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MEDIEVO Y RENACIMIENTO

RECENSIÓN: ESTUDIOS E INVESTIGACIONES DE EUGENIO GARÍN

 Asignatura: Historia Cultural de la Edad Media (Humanidades) Curso 1999

Facultad Filosofía y Letras U.A.H

 

En cuanto a las interpretaciones del Renacimiento, objeto del tema cuarto de esta primera parte del libro, según el autor, es conveniente realizar un replanteamiento de las cuestiones más importantes de la cultura humanista y renacentista, más quizás por una crisis en los mismos.

Una de las características del Renacimiento, indudablemente es su veneración por la Antigüedad, porque precisamente ese afán de recuperar el mundo clásico es lo que le da ese signo de algo que renace, de algo ya vivido que vuelve a resucitar, una veneración que le llevará a tratar de imitar el modelo antiguo y a reverenciar a sus sabios y a sus libros; de forma que nos vamos a encontrar que el principio de autoridad sostenido por los escolásticos – y que tanto diferencia al mundo medieval del moderno, aún se mantiene; lo único que ocurre es que la autoridad que se invoca no va a ser ya la de un padre de la Iglesia, sino la de un sabio antiguo. San Agustín y Santo Tomás serán sustituidos por Platón o por Séneca. Pero el principio de autoridad se mantiene – con alguna excepción es cierto -, lo que da ese aire de transición al Renacimiento. Pero ¿en qué estriba la cuestión del Renacimiento?, pues dar una definición sobre él válida, y en centrarlo en cuanto a su posición respecto al mundo moderno. Para algunos, asistimos al despegue definitivo de la cultura europea, frente al resto del mundo. Ampliando mucho sus límites cronológicos, desde los siglos bajomedievos hasta el XVII, lo hace empalmar así con el pleno Barroco. Si nos remontamos a los contemporáneos, aunque sin una precisión terminológica – cosa imposible en su perspectiva-, si puede apreciarse la convicción entre ellos de vivir nuevos tiempos. Lorenzo Valla, (1457), el gran humanista italiano del siglo XV, librará su batalla por un latín despojado de los barbarismos medievales, volviéndolo a la cadencia de Cicerón y de Virgilio.

 

Entre los historiadores sería Michelet el que  acuñaría el término Renacimiento anticipándose a la obra de Burckhardt, quien restringirá excesivamente el concepto de Renacimiento, vinculándolo estrechamente a la Edad media, y centrándolo exclusivamente en el fenómeno italiano. En el siglo XX, uno de los ensayos más fecundos ha sido el del historiador holandés Huizinga, para quien con el Renacimiento aún no estamos en plena Edad Moderna, sino en una etapa de transición. Fijándose en como sigue admitiendo el principio de autoridad – trasladándolo de los padres de la Iglesia a los grandes personajes de la Antigüedad – y viendo su actitud peculiar frente a aspectos básicos en la época, como era el concepto del servicio, Huizinga afirma que el Renacimiento es una etapa de transición; dado que, si bien no valora ya el servicio, como algo que dignifique al que lo cumple (con lo cual va implícito un rechazo al sentido de la lealtad, al modo medieval), no deja de admitirlo formalmente. Estaría así el hombre renacentista a mitad de camino entre el medieval (servir con lealtad es un acto de nobleza) y el moderno (para el que todo acto de servicio es una alineación de la personalidad y, por ende, una bajeza).

 

En último término se puede concluir afirmando que con el renacimiento asistimos a la primera etapa de la Edad Moderna, aquella que se despliega entre el gótico y el barroco, teniendo su principal centro en Italia, pero desplegando su influencia por toda Europa, en particular, la occidental. Una etapa nueva que se manifiesta en todos los campos de la vida, pero destacando preferentemente en lo cultural, tanto en las Artes como en las Letras. Es en los grandes artistas y en los exquisitos humanistas de este periodo, donde el Renacimiento alcanza sus cotas máximas, que hacen de él, además de un triunfo del espíritu latino, uno de los grandes logros de la humanidad.

 

La antigüedad, además de influir en la literatura y en las artes, produjo todavía otros efectos, que entrañaban un grave peligro en el terreno dogmático: hizo partícipe al Renacimiento de su estilo de superstición. Algo de esto había logrado mantenerse vivo a través de la Edad media, y por ello mismo recobró vida con más energía, sobretodo por la fuerte influencia de la fantasía. Sólo ella fue capaz de hacer enmudecer el espíritu de investigación de los italianos.

