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"Historia de México para principiantes". 7
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

3.- El movimiento de Morelos (1811-1815).

Muerto Hidalgo, otro sacerdote se encargó de encabezar el movimiento. José María Morelos y Pavón era un mestizo de origen humilde que tomó la carrera del sacerdocio cuando tenía más de 30 años y que, al igual que Hidalgo, también conocía muy bien las injusticias que sufría el pueblo. Lo interesante de la figura de Morelos es que a diferencia del anterior, desde 1814 quería crear una nueva patria en la que los americanos, sin importar su origen, fueran los que la gobernaran. La ironía es que Hidalgo, sin querer la independencia, es llamado el "padre de la patria" título que, en justicia, debiera corresponder a Morelos.

Morelos fue un gran estratega militar, hecho que ha sido utilizado por los historiadores para agrupar sus acciones bélicas en campañas. La primera fue de 1810 a 1811, la segunda de 1811 a 1812, la tercera de 1812 a 1813 y la última de 1813 a 1815. Las tres primeras marcaron la etapa exitosa de Morelos, mientras que la cuarta fue la de la derrota.

En su campaña inicial, Morelos actuó en el sur del virreinato, en lo que actualmente se conoce como el estado de Guerrero. Este fue el momento en el que el caudillo insurgente —como se les llamaba a los levantados en armas desde 1811— organizó un ejército pequeño, ordenado (para evitar los desmanes tan característicos de la tropa de Hidalgo) y dirigido por oficiales de su entera confianza, como los hermanos Bravo y Galeana.

La segunda campaña militar, se caracterizó por la hegemonía política y militar que el ejército de Morelos mantenía en el centro y sur de Nueva España. De esta época es el famoso sitio de Cuautla. En febrero de 1812, el coronel Calleja tomó la decisión de poner un cerco militar al rededor de la ciudad de Cuautla porque Morelos y los suyos se encontraban ahí. La idea del realista —como se les llamaba a los que peleaban contra los insurgentes— era la de obligar al jefe insurgente a rendirse una vez que se acabaran sus alimentos; no obstante ello, Morelos no se rindió y cumplidos los setenta días del sitio, rompió el cerco cuando el ejército español no lo esperaba y logró escapar con la mayoría de sus hombres. Conforme esta historia se fue difundiendo por el virreinato, la popularidad de Morelos se incrementó hasta llegar a alcanzar dimensiones míticas.

La tercera campaña fue importante por varias razones. En principio, una parte considerable del sureste de Nueva España quedó bajo el control de los insurgentes mientras que Calleja era nombrado virrey para que aprendiera a Morelos y acabara de una vez por todas con su movimiento. Pero también fue la época en la que escribió Sentimientos de la Naoión (1813), un texto breve en el que expresaba sus pensamientos políticos. Establecía que la América del Septentrión —como llamaba a Nueva España— era libre de España, que aquellos que fueran nativos de estas tierras tendrían los mismos derechos y, sólo ellos, podrían aspirar a tener los cargos políticos. Para dar más fuerza a este escrito, creó un Congreso en el pueblo de Chilpancingo que se encargó de proclamar la independencia de Nueva España. Por primera vez se hablaba de la "independencia".

La última etapa fue de contrastes, pues mientras que los insurgentes tuvieron avances políticos como la proclamación de la Constitución de Apatzingán, primer documento que daba a la "nueva nación" un sistema de gobierno con división de poderes y soberanía popular; padecieron derrota tras derrota en el ámbito militar. Varios factores favorecieron esta situación. Calleja inició una persecución sistemática contra Morelos, sus seguidores y el Congreso; mientras que los dos primeros tenían problemas respecto a la cuestión del mando militar, problemas que culminaron cuando el organismo le quitó la autoridad al "siervo de la Nación" —como también se le conocía a Morelos—. Es indudable que el factor suerte fue importante ya que si entre 1811 y 1813 había estado del lado insurgente, a partir de 1814 les fue adverso. En 1815, cuando el Congreso huía de Calleja, sus miembros, incluido Morelos, fueron aprehendidos y tras haber sido enjuiciados, se les condenó a muerte. Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre de 1814.

4.- La época sin liderazgo (1815-1820).

Tras la muerte de Morelos, no había un insurgente lo suficientemente fuerte para convertirse en el jefe del movimiento. Hombres como Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Ignacio López Rayón, Pedro Moreno, el Padre Torres... eran líderes cuya fuerza tan sólo era local y que, por rencillas entre ellos, tampoco querían asumir un compromiso tan grande. Como cabe esperar, esta situación benefició a los realistas quienes recuperaron el territorio perdido y dejaron a los diversos cabecillas insurgentes aislados en pequeñas "islas".

