- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
 
 
"Historia de México para principiantes". 4
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

2.- La época virreinal (1536-1700).

El Rey de España era el máximo gobernante de Nueva España, pero como no podía venir a estas tierras y gobernarlas directamente, enviaba a un representante suyo para que tomara medidas en su nombre. A este representante se le conocía como "vice rey" o "virrey".

El virrey en Nueva España tenía, aunque fuera en teoría, el poder absoluto en el virreinato. Cinco eran los cargos de lo virreyes. Como gobernadores debían de vigilar que los indígenas no fueran maltratados; designar a los cargos políticos de baja jerarquía; atender las cuestiones relacionadas con la alimentación, moral y salubridad y expedir decretos. Como capitán general debía encargarse de la pacificación del territorio, principalmente en zonas donde los indígenas fueran sedentarios, y de defenderlo de un posible ataque extranjero. En su función de superintendente de la Real Hacienda se encargaba de las finanzas del virreinato. Como vicepatrono de la Iglesia tenía la autorización para intervenir en asuntos de los cleros regular y secular, así como de proveer a los curatos de sacerdotes propuestos por los obispos.

Con el Virrey, también gobernaba la Audiencia, formada por un presidente y cuatro oidores. Fungía como la principal autoridad judicial en Nueva España. A través de tribunales civiles y criminales administraba la justicia, mientras que con los tribunales de apelación podía revertir sentencias dadas por el virrey, personaje al que aconsejaba en asuntos administrativos y judiciales y al que podía suplir en su ausencia. La Audiencia, a final de cuentas, fue creada por la Corona española para limitar el poder del virrey e impedir que cometiera excesos.

Las ciudades más importantes se encontraban gobernadas por los corregidores, españoles escogidos por el rey para desempeñar tal labor. Sin embargo, los alcaldes mayores —que colaboraban estrechamente con los corregidores— eran escogidos por el virrey y su función era la de recaudar y administrar los tributos. Debajo de ellos se encontraban los ayuntamientos, conformados por los habitantes españoles de las ciudades donde se habían fundado los ayuntamientos. En su interior se encontraba el cabildo o concejo municipal formado por los alcaldes menores y los regidores, quienes se encargaban de aplicar las disposiciones virreinales o, bien, de arreglar problemas locales de poca importancia. En las comunidades indígenas también se aplicó el modelo municipal pero con ciertos cambios pues ahí se prohibió la penetración de los blancos (salvo los sacerdotes y misioneros) y se dejó el sistema de los señoríos controlados por caciques, que recibieron el trato de nobles y obtuvieron privilegios como la exención del pago de tributos. 

Conforme se fue generando la expansión territorial novohispana en los siglos XVI, XVII y XVIII, los corregimientos, alcaldías mayores y los cabildos fueron organismos que adquirieron mayor importancia pues se convirtieron en los únicos medios para mantener el control político y económico español en este territorio.

Como se había mencionado antes, las cuestiones del descubrimiento, conquista y colonización de territorios en América están vinculadas a la búsqueda y posesión de minerales precisos. Nueva España no fue la excepción. Habrá que recordar que la doctrina económica en boga en el siglo XVI era la mercantilista, cuyo principio rector era que la riqueza de un país radicaba en la cantidad de metales precisos que tuviera. Ello, por supuesto, no se oponía a la acumulación de tierras como un medio para generar riquezas a los individuos. Es por lo anterior que en esta época se estableció una estrecha relación entre el tipo de propiedad de la tierra, las diferentes formas de trabajo indígena y las actividades económicas tradicionales (agricultura, ganadería...)

La encomienda fue el primer tipo de propiedad de la tierra que los españoles pusieron en vigor. Su origen se vincula a la misma conquista de México-Tenochtitlan, pues cuando ésta culminó, los conquistadores cayeron en la cuenta de que el botín de guerra era escaso. Quedaron muy molestos y Cortés, antes de que hicieran una revuelta, violó las ordenanzas de la Corona y comenzó a repartirles encomiendas.

