- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
 
 
"Historia de México para principiantes".18
por Íñigo Fernández Fernández (Méjico)
arquemoro@hotmail.com
ISBN-84-9714-
 

VI.- La creación y consolidación del Estado
Revolucionario (1917-1940).

 


1.- La presidencia de Venustiano Carranza (1917-1920).

En marzo de 1917 se llevó a cabo un proceso electoral para renovar los poderes ejecutivo y legislativo. Venustiano Carranza resultó electo como presidente del país y sus candidatos obtuvieron todas las curules en las cámaras de diputados y senadores.

Cuando Carranza asumió la presidencia del país se dio a la tarea de pacificarlo y para ello tuvo que echar mano de algunas de las tácticas aplicadas por Díaz décadas atrás. Al igual que el dictador, el presidente se percató de que este proceso iba de la mano de la centralización del poder en manos del ejecutivo. Fue por lo anterior que dio la orden a los Congresos de cada estado de la república mexicana a que convocasen a elecciones para la renovación de los poderes; cabe señalar que los resultados de los procesos electorales fueron convenientes para el presidente pues casi la totalidad de los candidatos carrancistas lograron ocupar las gubernaturas en disputa.

Como esta era todavía una época donde el "México bronco" estaba a flor de piel, el presidente sabía que no todos los disconformes y levantados en armas iban a colaborar voluntariamente en el proceso. Como era un hecho que habría que reprimir para meter en orden al país, era importante contar con un ejército fiel y competente que pudiera llevar a cabo esta labor. Desgraciadamente, el ejército mexicano surgido en durante la Revolución no contaba con ninguna de estas características y, por ello, debía ser reformado.

La primera medida tomada al respecto fue la reducción del número de oficiales con la política de los retiros voluntarios (con la que conservaban su rango y paga); se crearon nuevas divisiones, batallones, brigadas y regimientos para combatir los compadrazgos y lealtades personales; se inauguró la Escuela de Tropa y la Escuela Elemental de Artillería para que los oficiales altos mandos obtuvieran una formación castrense profesional; por último, se llevó un mayor control sobre la distribución del armamento.

Esta reforma tuvo muy poco éxito puesto que la ausencia de recursos económicos suficientes impidió la aplicación del proyecto de retiros anticipados y la contratación de buenos profesores para las escuelas militares; además, la Revolución dejó tantos vicios en el ejército, que éstos no podían ser erradicados en un corto plazo sólo con unas cuantas reformas. A pesar de ello, este ejército emanado de la revolución cumplió parcialmente con esta labor, pues, en un lapso de tres años, logró someter, y ajusticiar, a Emiliano Zapata, Felipe Ángeles y Manuel Blanquet; todos revolucionarios importantes. Tal vez el caso más sonado fue el de Zapata, pues su muerte se debió más a una traición artera ideada por Carranza que al buen funcionamiento del ejército federal.

El Congreso fue un dolor de cabeza para Carranza, pues mientras que el rompimiento entre él y Obregón (generado en gran medida por las ambiciones políticas del segundo) no era público y evidente, los diputados y senadores le fueron leales; pero cuando no se pudieron seguir guardando las apariencias, los miembros del poder legislativo mostraron su apoyo a Obregón por ser un líder más joven y carismático.

Los obreros, un grupo que había nacido en el porfiriato, se perfilaban como una fuerza social que en el futuro cercano sería poderosa y, por ello, convenía a Carranza tenerlos como aliados. Sin embargo, los obreros se mostraban escépticos frente al gobierno pues mientras que los beneficios que la Constitución les otorgaba no se cristalizaran, seguirían luchando por mejorar sus condiciones de vida y trabajo. A inicios de este mandato, diferentes grupos obreros se fueron a la huelga para exigir que el gobierno les diera, de manera inmediata, aumentos salariales, aunque lo único que recibieron de él fue la represión. Esta situación hizo ver al presidente que sería conveniente la existencia de una agrupación obrera de carácter nacional vinculada estrechamente al gobierno. Este proyecto se cristalizó en 1918 cuando se celebró en Saltillo el Congreso Obrero Nacional y los obreros ahí reunidos decidieron formar la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) con la finalidad de unificar a los obrero de México para que tuvieran una mayor incidencia en la política nacional y que mejoraran sus condiciones de trabajo y vida. Su líder era Luis Napoleón Morones un hombre que estaba dispuesto a hacer de la CROM un instrumento de control estatal siempre que él pudiera obtener algún beneficio de ello. Fue de esta forma como nació el sindicalismo gubernamental en México.

