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"Historia de México para principiantes".14
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

2.- La República Restaurada (1867-1877)

El triunfo de las ideas republicanas frente a las monárquicas aunado a la continuidad de Juárez en el poder fueron factores que favorecieron el restablecimiento definitivo de la república en México. Haber solucionado la cuestión de la forma de gobierno permitió a las administraciones posteriores contar con la posibilidad, por primera vez desde la independencia, de contar con un proyecto de nación gobierno en el que quedaban comprendidos los aspectos políticos, sociales, culturales y económicos.

Cuando Juárez reasumió el poder, lo primero que hizo fue hacer del conocimiento de sus compañeros de armas y de partido el programa que él, y sus sucesores, deberían de implementar para construir un México diferente, encaminado por las vías de la modernidad y listo para izarse próximamente como potencia mundial. Las propuestas del programa juarista eran las siguientes. En materia política proponía la aplicación férrea de la Constitución de 1857, fortalecer al federalismo y reducir al ejército. En lo social se deseaba promover la inmigración —primordialmente europea—, la pequeña propiedad y el respeto a las libertades del individuo. En el ámbito de la economía se hablaba de atraer capitales extranjeros, construir el ferrocarril, favorecer el desarrollo industrial e implementar nuevas técnicas de cultivo. Respecto a la cultura, se deseaba llevar la educación a todos los mexicanos, fomentar el nacionalismo en las letras y en el arte, así como exterminar lo indígena, por ser considerado como un lastre para el desarrollo nacional.

Estas propuestas elaboradas por Juárez eran muy alentadoras, más aún, si se considera el contexto imperante en el país. Hordas de asaltantes y guerrilleros conservadores asolaban los caminos y ciudades; ausencia de libertad de tránsito de mercancías y personas por la ruta de México-Veracruz; disputas entre los liberales, ahora entre dos tendencias diferentes: la civilista y la militarista. Juárez, perteneciente a la primera, no confiaba en los militares por ser extremadamente ambiciosos; por su parte, los militares desconfiaban de la capacidad de los civiles en lo que a gobierno se refiere y temían que éstos no les recompensaran por su labor realizada contra Maximiliano.

Los temores de los militares no eran del todo errados, pues Juárez, en uno de sus primeros decretos, ordenó la reducción del ejército en un 75%. El presidente justificó la medida alegando que de esta manera se reducirían gastos y los recursos ahorrados podrían destinarse a otros rubros, pero en el fondo, hay que reconocerlo, era una medida destinada a restarle fuerza al ejército y a someter a aquellos militares que habían mostrado mayor independencia.

Las quejas de los militares no se hicieron esperar y para afrontar esta situación el presidente llevó a cabo una política de conciliación, que tiempo después seguiría Porfirio Díaz, en la que a los oficiales de alta graduación se les colmó con honores, condecoraciones y otros privilegios en un intento por atenuar su descontento; mientras que a otros, aquellos que de manera pública mostraban su disconformidad, se les reprimía con severidad.

Un cambio fundamental que llevó a cabo Juárez para democratizar la vida política del país fue la reforma electoral de 1867, pensada para las elecciones que se iban a llevar a cabo en diciembre del mismo año. A través de ella los varones mayores de 25 años, sin importar que fueran propietarios o no, podrían votar para escoger de manera directa al presidente, los diputados y los magistrados de la Suprema Corte de Justicia.

También llevó a cabo una serie de reformas constitucionales, previas a las elecciones, destinadas a fortalecer las instituciones políticas existentes, regular las funciones de los poderes y dar más atribuciones al ejecutivo, este último punto esencial —según Juárez— para poder gobernar al país, pues sólo con un presidente fuerte se podría llevar a cabo la centralización del poder necesaria para ordenar al país.

En congruencia con esta postura, Juárez creó la Cámara de Senadores, organismo encargado de declarar desaparecidos los poderes constitucionales de los estados, nombrar a los gobernadores provisionales y resolver los problemas políticos existentes entre los poderes estatales cuando alguna de las partes en conflicto así lo pidiese.

Para fortalecer al presidente, Juárez logró que se le diera la posibilidad de ejercer el derecho a veto, es decir, la posibilidad de censurar aquellas medidas tomadas por el Congreso que no le parecieran.

