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"Historia de México para principiantes".
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

IV.- Del Primer Imperio a la Guerra contra
Estados Unidos (1821-1848)

1.- El Primer Imperio (1821-1823).

El arribo de los insurgentes a la ciudad de México fue motivo de regocijo pues para muchos implicaba el fin de una larga lucha. Pese a ello, había una minoría que se preocupaba pues consideraba que esto sólo marcaba el inicio de un proceso más delicado e igualmente importante: la construcción de un país.

La primer medida que se tomó fue crear una Junta Provisional de Gobierno que, como su nombre lo indica, se encargaría de gobernar el país hasta que hubiera un emperador. Acto seguido, se mandó una carta a Fernando VII en la que se le invitaba a él o uno de sus familiares a que aceptara el trono del Imperio Mexicano. El problema era que mientras no llegara la respuesta del monarca poco se podía hacer.

Escaso tiempo pasó, cuestión de días, para que las diferencias ideológicas entre los mexicanos estallaran y muestra de ello era el Congreso que se formó para que detentara el poder legislativo. En su interior se podían encontrar tres tendencias: monárquicos, republicanos y borbonistas. Los primeros apoyaban la monarquía moderada que se había plasmado en El plan de Iguala y Los Tratados de Córdoba y no les desagradaba la idea de que el propio Iturbide terminara coronándose como emperador del país. Los republicanos, en su mayoría insurgentes que habían peleado por la causa desde 1811 y 1812, temían que el imperio terminara convirtiéndose en un gobierno absolutista controlado por Iturbide; su propuesta era copiar el patrón de gobierno de Estados Unidos, país al que veían como modelo a seguir. Los borbonistas se encontraban a la mitad pues estaban dispuestos a apoyar cualquiera de estas opciones dependiendo de quién fuera el monarca; aclaraban que si no venía a gobernar estas tierras un rey de la casa Borbón, preferían un gobierno republicano.

La situación empeoró cuando llegó la respuesta del rey de España: ni él ni alguno de sus familiares ocuparían el trono mexicano en cuanto a que no reconocían la independencia de Nueva España. Aunque hubo quienes desde tiempo atrás habían dicho que esa iba a ser la respuesta, la noticia cayó como balde de agua fría en México pues alteraba los planes que se tenían. En cambio, quienes más se regocijaron por la nueva fueron los iturbidistas pues imaginaban a su líder como máximo gobernante del país. En la noche del 18 de mayo de 1822 los acontecimientos se precipitaron. Un grupo de soldados salió por las calles de la capital —hay quienes aseguran que azuzados por el propio Iturbide— gritando: "¡Viva Agustín I, emperador de México!" A esta proclama se le unió el pueblo y, por la mañana, el ejército. Ante esta presión tan fuerte, el Congreso declaró emperador a Iturbide sin haber terminado aún la Constitución que debía de regir al Imperio.

A partir de este momento las relaciones entre el monarca y el Congreso se hicieron tirantes. En principio, a los miembros del poder legislativo les molestó que se hubiera ejercido tanta presión respecto a la coronación; pero también esta situación alteraba su funcionamiento pues ahora debían debatir sobre los títulos nobiliarios, la corte del emperador... y dejar la Constitución en un plano secundario. El motivo de mayor tensión entre ambos poderes fue la cuestión presupuestal pues después de haber calculado que la recaudación fiscal en 1822 iba a ser de 11 millones de pesos, insuficiente para el funcionamiento óptimo del gobierno, el emperador quiso que 10 millones se destinaran al ejército, su fiel soporte. Como no existía una Carta Magna que especificara los derechos de cada poder, la controversia no pudo zanjarse hasta que Iturbide, de manera arbitraria, se atribuyó el poder de vetar las decisiones del Congreso.

Estas disputas le restaron al emperador seguidores en el Congreso, y como consecuencia, las ideas republicanas comenzaron a fortalecerse en medio de conspiraciones cuya meta era deponer al emperador. A más de un año de la consumación de la independencia, Iturbide no podía gobernar su imperio, pues tenía que descubrir conspiraciones y encarcelar diputados subversivos. La única opción de gobernabilidad que encontró fue la disolución del Congreso y su substitución por una Junta de Notables formada por los pocos amigos que le restaban; acciones que dieron más argumentos a sus detractores para afirmar que quería convertiste en un monarca absoluto.

