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CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN

 Asignatura Filosofía Moral (Humanidades) Curso 1999

Facultad Filosofía y Letras U.A.H

 

El texto objeto de este ensayo pertenece al libro X del titulado Confesiones  de San Agustín, creador de una escuela filosófica propia durante la época de la Edad Media y que, para poder desarrollar en profundidad cualquier estudio de su obra, es necesaria hacer una pequeña aproximación a  las bases doctrinales de sus teorías, que  entre otras eran:

A) La razón y la Fe complementadas entre sí, esclarecedoras del mundo y la fe cristiana.

B) La iluminación divina como origen del conocimiento por parte de la razón humana de las verdades universales y eternas.

C) El alma (inmortal) y el cuerpo (mortal), componentes básicos del hombre.

D) Primacía de la voluntad sobre el entendimiento

Desde estas premisas básicas, el autor aborda el asunto de las tentaciones, como elemento distorsionador y obstáculo para alcanzar la auténtica virtud, necesaria para poder llegar a la otra vida junto al ser supremo, Dios, creador de todas las cosas y máximo hacedor que todo lo puede. Dicha virtud hay que alcanzarla en esta vida terrenal, tiempo de paso exclusivamente y por tanto según el propio autor se cuestiona, tan sólo un periodo de prueba ininterrumpido tras el cual el “aspirante”, llegaría a alcanzar el estado máximo de gracia eternamente al lado del Ser Supremo. La idea principal sobre la que se elabora el texto, nos la encontramos en una frase en la que se hace hincapié en varias ocasiones a lo largo del mismo y que da título a uno de los apartados: “Da lo que mandas y manda lo que quieras”.

Aquí el autor parte de la idea de que, puesto que Dios es el elaborador y ordenante de aquellas normas de vida que van a constituirse en imprescindibles para alcanzar el estado de perfección del alma necesaria para gozar de Él, y puesto que la continencia es una de estas normas, ya que ésta es tan difícil de obtenerse, por qué no conceder esa gracia de forma que resulte una actitud espontánea que no suponga esfuerzo para el ser humano. Esta tendencia a la situación contraria, es decir, a la incontinencia, es lo que San Agustín define como tentaciones y contra las que hay que luchar con voluntad y doblegar ésta es tan costosa que, por qué no dotar al hombre de una voluntad que no suponga ningún esfuerzo, puesto que, como él mismo dice ...“nadie ama lo que soporta, aunque ame el soportarlo...”.

A lo largo del texto y a partir de esta primera idea, San Agustín nos va a acercar de forma individualizada al tratamiento de cada una de las tentaciones que, de forma natural son inherentes al cuerpo humano, puesto que algunas de ellas son carácter físico como, la gula, la concupiscencia, los olores, ó las tentaciones de la vista, y otras que pertenecerían a la parte racional como son, la curiosidad, el orgullo, las alabanzas humanas, la vanagloria o la tentación de la autocomplacencia.

En todas ellas vemos que la tendencia natural del hombre, es decir, lo que la voluntad parece pedir de forma espontánea es la búsqueda del placer en aquellas funciones naturales del cuerpo humano, por tanto, si el cuerpo humano necesita comer para saciar el hambre y beber para saciar su sed, y puesto que si no lo hiciera además moriría, tenemos que permanentemente luchar contra la tendencia del hombre al exceso en estos actos y que los convierte en gula y embriaguez respectivamente.

Llegados a este punto señalaremos que el autor identifica estos excesos con la necesidad de obtener placer de estos actos necesarios ya que será la base de la objeción de éste ensayo y que se explicará más adelante, pero continuemos con la exposición que nos ocupaba.

Frente a ésta tendencia natural está la voluntad luchando por doblegarla y es en esta lucha cuando el autor se cuestiona por primera vez cómo poder dominarla, por ejemplo, durante los sueños, puesto que en estado de conciencia uno tiene el dominio sobre ella, pero ¿cómo Dios en su infinita sabiduría podría cometer un fallo en la construcción del hombre y, no le dotó de “un sistema de emergencia” que vele por esos involuntarios sueños concupiscentes?. Eso sí, en ningún caso piensa que es un fallo divino sino que por el contrario es una excusa más para justificar la imperfección humana y la necesidad de una búsqueda permanente de esa perfección que le lleve hasta su Dios. Es aquí donde solicita  ayuda de Él y lo seguirá haciendo permanentemente en todas las tentaciones descritas en el texto y definiendo como dones divinos la tendencia natural de algunas personas a la sobriedad o el celibato (en el que San Agustín se encuentra de forma voluntaria y sin ningún esfuerzo cuando está consciente), con lo que al final parece ser que todo depende de la voluntad divina que es superior a la humana y, por tanto en defecto de ésta, no estaría de más “echarla una mano de vez en cuando”.

Hay una cuestión que conviene señalar y es, la despreocupación que muestra por aquellos deseos que no cuesta trabajo reprimir ya que, al ser sobre acciones no necesarias, la voluntad en esos casos parece ejercer una mayor influencia con un esfuerzo mínimo como ocurre, por ejemplo, con  la posible seducción que ejercen en él los olores o la concupiscencia carnal. 

