La
revelación de nuevos hechos y una interpretación
más crítica de los documentos históricos
medievales lleva a la mayoría de los historiadores consultados
a desechar la ingenua e idealista explicación de las
causas que originaron las cruzadas. Estos historiadores se centraron
en los diferentes fenómenos de la vida económico
social de los siglos XI al XIII, que fueron los auténticos
móviles de éstas.
La difícil situación de las masas populares
de Europa occidental y los intereses comerciales de las ciudades
del norte de Italia que participaban en estas expediciones
son la verdadera clave de los hechos narrados en este trabajo.
Asimismo pensamos que el Papado fue impulsado a organizar
las cruzadas por razones políticas, como la necesidad
de elevar su prestigio en la lucha contra los emperadores
germanos y de lograr la reunificación de la iglesia
ortodoxa griega con la romana distanciadas durante siglos.
Consideramos que este tema de las cruzadas es fundamental
dentro de la historia medieval de Europa, por lo que antes
de hablar de ellas hemos considerado necesario realizar un
breve repaso de los hechos más relevantes ordenados
cronológicamente, ya que se trata de un periodo excesivamente
largo como para poder desarrollarlo en este trabajo, y existen
libros enteros dedicados al mismo y que han sido objeto de
consulta para poder llevarlo a cabo.

1074. Gregorio VII concibe un plan de ayuda
a los cristianos orientales en el que él mismo se pondría
a la cabeza de un ejército de caballeros en calidad
de dux et pontifex. Junto con la liberación del
Santo Sepulcro y de los territorios ocupados por los seljúcidas,
su objetivo es lograr la unión de las iglesias griega
y romana. Tras el establecimiento del sultanato seljúcida
de Rum en Asia Menor, Constantinopla se ve amenazada.
1095. El emperador bizantino Alejo I Comneno envía
una embajada al papa Urbano II, en el Sínodo de Piacenza,
solicitando su auxilio. El 26 de Noviembre se celebra el Concilio
de Clermont. Urbano II gana para su causa a los caballeros
y príncipes occidentales con un famoso discurso a favor
de la cruzada, en el que afirma:” Quienes lucharon antes en
guerras privadas entre fieles, que combatan ahora contra los
infieles y alcancen la victoria en una guerra que ya debía
haber comenzado; que quienes hasta hoy fueron bandidos, se
hagan soldados; que los que antes combatieron a sus hermanos,
luchen contra los bárbaros”. Dos corrientes espirituales
confluyen en los cruzados:
1) La idea de la peregrinación a Tierra Santa. Las
peregrinaciones que se llevaban a cabo como viajes meritorios
desde los primeros tiempos de la Iglesia y toman incremento
en el siglo XI (consecuencia de la profundidad de la piedad
cristiana) tropiezan ahora con la creciente hostilidad de
los seljúcidas.
2) La idea de una “guerra santa” contra los infieles. Jerusalén
no constituye el único objetivo para los caballeros
occidentales; lechan también contra el Islam y contra
los vendos.
1096. Pedro de Amiens, ermitaño y predicador popular,
exalta en ciudades y pueblos los ánimos de la masa
campesina, para lo cual combatir en Tierra Santa es un oportunidad
de liberación y aventura. La desordenada expedición
que acaudilla es exterminada por los búlgaros y seljúcidas.
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| Cruzado |
1097-1099. Empieza la I cruzada en la que
no intervienen los reyes excomulgados Enrique Iv de Alemania
y Felipe I de Francia. La dirigen Roberto de Normandía,
Godofredo de Bouillon, Balduino de Flandes, Raimundo de Toulouse,
Beomondo de Tarento y su sobrino Tancredo. Es legado papal
en la cruzada Adhemar, obispo de Puy. El ejército expedicionario,
de formación típicamente feudal, está
integrado por unidades autónomas; sus respectivos jefes
son nobles deseosos de conquistar dominios personales. Tras
el afortunado asedio a Nicea y la victoria en Dorilea sobre
el Sultán de Iconio, toman Antoquía a los siete
meses de haber iniciado el asedio. Un ejército de socorro
mandado por Kerboga, emir de Mosul, es puesto en fuga por
los cruzados. Se descubre la Santa Lanza. El 15 de julio se
toma Jerusalén, tras cinco semanas de asedio. Los príncipes
cruzados se reparten los territorios conquistados y fundan
diversos estados feudales, asignando feudos menores a sus
vasallos. Godofredo de Bouillon asume el título de
protector del Santo Sepulcro y forma el reino de Jerusalén.