La economía se convirtió en un fuerte dolor de cabeza para Carranza pues la Revolución había acabado con el sistema económico generado en el porfiriato y sumido al país en una profunda crisis. Para estabilizar la moneda, el presidente ordenó que ésta se respaldara con oro, asignándole al peso un valor de 75 centigramos de oro, pues sólo de esta forma se lograría que el peso revaluara frente al dólar. También organizó el primer Congreso de Industriales en donde se aclararon las necesidades de la industria nacional. Tuvo la idea, acertada, por cierto, de reconstruir el sistema ferroviario que había quedado destruido tras la lucha armada (los revolucionarios gustaban de volar las vías para descarrilar trenes) pero la falta de recursos económicos impidió la realización del proyecto.

Una solución muy sencilla que se le presentó al presidente para poder salir de este atolladero económico fue la llegada, en 1917, del Telegrama Zimmerman. Se trataba de una invitación que el gobierno alemán extendía al mexicano para que rompiera su neutralidad en la Primera Guerra Mundial y participara a su lado en este conflicto; a cambio, los europeos prometían a México la devolución de Texas y de los territorios perdidos con Estados Unidos en 1848. La invitación era muy atractiva pues la recuperación de estos territorios ayudaría, sin lugar a dudas, a mejorar la economía mexicana, pero Carranza, que tampoco era muy devoto a Estados Unidos, decidió que lo que se le proponía era muy arriesgado, más aún cuando el país acaba de salir de una guerra civil, y renunció a ello.

Un medio para acabar con la etapa armada de la revolución, brindarle espacios diferentes —y legítimos— a la sociedad para expresar sus desavenencias con el poder y, a la par, favorecer el fortalecimiento político del país, eran los partidos políticos. Los primeros partidos políticos emanados de la revolución eran pequeñas agrupaciones creadas al rededor de caudillos, siendo muy pocos los partidos políticos serios y de carácter nacional. En 1917 se creó el Partido Nacional Cooperativista, su propuesta era que a través del mejoraría la vida de los mexicanos. Los obreros cromistas fundaron en 1919 del Partido Laborista Mexicano. Ese mismo año, gracias a la quehacer de los revolucionarios mexicanos y extranjeros se creó el Partido Comunista Mexicano que se proponía acabar con el capitalismo para establecer en el país la dictadura del proletariado y llegar así al comunismo. En 1920 vio la luz el Partido Nacional Agrario que retomaba las propuestas agrarias del zapatismo.

Es innegable que los partidos políticos están vinculados con la cuestión de las elecciones. Desde 1919 la sociedad mexicana comenzó a tener inquietud por las elecciones que se iban a llevar a cabo el siguiente año pues serían las primeras del México posrrevolucionario. Después de que se hiciera pública la convocatoria, el primero que se postuló a la presidencia fue Álvaro Obregón.

Obregón había iniciado su campaña electoral, de manera velada, claro está, desde 1917 y ahora aprovechaba la oportunidad de cristalizar ese trabajo. No dudó desde el inicio en criticar a Carranza, su antiguo compañero de armas y amigo, por ser inmoral e incapaz de pacificar al país. El ejecutivos respondió estos ataques postulando a un amigo suyo a la presidencia para que así obstaculizara a su enemigo. La respuesta de; el problema es que este candidato, Ignacio Bonillas, era un desconocido y, para muchos, se trataba de un títere del presidente.