Las elecciones se realizaron en diciembre de 1867. Tres fueron los candidatos que se presentaron: Benito Juárez (

Fue en diciembre de 1867 cuando se llevaron a cabo las elecciones. a pesar de las reformas arriba comentadas, Juárez obtuvo 7,442 votos contra los 2,709 de Porfirio Díaz y los 249 de los restantes candidatos. Un dato destacable es que aunque el Benemérito de las Américas logró que Sebastián Lerdo de Tejada fuese electo como Jefe de la Suprema Corte de Justicia (y, por ende, vicepresidente) e imponerse de forma holgada a sus rivales, no logró obtener la mayoría absoluta en el Congreso, un hecho que para algunos es una muestra de que no hubo fraude en el proceso electoral.

Esta presidencia de Juárez fue ambivalente en materia política. Por un lado, tuvo interés por gobernar con la Constitución en la mano, pero cuando la situación le era adversa, o a sus proyectos, dejaba a un lado la legalidad para poder realizar las cosas a su manera. Claro está que dicha situación fue aprovechada por los detractores del presidente quienes reforzaron la idea de que Juárez era un tirano disfrazado de demócrata.

Juárez también trabajó por el progreso económico y material del país. Busco reducir la deuda externa llevando unas finanzas más ordenadas y austeras.

Respecto al desarrollo de los medios de comunicación, parte fundamental del desarrollo económico de México, Juárez dio un lugar privilegiado al ferrocarril por considerarle como un medio que ayudaría a superar las diferencias geográficas y a integrar económica y políticamente al país. Para la creación de las redes ferroviarias se necesitaba capital, pero como la clase alta mexicana no lo tenía o no lo quería invertir, fue necesario concesionar su construcción a las pocas compañías extranjeras (en principio inglesas) que decidieron correr el riesgo. Por otra parte, el telégrafo comenzó a desarrollarse en tiempos de Juárez por ser considerado como un instrumento de gran valía política y militar.

Esta también fue la época en la que se comenzaron a construir más caminos y puertos por todo el país para reanimar así la vida económica nacional y del país con el extranjero. Bajo las presidencias de Juárez y Lerdo se abrieron los puertos de Mazatlán, San Blas, Manzanillo, Acapulco, Zihuatanejo, Puerto Ángel, Veracruz y Matamoros.

En el campo, Juárez tenía el proyecto de crear una gran clase media rural —copia de los granjeros norteamericanos— que fuera independiente y que acabara con la producción de autoconsumo. El proyecto fracasó pues si bien las autoridades comenzaron a vender las tierras quitadas a la Iglesia, éstas fueron a para a manos de los grandes propietarios, quienes aprovecharon la ocasión para incrementar la extensión de sus latifundios y acabar así con el sueño de la clase media rural.

Juárez promovió la llegada extranjeros para que fueron los encargados de llevara a cabo la modernización agrícola del país. Esta política se fundamentó en dos mitos muy extendidos hasta la actualidad. El primero de ellos era la naturaleza perezosa del indígena que le transformaba en un ser social y económicamente carente de utilidad; el segundo era el de la riqueza natural del país, tan abundante que sólo era cuestión de que la gente con ganas de trabajar lo hiciera para poder sacar a flor de piel todas las bondades naturales de este país.

Juárez fue un gran promotor del concepto de la obligación que tenía el Estado de educar a sus ciudadanos. Este era, sin lugar a dudas, el medio que le permitiría establecer la democracia y unificar el mosaico cultural mexicano. La educación era el camino a seguir para lograr la transformación de México. Gabino Barreda fue comisionado por Juárez para estructurar el sistema educativo mexicano en función a estas ideas; se pensó en él por tratarse de uno de los discípulos más destacados del pensador francés Augusto Comte, padre del positivismo. Según Barreda, la educación en México debería de fomentar los principios de orden, libertad y progreso, entendidos éstos como la base, el medio y el fin no sólo del sistema educativo, también de la sociedad mexicana.

Dentro de la educación, la historia y la literatura adquirieron una gran importancia. Se convirtieron en los ámbitos idóneso para formar en los jóvenes un orgulloso nacionalismo: La literatura, de corriente costumbrista, narraba cómo era la vida de los distintos grupos sociales del país (ricos, pobres de las ciudades, pobres del campo, etc) en un afán por encontrar lo verdaderamente mexicano. La historia, adquirió el tinte tendencioso con que todavía se enseña en algunos lugares; a los jóvenes se les enseñaba que los tiempos prehispánicos, independentista y de las repúblicas federalista y liberal eran los que habían ayudado a formar a México, mientras que los del virreinato, el Primer y Segundo Imperio y la república centralista eran los lastres de la historia patria que, de preferencia, ni se debían enseñar porque carecían de importancia en la historia nacional.