La situación política estaba tan candente que el ejército consideró que debía de intervenir para ponerle fin. Como Iturbide ya no les era de utilidad, en diciembre de 1822 organizaron un levantamiento armado encabezado por Antonio López de Santa Anna. Los levantados firmaron el Plan de Veracruz en el que repudiaban a Iturbide y proponían la república como forma de gobierno. A este levantamiento se unieron antiguos insurgentes de prestigio como Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo. A inicios de 1823 el emperador, que inicialmente no le había dado importancia al movimiento, temió por su vida y antes de que algo pidiere sucederle, abdicó y se exilió con su familia en Italia.

2.- La Primer República Federal (1823-1835).

La salida del emperador significó el triunfo del movimiento republicano. Los vencedores decidieron crear un gobierno provisional mientras que el Congreso se reunía y daba al país una Constitución. Este Supremo Poder Ejecutivo fue conocido como triunvirato por estar constituido por tres miembros: Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria y Pedro Celestino Negrte —este último ha sido el único presidente del país nacido en España.

Al interior del Congreso las disputas giraban en torno al tipo de República que iba a ser México. Los antiguos monárquicos apostaban por una república central, es decir, por la creación de un gobierno que le restara autonomía a los estados y les ordenara qué hacer; los republicanos de origen proponían el federalismo, forma de gobierno en la que los estados tenían la posibilidad de tomar ciertas decisiones sin necesidad de consultar o tener la aprobación del centro. Ambas corrienetes tenían sus ventajas y desventajas. Durante el virreinato, México había sido gobernado de manera centralista, por lo que esta forma de controlar al país no era nueva y era acorde con el pasado nacional; claro está que la desventaja era el enojo que se generaba en los estados por su falta de autonomía. El federalismo tenía la virtud de darle mayor independencia a las autoridades locales en un país con una extensión de más de 4 millones de km² (más del doble de lo que hoy en día es México) caracterizado por grandes distancias; ciertamente que el problema radicaba en que este tipo de republicanismo podía debilitar la unidad del país. El debate al respecto quedó zanjado, no porque los diputados de un bando convencieran a los del otro, sino por la presión ejercida por los estados de Oaxaca, Jalisco, Yucatán y Zacatecas que amenazaban con independizarse de México si se adoptaba el centralismo. Esta amenaza fue suficiente para que el Congreso decidiera que México iba a ser una república federalista.

Definida la forma de gobierno, el poder legislativo procedió a darle a la nación su primer Constitución, que fue promulgada el 4 de octubre de 1824. A diferencia de la Carta Magna que rige en la actualidad el país, en la Constitución de 1824 tenía un gran peso la organización político-administrativa de la nación mientras que la cuestión del reconocimiento y respeto de los derechos de los mexicanos quedaba en un plano secundario; lo que es evidencia de las verdaderas preocupaciones que tenían los políticos mexicanos de la época.

A continuación, el Congreso convocó a elecciones para escoger al primer presidente que tendría México. Cabe destacar que entonces las elecciones no eran universales (como en la actualidad) pues los únicos que votaban eran los diputados, es decir, los miembros del Congreso. El ganador de los comicios fue Guadalupe Victoria —cuyo verdadero nombre era José Ramón Fernández y Félix—.

Victoria se caracterizó, desde los tiempos de la independencia, por ser un hombre ecuánime que deseaba, en la medida de lo posible, conciliar para unificar. Durante su presidencia ello no fue la excepción. Conocedor de que la clase política mexicana se estaba dividiendo intentó, por lo menos en un principio, mostrar que iba a gobernar para todos los y no sólo para los federalistas; prueba de ello fue su gabinete pues estaba conformado por federalistas y centralistas moderados. Gracias a esta política, la presidencia de Victoria fue una de las más estables de la primera mitad del siglo XIX.

Fueron varios los logros destacados de esta gestión. Consiguió en 1825 que Estados Unidos e Inglaterra reconocieran la independencia y establecieran relaciones diplomáticas y comerciales con México. También se crearon: el Distrito Federal, el estado de Tlaxcala, la Primer Junta de Instrucción Pública en la historia de este país y la Suprema Corte de Justicia; además, se asentaron las bases para la futura creación de un museo nacional de historia.

