| En
la soledad de sus retiro holandés Descartes redactó en 1.629
la primera versión de su metafísica, cuyo manuscrito se nos
ha perdido, pero que debió de ser sin duda la base de la expresión
compendiada de 1.637 (la cuarta parte del Discurso) y también de
las Meditaciones metafísicas de 1.641. El curso cartesiano de pensamiento
es conocido: la exigencia de la regla metodológica fundamental(la
evidencia como criterio de verdad) lleva a la duda y a considerar como
falsos todos los contenidos mentales que no satisfacen dicha regla. Es
la duda metódica que Descartes diferencia de la escéptica
porque su propósito es la criba de los contenidos hasta el encuentro
de la primera intuición o verdad evidente que pueda funcionar como
principio de la cadena de intuiciones que es la estructura deductiva de
todo el saber. Dicho principio (tras el cuestionamiento del mundo de la
percepción y de las matemáticas) es el cogito: la evidencia
de la existencia propia como consustancialmente vinculada a la duda, es
decir, al pensar. Y del cogito se sigue por interferencia el carácter
de res cogitans del sujeto, es decir, la afirmación de un
sujeto epistemológico que es pensamiento puro, sustancia pensante,
simplemente alma, cuya diferencia con respecto al cuerpo queda así
garantizada.
La siguiente
verdad que se hace manifiesta es Dios como causa trascendente infinita
y absoluta, fuente de la verdad y origen de las “ideas innatas” presentes
en la res cogitans, esto es, de las verdades evidentes que el sujeto
pensante descubre en sí cuando procede según el método.
Así, pues, Dios es la garantía de la objetividad de las evidencias
(verdades evidentes) descubiertas por la res cogitans: la objetividad
de la matemática y la objetividad de un mundo exterior como res
extensa, es decir, como sustancia (entidad autónoma) cuyo atributo
es la extensión tridimensional en los infinitos modos figurados
geométricamente y sometidos a las leyes del movimiento. Esta es
la única idea evidente (clara suficiente y distinta) que el sujeto
pensante se hace del mundo externo. Ello significa que del mundo externo
(y de la teoría física que pretende explicarlo) desaparecen
las cualidades secundarias (olor, color, sabor), pues Descartes desarrolla
a partir de la idea de extensión un análisis inteligible
(matemático) del mundo como geometría con movimiento local
puramente cuantitativo. Del mundo externo desaparece también el
alma (la res cogitans), pues hasta los seres vivos (los animales y el cuerpo
humano) son concebidos clara y distintamente como materia extensa en movimiento,
en suma como máquinas. La res extensa (el universo) es explicada,
por tanto como un sistema material y mecánico, regulado por las
leyes inexorables de la matemática, carente de finalidad. Se renuncia
por ello a la explicación teleológica, por eliminación
de la presencia activa en el mundo de la inteligencia, pues esta está
fuera del universo físico, como Dios trascendente por un lado y
como sujeto pensante (el yo o el hombre-alma) por otro.
Con todo
ello Descartes ha encontrado los principios sólidos y evidentes
sobre los que edificar la física (la explicación del conjunto
de la naturaleza como – en el ideal – una “ciencia universal” matemática,
es decir, organizada axiomático-deductivamente). Así Descartes
procede a la redacción del Traité du monde. Se puede
decir que se ha producido una revolución conceptual: el cosmos (el
principio básico del pensamiento occidental durante dos mil años;
caracterizado por Platón en el Timeo como “un ser vivo, animado
e inteligente”) ha quedado destruido; del universo indefinido ha desaparecido
el Alma y la Inteligencia, quedando relegado a materia sometida a las leyes
de la matemática. Con todo ello se rompía conceptualmente
con el aristotelismo escolástico y con aquel naturalismo renacentista
que pretendía presentarse como la alternativa constructiva al aristotelismo
(P.ej. Giordiano Bruno o Tomasso Campanella). Al mismo tiempo se eliminaban
los peligros religiosos del naturalismo: la inmanencia de Dios en el mundo
y las consecuencias del animismo mágico: la sustitución de
la noción de milagro por la de “hecho maravilloso” producido por
la naturaleza; el carácter natural y cósmico de la religión
(de toda religión) y el vínculo del hombre con el cosmos,
base de la divinidad natural del hombre y de su capacidad mágica.
El mecanismo cartesiano recuperaba el Dios trascendente y libre, el Dios-voluntad
de la tradición cristiana; recuperaba también la religión
como vínculo sobrenatural del hombre con el Dios trascendente, garantizaba
la libertad del hombre como res cogitans puramente espiritual y recuperaba
la noción de naturaleza como ley estricta e inexorable y por tanto
la posibilidad del milagro como intervención sobrenatural del Dios
libre.