Un fuerte revés para Carranza fue cuando el ejército comenzó a mostrar su adhesión a la candidatura de Obregón. Las proclamas y manifiestos al respecto salían publicados todos los días en la prensa o aparecían pegadas en postes y puertas de las ciudades más importantes del país. La situación empeoró cuando el gobernador de Sonora y amigo íntimo de Obregón, Adolfo de la Huerta, proclamó en 1920, el Plan de Agua Prieta por el que desconocía a Carranza como presidente de México y proponía que una vez que se hubiera derrocado al gobierno se convocase a elecciones generales. Era un hecho que Obregón estaba atrás de la asonada y que ésta era su instrumento para asegurar su llegada al poder.

El levantamiento por todo el país y contó con el apoyo de militares y civiles, motivo suficiente para que Carranza tomase la decisión de abandonar la capital el país y marcharse rumbo a Veracruz desde donde iniciaría la "reconquista" del país. Sin embrago, nunca lo pudo hacer. El 20 de mayo el presidente y algunos de sus hombres sus hombres llegaron al pueblo de Tlaxcalantongo (Puebla) yahí decidieron pasar la noche. A las tres de la mañana del día 21 varios hombres emboscaron la vivienda donde dormía Carranza y le asesinaron.

2.- El interinato de Adolfo de la Huerta (1920)

Tras hacerse públicas las noticias sobre el aciago incidente, el Congreso de la Unión decidió a Adolfo de la Huerta como presidente provisional del país.

Aunque la razón de ser de la presidencia de Adolfo de la Huerta era preparar el camino para Obregón ganara las elecciones, también trabajo a favor de la pacificación del país.

Con relación al ejército, diminuyó la cantidad de soldados que le daban vida (de 200,000 a 50,000) de ser 200 000 a tan sólo 50 000; aquellos que salieron del ejército recibieron tierras y fueron agrupados en colonias militares —tal como lo hacían los romanos siglos atrás, o bien, se les empleó en fábricas del gobierno como obreros.

Igualmente combatió a los revolucionarios que aún no dejaban las armas. En ese sentido, de la Huerta se hizo famoso por haber obtenido la rendición de Francisco Villa, quien después de haber tenido una actividad guerrillero desde 1916, decidió rendirse al gobierno federal a cambio de una recibir la propiedad de una hacienda (Canutillo era su nombre). Claro está que también hubo quienes decidieron tomar por primera, o segunda, vez las armas para desestabilizar al régimen, pero ninguno de estos levantamientos tuvo importancia.

El problema más serio al que se enfrentó Adolfo de la Huerta fue el de su reconocimiento, por parte de Estados Unidos, como presidente legítimo de México. Los norteamericanos pusieron una serie de condiciones relacionadas con la no aplicación del artículo 27 constitucional para sus ciudadanos radicados en México. El presidente interino tuvo que rechazar estas condiciones por ser denigrantes para el país.

Como había sido acordado al inicio de su presidencia, de la Huerta convocó a elecciones que se celebraron en septiembre de 1920. Álvaro Obregón fue el triunfador absoluto pues obtuvo el 95% de la votación, en un proceso poco claro y destinado a favorecerle frente a los otros candidatos

3. La presidencia de Álvaro Obregón (1920-1924).

Cuando Álvaro Obregón llegó a la presidencia su objetivo dar continuidad, por contradictorio que pudiera parecer, al trabajo realizado por Carranza en torno a la creación de un estado revolucionario fuerte, y para ello, consideraba necesario combatir todos los obstáculos, en particular el de la regionalización del mando político —entiéndase caciquismos— que impedían la centralización del poder.

