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LOPE DE VEGA. 1/10

por Arantxa Serantes
Estudiante de Humanidades de la Universidad de A Coruña
ISBN- 84-9714-090-7

 

Índice 
PREÁMBULO 
LOPE DE VEGA 
NOBLES AMIGOS Y MECENAS 
DUQUE DE SESSA 
PERFIL DE LOPE DE VEGA:
Remordimiento y culpabilidad 
Juventud y consistencia 
La obra 
IRONÍAS Y METÁFORAS.
METÁFORAS.
I. AUTOBIOGRÁFICAS.
II. ESCATOLÓGICAS.
III. AMOROSAS. 
IV. HIGIENICO-SANITARIAS.
V. MÉDICO-TERAPÉUTICAS.
AMARILIS.
CARACTERÍSTICAS DE SUS OBRAS MAS REPRESENTATIVAS.
LA TEORÍA: 
EL ARTE NUEVO DE HACER COMEDIAS EN ESTE TIEMPO 
LA FORMACIÓN DE LA COMEDIA.
LOS SIGNIFICADOS DE LA COMEDIA.
TRAGEDIA Y TRAGICOMEDIA.
LA POESÍA DRAMÁTICA DE EL CABALLERO OLMEDO.
EL LENGUAJE DE PERIBÁÑEZ.
EL HONOR: EL CASTIGO SIN VENGANZA.
EL PODER DEL AMOR: LAS DOS HERMANAS DE LA DAMA BOBA. 
EL PERRO DEL HORTELANO: BURLAS, VERA Y VERSOS.
BREVE ESTUDIO DE LA OBRA DE FUENTEOVEJUNA.
FUENTEOVEJUNA: COMEDIA HISTÓRICA.
LOPE DRAMATIZA UNA CRÓNICA:
protagonización colectiva.
escenario Y PALABRA.
personajes Y LENGUAJE.
acción Y ESTRUCTURA DRAMÁTICA.
movimiento DE LA ACCIÓN FRENTE A UNIDADES.
métrica.
LAS DOS ACCIONES DE FUENTEOVEJUNA.
BIBLIOGRAFÍA.


PREÁMBULO

LOPE DE VEGA.
Lope, el autor teatral, tenía necesariamente que vivir en constante con el Madrid farandulero de los «corrales de comedias» que, además de brindarle horizontes y ducados, es la residencia habitual del «mecenas» Duque de Sessa, y Madrid perdura en su obra y se enlaza a su vida desde que nace, en 1562, en la Puerta de Guadalajara.

Pero el que nazca y pase una gran parte de su vida aquí no es argumento que convenza para admitir que fuera el lugar que él, de haberlo podido hacer, eligiera para venir a este mundo.

Los lopistas madrileños Gómez de la Serna, Astrana Marín y Sainz de Robles mantienen una tesis discutible: el madrileñismo.

El popularismo es evidente que constituye elemento tradicional en la copiosa obra lopesca y que define, en síntesis, un perfecto y acabado examen de la constitución social del momento que vive.

El realismo es sorprendente en el Isidro, repertorio de escenas campesinas que huelen a campo, a aldea; en Peribáñez, canto a la siega; en Fuente Ovejuna, obra maestra y sugestiva por su certera visión y conocimiento antropológico y psicológico del pueblo, o en Los prados de León y Los Tellos de Meneses, donde amores y celos, bailes y canciones populares, son eco y reminiscencia de lo rústico.

Indudablemente, en Lope esta enraizado el origen montañés. No olvida las Asturias de Santillana y jura o promete no como madrileño, sino como montañés, aunque jamás conoció el  solar paterno.

Tampoco creemos que con este alarde geográfico tratase de mostrar hidalguía, aunque no sea inverosímil, ya que su amigo Quevedo, cortesano, embajador y con señorío, siempre que puede saca a colación el origen montañés, y Lope blasona de ello, sintiendo en su meollo y haciéndola suya la tierra que vio nacer a sus antepasados.

Por todo lo expuesto no podemos aceptar las afirmaciones de los biógrafos, y lo ponemos en duda porque, precisamente sin apasionamiento, aceptamos como bueno aquello que él dice o piensa.

Lo que es indiscutible es el sentimiento español, el patriotismo de Lope, al que todo le parece poco en alabanza y gloria de España. Es el poeta de su patria por instinto y por amor, y la siente como jamás nadie la haya sentido. En sus Rimas confiesa «y soy tan de veras español»; en Roma abrasada elogia la tierra fértil e inigualable «que no se cansa de producir sustento, plata y oro».

NOBLES AMIGOS Y MECENAS.

No es excepcional que Lope, casi adolescente, oriente sus actividades al cometido de secretario de próceres y magnates que le dan ocasión de conocer a personajes.

