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El
texto objeto de este ensayo pertenece al libro X del titulado Confesiones
de San Agustín, creador de una escuela filosófica propia durante la
época de la Edad Media y que, para poder desarrollar en profundidad cualquier
estudio de su obra, es necesaria hacer una pequeña aproximación a las bases doctrinales de sus teorías, que
entre otras eran:
A)
La razón y la Fe complementadas entre sí, esclarecedoras del mundo y la fe
cristiana.
B)
La iluminación divina como origen del conocimiento por parte de la razón
humana de las verdades universales y eternas.
C)
El alma (inmortal) y el cuerpo (mortal), componentes básicos del hombre.
D)
Primacía de la voluntad sobre el entendimiento
Desde
estas premisas básicas, el autor aborda el asunto de las tentaciones, como
elemento distorsionador y obstáculo para alcanzar la auténtica virtud,
necesaria para poder llegar a la otra vida junto al ser supremo, Dios, creador
de todas las cosas y máximo hacedor que todo lo puede. Dicha virtud hay que
alcanzarla en esta vida terrenal, tiempo de paso exclusivamente y por tanto
según el propio autor se cuestiona, tan sólo un periodo de prueba
ininterrumpido tras el cual el “aspirante”, llegaría a alcanzar el estado
máximo de gracia eternamente al lado del Ser Supremo. La idea principal sobre
la que se elabora el texto, nos la encontramos en una frase en la que se hace
hincapié en varias ocasiones a lo largo del mismo y que da título a uno de
los apartados: “Da lo que mandas y manda lo que quieras”.
Aquí
el autor parte de la idea de que, puesto que Dios es el elaborador y ordenante
de aquellas normas de vida que van a constituirse en imprescindibles para
alcanzar el estado de perfección del alma necesaria para gozar de Él, y
puesto que la continencia es una de estas normas, ya que ésta es tan difícil
de obtenerse, por qué no conceder esa gracia de forma que resulte una actitud
espontánea que no suponga esfuerzo para el ser humano. Esta tendencia a la
situación contraria, es decir, a la incontinencia, es lo que San Agustín
define como tentaciones y contra las que hay que luchar con voluntad y
doblegar ésta es tan costosa que, por qué no dotar al hombre de una voluntad
que no suponga ningún esfuerzo, puesto que, como él mismo dice ...“nadie
ama lo que soporta, aunque ame el soportarlo...”.
A
lo largo del texto y a partir de esta primera idea, San Agustín nos va a
acercar de forma individualizada al tratamiento de cada una de las tentaciones
que, de forma natural son inherentes al cuerpo humano, puesto que algunas de
ellas son carácter físico como, la gula, la concupiscencia, los olores, ó
las tentaciones de la vista, y otras que pertenecerían a la parte racional
como son, la curiosidad, el orgullo, las alabanzas humanas, la vanagloria o la
tentación de la autocomplacencia.
En
todas ellas vemos que la tendencia natural del hombre, es decir, lo que la
voluntad parece pedir de forma espontánea es la búsqueda del placer en
aquellas funciones naturales del cuerpo humano, por tanto, si el cuerpo humano
necesita comer para saciar el hambre y beber para saciar su sed, y puesto que
si no lo hiciera además moriría, tenemos que permanentemente luchar contra
la tendencia del hombre al exceso en estos actos y que los convierte en gula y
embriaguez respectivamente.
Llegados
a este punto señalaremos que el autor identifica estos excesos con la
necesidad de obtener placer de estos actos necesarios ya que será la base de
la objeción de éste ensayo y que se explicará más adelante, pero
continuemos con la exposición que nos ocupaba.
