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"Historia de México para principiantes".13
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

IV.- El Segunda Imperio y la República Restaurada
(1864-1877).



1.- EL Segundo Imperio (1864-1867).

En 1863 la comisión mexicana enviada por la Junta de Notables llegó al Palacio de Miramar (Italia) para hacer el ofrecimiento formal del trono mexicano a Maximiliano de Habsburgo. Fueron a Italia porque entonces aún no se había unificado y Austria ocupaba la parte norte que entonces era gobernada por Maximiliano. Los miembros de la comisión fueron muy bien recibidos por el noble austríaco, quien, tras recibir la invitación se mostró un poco reservado. No es que le desagradara ir a México, sino que poco antes los griegos también le habían ofrecido el trono de su país. Caviló poco tiempo y aceptó la responsabilidad de gobernar el país americano. Es un hecho de que si el archiduque austríaco aceptó se debió a que pensaba que prefería gobernar en América —había ido tiempo atrás a Brasil— pues consideraba que ahí tendría un mejor futuro, creía firmemente que esta "aventura" sería exitosa gracias al apoyo francés y, además, que su misión era loable: establecer en México un gobierno que le salvara del caos y lo incorporara al mundo moderno.

Maximiliano quería estar seguro de que los mexicanos lo aceptarían como emperador; así que puso una condición para aceptar el trono: que la comisión en Miramar le mostrase las actas de adhesión del pueblo mexicano y cuando las recibió, en febrero de 1864, aceptó gobernar México.

Antes de embarcarse a México, Maximiliano tuvo varios asuntos que arreglar. En principio marchó a Austria y ahí fue obligado por su hermano Francisco a renunciar a todos sus derechos sobre el trono austríaco. A continuación, firmó con Napoleón III los Tratados de Miramar, en los que se establecía que habría tropas francesas en México para darle apoyo militar al emperador por seis años; que se le daría un trato preferencial a la oficialía francesa por encima de la mexicana y que el mando militar quedaría en manos de un comandante francés. En materia económica Maximiliano reconocía una deuda de 54 millones de pesos, se comprometía a pagar 1 000 francos anuales por cada soldado francés en México y a indemnizar a los súbditos franceses afectados por la guerra de intervención.

Maximiliano quiso contar con el apoyo de otras naciones europeas, aunque sólo el Papa le quiso ayudar. Se entrevistó en Roma con Pío IX, quien le condicionó su apoyo a la supresión de las Leyes de Reforma. El emperador mexicano aceptó la condición, a pesar de que estaba en contra de ella pues consideraba que lo hecho por Juárez en materia religiosa era correcto.

Hechos los arreglos pertinentes, el emperador y su esposa, Carlota de Bélgica, zarparon rumbo a México. Se cuenta que en el viaje, Maximiliano meditó sobre cómo podía combatir la inestabilidad política de su imperio y, en particular, el problema del levantamiento militar juarista. Se cuenta que como creía que el camino más viable era el del dialogo, pensó en escribirle una carta a Juárez parea invitarle a formar parte de su gabinete.

En mayo de 1864 llegaron los emperadores a Veracruz. La gente del puerto les dio una fría bienvenida y sólo unos cuantos miembros del gobierno provisional estuvieron ahí para recibirles. Sin embargo, la situación fue cambiando conforme los emperadores acercaban a la capital del Imperio, pues los actos públicos de adhesión y reconocimiento a las majestades fueron más frecuentes y bellos. Al llegar a la ciudad de México tuvieron un recibimiento apoteótico en el que las calles de la ciudad estaban adornadas con flores y motivos patrios en verde, blanco y rojo; la gente que tenía balcones por las zonas donde iban a pasar los monarcas alquilaba sillas para satisfacer la curiosidad de miles de curiosos. Por toda la ciudad se levantaron arcos triunfales, templetes y columnas en honor a Maximiliano y Carlota.