Tratamiento aparte merecen las tentaciones de la parte racional, es decir, de aquellas satisfacciones personales que obtenemos de nuestras propias obras, como son las antes mencionadas, orgullo, alabanzas ...etc. En estos casos, la dificultad para el autor  tendría una perspectiva platónica en lo que se refiere al yo interior y el yo exterior, más concretamente, en la medida en que mis obras me acerquen a Dios por que sea Él, el único capaz de juzgarlas y reconocerlas, pero cómo evitar que ello nos haga sentir bien y cómo diferenciar ese sentimiento de orgullo del otro más capcioso y cercano a la vanagloria. En el caso del conocimiento y la curiosidad nos encontraríamos con el mismo dilema, pues para San Agustín la ciencia ó conocimiento (que parecen ser la misma cosa), supondría la concupiscencia de los ojos. Hasta aquí creo haberme aproximado a las teorías del autor pero para poder comprenderlas mejor sería conveniente establecer una serie de objeciones que esta lectora, con todos los respetos quisiera hacer esperando saber argumentarlas de forma comprensible.

Para empezar habría que distinguir lógicamente, que no es lo mismo hacer la lectura y el análisis de la misma desde la perspectiva de creyente, y no me refiero a uno cristiano, sino a cualquiera que profese una religión, pues al fin y al cabo la creencia en un Ser Superior y Todopoderoso tiene unos esquemas que guardan bastantes similitudes entre sí, y hacerla desde un plano agnóstico, en el que todo depende del propio ser humano y sólo es responsable de sus acciones ante sí mismo, y en todo caso ante el resto de sus congéneres.

En ambos casos me encuentro con la mismas cuestiones, ¿acaso el Ser humano, creado por Dios o por generación espontánea o como evolución de alguna especie anterior, pero dotado de una parte racional diferencial del resto de las especies, no posee el libre albedrío o la libertad interior en cada caso respectivamente, necesarios y suficientes para no tener que acudir a la misericordia divina que nos ayude a obtener el fin último y necesario de la Virtud humana?, y si esto es así, y para el mismo caso anterior, si el ser humano es poseedor de la capacidad de obtener placer en aquellos actos necesarios o no de su propia vida, comer, beber o mantener relaciones sexuales, ¿sería lícito prescindir de semejante Don, divino en origen o no según la perspectiva, sólo por el hecho de que el exceso de placer nos conduzca a un camino alejado de la virtud?.

Es aquí donde quisiera retomar la reflexión que hacía sobre la idea que me ha parecido que vierte el autor, en el sentido de relacionar la obtención de placer como algo contrario a la idea de alcanzar el estado de perfección del alma, aunque, por supuesto, hay que tener en cuenta que lo que aquí cuestiono no es la teoría general del autor sino, un extracto de una obra suya, por lo que la objeción podría parecer sesgada o errónea, a cualquier conocedor profundo de las teorías generales de San Agustín, pero se trata de la aproximación que un profano podría hacer desde mi subjetiva opinión, a esta obra , y por tanto desde ese planteamiento mi observación se centra sobre todo, en las dos cuestiones planteadas.

Si partimos de un principio aristotélico, haciendo abstracción del autor, en el sentido de que nuestras acciones van a venir acompañadas por placer o dolor, es innegable que el ser humano lo que si posee es una naturaleza sensible, y si además es cierto que posee la capacidad de adquirir conocimientos, no serán estas facultades las que nos impidan llegar a Dios, o a la perfección del alma en sí misma, sino el exceso ó el defecto en su uso, pues el término medio sería el camino más correcto. Veamos esto con los mismos ejemplos que el autor ha utilizado.

Comer en exceso no solamente sería contrario al principio de la virtud sino que, podría ocasionarnos una indigestión, o beber  en exceso nos conduciría a la embriaguez, o el exceso de orgullo a la egolatría. Pero veamos ahora el caso contrario, es decir, por defecto, que es como parece que el autor nos indica el camino hacia Dios, el defecto en la comida nos llevaría a la desnutrición,  la carestía en la bebida a la deshidratación y la carencia de orgullo, a la ausencia de autoestima, depresión y suicidio. En el caso del conocimiento se ve más clara la contradicción pues califica de acto de soberbia la inquietud del ser humano por obtener conocimiento sin tener en cuenta que la misma actitud de curiosidad que impulsa al hombre a investigar en los fenómenos de la naturaleza para el progreso de la civilización, es el mismo que le impulsa a él a investigar sobre las formas de alcanzar a Dios, y los excesos aquí también serían criticables al igual que el inmovilismo. De un lado tendríamos los fanatismos religiosos que no hay que decir donde conducen  ó las controvertidas bombas atómicas ó las manipulaciones genéticas en los avances  científicos, pero si los ignoramos todavía estaríamos en las cavernas.

 Luego la capacidad de sentir orgullo por nuestras acciones de forma moderada, nos moverá en el camino por ejemplo, del voluntariado; el placer de saborear un buen vino con moderación nos conducirá a reconocer la labor de otros en su elaboración; el placer que se obtiene en las relaciones sexuales en un marco virtuoso nos aumentará el sentimiento hacia el otro, procurándole además felicidad, y así un sin fin de actos, que llevados con el principio de la moderación lo único que puede reportarnos es felicidad y si somos felices estaremos, los que tenemos fe, más cerca de Dios, porque si Dios nos hizo a su imagen y semejanza y si Dios es perfecto y la felicidad es el bien supremo, no creo que Dios quiera que no seamos felices, al contrario, si no lo quisiera no se hubiera equivocado dándonos la capacidad de obtener el conocimiento o el placer ya que en ese caso nos habría enviado un libro de reclamaciones con ellos. Por tanto Dios no puede mandarnos algo contrario a la naturaleza del hombre y como consecuencia, a su propia naturaleza ya que nos dotó de la voluntad suficiente para acometer la misión última de nuestras decisiones que es la elección correcta de las mismas, ayudados por el libre albedrío con el que también nos dotó. Para aquellos que carecieran de fe el planteamiento sólo habría que trasladarlo al plano de la conciencia y de la libertad interior para llegar a las mismas conclusiones.