Es
éste el segundo trabajo de este autor que presento para esta asignatura sobre
la Historia Económica Moderna y, sin duda, la elección ha cumplido las
expectativas que había despertado en mí un tema tan interesante como el que
da título a la obra reseñada.
El
tratamiento del tema se vuelve a realizar como es habitual en el autor, de una
forma accesible para cualquier profano, es decir que no se trata de una obra
docente de difícil lectura sino, por el contrario, de un estilo tan ameno que
se puede recomendar leer a cualquiera que tenga cierta curiosidad en un fenómeno
que revolucionó económicamente una época como el que se desarrolla en los
siglos XVI y XVII.
La
Odisea de la Plata, que da título
a la obra, fue probablemente a aquellos siglos, lo que el descubrimiento y el
comercio del petróleo a nuestra época actual, es decir un factor que incidió
en las economías no sólo de los países europeos y las propias tierras recién
descubiertas, sino que sus efectos llegaron a puntos tan lejanos como China,
todo ello narrado en pocas páginas a través de los diez capítulos y las
conclusiones que lo conforman y que nos ayudan a entender mejor el rápido
ascenso de España, hasta ocupar un lugar hegemónico en aquel mundo moderno
recién salido del sistema de economías feudales.
Para
comprender mejor todo esto hay que situarse en la mentalidad de los
descubridores como Hernán Cortés, Pizarro, o el propio Cristóbal Colón, y
sus auténticas intenciones en su afán de conquista, es decir, el oro, y
por tanto las primeras acciones estuvieron encaminadas en su obtención por la
vía más rápida, o sea, el saqueo, robo y expoliación de los tesoros indígenas,
con la consiguiente pérdida irreparable del patrimonio cultural indígena
fundido en lingotes. Pero como la fuente para la obtención se secó rápidamente,
no tuvieron más remedio que dedicarse a obtenerlo por la vía tradicional, es
decir extrayéndolo de las minas pero, eso sí, utilizando la mano de obra indígena,
que caía diezmada por los esfuerzos y las enfermedades contagiadas por los
españoles. En el apartado dedicado a este tema, Cipolla atribuye a varios
golpes de suerte el descubrimiento no sólo de las minas de Plata del Potosí
en la actual Bolivia, o Zacatecas en Méjico sino la coincidencia en el tiempo
del nuevo sistema de amalgama descubierto en Venecia por el italiano
Biringuccio y que, con el uso del uranio, facilitaba el sistema de extracción
del mineral. Por si fuera poco con las reservas que de éste existían en las
minas españolas de Almadén o en las italianas de Idria (próximas a Trieste),
en el propio continente americano cerca de El Callao (Perú), fueron
descubiertas las de Huancavelica, en otro golpe de fortuna, siempre según el
autor, con lo que el abastecimiento del uranio estuvo asegurado, aunque las
dificultades orográficas y de otra índole retrasaron la aplicación de este
nuevo sistema de amalgama en Potosí y sólo seis años después de que
empezara a aplicarse en Zacatecas.