A los pocos días de haber llegado a la capital, el emperador estructuró su gabinete; en él incluyó a conservadores y liberales moderados pues quería, con ello, mostrar su interés de gobernar para todos los mexicanos. También creó un gabinete de confianza formado por extranjeros liberales que apoyaron los proyectos imperiales encaminados a no ceder frente a las presiones de la Iglesia y los grupos más conservadores.

Tal actitud desconcertó a los conservadores pues no entendían como un monarca católico deseaba incluir a los liberales en sus planes y no se mostraba afable con la Iglesia. Y fue este el error que cometieron los conservadores y monárquicos, pues creyeron que como Maximiliano era católico consecuentemente tenía que ser conservador. No comprendieron que en ciertos sectores europeos el liberalismo y el catolicismo ya no estaban confrontados.

En cierta medida, Maximiliano era un provocador pues si bien no le decía a los grupos conservadores que no estaba de acuerdo con ellos, si se los demostraba con acciones que claramente estaban destinadas a molestarles. Se negó a poner la cruz en el escudo imperial; tampoco quiso a firmar con la frase "por la gracia de Dios"; se mostró dispuesto a dar audiencias a los pobres de la ciudad los domingos; elogió en público las virtudes del general liberal Ignacio Zaragoza y "plantó" por la ciudad estatuas de Morelos y Guerrero cuando supo que la aristocracia mexicana se declaraba iturbidista.

Acciones como las anteriores también dejabann ver que el emperador era liberal y por ello estaba deseoso de atraer a los miembros de este grupo a su causa. Como muestra de buena voluntad, el emperador también les ofreció la amnistía y mandó como embajador de México en Prusia a Miramón en lo que era un exilio disfrazado.

Los liberales radicales no aceptaron estos ofrecimientos pues provenían de un gobierno extranjero e ilícito que había depuesto al gobierno legítimo de México, es decir, a Juárez. La situación para ellos no era fácil pues las persecuciones, falta de armas y deserciones hicieron que llevaran una vida itinerante similar a la de los bandoleros. Entonces no era raro ver un carruaje negro que circulaba a toda prisa por el territorio nacional; ese era el coche de Juárez (hoy expuesto en el museo del Castillo de Chapultepec) y, para muchos, era la sede del gobierno legitimo de México.

Este panorama pareció aclararse un poco cuando, en 1865, finalizó la guerra civil estadounidense. Sin embargo la cuestión no era tan simple, pues el triunfante gobierno de Estados Unidos no dispuesto a ayudar a Juárez sin sacar provecho de la situación. Los negociadores norteamericano lograron que se firmara un convenio en el que se permitía a los estadounidenses fraccionar territorios en Baja California y les deba concesiones para construir el ferrocarril El Paso-Guaymas y el de Matamoros-Mazatlán. De nuevo era tal la necesidad que los liberales firmaron un documento que hipotecaba la soberanía nacional.

Los problemas para Juárez siguieron cuando en diciembre de 1865 optó por prorrogar su período constitucional. La decisión generó divisiones pues mientras que el presidente la justificaba refiriéndose a la inexistencia de un Congreso al que pudiera convocar y que avalara la elección, sus detractores liberales se opusieron rotundamente a la decisión por ser anticonstitucional. Estaban en disputa la razón de Estado contra la legalidad y, como era la costumbre en México, ganó la primer de éstas, por lo que Juárez pudo seguir siendo el poder ejecutivo del país

Mientras la guerra continuaba, Maximiliano trabajaba para establecer en México un verdadero gobierno que permitiera su desarrollo y consolidación como potencia en el ámbito latinoamericano, primero, y mundial, posteriormente.

Cómo su imperio aún no tenía una Constitución, pero debía de regirse por leyes para evitar los problemas sucedidos en el gobierno de Iturbide, promulgó en 1865 El Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, un documento de corte liberal en el que se privilegiaban asuntos como las garantías individuales y la libertad de cultos

Con relación a los indígenas, los emperadores mostraron un espíritu filantrópico con el que pretendieron mejorar las condiciones de vida de estos grupos pero sin hacer cambios estructurales. El emperador también promulgó una serie de leyes encaminadas a hacer menos penosa la vida de los campesinos indígenas pues ordenaban la abolición de los castigos corporales; la limitación de los horarios de trabajo; la eliminación de las tiendas de raya y del pago en especie; la prohibición de la leva y, por último el reparto de terrenos baldíos entre los campesinos que no fueran propietarios. Desgraciadamente la existencia de estas leyes no impidió que los males que intentaban corregir continuaran.

