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"Historia de México para principiantes".15
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

V.- El Porfiriato (1877-1910). 

La lucha entre Lerdo de Tejada y Díaz se decidió el 16 de noviembre cuando sus ejércitos se enfrentaron en la localidad de Tecoac (Tlaxcala). Inicialmente la batalla era desfavorable para los insurrectos y la hubieran perdido de no ser por la llegada del general Manuel González, compadre de Díaz, y sus refuerzos. La derrota de las tropas gubernamentales obligó al presidente el 20 de noviembre, a dejar el gobierno en manos de Protasio Tagle, político de filiación porfirista, y salir de México rumbo a los Estados Unidos. Porfirio Díaz entró a la capital de la república tres días después y como primer medida invitó otra vez a Iglesias a adherirse al Plan de Tuxtepec, pero como éste no aceptó, Díaz nombró como presidente provisional a Juan N. Méndez y posteriormente encabezó las operaciones en contra del iglesismo. Ciertamente nunca se entablaron combates entre Díaz e Iglesias ya que 21 de diciembre se entrevistaron por única y última vez en Querétaro, y aunque el segundo se negó a entrar en pláticas, el general oaxaqueño le convenció de no presentar resistencia militar ya que gran parte del ejército estaba de su lado; a cambio, daba al antiguo magistrado una salida aceptable: que se auto exiliara. Convencido de que ya no restaba más por hacer, Iglesias decidió aceptar el consejo de su rival y en enero de 1877 salió rumbo a la ciudad norteamericana de San Francisco. Como el rival más fuerte de Díaz ya no estaba en el país, éste autorizó a Méndez para que convocara a elecciones destinadas a la renovación de los tres poderes. Los resultados fueron los esperados ya que mientras que algunos "despistados" decidieron contender por la presidencia y sólo obtuvieron 482 votos, el general Porfirio Díaz se alzó con un triunfo aplastante al alcanzar la cifra de 11,475, lo que le permitiría ser nombrado presidente del país el 2 de abril de 1877.

Tema 3. La economía.

1.- Los inicios (1877-1888).

La llegada de Porfirio Díaz a la presidencia del país fue similar a la de otros presidentes en cuanto a que después de haber sostenido una cruenta lucha para ocupar el cargo, una vez en él tuvo que afrontar problemas severos.

En esta primera presidencia, Díaz poco pudo hacer para gobernar. Carente de experiencia política y de aliados fuertes en la sociedad civil, el general oaxaqueño no tuvo tiempo para preocuparse por el desarrollo económico, social y cultural del país, e hizo lo que, hasta entonces, sabía hacer: apoyarse en el ejército para meter en cintura a los rebeldes y comenzar a centralizar el poder

Al respecto, aunque el presidente era de la idea que era necesario pacificar y unificar al país para que la Constitución tuviera vigor, especialmente las garantías individuales, no dudó en echar mano de la fuerza para la lograr este objetivo. Combatió sin cuartel contra los lerdistas levantados en armas por todo el país. A la par, aplicó a este grupo una política conciliatoria que le generó más beneficios que la lucha armada; para ello, pactó con su líder, Matías Romero Rubio, y dio la amnistía a todos sus seguidores.

Cuando este período gris llegaba a su fin, en la sociedad comenzó a haber cierta inquietud pues mientras unos aseguraban que el caudillo se reelegiría, otros lo negaban tajantemente. El propio Díaz se encargó de disipar las dudas al afirmar en público que no buscaría la reelección por ser contraria a lo estipulado en su Plan de Tuxtepec. La duda entonces fue ¿quién sería su sucesor?, pero ésta no duró mucho tiempo pues desde el inicio mostró simpatías por su amigo Manuel González quien terminaría siendo electo presidente de México para el período de 1880-1884, a través de un proceso electoral similar a los de los tiempos de Lerdo.

La tarea de Manuel González como presidente era continuar con la labor iniciada por Díaz tres años antes, especialmente en lo referente a la pacificación de México pues logró someter a los caciques de Puebla, Jalisco y Zacatecas. Sien embargo, fueron varios los errores que cometió que, unidos a la falta de carisma, hicieron que no contara con apoyo popular. Continuó con el sistema de fraudes electorales, de imposición de candidatos, de intervencionismo en la política local y de corrupción en lo que al manejo de las finanzas públicas se refiriere. Fracasó También fracasó en su intento por renegociar la deuda con Inglaterra y establecer un nuevo sistema monetario basado en el níquel. Aunado a ellor, la vida disipada y poco austera que llevaba el presidente, así como el enriquecimiento inexplicable de sus amigos, hicieron que González se hiciera de mala fama entre todos los estratos de la población.

Los más suspicaces decían que Díaz no intervino para que González corrigiera el rumbo, que por el contrario, le permitió actuar libremente para que él y los miembros de su grupo se desprestigiaran. Cierto o no, el hecho es que González gobernó tan mal que fueron muchos los que pidieron el regreso de Díaz a la presidencia, par lo cual hubo que hacer las reformas necesarias a la Carta Magna para que fuera válida la reelección no inmediata y así Porfirio Díaz pudiera ocupar de nuevo la presidencia del país.

