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"Historia de México para principiantes".3
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

II.- Conquista de México y época virreinal
(1519-1808).

1- La Conquista y primeros gobiernos (1492-1535).

Fue gracias a los cuatro viajes que Colón realizó, entre 1492 y 1502, que se abrieron las puertas de América a los españoles. En la creencia de que las nuevas tierras eran un premio que Dios les había dado por haber expulsado a los árabes de su territorio, cientos de españoles emigraron rumbo a América con la ilusión de convertirse en propietarios de grandes tierras e increíbles tesoros que les permitieran salir de la pobreza. 

Los primeros establecimientos españoles en América se desarrollaron en la región Caribe, pero el agotamiento de los recursos naturales y humanos, así como la constante llegada de emigrantes fueron factores que orillaron a los españoles a buscar nuevos territorios al noroeste del continente.

El gobernador de la isla de Cuba, Diego de Velásquez, era un hombre ambicioso que sabía que en la medida en que fuera promotor de la búsqueda y conquista de nuevos territorios, su fama y riqueza se verían incrementadas considerablemente. En 1517 organizó la primera expedición española al actual México y puso al mando de la misma a Francisco Hernández de Córdoba, un experimentado militar que había colaborado con Velásquez en la conquista de Cuba. Las cosas marcharon bien para los expedicionarios en los primeros días del viaje pero cuando llegaron a las costas de Yucatán e intentaron establecer contacto con los mayas, pero éstos mostraron una actitud belicosa y mataron, en combate, a algunos españoles. Hernández de Córdoba no se dio por vencido y dio ordenó seguir bordeando la costa hasta llegar a lo que hoy en día es Campeche; sin embargo, la situación empeoró pues cuando los naturales vieron desembarcar a los españoles, los atacaron ferozmente. Muchos murieron y otros, entre los que se encontraba el capitán de la misión, quedaron heridos de gravedad. Después de este revés, la expedición inició el penoso regreso rumbo a Cuba en un viaje que culminó en 1518. 

Aunque la partida no había sido económicamente rentable, tampoco fue un fracaso rotundo, pues quienes participaron en ella aseguraron que se habían topado con pueblos con un mayor desarrollo cultural respecto a los existentes en el Caribe. La ambición de Velásquez se vio incrementada por considerar que a un mayor desarrollo correspondía una mayor acumulación de riquezas; por ello, organizó en el mismo año de 1518 una segunda expedición encabezada por Juan de Grijalva, otro veterano de la conquista de Cuba. 

A pesar de los informes que había recibido, Grijalva siguió los pasos de la primera expedición y aunque también tuvo enfrentamientos con los mayas de la costa, tuvo muy pocas bajas. Al pasar por Campeche decidió seguir viajando rumbo al noroeste hasta que llegó a Tabasco. Ahí decidió avanzar tierra adentro siguiendo la gran desembocadura de un río. Los indígenas de la región era más amigables que los mayas de la costa y, gracias a ello, los españoles pudieron desembarcar varias veces e intercambiar cuentas de vidrio por metales preciosos. Se cuenta que en uno de estos desembarcos Grijalva recibió una comisión del emperador mexica Moctezuma II que le colmó de regalos lujosos. 

Cuando la segunda expedición llegó a Cuba Juan de Grijalva llevaba un botín equivalente a 20 000 pesos y, lo que era más importante, las noticias sobre la existencia de un imperio —tierra adentro— inmensamente rico. El comentario bastó para que el gobernador de la isla comenzara a organizar una nueva expedición.

A inicios de 1519 Diego de Velásquez ya tenía lista una nueva expedición, la tercera, que iba a estar al mando de Hernán Cortés, un capitán extremeño de 33 años con quince de experiencia militar en América. A pesar de la amistad que les unía, en silencio, Cortés no compartía la ambición desmedida del gobernador de la isla quien, según se ha dicho, llegó a pedirle al extremeño que conquistara los territorios indígenas, despojara a sus habitantes de todo el oro que tuvieran y que no poblara las nuevas tierras con españoles, siendo esta última petición contraria a los deseos y órdenes de la Corona española.

