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DIVINIDAD Y EXPERIENCIA. 2/5
por Arantxa Serantes
 

LA CRITICA DE LA RELIGIÓN

La crítica de la religión se ha realizado desde las siguientes vertientes:

1. La expresión de la experiencia religiosa
La consideración de que los mitos no eran sino fábulas no verdaderas. Recientemente se ha comprendido que los símbolos y los mitos son expresión simbólica de experiencias profundas y «verdaderas»: sólo a partir de este presupuesto puede llegar a realizarse una hermenéutica (interpretación que recupere el verdadero sentido de los símbolos y los mitos.

2. La dimensión psicológica
Una experiencia profunda puede ser captación de una realidad objetiva, o puede ser simplemente la proyección inconsciente de estados anímicos.

3. La dimensión sociológica
Al ser institucionalizada la religión realiza una función social importante.
 
 
CONCEPTO DE RELIGION: ESTUDIO COMPARATIVO

Existen cuatro modelos importantes de relación social ente mujer / hombre, diosa / Dios en el estudio del proceso antropológico de la experiencia sagrada.

Éstos son modelos que aparecen de una forma sucesiva, desde el punto de vista de lo masculino y femenino. Pero pueden entenderse también de una manera estructural, como aspectos principales de la trama religiosa en el momento actual de nuestra historia. El hombre (varón y/o mujer) es ser complejo y debe realizarse en un camino de individuación que pasa por diversas etapas.

La experiencia religiosa constituye un elemento clave en la visión y realización del ser humano, tanto en el pasado como en el presente.

La religión es un hecho psicológico de gran densidad. Ella es también un hecho sociológico: ofrece al ser humano unos principios de comunicación que le permiten abrirse a los demás de una manera cargada de sentido. Pero la religión es ante todo un hecho religioso, un fenómeno integral del ser humano.

Las religiones no demuestran ni resuelven temas puntuales en un plano de ciencia.

Varones y mujeres se encuentran inmersos en la gran marea de la vida de la naturaleza. No hay distinción, ni ser humano frente a aquello que es no-humano, ni varón frente a mujer, ni dioses inmortales frente a los mortales. Buscando en la base de sí mismo por la religión, el hombre parece capaz de desandar el gran camino de las diferenciaciones.

Antes que varones o mujeres, antes que individuos, en la fuente o raíz de nuestra vida, somos pura realidad.. No existe todavía cosmos, no hay naturaleza, si por ella se entiende aquello que nos hace nacer. No hay origen, no se puede hablar de proveniencia.

En ese origen, pierden sentido los rasgos del varón y la mujer.

Desde ese fondo se puede estudiar el sentido originario de la vida y  la conciencia, antes de la creación positiva de las cosas.

La experiencia auténticamente religiosa consistiría en ese retorno catártico y tranquilizador hacia el principio del ser y del no ser, donde no se escucha ni la voz de lo divino (pues no existen todavía dioses ni demonios).

Queda así lo predivino de la nada para el hombre verdaderamente religioso (que en cuanto religioso deja de ser varón o mujer). Sólo cuando olvide que soy varón o hembra, esto o aquello, bueno o malo, luz u oscuridad, podré encontrarme seguro y arraigado para siempre.

La creación se configura como distinción y va separando las diversas realidades, haciendo así que existan la luz y oscuridad, cielo y tierra, agua y campo seco, en proceso que culmina en el varón y mujer como formas complementarias de lo humano.

Situados ante ese caos, sólo podemos evocar una actitud de gran silencia. De la nada no se puede decir palabra alguna.

Algunos podrían decir que es signo de un paganismo de la naturaleza. Pero estrictamente hablando no se puede hablar aún de eso, pues naturaleza viene de «naceré» (nacer) y aquí no nace nada, nada muere. Tampoco puede hablarse aún de un paganismo cósmico.

Podemos recordar el troquelado de ciertos animales: quedan dirigidos o mejor, determinados en su misma conducta por el modo de presencia de la madre u otro ser o cosa externa que les marca. 

El ser humano nace con una capacidad infinitamente mayor de troquelado, es decir, de concretización afectiva, cognoscitiva, vital.

Los grandes sociólogos de la religión de los años 70 (P.Berger, Th.Luckmann) han destacado aquello que se suele llamar la construcción religiosa de la realidad: los seres humanos han hallado y fijado sus primeras experiencias de apertura al mundo y de visión de la realidad en clave sacral. 

De esa forma han comenzado a separar lo bueno de lo malo, distinguiendo y ordenando, al mismo tiempo, los diversos planos y elementos de las cosas.

Dentro del proceso de construcción simbólica del mundo y de descubrimiento del sentido cósmico recibe una importancia peculiar aquello que pudiéramos llamar la revelación de lo femenino interpretado como madre. Pero antes de ocuparnos de ella debemos recordar la importancia de la simbiosis primigenia: el ser humano sigue inmerso en un proceso que le sobrepasa, dentro de una realidad donde no puede distinguir aún diferencias, formas ni figuras. Ese momento sigue en el fondo de toda la experiencia posterior. El ser humano vive en un nivel de diferencias y en ellas se mantiene.