1100. A la muerte de Godofredo de
Bouillon, le sucede su hermano Balduino, que adopta el título
de rey. Estados feudales menores son el principado de Antioquia
y los condados de Edesa y Trípoli. Jerusalén
y Antioquia se convierten en sedes patriarcales de la iglesia
romana. Las constantes guerras de los príncipes normandos
de Antioquia contra los bizantinos, así como las de
los distintos señores feudales entre sí, contribuyen
(junto a los conflictos que enfrentan a los diversos grupos
étnicos de cruzados) a debilitar estos Estados y favorecen
el contraataque del Islam.
1144. Reconquista de Edesa por el emir Imadeddin
Zenkis de Mosul. Como reacción se producirá
la II cruzada.
1147-1149. II cruzada, dirigida por el emperador
Conrado III y por Luis VII de Francia, que
emprenden la guerra bajo la influencia espiritual de Bernardo
de Claraval. La colaboración entre las tropas germanas
y francesas se ve perturbada por la alianza antibizantina
de Luis VII con Roger II de Sicilia y por la contraalianza
entre Miguel Comneno y su cuñado Conrado III: ambos
ejércitos son derrotados, por separado en Dorilea y
Laodicea. Conrado y Luis, que se encuentran en Jerusalén,
deciden unificar sus fuerzas y organizan dos campañas
contra Damasco y Ascalón, que fracasan.
1187. Reconquista de Jerusalén por
el sultán Salahedin, tras derrotar a los cristianos
en la batalla de Hattin.
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| Federico I Barbarroja |
1189-1190. III cruzada. Federico I
Barbarroja, fiel al principio de la primacía universal
del emperador, se pone a la cabeza de esta cruzada considerada
como una empresa común de los Estados cristianos occidentales).
Tras la brillante victoria de Iconio, el 10 de Junio del año
1190 el emperador muere al cruzar a nado el río
Salef.
1191. El hijo del emperador Federico I Barbarroja,
el duque Federico de Suabia, conduce una parte del ejército
cruzado ante las puertas de San Juan de Acre, donde muere.
La ciudad es tomada finalmente por Ricardo Corazón
de León, rey de Inglaterra, y Felipe II Augusto, rey
de Francia: Ricardo concierta una tregua con Saladino por
la que adquiere la franja costera entre Tiro y Jaffa y logra
autorización para la libre entrada de peregrinos cristianos
en Jerusalén. Chipre, conquistada por él, es
cedida en feudo a Guido de Lusignan.
1197. La cruzada del emperador Enrique
VI se propone no solo la liberación de Tierra Santa,
sino también servir a la política de los normandos
de Sicilia, que intentan la conquista del Imperio Bizantino.
La muerte de Enrique IV reduce el resultado de esta cruzada
a la ocupación de una franja costera junto a Antioquia.
1202-1204. IV cruzada. El papa Inocencio
III exhorta a los príncipes europeos a una nueva cruzada,
dirigida contra Egipto. Gran parte de la nobleza francesa
acude a la llamada (Bonifacio de Montferrato y Balduino de
Flandes). Con el fin de que Venecia ceda las naves necesarias
para el transporte de los cruzados, éstos ayudan a
los venecianos en la conquista de Zara y Dalmacia. El dux
Enrico Dándolo, atendiendo a los deseos del príncipe
Alejo de Bizancio y a los intereses comerciales venecianos
en Levante, dirige el ejército cruzado contra Bizancio:
conquista de Constantinopla. Fracasan las tentativas de unión
entre las iglesias griega y romana. Tras ser expulsados de
la ciudad, los cruzados la reconquistan: saqueo despiadado
y fundación del Imperio latino, del que es elegido
emperador Balduino de Flandes. Se afirma el predominio comercial
veneciano hasta que, en 1261, Miguel Paleólogo (jefe
de la casa imperial griega)termina, ayudado por Génova
y partiendo de Nicea, con el Imperio latino de Constantinopla,
liberándose de la presencia occidental.
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| Ricardo Corazón
de León |
1212. Cruzada de los niños. Millares
de adolescentes de ambos sexos, arrebatados de entusiasmo
por el fervor religioso y combativo de las cruzadas, son embarcados
en Marsella, desde donde los armadores los conducen a la ciudad
de Alejandría y los venden como esclavos.