Con el transcurso de los días Cortés no pudo seguir simulando. En cuanto ocasión le era propicia, Velásquez hacía ver al extremeño que aunque fuera el capitán de la expedición, era su subalterno. Cortés comenzó a quejarse de la humillación constante que padecía y sus enemigos en la isla, que no debían de ser pocos, aprovecharon el desliz para convencer al gobernador de que quitara el mando de la expedición a Cortés, quien al enterarse de este movimiento no perdió tiempo y anticipó el inicio de la empresa. El 18 de febrero de 1519, y sin el permiso de Diego de Velásquez, Hernán Cortés dio inicio, sin que lo supiera, al proceso que culminaría con la conquista de México-Tenochtitlán.

Tres días después de haber zarpado de Cuba, los españoles llegaron a cabo Catoche (Yuactán) en donde se encontraron con Fray Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, náufragos españoles que desde 1511 se habían integrado a la comunidad maya de la localidad. Cortés invitó a los náufragos a que se unieran a su empresa, pero Guerrero no aceptó pues se había casado con una princesa y tenía varios hijos con ella. Por el contrario, Aguilar aceptó la invitación y puso sus conocimientos de la lengua maya al servicio de los españoles.

Cortés y sus hombres siguieron las rutas trazadas por Hernández de Córdoba y Grijalva. Cuando llegaron a Tabasco, tuvieron algunos enfrentamientos con los caciques mayas que ahí vivían, pero al ser derrotados—gracias a los caballos, armaduras y armas de fuego— optaron por pactar con los invasores, a quienes agasajaron con alimentos, oro, mantas de algodón y jóvenes doncellas. Entre estas mujeres se encontraba una que se llamaba Malinalli, a la que también se le conoce como Malintzin, Malinche y Marina, quien tuvo un papel fundamental en la conquista por sus conocimientos de las lenguas maya y náhuatl. De esta forma, cuando Cortés quería preguntar a los indígenas algo, Aguilar hacía la traducción al maya y Malinalli del maya al náhuatl.

El primer contacto entre los mexicas y los españoles se dio a los pocos días, después de que los segundos habían fundado la ciudad de Santa María de la Victoria. La comitiva enviada por Moctezuma II quedó impresionada cuando Cortés y sus soldados desplegaron toda una escena "teatral" en la que sus caballos corrían de un lado a otros mientras que los europeos disparaban al unísono sus rifles y cañones. Los enviados se asombraron y confirmaron la procedencia divina de los extranjeros —a los que bautizaron como teules o dioses cuyo arribo coincidía con la fecha mítica de retorno profetizada por el dios Quetzalcóatl. La embajada de Moctezuma II puso a los pies de Cortés cuantiosos regalos (oro, joyas, ropa blanca) con la esperanza de que quedaran saciadas sus ambiciones y dieran marcha atrás. El efecto fue el contrario. Cortés interpretó que ello era una pequeña muestra de las riquezas que existían en esas tierras y, ahora con mayor ahínco, quiso penetrar tierra adentro para llegar a la capital del imperio mexica.

Antes de continuar con su expedición, Cortés tuvo que arreglar un problema. Consciente de que se había violado la ley al fugarse de Cuba sin el permiso de su gobernador, de quien dependía directamente, decidió darle legalidad a sus actos para evitar que Velásquez pudiera actuar en su contra. Junto a sus hombres Cortés fundó la Villa Rica de la Vera Cruz y, frente al ayuntamiento de dicha villa, renunció al poder que le había otorgado el gobernador de Cuba y asumió el nombramiento de Capitán General y de Justicia Mayor, con lo cual pasaba a depender directamente del rey de España, Carlos I.

En su camino rumbo a Mexico-Tenochtitlan, los españoles presenciaron los abusos que los tributarios de los mexicas sufrían, Cuando llegaron a Cempoala, el cacique del lugar —conocido como "gordo" por su sobrepeso— les brindó hombres, provisiones y datos sobre la región a cambio de protección militar. Esta alianza puso de manifiesto a Cortés que muchos pueblos odiaban a los mexicas, situación que podía serle favorable si llevaba a cabo, a lo largo de su camino, alianzas con los disconformes. 