El dueño de una encomienda —encomendero— no recibía la propiedad de la tierra y de todo lo que en ella hubiese, sino el derecho de su usufructo, a cambio de lo cual se comprometían a ser fieles a la Corona y facilitar la evangelización y educación de los indígenas —también llamados encomendados—. En la práctica este sistema fue un fracaso por los excesos cometidos por los encomenderos, quienes sin importar lo que la legislación y la Corona les exigían, hacían lo que se les venía en gana. Se quedaban con una porción mayor de lo que les correspondía de los tributos, exigían oro como tributo a los indígenas, les obligaban a permanecer fuera de las tierras de sus comunidades por más de veinte días y no se preocupaban por su evangelización; todas ellas violaciones flagrantes de las Ordenanzas de buen gobierno emitidas por Cortés en 1524.

La Corona veía con malos ojos este sistema por ser evidente que los encomenderos estaban adquiriendo mucho poder y mostraban una creciente independencia de la metrópoli, de España. En 1542 el virrey Antonio de Mendoza, por órdenes de Carlos V, mostró firmeza al firmar un decreto en el que se establecía que no se iban a dar más encomiendas y que los nietos de los encomenderos no heredarían ese privilegio, pues las encomiendas pasarían a manos de la Corona. 

A inicios del siglo XVII la encomienda, como sistema, se encontraba en decadencia gracias a la labor realizada por la Corona y al dramático descenso que la población indígena sufrió en la segunda mitad del siglo XVI.

A la encomienda le sucedió el repartimiento. En él, todos los indígenas entre los 14 y los 60 años (a excepción de los nobles de cada comunidad) debían realizar trabajos forzosos a favor de los empleadores españoles. Las comunidades enviaban cada seis meses sus cuadrillas y las labores no debían durar más de dos semanas. A los indígenas se les empleaba en trabajos agrícolas, mineros, de obras públicas y hasta de servicio doméstico. A cambio, cada uno de los trabajadores recibía una paga proporcional al tipo y tiempo de trabajo realizado. En cada repartimiento estaban los oficiales reales cuya labor era la de evitar que los empleadores españoles abusaran de los indígenas.

A inicios del siglo XVIII la Corona suprimió los repartimientos por la presión de los sacerdotes protectores de los indígenas y por considerar que se trataba de un trabajo forzoso. En su lugar, se dio el trabajo libre asalariado en el que los trabajadores agrícolas, industriales, ganaderos y mineros se ponían de acuerdo con el empleador para recibir un salario por su quehacer.

En otro orden de ideas, uno de los efectos generados por la conquista fue el de la unieron de las estructuras de producción española y mesoamericana. Llegaron nuevos animales (caballos, vacas, ovejas, cabras, pollos), instrumentos de trabajo (rueda y molinos) y cultivos (trigo, caña y lino) que se combinaron con los utilizados por los indígenas (Guajolote, coa, henequén, maíz ...).

El desarrollo de las actividades económicas en Nueva España no fue un proceso anárquico o improvisado; la Corona española lo ideó de tal forma que satisfaciera sus necesidades económicas y comerciales. No es de extrañar, entonces, que al interior del virreinato —como en el resto de la América Española— se diera una especialización regional en la producciones de bienes y servicios.

Inicialmente la agricultura tuvo un desarrollo lento como consecuencia de la necesidad de climatización de los cultivos traídos desde Europa y por el desinterés de los españoles por realizar ellos mismos este tipo de trabajos, a los que por ser manuales consideraban como inadecuados para ellos. Sin embrago, con el paso del tiempo gran parte de los productos agrícolas españoles se comenzaron a producir en estas tierras y se incorporaron a los hábitos alimentarios de los novohispanos. Curiosamente hubo productos, como la vid y el olivo, que por su calidad y su cantidad tuvieron que ser prohibidos por la Corona porque afectaban a los comerciantes que traían tales productos de España y pagaba altísimos impuestos de importación.

La llegada de los españoles generó un cambio trascendental en la producción agrícola. Implantaron el sistema de rotación e cultivos, gracias al cual se lograba darle más "vida" productiva a las tierras y generar un desgasto homogéneo de sus nutrientes. También incrementaron la producción de las tierras al usar los abonos animales y le imprimieron velocidad al sistema de siembra a través del arado, la rueda y la yunta.