CAPÍTULO III
A
finales de 1.629 Descartes había empezado a planear el Du Monde;
en carta del 13 de noviembre de ese año escribía a Mersenne:”Desde
lo que os he escrito hace un mes no he hecho más que trazar el programa
y en lugar de explicar solamente un fenómeno, me he decidido a explicar
todos los fenómenos de la naturaleza, es decir, toda la Física.
Y el proyecto que tengo me contenta más que cualquier otro que haya
tenido jamás, pues creo haber encontrado un medio para exponer todos
mis pensamientos de manera que satisfagan a algunos y los demás
no encuentran ocasión de contradecir” .(9)
Tras cuatro
años de trabajo la obra estaba ya terminada y lista para imprimir
a mediados de 1633; sin embargo en ese mismo momento la Inquisición
romana condenó el Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo,
tolemaico e copernicano de Galileo (publicado el año anterior
en Florencia) y con él la teoría copernicana allí
defendida como descripción del verdadero estado físico de
los cielos y no aceptada únicamente con el rango de hipótesis
ficticia destinada a fundamentar un cálculo matemático independiente
de consideraciones de tipo físico, vía ésta tolerada
por la Iglesia y permitida a Galileo, pero que obviamente privaba al copernicanismo
de toda mordiente revolucionaria por imposibilitar toda implicación
realista y física o cosmológica. La noticia de la condena
llegó a Holanda en septiembre de 1.633 y llevó a Descartes
– cuyo tratado establecía como verdadera físicamente la hipótesis
copernicana – a echar marcha atrás en sus proyectos de publicación
(10) y a escribir a Mersenne a finales de noviembre:”Yo confieso
que si (el copernicanismo) es falso también lo son todos los fundamentos
de mi filosofía, pues se demuestra por ellos de forma evidente.
Y está además tan ligado con todas las partes de mi tratado
que no sabría desgajarlo sin hacer al conjunto defectuoso. Pero
como yo no quisiera por nada del mundo que saliera de mí un discurso
donde se encontrara la menor palabra que fuera desaprobada por la Iglesia
preferiría suprimirlo antes que publicarlo amputado” .(11)
Sin embargo las pocas ganas de Descartes por escribir y publicar, su sed
de tranquilidad y de ocio consagrado al estudio, fueron vencidas por la
conciencia del alcance social de una ciencia que podía hacer a los
hombres “dueños y poseedores de la naturaleza” (12) y también
por la perspectiva de conseguir a través de ello el favor del público
para la divulgación de la ciencia cartesiana. Y así Descartes
decide finalmente publicar alguna parte no peligrosa del Du monde,
concretamente las secciones de óptica, acompañadas de un
opúsculo de carácter autobiográfico y metodológico.
En 1.635 el programa se amplía con la inclusión del tratado
sobre los Meteoros y en marzo del año siguiente una carta
a Mersenne nos hace saber que el proyecto ha cuajado ya en su forma definitiva:
“Para que sepáis lo que me
propongo publicar, habrá cuatro tratados, todos en francés,
cuyo título general será: El proyecto de una ciencia
universal que pueda elevar nuestra naturaleza a su más alto grado
de perfección, junto con la Dióptrica, los Meteoros y la
Geometría, donde las más curiosas materias que el autor ha
podido escoger para dar prueba de la ciencia universal que propone son
explicadas de tal manera que las puedan entender incluso aquellos que no
han estudiado. En este proyecto descubro una parte de mi método,
trato de demostrar la existencia de Dios y del alma separada del cuerpo
y añado otras varias cosas que no serán, según creo,
desagradables al lector”. (13)
Descartes hacía saber asimismo
a Marsenne su propósito de publicar la obra de forma anónima.
Y efectivamente, el 8 de Junio de 1.637 se terminaba de imprimir en la
ciudad holandesa de Leyden, en francés (14) y anónimo,
con el título de :”Discours de la methode pour bien conduire
la raison et chercher la verité dans les sciences, plus la Dioptrique,
les Méteores et la Géometrie qui sont des essais de cette
methode”.
La índole misma de la publicación
y su mismo título muestran la vinculación entre el Descartes
filósofo y el Descartes científico, esto es entre el Discurso
del método y los Ensayos científicos que lo acompañaban.