 La fe en el gobierno divino del mundo estaba en algunos, socavada por la presencia en él de la desdicha y la injusticia; otros como Dante, por ejemplo, abandonaban al azar la vida terrenal y todas sus miserias, y si a pesar de ello aún se aferraban a una fe vigorosa era porque confiaban en el alto destino del hombre en el más allá. Pero en cuanto esta creencia en la inmortalidad empezó a vacilar también, se sobrepuso el fatalismo... o lo primero fue consecuencia de lo segundo, según se mire.

 Por este vacío se introdujo la astrología de la Antigüedad y también la de los árabes. Por la situación de los planetas, en determinados momentos, unos respecto de otros y respecto a los signos del Zodíaco, se deducían los sucesos del futuro y el curso de vidas enteras, tratando de determinar por tales medios las decisiones más importantes. En muchos casos la conducta individual que obedecía al dictado de las estrellas era posible que no fuese más inmoral de lo que hubiera sido de todos modos; muy a menudo, sin embargo, se tomaba una decisión que se creía obligada a costa de la conciencia y del honor mismo. La astrología pasó con vigoroso empuje durante el siglo XIII a una importancia de primer término en la vida italiana. El emperador Federico II llevaba siempre consigo a su astrólogo y al famoso Guido Boniato. Para todas las empresas de importancia se hacía fijar por ellos el día y la hora, y de la enormidad de las atrocidades por él cometidas había que cargar muchas a cuenta de la deducción lógica de los vaticinios de sus astrólogos. A partir de entonces nadie en Italia se avergonzó ya de consultar a las estrellas. No sólo lo hacían los príncipes; los municipios tenían astrólogos a sueldo fijo, y en las universidades profesaban en los siglos XIV al XVI cien maestros especiales de esta vana ciencia junto con verdaderos astrónomos. También los papas en su mayoría admitían abiertamente tales prácticas.  

 

Hemos de suponer de los espíritus superiores que no se dejaban arrastrar más allá de un determinado punto por el dictado de las estrellas, que existía un momento por el cual la religión y la conciencia establecían un límite. En realidad no solo participaban de esta superstición gentes excelentes y devotas, sino que figuraban como representante de ellas. Tal como ocurría con el Maestro Pagolo de Florencia, en quien casi ya nos encontramos con el propósito de la moralización de la práctica astrológica que se manifiesta en el romano Firmicus Maternus.

 

La literatura sobre el tema, ya muy extendida antes de la difusión de la imprenta, había dado lugar además a un perfeccionamiento que procuraba acercarse en lo posible a los maestros de la disciplina. El peor género de astrólogos era aquel que recurría a las estrellas para complicarlas con sus artes mágicas o para disimular estas artes a los ojos de la gente. Sin embargo, no deja la astrología de ser un triste fenómeno en la vida italiana de entonces. Aún así, frente a la exaltación de la astrología, se alzó continuamente la protesta de quienes se consideraban “pensadores”.En este aspecto, la Antigüedad influyó por una inteligente aprehensión de la realidad.

 

La “novella” desde su nacimiento fue casi siempre hostil a la astrología, sin embargo Ficinio la defendía e hizo los horóscopos de los hijos de los Médici mientras que Pico della Mirándola hizo realmente época en su famosa refutación de la astrología, descubriendo en la falsa ciencia de las estrellas la raigambre de mucha impiedad e inmoralidad.

 

De los humanistas se asegura explícitamente que eran, de modo muy especial, accesibles a prodigios y augurios. La creencia popular en lo que suele llamarse el mundo de los espíritus vino a ser en Italia la misma que en el resto de Europa. La figura primitiva y popular que, quizá desde los tiempos de la Roma antigua, sobrevivió en Italia ininterrumpidamente, fue la de la bruja (strega). Puede comportarse de modo por completo inocente mientras se limita a la adivinación; pero el tránsito del simple vaticinio a la hechicería activa es imperceptible a veces, y supone, no obstante, un decisivo y funesto paso. Cuando se trata ya de la intervención mágica activa, el cometido principal de la bruja suele ser despertar el amor y el odio entre hombre y mujer, pero también se entrega a maleficios perniciosos, de carácter exclusivamente destructivo. A estas creencias se añade la superstición que por medio de conjuros el hombre puede acercarse a los demonios y servirse de ellos para sus fines terrenales de avaricia, ambición de poder y sensualidad; en este terreno, indudablemente hubo más acusados que culpables.