Los indígenas, principales afectados por esta revolución agrícola, supieron adaptarse muy bien a los nuevos tiempos pues, por un lado, siguieron consumiendo de manera generalizada maíz, fijol, chile y maguey y, por el otro, incorporaron en su vida, aunque fuera en pequeñas proporciones, trigo, caña de azúcar y lino.

Las regiones del interior del virreinato se especializaban en el cultivo de trigo maíz, frijol, calabaza y cebada, mientras que en las costeras se producían cacao, caña de azúcar, algodón, vainilla y añil.

A diferencia de la agricultura, la ganadería no tuvo problemas en su desarrollo en Nueva España. Las razones son simples: en el mundo mesoamericano no existían animales de carga y de tiro y, además, las condiciones geográficas y climatológicas —grandes planicies y climas templados— favorecían el desarrollo ganadero del virreinato,

Desde el principio, el caballo se convirtió en un animal esencial para los españoles del virreinato pues además de ser un símbolo de estatus, por su precio, era un medio de transporte vital para recorrer las grandes distancias existentes en Nueva España. Con el paso del tiempo, la proliferación de este ganado fue tal que sus precios bajaron tanto que hasta los blancos y mestizos pobre pudieron adquirirlo.

Los burros también fueron importantes. Traídos de España, los burros eran utilizados como animales de tiro y carga, por lo que ayudaron a que los cargadores indígenas —tamemes— dejaran esa pesada tarea y se dedicaran a otras menos exigentes.

Además de estos animales, el ganado vacuno, porcino, ovino y caprino también proliferó en el virreinato. Fue tanta la aceptación que estas bestias recibieron por parte de los indígenas, que rápidamente se multiplicaron. Los hábitos alimentarios de las comunidades se transformaron pues cabras, vacas, aves de corral y cerdos se convirtieron en parte de la dieta indígena. Las ovejas también fueron aceptadas por los indígenas ya que gracias a ella comenzaron a utilizar ropa de lana.

Los españoles se dedicaron a explotar el ganado mayor y obtenían ganancias considerables comerciando con la carne y los cueros de toro y de vaca. Este tipo de ganado generó un serio problema: frecuentemente invadía las tierras de las comunidades indígenas, causando daños y problemas entre ganaderos e indígenas. Conforme la ganadería se fue desplazando al norte del virreinato, donde escaseaban las comunidades indígenas, el problema fue resolviéndose.

Fue la minería, sin lugar a dudas, la actividad económica más boyante de Nueva España y, en consecuencia de España. Como el subsuelo pertenecía a la Corona, ésta lo concesionaba a particulares en un deseo por favorecer la explotación de los metales preciosos. Quien adquiría la mina debía de pagar a la Corona anualmente el equivalente a un veinteavo de la producción de la mina, y además, pagar un quinto del valor de cada lingote de oro y plata que le eran quintados por representantes del gobierno español.

Conforme Nueva España creció hacia el norte, la actividad minera fue creciendo. La llegada de los españoles a la región de Guanajuato marcó el inició del desarrollo minero novohispano pues, según se decía en el siglo XVI, la región era tan rica en plata que las vetas se veían en el suelo. A pesar de ello, la minería tuvo que afrontar y resolver dos problemas: la mano de obra y el proceso de depuración de la plata. 

Así como la región central estaba densamente poblada por indígenas, en el norte éstos eran pocos y, por lo tanto, escaseaban las personas que pudieran trabajar en las minas. Fue a través de la contratación de mano de obra libre y del uso de esclavos de origen africano —efectivos por su condición física y por estar acostumbrados a las altas temperaturas— que se pudo resolver este problema. 

Inicialmente el proceso de refinación de la plata era largo costoso pues se basaba en la trituración de piedras para obtener el mineral que posteriormente era fundido. A finales del siglo XVI un minero novohispana encontró una técnica más efectiva: la amalgamación, sistema más sencillo y económico en el que el uso del mercurio (traído de Perú y Alemania) ayudaba a purificar el metal.