Sin embargo, las cosas no eran fáciles para Obregón, en particular por los problemas que tenía con Estados Unidos. El gobierno norteamericano se negaba a reconocerlo como presidente legítimo por haber sido supuesto partícipe de la revuelta que culminó con el asesinato de Venustiano Carranza, presidente Constitucional del país. En realidad, los norteamericanos utilizaron esta situación para presionar al presidente e intentar obtener privilegios en México. Entre 1921 y 1922 se entablaron pláticas informales entre ambas naciones que no llegaron a un acuerdo. En 1923 se tomó con más seriedad el problema y, por ello, se creó una comisión mixta y tres meses después, se firmaron los Tratados de Bucareli, en el que el reconocimiento de la administración obregonista y de los posteriores gobiernos mexicanos estaba condicionado a que:

1.- El gobierno mexicano se comprometía a compensar los daños sufridos por los ciudadanos americanos radicados en el país entre 1862 y 1917.

2.- El artículo 27 constitucional no sería retroactivo, es decir, que los americanos que hubieran adquirido minas, pozos petroleros o propiedades de otra índole antes del 5 de febrero de 1917 no se verían afectados por la aplicación de la Constitución mexicana.

Este arreglo fue muy criticado en México pues se decía que era una muestra más de la sumisión de las autoridades políticas del país hacia Estados Unidos y se llegó a acusar a Obregón de ser el "Santa Anna del siglo XX". En realidad la situación del presidente era delicada pues mientras que el gobierno norteamericano no le reconociera como autoridad legítima, había la posibilidad de que organizase una invasión al país bajo el pretexto de querer instaurar la legalidad en México; además, faltaba un año para la sucesión presidencial y Obregón no deseaba que su sucesor, quien quiera que fuese, tuviera que enfrentarse a este problema.

Para poder llevar a cabo labor de centralización del poder, el presidente decidió echar mano al ejército que cada día se transformaban en una institución más fiel al gobierno (aunque todavía restaba mucho por hacer). El uso de militares para acabar con los caciques opositores al gobierno federal fue un recurso efectivo con el que contó Obregón para centralizar el poder, ya que éstos o eran sometidos o bien, ajusticiados por los militares.

También buscó ejercer un mayor control sobre el movimiento obrero, para lo realizó mejoras estructurales en sus organizaciones. Obregón dio todo su a los trabajadores de la CROM y en compensación, Luis Morones también dio todo su apoyo al gobierno. Fueron las organizaciones obreras independientes las que más problemas dieron al gobierno por su rebeldía, de ahí que para las autoridades, la insurgencia sindical fuera peligrosa pues atentaba contra el proyecto de centralización del pode. Como cabría esperar, estos movimientos autónomos fueron reprimidos y perseguidos por las autoridades locales y federales con la intención de suprimirlos, situación que no sucedería

En materia agraria, importante para la estabilidad del país, Obregón estaba en un serio aprieto este pues dar de tierras a los campesinos pero no deseaba enemistarse con los latifundistas pues era un grupo económicamente fuerte. A final de cuentas tomó la decisión que menos afectaría a los segundos y que si beneficiaría a los primeros: se repartirían entre los despojados aquellas tierras que no fueran explotadas por los grandes propietarios.

Como agricultor norteño que era, el presidente deseaba crear pequeños propietarios para que así los agricultores se responsabilizaran de sus tierras e incrementaran su productividad; sin embargo, la mayoría de los campesinos deseaban lo contrario, es decir, tierras comunales donde la ausencia de instrumentos de trabajo se supliera con la abundancia de la fuerza humana de trabajo. Este reclamo era tan fuerte que el presidente tuvo que ceder y repartir las tierras en forma de ejidos. Gracias a esta política Obregón gozó del apoyo incondicional de los campesinos a lo largo de su mandato.