Una
vez que las minas fueron descubiertas, España decidió aplicar unas medidas
económicas altamente proteccionistas, aunque renunciaría al sistema de
monopolios utilizado por Portugal. En este sentido, se dictaron severas leyes
que, no sólo prohibieron el establecimiento de extranjeros en las
colonias,(con excepción de algunas épocas), sino del comercio de éstos con
las Indias (con lo que la emigración a las nuevas tierras fue monopolio del
pueblo español) y además de éstas prohibiciones se incluyeron las de
implantar manufacturas o plantar
viñas en los Virreinatos de Nueva España y del Perú, dirigidas a proteger
la industria y la agricultura españolas. Para poder llevar a cabo todas las
labores de control que estas políticas precisaban, fue necesaria concentrar
todo el comercio con América en un solo puerto, eligiéndose Sevilla para
este destino y declarándose en 1503 sede de La Casa de Contratación que
significó convertirse en el centro del monopolio del comercio de ultramar,
hasta perderlo en mayo de 1717 a favor de Cádiz bajo el reinado de Felipe
Una
vez sentadas las bases de la administración de las nuevas riquezas
provenientes del Nuevo mundo y si la extracción del mineral era complejo, más
aún lo era el traslado del preciado metal al viejo continente. Para ello
Cipolla nos describe en su capítulo III los distintos sistemas de navegación
utilizadas (Flotas), con el fin de conseguir que la plata llegara a buen
puerto, pues los barcos no sólo tenían que enfrentarse a los bandidos y
piratas que codiciaban el rico botín sino, los elementos atmosféricos,
(vientos y corrientes) que resultaban, si cabe, aún más adversos que los
primeros. Por ello se organizaron dos convoys, o flotas, que modificaron sus
épocas de partidas en función de las estaciones más propicias, sobre todo
dado el tiempo que se necesitaba para poder organizarlas
De
las dos amenazas mencionadas, la de los piratas era la que más preocupaba, y
no sólo en el Atlántico por medio de corsarios ingleses u holandeses, sino
en el Mediterráneo con los berberiscos. En las travesías con dirección a
las Indias, el cargamento era variado y consistente en productos de primera
necesidad y sobre todo de intercambio, además del mencionado uranio necesario
para la extracción de la plata, pero a la vuelta venían cargados con lo que
en aquel entonces se denominaba “el tesoro”, y algunas especias y
plantas como el tabaco, cacao o azúcar, lo que atraía sobremanera la amenaza
pirata. En este sentido Cipolla nos ilustra con un cuadro en el que se puede
apreciar como el año 1595 fue el año de máximo transporte de plata.
La
verdadera cuantía del mineral es la pregunta con la que nos inicia en su V
capítulo. En este sentido se han tomado como referencia las cifras aportadas
por Hamilton pero que en los últimos tiempos han parecido caer en entredicho,
sobre todo debido a la gran cantidad de plata que circulaba a través del
contrabando y que escapaba a los controles oficiales, realizados sobre todo
por La Casa de Contratación. A pesar de las medidas oficiales que se tomaron
para evitar el fraude, la tentación ante semejantes cantidades de plata
resultaba difícil de superarse, por lo que a mediados del siglo XVII se optó
por abolir la obligación del registro ya que el contrabando de plata parecía
ser el deporte nacional. Como consecuencia, las cifras aportadas por Hamilton,
al obtenerse de los registros oficiales, serían muy inferiores a las reales,
y esta ingente afluencia de metal al continente, por tanto, tendría efectos
directos en las economías de los países europeos, sobre todo si tenemos en
cuenta, la escasez que durante toda la Edad Media había dominado sus sistemas
monetarios, sobre todo el del reino de Castilla, pobre
en recursos humanos y materiales y que en un corto periodo pasó a ser
el más rico del mundo.
La
plata en circulación aumentó a partir de la mitad del siglo XV con el
descubrimiento de los yacimientos europeos de los Alpes y Sajonia, lo que dió
lugar a una importante reforma monetaria que comenzó en las cecas europeas y
que provocó un cambio radical en el sistema de amonedación Europeo. Este
cambio se inició en Venecia y Milán al aumentar éstas el grosor de las
monedas que servían de intercambio comercial con Alemania, debido a la
desfavorable situación financiera de la segunda
con respecto a las primeras, por lo que la plata alemana se dirigió
hacia estos dos lugares en forma de “testones”, por la efigie de
medio busto que aparecía en ellas y que, debido a su peso y valor de ley,
tuvieron un gran éxito y a su vez provocaron que el Archiduque Segismundo
acometiera lo que se denominó “la gran reforma monetaria”, con la
acuñación de dos nuevas monedas que a pesar de su valor y medidas, no
sirvieron para mucho más que medallas, aunque habían abierto las puertas de
lo que serían los nuevos sistemas de acuñación, de los que España no se
vería libre y cuyo buque insignia vendría a ser la pieza del “real de a
ocho”.