Para satisfacer las necesidades manufactureras del virreinato, los españoles echaron mano, inicialmente, de los indígenas; pero conforme el número de éstos disminuyó y el de los blancos aumentó, comenzaron a surgir organizaciones gremiales al estilo europeo para cubrir la demanda.

Desde el inicios de la presencia española se dio la proliferación de los obrajes, centros textileros que se encargaban de fabricar textiles de algodón, lana y seda cuya demanda era tanta que hubo períodos en los que no toda la población novohispana podía disponer de ropa para vestirse. Habitualmente los textiles producidos en Nueva España eran de calidad y de buen precio, por lo que una gran porción de la población tenía acceso a ellos.

Siempre hubo un rico, pero irregular, intercambio comercial entre la nueva y la vieja España. El tráfico comercial, controlado por la Casa de Contratación de Sevilla, se basaba en las necesidades económicas que sufrían tanto la metrópoli como el virreinato. Productos europeos, vino y aceite de oliva, y asiáticos, porcelanas y joyas, eran intercambiados por cueros, plata, vainilla y cacao. 

Esta actividad tenía como escenarios a los dos puertos novohispanos más importantes: Acapulco y Veracruz, que recibían tanto los barcos provenientes de Filipinas, como aquellos que habían zarpado desde Sevilla. Cuando los productos extranjeros llegaban a uno de estos puertos, eran transportados a la ciudad de México y de ahí se redistribuían por el resto de Nueva España. Esta situación conllevó al surgimiento de un sólido grupo de comerciantes que se agrupó en el Consulado de México que, entre otras tantas funciones, controlaba las actividades comerciales interoceánicos en conformidad a sus deseos económicos.

Otro de los restos a los que se tuvieron que enfrentar los españoles en Mesoamérica fue el de la evangelización de sus pueblos. Los europeos consideraban que el descubrimiento y conquista de América eran premios que Dios les había dado y que, a cambio, les exigía que enseñaran la doctrina cristiana a los originarios de estas tierras. Los encargados de llevar a cabo esta titánica labor fueron los misioneros, es decir, los miembros del clero regular.

Entre 1524 y 1576 llegaron a Nueva España los franciscanos, los dominicos y los agustinos y los jesuitas (por este mismo orden). Las tres primeras órdenes habían tenido una tradición misionera en Europa que aunanada a la pobreza con la que vivían sus miembros, les permitió acercarse a las comunidades indígenas en tiempos donde los indios sufrían tantos abusos de los blancos que desconfiaban mucho en ellos sin importarles el tipo de trabajo que ejercieran. Sin embargo, la aceptación de lo misioneros también se debió a que los indígenas comprendieron que ellos poco o nada tenían que ver con los abusivos encomenderos o con los belicosos soldados.

Los franciscanos ocuparon los territorios de Jalisco, México, Michoacán, Zacatecas, Yucatán y parte del norte del virreinato; los dominicos hicieron lo propio en Chiapas, Guatemala, México, Oaxaca y Puebla, mientras que los agustinos en México y Michoacán Los jesuítas establecieron en la ciudad de México colegios y realizaron una notable labor evangelizadora entre los grupos chichimecas del norte del virreinato.

Los medios utilizados por los evangelizadores para realizar su trabajo fueron muy variados aunque casi todos partían del principio de aprender las lenguas indígenas. Hubo quienes se dedicaron a evangelizar y educar a los niños indígenas nobles, dejando a un lado al resto. Otros estudiaron las creencias, costumbres y ritos mesoamericanos para buscar paralelismos que facilitaran la enseñanza y el aprendizaje de la nueva religiosa. Aquellos más versados en la didáctica no dudaron en recurrir a los cantos, pinturas y representaciones teatrales para hacer comprender a los indígenas las enseñanzas de Cristo. Se cuenta que fray Juan de la Caldera gustaba lanzar gatos vivos a una olla con aceite hirviendo para demostrarle a sus indígenas los padecimientos que sufrían las almas que iban a dar al infierno.