Frente
a ésta tendencia natural está la voluntad luchando por doblegarla y es en
esta lucha cuando el autor se cuestiona por primera vez cómo poder dominarla,
por ejemplo, durante los sueños, puesto que en estado de conciencia uno tiene
el dominio sobre ella, pero ¿cómo Dios en su infinita sabiduría podría
cometer un fallo en la construcción del hombre y, no le dotó de “un
sistema de emergencia” que vele por esos involuntarios sueños
concupiscentes?. Eso sí, en ningún caso piensa que es un fallo divino sino
que por el contrario es una excusa más para justificar la imperfección
humana y la necesidad de una búsqueda permanente de esa perfección que le
lleve hasta su Dios. Es aquí donde solicita
ayuda de Él y lo seguirá haciendo permanentemente en todas las
tentaciones descritas en el texto y definiendo como dones divinos la tendencia
natural de algunas personas a la sobriedad o el celibato (en el que San Agustín
se encuentra de forma voluntaria y sin ningún esfuerzo cuando está
consciente), con lo que al final parece ser que todo depende de la voluntad
divina que es superior a la humana y, por tanto en defecto de ésta, no estaría
de más “echarla una mano de vez en cuando”.
Hay
una cuestión que conviene señalar y es, la despreocupación que muestra por
aquellos deseos que no cuesta trabajo reprimir ya que, al ser sobre acciones
no necesarias, la voluntad en esos casos parece ejercer una mayor influencia
con un esfuerzo mínimo como ocurre, por ejemplo, con
la posible seducción que ejercen en él los olores o la concupiscencia
carnal.
Tratamiento
aparte merecen las tentaciones de la parte racional, es decir, de aquellas
satisfacciones personales que obtenemos de nuestras propias obras, como son
las antes mencionadas, orgullo, alabanzas ...etc. En estos casos, la
dificultad para el autor tendría
una perspectiva platónica en lo que se refiere al yo interior y el yo
exterior, más concretamente, en la medida en que mis obras me acerquen a Dios
por que sea Él, el único capaz de juzgarlas y reconocerlas, pero cómo
evitar que ello nos haga sentir bien y cómo diferenciar ese sentimiento de
orgullo del otro más capcioso y cercano a la vanagloria. En el caso del
conocimiento y la curiosidad nos encontraríamos con el mismo dilema, pues
para San Agustín la ciencia ó conocimiento (que parecen ser la misma cosa),
supondría la concupiscencia de los ojos. Hasta aquí creo haberme aproximado
a las teorías del autor pero para poder comprenderlas mejor sería
conveniente establecer una serie de objeciones que esta lectora, con todos los
respetos quisiera hacer esperando saber argumentarlas de forma comprensible.
Para
empezar habría que distinguir lógicamente, que no es lo mismo hacer la
lectura y el análisis de la misma desde la perspectiva de creyente, y no me
refiero a uno cristiano, sino a cualquiera que profese una religión, pues al
fin y al cabo la creencia en un Ser Superior y Todopoderoso tiene unos
esquemas que guardan bastantes similitudes entre sí, y hacerla desde un plano
agnóstico, en el que todo depende del propio ser humano y sólo es
responsable de sus acciones ante sí mismo, y en todo caso ante el resto de
sus congéneres.
En
ambos casos me encuentro con la mismas cuestiones, ¿acaso el Ser humano,
creado por Dios o por generación espontánea o como evolución de alguna
especie anterior, pero dotado de una parte racional diferencial del resto de
las especies, no posee el libre albedrío o la libertad interior en cada caso
respectivamente, necesarios y suficientes para no tener que acudir a la
misericordia divina que nos ayude a obtener el fin último y necesario de la
Virtud humana?, y si esto es así, y para el mismo caso anterior, si el ser
humano es poseedor de la capacidad de obtener placer en aquellos actos
necesarios o no de su propia vida, comer, beber o mantener relaciones
sexuales, ¿sería lícito prescindir de semejante Don, divino en origen o no
según la perspectiva, sólo por el hecho de que el exceso de placer nos
conduzca a un camino alejado de la virtud?.