El presidente tuvo la visión suficiente para darse cuenta de que un medio para difundir los ideales de la revolución —y crear así un nacionalismo revolucionario— en toda la sociedad era la educación. Esta labor tan importante fue delegada en José Vasconcelos, el primer secretario de Educación Pública en México. Para cumplir con su misión, el funcionario público utilizó varios recursos. En primera instancia inició una campaña de alfabetización en el país, pues más del 80% de los mexicano eran analfabetas. Sin embargo, como el proceso era lento, por la cantidad de gente a la que había educar y los recursos limitados con los que contaba la secretaría, este trabajo se tuvo que complementar con la pintura. El gobierno de Obregón contrató a Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros para que pintaran murales en sitio públicos (edificios del gobierno principalmente) donde quedaran plasmados, en imágenes colosales, los ideales revolucionarios enriquecidos por una ideología socialista basada en el rescate de lo indígena y el rechazo a lo español. La idea era buena, pues los grandes murales podían transmitir sus mensajes a un público mayoritariamente iletrado.

El legado económico que había heredado de Carranza era pésimo. La economía mexicana esta sumida en una recesión de la que no podía salir ante la ausencia de créditos internos y externos que hicieran circular el efectivo. Para solucionar el problema, creó una serie de leyes que reglamentaban el funcionamiento de los bancos —fuente natural del crédito— en función de los del Estado; también ordenó la creación de la Comisión Nacional Bancaria, encargada de vigilar que los bancos cumplieran con las reglamentaciones.

Obregón también trabajó en el pago de la deuda externa, pues era la única forma de acceder a los préstamos extranjeros. Tras varias negociaciones con el Comité Internacional de Banqueros, se logró firmar un acuerdo en el que el gobierno mexicano se comprometía a pagar se deuda externa utilizando las percepciones obtenidas por el impuesto sobre el petróleo.

Como había sucedido tres años atrás, la sucesión presidencial no fue pacífica y derivó en una disputa al interior del grupo revolucionario.

En 1923 sonaban dos nombres como los posibles sucesores de Obregón en la presidencia: Adolfo de la Huerta, secretario de hacienda, y Plutarco Elías Calles, secretario de Gobernación y antiguo maestro de Primaria. Los rumores al respecto estaban bien fundados pues ambos era amigos íntimos del presidente y eran respaldados por grupos políticamente fuertes.

En varias ocasiones, de la Huerta expresó en público que no era su intención participar en las elecciones presidenciales, pues sabía que Calles gozaba del apoyo de Obregón. Cuando se hizo pública la postulación de Calles al ejecutivo, muchos militares de graduación no aceptaron este echo pues Calles, además de ser poco carismático, tenía fama de ser demasiado estricto y exigente con su gente. Por estos motivos comenzaron a presionar a de la Huerta para que se también se postulase; de la Huerta renunció a la Secretaría de Hacienda pero no hizo públicas sus aspiraciones electorales. Obregón no quería que este político afectase sus planes así que se encargó de que fuera acusado de malversación de fondos como secretario de Hacienda, a lo que de la Huerta respondió aceptando su postulación a la presidencia.

Como sabía que por la vía legal no iba a triunfar, pues la voluntad del presidente era otra, de la Huerta se marchó a Veracruz y ahí se levantó en armas contra el gobierno. Acusaba al presidente de violar la soberanía de los estados, someter al poder legislativo, intentar asesinar a diputados y de querer seguir gobernando al país por medio de Calles. El movimiento de la huertista prendió por todo el territorio nacional, pero Obregón se encargó de dirigir exitosamente la campaña en contra de los alzados gracias al apoyo económico y armamentístico dado por Estados, a la colaboración de generales tan competentes como Juan Andreu Almazán, Joaquín Amaro y Plutarco Elías Calles y a la desorganización existente en el movimiento de la huertista. Cuando el levantamiento fue controlado, los mandos que no pudieron huir a Estados Unidos fueron pasados por las armas; a excepción de Adolfo de la Huerta a quien, por haber sido ya presidente del país, se le perdonó la vida a cambio de que dejara el país. De la Huerta se exilió del país y por años sobrevivió en Los Ángeles (Estados Unidos) dando clases particulares de música.

Superada la situación, en julio de 1924 se realizaron las elecciones que llevarían a la presidencia al general Plutarco Elías Calles para el período 1924-1928.