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"Historia de México para principiantes".9
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

3.- La República Centralista (1835-1846)

Mientras se llevaban a cabo los debates en el Congreso, un grave problema estalló en el país: la independencia de Texas.

Una de las mayores problemáticas que había tenido Texas en tiempos virreinales era el de su despoblamiento. Para que esta tierra pudiera ser explotada, la Corona española había fomentado el establecimiento de colonos extranjeros. Aunque una de las condiciones era la de ser católicos, la mayoría de los individuos que se establecieron eran sajones protestantes (hoy en día se diría estadounidenses) que con tal de recibir tierras aseguraban ser católicos. Con la independencia, el gobierno mexicano siguió con esta política de poblamiento, mientras el gobierno norteamericano comenzó a financiar el establecimiento de colonos adictos a él.

Los problemas con esta situación eran varios pues, en principio, ninguna autoridad mexicana supervisaba este proceso de colonización y, en consecuencia, no se tenía control del mismo. Por otro lado, los gobiernos mexicanos no mostraron interés alguno por Texas ya que quedaba muy lejos de la capital del país y ello les permitió a los texanos disponer de una autonomía a la que velozmente se acostumbraron y que les permitió hablar sobre una hipotética independencia de México.

Tras varias advertencias, en marzo de 1836 los colonos se levantaron en armas contra México. Santa Anna decidió castigar a los levantados y, para ello, improvisó un ejército al que hizo caminar en marchas forzadas por todo el territorio nacional hasta llegar a Texas. Ahí se enfrentó en varias batallas al enemigo, siendo la más famosa la de "El Álamo" pues por órdenes de Santa Anna, los soldados mexicanos pasaron por las armas a todos los sobrevivientes que encontraron.

Cuando parecía que los mexicanos iban a ganar la guerra, el ejército mexicano fue sorprendido en un ataque sorpresa, Santa Anna aprehendido y obligado a firmar los Tratados de Velasco por los que, sin tener la autoridad para ello, concedía la independencia a Texas. A su regreso a México, el general mexicano fue repudiado y tildado de traidor, en una situación que los centralistas supieron aprovechar para darle más fuerza a sus argumentos contra el federalismo.

El 30 de diciembre de 1836 el Congreso promulgó Las Siete Leyes (conocidas también como Constitución de 1836). Este documento hacía referencia al Supremo Poder Conservador, un organismo creado para supervisar a los otros tres poderes políticos (ejecutivo, legislativo y judicial) y limitaba los derechos de los estados de la república.

Fue en 1837 cuando el Congreso nombró como presidente del país a Anastasio Bustamante, pues muchos de sus miembros guardaban un buen recuerdo de él y seguían creyendo que era el único que podría ordenar al país. Pero Bustamante era un hombre diferente y en vez de gobernar con mano dura, decidió conciliar con centralistas, federalistas y progresistas para evitar así que otro golpe de estado lo depusiera.

Este cambio de actitud en el presidente poco sirvió pues los federalistas, que querían retornar al poder, comenzaron a organizar sistemáticamente levantamientos en el centro y norte del país. A ello habría que sumar otras calamidades como temblores, inundaciones, plagas que se dieron por todo el territorio nacional.

En 1838, cuando la situación era crítica, Bustamante tuvo que afrontar un conflicto de orden internacional pues barcos franceses llegaron al puerto de Veracruz y comenzaron a atacarlo. Los motivos de esta agresión se remontan a 1830 cuando el gobierno francés reconoció la independencia de México y le dio un préstamos a cambio de recibir el trato de "nación más favorecida en comercio", lo que implicaba que los franceses recibirían privilegios comerciales que ningún otro país tendría. México nunca cumplió con esta parte del compromiso y, en cambio, afectó los interese económicos de los franceses pues, además aplicar una política de préstamos forzosos contra los ciudadanos franceses radicados en México, los continuos levantamientos y revoluciones tendían a destruir sus negocios, casa y otras propiedades.

