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LANCEROS

Juan Carlos Esparza R.

Aguascalientes, México.

 

La prensa local

En la capital del Estado de Aguascalientes, comenzó a circular semanalmente, a finales de marzo de 1847 El Patriota, periódico oficial, también a cargo de don José María Chávez, que mantenía informada a la población sobre el estado que guardaba la defensa del país. A pesar de las adversidades y de los conflictos regionales a causa de la pretensión de reincorporar a Aguascalientes como partido de Zacatecas, el Estado mantuvo siempre su firmeza en el deseo de contribuir lo mejor posible a la defensa del país. El gobernador Cosío  decretó el 17 de abril de 1847 la contribución forzosa del 5 por ciento de los sueldos para el sostenimiento del Batallón Activo de Aguascalientes. El mismo periódico aclamaba la medida en estos términos:

 

Los mexicanos deben dividirse en dos clases, que son soldados y contribuyentes [...] todo aquel que espontáneamente no abrase [sic] alguno de estos dos partidos, se hará acreedor a los ignominiosos títulos de cobarde, traidor, vil, despreciable, indigno de pertenecer a la raza humana.

El Batallón de Lanceros de Aguascalientes, aún desconociendo esta publicación, hizo siempre honor a las líneas siguientes: “Ciudadanos á las armas, los peligros son nada para el hombre de honor. Guerra contra el opresor. Muerte antes que ser esclavos”. [1]

La situación para México era cada vez más desastrosa y no había potencia en el mundo que tuviera la menor intención de ayudar a México, además de  que los recursos del gobierno eran insuficientes para mantener la resistencia con un diezmado y desmoralizado ejército, compuesto en su mayoría de humildes campesinos, contra una armada profesional entrenada en la academia militar de Westpoint.

Aunque a la causa de México se unió un grupo de irlandeses que formaron el Batallón de San Patricio, conscientes de que la guerra que se vieron forzados a pelear como inmigrantes de Estados Unidos era ajena, injusta, y similar a las razones que tuvieron para huir de su país por las invasiones británicas, el ejército nacional no pudo contener el avance de las tropas norteamericanas se internaban cada vez más dentro del territorio nacional, dejando a su paso un rosario de atrocidades. En Estados Unidos, el presidente James Knox Polk, se congratulaba de su “hazaña” ante su gente:

 

No me cabe duda de que deberíamos afirmar y aprovechar las conquistas que ya hemos hecho y que con esta mira debemos retener y ocupar con nuestra fuerzas militares y navales todos los puertos, ciudades, villas y provincias que ocupamos o que en lo sucesivo caigan en nuestro poder; y que deberíamos seguir adelante con nuestras operaciones militares e imponer contribuciones militares al enemigo, hasta donde sea posible para sufragar los gastos futuros de la guerra.[2]

Aguascalientes fue uno de los estados más celosos en guardar el lacerado honor nacional; el apoyo de su Batallón fue, como se ha visto, de capital importancia para los logros del ejército mexicano. Quizá alguien haya quien diga que la encarnizada postura del Estado ante la guerra, obedezca al problema de la reanexión a Zacatecas, pues, habiendo sido el presidente Santa Anna, quien otorgara la soberanía a Aguascalientes, el gobierno local deseaba asegurarse todo su apoyo para consolidar su independencia. Esto, si bien puede ser verdad, no es motivo suficiente como para no reconocer el patriotismo del gobierno de Felipe Cosío y el valor de los Lanceros y de la población aguascalentense, quienes sinceramente preferían “una y mil veses [sic] primero la más espantosa insurrección, que la deshonrosa paz propuesta”.[3]

La capital acorralada

Cuando las huestes de Winfield Scott se aproximaban a la capital, México obtuvo una breve victoria en las lomas de  Padierna el 19 de agosto de 1847, en este hecho los Lanceros de Aguascalientes volvieron a colocar aún más en alto el nombre del Estado. Esa noche, fue el batallón de Aguascalientes el que resistió con más valor en San Jerónimo frente al infame enemigo, pero la suerte de México ya estaba decidida, y son capturados: “orgulloso de su victoria llega al campo el general Twigss, saluda a los prisioneros, hace su elogio y ordena se les guarden todas las consideraciones”.[4] Los Lanceros que lograron escapar combatieron al día siguiente en el convento de Churubusco aún con mayor coraje. Todavía quedaba el último bastión de México, el Colegio Militar, y allá fueron a combatir los Lanceros de Aguascalientes a honrar a México y a su Estado. Ellos son el honor de lo que queda del ejército nacional, se lo han ganado son sordos a los halagos

 

Todavía se hace escuchar el grito que le acompañó en todas las lides de “¡Viva Aguascalientes!” Pelea en Chapultepec y es vencido: caen prisioneros muchos soldados; [...] los pocos valientes que permanecen en pie [...] se confunden con el pueblo armado de México y combaten contra los yanquis en las calles de la capital de la República [...] Después de estas últimas y desesperadas luchas, salvaron de aquel valiente batallón cuarenta y dos hombres.[5]