Al asumir su segundo período presidencial (1884-1888) Díaz era un hombre y político diferente. Mientras González fue presidente de México, él se preocupó por formarse como político pues fue gobernador de Oaxaca entre 1881 y 1883. También contrajo segundas nupcias con Carmen Romero Rubio, quien ayudó a "refinarlo" y lo inició en el mundo social que aunque no le gustaba, lo consideraba políticamente valioso.

En esta presidencia, Díaz mostró que estaba dispuesto a utilizar la represión y las prácticas antidemocráticas cuantas veces fueran necesarias si con ello lograba centralizar el poder y ordenar al país. Impuso al presidente y regidores del Ayuntamiento de la ciudad de México, así como a los gobernadores en varios estados, mientras que a las autoridades y funcionarios opositores los eliminaba política o físicamente. A la prensa opositora también la trató con rudeza y no se "tentó el corazón" para encarcelar y mandar asesinar a los periodistas y editores que más críticos se mostraban con él.

Díaz también siguió en su campaña de pacificación. Incrementó la lucha contra aquellos individuos que continuaban imponiendo el desorden por medio de actividades guerrilleras u organizando levantamientos indígenas (mayas, mayos y yaquis). Las medidas contra estos grupos se fueron radicalizando y reforzando con el paso del tiempo, en particular contra los indígenas con los que se llevó, de plano, una guerra de extermino.

Las oligarquías regionales eran un peligro por la autonomía que mostraban frente al poder central. Para someter a estos grupos, Díaz siguió una política dual pues si bien, en principio, buscaba comprar su lealtad por medio de la concesión de privilegios de toda índole; pero como algunos se negaran a pactar, recurría entonces a la represión violenta y sanguinaria como otro instrumento de convencimiento.

También buscó un acercamiento con la Iglesia pues aunque era un liberal radical, la experiencia de Juárez le había mostrado que más valía tener a esta institución como aliada y no como enemiga. Las autoridades políticas y religiosas llegaron a un acuerdo por el que mientras que la Iglesia no se metiera en cuestiones del Estado, éste no se entrometería en asuntos religiosos, y que mientras más ayudara el clero al gobierno, éste sería más tolerante con ellos.

Poco a poco el presidente controlaba o sometía a sus enemigos —de facto y potenciales— mientras que centralizaba el poder en su figura. Faltaría poco tiempo para que controlara a todas las autoridades políticas de relevancia en el país. Díaz consideraba que ello era necesario pues los mexicanos eran menores de edad en materia política y mientras este mal durara, el presidente debía de tomar las decisiones por ellos.

Al final de este período Díaz sólo había empezado a trabajar y aún le restaba mucho por hacer. Esa fue la razón por la que el Congreso aprobó el proyecto de reforma constitucional presentado por el ejecutivo en el que proponía la reelección inmediata del por tan sólo otro período. Por medio de un proceso electoral fraudulento, como ya era costumbre, Díaz y sus hombres se impusieron a los candidatos de oposición.

La economía en esta época comenzó a despegar pero con muchos problemas.

Respecto a las finanzas públicos, cuando Porfirio Díaz asumió la presidencia del país en 1877, nombró como secretario de Hacienda a Matías Romero, político cuyas mayores preocupaciones fueron las de lograr un equilibrio presupuestal y dar solución al problema de la deuda pública mexicana. En tres años poco se pudo hacer para arreglar tales cuestiones y al asumir la presidencia Manuel González (1880-1884), lo hecho por Romero se vino abajo pues como no se podían realizar los pagos al extranjero y tampoco pedir préstamos a otros países. Fue por ello que se decidió renegociar la deuda inglesa, que fue un fracaso ya pues el gobierno reconoció una deuda superior a la que tenía con Inglaterra.

En esta época pocos países ricos no invertían en México pues el país carecía de las garantías de estabilidad política y paz social que deseaban. Esto era, en cierta medida, herencia del fusilamiento de Maximiliano que fue visto en Europa como un acto más de la barbarie producida por la falta de orden político.

Fue durante entre 1880 y 1884 que se comenzó a conformar el sistema bancario mexicano. Se creó en 1881 el Banco Nacional Mexicano, gracias al apoyo del Banco Franco-Egipcio de París; un año después los bancos Mercantil, Agrícola e Hipotecario con capital español; el Hipotecario y el de Empleados, ambos subsidiarios del de Londres y México. Aunque la banca estaba creciendo considerablemente, ello no era suficiente para echar a nadar la economía nacional.

Desde el inicio de su presidencia, la minería fue un una preocupación para Díaz, por ello trató, pro primera vez en la historia, de reorganizar la minería para incrementar su producción y obtener más ingresos por concepto de exportación. Claro está que en esta época de falta de liquidez, este objetivo era difícil de conseguir.

Como había sucedido en tiempos de Juárez y Lerdo, durante el porfiriato se pensó que con la construcción del ferrocarril llegaría el progreso, razón por la cual este medio de transporte recibió un gran apoyo que desgraciadamente no pudo ser cristalizado por la falta de capitales.

En esta época también se hizo hincapié en la cuestión del latifundismo. Como esta forma de producción era la única que hacía del campo un negocio rentable, el régimen favoreció su crecimiento a través de las Compañías Deslindadoras. Éstas, estaban encargadas de medir los terrenos baldíos y fraccionarlos para que, posteriormente, el gobierno los vendiera a los particulares.