La situación se vio momentáneamente afectada en 1817 cuando un joven peninsular desembarcó en Nueva España con la voluntad de independizarla. Se trata de Martín Xavier Mina, un liberal español que durante la invasión napoleónica peleó contra la franceses con tal garra que a los 19 años ya era considerado un héroe nacional. En 1810 fue hecho prisionero y cuatro años después fue liberado, días antes que Fernando VII retornara a gobernar su patria y que los franceses comenzarn su desocupación. Como liberal que era, estuvo de acuerdo con que la Junta Central de Cádiz proclamara una Constitución en 1812 que limitara el poder de los reyes de España y le diera la soberanía al pueblo. Cuando Fernando VII regresó a su patria, juró la Constitución, pero a los dos meses la abolió por convenir a sus intereses, e inició una campaña contra los liberales por haber sido sus promotores. Sin importar sus patrióticos antecedentes, Mina fue perseguido y sólo pudo librarse de pisar la cárcel al salir de España en 1815. Se refugió en Inglaterra y entró en contacto con algunos insurgentes novohispanos exiliados, quienes le convencieron de ir a pelear a favor de la independencia del virreinato para darle así una lección al rey español.

La expedición salió de Inglaterra a finales 1816 y llegó a tierras novohispanas en 1817. En realidad poco fue lo que pudo hacer pues tardó días en encontrar grupos insurgentes que quisieran auxiliarle, tenía pocas armas y soldados y estaba siendo perseguido por los realistas. Sus intenciones eran simples: ir a la ciudad de Guanajuato y de ahí marchar rumbo a la de México, tomarla y proclamar la independencia del virreinato. A pesar de esta claridad, nada de ello pudo realizar pues cuando estaba cerca de la ciudad de Guanajuato fue hecho prisionero ese mismo año. El virrey, entonces Juan Ruiz de Apodaca, conocía muy bien la fama de patriota que tenía Mina y antes de que éste atrajera a su bando a los soldados realistas, dio la orden de que se le fusilara sin juicio. El 11 de noviembre de 1817 murió Martìn Xavier Mina.

La importancia de este hombre, que en realidad poco pudo hacer, radica en su ejemplo. Cuando se hizo pública su llegada, muchos novohispanos que por temor o apatía habían dejado la causa insurgente se sintieron afectados. ¿Cómo era posible que un penínsular viniera a pelear por su causa? Mina reavivó, aunque fuera de manera modesta, la causa independentista y he ahí el éxito de incursión.

Los dos años que siguieron a la muerte de Mina transcurrieron sin mayores cambios. Cierto es que surgieron más grupos insurgentes, pero éstos poseían un carácter demasiado local y ninguno pudo constituirse en un movimiento amplio y unificador. Esta historia, sin embargo, cambió a partir de 1820, una vez más, como consecuencia de lo sucedido en España.

5.- El movimiento de Iturbide y la consumación de la Independencia (1820-1821)

El 1º de enero de 1820 el coronel Rafael de Riego y el Segundo Regimiento de Asturias se levantaron en armas contra el rey. Desde 1815 grupos de militares, comerciantes, nobles, intelectuales, sacerdotes, etc, todos ellos liberales, habían conspirado contra el rey por ser un gobernante absolutista; no obstante ello, ninguna de estas conjuras se concretó pues habían sido descubiertas o, bien, porque sus miembros temían fracasar y terminar sus días en la cárcel. La situación de Riego era diferente. Él era liberal, estaba de acuerdo con las independencias americanas pues consideraba que éstas ya no se podían detener y, además, se encontraba en Cádiz a unto de ser enviado a pelear en el virreinato del Río de la Plata contra los insurgentes. Fue en este contexto que el coronel tomó la decisión de organizar un levantamiento armado de tipo constitucionalista que acabara con la monarquía absoluta en España y, de paso, evitara su viaje a América. Cuando las noticias del movimiento de Riego se difundieron por toda la península ibérica, otros liberales siguieron el ejemplo y tomaron las armas a favor de la instauración de la Constituciòn de 1812. Fernando VII no dio importancia a estos hechos en un inicio, pero cuando la guarnición de Madrid se declaró en rebeldía en marzo, se dio por vencido y, en el mismo mes, juró por segunda vez dicha Constitución. Lo anterior significó que el rey tenía que compartir el poder con el bando ganador, es decir, los liberales.