Sería muy aventurado afirmar que el mandato de Victoria fue perfecto, ya que su gestión generó ciertos problemas. Este era la época de las logias masónicas, que en realidad funcionaban como los partidos políticos de la actualidad. Los centralistas se agrupaban en la Logia Escocesa, ligada, además, a un profundo sentimiento hispanista. Ello molestaba a los federalistas, incluido Victoria, quienes con la ayuda del embajador norteamericano Joel R. Pointtset crearon la Logia Yorkina que, además de tener una tendencia federalista, adoptó una postura antihispanista para rivalizar con los escoceses. Pues bien, Victoria terminó por caer en este juego de las logias y para debilitar a sus rivales políticos emitió, en 1827, el Decreto de expulsión de los españoles. Mucho se hablaba de que los españoles en México estaban conspirando para que Fernando VII recuperar el control de estas tierras y hasta se hizo público el descubrimiento de que un sacerdote —fray Juan de Arenas— era la cabecilla de uno de tales conjuras. Aunque el decreto no se aplicó cabalmente en todo el país, si generó perjuicios a la nación pues los españoles que se vieron obligados a salir vendieron todas sus propiedades y se llevaron con ellos su dinero y, con ello, inició un fuerte proceso de descapitalización que afectó mucho a la debilitada economía mexicana.

Después de cuatro años de gobierno, el Congreso convocó a elecciones, en 1828, para escoger a un nuevo presidente. Fueron 10 los candidatos que se postularon, todos federalistas y militares consagrados, pero eran sólo dos los que tenían más posibilidades: Manuel Gómez Pedraza y Vicente Guerrero. Por su formación y origen étnico (criollo) los diputados escogieron como presidente al primero, pero antes de que pudiera tomar posesión del cargo, Guerrero, con el apoyo de Santa Anna, amenazó con que si no se le nombraba presidente de México iba a levantarse en armas. Los miembros del Congreso no quisieron tener problemas y al ver que el ejército daba su apoyo al caudillo insurgente, le quitaron el nombramiento a Gómez Pedraza para dárselo a Guerrero.

El gobierno de Vicente Guerrero se caracterizó por ser muy accidentado como consecuencia de la falta de habilidad política del presidente y por la animadversión que ciertos estratos sociales sentían hacia él. En su afán por tener un gabinete conciliador, quiso reunir en él a centralistas y federalistas pero eran tan diferentes las tendencias existentes en su interior que el gabinete se transformó en un obstáculo para gobernar. La clase alta del país, que controlaba los medios impresos más importantes, no aceptaba que un mulato, inculto y, políticamente, ilegítimo les gobernara, en una muestra fehaciente de que los prejuicios sociales no habían desaparecido con la independencia. También reprobaban el hecho de que continuamente apostara a los gallos con Santa Anna y llegaron a afirmar, no sin razón, que para poderlo hacer debía echar mano del erario.

Las críticas que se vertían en contra del presidente hicieron que éste actuara con mayor impulsividad y cavara más rápidamente su tumba. En 1828 emitió el Decreto de abolición de la esclavitud sin tomar en cuenta que los colonos texanos, caracterizados por su espíritu levantisco, tenían como única mano de obra a los esclavos y fue tal su descontento que amenazaron con la independencia. Guerrero tuvo que dar marcha atrás. Al año siguiente, a pesar de conocer las consecuencias económicas que habría, emitió el Segundo decreto de expulsión de los españoles en un infructuoso intento por subir sus "bonos" políticos.

Un hecho loable de la presidencia de Guerero fue que en 1829 afrontó honrosamente la invasión de Barradas, un general español que con más corazón que cabeza desembarcó con mil soldados en el puerto de Tampico para intentar reconquistar Nueva España. Sin importar lo que pasara, Guerrero no perdió el tiempo y organizó la defensa del territorio nacional en lo que se puede considerar como un éxito contundente de las armas nacionales.

El descontento entre civiles y militares contra Guerrero era tan grande que el triunfo anterior fue minimizado y, en cambio, estalló en 1829 un levantamiento militar centralista, organizado por Santa Anna, que exigía su renuncia —por la violación continua de las leyes, el incumplimiento en el pago de los salarios de los militares, y por la anarquía que imperaba en el país— y que el general Anastasio Bustamante, hasta ese momento vicepresidente, quedara en su lugar. Guerrero no aceptó y decidió luchar contra sus opositores en lo que fue la primera guerra civil que padeció este país. El conflicto terminó en 1831 cuando Guerrero fue traicionado y fusilado en el puerto de Acapulco.