La política de alianzas brindó sus frutos pues mientras los españoles pasaron por Puebla, los grupos indígenas se les unieron en la creencia de que eran dioses. Sin embrago esta circunstancia se transformó cuando llegaron a Tlaxcala. Se trataba de un estado que había logrado mantenerse independiente de los mexicas, quienes en venganza les habían impuesto un bloqueo comercial de algodón, cacao y sal. Cortés, envío a emisarios para pactar una alianza con ellos, pero Xicoténcatl, uno de los dirigentes tlaxcaltecas más notables, desconfío de los españoles y preparó la guerra contra ellos. Después de sufrir varias derrotas, los tlaxcaltecas reconocieron la superioridad de las tropas españolas y, también, vieron en ellas un medio para acabar con el dominio mexica. Cuando los españoles se encontraban descansando en Tlaxcala, otra comitiva de Moctezuma II llegó con regalos y un mensaje del emperador en que invitaba a Cortés a desistir en su idea de llegar a la capital del imperio. Esta invitación tampoco funcionó.

El ejército español, fortalecido con la incorporación de efectivos tlaxclatecas, se dirigió a Cholula, un estado autónomo que mantenía buenas relaciones con los mexicas. Cuando llegaron ahí, los cholultecas dieron, por órdenes de Moctezuma, una buena acogida a los españoles, hecho que generó suspicacias entre los europeos y que fue utilizado por los tlaxcaltecas para hacerles creer que se trataba de una conspiración. Cortés perdió el tiempo averiguando si existía tal confabulación y dio la orden de que se matase a los hombres, mujeres y niños de la ciudad. Se estima que fueron entre 4 000 y 5 000 las víctimas de este acontecimiento que se conoció como la "matanza de Cholula".

Después de lo sucedido en Cholula, los tlaxcaltecas guiaron a los españoles al valle de México a través de los volcanes en lo que hoy se conoce como "el paso de Cortés". En el camino, los caciques de los poblados ofrecían su amistad a los españoles quienes después de haber pasado por Amecameca, Chalco e Ixtapalapa lograron llegar a México-Tenochtitlán. Era el 8 de noviembre de 1519.

Cortés y Moctezuma se encontraron por primera vez en la acequia de Xólotl, en un punto localizado en la actual calle de Pino Suárez, cerca del Hospital de Jesús. Cortés quedó impresionado por la cantidad de gente que se congregó y también por el tamaño y lujo de la corte del emperador americano. Por su parte, Moctezuma II quedó asombrado por el color de los extranjeros y de los animales tan extraños que les acompañaban. El ambiente en estos primeros días era cordial; los españoles fueron hospedados en el palacio de Axayácatl; todos los días eran paseados por la ciudad mientras que Cortés y Moctezuma pasaban las noches platicando sobre la historia, religión, costumbres de sus pueblos. Sin embrago, la relación entre ambos pueblos comenzó a enfriarse a raíz de dos hechos. Llegaron noticias de que el cacique de Nauhtla había matado a un español; en respuesta, Cortés obligó a Moctezuma, quien no estaba de acuerdo con ello, a que castigara a su vasallo con la muerte. En otra ocasión, Cortés entró al Templo Mayor y comenzó a destruir las estatuas de las divinidades por considerarlas contrarias a la religión católica. Pero el culmen de esta situación fue cuando el propio Cortés aprisionó a Moctezuma en un intento por evitar un posible levantamiento de los mexicas.

En tanto que esto sucedía en la capital del imperio mexica, tropas enviadas por Diego de Velásquez, y capitaneadas por Pánfilo de Narváez, desembarcaron en Veracruz con la orden de aprisionar a Cortés y su gente para regresarlos a Cuba. Cuando Cortés se enteró de ello, dejó al mando a Pedro de Álvarado y salió, con varios hombres, rumbo a Veracruz para enfrentarse a Narváez. Fue en Cempoala donde se dio el choque entre los dos ejércitos españoles, siendo el de Cortés el que se impuso. Narváez fue aprehendido y enviado a Cuba, mientras que sus armas y soldados quedaron en manos del vencedor.