1228-1229. V cruzada. El emperador Federico
II, excomulgado por el papa por no participar en una anterior
expedición a Palestina, prepara esta cruzada. Conduce
sus ejércitos hasta San Juan de Acre y, tras un tratado
con el sultán de Egipto El Kamil, obtiene Jerusalén,
Belén y Nazareth.
1244. Los musulmanes reconquistan Jerusalén,
que ya no volverá a caer en poder de los cristianos.
1248-1254. VI cruzada. Luis IX, rey de Francia,
emprende esta cruzada con el propósito de aniquilar
Egipto. Toma Damieta pero es derrotado en Mansura y cae prisionero
con todo el ejército. Es liberado mediante la entrega
de un elevado rescate, y tras fortificar San Juan de Acre
vuelve a Francia.
1270. VII cruzada. San Luis se dirige contra
Túnez, país de tradición cristiana desde
la época de San Agustín, para reconvenir a los
habitantes de este territorio. Una epidemia de peste diezma
el ejército cruzado y acaba con la vida del monarca.
1291. Los mamelucos reconquistan San Juan
de Acre, último baluarte cristiano. Los cruzados evacuan
Tiro, Beirut y Sidón. Chipre se mantiene bajo la casa
de Lusignan hasta 1489 y el dominio de la Orden de San Juan
sobre la isla de Rodas se prolonga hasta el año 1523,
ya en la Era Moderna.
En la primera mitad del siglo XI las invasiones turcas,
condicionadas por la descomposición señorial
del Imperio de Bagdag y la crisis del Imperio chino de los
Tang, arruinaron, a la vez, el Imperio bizantino y el mundo
islámico. Tales invasiones estrangularon las relaciones
entre Bizancio y las ciudades rusas y, en consecuencia, con
los países del Norte, así como los caminos de
caravanas que unían Constantinopla con el Asia Central
por el puerto de Trebisonda. En líneas generales, ello
implicó para Bizancio, el desencadenamiento de una
grave crisis económica que a su vez influyó
decisivamente en las perturbaciones políticas que comienzan
a manifestarse a mediados de siglo.
A partir del año 1050, la situación de los
mundos bizantino e islámico puede definirse como verdaderamente
crítica. Por las mismas fechas, el planteamiento del
conflicto de las Investiduras condiciona la descomposición
del Sacro Imperio, la anrquía feudal en el Reich alemán.
En Occidente, en cambio, se registra un verdadero proceso
de renovación, fraguado en los cuadros de la sociedad
feudal y particularmente notable en los aspectos espiritual
(reforma cluniacense, trayectoria del Pontificado hacia el
gregorianismo) y económico (aumento demográfico,
intensificación de los cultivos, renacimiento industrial
y mercantil). Esta recuperación de la Cristiandad occidental,
en contraste con la crisis que afecta al Imperio bizantino
y al conglomerado islámico, constituye el rasgo decisivo
de la historia en el siglo XI.
Las Cruzadas no fueron sólo un acontecimiento capital
de la Edad Media, ni una empresa varias veces renovada por
Occidente, sino también una muestra de la efímera
unidad de Europa y la expresión de las ambiciones y
energías del mundo occidental. La idea de cruzada es
muy compleja, pues mientras para los occidentales es un sinónimo
de “virtud”, lo es de escándalo para los bizantinos.
Esta idea realizó la unión en Occidente y acentuó
la división entre Roma y Bizancio: Idea a la vez pacífica
y bélica, rápidamente desvirtuada por la influencia
de factores políticos y económicos, continuó
sin embargo, provocando nuevas expediciones – cruzadas sin
cruzados- que en definitiva se convirtieron en guerras defensivas
o de carácter imperialista.
 |
Peregrinos a la Iglesia
del Santo Sepulcro de Jerusalén,
guardada por sarracenos |
La cruzada, en realidad, es única y sólo aparece
en su verdadera esencia en el periodo transcurrido entre fines
del siglo XI y mediados del siguiente. En efecto, es imposible
reconocer un auténtico espíritu de cruzada en
la defensa de los Estados latinos de Oriente por los caballeros
establecidos en Siria y en las empresas de socorro enviadas
por Occidente desde el siglo XII. De hecho, pues, sólo
la I cruzada - y ciertos personajes y momentos de las posteriores-
debe ser considerada como verdadera y típica. En estas
empresas intervinieron dos clases de cruzados: barones y caballeros,
a menudo impulsados más por el espíritu de lucro
y el deseo de conquista que por el puro ideal, y gentes humildes,
lanzadas hacia los caminos de Oriente secundando la llamada
del papa Urbano II, con un auténtico ideal de cruzada.