A pesar de las carencias económicas, la política educativa del régimen tuvo logros como fueron la creación de la Escuela Nacional Preparatoria y la aparición de escuelas mixtas, que se presentaban como una opción para que las mujeres también pudieran tener la opción de formarse.

Fue de esta forma como transcurrió la presidencia de Juárez. Cuando ésta llegaba a su fin, en 1871, mucho se dijo y escribió sobre los posibles candidatos a suceder al presidente. Dos eran los más sonados: Porfirio Díaz y Sebastián Lerdo de Tejada; sin embargo, al poco tiempo Benito Juárez también hizo pública su intención de reelegirse.

La candidatura de Juárez asombró a muchos por tratarse de una violación a la Constitución de 1857, a pesar de que Juárez justificara el hecho aduciendo que cuatro años era poco tiempo para poder llevar a la práctica su proyecto de nación.

Lerdo de Tejada, secretario de Relaciones y Presidente de la Suprema Corte de Justicia, había realizado una campaña electoral entre los civiles enemistados con Juárez desde años atrás y había convencido al presidente de poner a amigo suyos en puestos políticos importante. Por su parte, Porfirio Díaz representaba a los militares resentidos contra Juárez por su política antimilitarista y centralizadora y, a la vez, a una generación de jóvenes liberales que pensaban que era el momento de renovar a la clase política gobernante.

En junio de 1871 se realizaron las elecciones en un clima tenso generado por las constantes irregularidades y actos de violencia que se dieron en el proceso. Juárez obtuvo el triunfo, quedando en segundo y tercer lugar Díaz y Lerdo, respectivamente.

El rumor de que se había cometido un fraude contra Porfirio Díaz recorrió se expandió rápidamente por el ejército y algunos militares adictos a Díaz no tardaron en levantarse en armas en el centro y norte del país, mientras que el propio Porfirio Díaz proclamaba en Oaxaca el Plan de la Noria y se levantaba en armas. Este plan criticaba a Juárez por ser un dictador, lo desconocía como autoridad legítima del país y abogaba por un mayor respeto a las libertades de los ciudadanos.

El levantamiento jamás tuvo un apoyo masivo (ni de civiles ni de militares) ni se extendió por el país. Lo que lo acabó fue el fallecimiento de Juárez en julio de 1872, pues muerto el presidente, la asonada perdía su razón de ser.

Quien se vio beneficiado por esta muerte fue Lerdo de Tejada, pues por ser el Presidente de la Suprema Corte de Justicia, le correspondía ser presidente interino.

Para calmar la situación en la que estaba inmerso el país, declaró el indulto para todos los levantados, perdonándoles la vida y restableciendo sus derechos políticos. Fue así como el presidente interino acabó con el levantamiento porfirista y, consecuentemente, Porfirio Díaz tuvo que someterse al gobierno sin que por ello declinasen sus aspiraciones políticas.

A continuación, Lerdo de Tejada se vio obligado, pues la Constitución así lo requería, a convocar las elecciones presidenciales, que se llevarían a cabo en octubre de 1872. El contexto en el que tuvieron lugar fue similar al de las elecciones pasadas, pues el fraude y la violencia estuvieron presentes. Los resultados eran de preverse pues Lerdo obtuvo 20 veces más votos que el militar. Díaz consideró que le habían robado las elecciones pero nunca lo expresó en público y mucho menos consideró organizar otro levantamiento pues estaba seguro que fracasaría estrepitosamente pues tras la amnistía, ningún militar le seguiría.

Respecto a la presidencia de Lerdo poco diferente a la de Juárez se puede decir. Mantuvo el gabinete juarista, siguió centralizando el poder en la figura del ejecutivo, también fomentó la educación y el proyecto de fomento de la migración siguió sin tener éxito y siguió el mismo programa económico. El programa económico continuó con los mismo éxitos (construcción del ferrocarril y telégrafo) y fracasos (atracción de capitales extranjeros e incremento del latifundismo). A simple vista parecería ser que había la relación entre ambos políticos era tan estrecha que ni en cuestiones de política tenían discrepancias.