 

Con la lamentable bula de Inocencio VIII (1448)[1]  adquiere la brujería gran incremento y su persecución se hace horrible y sistemática.

 

En cuanto a la alquimia, que en la antigüedad se menciona muy tardíamente bajo Diocleciano, representa un papel secundario en el apogeo del renacimiento. Anteriormente Italia había recibido ciertas influencias; en el siglo XIV, con motivo de su polémica contra ella, confiesa Petrarca que las prácticas de la transmutación están muy difundidas. Pero desde entonces resultó cada vez más difícil encontrar ese tipo extraño abnegado y aislado que representaba el alquimista. Bajo León I, entre los italianos se reclutaban a los pocos que todavía se dedicaban a estas prácticas, y Aurelio Augurelli, que dedicó al papa su poema didáctico de la aúrea transmutación, tan despreciativo del oro parece ser que recibió una bolsa magnífica como pago, pero completamente vacía. La mística de los adeptos, que aparte del oro, se interesaban sobre todo por la piedra filosofal, objeto universal del saber, es un tardío y nórdico brote que se alimenta de las teorías de Paracelso y otros autores semejantes. Hasta aquí podemos considerar condensados los capítulos tercero y cuarto dedicados a la magia y la astrología dentro de la cultura del Renacimiento

    Cuando llegamos al capítulo dedicado al ciudadano florentino, Donato Acciaiuoli descubrimos que, es el ensayo más extenso de cuantos hemos visto hasta el momento y, que además precede al referido a las imágenes y símbolos en Marsilio Ficino y nada más comenzar a leer, el propio autor nos desvela sus intenciones de contraponer dos personajes, dos tendencias, dos escuelas, el aristotelismo frente al neoplatonismo y que va a desarrollar extensamente.

   Mientras el primero de nuestros personajes es la representación viva de la actitud que centró el humanismo del siglo XV, heredero ideal de Salutati, preocupado por los problemas lógico-retóricos y ético- políticos, el segundo representa el literato de corte, que no enseña en la universidad, sino que presta sus servicios intelectuales a un señor que se sirve de él para obtener prestigio y encomendarle trabajos propagandísticos políticos, preocupado por los problemas metafísicos y teológicos, pues aunque en un principio la nobleza florentina parecía aliada con los principios aristotélicos de la Etica nicomaquea, pronto se inclinaron hacia la escuela neoplatónica de la que Ficinio era defensor y divulgador.

 

A lo largo de un montón de páginas vamos a recorrer la vida de Donato en Florencia y su evolución de la mano de los clásicos, por sus convicciones morales aliadas a los principios aristotélicos mencionados en un mundo que se manifiesta contrario a la tiranía de los Médici. Para Donato era más difícil obrar bien que mal, refutando así  la idea del dominico Fray Giovanni que defendía la tesis de la tendencia natural del Ser humano hacia el bien mientras que, para Acciaiuoli, no existía tal tendencia natural en el hombre y para ello no dudará en apoyarse en San Agustín defendiendo que, en todo caso si el hombre tiene algún tipo de inclinación, es hacia la apariencia del bien. La defensa de su postura en esta tesis, no obstante terminaría con una misiva de felicitación hacia su contrario por la forma en la que había defendido la suya, muestra de su personalidad.

 

En cuanto al transcurrir de su vida diaria, tras abandonar sus estudios filosóficos durante algún tiempo y su actitud hostil hacia la situación de su ciudad y la incompetencia de sus mandatarios, en 1452 y a través de unas cartas, parece cambiar esta actitud y con la llegada de la paz retomaría de nuevo sus estudios. Son dignas de mención entre otras, su relación con hombres de su época como Antonio Rossi y Argiropulo, quien le transmitió el empuje necesario para el perfeccionamiento de su cultura “humana” y para abordar la problemática que ésta entrañaba.

Aquí conviene hacer mención a las enseñanzas de este bizantino que, a pesar de haber sido a menudo distorsionadas como defensoras del aristotelismo frente al cual se opondría el neoplatonismo de Ficino, defendía la inexistencia de una oposición entre Platón y Aristóteles, por una forma diferente de afrontar los problemas según la diversidad de las ciencias, dentro de la unidad del saber y la investigación. Las diferencias estarían en el desarrollo de las distintas posibilidades que poseen las cuestiones equívocas, “... posibilidades que el pensador que abordó esas cuestiones por primera vez, dejó sin explorar.”.[2]

 

