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"Historia de México para principiantes". 10
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

IV.- De la Guerra contra Estados Unidos a la
Segunda Intervención Francesa (1848-1864).

 


1.- México tras la guerra (1848-1855).

Una vez firmada la paz con Estados Unidos, el Congreso escogió como presidente a José Joaquín Herrera. Este político, partidario del bando conservador (conformado por los antiguos centralistas) quiso sanar las heridas de la guerra con la creación de un gobierno conciliador que trabajara en la reconstrucción del país y no para alguna facción política. Esta tarea era difícil pues los problemas que existían en el país eran, por demás, complicados.

Yucatán se había separado desde 1846 y un año más tarde estalló ahí un conflicto llamado la "guerra de las castas", que consistió en un levantamiento masivo de los indígenas de los estados actuales de Campeche, Quintana Roo y Yucatán contra la población blanca. El movimiento adquirió dimensiones extraordinarias pues, según se cuenta, los únicos poblados donde los blancos podían estar seguros eran Campeche y Mérida, pues las haciendas eran el blanco preferido de los indígenas. La razón de ser de este conflicto estribaba en los continuos abusos y humillaciones infligidos por los blancos hacia los distintos grupos mayas. En el sureste mexicano era común que los indígenas vivieran en una situación de esclavitud, que si bien estaba prohibida por la ley, era tan descarada que aún quedas contratos de venta de mayas como esclavos.

Esta situación era insoportable para los blancos por lo que en1848 pidieron la reincorporación de Yucatán a México para que, de esta forma, las autoridades federales fueran las encargadas de solucionar el conflicto. Los esfuerzos del presidente para llevar a buen fin el problema dieron resultados en 1850, cuando las partes en conflicto acordaron dejar las armas y los blancos aceptaron, entre otras cosas, dejar de vender a los mayas como esclavos y permitirles establecerse en ejidos y terrenos baldíos.

Los aportes que el presidente Herrera legó a México también tenían un aspecto social. Fue el primero en llevar a cabo una campaña contra el alcoholismo, mal muy extendido en el campo; combatió fervientemente el bandolerismo pues lo consideraba como un mal social que, además de generar inseguridad, mermaba la economía nacional. También se preocupó por reformar al sistema penitenciario para que los reos pudieran recibir un trato más humano y menos cruel; y, por último, mandó construir más hospitales y escuelas pues reconocía que el rezago que el país sufría en estos rubros mermaba su desarrollo. Esta política fue, hasta cierto punto, exitosa pero pudo serlo más de haber tenido más recursos financieros.

Herrera tuvo también la buena fortuna de poder llevar a buen término su gestión pues, cosa rara en la historia mexicana decimonónica, ningún levantamiento armado o conspiración le sacó del poder. En 1851 le sucedió Mariano Arista, un liberal moderado también conciliador y capaz.

Las cosas no marcharon bien para Arista pues en su gobierno, sin que él lo provocara, se desató la inestabilidad que había estado aletargada en la administración anterior. Los liberales (antiguos federalistas) estaban encabezando una serie de levantamientos que proponían, por enésima vez, el retorno de Santa Anna al poder. Aunque este caudillo se encontraba exiliado en Colombia, no hay que dudar que fuera el promotor y patrocinador de algunas de estas asonadas.

Los levantamientos facilitaron el surgimiento de un ambiente de anarquía que, aunado a la crisis económica permanente, sumieron al país en una ingobernabilidad que no se habían visto desde tiempos anteriores a la guerra contra Estados Unidos. La condición era tan grave que tanto liberales como conservadores criticaban al presidente y éste, al verse sin apoyo alguno, optó por renunciar a inicios de 1853 y exiliarse en Europa.

Esta situación era particular por varias razones. En principio, los dos grupos antagónicos por excelencia mantuvieron puntos de vista y críticas comunes respecto a un problema —cosa que nunca antes se había dado—; además, la renuncia del presidente no fue el resultado de un golpe militar sino del hartazgo que sintió al ver como todos lo juzgaban por la situación en la que se encontraba el país, pero ninguno ayudaba a solucionarla. Otra peculiaridad, tal vez la más extraña de todas, es que ambos pensaban que el único que podía ocupar la presidencia y ayudar, de esta forma, al país era Santa Anna.