Bustamante fungió como presidente de México entre 1831 y 1832. Quienes le llevaron al poder le expresaron que su función sería la de ordenar al país sin importar los medios que utilizara y, obediente, se prestó a cumplir las órdenes de la única manera que sabía hacerlo. Por medio del rigor y el derramamiento de la sangre, Bustamante se encargó de pacificar al país eliminando a sus opositores federalistas.

Dentro el ejército había militares que estaban molestos con Bustamante pues consideraban que estaban más capacitados que él para detentar el poder. Uno de ellos era Santa Anna, quien creía firmemente que el presidente no le había premiado lo suficiente por haberle ayudado a llegar al poder. Junto a otros militares destacados organizó un levantamiento en el que exigieron el reconocimiento de Manuel Gómez Pedraza como presidente legítimo de México. ¿Por qué demandaba ahora que ocupara la presidencia aquel hombre contra el que se había levantado años atrás? Santa Anna consideraba que había llegado su momento para ser presidente, pero quería ocupar el cargo como producto de un triunfo electoral y no armado; en ese sentido Gómez Pedraza se convertía en un instrumento para llegar al poder. El levantamiento fue secundado en todo el país y ello fue suficiente para que Bustamente renunciara.

Gómez Pedraza fue presidente de México por tres meses, el tiempo que faltaba para culminar el período presidencial que debió haber encabezado desde un principio. En los inicios de 1833 el Congreso convocó a elecciones y, como era de esperarse, tuvo un triunfo contundente Santa Anna, quien escogió como su vicepresidente a Valentín Gómez Farías, fervoroso partidario del Partido del Progreso.

Esta agrupación se fundó a inicios de la década de los treinta para ofrecer una propuesta política diferente a la de los escoceses y yorkinos. Inspirados por las ideas ilustradas, José María Luis Mora y Luis de la Rosa fundaron el Partido el Progreso para transformar radicalmente al país y permitir, como su nombre lo indicaba, su progreso futuro a través de la aplicación de una serie de principios a continuación se mencionan: dar libertad absoluta de opinión y de imprenta, la abolición de los fueros militares y religiosos, la supresión de los monasterios, quitarle al clero los negocios civiles como el matrimonio, las defunciones..., la creación de más propietarios de tierras para favorecer la circulación de la riqueza, quitarle a la Iglesia el monopolio de la educación y crear más bibliotecas públicas y museos para educar a la población.

La primera decisión que tomó Santa Anna una vez que fue proclamado presidente de México fue tomarse unas vacaciones en su hacienda veracruzana Manga de Clavo y dejar el poder, como la ley indicaba, a Gómez Farías. Como fiel seguidor que era del Partido del Progreso, el vicepresidente consideró que había llegado el momento de generar la transformación total del país y, para ello, emitió en 1833 una serie de medidas progresistas que, entre otras cosas, proponían el pago voluntario del diezmo, el ejercicio voluntario de los votos eclesiásticos (castidad, obediencia y pobreza), el cierre de la Universidad Pontificia de México y la creación de la Dirección de Instrucción Pública. El objetivo de estas disposiciones era claro pues trataban de debilitar a la Iglesia, a la que culpaba de todos los males y el atraso que padecía México.

Estas disposiciones resultaron ser demasiado progresistas para un pueblo que ni estaba preparado para ellas pero que tampoco las deseaba. La ciudad de México fue el escenario de un motín de dimensiones considerables que contó con la colaboración del clero, ejército y pueblo. Frente a tan grave situación, Gómez Farías envió una carta a Santa Anna pidiéndole su retorno para que restableciera el orden. A los pocos días, el general retornaba a la capital, suprimía estas disposiciones y, para calmar los ánimos aún exaltados, decretaba la expulsión del país de Valentín Gómez Farías.

Las medidas anteriores no ayudaron a restituir el orden, pues los centralistas, que vieron la oportunidad para derrocar al régimen federalista, comenzaron incitar al pueblo a que se levantara contra el régimen pues le imputaban la culpabilidad de todos los problemas de la nación. Frente al éxito que tuvieron estos llamados, el Congreso determinó en 1835 que había llegado el momento de hacer la transición hacia el centralismo. El poder legislativo se convirtió en Congreso constituyente, pues el régimen centralista debía tener una Constitución de la misma naturaleza.