A lo largo de los 300 años de dominación española en el virreinato, la Iglesia, como institución, creció también gracias a la labor del clero secular. Desde un inicio se organizó en diócesis y provincias eclesiásticas que le permitían no sólo favorecer el proceso de evangelización, sino también controlar a los evangelizados. Con el paso del tiempo, y gracias a los diezmos, donaciones, obvenciones y herencias, la Iglesia católica comenzó a acaparar una gran cantidad de tierras y productos de lujo que eran administrados por el clero secular que, a su vez, tenía fama entre los regulares de vivir con muchos lujos y fastuosidad. No es de extrañar que las disputas entre ambos grupos de la Iglesia fueran constante durante todo el período virreinal. Con peleas o sin ellas, lo cierto es que la Iglesia se convirtió en una potencia económica tan fuerte que se calcula poseía una sexta parte de todas las tierras del virreinato.

Mucho se ha dicho sobre la inquisición y una gran porción de ello forma parte de la leyenda negra que los ingleses crearon desde el siglo XVII. Establecida en Nueva España desde 1571, la Inquisición —o Tribunal del Santo Oficio— era el organismo encargado de la preservación de la pureza religiosa en estas tierras. Cabe aclarar que su postura frente a los herejes era, en principio y en la medida de lo posible en un marco de nula libertad de expresión, flexible. La persona enjuiciada por primera vez y que era hallada culpable se llamaba lapso y se le dejaba libre, pero en caso de reincidir se les llamaba relapsos y ya no tenían perdón, aunque la pena la imponía el poder civil y no la Inquisición. Claro está que se utilizaba la tortura a través de métodos por demás conocidos, pero ésta sólo se ponía en práctica cuando el acusado no confesaba el delito que supuestamente había cometido. Es lógico pensar que hubo inocentes que se declararon culpables para evitar padecer el dolor generado por el potro, los azotes... Otra parte de la leyenda negra es la de las ejecuciones públicas realizadas por el Tribunal del Santo Oficio. Se ha creído por mucho tiempo que era una práctica común el ajusticiamiento de los culpables en la Plaza de Santo Domingo (localizada frente a la sede de la Inquisición), pero bastó el trabajo de archivo para notificar que entre 1571 y 1821 se ejecutaron en público a 51 personas, lo que da un mísero promedio de una ejecución casi cada cinco años.

Desde el inicio del dominio español se impuso en Nueva España un sistema social jerarquizado e inflexible en el que el patrón étnico sirvió durante más de dos siglos como elemento estratificador.

En lo más alto de la sociedad novohispana se encontraban los españoles quienes, por haber realizado la conquista de estas tierras o descender de aquellos que llevaron a cabo tal proceso, se habían adueñado de estas tierras. Ahora bien, con el paso del tiempo comenzaron a distinguirse dos tipos de españoles: los venidos de Europa o peninsulares y los nacidos en América o criollos. Lo curioso era que aunque la ley establecía que ambos eran españoles, en la práctica los segundos eran discriminados por los primeros.

Muchos de los peninsulares que en la época virreinal llegaron a estas tierras lo hicieron como acompañantes de los virreyes, como profesionistas pobres que querían abrirse campo, como bribones que querían hacer rápidamente "la América" o como pillos y mendigos. Todos ellos compartían la ambición de enriquecerse, con medios lícitos, unos, o ilícitos, otros. Era palpable que los peninsulares tenían los mejores puestos administrativos y religiosos, y que eran muy apreciados por las familias criollas, las cuáles soñaban con que sus hijas se casaran con peninsulares para adquirir prestigio y mejorar a nivel social, sin importar que los maridos fueron unos "don nadies" u hombres sin oficio ni beneficio. La mayoría de los peninsulares vivían en los grandes centros urbanos de Nueva España.

Los criollos sentían orgullo por ser españoles, a pesar de que la Corona sólo les permitía acceder a cargos administrativos y religiosos de poca monta. Esta situación enojosa para los criollos llegó a ser tan ridícula que hasta se buscó una justificación "científica" que sustentaba que los nacidos en estas tierras eran inferiores pues el clima imperante en ellas les hacía débiles de carácter, lascivos, viciosos, perezosos y que tal proceso no tenía arreglo por su carácter degenerativo.

