe, örtlich und zeitlich, zur Aufklärung und Demokratie. Dagegen bedeutet die Weigerung der Diener, das Licht anzuzünden, eine freiwillige Rückkehr zu feudalen Verhältnissen. Zum Licht-Symbol gehört die symbolische Topik der Klarheit, daß heißt, die Wahrnehmung der Realität, begrenzt und hierarchisch organisiert, nach festen Regeln geordnet, genauso wie die Binäropposition Technik - Mensch. Aus der Sicht der Diener ist das die Umkehrung der Binäropposition: anstatt die Technik dem Menschen zu unterwerfen,  wird der Versuch unternommen, das Symbol selbst zu zerstören (Nicht zu vergessen ist dabei, daß die Link’sche Theorie auf das entscheidende Kopplungs- und Konfliktfeld zwischen der Logik der Arbeitsteilung und der Logik der Stratifikation - der Dynamik sozialhistorischer Blöcke - zurückführt!).

Las criadas, pudieron establecerse en las habitaciones principales del edificio, prefieren continuar en las habitaciones de servicio; pudiendo servirse del comedor decorado a la manera francesa, almuerzan encerradas en su cuarto; en lugar de las viandas y los vinos de los señores, consumen la comida simple que adquieren en una pizzeria. 

Graciela Scheines, en sus observaciones sobre la literatura argentina de la actualidad (observaciones que ella titula El fracaso de la novela argentina actual), habla de personajes que se preparan a lo largo de toda una vida para dar el gran salto que finalmente no dan. Una nueva modalidad del fracaso, dice la escritora, personajes que se pasan la vida planeando una revolución que no realizan.

Habiendose dado las circunstancias de cambio de mano en el poder, en  lugar de erguirse en dueñas de casa, como si toda la energía se hubiese agotado en los preliminares, acomodadas en la zona fronteriza, las criadas se transforman en esclavas de la estructura que las cobija y acaban siendo inmoladas por ella.

"Auch als Chef hätte er die Seele des Domestiken behalten“, dice Céleste Albaret a propósito de un conocido de Proust, aque aparece en la novela proustiana bajo el nombre de Jupien.