Entre
las sociedades tradicionales existen dioses que además
de reírse de sí mismos (característica
de su función como dioses creadores) se burlan de la
sociedad humana y sus limitaciones. Este comportamiento divino
es un arquetipo que materializa una filosofía existencial:
el mundo de los dioses es una referencia para comprender y
asimilar la función de alegría y la risa. Estamos
ante el tricker o el trampeador-dios creador de las
culturas norteamericanas de las praderas. Un rol similar al
de esta deidad se presenta entre los germanos, donde existió
un personaje divino cuya función era la burla de los
dioses y los hombres. Loki gozaba de destruir burlonamente
los divinos planes como acabar con la inmortalidad de Balder
—única imagen arquetipal de paz y justicia entre
los germanos—. Llega Loki en su actitud al extremo de
crear el apocalíptico para los germanos como lo era
el Ragnarok. En las Eddas se describe cómo
se destruirá el mundo conocido al romperse la cadena
del lobo Fenrir y en estos episodios míticos se hacen
presentes las carcajadas del burlesco.
En el Antiguo Testamento se evidencian también episodios
similares, como se da en las aflicciones a que es sometido
Job, que muestran un Dios creador que gusta de reír
del sufrimiento de sus devotos, lo cual se manifiesta cuando
Job se queja de su injusto dolor: “Cuando de repente una plaga
trae la muerte, Él —Yahvé— se ríe
de la desesperación de los inocentes”. Lo cual no tiene
nada de raro, pues la deidad testamentaria es autoritaria,
malhumorada, vanidosa y presta a la ira excesiva, tal como
se evidencia en diversos episodios bíblicos: la expulsión
del paraíso, el diluvio, la destrucción de Sodoma
y Gomorra o las aflicciones que hace caer sobre uno de sus
más devotos fieles por una simple apuesta con Satanás,
que es el caos de Job. Por estas razones no tiene nada de
raro que sea poco dado a la alegría y que su reír
sea todo lo opuesto a una manifestación de la plenitud
de la vida, sino que más bien sea proclive a una rigurosa
religiosidad fundada en la culpa.
Una de las dimensiones más sorprendentes de la risa
—su función como medio de creación del
cosmos y de la vida— se presenta en diversos mitos.
En el llamado papiro Leiden, se señala a la
risa cosmogónica como responsable del surgimiento de
los Señores de la Muerte, del Sol y el Agua, que en
diversas mitologías al unirse generan la tierra. En
este escrito se hace referencia al nacimiento de Hermes, deidad
sátira, burlona, viajera y protectora de los ladrones:
“Dios rió y nacieron los siete que mandan la muerte...
Luego apareció la luz. Volvió a reír
y todo se hizo agua. A la tercer carcajada apareció
Hermes.”
En otro mito sincrético se fusionan elementos griegos
y egipcios en donde la alegría y la risa divina se
hacen responsables del nacimiento de siete deidades, incluyendo
a Psiquis:
“Dios estalló en siete carcajadas y nacieron los
siete dioses que abrazan el mundo. La séptima vez
río con alegría y nació Psiquis.”
La vinculación de la risa al sol en la cultura griega
se hace patente en uno de los himnos neoplatónicos
dedicado a Helios:
“Tus lágrimas son el género humano lleno
de dolores. Riendo has dado al mundo lo más sagrado
al género humano.”
Uno de los mitos de mayor riqueza simbólica en torno
a la risa cosmogónica se encuentra en la cultura japonesa.
El personaje central de estos episodios es la diosa Amaterasu,
quien, molesta por los actos sacrílegos de su hermano,
se oculta en la gruta del cielo y deja así el mundo
en la oscuridad. La vida se detiene con este gesto. Solo saldrá
nuevamente la deidad solar de su escondrijo cuando la diosa
Ame No Uzume realice una danza extática descubriendo
sus órganos sexuales que provoca que los dioses estallen
de risa, con lo que hacen temblar los pilares del cielo. Esto
provoca la curiosidad de la diosa, quien al salir hace retornar
la luz y el calor a la tierra. Para evitar nuevamente la huida
de la diosa solar los dioses bloquean la gruta celeste, evitando
una noche eterna. La risa en este contexto se hace responsable
y garante de la vida, vinculándose a las bufonadas
sexuales, tal como ocurre en el mito griego del rapto de Perséfone
por Hades.
La risa también se presenta en otros contextos rituales
y sacros de las sociedades tradicionales. Para los yakutia,
en un rito con elementos simbólicos similares a los
anteriores, todo nacimiento es percibido como una lucha entre
fuerzas sobrenaturales que permite u obstaculiza el nacimiento
o el brotamiento de la vida. En un mito recopilado por S.
V. Jastremsky se exponen los siguientes elementos: “Tres días
después del parto las mujeres se reúnen para
despedir a la diosa del parto Ijehsit. En el banquete ritual
una invitada empieza a reír frenéticamente,
lo que provoca una algarabía general, porque se anuncia
el embarazo y nacimiento de un hijo de esa mujer que ríe.”