Los criollos deseaban que la Corona les permitiera acceder a los puestos inmediatos. Por considerarse españoles, y sentir orgullo por ello, eran poquísimos los criollos que pensaban en la independencia pues la gran mayoría sólo quería un cambio dentro del marco virreinal. La reacción criolla no tomó el camino de la independencia, más bien se enfocó hacia el surgimiento de una fuerte corriente de orgullo por haber nacido en América que ha sido denominada "criollismo".

para muchos la gran frustración del criollo novohispano radicaba en que era tan español como el peninsular, tenía un poder económico mayor a los europeos y, sin embargo, no tenía acceso al poder político. En pocas palabras, compartía cultura, tradiciones y el orgullo de pertenencia con el peninsular y era tratado como español de segunda.

Producto directo de la conquista fue el surgimiento del grupo de los mestizos, aquellos cuyos padres eran españoles y sus madres indígenas (eran raras las situaciones con padre indígena y madre española). Aunque las versiones románticas establecen que el primer mestizo fue Martín Cortés, el hijo de Hernán y Malintzin, lo cierto es que ello es una mentira. Desde que pisaron estas tierras los conquistadores mantuvieron relaciones, forzadas o voluntarias, con las indígenas, cuyo producto fue el nacimiento de una gran cantidad de hijos ilegítimos que no eran ni españoles ni indígenas. Durante los siglos XVI y XVII los mestizos no habían desarrollado una identidad grupal y, por ello, era común que se integraran a la sociedad indígena o a la española dependiendo de la pigmentación de su piel y con el conocimiento de que ninguna de éstas le aceptaría cabalmente. Esta situación generaba la marginación de los mestizos pues sólo podían desempeñar en las ciudades trabajos de ínfima calidad o dedicarse al robo y a la mendicidad mientras que en el campo sólo podían dedicarse al cultivo de la tierra. No fue sino hasta el siglo XVIII cuando los miembros de este grupo comenzaron a desarrollar una conciencia de su situación y a sentir, hasta cierto punto, orgullo por su origen sin que ello cambiara su situación política y económica.

Una situación que pone de manifiesto la obsesión de los españoles, peninsulares para ser más preciso, por la cuestión de la limpieza de sangre, la pureza étnica, es la de las castas. Todo aquel individuo cuyos padres no fueran español o indígena, pertenecía al mundo de las castas. El hijo de español y mestiza era castizo; el de negra y español, mulato; de mulato y español, morisco, de morisca y español, albino, y así sucesivamente. El mundo de las castas era, por naturaleza, tan amplio que llegaba a ser infinito pues la mezcla entre dos grupos daba origen a un tercero que si a su vez se mezclaba con otros permitía el nacimiento de otras castas nuevas. Por su impureza de sangre, los miembros de estos grupos eran despreciados por los españoles y por ello se dedicaban a los trabajos pesados o a mendigar en las ciudades, siendo, en el mejor de los casos, su única opción de vida digna las labores del campo.

Los indígenas vivían una circunstancia ambivalente pues por un lado había un sin número de leyes que les protegían al grado de considerarles menores de edad, pero por el otro, vivían en condiciones infrahumanas y eran víctimas de las más vil explotación por parte de los encomenderos, dueños de repartimientos y autoridades políticas de bajo rango. Casi no visitaban las ciudades y, cuando se les veía en ellas era porque iban a vender sus mercancías o porque trabajaban como personal doméstico en alguno de los palacios de la capital virreinal.

Por último se encontraban los africanos, aquellos individuos que habían sido atrapados por los ingleses y portugueses y vendidos como esclavos en América. Aunque en Nueva España los indígenas eran una mano de obra considerable, había ciertas actividades que, por su complexión, su fortaleza o su origen, no podían realizar. En las minas, donde el calor al final del tiro era insoportable y donde varios indígenas morían al mes por esa razón, los africanos eran utilizados gracias a su resistencia física. En las haciendas y trapiches se les utilizaba como capataces de los indígenas, lo que pone en evidencia que la relación entre ambos grupos no era buena. También se les usaba como personal doméstico en las casas de los más ricos, ya que como los africanos eran tan caros llegaron a convertirse en un símbolo de estatus.