En 1837 los ciudadanos franceses se quejaron de esta situación con su embajador, quien exigió al gobierno el pago de una abundante compensación para subsanar las pérdidas francesas en el país. El gobierno mexicano se negó y con ello dio motivos para que los franceses enviaran sus barcos y soldados a Veracruz en lo que se conoce como la Primer Intervención francesa.

Cuando Santa Anna se enteró en su hacienda del ataque que padecía el puerto de Veracruz, decidió actuar sin que las autoridades políticas y militares de México se lo pidiesen. Hizo acto de presencia en el puerto e intentó negociar con los europeos sin llegar a un arreglo satisfactorio para ambas partes. Los cañonazos contra Veracruz se incrementaron y los franceses procedieron al desembarco. Cuando Santa Anna intentó detener a los invasores, una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda que, en consecuencia, tuvo que amputársele. Este hecho marcó el fin de la guerra pues los mexicanos tuvieron que comenzar, en 1839, las pláticas de paz. El gobierno nacional se comprometía a pagar las indemnizaciones exigidas y el préstamo dado por Francia en 1830. Quien más provecho sacó de este conflicto fue Santa Anna pues dejó de ser el traidor de la guerra de Texas y se transformó en el héroe de la guerra contra Francia pues estuvo dispuesto a sacrifircar su integridad corpórea por mantener la integridad del país.

Al mes que concluyó la intervención francesa, Bustamente vio como Yucatán proclamaba, por primera vez, su independencia de México. Los motivos que esgrimieron para justificar tal acción fueron que con la llegada del centralismo el estado había perdido privilegios económicos que siempre había tenido por tratarse de una de las regiones más pobres del país. En primera instancia el gobierno intentó negociar para solucionar el conflicto, pero al no lograrlo, optó por usar la fuerza al iniciar un ataque terrestre y bloquear todos los puertos de la península. La medida fracasó y sólo tras otra ronda de negociaciones Yucatán se reincorporaría a México en 1843.

Esta situación caótica no podía durar mucho más. El país estaba inmerso en una situación tan caótica como nunca antes se había visto pues las rencillas internas aumentaban y mientras que el territorio se disgregaba sin que las autoridades pudieran evitarlo. En 1841 estalló en Guadalajara un levantamiento militar contrario a Bustamante y la Constitución de 1836. El presidente no quiso ser, por segunda vez, factor de discordia y al enterarse de este movimiento, se exilió.

Los levantados proclamaron a Santa Anna como presidente de México y éste invitó, en 1842, al Congreso para que diera a la nación una nueva Constitución. Estos fueron tiempos que se caracterizaron por la manera de gobernar al margen de la ley del caudillo veracruzano. Deseaba suprimir la autonomía del Congreso, se ausentó varias veces de la capital sin la autorización de éste y mandó encarcelar a aquellos gobernadores que se negaron a hacer lo que les pedía.

Esta dictadura no podía llegar a buen fin. En 1844 estalló otro levantamiento armado en Guadalajara que desterró a Santa y llevó a la presidencia al general José Joaquín Herrera, quien poco pudo gobernar por la amenaza de una guerra con Estados Unidos —país que no disimulaba su deseo de tener territorio mexicano— y los constantes levantamientos federalistas.

4.- La Segunda República Federal (1845-1848).

Otro levantamiento militar estalló en 1845 y culminó al siguiente año cuando el Congreso reconoció como presidente al general Mariano Paredes. Preparó al país para afrontar la guerra contra Estados Unidos, conflicto al que consideraba ineludible. Sus esfuerzos fueron poco útiles pues al momento en el que estalló conflicto bélico, Yucatán se independizó por segunda vez y un levantamiento federalista le derrocó y puso en su lugar a Santa Anna, quien a su vez escogió a Valentín Gómez Farías como su vicepresidente.

Desde la década de los cuarenta del siglo XIX la política del gobierno americano fue de expansión territorial y en ella, México tenía un papel importante. En 1845 las autoridades americanas mandaron enviados a México para ver si el gobierno estaba dispuesto a vender Alta California y Nuevo México por 20 millones de dólares (o de pesos, pues e entonces ambas monedas tenían la misma cotización). La inestabilidad reinante en el país impidió que estos comisionados pudieran hacer el ofrecimiento al gobierno, por lo que regresaron a su país con las manos vacías. El entonces presidente de los Estados Unidos, James K. Polk comprendió que sería más fácil adquirir dichos territorios por una guerra que intentar comprarlos.