Los monarcas también se preocuparon por embellecer la ciudad de México pues no tenía la faz de lo que debía ser la capital de un imperio tan grandioso como el mexicano. No sólo la adornaron con estatuas parques y jardines, también cambiaron su fisonomía al mandar construir la avenida de los emperadores (hoy en día de la Reforma) que iba desde Chapultepec hasta el centro de la ciudad. Tal vez el monumento más representativo de este época es el Castillo de Chapultepec, que fue la residencia de los emperadores. Esta construcción se hizo sobre lo que había sido una pequeña casa de verano de los virreyes y, posteriormente, el heroico Colegio Militar. Aunque el edificio fue habitado por los emperadores poco tiempo, la riqueza de su construcción y decorados, así como su tamaño lo elevan al rango de una de los monumentos arquitectónicos más bellos e importantes de México.

La relación del emperador con la Iglesia nunca fue buena en cierta medida porque a Maximiliano no le importó. Sin embargo, y como consecuencia de la visita que había hecho a Pío IX años atrás, el papa envió a fines de diciembre de 1864 a monseñor Meglia, cuyas instrucciones eran específicas y muy claras: debía de ayudar a revocar las Leyes de Reforma, lograr la devolución de todos los bienes quitados a la Iglesia, que el Estado reconociera el derecho de la Iglesia a poseer bienes y que respetase su autonomía; todo ello con la finalidad de que El Vaticano y México pudieran formalizar sus relaciones. El emperador, por convicciones propias había tomado la decisión de respetar los decretos de desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos emitidos por Juárez pues veía como necesario para la consolidación de su imperio el sometimiento de la Iglesia al Estado mexicano.

Cuando el enviado del papa y el emperador se entrevistaron, las discrepancias mencionadas salieron a flote y como Maximiliano no quería perder el apoyo del Papa, pero tampoco deseaba ceder ante sus presiones, presentó a monseñor Meglia un proyecto de concordato o convenio que debería guiar las relaciones entre el poder civil y el religioso y cuyos puntos primordiales eran:

1.- Prevalecería la libertad de cultos, aunque el católico sería elevado al rango de religión de Estado.

2.- El Estado adquiría el compromiso de sostener a los ministros del culto católico, pero a cambio de que éstos cobraran la administración los sacramentos..

3.- Los bienes de la Iglesia pasarían a manos del Estado.

4.- Los sacerdotes, en su carácter de funcionarios públicos, serían los encargados de llevar la administración del registro civil.

5.- Los cementerios pasarían a manos del Estado, para que de esa forma pudieran ser utilizados también por los no católicos.

El documento era inaceptable para la Iglesia pues en él el gobierno ganaba todo y el clero lo perdía todo. Meglia se negó a firmarlo. Maximiliano por temor de haber perdido el apoyo de El Vaticano envió una comisión para que el Papa aceptara el proyecto. El vicario de Cristo lo rechazó por ser inadmisible como fundamento de las relaciones entre Iglesia y Estado; acto seguido, sacó de México a Meglia y rompió relaciones con el país.

En materia económica las cosas tampoco marcharon bien. Napoleón optó por enviar a franceses para solucionar la situación financiera de México, pero fallaron al hacerlo, pues si en tiempos de paz no había sido posible generar la riqueza necesaria para generar la autosuficiencia del país, en el transcurso de la guerra la situación era más crítica. Maximiliano, por ende, tuvo que recurrir al endeudamiento externo. Se pidieron a Francia dos préstamos por un monto total de 46 millones de pesos, de lo cuáles sólo se otorgaron 16. A pesar de la entrada de este dinero, el déficit del imperio no disminuía y seguía siendo un lastre para el desarrollo del país. Maximiliano responsabilizaba al ejército francés de esta situación pues afirmaba que sus gastos eran excesivos; pero a su vez, los líderes militares culpaban al emperador porque gustaba de gastar los fondos en cosas tan triviales como la construcción de palacios, calles, estatuas y teatros. Es un hecho que esta crisis económica crónica por la que atravesó el Segundo Imperio puede ser considerada como un factor clave en la desaparición del Segundo Imperio..