De los servicios a la nobleza fijaremos la atención en dos: el tiempo que le ocupa la servidumbre al Marqués de Sarria (posteriormente Conde de Lemos) y la de Don Antonio Álvarez de Toledo, Duque de Alba. El primero, por ser el origen de una amistad verdadera, y por degenerar en franca ruptura el otro.

Don Pedro Fernández Ruiz de Castro fue un señor en toda la acepción de la palabra y un mecenas sin afectación ni petulancia  que ofreció una desinteresada protección a Lope, Cervantes, etc. Con el Duque de Alba vive años de paz y sosiego en el retiro de Tormes; más, al dejar la casa ducal, las relaciones entre ambos no son cordiales, seguramente por culpa de su temperamento inestable y apasionado.

Parece increíble que el inmortal ingenio al que le sobran dotes para agradar y contentar a cualquier señor, por exigente que fuera, pudiendo ser secretario, gentilhombre de nobles ricos e influyentes como Lemos y Alba, cambie tan nobles menesteres y elija lo peor, transformándose en alcahuete de un anormal que vive al día y, para mayor escarnio, es veinte años más joven que él y no es inteligente, talentoso ni interesante.

Lope disculpa o no ve estos defectos del señor inexperto que tanto le ilusiona y, en su extraño embeleso, pierde el seso sirviéndole, amándole y adulándole.

DUQUE DE SESSA.

Casi todas las biografías de Lope de Vega, numerosas por cierto, conceden limitado interés a la poderosa influencia que, en la vida y actos del Fénix, determina tan larga e íntima relación; y como del epistolario se obtienen tantas enseñanzas para estudiar la personalidad ducal y Lope abunda en la sinceridad del íntimo coloquio.

En Lope no es posible plantear semblanzas, biografías y estudios biopatológicos sin ahondar en la psicobiografía de la persona que tanto influye en sus actos. Sessa fue estímulo para el temperamento delirante del criado.

El Duque es soberbio, vanidoso, y la nobleza que le vino, graciosamente por herencia, jamás se manifiesta con atributos de virtud, sangre y poder. En su carácter todo es egocentrismo, y Lope, desde el infausto día en que le conoce, pone gran empeño en suplir, con persuasiva prosa, lo que a juicio de todos le falta, señorío y dignidad, y en Toledo, allá por el año 1605, empieza a adularle.

Sessa  ha pasado a la historia por obra de Lope.

El lector, con la ayuda de Lope, irá sacando sus conclusiones a medida que avancemos en el análisis psicológico, pero anticipemos que - a nuestro juicio - Don Luis es prototipo del conquistador que presume de femeninas amistades con las que encubre su real impotencia para amar.

Las cuestiones que trataremos interesan realmente en un estudio de Lope de Vega que resultaría parcial e incompleto sin el análisis de situaciones producidas en una etapa crítica de su biología.

PERFIL DE LOPE DE VEGA.

Las cartas, el íntimo coloquio, indican que entre los años 1612-1628, la depresión y la melancolía perceptibles como «congojas y tristezas» aparecen y reaparecen, especialmente en 1617. La fuente de información sitúa cronológicamente episodios patológicos, permitiendo juzgar de su importancia por referencias del melancólico poeta que, en 1612, advierte: «...a mí viénenme unas borrascas a tiempo que me desatinas, mas sírvese el mismo luego de abonanzarse y quedo en paz...». Metáfora fiel de la cíclica depresión. En 1616 vive «...lleno de penas bajas...» o «...suspenso y en extremo triste...»; tampoco le faltan tristuras en 1617: «...dejéme llevar de mi tristeza y de ella la pluma...», y, alguna vez, no come ni duerme ansiando el morir como una liberación: «...que he estado con tantas desesperaciones que le he pedido a Dios me quitase la vida...».

El pobre Lope ha de afrontar la existencia así, pródiga en disgustos que agravan su natural condición.

Le imaginamos de vuelta a la «casilla», ensimismado, abatido: «...venía yo de San Bernardino con una profunda tristeza...» (Carta 425). Penas y soledad que son su cruz. Tristezas que, al correr del tiempo, serán cada vez más prolongadas, decreciendo - en cambio - las fases compensadoras de alegría exultante y frenesí: «...yo he estado con notable pena...», «...parecía imposible en la profunda tristeza con que me levanto...».