Por su parte Pedro de Alvarado empeoró la situación de los españoles en México-Tenochtitlán pues después de que autorizó a los mexicas a llevar a cabo una celebración religiosa en el Templo Mayor, hizo acto de presencia en el lugar e inició una escabechina que pasó a la historia como la "matanza del Templo Mayor". El enojo cundió entre los indígenas, se armaron y salieron a las calles para pelear contra los españoles y tlaxacletcas, quienes tuvieron que refugiarse en el palacio de Axayácatl y comenzaron a padecer los estragos de un sitio cruento. Es por ello que cuando Cortés llegó a la capital mexica vio las calles vacías y los pocos mexicas con que se encontró mostraron una actitud hostil hacia él. Al penetrar en el palacio, el conquistador fue puesto al tanto de los hechos que habían generado la rebelión y, tras meditarlo durante un tiempo, decidió que una solución al problema era obligar a Moctezuma a que calmara a sus vasallos. El emperador salió a un balcón para enfrentarse a una turba furiosa que al verlo comenzó a reclamarle y a lanzarle piedras, una de las cuales le pegó en la cabeza y le causó la muerte. Los nobles mexicas no perdieron el tiempo, se reunieron y escogieron como nuevo emperador a Cuitláhuac, joven guerrero que ordenó el fortalecimiento del cerco. Frente a este fracaso, los españoles comprendieron que la única opción que les quedaba era intentar romper el sitio y salir de la ciudad. En la madrugada del 1 de julio de 1520, los españoles —que ya se habían repartido el oro encontrado en el palacio de Axayácatl— y los tlaxclatecas dejaron el lugar en la mayor de las calmas. Cuando avanzaban por la calzada de Tacuba los mexicas se percataron del escape e iniciaron la persecusión. Cientos de españoles, tlaxcaltecas, cañones y caballos se agolpaban al mismo tiempo por la estrecha calzada; por ello, fueron muchos los soldados y caballos los que perecieron ahogados mientras que casi la totalidad de la artillería quedó en el fondo del lago de Texcoco. Los sobrevivientes pudieron descansar al llegar a Popotla, lugar donde se dice que Cortés se apoyó en un árbol, que aún existe, para llorar amargamente por la derrota que había sufrido esa noche, conocida a partir de entonces como "la noche triste". Los españoles no se quedaron ahí y siguieron su camino hacia Tlaxcala para recuperarse y organizar un contraataque.

Estando en Tlaxcala, Cortés comenzó a planear una nueva campaña contra los mexicas basada en la idea de conquistar todos lo territorios ubicados entre este señorío y México-Tenochtitlan en una especie de cerco que se iría cerrando conforme los conquistadores se fueran acercando a su objetivo. Mientras tanto, en la capital mexica, se había desatado una epidemia de viruela, mal probablemente llevado por uno de los soldados de Narváez. Por tratarse de un mal jamás visto en el mundo prehispánico los indígenas fueron victimados en grandes cantidades, siendo la víctima más importante el joven Cuitláhuac que, tras haber perecido, fue substituido en el cargo de emperador por el noble Cuahtémoc.

Desde finales de 1520, los españoles recurrieron a las armas y las alianzas para llegar de manera salva al valle de México. Ahí Cortés comenzó a poner un cerco tenaz contra la capital mexica que para muchos no era otra cosa que su venganza por la humillación recibida en la "noche triste". Gracias al apoyo de los reinos colindantes con Tenochtitlan, los españoles bloquearon las salidas de las calzadas y utilizaron los bergantines (navíos de pequeño tamaño equipados con cañones) para vigilar las costas del islote. A partir de este momento ni una sola persona podía entrar o salir de la ciudad sin el consentimiento de los españoles. No conforme con lo anterior, Cortés dio la orden de que se rompiera un tramo del acueducto de Chapultepec para privar a los mexicas de agua potable (la del lago era salada). A pesar de estas adversidades los mexicas aguantaron estoicamente el sitio de su ciudad y cuando los españoles comenzaron a invadirla el 13 de agosto de 1521 la defendieron ferozmente. La lucha entre ambos bandos fue despiadada, según lo comentan los relatos europeos e indígenas, pues en cada calle se podía ver como grupos de soldados mexicas y de españoles combatían y cuando los segundos triunfaban no podían avanzar mucho pues un nuevo contingente indígena les hacia frente. La matanza culminó cuando los españoles por fin pudieron aprehender a Cuauhtémoc, quien al verse privado de su libertad, según cuenta la leyenda, pidió a Cortés que le diera una puñalada pues había hecho todo lo posible por defender a su gente. El español hizo caso omiso de sus palabras y, por el momento, le perdonó la vida.