Y aunque en actualidad apenas he podido encontrar editadas conjuntamente
el Discurso y los Ensayos (15) conviene no perder de vista
esta conexión histórica y real. Por otra parte el texto mismo
del Discurso del método es un conjunto de materiales de diferente
procedencia, consecuencia del complejo proceso de confección del
plan definitivo. Así, originalmente, el proyecto de trabajo que
debía acompañar a los Ensayos comprendía las partes
sexta (que tiene un carácter bastante autónomo y completo)
y primera. Posteriormente la inclusión de la Geometría
llevó a Descartes a introducir la parte segunda (la exposición
general de las famosas reglas metodológicas) y las partes cuarta
y quinta, en las que la metafísica y el resumen del Du monde
venían a proporcionar ejemplos de la aplicación del “método”expuesto
en la parte segunda. Además se añadió la tercera parte
con las famosas reglas de la “moral par provisión”, destinadas a
proporcionar (ante la falta momentánea de una moral científica)
los principios rectores de una praxis en la que la decisión y la
acción no pueden ser evitadas y sometidas a la misma suspensión
y duda metódica válidas en el ámbito teorético.
CAPÍTULO IV.
En 1.641 Descartes publicaba
en lengua latina las “Meditaciones acerca de la filosofía primera
en las cuales se demuestra la existencia de Dios y la inmoralidad del alma”.Dedicadas
a la Facultad de Teología de la Sorbona, exponían de forma
completa y articulada la metafísica cartesiana, introduciendo motivos
tan importantes como el del “genio maligno”, esto es la hipótesis
de una conciencia de rango superior a la nuestra capaz de hacer que nos
equivoquemos en nuestros juicios. La garantía de la existencia de
Dios como ser perfecto nos confirma la objetividad y verdad de nuestros
pensamientos evidentes; como afirma Vidal Peña: “En efecto: el
tema del genio maligno era el de una conciencia envuelta por otra conciencia.
Negar el genio maligno y afirmar el Dios no falaz significa lo siguiente:
si Dios existe, entonces no me envuelve, en cuanto conciencia. Dios, como
expresión del orden racional (el de las evidencias matemáticas:
el que se trataba de salvar del genio maligno), no es heterogéneo
respecto a mi conciencia. Cuando tengo evidencias, Dios las garantiza.
Es decir Dios y las evidencias, Dios y estructura lógica de mi conciencia,
son una misma cosa: no difieren y, así, Dios no me envuelve... En
este sentido postular a Dios significa postular las condiciones que hacen
posible la racionalidad (representada, eminentemente, por la lengua matemática,
donde triunfa la proporción, la entidad). Significa proyectar trascendentalmente
aquello que es preciso para que la conciencia no se disuelva”. (16)
Por otra parte la dedicatoria de las Meditaciones
a la Sorbona mostraba el propósito apologético que ya desde
el comienzo había caracterizado a la metafísica cartesiana:
la demostración racional, filosófica de la existencia de
Dios, y de la inmortalidad del alma, pues “ciertamente no parece posible
inculcar a los infieles religión alguna, ni aun casi virtud moral
alguna, si antes no se les prueban aquellas dos cosas mediante la razón
natural”. La objeción del padre Mersenne, sin embargo, de que en
la obra no se demostraba la inmortalidad del alma, sino la distinción
de la misma con respecto al cuerpo, esto es, la separación entre
la res cogitans y la res extensa llevó a Descartes a modificar
el título de la obra en la segunda edición, publicada al
año siguiente con el título de “Meditaciones de prima
philosophia in quibus Dei existentia et animae humanae a corpore distinctio
demonstratur. En cualquier caso la obra representaba un poderoso esfuerzo
de Descartes por hacer valer e imponer su filosofía en los sectores
encargados de velar por la ortodoxia del pensamiento.
En 1.644 vieron la luz los “Principia
philosophiae”, presentación de conjunto de la filosofía
y de la astronomía y física cartesianas. La obra estaba dedicada
a la princesa Isabel de Bohemia, pero tenía una estructura sistemática
y escolar, reveladora del proyecto y de la confianza cartesianas de que
los Principia podrían imponerse en la enseñanza como texto
de referencia y filosofía fundamental en sustitución del
ya caduco aristotelismo. Por otra parte en los Principia (Libro I, 51)se
encuentra la famosa caracterización de la sustancia, fuente de tantos
problemas filosóficos en el Siglo XVII: “Cuando concebimos la
sustancia, concebimos solamente una cosa que existe de tal manera que no
necesita de ninguna otra cosa para existir. Puede haber oscuridad en lo
que respecta a la explicación de esa palabra: no tener necesidad
más que de sí mismo. Pues, propiamente hablando, solo Dios
es así, y no hay ninguna cosa creada que pueda existir un solo momento
sin estar sostenida y conservada por su potencia. Es por lo que en la Escuela
se tiene razón al decir que el nombre de “sustancia no es unívoco
con respecto a Dios y a las criaturas, es decir, que no hay ninguna significación
de esa palabra que concibamos distintamente y que convenga a él
y a ellas; pero puesto que entre las cosas creadas algunas son de tal naturaleza
que no pueden existir sin otras, las distinguimos de aquellas que no tienen
necesidad más que del concurso ordinario de Dios, llamando sustancias
a éstas y a aquellas cualidades o atributos de las sustancias”.