El
sistema de acuñación español fue el que sufrió uno de los cambios más
importantes. Debido al intercambio con las Indias, la necesidad de moneda en
circulación hizo que se llevara a cabo toda una reforma monetaria iniciada
con “la pragmática de Medina del Campo” y que, en principio sólo
preveía la acuñación de monedas fraccionarias del real, de ½, de ¼, y de
1/8, pero no así de múltiplos de real. Sin embargo a mediados del S.XVI se
sumó a las corrientes europeas acuñando múltiplos y fracciones de 3,2, ½,
y ¼, y dos años más tarde piezas de a 8,4,2,1,y ½, viéndose por primera
vez esa famosa pieza de a ocho, que si bien comenzó a circular tímidamente
en sus inicios, su auténtico estrellato lo alcanzó a raíz de la demanda que
de esta pieza comenzó a hacerse desde el virreinato de Nueva España ya que,
la ceca que allí funcionaba desde 1535 en Ciudad de Méjico, no estaba
autorizada para acuñar dicho valor. Las cecas comenzaron así un proceso en
el que cada vez se fabricaban menos piezas de medio real y más de 4 y de 8,
ya que los mercados los demandaban con más frecuencia y para los monederos
suponía menos trabajo y mayor ganancia.
A
la historia de la pieza de a ocho le dedica Cipolla el capítulo VII no sólo
en sus aspectos cuantitativos, es decir, porcentajes de plata producida
y acuñada en las Indias y porcentajes de plata enviada a España en
forma de panes o de monedas, y que los documentos de la época no aclaran
especialmente. Lo que sí parece estar claro es la tendencia creciente que
siguió la proporción de plata producida en América y enviada a España y su
tendencia al sentido inverso con el asentamiento de las nuevas colonias, por
su crecientes economías, por lo que si en principio se enviaba el mineral en
forma de panes y se recibía en forma de monedas, el establecimiento de cecas
en las Indias provocó el envío directo de monedas acuñadas en las ciudades
de Méjico y Potosí y la implantación de sistemas de acuñación con el uso
de energía hidráulica en las cecas de España (p. Ej. Segovia).
Sin
embargo la afluencia de plata a España lejos de enriquecer al país quedándose
en él, tan sólo estuvo de paso pues, la corona se encontraba permanentemente
endeudada, sobre todo a causa de las guerras, y su destino final fueron los ejércitos
desplazados para tales fines, fundamentalmente en Flandes.
Con
todo es evidente que, la moneda circulaba en grandes cantidades por América,
España y de ahí a Europa, con lo que el símil que el autor aplica al
“real de a ocho” con el dólar americano, tendría su lógica si tenemos
en cuenta que a pesar de ser una moneda fea y mal acuñada, era la más
buscada, por lo que su difusión fue muy rápida. Con ella se pagaban los
intercambios comerciales con el nuevo mundo que al ser cada
vez más importantes y más frecuentes hizo que la demanda de productos
continentales provocara el alza de precios, y de ahí que una moneda
“fuerte” como nuestra
protagonista, ocupara un lugar predominante, y que incluso llegara hasta Oriente contribuyendo así a una
expansión notable del comercio, a través de la Compañía de las Indias
Orientales. Esta Compañía era de tránsito obligado si se quería comerciar
con la India y China y ésta, demandaba la moneda española, no por su valor
de cambio sino, como una mercancía de intercambio, por lo que los chinos
nunca sintieron la necesidad de acuñar monedas de oro o plata, y sobre todo
porque su sistema monetario se basaba en piezas de bronce.
Llegados
a este punto podemos afirmar que durante el siglo XVI y parte del XVII el real
de a ocho vivió su época dorada como moneda de intercambio internacional,
sin embargo todo lo que sube tiene tendencia a bajar y esto fue lo que le
ocurrió a nuestra moneda a finales del seiscientos, cuando el excesivo afán
de lucro provocó que las sucesivas acuñaciones a partir de los panes de
plata empezaran a perder su valor en peso y ley y provocaran su devaluación
al carecer de un valor intrínseco, fenómeno que no se dio por ejemplo, en
otras monedas de la época como el florín de Florencia, y el ducado
veneciano, o la libra esterlina en el siglo XIX. Esto provocaría que los
mismos países como Génova, que habían apoyado el ascenso de la moneda española,
fueran los primeros en prohibir su circulación a finales del siglo XVII ante
la invasión de monedas defectuosas y mala calidad, por lo que, se daba así
fin a una época en la que si bien el autor dice que no podemos definir como
de imperio monetario, es indudable la trascendencia que tuvo para las
transformaciones económicas de la época.

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