Para los cronistas de la época, la expedición
a los Santos Lugares no fue una obra humana, sino divina.
Muchos hacen preceder la salida de las cruzadas con prodigiosas
manifestaciones cósmicas. Cabe pensar si ello constituyó
un argumento capaz de persuadir a los expedicionarios. En
todo caso tales signos significaban la idea de “una guerra
nueva”, o sea, concebida como una expedición que daba
a sus miembros el beneplácito de la Iglesia. Esta,
preocupada desde antiguo por el problema de las “guerras fraternales”,
de las luchas entre cristianos, vio en la cruzada el medio
de poner fin – al menos momentáneamente – a los conflictos
que sufría la Cristiandad. En Clermont, el papa Urbano
II propuso a los caballeros volver sus armas contra los musulmanes,
al objeto de convertir una lucha fraticida en un combate digno
y meritorio. Para los caballeros feudales, la cruzada equivale
a la guerra justa, a una empresa que asegura la salvación
eterna. Los cruzados luchan a la vez por dos reinos: el de
la Jerusalén terrestre y el de la Jerusalén
divina. La posesión del primero será la puerta
de acceso al segundo, y, por tanto, a la vida eterna.
La cruzada provocó un cambio de gran importancia en
occidente por la transformación de los caballeros,
guerreros de profesión y de costumbres, en cruzados.
Al abandonar Europa para dirigirse a liberar los Santos Lugares,
los caballeros liberaron a la Cristiandad de las guerras endémicas
que sufría. El combate contra el musulmán ofrecía
al caballero la satisfacción de heroicas proezas y
la gloria del martirio a manos del infiel.
Idea imperialista, la cruzada transformó Occidente,
abandonado por los caballeros, y el Próximo Oriente
que éstos iban a conquistar. Es el testimonio de una
época, con sus necesidades materiales y espirituales,
y la expresión de una mentalidad, así como un
hallazgo maravillosamente adaptado a las nuevas necesidades
del mundo cristiano. La cruzada contribuyó a crear
un mundo nuevo, ensanchando las fronteras de Occidente y abriendo
horizontes desconocidos a una multitud de caballeros, de comerciantes
y de clérigos por entonces desocupados.
Al dirigirse la cruzada contra el Oriente islámico,
Bizancio creyó que su Imperio sería la primera
víctima. El ideal religioso de la cruzada era incomprensible
para un bizantino. Al iniciarse éste, el cisma no había
provocado todavía la separación entre ambos
mundos cristianos. Las Cruzadas y sus consecuencias dieron
al cisma toda su importancia y significación. Hasta
cierto punto, Bizancio se encontraba más cerca del
Islam y de Oriente que de los occidentales. Por otra parte,
la debilidad que entonces aquejaba al mundo bizantino hacía
que éste temiera la unificación de Occidente
que podía implicar la cruzada.
 |
| Urbano II presidiendo
el Concilio de Clermont |
De encauzar y dirigir la poderosa corriente por éste
representada se encargó el papa Urbano II. El 28 de
noviembre de 1095 predicó la cruzada en Clermont, al
grito de “¡Dios la quiere!”. El llamamiento de Urbano
II fue la orden de movilización general de Europa.
La movilización a raíz del Concilio de Clermont
puede comparase a la Liga de Corinto, que en tiempos de Alejandro
Magno impulsó a Grecia a la conquista de Asia.
El desbordante entusiasmo antes referido no afectó
solo a los nobles y al clero, sino también a las clases
populares. La figura del papa Urbano II predicando la cruzada
al mundo caballeresco tuvo su réplica, por lo que atañe
a los humildes, en el asceta Pedro el Ermitaño, cuyas
exhortaciones causaron la más profunda impresión
en el Occidente Medieval.