En mayo de 1846 un grupo de soldados norteamericanos penetró a territorio mexicano sin permiso y cuando se toparon con tropas mexicanos se inició una pequeña gresca en la que nadie resultó muerto. Era claro que se trataba de una provocación en la que cayeron los mexicanos y que sirvió de pretexto al presidente Polk para declararle la guerra a México al afirmar que habían sido los soldados mexicanos quienes habían invadido el territorio estadounidense.

El ejército norteamericano invadió Alta California, mientras que Santa Anna, una vez más, intentaba improvisar un ejército y hacerse de recursos económicos para mantenerlo. El avance de los estadounidenses era arrollador, la improvisación y falta de preparación de los mexicanos ayudaba bastante a ello, y al poco de haber iniciado la guerra, ya se encontraban en Monterrey. Santa Anna decidió salir rumbo al norte y dejó a Gómez Farías como presidente interino del país con la encomienda de que se hiciera de recursos para afrontar la guerra.

Gómez Farías consideró que la manera más rápida, fácil y conveniente (para los liberales) de obtener los recursos era quitándoselos a la Iglesia. Por ello, en enero de 1847 emitió una ley que autorizaba al gobierno a apropiarse de los bienes de la Iglesia hasta haber recaudado 15 millones de pesos. La reacción fue similar a la vista más de 10 años atrás. El pueblo y el clero se levantaron en armas y la ciudad de México se convirtió en otro campo de batalla en el que la muchedumbre enardecida impidió que Gómez Farías pudiera salir de Palacio Nacional. Tan mal estaba la situación que Santa Anna tuvo que dejar el frente de guerra, en el que sólo había sufrido derrotas, para rescatar a su vicepresidente. Ya en la ciudad, anuló el decreto que había desatado el conflicto a cambio de una cooperación "voluntaria" del clero por 100 mil pesos.

Para dar fin a la guerra, los norteamericanos abrieron otro frente de batallar al invadir el puerto de Veracruz. Ahora los invasores atacaban por el norte y por el sureste del país mientras que el ejército mexicano no podía detener su avance.

A mediados de 1847 era casi un hecho que las tropas invasoras llegarían a la ciudad de México, por lo que las autoridades políticas, encabezadas por el presidente, hicieron los preparativos para impedirlo. Todas las entradas a la urbe fueron reforzadas, especialmente las del norte, con soldados, guardias nacionales y voluntarios. El 7 de septiembre se dieron los primeros enfrentamientos en Padierna, San Antonio Abad, Churubusco... pero el más famosos tuvo lugar el día 13 en el castillo de Chapultepec, entonces sede del Colegio Militar. Ahí, los jóvenes cadetes y el ejército norteamericano se batieron en una lucha desigual de la que salieron victoriosas las armas extranjeras. Con el paso del tiempo, esta hazaña se transformó en un mito que exaltó el patriotismo con el que combatieron 6 jóvenes cadetes a los que, a fines del siglo XIX, se les comenzó a llamar "niños héroes".

La caída de Chapultepec tuvo dos consecuencias inmediatas: la renuncia de Santa Anna a la presidencia del país y la ocupación de los norteamericanos de la ciudad de México. El nuevo gobierno encabezado por Manuel Peña y Peña comenzó a tramitar la paz con Estados Unidos en una serie de conversaciones que culminaron con la firma, a inicios de 1848, de los Tratados de Guadalupe Hidalgo. Por él, México se veía obligado a vender Alta California y Nuevo México por 15 millones de dólares, a cambio, Estados Unidos pagaría los gastos de guerra y cubriría los daños sufridos por sus connacionales en México.

Indiscutiblemente que estas experiencias, aunadas a la independencia de Texas fueron frustrantes para la mayoría de los mexicanos, quienes habían constatado que a menos de 30 años de haberse consumado la independencia, ya había perdido más de la mitad de su territorio.