Tal vez sean dos las mayores diferencias entre Juárez y Lerdo: la forma cómo el segundo ejerció el poder y su postura frente a la Iglesia católica. Lerdo jamás se preocupó por aparentar que su gobierno era democrático pues desde el inicio mostró manifiestamente actitudes de dictador como son la imposición de candidatos, remoción arbitraria de funcionarios públicos, la violación sistemática de las leyes, etc. Es un hecho que al final de su presidencia, Lerdo tenía fama, muy bien justificada, de ser un tirano. Respecto a la Iglesia, en sus últimos años de gobierno Juárez fue tolerante con esta institución, a tal grado que hasta les devolvió el derecho de votar a sus miembros; en cambio, Lerdo de radicalizó la postura del gobierno en materia religiosa desde el inicio de su gestión al enviar al Congreso una iniciativa de ley en la que se ordenaba la expulsión de los jesuitas de territorio nacional, acto que generó mucho malestar entre los prelados eclesiásticos por tratarse de una clara agresión del Estado contra la Iglesia. Sin embargo, ello sólo era el principio de una política anticlerical cuyo punto culminante sería la emisión de un decreto en el que elevaba a rango constitucional las Leyes de Reforma. Más tarde decretó la disolución de las obras de las Hermanas de la Caridad, orden religiosa dedicada al cuidado de los enfermos en los hospitales. También fomentó el arribo de grupos protestantes para debilitar a la Iglesia en el país.

Los últimos meses de la gestión de Lerdo fueron muy inestables como producto de sus excesos políticos. Levantamientos liberales y conservadores se alternaban, todos con un mismo objetivo: intentar deponer al presidente. A Lerdo ello no le preocupaba pues sabía que mientras el ejército estuviese a su lado —como hasta entonces había sucedido— todas estas muestras violentas de enojo no triunfarían. Y así fue.

Aquellos opositores a Lerdo que creían que por la violencia no se iba a lograr tener éxito, veían en Porfirio Díaz a un líder natural que, en caso de proponérselo, podría encabezar un levantamiento en contra del ejecutivo. Por su parte, Díaz no ocultaba sus aspiraciones presidenciales y tan sólo esperaba el momento propicio para acaudillar a los opositores del lerdismo en una revolución.

En enero de 1876, a los pocos días de que Lerdo hiciera público su deseo de reelegirse para un segundo período, Porfirio Díaz no hizo oidos sordos del descontento popular y se levantó en armas enarbolando el Plan de Tuxtepec. En este plan se desconocía al gobierno de Lerdo así como a todos los funcionarios que fueran fieles a éste; se nombraba al José María Iglesias como presidente interino por ser el Presidente de la Suprema Corte de Justicia se proponía el respeto a la Constitución de 1857, especialmente en lo referente a la no reelección del ejecutivo.

Como podía esperarse, la revolución de Tuxtepec logró ser exitosa pues generó el estallido de otros levantamientos locales que dieron al levantamiento un carácter nacional. Ello no importó a Lerdo, quien tras un proceso electoral de legalidad muy dudosa fue ratificado por el Congreso como presidente para el período 1876-1880. José María Iglesias no aceptó la legitimidad ni del proceso ni del presidente y publicó en octubre un manifiesto en el que frente a la ilegalidad imperante en el país ilegal se autonombraba como presidente interino de México, recuérdese que era Presidente de la Suprema Corte de Justicia.

Cuando Lerdo al fin se dio cuenta de la gravedad de la situación, poco pudo hacer para resolverla de manera favorable. Los militares que no eran porfiristas, se habían proclamado iglesistas y sólo unos pocos efectivos aún seguían siéndole fiel. Aunque sus amigos le recomendaba que dejara el poder y se exiliara, el presidente se negó a hacerlo pues ello podía ser considerado como un reconocimiento implícito de su ilegalidad; al contrario, optó por tomar las armas e intentar detener a sus enemigos. En noviembre de 1876 se enfrentaron los ejércitos de Díaz y Lerdo en Tlaxcala y tras cuna cruenta batalla, , el priemroprimero salió triunfante. LerdoEl presidente no tuvo más opción que renunciar a la presidencia y exiliarse en Estados Unidos.

José María Iglesias aplaudió el triunfo inicialmente, pero cuando cayó en la cuenta de que Díaz no dejaría las ramas hasta llegar a la presidencia, quiso oponerle resistencia. Por su parte, Díaz sabía que las fuerzas de este contrincante eran muy limitadas e inició pláticas con él hasta llegar a convencerle de que era mejor que depusiera las armas pues no tenía con qué ganarle pues sólo una minoría del ejército estaba de su lado. Iglesias comprendió la situación y, a inicios de 1877, renunció a la Suprema Corte del Justicia y, por temor de que su vida corriera peligro, dejó el país.

A continuación, el presidente interino de México, Juan Méndez —impuesto por Díaz— procedió a convocar elecciones, elecciones más limpias que las anteriores, aunque también un tanto fraudulentas, que le dieron un triunfo contundente al general Porfirio Díaz, quien quedaba electo como presidente del país para el período 1877-1880.