Es
aquí donde quisiera retomar la reflexión que hacía sobre la idea que me ha
parecido que vierte el autor, en el sentido de relacionar la obtención de
placer como algo contrario a la idea de alcanzar el estado de perfección del
alma, aunque, por supuesto, hay que tener en cuenta que lo que aquí cuestiono
no es la teoría general del autor sino, un extracto de una obra suya, por lo
que la objeción podría parecer sesgada o errónea, a cualquier conocedor
profundo de las teorías generales de San Agustín, pero se trata de la
aproximación que un profano podría hacer desde mi subjetiva opinión, a esta
obra , y por tanto desde ese planteamiento mi observación se centra sobre
todo, en las dos cuestiones planteadas.
Si
partimos de un principio aristotélico, haciendo abstracción del autor, en el
sentido de que nuestras acciones van a venir acompañadas por placer o dolor,
es innegable que el ser humano lo que si posee es una naturaleza sensible, y
si además es cierto que posee la capacidad de adquirir conocimientos, no serán
estas facultades las que nos impidan llegar a Dios, o a la perfección del
alma en sí misma, sino el exceso ó el defecto en su uso, pues el término
medio sería el camino más correcto. Veamos esto con los mismos ejemplos que
el autor ha utilizado.
Comer
en exceso no solamente sería contrario al principio de la virtud sino que,
podría ocasionarnos una indigestión, o beber
en exceso nos conduciría a la embriaguez, o el exceso de orgullo a la
egolatría. Pero veamos ahora el caso contrario, es decir, por defecto, que es
como parece que el autor nos indica el camino hacia Dios, el defecto en la
comida nos llevaría a la desnutrición,
la carestía en la bebida a la deshidratación y la carencia de
orgullo, a la ausencia de autoestima, depresión y suicidio. En el caso del
conocimiento se ve más clara la contradicción pues califica de acto de
soberbia la inquietud del ser humano por obtener conocimiento sin tener en
cuenta que la misma actitud de curiosidad que impulsa al hombre a investigar
en los fenómenos de la naturaleza para el progreso de la civilización, es el
mismo que le impulsa a él a investigar sobre las formas de alcanzar a Dios, y
los excesos aquí también serían criticables al igual que el inmovilismo. De
un lado tendríamos los fanatismos religiosos que no hay que decir donde
conducen ó las controvertidas
bombas atómicas ó las manipulaciones genéticas en los avances
científicos, pero si los ignoramos todavía estaríamos en las
cavernas.
Luego
la capacidad de sentir orgullo por nuestras acciones de forma moderada, nos
moverá en el camino por ejemplo, del voluntariado; el placer de saborear un
buen vino con moderación nos conducirá a reconocer la labor de otros en su
elaboración; el placer que se obtiene en las relaciones sexuales en un marco
virtuoso nos aumentará el sentimiento hacia el otro, procurándole además
felicidad, y así un sin fin de actos, que llevados con el principio de la
moderación lo único que puede reportarnos es felicidad y si somos felices
estaremos, los que tenemos fe, más cerca de Dios, porque si Dios nos hizo a
su imagen y semejanza y si Dios es perfecto y la felicidad es el bien supremo,
no creo que Dios quiera que no seamos felices, al contrario, si no lo quisiera
no se hubiera equivocado dándonos la capacidad de obtener el conocimiento o
el placer ya que en ese caso nos habría enviado un libro de reclamaciones con
ellos. Por tanto Dios no puede mandarnos algo contrario a la naturaleza del
hombre y como consecuencia, a su propia naturaleza ya que nos dotó de la
voluntad suficiente para acometer la misión última de nuestras decisiones
que es la elección correcta de las mismas, ayudados por el libre albedrío
con el que también nos dotó. Para aquellos que carecieran de fe el
planteamiento sólo habría que trasladarlo al plano de la conciencia y de la
libertad interior para llegar a las mismas conclusiones.

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