A Colombia llegaron misivas y representantes de ambas corrientes ideológicas para convencer al caudillo veracruzano de que aceptara la propuesta que le ofrecían. Esta situación hizo creer definitivamente a Santa Anna que era el indispensable de México y por esa misma causa, determinó que sólo a su llegada a México decidiría si iba a gobernar con los centralistas o con los federalistas, pues, en pocas palabras, se iría con "el mejor postor".

Tras su desembarco en México, Santa Anna escuchó a los líderes del liberalismo y conservadurismo y, tras poco cavilar, se decidió a favor de los conservadores. Claro está que tal fallo se debió a que era conveniente a los intereses del caudillo en cuanto a que éste creyó que los conservadores no le iban a limitar en el ejercicio del poder y ello le permitiría tener un mayor control político del país.

Esta presidencia, la última de Santa Anna, fue de contrastes. Empezó, en 1853, muy bien pues el presidente mostraba un apego por la ley que raras veces se le había visto y tomaba decisiones de manera colegiada que, usualmente, eran acertadas. Parecía ser el inicio de una gestión exitosa que al fin sacaría al país de la crisis; sin embargo, este panorama se nubló repentinamente.

Mientras que Lucas Alamán —líder de los conservadores— vivió, el presidente mostró un comportamiento adecuado y se dejó "controlar" por el vetusto político, pero a la muerte de éste en junio de 1853, Santa Anna careció de ataduras y pudo actuar libremente; tan libremente que se dice perdió la cordura llegó a creerse emperador de México.

El proceso de acumulación del poder por parte de Santa Anna fue sutil y contó con el apoyo de liberales y conservadores, quienes estaban embelesados con la figura del presidente. El primer paso que se dio para transformar al régimen republicano en una dictadura fue cuando el Congreso le otorgó poderes omínmodos a Santa Anna, es decir, le cedió su poderes constitucionales, para que éste pudiera estabilizar al país.

La obtención de poderes absolutos permitió al caudillo manejar la política nacional a su antojo y, con ello, establecer su dictadura. Emitió una ley a través de la que se prohibía a la prensa, so pena de encarcelamiento de los editores y articulistas así como el cierre de la publicación, publicar críticas —por muy justificadas que éstas fueran— contra el gobierno y sus miembros. A los magistrados, gobernadores, diputados, y otros funcionarios públicos, que comenzaron a oponer resistencia contra sus arbitrariedades los depuso y encarceló como ejemplo para todos aquellos que quisieran seguir sus pasos.

Como suele suceder en las dictaduras, los excesos siguieron en aumento hasta que generaron un descontento generalizado que, a su vez, volvió más suspicaz al dictador. Los aires de grandeza de Santa Anna llegaron al extremo de hacerle sentir emperador de México y exigir que se le diera el tratamiento de Alteza Serenísima, utilizado sólo para referirse a los monarcas. No se podría atribuir este hecho a la locura del personaje y, en consecuencia, verlo de manera aislada. Se trataba de una acción oportunista, pero firme, para reinstaurar en el país el sistema monárquico. En ese entonces había muchos mexicanos que se sentían frustrados ante el fracaso de las opciones federalistas y centralistas, pues ninguna le había dado al país la gobernabilidad necesaria; por ello, apoyaban la idea de regresar a la monarquía como forma de gobierno. Las disputas al respecto giraban en torno al origen del monarca, pues había aquellos que deseaban a un extranjero procedente de una casa nobiliaria importante, y estaban los que creían que no era necesario ir tan lejos pues un mexicano podía ocupar el trono; entre éstos últimos se encontraban los adeptos de Santa Anna. Sin embargo, eran más los que se oponían a esta idea pues, conocedores de la calidad moral del presidente, sabían que ello llevaría a la ruina al país.

Estos también fueron tiempos de una severa crisis económica —según algunos conocedores, la peor en la historia nacional— y, por ello, el tomo ciertas "medidas" medidas para combatirla. Por decreto presidencial, los propietarios de las casas debían de pagar al año una determinada cantidad por cada puerta y ventana que tuviera su hogar; los dueños de carruajes tendrían que hacer lo propio, al igual que las personas que fueran dueños de perros y caballos. Parecería ser una política económica carente de toda lógica pero, hay que reconocerlo, que era bastante congruente con el régimen.