Sería pues lógico pensar
que la definición de sustancia solamente corresponde, hablando en
propiedad, a Dios. De hecho, ése será precisamente el camino
a seguir a continuación por Spinoza para quien “no pude darse
ni concebirse sustancia alguna excepto Dios” (Etica I, 14)y la extensión
y el pensamiento no son sustancias (res), sino atributos de la única
sustancia divina idéntica a la naturaleza. Por el contrario en Descartes
pensamiento y extensión son sustancias (res cogitans y res extensa),
es decir, entidades que únicamente necesitan del concurso de Dios
para existir y que son pensables según el criterio de la evidencia
como autosuficientes y recíprocamente independientes.
Pero ello plantea precisamente el problema
de la relación e interacción entre las dos sustancias, entre
dos órdenes tan distintos y heterogéneos como son el pensamiento
y la extensión. El problema, en rigor y en realidad, solo se plantea
en el caso humano, pues el reino animal se explica perfectamente y respetando
las exigencias de la regla de la evidencia, según el orden de la
extensión, es decir, los animales pueden ser descritos suficientemente
como máquinas complejas, de una complejidad superior a las máquinas
construidas por el hombre, pero en cualquier caso pertenecientes exclusivamente
al mundo de la extensión; como dice el mismo Discurso del método:”Esto
no debe parecer extraño a los que, sabiendo cuántos diferentes
autómatas o máquinas de movimiento puede hacer la industria
del hombre empleando muy pocas piezas en comparación con la gran
multitud de huesos, músculos, nervios arterias, venas y todas las
demás partes que hay en el cuerpo de cada animal, consideren este
cuerpo como una máquina que, por estar hecha por la mano de Dios,
está incomparablemente mejor ordenada y posee movimientos más
admirables que ninguna de las que pueden inventar los hombres. Al llegar
a este punto me detuve muy especialmente para mostrar que si hubiera máquinas
que tuviesen los órganos y la figura exterior de un mono, o de cualquier
otro animal irracional, no tendríamos ningún medio de reconocer
que no eran en todo de igual naturaleza que estos animales” (Parte
quinta).
El problema de la interacción se
presenta en el hombre: el cuerpo humano forma parte de la extensión
y es una máquina, al igual que la de cualquier otro animal; sin
embargo hay un indicio decisivo – ausente en los animales- de la presencia
en el hombre del pensamiento creador, de la res cogitans: el lenguaje.
Como dice el Discurso del método inmediatamente después
del texto anteriormente citado: “si hubiera otras (máquinas) semejantes
a nuestros cuerpos y que imitasen nuestras acciones cuanto fuere moralmente
posible, siempre tendríamos dos medios seguros de reconocer que
no por eso eran hombres verdaderos. El primero sería que jamás
podrían usar de las palabras ni de otros signos compuestos de ellas
como hacemos nosotros para declarar a los demás nuestros pensamientos.
Pues se puede concebir que una máquina esté hecha de tal
manera que profiera palabras y aunque pronuncie algunas con ocasión
de las acciones corporales que causan algún cambio en sus órganos...
pero no que arregle las palabras de diversos modos para responder según
el sentido de cuanto en su presencia se diga como pueden hacer aun los
más estúpidos de los hombres”. (17)
Ahora bien ¿cómo se produce
la acción de la res cogitans u alma sobre el cuerpo y viceversa,
es decir, cómo la materia puede ejercer una acción sobre
el alma?. Ésta era la pregunta que planteó a Descartes la
princesa Isabel de Bohemia en carta del 16 de Mayo de 1.643. En su respuesta
Descartes reconocía la importancia del problema : “Puedo decir
con verdad que la cuestión que Vuestra Alteza propone me parece
que es la que se me puede plantear con mayor razón tras los escritos
que he publicado. Pues habiendo dos cosas en el alma humana, de las que
depende todo el conocimiento que podemos tener de su naturaleza, una de
las cuales consiste en que piensa y la otra en que al estar unida a un
cuerpo, puede actuar y padecer con él, no he dicho casi nada de
esta última, y me he dedicado únicamente a hacer entender
bien la primera, porque mi principal objetivo consistía en probar
la distinción que hay entre el alma y el cuerpo”. (18)
La unión entre el alma y el cuerpo
es, para Descartes, una idea innata de la que se siguen otras dos: la posibilidad
de que el alma mueva al cuerpo y que a su vez sea afectada por él.