El entusiasmo provocado por estas predicaciones condicionó
una especie de éxodo, una fiebre general de tomar la
cruz y dirigirse hacia el Este. Todo el mundo deseaba liquidar
sus bienes y obtener las provisiones necesarias para el largo
viaje. Este entusiasmo de las multitudes desbordó la
organización oficial: para obviar el grave problema
del abastecimiento de huestes tan numerosas, los cruzados
siguieron itinerarios distintos para reunirse todos en Constantinopla,
capital del Imperio bizantino. Una vez reagrupadas las fuerzas
en el Bósforo, los expedicionarios pasaron a Asia,
donde la campaña fue corta. Tras tomar Nicea y vencer
al infiel en la batalla de Dorilea, cruzaron la meseta de
Frigia y el Tauro, tomaron Antioquia y, finalmente, conquistaron
la codiciada ciudad de Jerusalén.
A la agresión de los occidentales, el mundo turco
respondió con una reagrupación de fuerzas. A
la angustiosa petición de ayuda de los territorios
recientemente conquistados, de nuevo amenazados por el infiel,
el rey de Francia Luis VII, decidió emprender una nueva
cruzada. De momento sus vasallos se resistieron; pero el monarca
insistió y el papa Eugenio III, que al principio se
había mostrado vacilante, decidió favorecer
la empresa. Tras varias predicaciones, se organizó
la II cruzada, en la que intervino también el emperador
de Alemania, Conrado III. Sin embargo en esta ocasión
los occidentales no lograron apuntarse ningún éxito
positivo. El fracaso de la II cruzada suscitó una nueva
réplica otomana, consiguiéndose la unificación
de Siria musulmana. El reino de Jerusalén quedó,
así, cercado.
Dueño incontestable de Siria y Egipto, y obedecido
ciegamente en El Cairo, Edesa, Alepo, y Damasco, Saladino,
una de las figuras más impresionantes del mundo oriental,
acaudilló el ataque islámico contra los establecimientos
occidentales en Asia Menor, a pesar de que entonces el mundo
islámico había perdido casi totalmente el sentido
de la guerra santa agresiva. Contando con la ayuda de Bizancio,
consciente del peligro que entrañaba la euforia islámica,
los occidentales lograron resistir los primeros ataques; pero
su situación se agravó extraordinariamente desde
1180. La batalla de Hatin –4 de julio de 1187– selló
el destino del reino de Jerusalén, que cayó
en manos de Saladino el 2 de octubre siguiente. El único
foco de resistencia era Tiro, desde donde el marqués
Guido de Montferrato envió emisarios a Occidente en
busca de refuerzos.
La pérdida de la ciudad de Jerusalén no significó
el final del reino, pero suscitó en Occidente un estupor
comparable en intensidad al entusiasmo que había despertado
su conquista una centuria antes. Solo un gran esfuerzo conjunto
podría restablecer la situación. La iniciativa
partió del papa Gregorio VIII, quien se dirigió
al emperador y a todos los reyes cristianos a fines de octubre
de 1187. En pleno entusiasmo despertado en Alemania por una
misión pontificia presidida por el obispo Enrique,
el gran emperador, Federico I Barbarroja, tomó la cruz
y, apoyándose en el renaciente romanticismo, invocó
su calidad de jefe temporal del mundo cristiano para resolver
la cuestión de Oriente.
 |
| Saladino |
Después de una preparación minuciosa que revela
el genio político del gran Hohenstaufen, Federico Barbarroja
salió de Ratisbona al frente de su ejército
en mayo de 1189. El 14 de Mayo alcanzó una brillante
victoria sobre el sultán de Iconium. Cuando todo hacía
esperar la pronta recuperación de Jerusalén,
el gran emperador germánico murió a causa de
una congestión fulminante que le sobrevino al bañarse
en las frías aguas del río Salef, en Cilicia.
Del mando de las fuerzas germánicas se hizo cargo el
hijo del emperador fallecido, Federico de Suabia, quien también
murió en el sitio de Acre. Dicha ciudad fue conquistada
por el rey inglés, con el que tras el abandono de la
empresa por parte de las huestes francesas, la cruzada se
redujo a una empresa personal de Ricardo Corazón de
león. Este intentó la conquista de la Ciudad
Santa al asalto; pero pronto se dio cuenta de que era imposible
resolver el problema de la Siria cristiana con los pequeños
establecimientos occidentales entregados a sus solas fuerzas.
Si no se estaba dispuesto a enviar periódicos refuerzos
desde Europa, se imponía pactar con los musulmanes.