Son varios los especialistas que afirman que la conquista de México-Tenochtitlán fue la más sangrienta y debastadora de todas las realizadas por los españoles en América. De la otrora majestuosa y orgullosa capital indígena sólo quedaban piedras amontonadas y maderos quemados; de los mexicas, ese pueblo altivo, cadáveres y rostros fantasmales.

Terminada la conquista, Cortés tuvo que hacer frente a los problemas que de ella habían derivado. El primero era la cuestión del gobierno, tarea sencilla en papel pero extremadamente espinosa en la práctica. Desde la fundación del Ayuntamiento de la Villa Rica de la Vera Cruz, el conquistador ostentaba las funciones de capitán general y gobernador de la Nueva España, funciones que le fueron ratificadas por la Corona en 1522. Aunque Cortés tenía todo el poder en el territorio, escogió a gente de su confianza, como era la costumbre, para ostentar los cargos políticos y judiciales más delicados, con lo cual se ganó la animadversión del resto de los conquistadores. Cuando consideró que había establecido las bases de gobierno novohispano, el extremeño no perdió el tiempo y se lanzó a nuevas empresas militares pues, como él mismo lo decía, era más "un hombre de hacer que de pacer". Decidió llevar a cabo una expedición a las Hibueras (hoy en día Honduras) en 1524, pero sólo marchar, estalló un conflicto entre sus enemigos y detractores, quedándose con el poder los segundos. Éstos llevaron a cabo una política de persecución contra los primeros. Producto de lo anterior fueron dos hechos: el regreso de Cortés a la capital novohispana en 1526 y el envío, por parte de la Corona, de un juez que enjuiciara a Cortés y quedara con el mando de estas tierras. El juez, Alonso de Estrada, gobernó hasta 1529, año en el que fue removido pues terminó por tomar partido en los conflictos internos.

Frente a estos fracasos, Carlos I creyó conveniente, en 1528, dar el gobierno de Nueva España a una Audiencia en la que su presidente y sus cuatro oidores tuvieran poder absoluto. Este intento fracasó pues quien quedó al mando de este organismo fue Beltrán Nuño de Guzmán, un aventurero corrupto y despiadado que no perdió el tiempo para coludirse con sus compañeros y cometer una serie de tropelías contra los indígenas (incremento desmedido de los tributos) y los españoles, (se les arrebataron sus encomiendas a los seguidores de Cortés). Esta conducta fue tan escandalosa que el obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, envió reportes al rey de España sobre lo que sucedía en Nueva España. Carlos I suprimió a esta Audiencia y la substituyó por una segunda, en 1530. Para evitar los abusos que ya eran, para entonces, tan característicos de los territorios españoles en América, nombró como presidentes y oidores a gente de comprobada calidad moral como Vasco de Quiroga. Esta Audiencia trabajó a favor de la Corona al imponer el orden en Nueva España al suprimir todo lo hecho por la Primera Audiencia, regresar a la "normalidad" a la población indígena y realizar el juicio de residencia (practicado a todos los representantes del rey que gobernaban en América) a Nuño de Guzmán. 

En cinco años, la Segunda Audiencia logró imponer un orden que jamás se había vivido en estas tierras y, sin embrago, como si se tratara de un castigo, en 1535 Carlos I decidió hacer cambios políticos trascendentales. No es que la Audiencia lo hubiera hecho mal, por el contrario, el rey le estaba muy agradecido, pero también deseaba instaurar una forma de gobierno que le fuera más leal que cualquier otra y que, paralelamente, controlara a los españoles quienes, so pretexto de la distancia, mostraban demasiada autonomía. Fue por estas razones que Carlos I decidió convertir a Nueva España en un virreinato.