Mientras más tensa se ponía la situación interna del país, estuvo a punto de suscitarse otra guerra con Estados Unidos. El gobierno de este país se había embarcado en el proyecto de construir un ferrocarril que conectara su costa atlántica con la pacífica y, para ahorra gastos, era conveniente que pasara por territorio mexicano. Los constructores no gustaban de esta situación pues desconfiaban de los mexicanos y presionaron a su gobierno para que les ayudara. Éste quiso comprar el territorio, por ser lo más sencillo, e hizo un ofrecimiento de 10 millones de dólares al gobierno mexicano que rechazó la oferta por atentar contra la soberanía nacional. Sin embargo, cuando los norteamericanos sugirieron que de no vender podría estallar un conflicto armado, Santa Anna dio la orden para hacer la transacción. Dos reflexiones al respecto. Este territorio, siendo muchas veces más pequeño que el perdido en 1848, costó sólo una tercera parte menos, y, además, gran parte de la suma pagada jamás ingresó en el erario.

En 1854 existía en todo México un enojo generalizado contra Santa Anna. Quienes más se quejaban eran los liberales pues veían como se estaba conformado un régimen dictatorial que iba a llevar al país a la monarquía absoluta, que para ellos era sinónimo de retraso. Comenzaron a conspirar, pero al llegar a oídos del presidente lo que estaban haciendo, inició una campaña de persecución contra este grupo político. En todo el país los liberales fueron encarcelados o asesinados y aquellos que desearon evitar estas suertes optaron por el exilio. La gente del pueblo utilizó su ingenio al respecto y créeó una rima que decía que a los liberales mexicanos les esperaba "el encierro, entierro o destierro". Para evitar que se fugaran sus rivales, Santa Anna creó una ley por la que era obligatorio el uso de pasaportes para pasar de un estado del país a otro; las personas que quisieran cruzar las fronteras sin tener uno debían de ser encarceladas o, si oponían resistencia, fusiladas.

Pero también los conservadores estaban molestos, pues aunque le habían llevado al poder y no eran perseguidos, su manera de hacer política en poco ayudaba a la estabilidad del país y a sus intereses económicos. La diferencia con los liberales es que los miembros de esta tendencia política se cuidaban de no mostrar frente a Santa Anna su disconformidad.

Sería injusto afirmar que en este gobierno todo fue malo y que no hubo aportes para la nación. El aspecto que es más digno de rescatar de esta última presidencia santannista es la creación del himno mexicano. El siglo XIX fue el siglo del nacionalismo y parte fundamental del mismo eran los símbolos patrios como las banderas, objetos personales de los héroes patrios... México carecía de un himno nacional y ello, según el presidente, era lo que había propiciado la desunión desde la independencia. Para solucionar este problema, convocó a un concurso en el que se invitaba a todos los compositores y literatos radicados en el país para que escribieran la letra y música del himno nacional. Fueron dos los triunfadores: el español Jaime Nunó (música) y el mexicano Francisco González Bocanegra (letra).

Se ha criticado a Bocanegra por incluir, las figuras de Santa Anna e Iturbide en el himno. Estas críticas son injustificadas pues hay que recordar que el primero era el encargado de seleccionar al triunfador del certamen y que a mediados del siglo XIX el segundo aún era considerado por muchos un héroe nacional. Estás críticas tomaron tanta fuerza en la segunda mitad de ese siglo, que se decidió mutilar al himno y suprimir las estrofas IV y VII que a continuación se presentan:

Estrofa IV
Del guerrero inmortal de Zempoala
te defiende la espada terrible,
y sostiene su brazo invencible,
tu sagrado pendón tricolor.
Él será del feliz mexicano
en la paz y en la guerra el caudillo.
porque él supo sus armas de brillo
circundar en los campos de honor.
 

Estrofa VII
Si a la lid contra hueste enemiga,
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera,
mexicanos, valientes seguid.
Y a los fieles bridones les sirvan
las vencidas enseñas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del Bravo Adalid.

Cada vez eran más los mexicanos que se oponían a la tiranía de Santa Anna y no pasó mucho tiempo para que comenzaran a estallar levantamientos siendo el de Ayutla, en 1855, el más importante por las repercusiones que tuvo en la historia del país.