Este retorno tiene un aspecto catártico: nos ayuda a descubrir la propia limitación. Nuestra humanidad tiene estructura patriarcal: está dirigida y dominada por varones. Ellos han sido los originantes de eso que llamamos actualmente la historia: orden político expresado en formas de poder. Pero antes de esa historia parece adivinarse en muchas partes una especie de prehistoria dirigida y fecundada por mujeres (madres). es lo que solemos llamar el matriarcado

El padre es también fuente de vida, pero su función está menos vinculada al don de la biología.
Superando un posible matriarcado, los varones han terminado por imponerse, expandiendo su derecho y manteniendo a las mujeres sometidas, muy subordinadas.

Lo divino se escinde en dos mitades jerárquicamente diferenciadas, de tal forma que aparecen unos dioses superiores (masculinos) y otros inferiores (femeninos).

El orden o nivel masculino acaba siendo dominante.

Las diosas aparecen así subordinadas.

Surgen las religiones patriarcales que interpretan como realidad divina el triunfo del varón dentro de la historia, en un mundo donde los varones han acaparado los resortes del poder familiar y social, avalando así el dominio sacral de los triunfadores.

Para Freud, la religión ha brotado del asesinato del padre originario (animalesco): los hijos/hermanos sometidos se han alzado y le han matado, sacralizándole después de un modo simbólico. Para R.Girard no es necesaria la figura del padre; son los mismos hermanos los que luchan entre sí, movidos por la envidia mimética.

En el principio está el poder supremo de la madre. Siendo transmisora de vida, ella aparece de algún modo como diosa. Es la expresión del deseo supremo, de eso que pudiéramos llamar la forma natural de la existencia.

El varón carece de ese poder sobre la vida. A partir de aquí tenemos que invertir de un modo estricto la interpretación de aquellos que desde antiguo han concebido a la mujer como vir deficiens, un varón frustrado o venido a menos.

De un modo quizá exagerado pero en el fondo verdadero, podemos afirmar que la violencia de los varones (expresada en el ritual de sacrificios) nace de la envidia que ellos sienten por no ser dueños de la vida como la mujer.

Ha nacido así el patriarcalismo como forma de realización violenta en lucha fratricida. Hasta ahora, los humanos se hallaban protegidos (como dominados) por la potencia reproductora, vital. Desde ahora ellos quieren realizar su propio ideal de existencia y para ello deben controlar a las mujeres bajo su ley.

Todo lo que existe sobre el mundo es ambiguo y paradójico, y en ese aspecto podríamos decir que el proceso de patriarcalización, vinculado a la religión masculina, ha cumplido una función dentro de la historia.

Proyección teológica: los hombres configuran y expresan en fondo sacral y figura de dioses aquello que descubren y valoran en la tierra. De esa forma aplican a «dios» o a los dioses los principios que conforman su vida sobre la tierra.

Proyección social. Una vez que la religión se estabiliza en formas culturales (creando figuras de dioses), ella influye en la vida de los hombres, ratificando y sacralizando aquellas condiciones sociales que responden al esquema transmitido por el mito.

Estos mitos patriarcalistas definen de manera poderosa nuestra historia. Después han irrumpido y triunfado nuevas visiones religiosas, tanto en Oriente como en Occidente, superando de algún modo las antiguas concepciones machistas y violentas de la divinidad. Sin embargo, que el sustrato de tipo patriarcal ha pervivido de algún modo en las nuevas estructuras religiosas.

El padre-varón aprovecha su fuerza y libertad biológica para imponer su dominio sobre el conjunto de la familia. Este padre / patriarca asume los dos poderes fundamentales: el dominio sobre la mujer (o mujeres) y la autoridad sobre los hijos (o sobre el conjunto de la familia), entendida como una especie de propiedad del padre.

Se trata, ciertamente, de un poder bueno, que quiere presentarse como expresión del orden de la vida: asume la responsabilidad y cuidado del conjunto familiar.

Un fenómeno religioso y social de este tipo (triunfo del padre) parece haberse impuesto en casi todos los pueblos de la tierra después del neolítico: se ha roto el equilibrio entre los sexos; la mujer viene a quedar subordinada; la vida se concibe como lucho-dominio, y de esa forma queda dirigida por los «fuertes» es decir, por los varones. Lógicamente, la figura del padre de familia y del señor del grupo se proyecta sacralmente sobre el cielo, donde un Dios paterno domina sobre el resto de los dioses.

Los dioses son ya masculinos, poderosos por su sexo y por su fuerza; ellos dominan sobre el cielo y desde el cielo dictan su sentencia y reinan por encima de la tierra. Estos dioses presentan muchas veces rasgos que podemos llamar ambivalentes.

d) Por un lado, son buenos, positivos y creadores: sin ellos la tierra acabaría volviéndose desierta, seca y muerta. Por eso resultan necesarios: de su intensa vida y de su fuerza nace el agua; ellos fecundan y alimentan a la tierra.

e) Pero, al mismo tiempo, ellos aparecen como terribles, violentos, vengadores: se dice así que actúan de forma imprevisible, vienen cuando quieren y se expresan de una forma que resulta caprichosa (a no ser que la llamemos vengadora) entre signos de terror y destrucciones.

f) Gran parte de estos dioses patriarcales son guerreros. Ellos adquieren y mantienen su dominio 
por la guerra. Así se dice que Yahvé o Marduk han sido entronizados después que derrotaron a los fuertes poderes adversarios. En el mismo lugar donde culmina la divinización del poder (que quiere presentarse a sí mismo como el único o gran dios sobre este mundo) han visto el triunfo del poder antidivino. Esto nos puede llevar a una demonización de los rasgos masculinos.