Es evidente que las enseñanzas de Argiropulo se debieron sobre todo al dominio de la lengua griega y apreciaba tanto a Cicerón como admiraba a Aristóteles. Es amplia la parte dedicada a la biografía de este personaje, de gran cultura, erudito griego conocedor de la literatura griega y latina y buen conocedor de los principios escolásticos, destacando su etapa de profesor en Florencia y su influencia en los humanistas de su época. Pero volviendo a Donato, a su muerte, Cristófono Landino, encargado de pronunciar los elogios fúnebres, le definió como “... un personaje conspicuo, miembro de una familia importante, que durante varios años había sido “oficial del Studio” y había influido en el nombramiento de los profesores y, en general, en el mundo académico florentino”...[3].No dejó una herencia lteraria muy destacable, salvo su comentario de la Etica nocomaquea (prácticamente obra de Argiropulo), y la versión de las Storie de Bruni.

 

En cuanto a Marsilio Ficinio, al que mencionábamos en contraposición a Acciaiuoli, tras estudiar medicina y filosofía , se preparó para recibir el sacerdocio e inició sus estudios de griego. Fue estimulado por el banquero y estadista Cosme de Médici, sobre todo tras el regalo que éste le hizo de una villa en las afueras de Florencia, Ficinio volvió a dar vida a la Academia platónica y realizó entre 1463 y 1469, la primera traducción completa al latín de las obras de Platón. Más adelante tradujo las obras del filósofo romano Plotino y las de otros pensadores neoplatónicos. Tras ser ordenado sacerdote en 1473, Ficino llegó a ser canónigo de la catedral de Florencia. Su obra, Theologica Platónica (1482), es un estudio sobre la inmortalidad del alma humana donde muestra el gran conocimiento que tenía de la obra de Santo Tomás de Aquino; también tiene en cuenta la cosmología plotiniana y la influencia de las estrellas en la vida de las personas. Su comentario al Banquete platónico introduce la noción de amor platónico. Esta noción, que trata sobre una especial forma de amistad y que se basa en el amor divino, tuvo abundantes repercusiones en el renacimiento tardío.

 Tras ahondar en la vida y obras de estos ilustres florentinos, Garin dedica el último ensayo de su ibra a la persona de Leonardo Da Vinci, no tanto en su faceta de artista sino quizás como Homo universalis.

      Leonardo Da Vinci (1452-1519), artista florentino y uno de los grandes maestros del Renacimiento, destacó por encima de sus contemporáneos como científico. Sus teorías en este sentido, de igual modo que sus innovaciones artísticas, se basan en una precisa observación y documentación. Recibió toda la influencia del humanismo florentino de la época – el año de publicación de la Theología platónica de Ficino, 1482, es el año que entra al servicio de Ludovico Sforza, Duque de Milán-, y de los clásicos  (bebió de las fuentes de la Historia Natural de Plinio, para sus estudios de ciencias). Comprendió mejor que nadie en su siglo y aún en el siguiente, la importancia de la observación científica rigurosa. Desgraciadamente, del mismo modo que frecuentemente podía fracasar a la hora de rematar un proyecto artístico, nunca concluyó sus planificados tratados sobre una diversidad de materias científicas, cuyas teorías nos han llegado a través de anotaciones manuscritas[4].

 

 

 

CONCLUSIONES Y OPINIÓN PERSONAL.

Tal como ya mencionaba al inicio de este trabajo en su prólogo, la realización del mismo basándome en la estructura de un conjunto de ensayos me ha resultado muy difícil de realizar, y me ha obligado en algunos caso a ayudarme de otros libros de cultura medieval, para poder mejorar su comprensión.

 

Se trata, sin duda de un texto útil si se quiere ahondar en la transición cultural del Medioevo al Renacimiento desde su faceta filosófica, es decir de la influencia que el pensamiento humanista trascendió a todas las ramas del saber y de las artes, provocando sin duda una revolución del pensamiento con una vuelta a los clásicos adaptados y reformados por las nuevas corrientes.

No obstante, alguno de los capítulos, concretamente el dedicado al ciudadano florentino Donato me ha resultado muy interesante, y sobre todo edificante en su comparativa con el personaje siguiente, como ejemplo de las posturas contrapuestas presentes en la época. Por el contrario el primer capítulo quizás haya sido el que me ha costado más trabajo sintetizar.

 

 


[1] Séptima Decretal, lib. V. Tit. XII

[2] Nota del autor. Pág. 175

[3] Nota del autor VIII, Pág. 202.

[4] Códices Trivulziano y Atlántico