El «mecenas» le proporciona, con largueza y magnanimidad, decepciones, preocupaciones y disgustos. Unas veces es la intranquilidad de separarse del señor, convencido de que es olvidadizo y versátil. Mucho tuvo que sufrir ligado al tirano caprichoso y necio que, a sabiendas de que al secretario le va a llegar al alma, decide un viaje a Cataluña, sugiriendo a Lope los amargos comentarios o cuando despechado y malhumorado, sin perder la compostura, aunque sangre por la herida, escribe: 

«...paréceme que dice Vex que estoy de humor, pues le prometo que le tengo tan diferente que en mi vida he estado con más tristezas...allá sabrá Vex la causa...» (Carta 203)

Las desgracias familiares son otro motivo que contribuye, notablemente a hacer más lamentable su estado, especialmente la muerte de Carlos Félix, el hijo querido; el rapto de Antonia Clara; la desaparición de Lopillo y las amargas dolencias de «Amarilis».

Lope es vulnerable; su disipada vida ofrece ocasiones a enemigos y envidiosos para ensañarse con él por medio del libelo o el anónimo. No es hombre de anchas espaldas para soportar la pesada carga de la murmuración. Quisiera pasar inadvertido gozando esos tardíos placeres que, a raudales, le ofrece «Amarilis», y lamenta haber complicado su existencia con fugaces pasiones denunciadas, ahora, por «tirios y troyanos».

Góngora, afilando el venablo, lanza el arma emponzoñada que da en la diana, provocando una pena dominante a nuestro hombre, que abatido escribe: «...se me han agregado estos días infinitas, aunque parezca lenguaje de los gongorizantes, nacidas por ventura de envidia...».

Dice el adagio que «quien no se consuela es porque no quiere» y Lope encontrará atenuantes en las que amparar su constante pecar.

Amoríos y aventuras mujeriles le crean infinitos sinsabores que agravan su comprometida situación.

A las causas de depresión vinculadas a Sessa, desgracias familiares, contubernios amoroso, envidias, pleitos y libelos, frecuentemente aparece la insatisfacción en el trabajo habitual, desprecio de sí mismo y una singular convicción astrológica de su mala estrella. El triunfo, la fama como poeta y dramaturgo no llegan a satisfacerle y, dolido de las ligaduras que le atan a los corrales de comedias.

 Remordimiento y culpabilidad.

La conciencia le recrimina por su vida irregular, caótica, y aparecen en su personalidad, cíclicamente, crisis definidas exteriorizadas en actitudes bien elocuentes.
juventud y consistencia

Fernando, en La Dorotea, es el fiel retrato de Lope mozo; el que aguanta hielos y serenos arrimado a la reja de la amante, cual lebrel, como un perro obediente, o comportándose felón abofeteando fuera de sí a la dama de sus pensamientos. Un abúlico sin freno, con reacciones histéricas ante las desventuras de su pasión amorosa y que, sin apenas transición, pasa de las lágrimas a la inigualable inspiración de sus versos. Aquí tenemos el parnaso lopesco enriquecido con motivos, sensaciones, que derivan de su natural psiquismo.

Cuando enamorado locamente de Elena Osorio  sabe que le es infiel y que la familia se opone a unas relaciones que tienen eco ante su moceril osadía, Lope pierde la cabeza y como «...nunca gusté de desvanecer el sujeto, sino de mover la potencia que estuviese más de su parte, que el apetito altera la imaginación...», injuria a los que antes adoraba, y enfermo de amor, celoso y agitado, refleja en alguna escena de sus obras su torturante preocupación; ejemplo,  Los locos de Valencia...

...aunque más propiamente los antiguos
llamaron este mal de vuestra Fedra
Erotes, que es un género de tristes
que solo del amor están enfermos.
El frenesí conturba los sentidos
levanta en ellos furia y ciega cólera
hácese cuando acaso el que le tiene
percibe dentro, en sí, vanas imágenes...
Coincidiendo con la ruptura y el escándalo aparece «Amarilis», y Lope pierde la compostura. Nada le importan la sotana, el adulterio ni su reputación. Ama como un loco, con desenfreno, y sus celos alcanzan en un largo período de la consistencia inusitado dramatismo. Igual que con las cartas de Lucía, romperá -ciego de ira- otras de Marta, confesándoselo al amo ansioso de platos fuertes con salsas picantes, y así, esa pasión de los años serenos, su gran amor. Está, sin duda, tan cerca de la locura, tan en los límites que separan lo normal de lo anormal, que en varias ocasiones mezcla a su núbil hija Marcela en alcahueterías y misiones incalificables.
la obra.