Y eso es lo que hizo: se pactó una tregua de tres años
a base de mantener las posiciones respectivas; el reino de
Jerusalén continuaría en poder de Saladino y
los peregrinos cristianos podrían visitar libremente
los Santos Lugares en pequeños grupos y sin armas.
Así la III cruzada terminó, en una derrota moral,
es decir, en un acuerdo con Saladino.
Las cruzadas absorbieron el excesivo brío militar
de la caballería occidental y, en consecuencia, favorecieron
la tranquilidad interna en los distintos países. Occidente
se enriqueció de un modo considerable, en gran parte
por el impulso dado al comercio marítimo. El tráfico
entre ambas riberas del Mediterráneo aumentó
las reservas de metales preciosos en las ciudades de la cuenca
occidental y esta acumulación de riquezas compensó
favorablemente la inferioridad de los países cristianos
del mediterráneo en el dominio de la producción
agrícola, en particular cerealística. A mediados
del siglo XII, la situación económica de los
países de Europa occidental había cambiado totalmente
con respecto al Oriente bizantino. Los mercaderes italianos,
catalanes y provenzales, tenían en sus manos casi todo
el comercio de las vertientes asiática y africana del
Mediterráneo. Como el proceso de la Reconquista en
España, los cruzados hicieron posible el enriquecimiento
cultural de la sociedad cristiana de Occidente por el contacto
con el mundo clásico a través del Islam.
 |
| Vista del puerto de Alejandría |
La Gran Cruzada –la primera– consolidó la situación
territorial del Imperio bizantino en el Próximo Oriente;
pero los contactos más estrechos con los occidentales
introdujeron en la vida de Bizancio nuevos motivos de perturbaciones.
La Iglesia griega vio disminuir su influencia en las comunidades
cristianas de Siria y Palestina donde predominaba la de Roma.
El cisma subsistió y las continuas fricciones entre
griegos y latinos hicieron cada día más difícil
las tentativas de reconciliación. El reino de Jerusalén
durante el siglo de su existencia, quedó colocado bajo
el vasallaje de la Santa Sede; pero este nuevo paso hacia
la unidad del mundo cristiano bajo la autoridad pontificia
no dio los resultados decisivos que se abrigaban en Roma.
Los principales beneficiados de las cruzadas fueron los puertos
y ciudades italianas, que crearon factorías en el Oriente
latino para el comercio con el mundo asiático. Como
ya se ha apuntado, toda la actividad económica de Europa
se benefició de ello.
Las cruzadas hicieron que la Cristiandad occidental adquiriese
una conciencia más clara de su unidad, al menos entre
los medios sociales más importantes, clérigos
y caballeros. El hecho de que tantos caballeros combatieran
al servicio de un ideal religioso hizo que en su concepción
del mundo adquirieran gran importancia el desinterés
y la generosidad. Muchos encontraron la muerte en las lejanas
tierras de Oriente y ya se ha dicho que ello purgó
a Europa, en plena fase de resurgimiento, de elementos violentos
e indisciplinados. La paz pública resultó beneficiada
y, con ella, la solidez interna de los distintos Estados.
Las cruzadas, en definitiva, favorecieron los contactos humanos
entre Oriente y Occidente, y no fueron solo los bienes de
consumo los que se intercambiaron, sino también las
ideas. Las relaciones entre mentalidades muy distintas dieron
ocasión para un mejor conocimiento de los respectivos
principios religiosos y morales de cristianos, judíos
y musulmanes, a la vez que proporcionaron las bases para el
trasvase cultural de conocimientos a través de constantes
traducciones e interpretaciones de saberes ajenos e incluso
clásicos. Un enriquecimiento mutuo, en el campo del
pensamiento, fue la consecuencia natural de estos contactos,
que no siempre fueron, ni mucho menos sangrientos. Prueba
de ello lo confirma el hecho de que muchos occidentales, afincados
en Oriente, se hubiesen orientalizado hasta el punto de olvidar
su patria y lengua de origen.
BIBLIOGRAFÍA
- Runcimann. A.: Historia de las Cruzadas.
Volúmenes I, II, III.
- Medievo. Volumen IV. Enciclopedia Historia
Universal. Ediciciones Nájera . 1990.
- Enciclopedia multimedia Encarta 97.
- Artículo: "Dios lo quiere". Revista
La Aventura de La Historia. Nº8.
-Zaborov, Mijail: Historia de Las Cruzadas.
Ediciones Sarpe. |
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