Esto último es el ámbito de las pasiones, es decir de los
movimientos sensibles experimentados por el alma como consecuencia de su
unión con el cuerpo. A este tema dedica Descartes su última
obra: “Tratado de las pasiones” publicado en 1.649, un año
antes de su muerte. En esta obra Descartes se plantea la cuestión
de cómo está unida el alma al cuerpo y responde diciendo
que “es necesario saber que el alma está verdaderamente unida
a todo el cuerpo y que no se puede decir propiamente que esté en
alguna de sus partes con exclusión de las demás, ya que es
uno y de alguna manera indivisible, debido a la disposición de sus
órganos, que se vinculan de tal manera todos entre sí que
cuando alguno de ellos es extirpado todo el cuerpo se vuelve defectuoso”
(I, 30) Sin embargo, hay un lugar y un órgano en el que el alma
ejerce de manera más particular sus funciones: se trata de la glándula
pineal, “la más interior de las partes del cerebro” (I, 31). La
razón por la que Descartes elige con tanta decisión esta
glándula como punto de intersección es precisamente su carácter
único:”Yo considero que las otras partes de nuestro cerebro son
todas dobles, de la misma forma que tenemos dos ojos, dos manos, dos orejas,
y en fin todos los órganos de nuestros sentidos exteriores son dobles,
y que, puesto que tenemos un pensamiento solo y simple de una misma cosa
en un mismo instante, es preciso necesariamente que haya algún lugar
en el que las dos imágenes que vienen por los dos ojos o las otras
dos impresiones que vienen de un solo objeto por los dobles órganos
de los otros sentidos se puedan reunir en una antes de que lleguen al alma
con el fin de que no le representen dos objetos en lugar de uno. Y se puede
pensar fácilmente que estas imágenes u otras impresiones
se reúnen en esta glándula por la acción de los espíritus
que llenan las cavidades del cerebro; pero no hay ningún otro lugar
en el cuerpo en el que ellas puedan estar unidas de esa manera, sino como
consecuencia de que lo son en esta glándula”. (I,32)
La clara distinción epistemológica
y conceptual entre pensamiento y extensión (cuerpo y alma), destinada
a hacer posible la desanimación y la antropomorfización del
mundo como objeto de conocimiento de una sustancia puramente espiritual,
pasaba de sta manera a ser cuestionada en el ámbito de la realidad
biológica y fisiológica del ser humano. El modelo mecanicista
encontraba aquí su límite y su talón de Aquiles; y
el propio Descartes se veía obligado a recurrir a nociones de la
vieja tradición naturalista (y médica) para explicar concretamente
el pasaje de “información” entre alma y cuerpo: asumía la
noción de spiritus (considerado por una tradición milenaria
como “copula animae cum corpore”), es decir, las partes más
sutiles de la sangre rarificadas por el calor del corazón y presentes
en el cerebro (y en la glándula pineal) como “espíritus animales”
(I, 10).
Las pasiones son precisamente “percepciones
o sentimientos o emociones el alma... causadas, mantenidas y fortificadas
por algún movimiento de los espíritus” (I, 27 . Su efecto
sobre el alma es que la disponen a querer las cosas para las que preparan
su cuerpo. La importancia del conocimiento de las pasiones y sus efectos
afecta por un lado a la medicina y por otro a la moral.
El motivo tradicional, estoico, de la
sabiduría como forma de vida regulada absolutamente por la razón,
a la cual se someten y subordinan las pasiones, aparece así también
en el ideal cartesiano del alma fuerte. Ello otorga al conjunto de la filosofía
cartesiana una dimensión ética, un carácter existencialista
que encontrará su culminación poco después en la actitud
filosófica y en el pensamiento de Spinoza.
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R. Descartes Discurso del método
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de G. Qintás Alonso, Madrid Alfaguara, 1.982
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17. N. Chomsky,”Lingüística cartesiana, Madrid, Gredos,
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