En este caso, la risa es un elemento primario para invocar
el embarazo, vinculándose la magia de la risa a la
fertilidad humana.
Entre los antiguos griegos, el rapto de la hija de Deméter
—Perséfone— por Hades establece una relación
simbólica similar. Deprimida por este acto la angustia
y melancolía de Deméter provocan la esterilidad
de la tierra, que sólo volverá a dar su fruto
cuando la diosa de la Tierra ría. De esta manera, la
risa es un exorcismo a las fuerzas de la infertilidad, y por
tanto de la muerte. Un caso conocido de la risa como exorcismo
se establece en la tan nombrada risa sardónica,
que es una costumbre de la antigua población de Cerdeña,
donde entre los sardos, o sardones, imperaba la costumbre
de matar a los ancianos. Y mientras los mataban reían
sonoramente. En este contexto la risa durante el acto de matar
convierte a la muerte en un nuevo nacimiento exorcizando el
homicidio. Esta risa se transforma en un acto de piedad que
convierte la muerte en un nuevo nacimiento.[1]
De igual manera, en la teogonía hurrita-hitita, se
encuentra esta relación en el combate entre Kumarbi
y Anu: en esta lucha mítica Kumarbi reía mientras
mordía los riñones de su oponente, pero quedó
preñado por esta acción. La risa aquí
va acompañada de un acto de fertilidad.
Existe mítica y ritualmente la prohibición
de reír en el inframundo, pero paradójicamente,
quienes sí pueden reír en este reino son los
Señores de la Muerte, tal como se manifiesta repetidamente
en las mitologías mesoamericanas, pues en las sociedades
agrícolas la vida y la muerte son parte de una misma
realidad, y en el inframundo están las potencias que
permitan a la semilla mutar su condición en planta.
Ese reír de los Señores de la Muerte tanto en
el Mediterráneo como en África o Mesoamérica
es propio de las culturas neolíticas y tiene que ver
con la visión de la tierra como un vientre pleno de
virtudes mágico-energéticas. De ahí el
simbolismo del enterramiento entre los kogi de Sierra Nevada
de Colombia en posición fetal, con un cordón
umbilical que une al muerto con el afuera, pues va renacer;
o en mesoamérica, donde los petates imitan simbólicamente
la placenta. El reír de los Señores de la Muerte
esconde la vida.
| 5. La risa en la cultura popular |
Muchas de las costumbres que aún sobreviven en nuestra
cultura popular en torno a la risa sacra tienen sus raíces
en el sincretismo que crearon las religiones autóctonas
al fusionare con el Cristianismo. Así, de las dionisíacas,
las bacanales o las saturnales derivaron las fiestas de locos
y los carnavales, mezclas de comedia y tragedia con significaciones
rituales presentes aún en las celebraciones que rodean
el Tamunange, la Zaragoza, las inocentas, y los locos y locainas,
pero que también juega un rol en los rituales festivos
propios de las diabladas de Cúmana. Estamos ante rituales
de exorcismo y de fertilidad a través de la alegría
y la risa colectiva. La incomprensión de estas manifestaciones
ha hecho que algunos investigadores sociales hagan referencias
despectivas a la función de la borrachera en estos
contextos rituales y a las conductas atípicas que buscaban
la liberación del yo y una ruptura existencial y ontológica
con el principio de realidad, como de su tiempo y espacio
profano, llegando a comportamientos como el travestismo, la
mascarada, la desnudez y lo orgiástico. Esta liberación
social, moral, física y espiritual se manifiesta en
las risas descontroladas. El desposeimiento del yo que se
materializa en danzas plenas de sexualidad y sensualidad desbocada,
con simbolismos uránicos y telúricos que poseen
una clara noción de la magia imitativa propia de estas
festividades que purifican y unifican al pueblo con las fuerzas
del cosmos y la vida para atraer las lluvias que harán
germinar las cosechas, como se hace presente en el Tamunange.
Donde es más evidente la manifestación de la
risa en la cultura popular es en las celebraciones del día
de los inocentes, el 28 de diciembre, a lo largo de nuestra
geografía: en la festividad de los locos y locainas
se establecen elementos tan diversos como el travestismo ritual,
la máscara, la danza yla burla sexual que representan
simbólicamente la inversión de roles sexuales
que generan bufonadas íntimamente vinculadas a rituales
de fertilidad. El disfrazarse los hombres de mujer equivale
a una transformación simbólica de su rol sexual
y los valores que representa, y el valor más significativo
de la mujer es el ser dadora de vida. Así, el hombre
se desea revestir de este don como la tierra se prepara para
dar una nueva cosecha. Pero también estamos ante un
proceso de androginia a través del anhelo de totalidad
y de la perfección que transmite la unión de
lo masculino y lo femenino. Por un instante se unen los contrarios:
el arriba y el abajo, lo telúrico y lo uránico,
la lluvia y la tierra, valores que se deben unir para que
brote la vida.