Lopistas y eruditos están de acuerdo en que fue un asombroso trabajador, un «monstruo de la naturaleza» o quizá mejor «de naturaleza». En  1604, a los cuarenta y dos años, la obra lopesca ocupa más de 23.000 folios, lo que supone una producción aproximada a los veintiún millones de versos. El signo de la creación es la desmesura y jactarse de esta facilidad:

...Mil y quinientas fábulas admira
que lo mayor el número parece;
verdad que desmerece
por parecer mentira
pues más de ciento en horas veinticuatro
pasaron de las musas al teatro.
No apruebo este furor por admirarte.
Mas ya vimos Luquetos y Tizianos
pintar con las dos manos
sin ofender al arte;
que diestros puede haber cuando presumas
como de dos espadas, de dos plumas...
   (Égloga a Claudio)
y en esos momentos - tres años antes de morir - dice haber escrito 1.500 comedias, cifra inferior a la que admite Montalbán cuando le atribuye trescientas más, amén de cuatrocientos autos.
Escaso de tiempo, con apuros económicos, Lope escribe rápida, precipitadamente, y allí donde se le ofrece una situación interesante es donde especialmente se recrea talentoso; por eso dice Grillparzer que ninguno de sus dramas o comedias pueden, en su realización, calificarse de consumados.

El arte escénico produce el efecto de un sueño febril, y un sueño así es delirio, y el delirante un enfermo. Lope escribe apresuradamente y -como advierte Vossler-- se sorprenden fácilmente fallos, lagunas (arbitrariedad, incuria, confusionismo, etc.). Produce espontáneamente dejándose llevar de su estado de ánimo. Es el genio de la ligereza que, en su inigualable fecundidad, busca consuelo para sus aflicciones e íntimas congojas porque «crear es la gran redención del dolor y alivio de la vida» (Nietzsche).

El maestro Azorín lo advirtió también cuando es-cribió: «...unas comedias son complicadas y otras sencillas. En unas percibimos la fluidez y en otras la desgana. Una emoción intensa, un disgusto, una prisa, una interrupción embarazan al escritor y le hacen ser lento, complicado, turbio...».

Menéndez Pidal opina que en la obra lopesca conviven y actúan siempre elementos opuestos o contrarios: «...el espíritu creador oscila de un extremo a otro buscando la verdad, anheloso de encontrarla sin asentarse definitivamente en ninguno...», tesis sustentada por Vossler, para el que no existe otro autor que en forma más penetrante nos haga pasar del aturdimiento a la melancolía, de la necedad a la gravedad, de la embriaguez de los sentidos a la desolación. Por eso la imperfección del poeta debe criticarse como algo esencial, íntimo, pues aún en comedias escritas con sosiego y quietud, no puede resignarse el monstruo a excluir vehemencia y precipitación (confusión y olvido de personajes, falsas entradas y salidas, estrofas truncadas, etc., etc.).

La Araucana, según Menéndez Pelayo, es «pieza disparatadísima o más bien absurdo delirio»; El Cardenal de Belén, «comedia con desvaríos, absurda, monstruosa»; Roma abrasada, «irregular y de monstruosa estructura».

Con estos valiosos juicios, el autor afirma -sin temor a errar- que su temperamento es el único responsable. En resumen:

a) la obra refleja, a menudo, su estado anímico (emoción, decepción y otras vivencias íntimas) 
b)  la conciencia del propio valer, engreimiento y egolatría justifican la frecuencia del retazo autobiográfico.

Emoción, pasión, locura y furia amorosa se encuentran con obsesiva reiteración en sus comedias y allí los personajes enloquecen por celos y aparece como expresión de un sentimiento, el furor repentino, los arrebatos de ira, miedo, cólera o dolor. El amor -mejor la pasión amorosa- que él sitúa en el corazón, domina la trama de sus comedias y el galán enamorado tiene derecho a todo. 

Vossler cita, en apoyo de esta tesis, después de analizar minuciosamente la producción de Lope, obras como El infanzón de Illescas, La bella Aurora, Pobreza no es vileza, Querer la propia desdicha, Al pasar el arroyo y El acero de Madrid. Nosotros añadiríamos aún al tema de la pasión amorosa, en el plano atrayente del alma y las bajas pasiones, esas que según Lope radican en el cerebro: Argel fingido, Belardo, el furioso y La Dorotea.

Según estudios eruditos, La Gatomaquia corresponde a un período en el que el Fénix está animado de una plenitud optimista que exalta toda la composición.

Lope, genial, nos muestra la complejidad de su psique en todas las reacciones vitales: en sus actos, en sus cartas y en su obra; pero es necesario adentrarse más en el conocimiento de su carácter, a sabiendas que para el psicólogo o psiquiatra es fácil y sugestiva la explicación de los «enigmas lopescos». No ha lugar esgrimir otras razones que no sean las estrictamente psicopatológicas ni enfocar la cuestión, como lo hace Menéndez Pidal, por sendas tortuosas: «...la teoría del natural, la necesidad interna de la improvisación, la inquietud dramática de la época todo eso y no la invocada necesidad de lucro hacía brotar en la fantasía de Lope los inagotables veneros que forman la catarata de las 1.500 comedias, de los 900 versos diarios...»