La situación de Maximiliano en México empeoró considerablemente en 1867. En principio, perdió el apoyo francés. En enero un enviado de Napoleón III, se entrevistó con el emperador para darle a conocer sus instrucciones: arreglar con Maximiliano el retiro de las tropas francesas de suelo mexicano. El gobernante francés violaba lo pactado con el emperador mexicano porque el peligro de una guerra europea era inminente y deseaba estar preparado para ella. Este fue un duro golpe que Maximiliano jamás creyó recibir de quien era el único soporte militar firme de su imperio.

Tras perder el apoyo militar francés, el emperador mexicano lo buscó por otros lados. Su cuñado, el emperador de Bélgica, no mostró interés por ayudarle; su hermano quiso enviarle soldados pero las presiones de los Estados Unidos impidieron que lo hiciera. Maximiliano envió a Carlota con el Papa Pío IX para ver si podía obtener su apoyo (El cual "obligaría" a los otros países católicos a brindarle auxilio a Maximiliano), pero éste jamás recibió a al emperatriz mexicana.

Frente a este fracaso, Maximiliano buscó acercarse a los conservadores. Hizo a un lado su espíritu liberal y derogó algunas leyes anticlericales. Con ello sólo consiguió caer en manos de los conservadores más radicales, grupo que logró impedir por dos veces que Maximiliano abdicase y se fuera del país.

Por su parte, Benito Juárez seguía en la lucha y contaba con el apoyo de los militares que le habían mostrado su lealtad durante la Guerra de Reforma. Gracias a un préstamo estadounidense de 20 millones de dólares, Juárez pudo conformar ejércitos regulares bien adiestrados, entre cuyos líderes se encontraba Porfirio Díaz. La inyección de nuevos recursos económicos y la reorganización del ejército fueron factores que dieron una notable superioridad a las tropas republicanas sobre las imperiales. En poco tiempo, los liberales estaban logrando recuperar el terreno perdido en el centro y sur del país.

Cómo último recurso, Maximiliano se puso a la cabeza de sus tropas y que dirigió a la ciudad de Querétaro, urbe que por su geografía era más fácil de defender que la ciudad de México, para entablar la última, y decisiva, batalla contra sus enemigos. En febrero de 1867 el emperador llegó a Querétaro para y durante los meses de marzo y abril los republicanos fueron cercando la ciudad, hasta que después de más de setenta días de sitio lograron tomarla. El 15 de mayo de 1867 Maximiliano, y sus generales Mejía y Miramón voluntariamente se entregaban a as tropas juaristas.

Se les aplicó la ley que Juárez había emitido en tiempos de la segunda intervención francesa, aquella que establecía que serían ajusticiados todos aquellos que colaborasen con el enemigo. El 19 de junio fueron fusilados los tres en el Cerro de las Campanas.

Hombres ilustres de la talla de José Garibaldi y Víctor Hugo, potencias como los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, insistieron en que se le otorgase el indulto a Maximiliano, pero Juárez, se mostró firme para dejar claro al mundo que México estaba decidido a mantener su independencia a como diera lugar, Juárez comentó: "No ha querido, ni ha debido antes el gobierno, y menos debiera en la hora del triunfo de la República, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. El gobierno ha demostrado su deseo de moderar en lo posible el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes, en lo que sea indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la nación".

Tras años de ausencia, el 21 de junio de 1867 el ejército federal, encabezado por Porfirio Díaz, hacía su entrada a la ciudad de México. Tres semanas después haría lo propio el presidente de la república mexicana Benito Juárez.