Chapultepec cae el 13 de septiembre de 1847, los invasores entran triunfantes a la capital. Las puertas y ventanas de las casas se cierran ante el indignante espectáculo, y apenas algunos léperos en la calle, apedrean a los soldados norteamericanas con los adoquines que han arrancados del suelo. El enemigo responde con la metralla. El día 16 de septiembre un soldado de Estados Unidos se atreve a izar su bandera en el asta del palacio nacional, pero apenas lo intentó, cayó ante el disparo certero desde alguna azotea cercana. De su ejecutor, un buen hombre, mexicano entre los mexicanos, nunca se supo más.

El gobierno norteamericano presionó para que sus tratados de paz “y amistad” sean aceptados por México en los términos más dolorosos: finalmente, las tierras ambicionadas desde años atrás caerían en su poder. Aguascalientes permanecía firme en su postura: que se derrame hasta la última gota de sangre antes que ceder a la ambición del invasor:

Cualquier clase de tratados que se celebraren serían iguales al que celebra el padre de familia con los salteadores que se han apoderado de su casa y á los que con su voz compasiva les suplica y ruega por el honor de su querida hija [...] No tratados: muerte mejor en el campo de batalla; pero no ignominia, ni esclavizarnos, ni vender los derechos de nuestros hijos y de nuestra patria [...] Nada les importa á ellos que esos tratados fueran válidos o no; ellos los sostendrían á la fuerza.[6]

Para desgracia de México, la realidad rebasaba las patrióticas intenciones de sus defensores. El Palacio Nacional fue saqueado y poco podían hacer ya las autoridades mexicanas para conservar la integridad del territorio.

Con la frente muy en alto

El ejército mexicano fue disuelto, y con ello también el heroico Batallón Activo de Lanceros de Aguascalientes, pero el sacrificio no fue en vano: quedaron con la conciencia tranquila y con el orgullo y el honor de haber sido el cuerpo más aguerrido e intachable durante esta guerra y finalmente “algunos de esos héroes salen de México, sin recursos, sin contar con protección alguna, y llegan a Aguascalientes el 7 de octubre de 1847, a las siete de la mañana, hora en que un terremoto alarmaba a los habitantes de aquella ciudad”.[7] El resto tarda todavía un mes más; el Estado los recibía con los  honores dignos de sus proezas, la prensa los aclamó así:

Han regresado á esta [ciudad], el resto de los héroes que formaron al valiente Batallón, que gloria y lustre dio a este Estado y a la Nación [...] Bien venidos seáis ilustres ciudadanos, y recibid el homenaje más afectuoso y sincero que os dirigimos en estas líneas. Vuestra moderación es la del valor, vuestra modestia es la del honor, vuestras frentes y vuestros corazones son los del verdadero Mexicano [...] Más de las tres cuartas partes de vuestros compañeros están en la eternidad, sacrificados por la Independencia de vuestra patria [...] La historia tiene una página brillante al Batallón Activo de Aguascalientes, y os aprecian y respetan en toda la república.[8]

Para México no ha sido ni será fácil olvidar la forma en que cambió para siempre su rica geografía, para los estadounidenses eso es cosa del pasado, peccata minuta, una guerra menor.

Hasta la fecha se asombran del vívido recuerdo en la gente de la más infame de las invasiones que ha padecido México; aquellos “no han podido comprender que para los mexicanos el territorio no era una mercancía, sino un legado ancestral”.[9]

Cartas sobre la mesa

Los pocos críticos en aquel país acerca de este tema han reconocido, sin que ello haya repercutido en un cambio de su política exterior, la calidad moral de sus antepasados en este asunto:

El ex presidente Ulises S. Grant, un veterano de la guerra con México, en sus memorias [...] consideró todo el asunto de Texas como una “conspiración para adquirir territorio en el cual algunos estados esclavistas podrían ser creados para la Unión Americana”.[10]

Ante estos hechos, pocas palabras quedan para hablar de los Lanceros de Aguascalientes: la grandeza de su valor es solamente comparable con la infamia de los intereses mezquinos del enemigo. Pocos, en efecto, lograron regresar con sus familias, pero todos ellos, los más de mil quinientos soldados voluntarios son recordados siempre con orgullo por los aguascalentenses que les sucedieron.



[1] El Patriota, No. 3, 17 de abril de 1847.

[2] Mensaje anual de 1847, en Matute, op. cit., p. 446.

[3] El Patriota, No. 16, 17 de julio de 1847.

[4] González, op. cit., p. 108.

[5] Ibíd.

[6] El Patriota, No. 25, 18 de septiembre de 1847.

[7] Ibid.

[8] El Patriota, No. 33, 13 de noviembre de 1847.

[9] Vázquez, op. cit., p. 35.

[10] Velasco, op. cit., p. 18.