Cuando las noticias de lo sucedido en España llegaron en julio al virreinato, parte de la elite se mostró satisfecha pues veían en todo ello un gran avance. Los criollos creyeron que el nuevo gobierno liberal iba a hacer cambios substanciales que fueran benéficos para ellos; algunos peninsulares consideraban que al acabarse la monarquía absoluta las cosas mejorarían en materia política. Sin embargo, todas estas expectativas no fueron cumplidas en lo absoluto. El gobierno español se mostró con los criollos de la misma forma que en tiempos del absolutismo pues siguió ignorando sus demandas políticas; a los peninsulares tampoco les fue bien, pues las nuevas autoridades suprimieron los fueros militares —derecho de los miembros del ejército a sus juzgados por sus propios tribunales— y quitó las pruebas de hidalguía —nobleza— para todos aquellos que quisieran ocupar cargos públicos. El clero tampoco salió ileso pues fue expulsada, por segunda vez, la Compañía de Jesús y se planeó la implementación de una política secularizadora de los bienes de la Iglesia tanto en España como en América.

Criollos y peninsulares, laicos y clérigos, ciudadanos y funcionarios vieron como la Constitución afectaba sus intereses sin que tuvieran los elementos para poderse defender. Fue entonces cuando llegaron a un acuerdo: era tiempo de unirse para luchar por la independencia. Se reunieron en la iglesia de La Profesa (ubicada en la actualidad entre las calles de Madero e Isabela Católica) y acordaron que para la consecución de sus planes debían unificar al movimiento insurgente, labor delicada que debía ser encomendada a una persona capaz e inteligente. Los congregantes decidieron que sólo había una persona que reunía esas virtudes: Agustín de Iturbide. Se trataba de un criollo que desde el inicio del conflicto había peleado a favor de la Corona española. Los insurgentes lo conocían muy bien pues era famoso por no tener consideración alguna con ellos y decían que en ocasiones, las más, les daba un trato despiadado. Cuando le hicieron el ofrecimiento de unificar a la insurgencia y consumar la independencia aceptó de inmediato.

Iturbide sabía que el primer paso que debía dar era unirse con un insurgente importante y que fuera famoso entre aquellos que habían peleado por la independencia. Escogió a Vicente Guerrero pues se trataba de un mulato que desde tiempos de Morelos había combatido en la insurgencia en lo que actualmente es el estado que lleva su apellido. Iturbide fue a la tierra del líder insurgente para entrevistarse con él y atraerlo a su causa. Es indudable que el criollo era inteligente y, además, un gran orador pues en cuestión de meses convenció al mulato de que el único camino para consumar la independencia era el de la unión entre ambos. Esta cohesión se hizo oficial cuando ambos caudillos y sus tropas se reunieron en el poblado de Acatempan. Ahí Guerrerro e Iturbide se dieron un abrazo y firmaron el Plan de Iguala, documento en el que se establecían los principios básicos del gobierno del Imperio Mexicano. Un dato importante del mismo era que se iba a ofrecer la Corona al rey de España o, en caso de que no pudiera, a alguno de sus familiares. Parecería ser que se trataba de una contradicción, pero Iturbide no lo veía así, pues lo que deseaba era una separación de España que permitiera a los criollos tener el poder sin romper con la herencia española, de la que aún sentían orgullo.

A partir de este momento, Iturbide llevó a cabo una campaña dual. De día utilizaba las armas contra aquellos que se le oponían y, por la noche, escribía cartas a militares, religiosos y políticos importantes para que se unieran a su causa. A fines de 1820 e inicios de 1821 era un hecho que la segunda política había sido más efectiva pues obispos y militares tan importantes como Antonio López de Santa Anna, Anastasio Bustamante y Manuel Gómez Pedraza, todos ellos realistas consumados, se habían pasado a su bando. Se cuenta que Iturbide, en un acto audaz, invitó al virrey a que se le uniera, pero éste declinó el ofrecimiento por ser adicto a la Corona.

Cuando Iturbide ya controlaba todo el virreinato, a excepción de las ciudades de México y Veracruz, se enteró de que había desembarcado en Nueva España el nuevo virrey. Se trataba de Juan de O`Donojú, un liberal que simpatizaba con la causa independentista y que, como militar, sabía que todo estaba perdido para España. Ello explica porque cuando Iturbide le solicitó una entrevista se la concedió.

En agosto de 1821 ambos personajes se encontraron en la ciudad de Córdoba y tras conferenciar un rato, O’Donojú aceptó firmar los Tratados que llevan el nombre de este lugar. Estos documentos son una ratificación del Plan de Iguala a excepción de un punto: se especificaba que si el rey de España no venía o no enviaba a algún familiar para que ocupase el trono, los mexicanos escogerían a su emperador.

Tras haber firmado los Tratados de Córdoba, los insurgentes se dirigieron a la ciudad de México. Por la fuerza y el tamaño del ejército enemigo, las tropas realistas que defendían la capital del virreinato no opusieron resistencia. El 27 de septiembre de 1821 a las 11 de la mañana, entraban los insurgentes a la ciudad de México y consumaban así la independencia del país.