En las inocentadas del estado Monagas, la fiesta del mono
recupera un simbolismo de origen mesoamericano. En los códices
mayas y el Popul Vuh, se relaciona de manera inequívoca
el mono con la lluvia, la fertilidad y las artes, expresión
que aún se hace presente en la celebración del
mono en Chiapas. En ambas festividades el disfraz del mono
hace permisibles los comportamientos sexuales a través
de gestos y bromas que buscan generar un clima jocoso, pues
la risa se asocia al trueno que anuncia las lluvias. Como
señala Bergson en su libro La risa, “La risa
necesita un eco. Escuchadlo y advertiréis que no es
un sonido articulado, neto, acabado; es algo que requiere
prolongarse, repitiéndose gradualmente; algo que comienza
con un estallido, para continuar retumbando, lo mismo que
el trueno de la montaña.” En estas festividades los
hombres disfrazados de monos con falos sobredimensionados
atacan al público con gestos vulgares y realizan comparsas
burlescas que crean un ambiente de ruptura con la cotidianidad
y sus normas, donde al igual que en el espíritu carnavalesco
la trasgresión catárquica es la regla, pues
permite generar una válvula existencial de escape a
la tensiones del diario vivir.
La incomprensión de estas manifestaciones llega al
extremo de desacralizar estas expresiones culturales y alejarlas
de la función de la risa como exorcismo del mal de
ojo, de las malas cosechas, como atracción a las lluvias,
etc. Una de las funciones fundamentales de estas celebraciones
es la catarsis, que destruye cualquier orden a través
del desposeimiento y la comunión cósmica. Una
de las características esenciales de estas festividades
es el acceso al tabú, a lo prohibido, a lo reprimido.
Por un instante la humanidad vuelve a recuperar el reino de
la libertad de los inicios míticos, a través
del espíritu orgiástico y la función
psíquica de la alegría y la risa, que libera
a la humanidad de la desigualdad y de la condición
profana, para crear simbólicamente una muerte a un
orden negador de la condición humana y dar nacimiento
a uno nuevo, donde la humanidad se reencuentre con su sombra
cósmica. De ahí la dimensión iniciática
de estas festividades agrícolas.
Por esta razón la amenaza contra estas manifestaciones
de nuestra cultura popular es la comercialización y
el intentarlas convertir en espectáculo turístico,
que destruye la sabiduría ancestral que arrastra: una
visión del mundo que se enfrenta subversivamente ante
nuestra anodina existencia. De ahí la necesidad de
domesticar y racionalizar estas expresiones de alegría
colectiva. Estas festividades nos acercan por un instante
a nuestros abismos como civilización y en ellas la
cultura popular responde, sin desearlo, a una sabiduría
que fusiona ideas y creencias de nuestros aborígenes,
de las culturas africanas sincretizadas con la civilización
occidental. Manifestaciones que nos recuerdan que la alegría
y la risa tienen un valor trascendental, permitiéndonos
recuperar un sentido al sinsentido del Leviatán
que devora inmisericordemente la vida del planeta.
Por tanto, la risa y lo festivo en el contexto socio-cultural
popular es una negación del orden y un principio generador
de subversión. Su transformación en un estigma
para el Poder tiene sus antecedentes en la reforma y la revolución
industrial, donde esta dimensión de la existencia era
contraria a la religión, a la pedagogía, a la
moral y al trabajo industrial en oposición a lo artesanal.
Sin embargo, este espíritu en el Medioevo y parte del
Renacimiento logró sobrevivir a través de la
religiosidad popular gracias a las fiestas de locos, el teatro
popular, el bufón y a la creación de obras maestras
de la literatura, donde la comicidad y la risa se convierten
en ejes temáticos de obras maestras, tal como se evidencia
en El Quijote de Cervantes y el Gargantúa
y Pantagruel de Rabelais...
El
país del continente americano donde la tensión
festiva entre la muerte y la vida se establece con mayor esplendor
es México. La risa asume el rostro de la muerte como
una fantasma que recorre toda su geografía en el día
de muertos, en el mes de noviembre. La humanidad reconoce
su precariedad, su fragilidad y ante esto sólo responde
a la nada —existencial— con el esplendor de la
vida, que se manifiesta exorcizando festivamente a la muerte,
riéndose de ella y negándola a sí misma
al hacerla objeto de burla. Todavía en la contemporaneidad
la cultura popular mexicana muestra la riqueza de su alma
al asumir sin ningún complejo esta deuda atávica
que enriquece y equilibra su alma colectiva.
En esta experiencia los estratos más antiguos de la
cultura se funden con los más contemporáneos.
El origen de esta festividad está en los rituales tribales,
donde a los muertos se les dejaba entrar a la comunidad para
que se alimentaran y vieran a los suyos y alejaran su nefasta
influencia.
NOTAS
1.- Propp, Vladimir: Edipo
a la luz del Folklore, España,
Edit. Fundamentos, 1980, p. 66. |
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